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Calidad Revistas Científicas Españolas
VOL.
32(1)/
2019
Autor / José-Vidal PELAZ LÓPEZ Universidad de Valladolid
Autor / Virginia MARTÍN JIMÉNEZ Universidad de Valladolid
Otros autores:  1 2
Artículo / Suárez y Calvo-Sotelo en la pequeña pantalla: un estudio comparado del liderazgo televisivo durante la Transición democrática en España (1976-1982)
Contenidos /

1. Introducción

El proceso de Transición a la democracia en España vino de la mano de la conocida como vídeo-política (Sartori, 2002) donde el liderazgo y la acción pública comenzaron construirse, en cierta medida, en torno a la televisión (Martín, 2013).

En el primer año de gobierno de Adolfo Suárez, RTVE desempeñó un papel esencial pues fue utilizada desde el poder, primero para preparar el camino a la reforma política en diciembre de 1976 y luego para lanzar la candidatura del propio Suárez y de UCD en las elecciones generales de junio de 1977. Tras ese “año mágico” (Ansón, 2014) y, sobre todo, después de la aprobación de la Constitución, ya sometidos al control de un parlamento democrático, el Gobierno y su televisión dejaron de tener las manos libres. La oposición socialista, no tardó en comprender el valor del arma audiovisual y no dudó en lanzarse a una campaña reclamando la imparcialidad y/o el control sobre el nuevo Organismo Autónomo Radio Televisión Española, nacido en noviembre de 1977 bajo la dirección de Fernando Arias-Salgado (Martín, 2013, p. 251). Este pulso culminó en 1980 con la aprobación por consenso del Estatuto de Radio Televisión Española y la elección también por acuerdo entre UCD y PSOE de Fernando Castedo como director.

Pocos días después del nombramiento de Castedo dimitía Adolfo Suárez y era sustituido por Leopoldo Calvo-Sotelo. Las relaciones del nuevo presidente con el Ente público fueron muy tormentosas, porque mientras que el Gobierno (y sobre todo el partido) seguía considerando la televisión como algo propio, arreciaban las acusaciones de manipulación por parte de socialistas y comunistas. El resultado fueron otros dos directores generales en pocos meses: Carlos Robles Piquer y Eugenio Nasarre. Calvo-Sotelo, consciente de sus limitaciones en materia de imagen respecto a su antecesor, diseñó una nueva política de comunicación que, en el terreno de la televisión, se vio permanentemente obstaculizada por el acoso y desprestigio a que se vieron sometidos los sucesivos directores del Ente y los programas y profesionales de la casa.

En este intenso contexto político y mediático comprendido entre 1976 y 1982 resulta de interés trazar un análisis comparativo entre los dos primeros presidentes del Gobierno de la democracia desde el punto de vista televisivo. Así como el carisma y la telegenia de Adolfo Suárez han sido habitualmente subrayados por la historiografía en estudios específicos como los de Martín (2013) o Fuentes (2011) y en las historias de la televisión durante la Transición como las de Pérez Ornia (1988), Palacio (2012) o Bustamante (2006) e incluso en los estudios generales sobre el periodo, no ocurre lo mismo con la utilización de la televisión por parte de su sucesor. Partimos de la hipótesis de que Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo fueron dos líderes muy distintos tanto en su forma de “hacer política” como en la manera en la que utilizaron la televisión para conectar con la sociedad (Pelaz, 2016). Nuestra propuesta busca estudiar, cómo ambos políticos entendieron su relación con la cadena estatal y abordar tanto los formatos utilizados como el discurso de las emisiones televisivas que protagonizaron. Todo ello teniendo en cuenta varios factores. El primero, que la presencia de ambos en la pequeña pantalla se insertaba en una determinada programación (Montero, 2018, pp. 319-563) que orientaba los mensajes hacia unos significados dominantes mayoritarios, como han puesto de relieve estudios sobre las emisiones infantiles y juveniles (Paz & Mateos-Pérez, 2015) o sobre la divulgación histórica y debate en TVE (Paz & Montero, 2015). El segundo, que en aquel momento Televisión Española estaba convertida en “obsceno objeto de deseo” (Sotillos, 2002, p. 158) de todas las fuerzas políticas. Y por último, que existía un vivo debate planteado (sobre todo en la etapa de Calvo-Sotelo) sobre la autorización de la televisión privada, lo cual estimulaba en determinadas empresas de comunicación los ataques hacia la cadena pública (Quintana, 2007, pp. 205-206).

En relación a la metodología empleada, se ha recurrido el método histórico partiendo de la bibliografía existente para continuar luego con la consulta de los testimonios publicados de protagonistas, el archivo Calvo-Sotelo, los fondos de TVE y la prensa de la época. Respecto a los primeros podemos citar los recuerdos publicados del propio Calvo-Sotelo (1990; 1999), Ansón (2015), Galdón (1984), Macía (1981), Ónega (2013), Robles Piquer (2011) o Sotillos (2002) entre otros. La documentación del fondo personal de Calvo-Sotelo nos ha permitido rescatar informes, encuestas, cartas o discursos, además de la consulta de su amplia hemeroteca sobre la época que se ha completado cuando ha sido preciso con las colecciones de diarios como Diario 16, ABC y El País, El Alcázar o revistas como Interviú o Triunfo entre otros medios. En relación a las emisiones televisivas, la muestra se determinó buscando aquellas en las que Suárez o Calvo-Sotelo fueran sus protagonistas únicos y comparecieron por iniciativa propia. En total se han contabilizado 11 intervenciones del presidente Suárez comprendidas entre 1976 y 1981 y otras 9 de Calvo-Sotelo, entre 1981 y 1982. Todas se clasificaron teniendo en cuenta el tema y el formato y se pusieron en relación con el contexto político del momento. Se ha tenido en cuenta también el momento de emisión dentro de la programación, la puesta en escena y el lenguaje oral y corporal del interviniente. Posteriormente se ha comprobado el impacto de dichas emisiones en la prensa de referencia a nivel nacional en toda su variedad tanto desde el punto de vista ideológico como de periodicidad.

2. Suárez y TVE: un tándem para gobernar

2.1. La televisión pública al servicio del proyecto suarista de transición

Adolfo Suárez conocía la capacidad de la pequeña pantalla para llegar a la opinión pública, como había demostrado durante el período en el que dirigió RTVE (1969-1973) (Munsó Cabús, 2001, pp. 103-116). Fue entonces cuando Suárez “aprende para siempre la eficacia extraordinaria de este nuevo medio de comunicación” (Hernández, 2009, p. 50) y se convierte en todo “un profesional del medio” y en un “animal televisivo” (Fuentes, 2016, pp. 164 y 171). Con este bagaje su llegada a la presidencia del Gobierno en 1976 supone la irrupción en el ámbito español de la vídeo-política. Sus acciones de gobierno van a desarrollarse teniendo siempre la televisión como pilar estratégico. No en vano su primer nombramiento al llegar a la Moncloa fue el de Rafael Ansón como director general de la cadena, un hombre que gozaba de su plena confianza y a quien veía capacitado para “transmitir la idea del New Deal propuesto desde las máximas instancias políticas de la nación” (Munsó Cabús, 2001, p. 143).

