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Comunicación y Sociedad Universidad de Navarra | Facultad de Comunicación
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VOLUMEN 8 Nº2/1995
Autor / Juan Ramón MUÑOZ-TORRES Objetivismo, subjetivismo y realismo como posturas epistemológicas sobre la actividad formativa
Artículo / Objetivismo, subjetivismo y realismo como posturas epistemológicas sobre la actividad informativa

Introducción /

Uno de los grandes males que viene aquejando tradicionalmente a la profesión periodística es la precariedad de los supuestos epistemológicos sobre los que se desarrolla. Si el tema de la verdad ha sido siempre cuestión central y peliaguda en la historia del pensamiento, no podía serlo menos en el campo de la comunicación, y más en concreto, de la comunicación pública [1] . En la literatura académica sobre los medios de comunicación, la verdad, la objetividad, la neutralidad, etc. son tópicos recurrentes. Sin embargo, cuando se habla de la verdad, casi siempre se hace desde el punto de vista de la deontología y no desde la epistemología. Así, es frecuente encontrar continuas apelaciones a la necesidad de "servir a la verdad", "respetar la verdad" e incluso "decir y adorar la verdad [2] . Nada hay de objetable a tales requerimientos, salvo que muchos de ellos van unidos a la aceptación implícita de principios epistemológicos erróneos o, cuando menos, problemáticos. Con otras palabras: es bueno hacer cantos en honor de la verdad, pero sin dar por sentada – como ocurre en muchos casos – la validez de determinados presupuestos.

La confusión habitual de conceptos como los de verdad, veracidad, objetividad e imparcialidad [3] , pone de manifiesto que el consenso científico acerca de los fundamentos veritativos de la información es más aparente que real [4] . Esto hace que el trabajo de informar se mueva con frecuencia a la deriva de "intuiciones" más o menos gratuitas. Asimismo, la inestabilidad de los criterios epistemológicos conduce a que las discusiones sobre la verdad y la objetividad informativas sean, en muchas ocasiones, interminables e inconcluyentes. Poco tiene de extraña esta situación, puesto que la cuestión de la verdad es uno de los grandes problemas de la historia de la filosofía, que sigue suscitando encendidos debates. Y la cuestión de la verdad "informativa" presupone la de la verdad "a secas", que dista mucho de haber sido resuelta de una manera universalmente satisfactoria.

Por eso, si se quiere plantear correctamente la cuestión de si es posible informar con verdad y qué significa esto, es preciso hacerlo con el máximo de profundidad y rigor posibles, pues son muchos y complejos los presupuestos conceptuales latentes en este tema. Como se verá enseguida, la reflexión sobre la actividad periodística ha ido tradicionalmente a la zaga de las corrientes filosóficas en boga. Más concretamente, los escasos principios sobre los que ésta se basa tienen resabios empiristas y emotivistas, sobre todo, aunque no falten tampoco los de corte escéptico.

A lo largo de las páginas que siguen, me propongo apuntar las raíces teóricas de lo que considero planteamientos erróneos sobre la verdad informativa, y ofrecer unas consideraciones acerca del camino alternativo. Para ello, habré de asomarme a discusiones filosóficas sobre la verdad que tienen su propia dinámica [5] , en las que, por supuesto, no podría entrar hasta el fondo sin desviarme del terreno periodístico, Tampoco puedo desarrollar en detalle la problemática de la objetividad en las ciencias sociales [6] , tal como la tratan autores como Comte, Durkheim, Weber o Habermas. Quede, pues, constancia de la modestia de mi intento.

Para acometer la tarea indicada, será preciso empezar por revisar críticamente lo que podría llamarse la "pretensión objetivista" de la información, que es – sin duda – la que ha ocupado y todavía ocupa un lugar preeminente. A continuación, me referiré muy escuetamente – pues su peso en el ámbito profesional es considerablemente menor – al enfoque subjetivista, como una de las posturas alternativas al objetivismo. Finalmente, defenderé que existe una tercera opción frente a las dos anteriores, sobre cuya base se debe desarrollar un hábito cognoscitivo indispensable para juzgar con verdad las acciones humanas.

La pretensión objetivista /

El principio epistemológico central en torno al cual todavía gira la profesión periodística es el de la separación entre hechos y opiniones. Durante décadas, se viene repitiendo que el informador tiene por misión relatar hechos, sin tomar partido en su interpretación o comentario. Esta separación entre hechos y opiniones es una de las formulaciones más claras del principio de la objetividad, entendida como la no intromisión del sujeto en el acto de conocimiento.

El origen del recurso a la objetividad se debe históricamente – según Dan Schiller – a tres factores: a) la reacción provocada contra los excesos del periodismo amarillo del siglo XIX; b) el auge de las agencias de noticias – a partir de la creación de la Associated Press en 1848 –, que presumían de neutralidad para poder vender sus servicios a periódicos con ideologías muy diversas; c) la postura científica tan en boga en el siglo XIX con el apogeo del positivismo según la cual los hechos podían y debían distinguirse de los valores [7] .

Esta concepción objetivista del periodismo ha penetrado tan profundamente en los informadores que resulta difícil suscitar la reflexión crítica sobre ella. Así, se suele entender que los hechos son improblemáticos e incontestables, por la posibilidad de verificarlos empíricamente. El hecho es lo objetivo, es decir, lo que "está ahí", delante del sujeto y al margen de él. Este sólo tiene que aprehenderlo intelectualmente. Por eso, para muchos, "la información de hechos, la noticia escueta y desnuda, química y físicamente pura, como comunicación de realidad objetiva equivale a verdad en el sentido estricto de la palabra [8] . En cambio, las opiniones pertenecen al dominio de lo subjetivo y, por tanto, se consideran viciadas de suyo, aquejadas necesariamente de parcialidad, de falta de verdad [9] .

Con este planteamiento, "se parte de la convicción de que los 'juicios de hecho' pueden originar una comunicación perfecta puesto que se basan en 'hechos objetivos'. Al tratarse de afirmaciones sobre hechos, es decir, verificables y comprobables, resultan susceptibles de validez intersubjetiva al modo de las verdades científicas experimentales; en cambio, los 'juicios de valor' constituyen expresiones de sentimientos o actitudes, que no son verificables. Estos segundos vienen a identificarse en el Periodismo con las opiniones. Así pues, 'cualquier actividad periodística se centra en el logro y consecución de los dos roles que integran el apartado de los fines específicamente periodísticos: dar noticias acerca de hechos comprobables (informar) y emitir juicios de valor acerca de la importancia y trascendencia de estos acontecimientos que son noticia (interpretar los datos para orientación de los lectores)" [10] .

La contraposición entre hechos y opiniones cristalizó en la manida frase de Scott: "los hechos son sagrados; las opiniones, libres", que se viene repitiendo acríticamente desde 192 [11] . Pocos autores han osado negar sin rebozo la validez de lo que se ha tomado más como si fuera una máxima jurídica, que como – lo que es – un mero slogan. Entre ellos, González Gaitano ha sabido mostrar su contradicción interna, al preguntarse "si tal sentencia es un hecho o una opinión. Desde luego – afirma con perspicacia – ha sido tomada como un hecho incontestable, 'sagrado', que ha inspirado los modos de hacer la información periodística. Si se trata de una opinión, cosa más que probable pues como tal está formulada, será tan libre como su contraria: 'los hechos no son sagrados, las opiniones no son libres', al menos si hacemos caso al segundo juicio de la máxima – 'las opiniones son libres' – ; con lo que nos quedamos a oscuras acerca del valor de la máxima” [12] .

Por su parte, García-Noblejas no duda en calificar esta expresión como "un mero criterio pragmático". Y argumenta: "Algo será tomado como un hecho en la medida en que se considere su intangibilidad y la sacralidad adjunta, con el debido respeto y reverencia hacia ello, fundándose en la posibilidad de su verificación, por ejemplo. Al tiempo, algo será considerado como una opinión en la medida en que se convenga su tangibilidad y la consiguiente tolerancia ante cualquier falta de respeto hacia ello, sin que se sigan mayores escándalos, fundándose, por ejemplo, en su mayor o menor coherencia lógica, o en su verosimilitud circunstancial, a tenor de las opiniones dominantes en un lugar y momento dado" [13] . En definitiva, la determinación de qué es un hecho o una opinión dista mucho, sobre esta base, de ser fáctica y objetiva.

Ahora bien, este principio rector de la actividad informativa es erróneo, no sólo porque es contradictorio, sino porque – como también indica González Gaitano con acierto – se inspira en la dicotomía entre juicios de hechos y juicios de valor, que es constitutivamente falsa. El origen de tal distinción se remonta, en parte, a tesis defendidas por el empirismo naturalista inglés del siglo XVII, aunque su acunación más pujante e influyente corresponde al positivismo cientifista decimonónico. En concreto, el positivismo comtiano postulaba que sólo las proposiciones referentes a hechos del mundo físico eran "objetivas", mientras que los juicios relativos a asuntos sociales y de orden espiritual eran "subjetivos” [14] . Únicamente las proposiciones del primer tipo podían considerarse 'científicas' y socialmente válidas, mientras que las del segundo tipo expresaban simples preferencias inverificables, carentes de validez objetiva y veritativa [15] .

La pretensión empírico-positivista – de la que es deudora el objetivismo informativo – considera al investigador de la naturaleza como un mero observador, que se limita a recolectar "hechos", como si fuera un entomólogo que capturara insectos [16] , Tal observador actuaría como si careciera de una dotación previa de conceptos teóricos y de valores [17] . "Que esto fue un error, bien que pertinaz y duradero – observa MacIntyre –, es de dominio corriente entre los filósofos de la ciencia. El observador del siglo XX mira al cielo nocturno y ve estrellas y planetas; algunos observadores anteriores, en lugar de esto vieron grietas en una esfera, a través de las cuales podía observarse la luz del más allá. Lo que cada observador cree percibir se identifica y tiene que ser identificado por conceptos cargados de teoría. Los perceptores sin conceptos, como vino a decir Kant, están ciegos" [18] .

Cualquier descripción – por muy fiel a la realidad que quiera ser – presupone un enorme cúmulo de conceptos y juicios previos, unidos inseparablemente a valoraciones positivas o negativas. Sin tales categorías, la realidad no podría ser conocida, pues conocer implica categorizar, es decir, integrar cognoscitivamente los datos sensoriales a partir de un elenco de conceptos previos. Por eso, argumenta Maclntyre con toda solidez que "si toda nuestra experiencia tuviera que caracterizarse en términos de este desnudo tipo de descripción sensorial (...], nos enfrentaríamos no sólo a un mundo sin interpretar, sino ininterpretable, a un mundo no simplemente no abarcado aún por la teoría, sino a un mundo que nunca podría ser abarcado por la teoría. Un mundo de texturas, formas, olores, sensaciones, sonidos y nada más, no propicia preguntas y no proporciona ningún fundamento para respuestas" [19] .

