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Calidad Revistas Científicas Españolas
VOL.
2(2)/
1989
Autor / Norberto GONZÁLEZ Profesor Titular de Ética y Deontología Periodística. Universidad de La Laguna
Artículo / Hechos y valores en la narración periodística informativa

Introducción /

Algunos periodistas y teóricos de la comunicación compartirían sin dudar la somera reflexión sobre el significado real de nuestros juicios de valor que "Gayo" y "Ticio" sostienen en el Libro Verde, tal como nos lo cuenta Lewis [1] .

Nuestros dos autores citan la conocida historia de Coleridge ante la cascada. En suma, había dos turistas contemplándola y el primero la calificó como "sublime", el segundo, "bonita"; Coleridge mentalmente aprobó el primer juicio, y rechazó el segundo con disgusto. En su manual para alumnos de enseñanza media que han de aprender el correcto uso de un idioma, esta sencilla historia da pie a Gayo y Ticio para elaborar una somera reflexión gnoseológica:

"Cuando el hombre dice "Esto es sublime", le parece estar haciendo un comentario sobre la cascada...; realmente... él no está haciendo un comentario sobre la cascada, sino un comentario acerca de sus propios sentimientos. Lo que estaban realmente diciendo era: "yo tengo sentimientos asociados en mi mente con la palabra sublime", o más brevemente, "yo tengo sublimes sentimientos" [2] .

La legítima pretensión de estos dos autores de proteger a los adolescentes y niños, a quienes va dirigido su manual, del sentimentalismo o abuso de la emoción les lleva a deslizar esta convicción implícita en sus mentes, convicción que actuará como un prejuicio al juzgar cualquier aspecto de la realidad: el lenguaje que usamos introduce esa confusión habitual – dirán –, de manera que "nos parece estar diciendo algo muy importante sobre algo, y realmente sólo estamos diciendo algo sobre nuestros propios sentimientos" [3] .

Considero que esta inocua premisa epistemológica subyace en la práctica profesional de los periodistas que procuran suprimir o reducir al mínimo imprescindible los adjetivos en sus textos periodísticos. Si esta práctica obedeciera exclusivamente – en algunos casos es así – al temor de calificar desatinadamente nada habría que objetar. El turista que, ante la cascada, la calificó de "bonita" se quedó corto; pero si oyó al otro calificarla de "sublime", quizás reconozca de inmediato que el adjetivo más acertado para expresar sus sentimientos de veneración – y no sus bonitos o sublimes sentimientos, como pretenden Gayo y Ticio –, era la palabra "sublime". Pero hay algo que objetar, puesto que esta práctica profesional no es sólo un problema de estilo. En efecto, como explica Casado, la recomendación habitual en bastantes libros de estilo de agencias y diarios de "evitar el uso de palabras valorativas, ya que tales palabras refieren simultáneamente un hecho y un juicio de valor", descansa sobre una distinción elaborada por la metodología positivista entre los "hechos" y los "juicios de valor" [4] . Esta distinción epistemológica ha dado fundamento teórico, como se verá a continuación, a la caracterización de los géneros periodísticos en informativos y de opinión y también subyace, inadvertidamente, en algunos planteamientos ético-jurídicos de la información periodística. La reacción profesional para superar la asfixia creativa a que conduce esa distinción entre "hechos" y "juicios de valor" se tradujo en la "aparición" de un nuevo género, el interpretativo, y en las formas expresivas del nuevo periodismo; pero ni uno ni otro han superado, en sus explicaciones teóricas, la premisa epistemológica subyacente, En la parte final de este trabajo, se considera brevemente una de entre las múltiples formas de superarla atendiendo al carácter narrativo que tiene la información periodística.

Hechos y valores en la información periodística /

El punto de partida de la división tradicional de los géneros informativos arranca de la célebre máxima del periodismo anglosajón: "los hechos son sagrados; las opiniones, libres" [5] .

Esta fórmula es el correlato, en la información periodística, de una distinción propia del pensamiento moderno, la distinción entre "hechos" y "juicios de valor” [6] , La fortuna del principio periodístico, que presupone la aceptación acrítica de esa distinción moderna, no se debe tanto a su aparente verdad como a lo generalizada que se encuentra esa distinción en la Sociología, en el Derecho, en la Ética, en las ciencias experimentales y en el común sentir de las gentes.

Se parte de la convicción de que los "juicios de hecho" pueden originar una comunicación perfecta puesto que se basan en "hechos objetivos". Al tratarse de afirmaciones sobre hechos, es decir, verificables y comprobables, resultan susceptibles de validez intersubjetiva al modo de las verdades científicas experimentales; en cambio, los "juicios de valor" constituyen expresiones de sentimientos o actitudes, que no son verificables, Estos segundos vienen a identificarse en el Periodismo con las opiniones. Así pues, "cualquier actividad periodística se centra en el logro y consecución de los dos roles que integran el apartado de los fines específicamente periodísticos: dar noticias acerca de hechos comprobables (informar) y emitir juicios de valor acerca de la importancia y trascendencia de estos acontecimientos que son noticia (interpretar los datos para orientación de los lectores)” [7] .

De modo que "los dos grandes géneros periodísticos son fundamentalmente: el story, o relato de hechos y el comment, o exposición de ideas o juicios de valor [8] .

Hay que tener en cuenta que el propio Martínez Albertos, que en la obra citada denominaba géneros informativos a las variantes del story (noticia, reportaje, entrevista) y géneros interpretativos o "de solicitación de opinión" a las variantes del comment (editorial, comentario, etc.), ha rectificado esa clasificación para dar cabida a lo que se viene denominando periodismo interpretativo, La actual clasificación sería: 1) géneros informativos, donde incluye la noticia escueta o información y el "reportaje objetivo" – la entrevista sería un tipo de reportaje, "reportaje de citas" [9] – ; 2) Géneros para la interpretación periodística (el reportaje interpretativo y la crónica) ; 3) Géneros para el comentario y la opinión (editorial, comentario o columna, crítica y otros artículos). Esta clasificación está hecha sobre esa inicial distinción de hechos y comentarios, que responden, a su juicio, a las "actitudes sicológicas del comunicador periodístico de informar y de solicitar la opinión", distinción a la que se añade una nueva actitud del informador, la interpretación, "que hay que deslindar de la opinión" [10] .

Aunque esa caracterización de géneros informativos, como relatos de hechos, y géneros interpretativos, como valoraciones subjetivas, ha sido muy discutida en los últimos años en cuanto tal clasificación de géneros [11] , hay que tener en cuenta, sin embargo, que ha sido moneda de uso común en las prácticas redaccionales de los medios de comunicación social, sobre todo en agencias y diarios. Hasta tal punto esa convicción, calificada con acierto por alguno como "informacionismo objetivo" [12] , está extendida, que se tiende a explicar la causa del escaso interés que despiertan los periódicos por la ausencia de información interpretada:

"¿No será porque (los lectores) echan en falta algo... porque desean lo que habitualmente no se les da, esto es, construcciones interpretativas y racionales, y no simples inventarios de hechos, bloques enormes de hechos que se escapan a la comprensión final?" [13] .

Llegados a este punto, procede cuestionarse la vieja máxima periodística de que "los hechos son sagrados; las opiniones, libres". Cabe preguntarse, por ejemplo, si tal sentencia es un hecho o una opinión [14] . Desde luego ha sido tomada como un hecho incontestable, "sagrado", que ha inspirado los modos de hacer la información periodística. Si se trata de una opinión, cosa más que probable pues como tal está formulada, será tan libre como su contraria: "los hechos no son sagrados, las opiniones no son libres", al menos si hacemos caso al segundo juicio de la máxima – "las opiniones son libres" – ; con lo que nos quedamos a oscuras acerca del valor de la máxima. Y es que los dos juicios del principio son autoexcluyentes entre sí. En realidad debería haberse formulado así: "Lo que se decida ser incontestable será un hecho y lo que se decida ser libre será una opinión". La coherencia que exige el positivismo implícito en la fórmula no autorizaría más que a decir: "Los hechos son los hechos y las opiniones son las opiniones".