Desde el primer momento, TVE –como elemento clave de la estrategia suarista de cambio democratizador y a través de la nueva programación que puso en marcha Ansón y el cambio impuesto en los informativos– va a “vender” democracia lanzando en los espacios de actualidad o de entretenimiento un mensaje didáctico y positivo de renovación y de consenso (Martín, 2013). Esta “gran zancada” (Macía, 1981, p. 205) fue elogiada, en líneas generales, por la prensa, y con especial énfasis por el ABC[1], aunque también hubo detractores que apuntaron la excesiva implicación de Suárez con la pequeña pantalla y más aún cuando su propio director general afirmaba que “el medio pertenecía al Gobierno y estaba enteramente a su servicio, hasta que hubiese modificaciones de estructura política que recomendasen o determinasen otra actitud”[2].

El presidente tenía muy claro “que el éxito de su gestión depender[ía] en parte de su capacidad para poner la televisión al servicio de su política. Se trataba, en definitiva, de ganar ante el gran público la credibilidad de la que carecía entre la clase política, tanto franquista como antifranquista, y transmitir la idea de que su imagen personal, tan distinta de la de Carlos Arias respondía a una nueva forma, más fresca y más cercana, de entender la política” (Fuentes, 2016, pp. 171-172).

En esa relación simbiótica entre la tele y Suárez, Rafael Ansón fue un elemento esencial lo cual le convirtió a los ojos de algunos en el chivo expiatorio que encarnaba “de modo hiperbólico, todos los males de la Transición en TVE” (Pérez Ornia, 1988, p. 82). Su etapa terminó en noviembre de 1977, oficialmente debido a la constitución del Consejo Rector de RTVE (algo confirmado en su día por el propio interesado), aunque se especuló entonces con la posibilidad de que el detonante hubiese sido la emisión del programa Yo canto en el que Luis Pastor aparecía rodeado de banderas republicanas[3].

La llegada de su sustituto, Fernando Arias Salgado, fue acogida con cierto optimismo debido, sobre todo, a que la creación del Consejo Rector Provisional había puesto en marcha el proyecto de elaboración de un estatuto que se encargaría de sentar las bases jurídicas –y la democratización– de TVE. Sin embargo, esta nueva etapa pronto fue calificada de involucionista y vino acompañada de polémicas (como el cese de Pedro Macía, la dimisión en bloque de los directores de informativos de la “etapa Ansón” o las auditorías que destaparon anomalías en la gestión[4]) y de una fuerte tensión laboral, con la primera huelga de trabajadores de la casa. Según el propio Macía: “Fernando Arias Salgado puso voluntad y empeño en que nada cambiara con su presencia. Los Telediarios, sin embargo, sufrieron un frenazo. Se perdió el contacto de las reuniones diarias y renacieron los tabúes. Volvieron algunas presiones y todo hacía sospechar que las cosas irían a peor (Ornia, 1988, p. 103). Para El País: “El director de TVE, desde hace cinco meses, se ha enfrentado en distintas ocasiones con altos cargos y ha cesado incluso a profesionales que no se habían distinguido precisamente por actitudes conflictivas. En Prado del Rey se interpretan estas medidas como un extremado endurecimiento político en la información y gestión de TVE”[5].

El descrédito de la televisión estatal y las denuncias sobre el servicio que prestaba al gobierno de Suárez fueron en aumento cuando dio comienzo la campaña de las elecciones generales de marzo de 1979. Las tensiones no hicieron más que acrecentarse dado que, como el propio presidente afirmó: “El consenso ha terminado […]. Fue una solución excepcional para un momento igualmente excepcional de nuestra evolución política, una prueba de madurez y responsabilidad de los partidos políticos a la hora de defender los verdaderos intereses del pueblo y del Estado”[6].

Además, los partidos habían comprendido que debían centrar su campaña en la comunicación televisiva y no permitir que el Gobierno hiciese uso del medio público al servicio de sus propios intereses electorales (Martín, 2013). Las encuestas revelaban que la pequeña pantalla era “la gran baza electoral, el mitin con asistencia garantizada”[7]. Un estudio señalaba que en las tres últimas citas con las urnas el 68,35 % había utilizado la televisión para seguir la campaña, frente a un 26,9 % que usó los periódicos, un 17,5 % la radio, un 7,7 % las vallas publicitarias y un 4,1 % los mítines (Contreras, 1990, p. 65).

El probado poder de la cadena estatal –sobre la que Alfonso Guerra llegó a decir “no cambio yo cinco minutos en televisión por diez mil militantes de base” (Ramírez, 1979, p. 84)– contribuyó a que la campaña se estructurara en torno a una creciente “vídeo-dependencia”, y a que se tratara de controlar la imbricación entre Suárez y Prado del Rey. De ahí que su inicio en televisión se retrasara seis días con respecto a su puesta en marcha oficial, debido a la falta de acuerdo sobre la distribución por los partidos de los espacios de TVE, y que El País comenzase a analizar diariamente la programación de tipo electoral que se transmitía. Dicho estudio reveló que en la primera jornada de campaña (7 de febrero) la cadena pública actuó con una “parquedad, poco corriente en televisión” que “parecía responder a un afán de evitar una información que pecara de partidista o abrumadora para el espectador”[8]. Sin embargo, también dejó constancia de que “UCD dominó la TV” y que durante los siete días anteriores a que comenzara la campaña televisiva, el partido del Gobierno “acaparó casi el 90 % de la información electoral”[9].

En cuanto a la polémica sobre la decisión final del reparto de los espacios televisivos, se resolvió en reuniones paralelas y no en el comité creado para ello. “Los cuatro grandes” –UCD, PSOE, PCE, CD (Coalición Democrática)–, que acudieron de nuevo al consenso para disfrutar de ciertos privilegios en la ubicación de sus spots[10]. La Primera Cadena estaría prácticamente monopolizada por ellos y el resto quedarían desplazados, total o parcialmente, a UHF y no siempre en horas de máxima audiencia.

La tensión entre UCD y PSOE a costa de la televisión llegó a su apogeo en mayo de 1980. Al presentar en el Congreso la moción de censura contra Suárez, Guerra utilizó la situación en RTVE como una de sus principales armas dialécticas. En los meses siguientes, socialistas y ucedistas llegarían a un acuerdo para “neutralizar” el medio, aprobando el Estatuto y designando al primer director del Ente, Fernando Castedo, en enero de 1981 (Guerra, 2007, pp. 358 y 418). Parecía que la democracia llegaba a la pequeña pantalla.