En el campo estrictamente periodístico, Meyer sostiene – respecto a los datos empíricos – una postura similar: "Los datos brutos nunca bastan por sí mismos. Para que sean útiles e inteligibles han de ser procesados, conceptualizados, integrados en algún tipo de esquema. Hay que insertar el dato material en algún marco de referencia mental que ayude a su interpretación y comprensibilidad" [20] . Es claro, por consiguiente, que la pura experiencia es radicalmente incapaz de dar razón de sí misma. Se precisa para ello de la razón teórica, que no se queda en los datos empíricos, sino que – discriminando entre ellos y poniéndolos en relación unos con otros – logra trascenderlos para dar el salto a las categorías. Así pues, la pretensión del empirismo naturalista se revela, a la postre, irreal, pues está pensada desde una concepción equivocada del conocimiento humano.

Lo dicho en los párrafos precedentes busca poner en claro que la simple búsqueda de hechos exige un concepto previo de "hecho", de carácter pre-fáctico. Pero aún hay más: también es imposible la pretensión de excluir los juicios de valor en el desarrollo de dicha búsqueda. En efecto, sin valores todos los hechos serían iguales, como resultado de la aplicación rigurosa del principio objetivista. No habría, por tanto, una base racional avalorativa para seleccionar unos hechos y no otros, de entre los infinitos posibles.

Con otras palabras: incluso si se obviaran los problemas relativos a la calificación de algo como hecho, persistiría la imposibilidad de excluir los valores a la hora de seleccionar los hechos [21] . Así, tanto el sociólogo como el científico experimental o el informador realizan necesariamente, al desempeñar su trabajo, una criba de aquellos hechos que – por unas razones u otras – consideran relevantes o significativos, con vistas a fines diversos. Es la diversidad de fines la que introduce el valor, puesto que los hechos son valiosos o no según sea uno u otro el fin propuesto. En otros términos: de los innumerables acontecimientos de la realidad social, unos serán seleccionados y otros no según los criterios – implícitos o explícitos – orientados a lograr un fin determinado. Así, lo que es un hecho relevante para un sociólogo puede no serlo para un informador, y viceversa. Y no sólo eso, sino que la calificación de lo que es relevante puede variar – y de hecho así ocurre habitualmente – de unos sociólogos a otros, o de unos informadores a otros. Más aún, la consideración de algo como hecho puede variar incluso para el mismo observador, según el punto de vista desde el que lo contemple (o en función de unos valores u otros). Por ejemplo, ante el resultado de un partido de fútbol cabe preguntarse cuál es "el hecho": la victoria del equipo X o la derrota de su adversario; dependiendo de la perspectiva que se adopte, se tendrán dos hechos diferentes (ganar es un "hecho" completamente distinto de ser derrotado).

Por otra parte, como se verá en el apartado siguiente, también interviene la subjetividad a la hora de afirmar que un supuesto hecho es realmente tal, es decir, que ha acaecido. ¿Cuándo han de ser consideradas concluyentes las pruebas de que algo ha acaecido o lo ha hecho de una manera determinada? ¿Acaso la certeza no es un estado subjetivo de la mente [22] ? Lo que para un observador es prueba suficiente para otro puede no serlo o serlo dudosamente; es decir, la certeza sobre la verdad de algo no es ni absoluta, ni fruto de la comprobación fáctica. Si esto es así, es radicalmente imposible excluir al sujeto del acto de conocimiento.

En definitiva, puesto que todo conocimiento y toda selección de hechos son realizados por un sujeto, serán inevitablemente subjetivos, lo que no equivale necesariamente a erróneos. De manera análoga, a como un miope ve la realidad física a través de su miopía, y no por eso se equivoca siempre al juzgar lo que ve, el sujeto cognoscente conoce realmente la realidad a través de sus múltiples condicionamientos y limitaciones. Es, pues, un error craso – a mi entender – plantear el problema de la verdad en términos de objetividad y subjetividad. Si se considera que conocer es la aprehensión intelectual de la realidad por parte de un sujeto, habrá que admitir que todo conocimiento es, de suyo e inevitablemente, subjetivo, puesto que lo conocido – como afirmaba el aforismo medieval – es conocido según el modo de conocer del que conoce. Por eso, las categorías "objetivo" y "subjetivo" son radicalmente inadecuadas para hablar de la verdad. Dicho en otros términos: identificar verdad con objetividad [23] es un grave error epistemológico, de corte idealista (cuya crítica exhaustiva excede los límites de este estudio). Por otra parte, la tesis de que el conocimiento sólo es tal si está libre de todo condicionamiento subjetivo, de todo punto de vista, supone tratar de colocarse en una postura epistemológica absoluta, divina, que no se compadece con la naturaleza del conocimiento humano. [24]    


Imposibilidad práctica del periodismo objetivista


Aparte de las impugnaciones teóricas que se pueden hacer al periodismo objetivista, conviene notar también que sus pretensiones son irrealizables, en el plano operativo. En efecto, resulta literalmente imposible realizar todas las comprobaciones necesarias de un "hecho", hasta tener seguridad plena de que es verdadero en todas sus facetas y elementos [25] .

Ante la imposibilidad de tales comprobaciones empíricas, el periodista tiene que depender necesariamente de lo que otros le dicen [26] , según la credibilidad que le merecen a su juicio; es decir, ha de hacer suposiciones e inferencias no verificables empíricamente. En muchos casos, se ha de limitar a dar la condición de "hecho" a lo que otros consideran como tal. Veamos un ejemplo. Si la policía dice que una persona fue atropellada involuntariamente por un coche, el periodista suele dar como "hecho" tal explicación, sin más verificaciones [27] . Pero si un testigo presencial afirma que el coche arrolló intencionalmente al peatón, entonces el periodista se encontrará con que tiene que tomar la decisión siguiente: dar como un "hecho" la declaración de la policía, sin mencionar la explicación contraria; dar como buena la versión del atropello intencional; o bien presentar como plausibles ambas versiones, ponderando o no la probabilidad de cada una de ellas, Es evidente que al elegir una de las tres opciones no está limitándose a "reflejar los hechos", sino que, al hacerlo, infiere – con razón o sin ella – que una de ellas es la verdadera, o al menos la más probable. Tal inferencia – aunque se apoye en datos o indicios empíricos – no es un "hecho objetivo", sino una conclusión – verdadera o no – subjetiva.

A este respecto, hace notar Fishman que una de las grandes falacias del periodismo objetivista consiste en proscribir cualquier inferencia o conclusión que pueda hacer el informador, pero no las que pueda atribuir a otra persona ajena a la redacción [28] . Este empeño paradójico de marginar a toda costa la subjetividad del periodista es completamente estéril. La razón es clara: es el informador el que, a la vista de los datos de que dispone, decide conceder crédito a una inferencia y no a otra. Y por lo mismo, el periodista puede ofrecer sus propias conclusiones y puntos de vista de manera encubierta, es decir, atribuyéndolos a terceros, mediante la cita de sus palabras. En otros términos: narrar un acontecimiento implica necesariamente hacerlo desde un determinado enfoque y desde unos presupuestos previos. A este respecto, recuerda Meyer que "el ideal periodístico supone tener una mente abierta, entrar en una investigación como en una página en blanco, libre de cualquier prejuicio. Tal postura, aunque bien intencionada, no es práctica [por imposible, diría yo]. Nadie puede empezar a reflexionar sobre un problema sin tener algún tipo de marco teórico. Todos tenemos alguno, tanto si somos conscientes de ello como si no" [29] .

Esto resulta más palmario aún si se piensa, además, que informar no es una mera actividad técnica o mecánica, como lo es apretar tuercas, sino un asunto práctico que implica a toda la persona. Al informar, no cabe, por tanto, la representación de una acción humana sin dotarla de un mínimo de sentido, y eso requiere enjuiciar los datos que se tienen, interpretarlos significativamente. Lo que importa, en último término, no son los datos empíricos ni los meros hechos, sino el sentido que tienen, su valor referencial, lo que dicen acerca de lo real. Por eso, con los mismos hechos se pueden construir enunciados distintos, según sea el sentido que el autor imprima en ellos [30] . Muy distinto es que se pretenda hacer pasar por objetividad la mera impersonalidad del relato [31] , como si los hechos tuvieran sentido por sí mismos. En ese caso, la apariencia de objetividad no va más allá de ser mera apariencia.

Tras lo dicho hasta aquí, espero que resulte manifiesto que la pretensión "objetivista" de recolectar "hechos puros", separados de toda valoración o interpretación, carece por completo de fundamento y, por tanto, es irrealizable. Se trata de un dislate teórico, que puede tener efectos muy perniciosos en quienes no lo adviertan: de manera similar a como una verdad a medias es la peor mentira, la subjetividad que se viste de objetividad es la más engañosa para quien no se percate de ello [32] .

Otra cosa es que tal afirmación sea entendida y admitida por los seguidores del periodismo objetivista. Hay, a mi juicio, dos razones fundamentales – al menos – que explican que no suela ocurrir así. La primera es el hondo arraigo en la cultura moderna y contemporánea de la distinción positivista entre juicios de hecho y juicios de valor. Tal distinción ha traspasado las fronteras de la filosofía y ha ido tomando fuerza – de forma sutil – en campos como el derecho, la filosofía de la ciencia o la comunicación pública. Las dificultades para combatir dicha concepción radican en que su validez se da por supuesta, como si fuera una verdad evidente, incuestionable.

La segunda razón es de conveniencia. La objetividad sirve como un escudo detrás del cual se suelen proteger los informadores, para justificar su modo de desempeñar su función. Hace ya bastante tiempo, Tuchman mostró con todo rigor, en un perspicaz artículo [33] , que los informadores identifican erróneamente objetividad con la observancia de determinados procedimientos formales. En concreto, señaló cinco modos de ser objetivos, que "en realidad son estrategias mediante las cuales los informadores se protegen a sí mismos de las críticas y establecen una pretensión profesional de objetividad":

1)      presentación de posibilidades en conflicto que reclaman igual valor de verdad;

2)      presentación de pruebas complementarias para apoyar un hecho;

3)      uso de comillas para indicar que el reportero se distancia de lo que dice, citando a otro;

4)      uso de la pirámide invertida, por la que se presentan primero los 'hechos materiales' más incontestables;

5)      separación de hechos y opiniones, mediante el uso del rótulo "análisis de noticias" (news analysis).