Ciertamente puede afirmarse que las opiniones son libres, pero ese no es su estatuto más radical. Su estatuto es que pueden ser verdaderas o falsas.

Así, de este rutinario principio del periodismo podemos decir no sólo que es incorrecto, sino que es falso. Pero mostrar su falsedad representa algo más que mostrar su incoherencia, como se ha hecho aquí, y eso exige decir algo sobre las nociones de hecho y juicio de valor, así como de su influencia en algunos planteamientos deontológicos de la información en relación con el tema de la objetividad.


Hechos y valores


No se pretende aquí realizar una exposición histórico-crítica de los orígenes de esta distinción y de sus formulaciones y reelaboraciones en el pensamiento moderno; esa exposición está elaborada parcialmente y desde diferentes perspectivas en la bibliografía citada anteriormente [15] . Para valorarla, y mostrar posteriormente su alcance en el mundo de la comunicación social, me serviré de la versión concreta que de esa distinción hace el emotivismo [16] , porque “hoy la gente piensa, habla actúa en gran medida como si el emotivismo fuera verdadero, independientemente de cuál pueda ser su punto de vista teorético públicamente confesado" [17] . El emotivismo se encuentra ampliamente incorporado a nuestra cultura, en particular bajo la forma de aceptación de la necesaria "avaloratividad" de cualquier conocimiento científico que deba preciarse de tal. El siguiente texto de Bobbio, y para el caso concreto de la ciencia del Derecho, resulta bien elocuente al respecto:

"El positivismo jurídico nace del esfuerzo de transformar el estudio del derecho en una verdadera y auténtica "ciencia", que tenga los mismos caracteres de las ciencias físico-matemáticas, naturales y sociales. Pues bien, el carácter fundamental de la ciencia consiste en su "avaloratividad", es decir, en la distinción entre "juicios de hechos" y "juicios de valor" y en la rigurosa exclusión de estos últimos del campo científico: la ciencia consiste solamente en juicios de hecho" [18] .

En la exposición de esta dimensión nuclear del emotivismo sobre el significado de los juicios de hecho y los juicios de valor sigo a Macintyre [19] . El emotivismo se presenta como una doctrina filosófica según la cual los juicios pueden ser fácticos, y entonces expresan verdades de hecho, o bien juicios morales, y entonces no son más que expresión de preferencias, actitudes o sentimientos. Los juicios fácticos son verdaderos o falsos, pues en el terreno de los hechos hay criterios racionales para asegurar el acuerdo sobre lo que es verdadero o falso; de los juicios morales o "de valor" no cabe comprobar su verdad; en consecuencia, no son ni verdaderos ni falsos. Así resulta, como vemos en el presente, que todo desacuerdo moral se nos presenta – aceptadas esas premisas – como inacabable.

Así, por ejemplo, el juicio "esto es bueno" no es ni verdadero ni falso. No sabemos qué sea bueno ni podemos saberlo. El significado de la proposición "esto es bueno" vendría a equivaler, según Stevenson, a "yo apruebo esto, hazlo tú también". Cualquier juicio moral, según el emotivismo, tiene dos funciones correspondientes a su doble significado: 1) expresar la actitud del que habla, sus gustos o preferencias; y 2) expresar el intento de influir sobre la actitud del que escucha.

Tres observaciones críticas formula MacIntyre a esa argumentación. Se exponen someramente:

La primera consiste en mostrar cómo la afirmación de que "los juicios morales expresan sentimientos o actitudes" cae en un círculo vicioso. Si se pregunta qué clase de sentimientos expresan, la respuesta suele ser: "de aprobación". Y tras preguntar "¿qué clase de aprobación?", pues suele haberla de muchas clases, las respuestas sólo pueden ser dos: "aprobación moral", o sea, el tipo de aprobación expresada específicamente por un juicio moral, con lo que estamos en un círculo vicioso; o la otra respuesta, que es el silencio.

En segundo lugar, recuerda que el lenguaje nos ofrece dos tipos de proposiciones diferentes, que no hay que confundir, para expresar las preferencias personales y las valoraciones – sean morales o no –. Las de la primera clase, las que manifiestan la preferencia personal dependen de quién las dice a quién. Las valorativas – en cambio – no obtienen su fuerza del contexto de uso, por ejemplo, dar una orden sin más, cuya obediencia se seguirá de consideraciones extrínsecas a la misma orden, por ser un oficial superior quien la da, es diferente de dar una orden apelando a una razón independiente de la relación entre hablante y oyente; o sea, apelando a un criterio impersonal ("haz esto porque será útil para todos") :

"El vínculo particular entre contexto de enunciación y fuerza de la razón aducida, que siempre se mantiene en el caso de las expresiones de preferencia o deseos personales, se rompe en el caso de las expresiones morales y valorativas". [20]

La tercera crítica al emotivismo como teoría del significado de las proposiciones remite a la necesaria distinción entre el "uso" y el "significado": "El expresar sentimientos o actitudes es una función característica, no del significado de las proposiciones, sino de su uso en ocasiones particulares" [21] .

En el emotivismo, y en cualquier doctrina que acepta esa separación entre "hechos" y "juicios de valor", sucede que el "hecho" se convierte en ajeno al "valor", con lo que no se puede deducir ningún debe de es [22] y deber ser se hacen irreductibles. En el ámbito de los valores, y en concreto de los valores morales, no cabe establecer conclusiones válidas, de ahí que suela admitirse habitualmente en el periodismo, como condición para la objetividad informativa, "la necesidad de que los medios reflejen opiniones contrarias, ideológicamente plurales, contrastantes" [23] . De tal modo que los valores, que no son "hechos", pasan a ser considerados como "hechos" bajo la forma de estados de opinión, o más sencillamente opiniones. El informador, como el sociólogo, se limitará a recogerlos como "hechos sociales" de los que no debe dar más explicación que su presencia y su extensión en el ámbito social, No le compete juzgarlos, porque no cabe juzgarlos.

En este contexto se entiende la aseveración, habitual en el oficio periodístico, de que el informador debe presentar, incluso tipográficamente diferenciados, los hechos por una parte y sus valoraciones subjetivas por otra. Esta "cláusula de estilo ético" tiene un doble fundamento implícito: El primero, válido y razonable, consiste en la imparcialidad del narrador en aquello que no logra explicar por falta de conocimientos suficientes: lo que sólo es probable no puede presentarse como acontecido. El segundo fundamento es la aceptación de esas premisas gnoseológicas aquí expuestas: el relato informativo, para ser verdadero, debe ser neutro, no valorativo; las opiniones no tienen validez objetiva, por lo que conviene separarlas de los juicios fácticos. El estatuto de las valoraciones es sospechoso, ya que no revela el sentido o los fines de los acontecimientos – estos carecen de fines o sentido reconocibles –, sino que manifiestan los propósitos subjetivos del informador. La necesaria "corrección" del método científico exige esa transparencia por parte del informador.

Un ejemplo sencillo revela la imposibilidad de separar el juicio fáctico del juicio de valor en los conceptos que son funcionales [24] . De la afirmación “este reloj es enormemente impreciso e irregular marcando el tiempo", se puede concluir coherentemente que "este es un mal reloj" y no sólo que "en mi opinión, y sin ánimo de imponerla a nadie, considero que este reloj no es bueno". La posibilidad de concluir válidamente de un juicio fáctico una valoración, en este supuesto, obedece a que no podemos definir el concepto de reloj sin referencia a qué sea un buen reloj [25] . Llamar bueno a algo es también formular un juicio de hecho [26] .