2.2. El cara a cara con la ciudadanía: las alocuciones frente al resto de los formatos

Suárez era un líder telegénico que contaba con una capacidad unánimemente reconocida de comunicar sobre todo en las distancias cortas. Además supo sacar partido de ese talento con la ayuda de las cámaras gracias a que proyectaba una imagen cercana (McGinnis, 1972, p. 30) y, en una especie de “tú a tú” con la audiencia, lograba, en palabras de su colaborador Fernando Ónega, que su discurso pareciera una “conversación íntima con el espectador” (Martín, 2013, p. 79). Estas alocuciones –sin parangón en cuanto al número de ellas en otras legislaturas de la historia reciente de España– constituyeron para él su “principal arma” ante los ciudadanos.

Suárez, como primer presidente televisivo de España que fue, trató en todo momento de gobernar a través de un diálogo televisivo y televisado; transmitiendo así la impresión a los ciudadanos-espectadores de que estaban implicados directa e íntimamente en un proceso de toma de decisión colectiva. A lo largo de su mandato, fueron seis las ocasiones en las que envió su mensaje directamente a través de la pantalla y siempre en momentos clave para el establecimiento del sistema democrático.

La primera de estas alocuciones tuvo lugar el 6 de julio de 1976, tras su nombramiento como presidente. Consciente de la falta de apoyos en la opinión pública nacional e internacional, optó por acercarse a los españoles a través de las cámaras para presentar, desde el salón de su casa, su proyecto gubernamental y acallar las voces que criticaban la decisión regia. Las novedades de este mensaje fueron más allá de la forma, puesto que el discurso ofreció a la audiencia un lenguaje –en palabras del propio Suárez, “moderado, de concordia y conciliación”[11]– y un contenido alejados de la tónica discursiva franquista. (Martín, 2013, pp. 74-76). A su vez, se introducía en televisión “el concepto de soberanía popular como fundamento de la organización política” (Ysart, 1984, pp. 64-65), tal y como quedaba reflejado en frases como “si debiera señalar una aspiración en este momento, [...] podría reducirla a [...] gobernar con el consentimiento de los gobernados”[12]; y al emplear unos principios discursivos muy semejantes a los del mensaje del Rey en su proclamación, como “trabajar con todos y por todos los españoles” o afirmar que “España es una tarea común”.

Pocos meses después volvería a recurrir a “su gran baza” comunicadora. En esta ocasión, el momento elegido fue la víspera del referéndum de la Ley para la Reforma Política. Suárez optó por protagonizar el último acto de la campaña gubernamental, ofreciendo un mensaje, emitido tras la segunda edición del Telediario, en el que apareció de pie con un fondo neutro leyendo pausadamente su discurso. El presidente explicó que si acudía a este medio era porque deseaba “gobernar asistido por la sociedad”[13].

Así pues, la televisión fue para Suárez un nexo de unión con la ciudadanía a la que transmitía un mensaje que animaba a la colaboración y en el que daba por seguro el éxito de la Transición a pesar de los escollos del camino. Prueba de ello es el mensaje que difundió con motivo de la oleada terrorista de la conocida como Semana Negra de enero del 77. Durante esta intervención, Suárez reconoció que el Ejecutivo era consciente de “la importancia del desafío” y expuso los motivos por los cuales el Consejo de Ministros había decidido suspender los artículos 13 y 18 del Fuero de los Españoles. El Presidente empleó un lenguaje que transmitía fortaleza frente a la impresión de debilidad por la que atravesaba el país[14].

Las convocatorias de elecciones fueron también momentos escogidos para dirigirse a los telespectadores. Así ocurrió tanto en junio del 77[15] (mensaje en el que aprovechó para explicar las razones por las que concurría junto a la recién fundada UCD, cuál era su postura política y el motivo por el cual había decidido legalizar al PCE) como en marzo del 79[16].

El 15 de junio de 1977 los españoles decidían la composición del parlamento, pero el cargo de presidente del Gobierno no estaba en juego así que la ley no permitía a Suárez hacer campaña activa, aun siendo el líder de UCD. Esta norma tuvo su notable excepción la víspera de la jornada de reflexión en la que protagonizó el tercero de los spots gratuitos de 10 minutos que TVE cedió a los partidos políticos. Nos estamos refiriendo al ya célebre mensaje del “puedo prometer y prometo” con el que el presidente cerró una frenética campaña que daba el pistoletazo de salida a la vida parlamentaria en la Transición (Ónega, 2013, pp. 169-171)[17].

Las semanas previas a los comicios generales del 79 supusieron la explosión de la vídeo-política con Suárez como líder omnipresente en la campaña de UCD. Él protagonizó los tres espacios con los que contaba su partido en la primera cadena de TVE. El primer spot constituyó un reportaje seguido de una breve entrevista[18]. Federico Ysart, responsable de información e imagen de la campaña ucedista, fue el escogido para presentarlo. Durante la primera parte Ysart se convirtió en el narrador en off mientras diferentes planos medios y cortos de Suárez, intercalados con varias de sus intervenciones en la pequeña pantalla o en el Congreso, sirvieron de soporte ilustrativo para una visión retrospectiva de la Transición. El hilo argumental trazaba una conexión entre el “puedo prometer y prometo” de 1977 y el “Dicho y hecho. UCD cumple” de la campaña del 79. La segunda parte, en formato de entrevista, se prolongó a lo largo de cuatro minutos más. En realidad, a pesar de la apariencia, se trató más bien de una monologada intervención del candidato precedida por una pregunta de Ysart acerca de lo que le habían sugerido a Suárez las imágenes proyectadas al comienzo del anuncio.

En los espacios televisivos restantes se optó por el formato en el que más cómodo se sentía Suárez: las alocuciones ante las cámaras[19]. El spot del 23 de febrero del 79 nos recuerda cómo el presidente huía de cualquier intervención donde el enfrentamiento fuese claro o en la que tuviera que lidiar con más de un interlocutor. En él rechazó el debate al que Felipe González le había retado, lo que generó una fuerte polémica que continuó tras la celebración de los comicios, llegando incluso a relacionarse con el rechazo posterior de Suárez a debatir durante su sesión de investidura (Ramírez, 1979, pp. 143-144). Pero la intervención más decisiva fue la del último mensaje en el que el aspecto desmejorado del presidente y su discurso de denuncia del marxismo – que rompía con su estilo habitual y cuyo fin era infundir miedo en el electorado – fueron decisivos para la victoria final de UCD (Herrero, 2007, pp. 191-192).