Tuchman señala que existe una clara discrepancia entre los fines buscados (la objetividad) y los medios empleados (los enunciados). Entre otras, las principales razones estriban en que:

        "insisten erróneamente en que 'los hechos hablan por sí mismos [34] ;

        son un instrumento de descrédito [de terceros] y un medio de introducir la opinión del periodista;

        están sometidos a la política editorial de una determinada organización informativa;

        desorientan al receptor al sugerir que el análisis de noticias es serio, ponderado o definitivo [35] .

En definitiva, la objetividad, entendida al modo clásico descrito por Tuchman y otros autores [36] , es un medio para que los informadores eviten comprometerse plenamente con lo que afirman, bajo la ficción absurda de que "dejan hablar a los hechos". Es, sin duda, una forma de tratar de exonerarse de la responsabilidad que supone hacer juicios equivocados, sosteniendo que el periodista se limita a reflejar la realidad como si fuera un espejo, para que sea el destinatario el que juzgue y valore los hechos. También se recurre con frecuencia al símil del mensajero para caracterizar la función del informador. Nada más falso si se considera que el informador – a diferencia de un auténtico mensajero – no da siempre "todo y sólo" lo que se le ha entregado, puesto que está en su mano dar noticia o no de un asunto, o hacerlo de una manera u otra. Así pues, en lugar de mensajero debe ser considerado autor del mensaje y, por consiguiente, responsable – al menos, parcialmente – de la comunicación pública de opiniones ajenas. (De ahí que, si sabe que lo que escucha es falso, deba presentarlo como falso, o bien no publicarlo, en lugar de exculparse alegando que se limita a repetir lo que otro ha dicho).

La pretensión subjetivista /

Para algunos, la crítica al objetivismo puede ser entendida como una aceptación implícita de los principios epistemológicos del subjetivismo (si la objetividad no es posible, entonces todo conocimiento es subjetivo, en el sentido de que el sujeto es su razón última). Sin embargo, de la negación de la validez del primero no se sigue, en modo alguno, la afirmación de la del segundo, puesto que ambos no son, con respecto a la verdad, los dos términos de una alternativa – aunque lo parezcan –, como se verá más adelante. Entendido en categorías subjetivistas o relativistas, que la negación de una tesis no suponga necesariamente la afirmación de su contraria, es un aserto que carecería de todo sentido. Para el subjetivismo, toda afirmación tiene el valor de una opinión, y las opiniones no son ni verdaderas ni falsas. Por eso, todas tendrían – según aquél – el mismo valor epistemológico.

Una de las formas más arraigadas de subjetivismo en nuestra cultura es el emotivismo [37] . Aunque éste se centra principalmente en los juicios morales, pienso que es un buen exponente de la concepción gnoseológica de fondo que late en él y que no resulta difícil extraer de sus asertos. De ahí que me detenga brevemente en él.

MacIntyre – autor al que sigo en este punto – describe el emotivismo con todo acierto, como "la doctrina según la cual los juicios de valor [...} no son nada más que expresiones de preferencias, expresiones de actitudes o sentimientos, en la medida en que estos posean un carácter moral o valorativo. [...] Los juicios fácticos son verdaderos o falsos; y en el dominio de los hechos hay criterios racionales por cuyo medio podemos asegurar el acuerdo sobre lo que es verdadero y lo que es falso. Sin embargo, al ser los juicios morales expresiones de sentimientos o actitudes, no son verdaderos ni falsos. Y el acuerdo en un juicio moral no se asegura por ningún método racional, porque no lo hay" [38] .

La razón última para sostener que no es posible un método racional para el juicio moral estriba, como es lógico, en una de la tesis centrales del emotivismo: "que no hay ni puede haber ninguna justificación racional válida para postular la existencia de normas morales impersonales y objetivas, y que en efecto no existen tales normas. [...] El emotivismo sostiene que pueden existir justificaciones reales aparentes, pero que justificaciones realmente racionales no pueden existir porque no hay ninguna" [39] . En definitiva, esta teoría niega la existencia de cualquier principio moral de validez suprasubjetiva.

Hasta tal punto ha prosperado esta teoría en el mundo contemporáneo, que el emotivismo impregna nuestra capacidad de juicio. Así, se puede sostener con Putnam que "la opinión según la' cual no hay base objetiva para decidir si las cosas son buenas o malas, o mejores o peores, se ha convertido en algo institucionalizado [40] . Dicho en otros términos, pensamos y hablamos presuponiendo la veracidad no mostrada del emotivismo.

Ahora bien, ya se ha dicho que esta negación de base objetiva para los juicios morales se asienta sobre otra previa más fundamental: la que rechaza la posibilidad de que el conocimiento humano pueda alcanzar afirmaciones universales que se ajusten a la realidad. Lo que realmente está en tela de juicio es el concepto mismo de verdad, es decir, la posibilidad de conocer realmente la realidad.

Dentro del ámbito periodístico, también se pueden apreciar – como en el caso objetivista – posturas emotivistas o, cuando menos, lastradas por el relativismo. Es cierto que el fuerte sentido de la realidad que suelen tener los informadores no suele ser compatible, habitualmente, con posiciones radicalmente relativistas o escépticas. Sin embargo, éstas también tienen cabida, sobre todo en el campo de lo no fáctico. Un ejemplo: la facilidad con que se presentan opiniones contrapuestas acerca de asuntos polémicos y el modo en que se hace. El tratamiento que reciben muchas de tales opiniones supone otorgar de hecho a todas ellas el mismo valor veritativo, dejando en el aire la impresión de que la verdad, en última instancia, es incognoscible o depende siempre y en todo del punto de vista adoptado o de las circunstancias. Tal vez sea ésta una de las razones de fondo de la habitual insistencia en la necesidad del pluralismo informativo, como si la verdad pudiera elegirse estéticamente a partir de la simple confrontación de opiniones [41] .

Otra muestra de relativismo es la que subyace en la concepción de que, puesto a opinar, el periodista debe acomodar su juicio inapelablemente a los valores socialmente vigentes en cada momento dado, como si su validez veritativa dependiera del número de personas que los sostienen, Así, para muchos, no existen valores absolutos, sino sólo valores cambiantes, de los que no puede predicarse verdad o falsedad, ni adecuación moral o carencia de ella [42] . Según esto, el periodista debería – por ejemplo – apoyar el racismo si la sociedad fuera mayoritariamente racista, puesto que ese sería el valor dominante en ese momento. Nuevamente, la naturaleza de las cosas quedaría desplazada por la percepción relativista que se hiciera de ella.

No es éste el lugar de hacer una crítica rigurosa y pormenorizada del relativismo en general, ni del emotivismo en particular, puesto que es tarea ya realizada por otros autores con mayor agudeza de la que se podría ofrecer aquí [43] . Baste mostrar que el emotivismo incurre en contradicción consigo mismo, lo que implica falsedad. En efecto, la proposición que sostiene que las opiniones o juicios morales son mera expresión de sentimientos o actitudes, ni verdaderas ni falsas, no es un juicio fáctico, por lo que no estaría sujeta a verdad o falsedad. Esto implicaría que esta tesis sería tan cierta como su contraria, para no caer en contradicción, lo que es manifiestamente absurdo. Dicho de otra manera: no se puede afirmar que todo es opinable, sin contradecirse, pues o se toma esta afirmación como principio no sujeto a discusión (lo que implicaría rechazar el "todo"), o se niega su propia validez (admitiendo que es tan verdadera como su contraria).

Por otra parte – aunque no sea un argumento probatorio –, si todas las ideas y opiniones carecieran de valor veritativo, porque todas tuvieran el mismo valor que sus contrarias, sería absurdo manifestar opiniones sobre la realidad, para decir cómo es o qué valor tiene ésta, En lugar de opinar, lo más coherente sería guardar silencio. No se puede afirmar que la verdad no existe sin pretender al mismo tiempo que esta afirmación ("la verdad no existe") es verdadera, lo que equivale a incurrir en contradicción. En definitiva, el emotivismo – como forma de subjetivismo o de relativismo – es completamente insolvente como doctrina epistemológica.

Buena parte de lo dicho en este apartado, es también aplicable mutatis mutandi a otras teorías conceptualmente ligadas al subjetivismo, como las que se inscriben en las corrientes estructuralistas y construccionistas, deudoras de los planteamientos epistemológicos del inmanentismo idealista. Excede el alcance de este estudio considerarlas ni tan siquiera mínimamente. Baste decir que, en la medida en que ambas enfatizan excesivamente en la importancia del sujeto como productor autónomo de enunciados con sentido, olvidando o poniendo entre paréntesis su referencia a la realidad extra-textual, incurren en los errores de fondo antes señalados. No podría ser de otra manera: si el fundamento último de los enunciados periodísticos es mera construcción subjetiva, entonces el sujeto se convierte en criterio último e inapelable de verdad. Con ello, se esfuma – según se acaba de ver – la posibilidad de alcanzar la verdad misma.

En palabras certeras de Sánchez, "si el medio es el mensaje, si la comunicación misma es la que constituye o construye la verdad, si al fin y al cabo la verdad ya no se identifica con lo que las cosas son, sino con lo que se dice de las cosas, estamos condenados a la pervivencia eterna de la cultura de la simulación o del simulacro – comentada por Baudrillard y por tantos otros –, cuya principal característica consiste, precisamente, en la sustitución de lo real por sus signos. [44]    

Dos posturas epistemológicas que pretenden eludir la responsabilidad y su superación /

Los dos enfoques gnoseológicos anteriores coinciden – a mi juicio – en no situar al sujeto cognoscente en el lugar que le corresponde, tanto por defecto (pretensión objetivista de no comparecencia del sujeto en el conocer), como por exceso (pretensión subjetivista de que el sujeto es el fundamento último del conocimiento). Además, desde otro punto de vista, este error de concepto acarrea el que ambas posturas – llevadas al extremo – puedan ser utilizadas para tratar de eludir la responsabilidad del yo que afirma.

En el primer caso, el objetivismo – versión rebajada en el caso periodístico del positivismo científico – arguye que son "los hechos" los que hablan por sí solos. El sujeto enunciador, el periodista, al afirmar el conocimiento de los hechos, no hace otra cosa sino "reflejar" sin más la realidad, evitando cualquier sesgo subjetivo. Parece así que evita contraer responsabilidad alguna por sus afirmaciones. Esta pretensión desconoce lo que la filosofía analítica llama fuerza ilocutiva o alocucional, es decir, aquello que se hace al decir esto o lo otro (preguntar, dar una orden, prometer, amenazar, hacer una aseveración, etc.) [45] . Como los analíticos han puesto en claro, no es posible afirmar algo simplemente sin que ello no suponga eo ipso un uso aseverativo del lenguaje.