Estas premisas gnoseológicas no podían menos de oscurecer el enfoque del problema de la verdad en la información. Este debate se ha planteado en los términos de "objetividad" frente a "subjetividad", lo que revela un deficiente enfoque de la cuestión que no podía sino conducir a un punto muerto en la discusión, con el consiguiente escepticismo como resultado:

"Si bien hay que darle algunos preceptos moralistas (sic) al futuro periodista, no hay que esconderle que él es siempre un sujeto opinante, lo mismo que sus lectores, y que debe atenerse a los valores vigentes en la sociedad a la cual pertenece y no traicionarlos" [27] .

La objetividad acaba siendo, tal como lo expone Fatorello sin ambages, acomodación a los valores vigentes, valores cuya consistencia no tiene sentido someter a crítica, pues son tan arbitrarios como cualesquiera otros.


Objetividad versus subjetividad en la información


No se trata de revisar el estado de la cuestión acerca del problema de la verdad en la información. Ese debate es amplísimo y viejo, y continuará necesariamente pues está abierto a numerosos enfoques y modulaciones. Por otra parte, tampoco resulta necesario para la consideración que en este trabajo se ha adoptado. Aquí se pretende mostrar la conexión entre esa distinción "hechos"/"juicios de valor", y las dificultades para articular el problema de la verdad en la información en términos de objetividad, como puede verse en algunos planteamientos deontológicos y jurídicos al uso.

Que la verdad es un constitutivo esencial de la información ha sido puesto de manifiesto exhaustivamente por Brajnovic y Desantes [28] ; y que, al menos, se trata de una exigencia moral del informador, un deber profesional, constituye sentencia común que casi todos los códigos deontológicos reconocen [29] . Los problemas surgen cuando se buscan criterios más concretos para establecer la verdad informativa. Es decir, al constatar que los contenidos informativos son heterogéneos, se configuran nociones más "operativas" para aplicar el deber de respetar la verdad a los distintos aspectos de la información. Surgen así nociones como la de "objetividad informativa", que se analizará seguidamente.

Un intento de análisis pormenorizado de los diferentes contenidos informativos es el que clasifica a éstos en dos especies simples, hechos y opiniones, en unos casos [30] ; o tres especies simples, hechos, ideas y juicios en otros casos [31] . Esta segunda clasificación es reconducible a la primera, pues no se percibe la diferencia entre "algo enteramente interno, que surge espontáneamente de dentro del emisor – una idea, una emoción, etc.,– (...) y algo que ha surgido de dentro del emisor provocado por algo exterior objetivo, (es decir), un juicio u opinión [32] . Si se acepta esa clasificación entre mundo exterior y mundo interior al informador, tan interno es un juicio como una idea, y viceversa, tan externo es un juicio, en cuanto comunicado, como un hecho.

En realidad todo lo que un informador comunica son juicios, ya que "en la información periodística se incluyen juicios y raciocinios ya elaborados acerca de la realidad" [33] , Lo que sucede es que en todo juicio pueden distinguirse dos dimensiones, el contenido proposicional y la fuerza asertiva o asentimiento por usar una terminología actual [34] , pues un mismo contenido proposicional puede estar dotado de diferente fuerza asertiva. No es lo mismo decir "¡Aprobaste el examen!", "¿Aprobaste el examen?", "Creo que aprobaste el examen", etc,

El asentimiento se inscribe en la dimensión reflexiva de la verdad; y de los diversos tipos de asentimiento al contenido proposicional en función de la evidencia, duda, probabilidad o seguridad por motivos de autoridad que ofrecen las proposiciones, nacen los diversos estados de la mente ante la verdad: certeza, duda, opinión y fe. [35]

La verdad, en cuanto adecuación del entendimiento con la cosa, se da en el juicio, en el entendimiento que juzga. Esa adecuación es conocida en la dimensión reflexiva implícita que todo juicio conlleva, de modo que todo juicio supone adecuación y conocimiento simultáneo de esa adecuación: la cosa no es simplemente "tenida" por el conocimiento, como sucede en la simple aprehensión por la que formamos el correspondiente concepto, sino que además sabemos esa adecuación, es decir, sabemos que lo conocido era la cosa.

Volviendo a esa distinción entre objetos internos y externos al informador, sea cual sea la formulación que adopte, veamos en qué se traduce la verdad en la información, Ya no se hablará de verdad en sentido propio, sino de objetividad y de sinceridad, o veracidad, como actitudes del informador para alcanzar una verdad que de verdad no tiene más que el nombre, pues la posibilidad de alcanzarla se volatiliza:

"En la comunicación de hechos la verdad existe si se produce adecuación entre el conocimiento y el objeto, Por el contrario en la comunicación de ideas o juicios, la objetividad como adecuación gnoseológica no existe, por eso la verdad que aquí más importa es la verdad moral, que es, repitamos, la expresión voluntaria de lo que se sabe (veracidad). [36]

La objetividad, en este planteamiento, es el tipo de verdad que cabe pedir a la información de hechos, y la sinceridad, a la información acerca de las ideas o juicios. [37]

Pero de la sinceridad hay que decir que no es una característica de los juicios, sino de los sujetos personales. Los juicios no son propiamente "sinceros". Sólo metafóricamente podría hablarse así, bien para connotar la virtud de la persona que juzga, bien como impropio sinónimo de verdadero. La sinceridad no es, pues, una cualidad del juicio. Los juicios son verdaderos o falsos. Pero si de éstos sólo puede esperarse "sinceridad" es porque se admite implícitamente que no hay verdad posible respecto de las ideas o valores o, en todo caso, aunque exista, no podemos conocerla y menos aún comunicarla.

En cuanto a la objetividad, característica de los "hechos", resulta paradójico que también acabe siendo una actitud del sujeto [38] . La objetividad no es más que "una exigencia moral de honestidad intelectual en el informador, como un valor límite en la tarea profesional de los periodistas", dirá Martínez Albertos [39] . La objetividad, así entendida, no pasa de ser un horizonte asintótico imposible de alcanzar absolutamente, un desideratum morale, una tendencia recomendable al informador. Se llega a un círculo vicioso en el que la objetividad, definida frente a la subjetividad, no logra expulsar a ésta. No podía ser de otra manera, pues si la objetividad equivale a la "no intencionalidad [40] , no hay posibilidad humana de decir algo – sean hechos u opiniones – sin ninguna intencionalidad. A lo sumo puede esperarse una apariencia de "no-intencionalidad" que no puede sino despertar sospechas [41] .

Desproveer de "intencionalidad" a una actividad humana es pretender que el profesional actúe como un mecanismo, que tiene los fines puestos desde fuera sin poseerlos. Frente a esto hay que reconocer que la comunicación de lo real es, por fuerza, un acto intencional y consciente.

El escepticismo que genera esa manera de entender las cosas, aunque no se haya pretendido, será una consecuencia insoslayable. La demanda de un "periodismo interpretativo" que superase este estado de cosas, aun sin cuestionarse el trasfondo descrito, se planteaba así como una necesidad.

Ese escepticismo, latente en unos casos y manifiesto en otros, no ha impedido, más bien ha propiciado, el acuerdo sobre algunos criterios para aproximarse a la "asintótica objetividad informativa", criterios que son los que rigen la actuación profesional de la mayor parte de los informadores. Podrían resumirse en términos similares a los que propone González Bedoya como "condiciones para la objetividad informativa" :

– Selección de noticias con criterios que no sean únicamente los de facilidad o comodidad para el medio. No rechazar noticias "incómodas".

– Reflejar opiniones contrarias, ideológicamente plurales, contrastantes.

– Distinguir claramente lo que es noticia de lo que es artículo, comentario, opinión, de forma que el receptor tenga a su alcance distintas versiones y pueda extraer sus propias conclusiones del contraste de varias perspectivas credibles". [42]

El problema de fondo en esta cuestión de la objetividad informativa, considerado desde el punto de vista de la Gnoseología, es la misma noción de objeto implicada en la polémica. Como ha mostrado Llano [43] , la terminología aquí no es indiferente, pues "se puede elaborar una gnoseología basada en la relación sujeto-objeto sin salir propiamente de un ámbito inmanente. Porque advirtámoslo bien, inmanentismo no equivale sin más a subjetivismo. Los idealismos más radicales han sido idealismos objetivos" [44] .