Esta estrategia de campaña supuso el inicio de la acción de acoso y derribo a la que comenzará a ser sometido Suárez, principalmente promovida desde el PSOE. La Transición de consenso había concluido y con ella también el presidente abandonó sus habituales maniobras televisivas. A partir de este momento, cesarán las alocuciones en pantalla para dejar paso a ruedas de prensa y entrevistas para los informativos. Hasta entonces nunca habían sido los formatos en los que más cómodo se sentía –aunque posteriormente en su etapa en el CDS tuvo que optar aún más por ellas[20]– pero los nuevos tiempos parecían exigir nuevas habilidades. Así, tras el debate de la moción de censura, ofreció una rueda de prensa de casi cuarenta minutos en el Congreso; eso sí, acompañado por dos de sus ministros[21]. Tardaría otros cinco meses en repetir la experiencia. Tuvo lugar en octubre de 1980, en Moncloa, días después de la moción de confianza, con una estética a la americana, duró una hora y siete minutos y no fue retransmitida en directo. La prensa le reprochó “sus muchos meses de silencio” que justificó por no “añadir acritud a la vida política”. Según un sondeo del CIS el presidente no salió del todo bien parado[22]. A pesar de todo, en las semanas siguientes volvería sobre este formato, de nuevo sin cámaras en vivo[23].

Si el inicio de su trayectoria como presidente arrancó con un mensaje a través de las cámaras, será ese mismo formato el usado para comunicar su dimisión (Fuentes, 2011, pp. 387-389). Como buen video-líder, “jamás pensó en informar al Parlamento de su decisión, prefiriendo grabar un mensaje de despedida” (Powell, 2001, p. 290). El 29 de enero de 1981, a través de un discurso cargado de sinceridad contenida y emoción, trató de explicar las razones que le habían llevado a dimitir: “pero hay encrucijadas [...] en las que uno debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad permanecido en su puesto o renunciando a él”[24].

Terminaba así una etapa en la que Suárez había conducido a España hacia la democracia consciente de la necesidad de que la opinión pública respaldara las decisiones de los dirigentes y formara parte del compromiso de consenso. La televisión fue el instrumento perfecto para conseguir esa relación directa entre el Gobierno y los ciudadanos-espectadores.

 

Cuadro 1: Apariciones de Adolfo Suárez en TVE (1976-1981).

Fecha

Hora

Duración

Formato

Asunto

6-7-1976

21.30h

6 mins.

Alocución presidencial. Dentro Telediario segunda edición

Nombramiento Presidente del Gobierno

14-12-1976

22h

15 mins.

Alocución presidencial

Mensaje en la víspera del referéndum de la Ley para la Reforma Política

29-1-1977

22h

9 mins.

Alocución presidencial

Mensaje con motivo de la “Semana Negra”

3-5-1977

22h

No info

Alocución presidencial

Anuncia elecciones para 15 de junio

13-6-1977

22h

10 mins.

Espacio electoral gratuito: spot electoral UCD

Campaña electoral junio de 1977

29-12-1978

No info

No info

Alocución presidencial.

Anuncia elecciones generales y municipales para 1979

15-2-1979

22h

10 mins.

Espacio electoral gratuito: Spot electoral UCD

Campaña electoral marzo de 1979

23-2-1979

22h

10 mins.

Espacio electoral gratuito: Spot electoral UCD

Campaña electoral marzo de 1979

27-2-1979

22.10h

10 mins.

Espacio electoral gratuito: Spot electoral UCD

Campaña electoral marzo de 1979

30-5-1980

Sin dato

40 mins.

Rueda de prensa

Debate moción de censura

29-1-1981

19.40h

12 mins.

Alocución presidencial

Anuncia dimisión

Fuente: Archivo de TVE, El País y ABC. Elaboración propia.

3. Calvo-Sotelo y la televisión: marcando la diferencia

3.1. Control y descontrol del Ente

Leopoldo Calvo-Sotelo no tenía las dotes de comunicador que poseía Suárez y lo sabía. También pensaba que, una vez pasada la etapa fundacional de la joven democracia, se debían normalizar las relaciones del presidente con la televisión. Calvo-Sotelo afirmaba que “Suárez confiaba más en sí mismo, en su carisma, en su dominio de la televisión, en su simpatía desbordante, que en la base sustentadora de una organización política” y eso le había conducido “al ejercicio de una especie de democracia directa, con los modos antiguos de persuasión política que vinculan a los ciudadanos con un líder sin utilizar necesariamente el cauce de un partido” (Calvo-Sotelo, 1990, pp. 55-56).

Para Calvo-Sotelo el poder de la televisión en España había “acentuado el sesgo presidencialista de nuestra monarquía parlamentaria” y trivializado la política en general y la acción parlamentaria en particular, a la que había desposeído de “distancia, misterio (y) mito” y es que, “no se puede invitar a las cámaras a entrar en la alcoba de los pactos, o en la cocina de los desacuerdos, o entre los bastidores de una asonada”. Calvo-Sotelo reconocía que “él nunca fue un hombre de televisión”, le faltaban las “cualidades telegénicas de Suárez y de González” de quienes decía que eran “excelentes actores los dos” (Calvo-Sotelo, 2010, pp. 461-463). Como apunta Sinova, “era otro tipo de político, volcado más en el argumento discursivo, a la reflexión, a la excelencia del lenguaje y de la prosa, que no tienen tanto sitio en la televisión” (Calvo-Sotelo, 2010, pp. 461-463).

La imagen pública de Calvo-Sotelo, de quien Guerra diría que “es un hombre tan soso que su papel más útil sería de marmolillo de una calle peatonal” (Sotillos, 2002, p. 22) fue desde el principio un elemento que sus asesores consideraron clave. Al tratarse de un presidente no electo en las urnas, el examen a su imagen se iba a producir después y no antes de haber llegado al poder, como es norma habitual en las democracias. Entre las primeras tareas de los nuevos “fontaneros” de Moncloa estuvo la de elaborar un informe titulado “Opiniones sobre Calvo Sotelo”. En él se recogían las valoraciones de políticos, empresarios, sindicalistas, medios de comunicación y expertos en imagen (Pelaz, 2016, p. 459-463). Los comentarios iban casi todos en la misma línea: “su peor enemigo es, precisamente, su falta de imagen, la oposición lo sabe, y lógicamente lo va a explotar”[25]. El nuevo presidente debía diseñar una estrategia de comunicación diferenciada de la de su antecesor, en la que la televisión tenía que desempeñar un papel importante, pero distinto. Como se señalaba en otro informe antes de su investidura, debe visualizarse que “ha acabado la Transición y los modos políticos que exigía: debe ser normal la aparición del Presidente en la pequeña pantalla, para explicar al país lo que ocurre”[26].