Por tanto, pretender hablar de la realidad aseverativamente sin comprometerse con lo que se afirma acerca de ella es imposible. Como señala Inciarte con rigor, se da en ese caso una clara contradicción, que impide la verdad [46] . Tal contradicción “no se refiere aquí al contenido de lo que digo (que no entraña contradicción alguna), sino a mi decir del contenido, es decir, a su afirmación". Se trataría de una contradicción del tipo de "en el aula contigua hay once personas, pero yo no lo sé. [...] Lo que yo no sé ni puedo saber, tampoco puedo afirmarlo de una manera reflexiva o consecuente" [47] .

Si esta postura tan arraigada en la profesión periodística – que tiene incluso manifestaciones gramaticales y estilísticas, como he dicho antes –, no tuviera detrás un deseo de minimizar la responsabilidad de los informadores, es muy probable que la falaz distinción entre hechos y valores hubiera sido ya definitivamente abandonada, como ha sucedido, en gran medida, en el ámbito de la ciencia positiva. En cambio, la escasa reflexión crítica con que se transmiten unas rutinas profesionales que se toman como piedra de toque del buen informador, sigue perpetuando unos principios epistemológicos – habitualmente implícitos – tan inconsistentes.

Por lo que al subjetivismo respecta, también hay en él un prurito de no comprometer al que emite un juicio sobre la realidad, por el procedimiento de relativizar la validez de su proposición. En este caso, el agente parece suscribir plenamente lo que afirma, pero, al no reconocerle validez extra-subietiva, su proposición sobre la realidad no le compromete, más allá de lo que lo hace un juicio estético o una postura arbitraria. El fundamento de lo afirmado no es la realidad sino la subjetividad propia, cuyo juicio es inapelable porque se cierra en el santuario de la propia intimidad, En efecto, si el yo se convierte en criterio epistemológico último ("mi verdad"), entonces la posibilidad de hablar con verdad sobre las cosas se volatiliza. Con otras palabras: también en el subjetivismo, el que afirma elude su responsabilidad, no por la vía de decir que "en el fondo él no afirma nada", sino por otra más sutil: la de mantener que su afirmación es tan válida como cualquier otra, incluida la contraria. Tal postura resulta autocontradictoria y se cierra en espiral sobre sí misma, impidiendo el acceso al conocimiento de la realidad y abriendo la senda de la sofística y del cinismo.

Pienso que la acogida de los postulados subjetivistas en el ámbito periodístico, no tiene un origen histórico tan nítido como el que señala Schiller para el caso del objetivismo. Con todo, el subjetivismo es, en parte, promocionado por aquél. Por una parte, de forma directa: porque al sostener que sólo lo fáctico es criterio sólido de verdad ("los hechos son sagrados"), se afirma implícitamente que todo lo no-fáctico (habitualmente englobado bajo el término "opinión") carece de valor veritativo (o no sería, en rigor, verdad, o si lo fuera no habría manera de saberlo). Por otra parte, el objetivismo ha fomentado el subjetivismo de forma indirecta: ante la falacia de que el informador cuenta lo que ocurre "como si" la realidad se manifestara por sí misma, no han faltado quienes se han pasado al bando contrario. Conscientes de que el sujeto nunca puede estar al margen en el acto de conocer, han incurrido en el error de negar toda verdad a lo subjetivo. Si la verdad está en el conocimiento "puro" del objeto (objetivismo) y éste no puede ser aprehendido sin el sujeto, entonces todo lo subjetivo queda al margen de la verdad: no es ni verdadero ni falso.

Los seguidores del objetivismo y del subjetivismo parecen olvidar una tercera opción: la del llamado "realismo filosófico", que sostiene que el hombre puede conocer realmente la verdad, aunque no de un modo absoluto y omnisciente, sino limitado [48] . Que la verdad alcanzable por el hombre sea parcial y sujeta a error – pues la realidad desborda la capacidad humana de conocer –, no implica, en modo alguno, que deje de ser verdad. En efecto, la concepción clásica de la verdad – entendida como cierta adecuación de la mente a la realidad, conocida reflexivamente por el sujeto – no supone que la adecuación entre lo conocido y el que conoce agote la realidad del primero (sin adecuación no hay verdad, pero ésta no tiene que ser absoluta). Que haya más por conocer de lo que puede aprehender el entendimiento humano, no da derecho a negar validez veritativa a lo ya conocido. Un conocimiento puede ser verdadero, sin ser exhaustivo, lo que no disminuye un ápice la verdad de lo efectivamente conocido. Con otras palabras, que la verdad al alcance del ser humano no sea la verdad "total", no impide que pese a su carácter parcial y menesteroso siga mereciendo el nombre de verdad [49] .

En definitiva, la postura que aquí defiendo acerca de la verdad exige apartarse de los presupuestos extremos que vician de raíz toda reflexión posterior (objetivismo y subjetivismo). En lugar de esto, es preciso retornar a las tesis realistas clásicas, como tercera vía equidistante frente a las dos anteriores; es decir, urge arrumbar los maximalismos de uno y otro corte, y reconocer paladinamente que el conocimiento humano puede adecuarse a la realidad, aunque sea de forma muy limitada.

Peculiaridades de la verdad informativa según su objeto /

Se ha hablado hasta aquí de dos errores respecto de la capacidad del hombre de hacerse cargo cognoscitivamente de la realidad. Ahora bien, la dificultad para establecer una teoría válida sobre la verdad proviene no sólo del peligro de errar respecto al sujeto del conocimiento, sino también acerca del objeto de éste.

En el caso que nos ocupa – la verdad en el campo informativo –, la recurrencia con que se trata sobre la objetividad contrasta con las pocas veces que se presta atención al objeto de la información. Partiendo de que la actividad informativa tiene por objeto la vida humana [50] y todo lo que incide en ella, dedicaré unas breves páginas a apuntar algunos de las peculiaridades inherentes a tal asunto, con el fin de iluminar desde otra perspectiva el problema de la verdad en el ámbito periodístico.

Ante todo, cabe indicar que el mencionado objeto de la actividad informativa resulta particularmente elusivo. En efecto, son muchos los obstáculos que deben superar los medios informativos para respetar la verdad en el desempeño de sus funciones. Unos se derivan de las exigencias internas del proceso industrial de producción de mensajes (celeridad, escasez de recursos, etc.). Otros tienen que ver con las condiciones externas en que se desenvuelve dicho proceso (limitaciones económicas, presiones políticas, condicionantes socio-culturales, etc.). Con todo, ninguna dificultad es – a mi juicio – comparable con la que entraña juzgar acertadamente el obrar humano. Si conocer la realidad física es difícil y, más aún, expresar tal conocimiento, hablar con verdad sobre la vida humana es una de las empresas más arriesgadas que puedan concebirse [51] , como veremos enseguida.


Por su condición de verdad práctica


Para empezar, es imprescindible partir de la premisa de que no todos los asuntos poseen el mismo valor veritativo; es decir, la verdad no se puede predicar de la misma manera en todos los casos. Ya Aristóteles dejó sentado que cabe hablar de verdad en distinto sentido dependiendo de si nos referimos a asuntos necesarios o contingentes, y que sería erróneo pensar que a ambos corresponden el mismo tipo de verdad. Si la verdad consiste – según la teoría clásica – en cierta adecuación de la mente a la realidad, y la naturaleza de los asuntos necesarios y contingentes es distinta, también lo será el modo en que la mente se adecue a ellos, es decir, la verdad propia de unos y otros. Así – como diría el Estagirita – la verdad acerca de la inconmensurabilidad de la diagonal y el lado no está sujeta a opinión [52] , como tampoco es opinable si algo ocurrió o no (como el saqueo de Troya) o si existe la ley de la gravitación universal.

Una de las diferencias fundamentales respecto a la verdad entre los asuntos necesarios y los contingentes estriba en que los primeros se rigen por la llamada ley de la bivalencia y los segundos no. Esto significa que los asuntos necesarios son verdaderos o falsos, con independencia absoluta de las circunstancias y que, por tanto, verdadero y falso son los dos términos excluyentes de una alternativa (lo opuesto a verdadero es siempre falso). Así, la afirmación "el todo es mayor que la parte" no admite matices ni excepciones. En cambio, la verdad de los asuntos contingentes, dentro de los cuales están las acciones prácticas, sí varía según las circunstancias y/o el punto de vista. Por citar un conocido ejemplo, se puede sostener con verdad tanto que una botella de agua está medio llena, como que está medio vacía (decir que es verdad que está medio llena no implica que sea falso que está también medio vacía). Igualmente, se puede afirmar que comer es bueno, aunque no siempre, pues depende de las personas, de los alimentos y de sus circunstancias.

Como consecuencia de lo anterior, si se acepta que no cabe el mismo tipo de verdad respecto de los asuntos teóricos que de los prácticos, entonces se comprenderá bien la afirmación aristotélica de que "no se ha de buscar el rigor por igual en todos los razonamientos" [53] . Más bien, es preciso "buscar la exactitud en cada género de conocimientos en la medida en que la admite la naturaleza del asunto" [54] . Esto equivale a sostener que también la certeza – entendida como la adhesión firme y sin temor a una verdad – variará igualmente, según la naturaleza de la cuestión.

En los asuntos de la vida, en lo que los griegos llamaban ta prágmata, no cabe esperar la certeza propia de las verdades matemáticas, sino lo que se suele llamar "certeza moral". Por eso, es un error epistemológico la pretensión objetivista de conocer los hechos relativos al obrar del hombre, con la precisión y certeza que se atribuyen normalmente al método científico experimental. A diferencia de la realidad física, el ámbito de lo específicamente humano está mediado por la libertad y por factores irracionales e inconscientes. Todos ellos acarrean un alto grado de indeterminación y de oscuridad, a la hora de dar cuenta del comportamiento del hombre. Asimismo, es estéril tratar de explicar este último en términos de meros hechos desprovistos de valores, puesto que el hombre actúa movido – no sólo pero sí principalmente – por lo que valora como bueno o malo, apetecible o repugnante, etc. En definitiva, los hechos acerca de la acción humana son fácticamente inseparables de lo que el hombre considera valioso (es decir, los valores).