En efecto, objetividad no significa directamente la realidad de lo conocido, se refiere más bien a la cognoscibilidad de lo que se capta. Ser objeto de un entendimiento no es una propiedad real de las cosas. La definición realista de la verdad indica adecuación con la cosa, no con el objeto. "La objetividad no es una dimensión real, sí intencional, es decir, que se refiere a la realidad propia de las cosas" [45] . Por tanto, si se plantea la cuestión de la verdad en términos de objetividad, se pierde la referencia a la realidad y lo único que comparece es el sujeto y su subjetividad.


"Hecho" y "valor" resultan inseparables, de hecho, en la informción


Examinemos ahora, desde una perspectiva más periodística, esta distinción comúnmente admitida entre hechos y valores, sometiendo a un análisis más pormenorizado la regla usual de las 5W's para la elaboración de las informaciones, valorando su pretendida idoneidad para construir relatos informativos "no intencionales" y puramente "informativos". [46]

Toda información, para merecer tal nombre, ha de responder a las preguntas quién, qué, cuándo, dónde y por qué [47] . Prescindo de las discusiones sobre el alcance del por qué, cuya respuesta suele traducirse en respuestas al cómo normalmente, al menos si el informador quiere ser consecuente con un "objetivismo" que no quede comprometido con valoraciones subjetivas ya desde el lead de la noticia. [48]

Las respuestas sobre el personaje, el quién de la noticia, el lugar o el tiempo no ofrecen mayores problemas respecto al compromiso de neutralidad del informador, Y eso sea cuál sea la clase de acontecimiento noticiable. El problema nace al dar respuesta al qué. En la mayor parte de las noticias decir qué ha sucedido implica valorar, pues no es lo mismo un asesinato que un accidente fortuito. Ciertamente, mientras no se sabe, o se rehuye pronunciarse, cabe el expediente – necesario cuando no hay sentencia firme – de hablar de "presunto", aunque tampoco es lo mismo un presunto asesino que un presunto accidente. La ironía puede llegar a lo grotesco en la información sobre atentados terroristas cuando, por ejemplo, el periodista "decide" [49] si ha habido un asesinato o una “baja en las Fuerzas de Seguridad del Estado". En consecuencia, responder al qué es valorar, claro está que se trata de una valoración sintética, pero no por ello superficial. Y es que el lenguaje no es neutro, "el lenguaje es el medio universal en el que se realiza la comprensión misma. La forma de realización de la comprensión es la interpretación" [50] , Decir algo es siempre juzgar, valorar, y hay realidades fáciles de juzgar y otras más complejas. Se puede interpretar con acierto o no.

Se impone, por tanto, una primera distinción respecto al "objeto" de la información, pues no todos los contenidos informativos son homogéneos, aunque su homogeneización instrumental – por aparecer en el mismo medio – o estilística – por presentar idéntico tratamiento redaccional o informativo – den pie a pensarlo. Esta distinción es obvia, por otra parte: lo que nos ofrece, por ejemplo un diario, o bien hace referencia a realidades indiferentes de suyo a la acción humana, aunque el hombre ha de contar con ellas porque condicionan su acción, o bien son relatos sobre acciones humanas.

En el primer caso se encuentran las noticias sobre el tiempo, fenómenos de la naturaleza o sobre artificios humanos, como la construcción de un puente o la subida de las cotizaciones en bolsa. Entonces los problemas de "objetividad" en la información son mínimos. Por otra parte, el interés de esas noticias está en función de la libertad humana y de la necesidad: necesitamos saber el tiempo atmosférico probable para decidir sobre el uso de nuestro tiempo libre. El valor que está en juego en estas informaciones es su utilidad.

En el segundo caso, en la información sobre las acciones humanas, es donde aparecen más desnudamente los problemas de verdad, intimidad, honra, etc. En este supuesto, ¿qué es lo que nos interesa realmente! Al margen del valor de "utilidad" que determinados acontecimientos puedan tener porque nos afecten en cuanto a nuestras decisiones inmediatas – por ejemplo, las decisiones gubernamentales –, al margen, digo, hay muchos otros valores cuyo interés no nace de esa necesidad. No "necesitamos" saber el número de muertos en una guerra lejana espacialmente, pero sí necesitamos saber lo que es la guerra a través de esa guerra concreta. Y es que "el hombre necesita en cierto grado saber lo que él es para serlo, y la sociedad también" [51] . Nos interesa saber usos concretos de la libertad porque se nos habla de la libertad misma, nos interesa saber cómo algunos son felices o no, porque necesitamos saber qué es la felicidad, etc. Nos interesan las narraciones sobre las acciones humanas porque "las narraciones tienen como tema, finalmente, obrar y sufrir". [52]

Más adelante se retomará el tema de la narración de las acciones humanas. Baste por ahora recordar con Terrasa que "es misión de la actividad informativa presentar al destinatario los hechos cargados de valor objetivo, tal como son, sin reduccionismos ni neutralizaciones" [53] .

El hallazgo de la interpretación periodística /

Se entiende que la reacción en busca de nuevas formas expresivas en el Periodismo se diera tarde o temprano para salir de esos moldes convencionales que pretenden una nítida separación entre "hechos" y "opiniones". Si toda nuestra experiencia tuviera que expresarse en un desnudo tipo de descripción sensorial,

"nos enfrentaríamos no a un mundo sin interpretar, sino ininterpretable, no a un mundo simplemente no abarcado aún por la teoría, sino a un mundo que nunca podría ser abarcado por la teoría. Un mundo de texturas, olores, sensaciones, sonidos y nada más, no propicia preguntas y no proporciona ningún fundamento para respuestas" [54] .

Esa reacción en búsqueda de la interpretación se vio primero como una necesidad por parte de los profesionales de la información, por diferentes causas [55] y, en general, no a resultas de una reflexión teórica de los presupuestos implícitos aquí analizados. Después se planteó, se está planteando, la explicación teórica del fenómeno interpretativo en el Periodismo, con más o menos vacilaciones y dificultades.


La necesidad de interpretar


La interpretación corno fórmula feliz para el Periodismo y como vía de salida en la exploración de nuevos modos expresivos es algo más que una moda estilística, aunque el énfasis sobre su novedad dé la impresión de no ser sino una nueva moda. En el fondo no podía haber sido arrojada de la tarea informativa, por más que se intentara ocultarla bajo la forma de "relatos objetivos" o se confinara en las "secciones editorializantes" de los diarios bajo la especie de valoraciones subjetivas, sin reconocer su presencia tanto en uno como en otro género. Se reconocía que "de hecho, toda información de actualidad postula una dosis mayor o menor de interpretación, ya que los hechos no tienen sentido sino a través del espíritu del que los observa y los relata" [56] .

Pero esto, que es válido para el periodismo, no es más que lo que sucede en cualquier narración, como ha puesto de relieve Ricoeur: "narrar es ya explicar" [57] , sea cual sea el tipo de narración, de ficción, histórica o periodística.

La reivindicación de la interpretación es una necesidad. Pero es algo más que el hallazgo de un nuevo tipo conceptual válido para fundamentar un nuevo género periodístico, el género interpretativo:

"la interpretación es lo que da sentido al hecho bruto; en virtud de la interpretación, los hechos se insertan en el cuadro general de una situación: En resumen, la interpretación es lo que proporciona relieve a los hechos, los sitúa en un contexto y, por encima de todo, revela su significación". [58]

Hoy nadie discute la validez del periodismo interpretativo. Todos coinciden en afirmar la importancia de dar los antecedentes de los hechos, de mostrarlos en su contexto de modo que la exposición sea lo más completa posible en orden a garantizar una mayor comprensión de los acontecimientos. Otra cuestión es el acuerdo sobre el sentido y fundamentación más profunda de la interpretación. Cabe el riesgo de convertir la "interpretación" en un placebo bajo cuyo amparo se perpetúen los problemas de fondo expuestos en este trabajo. No es difícil lograr un consenso tácito o explícito sobre las técnicas del periodismo interpretativo [59] y sus ventajas. De hecho, el acuerdo sobre las técnicas concretas del periodismo interpretativo, con más o menos matices, es bastante generalizado.