Pero RTVE era un problema para el Gobierno. Durante su etapa en la Moncloa las relaciones con la televisión fueron para Calvo-Sotelo un auténtico quebradero de cabeza, con tres directores generales en 20 meses (Quintana, 2007, pp. 138-150). Castedo, herencia de Suárez, propició una apertura que fue considerada por algunos sectores de UCD como demasiado “izquierdista”. Su etapa terminó abruptamente cuando Calvo-Sotelo y Rodríguez Sahagún, presidente del partido, obtuvieron su dimisión el 22 de octubre de 1981 (Calvo-Sotelo, 1990, p. 73). Fue sustituido por Robles Piquer, considerado un hombre más conservador y etiquetado sobre todo por ser cuñado de Manuel Fraga (Robles Piquer, 2011, pp. 475-505). Si Castedo era considerado demasiado progresista, lo contrario ocurrió con Robles Piquer. La hostilidad de muchos de los profesionales de la casa, una actitud a veces rayana en la soberbia, el acoso parlamentario, la obstrucción en el Consejo de administración y la inquina de algunos medios escritos, singularmente El País, hicieron su situación insostenible (Robles Piquer, 2011, p. 477). Le sustituyó el democristiano Eugenio Nasarre, el 22 de julio de 1982. En palabras de Sotillos, cumplió su mandato “con dignidad”, sobre todo en la campaña electoral de 1982 (2002, p. 159). Según Sinova ejerció el cargo “con la habilidad suficiente para cambiar en poco tiempo el mal ambiente que allí se respiraba” (1983, p. 97). Calvo-Sotelo pensaba que esta tensión constante sobre Prado del Rey se debía al “ansia de control partidario del medio al que, por su situación de monopolio, se atribuyen poderes mágicos de influencia”. A su juicio la llegada de la televisión privada (proyecto frustrado de su mandato) aliviaría la tensión sobre el Ente[27].

En este contexto la cobertura televisiva de las actuaciones gubernamentales estuvo siempre rodeada de polémica: “el PSOE protestaba porque Leopoldo Calvo-Sotelo ocupara casi veinte veces más tiempo en pantalla que Felipe González, y el propio Robles Piquer, el doble que el principal líder de la oposición” (Sotillos, 2002, p. 165). Esta tensión se acentuó en las campañas electorales autonómicas gallegas y andaluzas que se produjeron durante ese tiempo. En un informe de los socialistas en el Consejo de administración se afirmaba la “manifiesta servidumbre informativa hacia la persona del presidente del Gobierno (366 noticias referidas a Calvo Sotelo en el periodo octubre-febrero)” (Sinova, 1983, p. 87). El País volvió a hacer varios informes minutando los tiempos de aparición en los informativos[28].

Además de en los Telediarios, el presidente también asomaba en la pequeña pantalla con ocasión de los grandes debates parlamentarios. Mientras que la aversión de Suárez al hemiciclo era conocida, su sucesor era un brillante parlamentario, dotado de una socarronería que descolocaba a sus adversarios. Calvo-Sotelo era consciente de que “los diputados ya no hablan para el hemiciclo, sino para la audiencia televisiva” (Calvo-Sotelo, 1999, p. 252) y precisamente por eso hubo una enorme prudencia a la hora de exponerle en este tipo de eventos.

El debate que debía que marcar la pauta era el de la investidura. Suárez lo había evitado en 1979 y ahora Calvo-Sotelo pretendía que fuera su carta de presentación: la “ocasión principal para que el electorado pueda apreciar que sí han cambiado las formas”[29]. Sin embargo, el temor a que un error del candidato transmitido en directo por RTVE causara un daño irreparable a su imagen hizo que se optara por la retransmisión nocturna en diferido, con largos resúmenes convenientemente editados para los Telediarios (Pelaz, 2016, pp. 466-468).

La idea de evitar los directos se mantuvo en las grandes citas parlamentarias en las que intervino el presidente. Así, por ejemplo, y pese a las protestas de la prensa, no se retransmitió el debate sobre la colza en septiembre de 1981 “para evitar crear alarma y preocupación en el pueblo español [...] y por la índole técnica que tendrá esta discusión”[30]. Tampoco el de octubre de 1981 en el que se aprobó la entrada de España en la OTAN, haciendo según Diario 16 “un flaco servicio a la causa atlántica”, dando la impresión de que “hubiera algo vergonzante que ocultar”[31].

Ante la continua polémica pública sobre el control gubernamental de la televisión, la vía preferida por Calvo-Sotelo para lanzar sus mensajes a la sociedad fue la rueda de prensa. Ese fue el formato elegido la primera vez que se dirigió al país como presidente del gobierno, el 25 de febrero de 1981 (Galdón, 1984, p. 728). A lo largo de su mandato fueron más de una veintena, lo que arroja una media de más de una al mes. Solían comenzar con una declaración sobre los asuntos que consideraba centrales y luego se abría el turno de preguntas. Prácticamente todas las grandes decisiones de su mandato fueron explicadas por este medio. En ocasiones el presidente aparecía junto a Ignacio Aguirre, secretario de estado de información, en la habitual comparecencia posterior a los consejos de ministros. De todas ellas, evidentemente los informativos de RTVE ofrecieron puntual cobertura, aunque no consta que fueran emitidas en directo.

3.2. Cuestión de formatos: entrevistas, alocuciones y el debate que nunca existió

Leopoldo Calvo-Sotelo no renunció tampoco a colarse directamente en los hogares de los españoles a través de la pequeña pantalla cuando lo consideró necesario. Durante su presidencia ofreció tres entrevistas a RTVE y pronunció cuatro alocuciones con motivo de acontecimientos especiales.

 

Cuadro 2: Apariciones de Leopoldo Calvo-Sotelo en TVE (1981-1982).

Fecha

Hora

Duración

Formato

Asunto

28-2-1981

20.30

30 mins

Entrevista Rosa María Mateo en Informe Semanal

Nombramiento Presidente del Gobierno

8-5-1981

 

10 mins

Alocución presidencial

Terrorismo

11-6-1981

22.00

30 mins.

Informe especial. Entrevista Rosa María Mateo

Primeros Cien días de gobierno

1-2-1982

20.00

3 mins.

Programa de la Agencia Internacional de los EEUU

Día de solidaridad con Polonia

27-2-1982

20.30

60 mins.

Entrevista Rosa María Mateo y Pedro Altares. Sustituye a Informe Semanal

Primer aniversario en el Gobierno

18-5-1982

14.40

10 mins.

Espacio electoral gratuito, en RTVE Andalucía

Campaña electoral Andalucía

4-6-1982

21.00

5 mins.

Alocución presidencial. Dentro de la segunda edición del Telediario

Sobre 23F. Anuncia recurso

27-8-1982

21.00

3 mins.

Alocución presidencial. Dentro de la segunda edición del Telediario

Anuncia elecciones para 28 de octubre

24-11-1982

21.00

3 mins.

Alocución presidencial. Dentro de la segunda edición del Telediario

Despedida

Fuente: Archivo de TVE, Archivo de Calvo-Sotelo, El País y ABC. Elaboración propia.