Es precisamente éste el ámbito en el que se mueven los medios de información: el del conocimiento práctico, Con otras palabras: la verdad propia de la información, al versar sobre la acción humana, es – por su objeto – una verdad de índole práctica, y no especulativa (como pueda ser la verdad acerca del mundo físico). En efecto, la función de los medios consiste en dar a conocer acciones y situaciones humanas concretas, de relevancia social, que acaecen en unas determinadas circunstancias. Al hacerlo, ofrecen, simultáneamente, innumerables representaciones parciales de la vida humana, en su inabarcable riqueza de facetas [55] . Informar no es, pues, realizar una mera recolección de datos y hechos "sueltos", sino presentar con sentido una selección relevante de datos y hechos, es decir, dar forma a lo puramente fáctico, para hacerlo inteligible (aunque sea parcialmente), Esta función objetivadora de la vida ("objetivadora" no equivale aquí a "objetivista") está inevitablemente unida a la subjetividad y a sus limitaciones. De manera similar a como la observación del cielo se puede exponer en términos de estrellas y planetas, o bien de grietas que dejan ver la luz del más allá – como se dijo antes –, así el fallecimiento de una persona se puede contar como el resultado de un homicidio o de un asesinato, según sea el sentido que se atribuya a determinados hechos y circunstancias. Y la atribución de sentido depende necesariamente del juicio subjetivo – pero no por eso equivocado – del informador.

Finalmente, conviene aclarar – para concluir este punto – algo implícito en la afirmación inicial de que hablar con verdad sobre la vida humana es una de las empresas más arriesgadas que puedan concebirse. Nótese que se dice "hablar con verdad sobre la vida humana", en lugar de "decir la verdad". Se trata con ello de evitar el error de sustantivar la verdad en la información, atribuyéndole un papel que no le corresponde. El objeto de la actividad informativa no es decir la verdad, como si los asuntos prácticos se rigieran por la ley de la bivalencia. Como se ha dicho más arriba, tan verdad es afirmar que una botella está medio llena, como decir que está medio vacía. La verdad es condición necesaria para la información [56] , pero no suficiente, porque no se informa de todo lo que es verdad, por el mero hecho de serlo, sino de lo que, siendo verdad, cumple, además, otras condiciones (singularmente la de relevancia social). Por eso, – a mi juicio – carecen de justificación asertos como el de que "la verdad es el constitutivo mismo de la información" [57] o su "componente nuclear" [58] , que acaban por identificar ambos asuntos: "Verdad e información son una y la misma cosa" [59] , Estimo que la importancia de la verdad como requisito esencial de los enunciados informativos no queda menguada por expresiones adjetivas.


Por la inmanencia de las acciones humanas


Estamos ahora en mejores condiciones de abordar la pregunta de por qué hablar con verdad sobre la vida humana es una de las empresas más arriesgadas que puedan concebirse. Veámoslo someramente. Que las acciones específicamente humanas sean libres implica que no son completamente "transparentes" a la observación externa, pues el hombre es capaz de moverse por fines no siempre cognoscibles, como ocurriría si actuara según el modelo estímulo-respuesta. De ahí que la caracterización de la acción humana sea un asunto muy arduo en muchos casos.

Es claro que una misma acción externa puede responder a acciones internas diferentes, según sean las intenciones del agente. Así, al dar algo a alguien se pueden estar ejecutando acciones distintas: obsequiar a esa persona sin más, humillarla, predisponerla favorablemente a acceder a una determinada petición, pagar una contraprestación ilegítima, admitida por ambas partes, etc. Según sea el caso del que se trate, resulta palmario que la acción cambia, pues el simple regalo poco tiene que ver con el obsequio adulador o con el soborno. El asunto se complica más si se considera que hay muchas acciones que se realizan por varios motivos simultáneos, aunque uno de ellos sea el primordial. Por ejemplo, se puede hablar el idioma de un extranjero como señal de deferencia hacia él, para aprovechar la ocasión de practicarlo y para presumir ante los demás. Aunque todos estos móviles concurren en la misma acción, uno de ellos será el principal – otra cosa es que sea fácil saber cuál es –, y será el que le dé a la acción su sentido último.

Siendo esto así, aplicar en este caso la "doctrina de los hechos" (en términos de "X da algo a Y" o "X habla el idioma de Y"), supondría dejar sin caracterizar realmente tales acciones, pues quedarían desprovistas de su sentido, por lo que carecerían de la menor relevancia. Por eso, MacIntyre sostiene con toda razón que "no podemos caracterizar la conducta con independencia de las intenciones, ni éstas con independencia de las situaciones que las hacen inteligibles tanto a los mismos agentes como a los demás [60] . En definitiva, la simple observación de la conducta externa es radicalmente insuficiente para dar razón de la vida. Por eso, pretender mostrar la acción humana desligada de los valores por los que se mueve el agente y de los fines concretos que busca, es quedarse a oscuras respecto a ella y, en último término, imposible [61] .

La caracterización más sólida del obrar proviene de si se orienta o no – y en qué grado – a la consecución del fin último del hombre, propio de su naturaleza. En efecto, en la medida en que las acciones se adecuan a la naturaleza del hombre, se puede decir que son, en cierto modo, "verdaderas", pues están realizadas según la verdad práctica [62] . Por eso, para caracterizar una acción con verdad, no basta simplemente con observar actos externos, dado que estos cobran sentido según el fin de la acción y según el fin del que actúa (intención). El problema está en que la intención por la que alguien actúa permanece oculta a los demás, salvo que se manifieste sinceramente mediante el lenguaje. Y no se puede exigir a nadie – por lo general – que revele sus intenciones, con el fin de juzgar su actuación. Incluso en el caso de que tal manifestación se produjera, no se podría tener seguridad absoluta [63] de que fuera verdadera (bien porque el agente podría engañarnos deliberadamente, bien porque se podría engañar a sí mismo respecto de sus verdaderas intenciones).

Tras lo afirmado, podría pensarse que entonces es imposible incluso la más mínima verdad sobre la actuación humana, dada la inaccesibilidad de la intención, que es un elemento central para comprenderla. En realidad, lo que no admite un juicio definitivo es la persona que actúa, su actuación (cuya calificación última depende de las intenciones), pero sí sus acciones concretas [64] . Dicho de otro modo: la inasibilidad de la intención no impide que se puedan juzgar como correctas o incorrectas determinadas acciones, al margen de la intención del que las realiza. Así, por ejemplo, se puede decir que es buena la acción de dar dinero a los pobres, aunque no actúa correctamente quien lo hace sólo para quedar bien ante los demás. Igualmente, cabe afirmar que robar es malo, aunque pueda no actuar mal quien roba en determinadas circunstancias (lo que no supone cohonestar el hurto, sino simplemente exonerar de responsabilidad a quien lo comete en ciertas circunstancias).

La razón última por la que es posible juzgar las acciones humanas al margen de la intención es – a mi parecer – porque éstas tienen un fin externo al agente, que no depende de su voluntad. La especificidad del obrar humano consiste en que, mediante él, el hombre se perfecciona o se degenera como persona. Como ya se ha dicho, puesto que toda acción se orienta a un fin, y los fines se subordinan unos a otros, las acciones cobran su sentido según se orienten o no a la consecución del fin primordial o fin último, determinado por la naturaleza del hombre. Por eso, lo más importante que se puede decir de una acción humana es que, de suyo, acerca o aleja a quien la realiza del fin último, con independencia de la intención. Que ésta última no garantiza la rectitud de la acción es obvio: se puede hacer mucho daño con la mejor intención.

Por último, también si se considera que muchas acciones se derivan de un razonamiento práctico, se entenderá que la buena intención del agente no excluye, de suyo, el error. Apenas lo dejaré apuntado. Según Aristóteles, el obrar humano procede, habitualmente, a partir de silogismos prácticos – con frecuencia implícitos –. Este tipo de silogismos está compuesto de una premisa mayor, de carácter general ("debemos ayudar a los demás cuando lo necesiten"); de una premisa menor o particular ("Fulano precisa ayuda") ; y una conclusión, ("debo ayudar a Fulano"). De acuerdo con esto, el error práctico puede producirse, bien por error en la premisa mayor ("el sida no es una enfermedad contagiosa, que debe ser combatida"), bien por error en la premisa menor ("esto no contagia el sida"), bien por debilidad de la voluntad (akrasia) para actuar conforme a la conclusión. Sobre esta base, cabe sostener que, cuando se da el error respecto de la premisa mayor o de la menor, la acción es mala con independencia de la intención con que se realice. Queda puesto de manifiesto, pues, que para decir que una acción es mala [65] , no es preciso siempre conocer la intención del que actúa. Comer alfileres para tener más hierro en el organismo, por ejemplo, sería una acción nociva, por muy buena que pudiera ser la intención del que los comiera.

De lo anterior se desprende que, a pesar del problema que el acceso a la intención plantea, se puede hablar de la naturaleza y sentido de una acción con verdad. Para eso, es preciso saber acerca tanto de las premisas mayores o universales del silogismo práctico, como de las menores o particulares. Del primer tipo de saber se encargan las distintas ciencias especulativas y la ciencia del obrar (ética), el segundo es el propio de lo que llamamos prudencia.

La prudencia, saber propio de los asuntos prácticos /

Ya se ha dicho que a los asuntos prácticos corresponde un tipo de verdad propia, distinta de la de los asuntos necesarios. Significa esto que el saber encaminado a obtener dicho tipo de verdad será, consiguientemente, distinto también.

¿Cuál es este saber específico? La respuesta a esta interrogante – hasta la fecha no refutada – la dio Aristóteles hace veinticuatro siglos: la phronesis o saber prudencial. Este pensador dejó sentado que la prudencia es condición necesaria para la buena actuación [66] . Según el, actuar bien  presupone deliberar bien, lo que implica que "el razonamiento tiene que ser verdadero y el deseo recto para que la elección sea buena, y tiene que ser lo mismo lo que la razón diga y lo que el deseo persiga" [67] . En otras palabras, para actuar bien se requiere, por una parte, la ordenación racional de la acción y, en segundo lugar, que esa ordenación sea querida por la voluntad.

La ordenación racional de la acción corresponde a la prudencia. Este hábito intelectual permite, ante todo, al "hombre prudente poder discurrir bien sobre lo que es bueno y conveniente para él mismo, no en un sentido parcial, por ejemplo, para la salud, para la fuerza, sino para vivir bien en general" [68] . Por eso, Aristóteles define la prudencia como una “una disposición racional verdadera y práctica respecto de lo que es bueno y malo para el hombre" [69] . Dicho en otros términos, este hábito consiste en la recta razón del obrar, es decir, en la disposición por la que se ordena racionalmente la acción hacia el bien propio del hombre, inscrito en su naturaleza. Y para que una acción sea buena – como ya se ha dicho –, es preciso que se adecue al bien último del hombre, lo que exige que esté ordenada a él prudencialmente. Por eso, la prudencia cumple un papel esencial, pues permite juaquí y ahora, si esto se adecua o no a ese fin y en qué medida lo hace, para este agente determinado, en cuanto persona humana. El juicio prudencial es el que juzga con verdad una situación determinada, en cuanto caso particular de la ley general contenida en la premisa mayor. Así, sobre la premisa de que "debemos ayudar a los demás cuando lo necesiten según nuestras posibilidades", la prudencia lleva a juzgar adecuadamente que debo ayudar a Fulano aquí y ahora, es decir, que éste es un caso particular de la ley general que exige ayudar a los demás.