Aquí interesa estudiar la razón de las dificultades teóricas para encuadrarlo desde la clasificación tradicional y las vacilaciones de algunos autores acerca de su alcance y significado. Si bien hay que congratularse por el feliz "hallazgo" de una fórmula que abre campos para una comprensión más profunda de la tarea del informador, de lo que realmente hace, no puede ignorarse que se está lejos de superar en la práctica y en las exposiciones teóricas la profunda dicotomía "hechos" y "valores" que atraviesa las ciencias humanas y las prácticas profesionales en el mundo moderno. Esto es lo que intentaré mostrar a partir de las caracterizaciones habituales de la "interpretación periodística".

En esta reivindicación de la necesidad de interpretar conviene advertir, aunque sólo sea de paso, que la interpretación periodística se desvirtúa cuando lleva consigo la violación de la intimidad, cosa que puede suceder fácilmente en la interpretación si está ausente en el informador la rectitud ética. Hay que volver a insistir en que interpretar en periodismo no significa suponer las intenciones no manifiestas de los "actores" y darlas como seguras.


Las dificultades del periodismo interpretativo


Se observa un interés acusado por establecer una clara diferenciación entre informaciones, opiniones e interpretaciones con la finalidad de otorgar a la interpretación, a los mensajes interpretativos, un espacio propio y distinto del comentario editorializante o del artículo editorial. Da la impresión de que términos como "editorializar", "opinión" y "comentario subjetivo" sean tabúes en el Periodismo. Se reconoce, desde luego, su existencia y su legitimidad, pero es una legitimidad tolerada, a modo de una inevitable hipoteca que grava sobre el informador y sobre los medios informativos y que debe tener un lugar propio y claramente reconocible en la sección editorial, en "Tribuna" o en las columnas de los comentaristas.

Gozan, en cambio, de prestigio palabras como "análisis", "explicación" e "interpretación", que se presentan como contradistintas de las anteriores. Ciertamente son diferentes, pero las diferencias no son tan profundas y nítidas como algunos autores pretenden. De hecho, se observan contradicciones en un mismo autor entre las afirmaciones de principio sobre su nítida diferencia y los reconocimientos implícitos y, a veces, explícitos sobre la dificultad de separarlos, Me limitaré a exponer algunas de esas vacilaciones inadvertidas por los propios autores.

Fagoaga, por ejemplo, establece la siguiente clasificación:

"La estructura piramidal que resulta imprescindible para describir acontecimientos periodísticos es el soporte sustancial, el código de los mensajes informativos directos. El análisis y los datos estimativos forman el soporte sustancial del periodismo de interpretación. La primacía de juicios de valor es el soporte sustancial de las técnicas editorializantes propias del periodismo de opinión". [60]

Por mensaje informativo directo entiende la autora lo mismo que otros denominan "relato objetivo de los hechos", noticia escueta o información ajustada a la clásica técnica de las 5 W's con el célebre tratamiento de la "pirámide invertida" o exposición de interés decreciente, o también reportaje informativo.

El informador – explica Fagoaga –, al elaborar su mensaje interpretativo, utiliza como métodos el análisis, o presentación de antecedentes y elementos de situación o contexto, y la valoración, o explicación personal subjetiva de lo – que cree – que significa la noticia. En sus propias palabras, "el análisis sería una explicación objetiva basada en el conocimiento a fondo de una situación, y la valoración, por el contrario, sería un juicio subjetivo" [61] . Más tarde insiste en que valorar no es editorializar. [62]

Pero no se aprecia bien la diferencia entre analizar y valorar, cuando la misma autora reconoce que "la valoración está implícita en la lógica de datos explicativos (análisis) que no es más que el resultado de haber partido de un determinado back-ground [63] . De ahí que reconozca la imposibilidad de alcanzar la absoluta impersonalidad del relato interpretativo, tanto cuando se analiza como cuando se valora.

El back-ground o "referente" actúa en el mensaje interpretativo como lo que Martínez Albertos denomina punto de vista, tesis o juicio de valor que da arranque y organiza el relato interpretativo. [64]

Puede darse aquí una explicación sucinta de esas aparentes paradojas. No debe confundirse "impersonalidad en el relato" con objetividad informativa. La 'objetividad ni es, ni puede reducirse a una técnica de estilo, a modo de subterfugio que oculta al narrador. Tampoco la "mayor presencia" del sujeto que hace la información, a través de la comparecencia del narrador, implica necesariamente más "subjetividad", entendida no como algo relativo a un sujeto sino como subjetivismo.

Tampoco Martín Vivaldi logra superar esas dificultades para encuadrar la interpretación. Su intento por deslindarla de la "opinión" hace de la interpretación una información más ampliada, exhaustiva, que pretende ser ajena a la valoración: "El reportaje profundo debe también interpretar los hechos. Ahora bien, esta interpretación, propia del gran reportaje, no es la interpretación valorativa – la opinión – propia de la crónica o del artículo de tesis". [65]

La interpretación quedaría entonces reducida a cantidad de información, "dar los antecedentes del hecho y sus probables consecuencias... en resumen: dar antecedentes es apurar la casuística para que el lector tenga una visión lo más completa posible del hecho o suceso, Pero – insistimos – interpretar, en el reportaje, no puede ser nunca opinar” [66] .

Ahora bien, información completa no equivale necesariamente a "apurar la casuística". Por otra parte, reencontramos la opinión bajo seudónimos que no se presentan como tales: "el reportaje profundo orienta al lector...; se trata, en resumen, de una valoración objetiva basada en antecedentes, análisis, hilación y exposición comprensiva de los acontecimientos". [67]

No se ve por qué una opinión no pueda ser una valoración coincidente con la realidad de los acontecimientos o por qué hay que sospechar de entrada de cualquier opinión. Tampoco se ve por qué una valoración, por más que se califique de objetiva, no sea siempre de un sujeto valorante. Estimo que se juega con sentidos equívocos de subjetividad.

Martínez Albertos, por último y para no alargar el elenco de autores, también manifiesta perplejidad, a pesar de admitir expresamente en numerosas ocasiones la diferencia entre información, interpretación y opinión [68] Tras admitir, con Markel, que el reportero interpretativo explica, mientras que los editorialistas y columnistas abogan, reconoce que "no siempre aparece clara en la realidad esta diferenciación" [69] , hasta el punto de denominar a la crónica y al reportaje interpretativo "géneros hibridos fronterizos entre la información y la solicitación de opinión".

Desde la aceptación inicial, ya expuesta, de los dos tipos informativos básicos, stories y comments, el mensaje interpretativo aparece como un extraño tipo difícil de clasificar, que unas veces es calificado como "información en un segundo nivel de mayor profundidad" [70] correspondiente "esencialmente a la parte informativa del diario" [71] , otras veces se destaca su carácter híbrido y, a menudo, se advierte del riesgo que presenta para la manipulación ideológica [72] .

Tanto más problemáticos resultan estos intentos de clasificación cuando se intentan compaginar con la explicación de la estructura del reportaje interpretativo: "la estructura interna del relato interpretativo pasa por las siguientes fases: 1) tesis, punto de vista o juicio de valor como punto de arranque del reportaje, 2) acumulación lógica de datos que avalan y justifican la tesis inicial; 3) conclusión que viene a reforzar el planteamiento de la tesis" [73] .