Al igual que las ruedas de prensa, la entrevista ofrecía también al espectador la apariencia de diálogo, de mayor cercanía y hasta de espontaneidad. La primera se emitió el 28 de febrero de 1981 dentro del programa Informe semanal y de la mano de Rosa María Mateo. El escenario fue la casa de los Calvo-Sotelo en Somosaguas (Madrid) y en ella se alternaron las preguntas al presidente y a su esposa con imágenes de su familia y un apresurado apunte biográfico. No faltaron ya las referencias a los problemas de imagen, que fueron resueltas con humor por el interesado y su señora, Pilar Ibáñez-Martín[32].

La segunda, volvió a correr a cargo de Mateo, en esta ocasión en Moncloa y se emitió a las 22 horas del 11 de junio de 1981 con motivo de los primeros cien días de mandato. La entrevistadora repasó los temas de mayor actualidad y el presidente tuvo que aceptar de nuevo con resignación la acusación de “hombre frío y distante”: “será porque me la merezco”, contestó[33]. Tras las preguntas más políticas se hicieron algunas observaciones sobre sus aficiones y se procedió a la visita del Palacio. La nota simpática la aportó el presidente tomando en sus manos una de las cámaras y fingiendo rodar a sus filmadores. La decisión de emitir este programa especial fue un tanto precipitada por razones que no se explicitaron. Los cien días se habían cumplido ya el día 5 y fue entonces cuando la prensa le dedicó más atención. Seis días después la presencia del presidente en la televisión ya no era noticia y el programa pasó bastante desapercibido, aunque en general se alabó la profesionalidad y el rigor de la entrevistadora[34].

La tercera y última entrevista se emitió el 27 de febrero de 1982 y en esta ocasión, la justificación fue el balance del primer año de Gobierno[35]. Se grabó en el patio de las columnas de la Moncloa y junto a Mateo, de nuevo elegida para la tarea, compartió cámara el periodista Pedro Altares. El impacto en los medios de esta entrevista fue mucho mayor que la anterior, toda vez que la situación interna de UCD comenzaba a ser preocupante. Las referencias a la imagen presidencial volvieron a ponerse sobre el tapete mediante una pregunta (la segunda de la entrevista) relativa a la opinión de Calvo-Sotelo por la caracterización (como una esfinge) que de él hacía Peridis en El País. En general la prensa observó el tono obsequioso pero a la vez profesional de los entrevistadores, que tocaron todos los temas considerados importantes (incluido el cese de Castedo), y el realismo, la autoridad y la dignidad del presidente, comparándole en este sentido ventajosamente con los últimos tiempos de Suárez. No faltaron tampoco las alusiones a la imagen. José Luis Gutiérrez en Diario 16 apuntaba que “como el señor Calvo-Sotelo no abandone esa actitud de altivez elitista que parece inseparable de su personalidad, le va a ir muy mal en la vida”. En una encuesta de urgencia encargada por Off the record se observaban como aspectos positivos de la entrevista: “seriedad, honestidad, respuestas concisas y con datos, lenguaje coloquial comprensible” y como negativos: “falta de expresividad”[36].

A pesar de su reticencia Calvo-Sotelo utilizó las alocuciones o mensajes presidenciales en cuatro ocasiones. La primera fue el 8 de mayo de 1981 para mostrar la firmeza del gobierno frente a los ataques terroristas contra el Ejército y la Policía que se habían producido los días 4 y 7 de mayo por parte de ETA y del GRAPO en Madrid y Barcelona. Antecedió a su intervención un montaje con los dos minutos de silencio convocados ese día en toda España. El presidente habló de pie en un atril y con una bandera nacional a su derecha. La prensa destacó su frialdad y serenidad, sin concesiones a la retórica, y cómo su actitud siempre rayana en el hieratismo, esta vez servía para subrayar el dramatismo de la ocasión. También alabó su realismo en contraposición a su antecesor: “esta vez no hubo prestidigitador, ni chistera, ni conejo. Tampoco promesas huecas” subrayaba el editorial de Diario 16. Para El País, sin embargo, “le faltó ese entusiasmo, esa capacidad de ilusión, ese liderazgo que caracteriza a los hombres en las grandes ocasiones”[37].

También la existencia de una situación excepcional aconsejó la intervención del presidente el 4 de junio de 1982 para anunciar que el Gobierno tenía la intención de recurrir ante el Tribunal Supremo las sentencias por el juicio por el 23-F. En esta ocasión apareció sentado tras una mesa, con unas cortinas al fondo y la bandera española. En la mesa un micrófono, un vaso de agua y un jarroncito con flores. La prensa elogió la decisión gubernamental (salvo El Alcázar) y no entró en consideraciones sobre la forma[38].

La tercera y la cuarta intervenciones fueron ya de mero trámite. En la del 27 de agosto de 1982 anunciaba su intención de disolver las Cámaras y convocar elecciones para el 28 de octubre. De pie, en un atril con micrófono y con la bandera de España a su lado el presidente, “algo tenso”, según El País, empleó tres minutos escasos en lanzar su mensaje “sencillo y esclarecedor”, según Pueblo. Lo más criticado fue su referencia a que “nada hace necesario un cambio de mayoría”, lo que se interpretó como un inapropiado mensaje electoralista[39].

Tras la debacle electoral el presidente volvió a asomarse a la pantalla el 24 de noviembre de 1982, en el Telediario de la noche. Sentado en su despacho, con una cortina de fondo, la bandera al lado, el micrófono, unos folios en la mesa, y detrás la foto de su juramento presidencial ante el Rey, Calvo-Sotelo se despidió en tres minutos y once segundos, reivindicando su tarea gubernamental. Según El País “con voz pausada y un aspecto ligeramente menos severo que en ocasiones anteriores”. Casi toda la prensa aprovechó la ocasión para hacer balance de su presidencia e insistir en la corrección y limpieza del traspaso de poderes al nuevo gobierno socialista[40].

Calvo-Sotelo apareció otras dos veces más en televisión en contextos muy distintos. La tarde del domingo 1 de febrero de 1982, lanzó un breve discurso en un programa especial de la televisión norteamericana emitido por RTVE reivindicando la libertad para Polonia, tras el golpe militar de finales del 81. El show, presentado por Charlton Heston y en el que aparecieron desde Ronald Reagan a François Mitterrand, fue calificado por Pravda como de “telewestern” y por El País en su editorial “como todo un ejemplo chabacano y vulgar de cómo hacer la guerra fría desde las candilejas”[41]. Y, finalmente, el 18 de mayo de 1982 utilizó un espacio electoral gratuito de 10 minutos en la programación regional de TVE, para pedir el voto en las elecciones al Parlamento andaluz en su calidad de presidente de UCD. A pesar de volcarse en la campaña, y de contar con el asesoramiento de un repescado Ansón, el resultado, como es bien sabido, significó el comienzo del fin del centrismo[42]. Fiel a sí mismo, Calvo-Sotelo esperó a conocer los resultados andaluces antes de arriesgarse a un inesperado cambio de imagen: unas gafas nuevas “de montura menos amenazante”[43].