Si la prudencia es condición necesaria para obrar bien, e informar consiste en representar acciones mostrando su sentido – en el cual la bondad o maldad de la acción juega un papel determinante –, entonces parece obvio que la prudencia será también requisito imprescindible para juzgar correctamente el sentido de las acciones representadas. Sin prudencia, se juzgaría como bueno o malo lo que no lo es, por lo que el sentido de la acción representada no sería verdadero, es decir, no correspondería a la naturaleza auténtica de ésta. De manera similar a como un comentarista deportivo que desconociera las reglas de un determinado deporte no lograría dar sentido a lo que ve – juzgaría erróneamente que se cometió una falta donde no la hubo, por ejemplo –, así el informador que no distinguiera entre valentía y temeridad presentaría como valerosa una acción que, en realidad, fuera temeraria. De esta manera, faltaría a la verdad.

A la luz de lo dicho, se entenderá mejor que la prudencia es el hábito crucial para juzgar acertadamente y, por tanto, para la información. Mediante él se puede informar con verdad, pues permite juzgar como acciones buenas o malas las que lo son realmente, con arreglo a la naturaleza del ser humano (fundamento último – aunque no autónomo – de   los valores). Hecho el juicio, la prudencia también ayuda a presentarlo adecuadamente y con verdad (o sea, sin hacer pasar por buenas, acciones malas o viceversa, lo que equivaldría a faltar a la verdad, con independencia de cuál pudiera ser la intención del que lo hace) [70]

No es éste lugar oportuno para exponer el tratado clásico sobre la prudencia, sobre el que ya existen muy buenos estudios [71] , ni menos aún para trasladarlo al caso periodístico. Sin embargo, puede ser útil ilustrar – sin ánimo alguno de exhaustividad – la importancia que este hábito intelectual tiene como condición de posibilidad de la verdad informativa.

Para muchos informadores, tan dados por lo general a la búsqueda de lo utilitario, no será fácil entender que la mejor manera de alcanzar la verdad informativa es ir de la mano de la prudencia – sobre los presupuestos del realismo epistemológico – y que ésta no se aplica según recetas. Sin embargo, así es. Si para la acción práctica no existen – ni pueden existir – recetas [72] , tampoco parece que puedan darse para el conocimiento, pues – entre otras razones – conocer es algo previo a cualquier reflexión sobre el conocimiento. Además, nada hay tan alejado de la prudencia como las recetas, puesto que ésta supone – como se ha dicho antes – valorar ad casum, mientras que las recetas son un intento de "casuificar" la realidad.

Con todo, cabe apuntar algunos requisitos generales exigidos por la prudencia, que están lejos de ser patrones de conducta. Ante todo, esta disposición lleva a poner en relación las acciones con los fines últimos a los que se encaminan. Esto ayuda a soslayar intereses personales o colectivos, o presiones de diversa índole, que pueden torcer la rectitud del juicio. Para que el informador no se precipite en el juicio ni lo vicie por apreciaciones preconcebidas, la prudencia le exigirá que reúna ante sí todos los datos relevantes y recabe las diferentes versiones contendientes, sin dejarse engañar por las apariencias de verdad. Dicho de otro modo: el juicio prudente implica sopesar con ecuanimidad el material disponible – cuando se lo considera suficiente –, haciendo un análisis riguroso, sin confundir lo verosímil con lo verdadero y sin precipitarse en obtener conclusiones.

Otro de los imperativos de la prudencia es tratar de ponerse en el lugar de la persona o personas protagonistas de las acciones representadas, para tratar de comprender mejor éstas. Con todo, esto debe hacerse compatible con una cierta distancia de los protagonistas, para evitar que determinados sentimientos (simpatía, compasión, etc.) obnubilen o entorpezcan la capacidad de juzgar.

Casi todos los autores clásicos coinciden en mencionar otro rasgo de la actuación prudente: la petición de consejo. Dado que la acción humana es particularmente difícil de juzgar – como se ha apuntado antes –, parece que solicitar consejo a colegas experimentados es, en el ámbito periodístico, requisito imprescindible para ser prudente. Por otra parte, la conciencia de lo problemático que es juzgar la acción humana debería llevar al informador a adoptar una actitud de profunda humildad, que le haga tener siempre presente la posibilidad de errar, con las dañinas consecuencias de todo tipo que esto puede acarrear, dado que sus juicios son recibidos por cientos o miles de personas. Esta actitud – que surge por consejo de la prudencia – se trasluce en muchas manifestaciones. Una de ellas, de capital importancia – a mi juicio –, es la disposición habitual a rectificar (poco frecuente, por lo general, en los medios).

Recapitulación conclusiva /

A modo de recapitulación de lo dicho, pienso que, para dar razón del problema de la verdad en la información, es preciso, en primer lugar, evitar las dos posturas extremas sobre el sujeto de la actividad informativa, expuestas anteriormente: ora aspirar a una verdad imposible mediante la exclusión de todo elemento subjetivo; ora relativizar tanto la verdad hasta acabar finalmente por negarla, al no reconocer otro criterio de verdad que lo subjetivo. Tanto el objetivismo positivista como el relativismo emotivista o escéptico se contradicen y presentan errores constitutivos insalvables, como se ha procurado mostrar. Por eso, cualquier posible desarrollo futuro de una teoría de la verdad informativa pasa por su refutación.

En segundo lugar, una teoría de esta naturaleza deberá tomar en consideración las peculiaridades del objeto genérico de la actividad informativa, por las cuales caracterizar con verdad la acción humana es tarea peliaguda. Tales peculiaridades no pueden justificar el maximalismo que se encierra en este falso dilema con respecto a la verdad: o se conoce la realidad – física o humana – plenamente y con el máximo rigor, al modo divino, o no cabe hablar propiamente de verdad, sino sólo de opiniones subjetivas apartadas todas por igual de aquélla.

El objetivismo fisicalista, al aferrarse a lo fáctico, parece buscar a toda costa una especie de certeza absoluta, que – como se ha dicho de paso – es impropia de los asuntos contingentes, respecto de los cuales sólo es posible la certeza moral. Para eso, desprovee a la acción de su sentido reduciéndola a un puro factum, ante la imposibilidad de tener certeza more mathematico sobre ella. Podría decirse que su afán de rigor y de certeza acaba por ahogar la verdad, como sugieren aquéllas palabras de Goethe: "si no pretendiésemos conocer todo con tanta exactitud, puede que conociéramos mejor las cosas".

El subjetivismo, por su parte, pone tanto empeño en no caer en afirmaciones absolutas, que niega todo valor de objeto a la realidad, de forma igualmente absoluta. En concreto, respecto de la acción humana, trasluce un vano intento de eludir la enorme responsabilidad de caracterizar las acciones humanas, pues tal caracterización dependería de un fin natural en el hombre (negado por absoluto) y de la intención (oculta al observador). De esta manera, los juicios de valor terminan siendo una pura expresión de preferencias, con lo que se convierten en meras apreciaciones cuasi estéticas, inapelablemente personales, No es que tengan una validez parcial o provisional, sujeta a revisión; es que ésta sólo puede ser definitivamente provisional.

Frente a estas dos posturas extremas, sólo el realismo metafísico clásico, el llamado del "sentido común", puede servir para plantear la cuestión de la verdad en sus justos términos. No se debe negar la evidencia de que el hombre tiene posibilidad de aprehender la realidad, aunque de modo imperfecto y falible, por una deformación extremada del concepto de verdad, que no responde – por defecto o por exceso – a la capacidad cognoscitiva del ser humano.

Por otra parte, adoptar esta base realista, connatural al hombre desde que nace, exige distinguir el plano de los asuntos necesarios de aquél propio de lo contingente, sin pretender el mismo tipo de verdad y de certeza en cada uno de ellos. En concreto, es imprescindible poseer una correcta visión de las peculiaridades de la acción práctica como contenidos veritativos y de su saber propio: la prudencia. Parece manifiesto que, para ser prudente, no basta con saber sobre la prudencia. Pero también lo es igualmente que, quien busque la verdad informativa no a través de ella, sino en la objetividad o en el subjetivismo, no la encontrará.

Saber qué es la prudencia no es tan fácil como podría pensarse por el uso coloquial que suele hacerse de un término desgastado. De ahí que quien dé por sabida esta cuestión, estará lejos de atisbar su alcance. Y, a la inversa, si hacemos esfuerzos por adquirir o aumentar este hábito, reflexionando sobre él y aprendiendo de quien ya lo posee, estaremos en el camino de beneficiarnos de su posesión. Quizá, por esto, pueda ser conveniente rehabilitar el pensamiento clásico acerca de la prudencia, para que empiece por aparecer tanto en el discurso académico sobre la actividad de los medios informativos, como en el horizonte profesional de los informadores.    

Notas al pie /

[1] Así lo expresa Desantes con palabras rotundas: "La verdad informativa constituye uno de los grandes problemas que tiene planteados la teoría y práctica de la comunicación social" (DESANTES, J. M.: La verdad en la información, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial, Valladolid, 1976, pág. 11). Creo que esta afirmación sigue teniendo plena vigencia en nuestros días.

[2] BLAZQUEZ, N.: Información responsable, Noticias S. A., [s. a.], Madrid, pág. 289.

[3] La verdad informativa y su problemática", Revista de Ciencias de la Información, Facultad de Ciencias de la Información, Madrid, 1986, n. 3, pág. 9.

[4] A este respecto, se ha escrito: "aunque la creencia de que los lectores tienen derecho a una información verdadera por parte de los periodistas rara vez es disputada, y aparece mencionada en casi todos los códigos de ética periodística, no existe un claro consenso – y apenas ningún comentario – sobre el alcance de ese derecho" (KLAIDMAN, S. y BEAUCHAMP, T., The virtuous journalist, Oxford University Press, Nueva York, 1987. La traducción es mía. En adelante, también lo será en todos los casos, salvo cuando se citen versiones publicadas en castellano de obras originales).

[5] El debate filosófico acerca de la verdad sigue plenamente vigente. A riesgo de ser temerario, creo que cabe citar como interlocutores destacados en él a autores de la talla de Hilary Putnam, Jürgen Habermas, Richard Rorty, Alasdair MacIntyre, Robert Spaemann y Cornelio Fabro, entre otros.