Si se apura, y usando la terminología de Gomis, es más preciso hablar de grados de interpretación: "La interpretación de primer grado nos dice qué ha pasado: es descriptiva. La interpretación de segundo grado nos dice qué significa lo que ha pasado: es evaluativa" [74] . Esto no implica que no deba distinguirse entre información y opinión, – dice este autor –, sino que no debe separarse tajantemente si es que quiere darse razón de la unidad del periodismo.

Otros autores prefieren salvar las dicotomías información-comentario e información-interpretación mediante la aproximación de lo literario y lo informativo. así, se habla de noticias directas y noticias de creación [75] . Por noticia directa se entiende la noticia en sentido tradicional, el relato de un acontecimiento susceptible de interesar a un público amplio, sin que necesariamente ese relato tenga por qué adoptar la vieja estructura piramidal; las noticias de creación son formas de narración literaria, que no tienen fórmulas fijas y que exigen "conocer a fondo el lenguaje y saber narrar" [76] . Las llamadas "noticias de situación" y "noticias de interés humano" son las más aptas para estas nuevas formas narrativas propias de las "noticias de creación", A menudo el interés de estas noticias no proviene de la información que proporcionan sino del modo como están escritas.

En definitiva, y recogiendo el hilo argumental sobre las dificultades de la interpretación, hay que concluir que esas vacilaciones y desacuerdos teóricos se deben al gravamen teórico-práctico de la distinción más profunda entre hechos y valores, tal como se ha expuesto antes, con los implícitos gnoseológicos subyacentes. Sin duda esos desacuerdos teóricos se resuelven en la consideración atenta de ejemplos prácticos concretos: un análisis medianamente crítico de cualquier texto periodístico revela el punto de vista del informador, sus valores y los implícitos, más o menos manifiestos, del discurso informativo. Esto, ciertamente, no está al alcance de todos, pero tampoco es tan difícil de detectar.

Si por objetividad se entiende la mera no comparecencia del sujeto que narra, la impersonalidad del relato, esto puede lograrse técnicamente, o mejor imitarse con recursos técnicos, pero eso no es lo mismo que la verdad informativa ni tampoco coincide exactamente con la veracidad del narrador. Si subjetividad es un término tabú, no lo es por lo que significa de referencia al sujeto; en este sentido, la subjetividad no puede ser arrojada del relato, sea del tipo que sea, pues esto es imposible: equivaldría a no decir nada, Si el vocablo subjetividad resulta tabú o está contaminado, es sencillamente porque se afirma inconscientemente que el sujeto pone los valores a los hechos, pero no los descubre. En consecuencia, objetividad sería sinónimo de desvalorizar los hechos, "pero esa actitud, no sólo empobrece la realidad, sino que nos la oculta. Si se presenta un acto humano en su pura facticidad, sin su valor intrínseco, sin mostrar el sentido que le ha dado su autor y sin encuadrarlo en un ámbito operativo propio, el hecho quedará mutilado. Jamás podrá el receptor juzgar, formarse una opinión sobre tal acto. No podrá decir si constituye una injusticia o un acto de generosidad, una cobardía o un acto heroico". [77]

La demanda de interpretación en el periodismo, el auge del periodismo interpretativo es un camino prometedor para la superación de esa dicotomía reductiva hecho-valor. Aunque estemos lejos de su superación, esa vía abre las puertas para ello, siempre que por interpretar se entienda descubrir y dar el sentido de los hechos, revelar su significado. Si se reduce a un recurso o a un conjunto de recursos técnicos sin conexión con el ethos de las acciones humanas, el periodismo interpretativo no será más que una novedosa forma de narración tan arbitraria como sus antecesoras. Vale para las narraciones informativas lo que Ricoeur postula sobre la imposible neutralidad ética del relato de ficción; "la poética recurre continuamente a la ética, aun cuando aconseje la suspensión de cualquier juicio moral o su inversión irónica. El propio proyecto de neutralidad presupone la cualidad originariamente ética de la acción anterior a la ficción". [78]

No es de extrañar, por ello, que el nuevo periodismo reclame la vocación creativa del informador, que no se contente con ofrecer una mera copia o una descripción superficial de la realidad, [79] ni extraña tampoco que adopte a menudo formas de periodismo de denuncia, pues la denuncia produce la catarsis literaria que sustituye a la conversión [80] mediante la "inversión irónica del juicio moral", de la que habla Ricoeur.

Ha pasado inadvertida una clasificación realizada por Brajnovic hace ya algunos anos sobre los dos modos de hacer del periodismo, y que él llama periodismo activo y periodismo pasivo [81] . Esa caracterización ofrece una respuesta teórica y sobre todo práctica, a las cuestiones que se han repasado en las páginas anteriores. Según esa clasificación, el periodismo interpretativo sería una condición, aunque no la única, para ejercitar un periodismo activo [82] . Este periodismo así entendido no sólo es ajeno a la aparente neutralidad que implica distinguir "hechos" y "valores", sino que reconoce y refleja los valores humanos, culturales y sociales contribuyendo así a configurar un auténtico mundo común. Hay que tener en cuenta que "un mundo sin valores nunca podrá constituir un mundo común, un espacio propicio para la actividad humana, un conjunto de hechos sin sentido no tiene la energía necesaria para consolidar un fundamento de convivencia". [83]

La narración de las acciones humanas /

Esta investigación sobre la interpretación periodística, por somera que sea, conduce de lleno a la narración sobre las acciones humanas en la información periodística. En efecto, "narrar es escribir para contar hechos en los que intervienen personas; narrar el desarrollo de una tempestad, sin aludir más que al espectáculo de las fuerzas movilizadas, es describir una tempestad" [84] .

Obviamente, también la interpretación puede ser estudiada en su relación con las ciencias naturales, por ejemplo, estudiando el papel de la interpretación en la observación científica y en la experimentación o en su relación con las ciencias humanas, pero no es el tema de este trabajo. El periodista en cuanto divulgador, ocasional o especializado, de conocimientos científicos no se sustrae a los problemas de la interpretación en esos ámbitos, como manifiestan inequívocamente las críticas que recibe de los especialistas en las correspondientes áreas. Pero el periodismo interpretativo no ha nacido precisamente como un intento de periodismo científico, aunque éste se haya favorecido a resultas de una actitud más comprometida y profunda de los informadores para explicar mejor y más completamente su informaciones. Donde se plantean más crudamente los problemas examinados sobre la interpretación es en la narración sobre las acciones humanas, lo cual exige un comentario sobre el particular.


La estructura "narrativa" de las acciones humanas


Ya se ha visto que, en definitiva, el tema de las narraciones es el obrar y el sufrir. Tanto aquellas que tienen como objeto el obrar humano como las que tienen el sufrir, no pueden ser caracterizadas con independencia de las situaciones que las hacen inteligibles tanto a los agentes como a los demás. Las primeras, además, requieren para su comprensión la referencia a las intenciones, y esto es lo que explica la mayor dificultad que ofrecen para ser narradas.

Cuando el tema de un relato informativo es una gran catástrofe, por ejemplo, no podemos hacemos una idea de su magnitud sólo por el número de afectados y la cuantía de los daños. Las historias concretas de algunos de los afectados para ilustrar la catástrofe parecen a primera vista, en esos contextos, una exigencia del vértigo informativo que pide más detalles para competir 'con los profesionales de los medios rivales, o una respuesta a la curiosidad del lector que no se conforma con unos simples datos numéricos, o ambas cosas a la vez, Los dos motivos pueden ser, y son de hecho, explicativos de esa práctica profesional habitual. Pero la razón más profunda es que "todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas” [85] . Se suele usar, y es lógico, este recurso de relatar alguna situación humana particular que ilustra la catástrofe, cuyo tratamiento puede ser realizado de una manera sensacionalista, aunque no necesariamente desde luego. Pero, además de este recurso para humanizar la noticia, también es habitual que las secuencias informativas posteriores a la primera noticia ofrezcan una ampliación documentada y comparativa de otras catástrofes habidas en el lugar en tiempos anteriores, o del mismo género en lugares diferentes. En definitiva, la información se ve abocada a una narración, a una cierta historia de la situación. Contar lo que ha pasado o lo que le pasa a alguien conduce a una narración.