Finalmente, la campaña electoral de octubre de 1982 planteó varias interesantes circunstancias televisivas (Pelaz, 2018). La primera, que a pesar de la actitud de Nasarre, las críticas de la prensa hacia RTVE no cesaron, toda vez que seguía viéndola como “un obstáculo a sus intereses en la industria audiovisual” (Quintana, 2007, pp. 205-206). La segunda, que el presidente del Gobierno no era candidato a repetir mandato, así que la atención de la televisión gubernamental estuvo volcada en el nuevo líder de UCD, Landelino Lavilla, cuya campaña se centró en alabar sus propias virtudes, no las de Calvo-Sotelo. La tercera cuestión es que propició el enfrentamiento electoral entre UCD y su antiguo líder Suárez, que se presentaba como cabeza de lista del CDS. Suárez tuvo que padecer ahora por vez primera la existencia de una televisión pública que no controlaba, a pesar de la presencia residual en el Consejo de RTVE de dos suaristas, cuyas protestas sobre su presunto maltrato televisivo fueron constantes (Sinova, 1983, p. 99). Pese a todo, dispuso de los consabidos spots electorales y participó en la ronda de entrevistas a los líderes políticos que emitió RTVE en horario de máxima audiencia[44], si bien se negó a ir a un programa de La clave, al que envió a Rodríguez Sahagún (Lavilla y Fraga sí participaron aunque no González que delegó en Guerra)[45]. Y, por último, que Calvo-Sotelo podría haber puesto un brillante broche televisivo a su presidencia de haberse producido el debate electoral con Felipe González que fue reclamado desde distintos medios. Esta posibilidad se frustró por dos razones: porque Lavilla exigía para sí el lugar en ese debate y, sobre todo, porque “González se negó rotundamente a medirse ante las cámaras con otro que no fuera el presidente del gobierno” (Sotillos, 2002, p. 168). El balance televisivo de la campaña de 1982 resultó ser muy paradójico. Calvo-Sotelo que tenía la televisión, no la utilizó porque no era candidato; Suárez que sí lo era no la tuvo a su disposición, aunque la reclamó. Y González, que no la pidió aunque la tuvo, probablemente en octubre de 1982 no la necesitaba ya para alcanzar su histórico triunfo.

4. Conclusiones

Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo eran dos políticos muy diferentes que desarrollaron a lo largo de sus respectivos mandatos dos modelos de liderazgo televisivo que reflejaron su manera de entender la acción de gobierno.

Suárez, por su experiencia previa en RTVE y por el bagaje del equipo del que se rodeó, puso en marcha su proyecto democratizador de la mano de la televisión, a la que consideraba un instrumento esencial para conseguir el cambio político. Durante un año él y Ansón tuvieron el medio en sus manos y lo utilizaron de manera brillante. A partir de 1979, finalizado el consenso y sometido al acoso de la oposición, Suárez, que había estado sobresaliente como hombre de estado, revelaría sus limitaciones como hombre de gobierno. El momento de las apelaciones televisivas directas a la ciudadanía había pasado ya, y se hizo preciso definir una nueva estrategia de comunicación. Por su parte, sus adversarios, conscientes de la importancia de RTVE y ante la debilidad creciente de Suárez, redoblaron sus ataques y denuncias lo que condujo a un nuevo estatuto jurídico de la televisión, a un mayor control por parte del Parlamento y a un director teóricamente independiente. Todo lo cual fue una auténtica herencia envenenada para su sucesor.

Calvo-Sotelo intentó definir una imagen y un estilo de gobierno distintos de los de Suárez, marcando distancias con lo que habían sido considerados excesos o errores de este: hiperliderazgo, personalismo, improvisación, “síndrome de la Moncloa”, ausencia del Parlamento… y también, manejo de la televisión. Había que poner el énfasis en la forma, porque en el fondo las diferencias no eran tan relevantes, teniendo en cuenta que ambos representaban al mismo partido. Además, la situación política que heredó era bien diferente (“La transición ha terminado, la democracia está hecha”, dijo en su discurso de investidura) y, por supuesto, no contaba con la telegenia de su predecesor. A la percepción que de él tenía la opinión pública como hombre frío, distante, conservador y un tanto elitista, vino a sumarse que, desde el 23-F, su imagen sería, además, la de un presidente a remolque de los acontecimientos, condicionado sobre todo por la amenaza golpista y la continua crisis de UCD (Martínez, 2014, pp. 209-221; Pelaz & Díez, 2018).

El contraste entre ambos dirigentes se observa también en los formatos por los que optaron cuando hicieron uso de la cadena estatal. Aunque la televisión era un medio que le resultaba muy familiar a Suárez, y en el que se sentía cómodo, intervino en ella de forma selectiva, principalmente a través de la retransmisión de mensajes, como si creyera que las directrices sobre la parrilla marcadas por Ansón o, posteriormente, por Arias-Salgado, harían el resto. De ahí que no fuese amigo de conceder entrevistas como tampoco de enfrentarse a debates ante las cámaras. Su tardía opción por las ruedas de prensa denota el agotamiento del modelo de democracia directa de los primeros tiempos.

Por su parte, Calvo-Sotelo prefirió precisamente los encuentros con periodistas (Mateo y Altares) como modo de comunicarse con la sociedad a través de la televisión. El presidente intentaba así fortalecer su imagen dialogante, frente al monólogo (o si se quiere, de falso diálogo) que había caracterizado a su antecesor. No obstante, eso no quiere decir que descartase las alocuciones presidenciales muy breves y de manera excepcional, cuando la ocasión lo requiriese.

La sombra de Suarez persiguió a Calvo-Sotelo durante todo su mandato, las referencias a ambos en términos comparativos fueron una constante en la prensa de la época, y singularmente las alusiones a la falta de carisma o de telegenia de este último se multiplicaron llegando a convertirse en pregunta casi obligada al presidente en las entrevistas que concedió. No obstante, no hay que interpretar esta competencia como algo necesariamente negativo para Calvo-Sotelo. También en los medios se detectaba un cierto hartazgo por las capacidades de “prestidigitador” de Suárez, su contrastada habilidad como vendedor de humo, y sobre todo en sus últimos tiempos un evidente desgaste de su imagen, en sobreexposición mediática desde el ya lejano 1976. Por eso, fue también relativamente frecuente encontrar interpretaciones periodísticas más favorables a un estilo de liderazgo menos mediático, pero quizá intelectual y políticamente más sólido, más de realidades y menos de gestos.