[6] Me refiero, sobre todo, a la polémica sobre la prioridad del método sobre el objeto científico, a la posibilidad de una ciencia avalorativa y a la exclusión de la subjetividad en el conocimiento científico.

[7] Vid. SCHILLER, D.: Objectivity and the News, University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 1981. Sirvan, como ilustración del segundo factor, las siguientes palabras del jefe de la oficina de la agencia Associated Press en Washington, que en 1848 proclamaba: "Mi misión es comunicar hechos. Mis instrucciones no me permiten hacer ningún comentario sobre los hechos que comunico. Mis despachos son meramente secos contenidos de hechos y detalles" (HUDSON, F.: Journalism in the United States from 1690-1872, Harper & Bros., Nueva York, 1873, citado por FISHMAN, M.: Manufacturing the News, University of Texas Press, Austin, 1980, pág. 90).

[8] DESANTES, J. M.: op. cit., pág. 35. Enseguida se intentará mostrar la falacia que encierran asertos como éste.

[9] esta concepción –matizada en algunos casos- esta presente en buena parte de la literatura sobre los medios. Cfr., por ejemplo, BENET, J.: "Interpretation and Objectivity in Journalism", en DANIELS y KAHN-HUT (eds.): Academics on the line, Josey-Bass, San Francisco, 1970. En España, Martínez Albertos es uno de sus principales defensores. Vid. como resumen breve de su postura:"La distinción entre hechos y opiniones: utilidad legal y requisitos lingüísticos", en Mensaje y medios, n 5.

[10] GONZÁLEZ  GAITANO, N.: “Hechos y valores en la narración periodística informativa”, Comunicación  y Sociedad, 1989, Vol. II, n. 2, pág. 33. La cita interna es de Martínez Albertos.

[11] La fecha está tomada de GARCÍA-NOBLEJAS, J. J.: "Información y conocimiento", en YARCE J. (ed.): Filosofía de la Comunicación, Eunsa, Pamplona, 1986, pág. 124.

[12] GONZÁLEZ GAITANO, N.: loc. cit., pág. 35.

[13] 'GARCÍA-NOBLEJAS, J J.: loc. cit.¡ pág. 125.

[14] Por supuesto, esta dicotomía carecería de validez “objetiva”, porque es inverificable empíricamente. De ahí que, o se toma como un postulado tan válido como su contrario, o se incurre en contradicción al sostenerla.

[15] na excelente exposición critica de los postulados positivistas y sus implicaciones en las ciencias sociales, en VOEGELIN, E.: Nueva ciencia de la política, Rialp, Madrid, 1968 (v. o: The New Science of Politics, The University of Chicago Press, s. a., Chicago).

[16] Esta actitud fue magistralmente retratada por Dickens, en el personaje de Mr. Thomas Gradgrind, en su novela Hard Times.

[17] Sobre la supuesta neutralidad de la ciencia, puede encontrarse una documentada critica, referida a casos concretos en: NELKIN, D.: La ciencia en el escaparate, Fundesco, Madrid, 1990 (v. o.: 1987), en especial, págs. 89-107.

[18] MACINTYRE, A.: Tras la virtud, Crítica (Grijalbo), Barcelona, 1987 (v. o.: 1984), pág. 196 (la cursiva es mía).

[19] Ibid. Que la experiencia no puede ser el criterio veritativo último resulta también patente cuando MacIntyre escribe: "El concepto empirista pretendió discriminar los elementos básicos con que se construye nuestro conocimiento y sobre los que se funda; creencias y teorías se validan o no, dependiendo del veredicto de los elementos básicos de la experiencia. Pero las observaciones del científico naturalista no son nunca básicas en este sentido. En efecto, sometemos las hipótesis a la prueba de la observación, pero nuestras observaciones pueden cuestionarse siempre. La creencia de que Júpiter tiene nueve lunas se prueba mirando a través de un telescopio, pero esta misma observación tiene que legitimarse por medio de las teorías de la óptica geométrica. Es tan precisa una teoría que apoye la observación como la observación lo es para la teoría" (Ibid., pág. 108).

[20] MEYER, Ph.: Periodismo de precisión, Bosch, Barcelona, 1993, págs. 33-34, (v. o.: The new precision journalism, 1991).

[21] Sobre este particular, Putman se pregunta: “¿desde que punto de vista se esta empleando la palabra "hecho"? Si no hay una concepción de la racionalidad que debamos tener objetivamente, la noción de 'hecho' es vacía. Sin los valores cognitivos de coherencia, simplicidad y eficacia instrumental, carecemos de mundo y de 'hechos', hasta de hechos con respecto a aquellas cosas que son relativas y a qué lo son, porque estos se hallan en el mismo barco que todos los demás hechos" (PUTNAM, H.: Razón, verdad e historia, Tecnos, Madrid, 1988, pág. 140 (v. o.: Reason, Truth and History, 1981). En la obra citada, se ofrece una refutación sólida de la dicotomía entre hechos y valores. Cfr. especialmente los caps. 6 y 9.

[22] Con frecuencia se confunden certeza y verdad y otras categorías epistemológicas. Mientras la certeza es un estado subjetivo de la mente – como la duda o la opinión –, que puede estar basado o no en la realidad, la verdad exige adecuación de lo conocido a la realidad.

[23] Esto es lo que –a mi juicio- hace Desantes cuando escribe que “el objeto es la causa final del conocimiento" (op. cit., pág. 39) y que "la objetividad viene a ser el esfuerzo del sujeto por conseguir que su conocimiento sea objetivo, es decir, verdadero como adecuado al objeto" (lbid., pág. 41). Salvo que el término "objeto" esté usado en un sentido diferente del sentido técnico preciso, Desantes identifica realidad (cosa) con objeto de conocimiento (la cosa en cuanto cognoscible). Este es un error típico del idealismo: el objeto se convierte en algo con "entidad" propia, como si pudiera ser conocido al margen de la cosa. La objetividad equivale entonces a objetualidad, es decir, equivale a la adecuación con el objeto en lugar de con la cosa. En palabras certeras de González Gaitano: "[...] objetividad no significa directamente la realidad de lo conocido, se refiere más bien a la cognoscibilidad de lo que se capta. Ser objeto de un entendimiento no es una propiedad real de las cosas. La definición realista de la verdad indica adecuación con la cosa, no con el objeto. [...] Por tanto, si se plantea la cuestión de la verdad en términos de objetividad, se pierde la referencia a la realidad y lo único que comparece es el sujeto y su subjetividad" (GONZÁLEZ GAITANO, N.: op. cit., pág. 43). Paradójicamente, la pretensión objetivista – que debería denominarse más precisamente objetualista – acaba por perder pie en la realidad, por la "cosificación" de su cognoscibilidad.

[24] Seria adoptar la postura de Hilary Putman llama del “Ojo de Dios”. A este respecto, dice: “No existe un punto de vista como el del Ojo Divino que podamos conocer o imaginar con provecho". De poco sirve, por tanto, el desideratum objetivista de "tender al menos asintóticamente" a esta postura absoluta, puesto que seria tanto como tender a algo imposible para el ser humano. Las palabras de Putnam están tomadas de la obra citada, pág. 59.

[25] La coherencia radical con las exigencias verificacionistas del objetivismo, que trataran de evitar a toda costa dar como verdadero algo no comprobado, produciría noticias como ésta, rayana en el absurdo: "Una persona que dice llamarse Sr. X y su supuesto Consejo de Dirección, ofrecieron ayer lo que calificaron de 'homenaje' al Sr. Y, en la que parece ser la sede de la Fundación Calamidad, S. A., que – según numerosas fuentes – preside el Sr. X., sita en la calle Mayor, 18, por los méritos que el Sr. X alega que concurren en el Sr. Y, por su presunta contribución en favor de la promoción de determinadas manifestaciones artísticas. Los pormenores de tales méritos no han podido ser comprobados hasta el momento". En lugar de llegar a tales extremos, es preferible informar según los dictados de la prudencia, siendo consciente de la posibilidad de error y manteniendo siempre fresca la disposición a rectificar, si se cae en él.

[26] hay quienes parecen olvidar, al argumentar desde “los hechos”, la distancia que media entre decir: "es un hecho que X es verdad" y "es un hecho que A dice que X es verdad". Ambas proposiciones r o tienen, obviamente, el mismo valor. Sin embargo, en contra de lo que pueda pensarse prima facie, el periodista no sólo se compromete con la primera, sino también con la segunda, al afirmar que "A dice que X es verdad", pues si no estimara que tal proposición es verdadera – o al menos probable – la omitiría, o bien la citaría para desmentirla.

[27] Cfr. FISHMAN, M.: Op. cit., pág. 85.

[28] Si los reporteros hacen sus propias inferencias a partir de las versiones disponibles, no pueden informar de ellas como si fueran hechos. Si otra persona hace tales inferencias – y normalmente ésta es un funcionario con poder para hacerlas –, entonces el periodista puede tratar estas inferencias como hechos sólidos (hard facts)" (Ibid., pág. 88).

[29] MEYER, Ph.: Op. cit., pág. 36.

[30] Coincido plenamente con el modo en que lo expresa José francisco Sánchez: “La exactitud del dato no es otra cosa que mera exactitud. La exactitud de por sí es mostrenca, necesita ser explicada y revelada – y precisamente de ahí deriva la aletheia griega. No basta con que el hecho, exactísimo, sea aislado y purificado, sino que para manifestar su verdad debe ser correlacionado adecuadamente en una cadena de causas y efectos que le confieran sentido" (SÁNCHEZ SÁNCHEZ, J.F., "Objetividad y verdad en el discurso periodístico", en Estudios de Periodística 2. Ponencias y comunicaciones del II Congreso de la Sociedad Española de Periodística, 1994, pág. 19).

[31] Cfr. el estudio sólidamente argumentado de NÚÑEZ LADEVÉZE, L.: "El estilo en periodismo", en CASASÚS, J. M. y NÚÑEZ LADEVÉZE, L.: Estilo y géneros periodísticos, Ariel, Barcelona, 1991, págs. 103-127.

[32] Por fortuna, el sentido critico del público va aumentado considerablemente con el paso del tiempo. El pluralismo informativo redunda en favor de él. así, en España, desde la abolición del monopolio de la televisión estatal, basta con ver varios informativos audiovisuales de un mismo día para percatarse enseguida de que un mismo acontecimiento tiene sentidos distintos según la cadena que da cuenta de él, y de que no existe algo parecido a la neutralidad absoluta.

[33] Vid. TUCHMAN, G.: "Objectivity as strategic ritual: an examination of newsmen's notions of objectivity", en American Journal of Sociology, vol. 77, 4, enero 1972.