Lo mismo sucede cuando el tema de la información es el obrar humano, la acción. Con la particularidad de que la caracterización de la conducta humana requiere aludir no sólo a la situación en la que se inserta la acción, sino también a las intenciones del agente, si son conocidas, para alcanzar la inteligibilidad de la acción. Considérense los ejemplos que cita MacIntyre [86] para demostrar cómo la caracterización de una acción o de un segmento de la conducta humana implica situar temporal y causalmente situaciones e intenciones. A la pregunta "¿qué hace él?" pueden darse las siguientes respuestas, todas ellas apropiadas y verdaderas: "cava", "hace ejercicio", "arregla el jardín", "se prepara para el invierno" o "complace a su mujer", La intención principal del agente organiza las demás respuestas, de modo que el episodio que se relata se inscribe en historias narrativas diferentes según sea la intención principal, Puede tratarse de un episodio significativo de la historia de un matrimonio, lo que exigiría saber algo más sobre la historia de ese matrimonio y saber, por ejemplo, si seguiría arreglando el jardín en caso de que esto no complaciera a su mujer, o puede tratarse de una actividad del agente inscribible sin más en el ciclo anual de la actividad doméstica.

En definitiva, la caracterización de una acción nos involucra en una narración. Más claro se ve en aquellas acciones que son el momento de una cadena de episodios vertebrados por un propósito unitario, aun cuando cada episodio tenga un propósito a corto plazo, reconocible con una cierta autonomía. Por ejemplo, cuando lo que alguien hace puede responderse en los siguientes términos: "escribe una frase", "termina un libro", "contribuye al debate sobre la teoría de la acción" e "intenta ganar una cátedra". En un supuesto como éste, "las intenciones a corto plazo sólo pueden hacerse inteligibles por referencia a algunas intenciones a más largo plazo; y la caracterización de a largo plazo sólo puede ser correcta si algunas de las caraterizaciones de intenciones en términos a corto plazo son también correctas". [87]

De nuevo nos vemos implicados en una narrativa.

En definitiva, contamos narraciones porque vivimos narrativamente nuestras vidas: "Las historias se viven antes de expresarlas en palabras, salvo en el caso de las ficciones" [88] , Porque la vida humana tiene una "estructura narrativa", también las acciones humanas presentan ese mismo carácter. Propiamente, habría que decir que la existencia humana – desarrollo de acciones – admite un relato, una narración. En esa estructura narrativa coexisten impredecibilidad y un cierto carácter teleológico [89] . Por eso en casi todas las culturas el medio principal de educación moral es contar historias, de ficción o reales. [90]

En consecuencia, si el periodismo quiere dar correcta cuenta de las acciones humanas, sólo podrá hacerlo de manera narrativa. De hecho, la información periodística es narrativa, un tipo de narración próxima a la narración histórica y distinta de la ficción. Pienso que rescatar esa dimensión o carácter narrativo de la información forma parte del reto que Martínez Doral señalaba a los medios de comunicación social en la encrucijada del final del siglo, la conquista del imperium sui ipsius, la conquista del espacio interior de cada hombre, que ha de generar nuevas formas de conciencia y libertad, y que constituye el requisito para convertir cualitativamente la masa en muchedumbre [91] .


Intimidad y narración no-ficticia


En los relatos de ficción [92] el narrador dispone con poder omnímodo de la intimidad de sus personajes, precisamente porque se trata de personajes y no de personas. Puede leer directamente en los pensamientos de los personajes, observar y expresar sus sentimientos porque él es quien los inventa, quien les da vida, Ningún pliegue de su mundo interior se le escapa, porque él mismo lo crea.

En la vida real, en cambio, todo lo más podemos llegar a adivinarlos o a descifrarlos a través de sus expresiones, y no de modo absoluto. Este fenómeno tan evidente y universal manifiesta esa estructura paradójica de la interioridad humana, que se vela y a la vez se manifiesta, y que responde, entre otros motivos, a que la impredecibilidad humana exige como condición sine qua non cierta "opacidad", para no ser criaturas de los proyectos, intenciones y deseos de los demás.

Usaré como paradigma de las narraciones de ficción, para comparar con la información en este aspecto, la novela, ya que "ningún arte mimético ha ido tan lejos en la representación del pensamiento, de los sentimientos y del discurso como la novela". [93]

Es cierto que una diferencia entre la novela y un gran reportaje, por ejemplo, reside en que en aquélla hay más "vida interior", en que lo externo está al servicio de lo interno: "el reportaje centra su atención preferentemente en lo que pasa";la novela, "en lo que pasa por dentro de lo que pasa" [94] . Sin embargo, esta diferencia no es la unica ni la mas importante; de hecho, hay una corriente novelística, la "novela objetivista", que ofrece ejemplos de obras cuyas características la aproximan al gran reportaje [95] . Digo la aproximan porque esa aproximación es sólo formal en cuanto que usa idénticos recursos técnicos narrativos. Por su parte, "el nuevo periodismo" ofrece, a su vez, modos narrativos próximos a los géneros de ficción, cuando no auténticas narraciones ficticias que de información sólo tienen su apariencia, por la inserción en un medio periodístico y la recreación verosímil de la realidad [96]

La diferencia fundamental no está en la mayor o menor "vida interior" de los personajes, sino en si se trata de personas o de personajes. Esta condición previa de la narración periodística no es que limite las posibilidades expresivas del periodista-narrador, sino que las define. Veamos algunos aspectos concretos en el modo de referirse a la intimidad en las informaciones periodísticas.

En primer lugar, en lo que atañe a la identificación del quién. La identificación del "personaje" en una información es mínima, Cualquier nombre que aparece en una noticia va acompañado de una identificación que no es más que una explicación de su "personalidad pública" [97] , bien por el cargo que desempeña, por su ocupación – el deportista X –, bien por una actuación señalada, conocida o no por el público – "el vencedor de tal edición del Tour", "el hombre que salvó la vida a..." –. Esta identificación, más que responder al quién, contesta a qué es quién; se trata de una descripción sucinta de una acción o rasgo que no agota su ser personal. En cambio, la identificación del quién en una narración de ficción es mucho más rica y, por ello, también mucho más extensa. Sólo al final de la narración sabemos quién era el personaje y no solo qué era: "la historia narrada dice el quién de la acción. La identidad del quién no es, pues, ella misma más que una identidad narrativa" [98] . De todos modos, el quién de un relato periodístico es también un "quién narrativo", pero, a diferencia de la novela, el quién que queda aludido en una información no ha clausurado su capacidad de obrar; por decirlo de otro modo, está abierto a una identificación más profunda. Este parcial reconocimiento, o conocimiento si es la primera noticia que tenemos de él, se inserta en una trama conocida por el lector que aún no ha concluido.

En segundo lugar, se encuentra el problema de lo que he denominado intenciones para referirme a las intenciones no manifiestas. El novelista dispone de ellas y el informador no, porque no las conoce, No es legítimo, por tanto, suponerlas; y menos aún suponerlas malas. En caso contrario, deja de ser un informador para convertirse en un narrador de ficciones, y no porque esas intenciones no existan o no sean verosímiles, sino sencillamente porque son verosímiles no verdaderas. Este factor limita su tarea, pero no hay que entender aquí limitación como algo negativo, sino como delimitación, es decir, definición de sus posibilidades expresivas. Reconocer esta realidad no es aceptar una imposición ética ajena a la tarea del informador, a modo de regla moral extrínseca necesaria por convención o utilidad, para no dañar a terceros [99] . Se trata más bien de no confundir los papeles fraudulentamente, lo cual es ya de suyo un daño, aunque no haya víctima reconocible o la víctima prefiera no darse a conocer como tal.