Del mismo modo que cabe decir que RTVE fue fundamental durante la Transición para consolidar el liderazgo de Adolfo Suárez y encauzar el proceso democrático, también debe reconocerse que no resultó suficiente para sostener la imagen de una UCD en continua crisis y de un presidente como Calvo-Sotelo que, a pesar de sus esfuerzos, pronto dio la impresión de estar demasiado prisionero de las circunstancias. La creciente influencia de la izquierda en RTVE (sindicatos y periodistas), las continuas denuncias de manipulación informativa y de presiones gubernamentales (singularmente desde El País) y el constante baile de directores generales, contribuyeron a desactivar parcialmente la potencial influencia del medio. Finalmente, el control de la televisión por parte de UCD, si es que lo tuvo desde 1979, fue un arma de doble filo porque, los socialistas convirtieron las críticas a la falta de objetividad del medio y a sus dirigentes en un arma decisiva para lograr el desgaste del ejecutivo, tanto de Suárez como luego de Calvo-Sotelo.

 

Este trabajo se realiza en el marco del Proyecto HAR 2016-75600-C2-2-P (AI, FEDER, UE). Una vez más, agradecemos a la familia Calvo-Sotelo las facilidades prestadas para el desarrollo de esta investigación.

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[1] ABC, 3-10-1976.

[2] Triunfo, 16-10-1976.

[3] Criticado por El Alcázar y por ABC. Diario 16, 24-11-1977.

[4] Interviú: 16 a 22-02-1978 y del 23-02 al 1-03-1978. Sobre la repercusión en el Congreso del llamado escándalo Grijalbo: Archivo del Congreso de los Diputados SG- 2335-0091, “Cesión de los secretos de programación de Televisión Española a la Editorial Grijalbo” (marzo 1978). El País publicó varios artículos de Pérez Ornia sobre la auditoría financiera de TVE encargada por Hacienda: Las cosas de Radiotelevisión Española: 20 a 27-01-1980.

[5] El País, 12-01-1979.

[6] Adolfo Suárez, discurso de investidura. 30-03-1979.

[7] Tele-Radio, 19 a 25-02-1979.

[8] El País, 9-02-1979; 10-02-1979 y 13-02-1979

[9] El País, 15-02-1979.

[10] ABC, 13-02-1979.

[11] TVE, Primer mensaje televisado de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, emitido el 6-07-1976.

[12] Ibid.

[13] TVE, Mensaje de Adolfo Suárez, emitido el 14-12-1976.

[14] TVE, Mensaje de Adolfo Suárez, emitido el 29-01-1977.

[15] TVE, Discurso de Adolfo Suárez, emitido el 3-05-1977.

[16] TVE, Discurso de Adolfo Suárez en el que anuncia la convocatoria de elecciones generales y municipales, emitido el 29-12-1978.

[17] TVE: Espacios gratuitos de propaganda electoral de fin de campaña, emitido el 13-06-1977.

[18] TVE, Elecciones generales 1979. Spot del partido Unión de Centro Democrático, emitido el 15-02-1979.

[19] TVE, Elecciones generales 1979. Spot del partido Unión de Centro Democrático, emitido el 23-02-1979. TVE, Elecciones generales 1979. Spot del partido Unión de Centro Democrático, emitido el 27-02-1979.

[20] Entrevista de Mercedes Milá a Suárez en De jueves a jueves (22-05-1986): http://www.rtve.es/ alacarta/videos/programas-y-concursos-en-el-archivo-de-rtve/jueves-jueves-entrevista-adolfo-suarez/3961377/

[21] TVE, Rueda de prensa tras del debate de la moción de censura, emitido el 30-05-1980.

[22] ABC, 5-10-1980 y El País, 5-10-1980. De los entrevistados el 41 % pensaba que había estado “bien” o “muy bien” y el 44 % “regular, “mal” o “muy mal”. El 70 % consideraba “interesante” la realización de ruedas de prensa. “Sondeo sobre la rueda de prensa del Presidente Suárez”, CIS, Madrid octubre 1980, E.1246.

[23] Rueda de prensa ofrecida tras el debate de los presupuestos de RTVE (1-12-1980) o la que tuvo lugar en Sevilla el 22-11-1980 en la que se habló de UCD, Andalucía, terrorismo y divorcio.

[24] TVE, Mensaje de Adolfo Suárez, emitido el 29-01-1981.

[25] Archivo Leopoldo Calvo-Sotelo (en adelante ALCS), Hemeroteca (en adelante H), “Opiniones sobre Leopoldo Calvo-Sotelo”.

[26] ALCS, Investidura, 07, “Los días antes de la investidura”.

[27] ALCS, UCD, 10, 220, “Comité ejecutivo nacional”.

[28] Por ejemplo, en las elecciones andaluzas, El País, 17-5-1982. Sobre las generales, 18-10-1982 y 27-10-1982.

[29] ALCS, Investidura, 07, “Los días antes de la investidura”. Toda la estrategia en Investidura, 03, “Investidura LCS” e Investidura, 142, “Aspectos formales básicos del debate de investidura”.

[30] ALCS-H, El País, 9-9-1981. También en Pueblo, 15-9-1981 y El País, 16-9-1981.

[31] ALCS-H, Diario 16, 28-10-1981.

[32] ALCS, Audiovisual, “Entrevista Rosa M. Mateo”. Parcialmente puede verse en http://www.rtve.es/ alacarta/videos/programa/rosa-maria-mateo-entrevista-calvo-sotelo/61992/.

[33] ALCS, Conferencias, 37-1. Transcripción de la entrevista.

[34] ALCS-H, ABC, 11-6-1981; Pueblo, 12-6-1981; Tiempo de política, 18-6-1981.

[35] ALCS, Conferencias, 35, 01. Transcripción de la entrevista.

[36] ALCS-H, ABC, 27 y 28-2-1982; El País, 28-2-1982; Ya, 28-2-1982; Diario 16, 28-2 y 2-3 de 1982; El Alcázar, 28-2 y 2-3 de 1982; Pueblo, 1-3-1982; Off the record, 1-3-1982; Cinco días, 2-3-1982.

[37]ALCS-H, Diario 16, El País, ABC, Ya, 9-5-1981.

[38]ALCS-H, Diario 16, El País, ABC, Ya, El Alcázar, Pueblo, 5-6-1982.

[39]ALCS-H, El País, Diario 16, ABC, Ya, El Alcázar y Pueblo, 28-8-1982. Informaciones y Off the record, 30-8-1982; Cambio 16, 6-9-1982.

[40]ALCS-H, El País, Diario 16, ABC, Ya, El Alcázar y Pueblo, 25-11-1982.Una parte de su alocución en https://www.youtube.com/watch?v=RnMHuxdLhNQ

[41] ALCS-H, El País y ABC, 2-2-1982; Cambio 16, 15-2-1982.

[42] ALCS-H, ABC, 18-5-1982; Diario 16, 24-5-1982; Off the record, 29-3-1982 y 24-5-1982; El nuevo lunes, 31-5-1982.

[43] ALCS-H, Tiempo de hoy, 27-9-1982; El País, 25-5-1982.

[44] ALCS-H, El País y Diario 16, 28-9-1982.

[45] ALCS-H, Diario 16, 2-10-1982.

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