| El
PERFIL, por Paco Sancho |
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Un
chaval
de fortuna
A REVISTA
FORBES lo tiene por el magnate más
joven del planeta, con una fortuna de mil quinientos
millones de dólares, pero el bedel de la Facultad
de Comunicación de la Universidad de Navarra por
poco no le deja pasar. Mark Zuckerberg, fundador y presidente
de Facebook, ha conseguido entrar al final porque enfrente
de los bedeles hay una gran pantalla de avisos en la
que salía su foto como gran invitado del día,
que si no, ahí que retienen a ese jovenzuelo rubiales
de camiseta, zamarra, vaqueros y deportivas con pinta,
como mucho, de estudiante de posgrado. Pero sin carné de
la uni.
Mark Zuckerberg (Dobbs
Ferry, NY, EEUU, 14 de mayo de 1984) asomó esta tarde por los pasillos de la
Facultad de Comunicación ataviado como lo que
es, un chaval. Eso sí, un chaval de fortuna. El
despiste, que conste, no hubiera sido solo de los bedeles
sino de todo el cortejo protocolario que le esperaba
a la puerta para hacerle los honores. Si no llega a ser
por la bendita foto, a ver quién es el lince que
acierta que el presidente todopoderoso de la red social
de internet con 110 millones de usuarios, con más
de cuatrocientos empleados en Silicon Valey, con pretendientes
del calibre de Microsoft, con una cartera de anunciantes
de primera división era, de toda la comitiva,
el de las playeras, el último en entrar después
de que lo hiciera su séquito uniformado de corbatas
y trajes oscuros para damas y caballeros.
En su periplo
europeo, el nuevo midas del cibercoleguismo ha hecho
solo dos escalas en España, y una de
ellas ha sido, precisamente, aquí, gracias al
buen hacer de Javier Oliván, ayer estudiante de
la Universidad de Navarra y hoy uno de los grandes hombres
fuertes de Facebook. Una larguísima cola de estudiantes
de todas las edades ha aguantado su buen rato para hacerse
con un sitio para escuchar al último gurú de
la interconexión. ¿Y que qué ha
dicho? Quien quiera leerlo lo tiene aquí.
Yo me quedo con lo que juzgo más importante, con
lo que se respiraba en el ambiente, que no era sino la
curiosidad del personal por conocer en carne viva a la
representación
del sueño americano que cada tanto se repite:
jovenzuelo tan listo como desaliñado que se encierra
horas y horas en su habitación del campus venga
a teclear el portátil hasta que descubre, queriendo
o no, algo.
Mark Zuckerberg tenía 19 años cuando en
febrero de 2004, desde esa imaginable habitación
desordenada en alguna fraternidad de Harvard, tecleó Facebook.
Lo hizo con dos colegas con los que hoy anda a la greña,
como debe ser en casa del fundador de una hermandad.
Y lo que en principio era un jueguito de relaciones para
universitarios fue haciéndose bola de nieve, hasta
convertirse en una de las empresas de internet más
sólidas y con más expectativas para seguir
creciendo, con crisis o sin ella, porque al fin y al
cabo todos nos seguimos conectando, aunque sea para llorarnos
lo mal que estamos. Así que Mark aparece sonriente
aunque con una sombra de cansancio que se ve hasta sin
luz. Mira todo y a todos con sorpresa, con ojos saltones,
como si estuviera preguntándose si está soñando
o qué. Es el rico que llega a serlo sin proponérselo
y que parece negarse a aceptar su nuevo estatus. Y por
eso, probablemente, mezcla las churras con merinas propias
de un millonetis de 24 años. Viste desenfadado
pero de marca, presume de dormir en colchón en
el suelo pero viaja en jet privado y limusina, no come
pero luego le vienen bajones, es tímido pero ha
aprendido artes escénicas, habla atropellado pero
no hay improvisación porque lo tiene todo calculado
y, por supuesto, se sabe ingeniero aunque no haya terminado
la carrera. Es un buen tipo y me alegro de haberlo conocido.
Lo
que no he conseguido, ni mirándole mucho rato,
es averiguar si es feliz.
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