[34] sobre este particular, dice Tuchman: “La afirmación de los informadores de que “los hechos hablan por sí mismos es significativa. Esta expresión se refiere a la distinción cotidiana entre 'hechos que hablan' y el reportero [...] que habla por los 'hechos'. Si el reportero hablara a través de los hechos, no podría pretender ser objetivo, 'impersonal', 'no sesgado'. Por supuesto, es un lugar común en sociología que los 'hechos' no hablan por sí mismos. Por ejemplo, Shibutani (1966) demuestra que la valoración y aceptación de 'hechos' depende en gran medida de procesos sociales" (Ibid., págs. 667-668).

[35] Ibid., pág. 676. Puede encontrarse una argumentación minuciosa de cada una de estas razones en el articulo citado.

[36] Hay trabajos posteriores en esta misma línea más completos e igualmente interesantes. Cfr., p. ej.: VAN DIJK, T.: News as Discourse, Hillsdale, Lawrence Erlbaum Associates, New Jersey, 1980 (trad. cast.: La noticia como discurso, Paidós, Barcelona, 1990).

[37] “[...} hoy la gente piensa, habla y actúa en gran  medida como si el emotivismo fuera verdadero, independientemente de cuál pueda ser su punto de vista teorético públicamente confesado. El emotivismo está incorporado a nuestra cultura" (MACINTYRE, A., op. cit., pág. 39).

[38] Ibid., pág. 26. Esta teoría va más allá del campo estrictamente filosófico, y puede encontrarse recogida casi literalmente en la literatura periodística. Por ejemplo: "Una proposición de hecho es generalmente entendida como una proposición empíricamente verificable o falsable que describe algún evento u objeto. Las proposiciones de hecho son por tanto o verdaderas o falsas. Por el contrario, las proposiciones de valor no son confirmables o falsables, porque estiman y valoran en lugar de describir. Estas dos clases de proposiciones son distintas y no pueden derivarse lógicamente una de otra. Por ejemplo, no hay manera de derivar lógicamente la proposición 'el New York Times cubre los deportes' de 'el New York Times debería cubrir los deportes', ni puede ésta última derivarse de la primera"' (KLAIDMAN, S. y BEAUCHAMP, T.: Op. cit., pág. 62). Quienes esto sostienen parecen olvidar que el deber ser se fundamenta en el ser, pues es su culminación.

[39] MACINTYRE, A.: op. cit., pág. 35. La cursiva es mÍa.

[40] PUTMAN, H.: cit., pág. 132.

[41] Es razonable defender el pluralismo informativo, puesto que muchos asuntos pueden ser valorados con verdad desde perspectivas muy distintas. Lo que me parece objetable son algunos de sus presupuestos: otorgar a todas las opiniones el mismo valor de verdad, pensar que ésta surge necesariamente de la contraposición de opiniones o que todo está siempre sujeto a opinión.

[42] Buena parte de los planteamientos socio-políticos liberales mas radicales se sustentan, en ultimo término, en este relativismo. Vid., p. ej., SANDEL, M. (ed.): Liberalism and its critics, New York University Press, Nueva York, 1984.

[43] Putnam refuta con contundentes argumentos el relativismo radical, aunque desde una posición ecléctica, no netamente realista, que él mismo ha revisado. Vid., además de Razón, verdad e historia, ya citada, su obra Las mil caras del realismo, Paidós, Barcelona, 1994. En cuanto al emotivismo, MacIntyre acomete con gran perspicacia la discusión crítica en torno a él, desde el realismo clásico, en la obra citada. Cfr. especialmente págs. 27-29.

[44] SÁNCHEZ SÁNCHEZ, J. F., "Objetividad y verdad en el discurso periodístico", loc. cit., pág. 18.

[45] Cfr. AUSTIN, J. L.: Palabras y acciones. Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, Buenos Aires, 1971 (v. o.: How to do things with words, Oxford, 1962).

[46] Cfr. INCIARTE, F.: "El problema de la verdad", en Veritas et Sapientia, Eunsa, Pamplona, 1975, pág. 49.

[47] Ibid. Este autor recoge la distinción clásica entre las dos dimensiones de la verdad: la de adecuación y la de reflexión. Para que se dé un conocimiento verdadero no basta con que lo que afirma el sujeto cognoscente (el contenido proposicional) se adecue a la realidad; además, es preciso que dicho sujeto sea consciente de tal adecuación.

[48] Por “realismo filosófico” entiendo la tradición filosófica que arranca en Aristóteles, continua con la escolástica medieval y sigue su desarrollo contemporáneo en autores como E. Gilson, J. Pieper, R. Spaemann, A. MacIntyre, L. Polo o J. Ackrill, por citar sólo algunos. Me adhiero, pues, a la escuela que otros denominan "realismo metafísico", cuyo principio fundamental sostiene la no dependencia de la realidad del sujeto que la conoce.

[49] Entre esta postura y la del relativismo escéptico, esta el “realismo interno” o “realismo pragmático" de Hilary Putnam, que pretende ser una "v(a media" entre ambas concepciones. Desde mi punto de vista, este autor no logra esta mediación, como él mismo reconoce en parte (vid. Las mil caras del realismo, cit., prólogo a la ed. española). Aunque no es éste lugar para analizar los argumentos de Putnam, muchos de ellos de gran agudeza, debo hacer notar que él critica el realismo clásico sobre una base errónea: afirmar que la realidad es independiente del sujeto cognoscente, y que éste tiene acceso a ella, no implica que ese conocimiento haya de ser absoluto y completo, como el divino. Me parece que Putnam extrema una concepción del realismo clásico, entendida en la perspectiva del Ojo Divino, que no le hace justicia.

[50] He defendido mi versión propia del pensamiento de Juan José García-Noblejas sobre este particular, en "La información como dotación de sentido", en Revista de Ciencias de la información, nº 9, 1994.

[51] También se expresar esta idea de la manera siguiente inabarcable e inasible y, por lo tanto, imposible de comunicar en su totalidad, cuánto más difícil resulta comunicar otras realidades nacidas al amparo de la libertad del hombre" (SÁNCHEZ SÁNCHEZ, J. F.: "Persuasión por sobredosis de neutralidad. La libertad del lector de periódicos", en GARCíA-NOBLE]AS y SÁNCHEZ ARANDA (eds.): Información y persuasión, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 1990, pág. 571).

[52] ARISTÓTELES, Ettica a Nicómaco, 1112a 21-23; edición bilingüe de M. Araujo y J. Marías, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1985.

[53] lbid. 1094b 13.

[54] 1094b 24-26. Por eso, no cabe pedir a un artista que emplee demostraciones matemáticas, ni a un geómetra que use técnicas retóricas para exponer sus conocimientos.

[55] Sobre el sentido en que concibo la información como representación de acciones humanas, cfr. una exposición sintética en "La información como dotación de sentido", cit.

[56] En esto coincido con diversos autores que sostienen que para que algo sea considerado información ha de ser verdadero, de modo similar a como sólo el conocimiento verdadero puede ser considerado verdadero conocimiento, pues sólo cuando se aprehende la realidad con verdad se habla de conocimiento. Cfr., por todos, DESANTES, J. M.: op. cit. y BRAJNOVIC, L.: El ámbito científico de la información, Eunsa, Pamplona, 1979.

[57] DESANTES, J. M.: Op. cit., pág. 35

[58] .Ibid., pág. 37.

[59] Ibid., pág. 35.

[60] MACINTYRE, A.: Op. cit., pág. 254.

[61] A este respecto, señala González Gaitano: “[...} responder al qué [de un acontecimiento} es valorar;  claro está que se trata de una valoración sintética, pero no por ello superficial. Y es que el lenguaje no es neutro, 'el lenguaje es el medio universal en el que se realiza la comprensión misma. La forma de realización de la comprensión es la interpretación' (GADAMER, H. G.: Verdad y método, Sígueme, Salamanca, 1984, pág. 467). Decir algo es siempre juzgar [...J" (GONZÁLEZ GAITANO, N.: op. cit., pág. 44).

[62] Cfr. INCIARTE, F.: "Sobre la verdad práctica", en El reto del positivismo lógico, Rialp, Madrid, 1974.

[63] Ya se ha dicho antes que la certeza propia de los asuntos prácticos es la certeza moral.

[64] Uso los términos “acción” y “actuación” para diferenciar entre una acción puramente externa ("poiética") y una acción inmanente, práctica (i. e., lo que realmente hace el que realiza tal acción externa). Con todo, es claro que es una distinción analítica de lo que en la realidad se da unido.

[65] mas arriba se ha disociado acción de actuación. Como ya se ha apuntado, realizar una acción mala (acción externa) no equivale siempre a obrar mal (acción inmanente). Para ello, hace falta, además, ser consciente de que se realiza una acción mala y quererla.

[66] No es posible ser bueno en sentido estricto sin prudencia” (ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco, 1144b 30-31, ed. cit.).

[67] 1l39a 23-26.

[68] Ibid., 1140b 24-27.

[69] Ibid., 1140b 4 – 6.

[70] La prudencia es central en la actividad informativa, no sólo por lo que respecta al juicio sobre su objeto (las acciones humanas), sino en otro sentido, igualmente importante, del que no voy a ocuparme aquí: por lo que hace a la representación de tales acciones. Dado que la representación no es un puro hacer técnico, sino práctico – como he mostrado en el artículo citado en la nota 53 –, ésta se ha de regir por los criterios generales de la acción práctica o, lo que es lo mismo, por su razón propia, que es la prudencia. Es ésta la que dictamina, por ejemplo, sobre la conveniencia de dar o no una noticia en determinadas circunstancias, o de hacerlo de un modo u otro. Quede este asunto para otra ocasión.

[71] Cfr., por ejemplo: PIEPER, J.: La prudencia, Rialp, Madrid, 1957; AUBENQUE, P.: La prudence chez Aristote, Presses Universitaires de France, París, 1976; RAMIREZ, S.: La prudencia, Palabra, Madrid, 1979; MELENDO, T.: "El ayer y el hoy de la prudencia", en Revista de Filosofía, Madrid, Julio- Diciembre, 1985 y "La mediación del error en la génesis del saber práctico", en Pensamiento, nº 168, Vol.. 42, 1986.

[72] haya paralelismos entre unas y otras. Acerca de la "apertura" de la acción, cfr. INCIARTE, F.: "Sobre la verdad práctica", op. cit. Por otra parte, si existieran recetas para actuar éstas deberían ser "aplicadas" discrecionalmente, pues, de lo contrario, haría falta disponer a su vez de otras recetas previas sobre cuándo y cómo usarlas (lo que abriría un proceso al infinito).

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