Esta imposibilidad de conocer las intenciones ocultas y, por tanto, el correlativo deber de no juzgarlas, no implica la negación de lo que se denomina periodismo interpretativo. Interpretar, explicar, forma parte de la narración, tanto histórica como de ficción, En efecto, la posibilidad, aún más, la necesidad de interpretar propia de cualquier narración, descansa en que las acciones humanas tienen fines reconocibles, significados propios que los sujetos no pueden manipular a voluntad. Obrar es correr el riesgo de mostrarse, salir del propio mundo interior, de modo que parte de esa interioridad se manifiesta en la acción. Un ejemplo relativamente usado puede clarificar lo que digo. Un observador contempla a tres canteros que trabajan en la construcción de una catedral. Los tres utilizan las mismas herramientas para tallar tres bloques idénticos de piedra. Aparentemente hacen lo mismo aunque el gesto de su cara y, sobre todo, una observación continuada revela diferentes actitudes. El observador se acerca y pregunta al primero por lo que hace. La respuesta es un mascullar de quejas. A la misma pregunta, el segundo responde que saca adelante a su familia. El tercero contesta que construye una catedral. Los tres dicen la verdad, También diría la verdad el observador anónimo que describiera "objetivamente" la situación diciendo que los tres tallan una piedra; se podría afirmar que sólo esta desnuda descripción es objetiva, pues no tiene en cuenta las actitudes o intenciones de los canteros; sin embargo, no alcanzamos a saber lo que realmente hace cada uno sin referencia a sus intenciones y propósitos. Quizá llegaríamos a un acuerdo diciendo que "los tres canteros construyen una catedral", lo cual sólo es completamente cierto en el caso del tercero.

Lo que sucede aquí, como en cualquier acción humana, es que sólo puede entenderse como un momento en una historia real o posible donde conductas, intenciones y proyectos se integran en un continuum, en una trama que se cruza con otras reales o posibles tramas [100] .

Por tanto, el narrador, sea historiador, sea informador, sabrá tanto mejor qué hace cada uno cuanto mejor conozca las historias narradas de sus "personajes". Saber con más profundidad qué hace cada cantero es, correlativamente, saber mejor quién es cada uno [101] . Pues bien, interpretar es contextualizar la acción en la trama conocida, insertarla en una historia. En este sentido, el informador está en peores condiciones que el historiador, pues, en principio, conoce menos. Pero, a la vez, tiene la ventaja de que puede intervenir en la acción preguntando o dialogando con los protagonistas, como paradigmáticamente sucede en una entrevista.

Volviendo al ejemplo, veamos cómo se reifica la intención y qué percibe de ella el narrador. Si el narrador es un informador que observa desde fuera sin intervenir, sólo podrá captar el mayor o menor entusiasmo de los canteros en su trabajo, pero desconocerá las razones de ello. No puede, en consecuencia, explicarlas, tan sólo suponerlas y eso no es informar, sino "interpretar" en el sentido de imaginar con mayor o menor verosimilitud. El narrador de un relato histórico cuyos protagonistas sean los canteros, en la medida en que tiene más posibilidades de conocer las tramas de sus personajes, puede ofrecernos interpretaciones más plausibles e, incluso, verdaderas. Pero tanto a uno como a otro se les escapa la radical intimidad de las personas a quienes se refieren.

En resumen, y para concluir, hay que afirmar el carácter narrativo de la información periodística, como modo concreto de superar los reduccionismos a que ha conducido la separación hecho-valor al aceptarse acríticamente en el modo de hacer la información y en las explicaciones teóricas de este modo de hacerla. Esa afirmación abre la puerta de la vocación creativa del periodismo, dentro de los límites que marca el tipo específico de narración al que corresponde, que no es ni la de ficción ni la histórica, aunque, desde luego, está más próxima a la segunda que a la primera.

Notas la pie /

[1] C.S. Lewis, The abolition of man, Glasgow, Collins, 1987, 3.' edición, pp. 7-21. Gayo y Ticio son los seudónimos de los dos autores de un libro de texto para la enseñanza media en las escuelas británicas, manual cuyo real nombre – como el de los autores – oculta bajo el más genérico de El Libro Verde.

[2] Idem, pág. 7.

[3] Idem, pág. 8. El subrayado es mío.

[4] M. Casado Velarde, Lenguaje y cultura, Madrid, Síntesis, 1988, pág. 93.

[5] Esta receta ha tenido tal fortuna y difusión en los usos periodísticos y entre los teóricos de la comunicación social que rara vez se cita su origen, pues forma parte del patrimonio común de unos y otros. Su autor es C.P. Scott, y la publicó en el "Manchester Guardian" el 6 de mayo de 926. La referencia de su datación la hc obtenido de J.J. García Noblejas. Información y conocimiento la he obtenido de J.J. García Noblejas Información y conocimiento en San Jorge Yarce (ed.) Filosofía de la comunicación, Pamplona, 1986, pág. 124.

[6] Sobre el origen, arbitrariedad e implicaciones de esta distinción puede verse: L. Strauss, Natural Right and History, Chicago, The University of Chicago Press, 1953, en especial el capítulo II; E. Voegelin, Nueva ciencia de la polícica, Madrid, 1968, pp. 9 a 45, J. Ballesteros, Sobre el sentido del Derecho, Madrid, Tecnos, 1983, pp. 84 y ss. A. Ruiz Retegui, "La Ciencia y la fundamentación de la Etica I: La dignidad de la persona", en Deontología Biológica, N. López Moratalla (ed.), Pamplona, 1987, pp. 15 y ss. A. Macintyre, Tras la virtud, Barcelona, Crítica, 1987, pp. 26 a 40 y 87 a l l5, H. Putnam, Razón, verdad e historia, Madrid, Tecnos, 1988, pp. 132 a 198, C.S. Lewis, The aboliton of man, ya citado.

[7] J.L. Martínez Albertos, Curso General de Redacción Periodística, Barcelona, Mitre, 1983, pp. 39 y 218.

[8] Ibid. y J.L. Martínez Albertos, Redacción Periodística. Los estilos y los géneros en la prensa escrita, Barcelona, ATE, 974, pág. 83. Esta misma idea se recoge en Curso General..., cit., pág. 39, mientras que en páginas posteriores introduce, de hecho, uno nuevo, el relato interpretativo con sus correspondientes subgéneros: víd pp. 217 a 220 y 341 y ss.

[9] Curso General, cit., pág. 323. Se pone aquí el término información en cursivas para no confundirla con el sentido preciso de información, porque se alude con él no a la información misma sino a un modo expresivo o forma en la que puede aparecer, en ese caso la noticia, "la fonna más escueta y comunicable de todo acontecimiento, hecho o dato actual e interesante" (L. Brajnovic, El ámbito científico..., cit., pág. 175, igualmente en Deontología Periodística, cit., pág. 291). Es frecuente entre los autores establecer clasificaciones de los géneros periodísticos sin hacer distinción entre los contenidos y los modos de expresión, Como observa A. Vilarnovo en "Sobre el tema lenguaje e información", en E. López-escobar y J.L. Orihuela (ed) en La responsabilidad pública del periodista, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1988, pp. 440-448, no se pueden confundir las notas descriptivas propias de los textos con los rasgos definitorios propios de los géneros. Acertada, y acorde con las denominaciones profesionales, resulta la clasificación de géneros que hace BRAJNOVIC en la última obra citada en las págs. 289 y ss.

[10] J.L. Martínez Albertos, Curso General..., pág. 219.

[11] L. Gomis, El medio media: la función política de la prensa, Madrid, Seminario y Ediciones, pp. 13 y ss. M. Fontcuberta, Estructura de la noticia periodística, Barcelona, ATE, 1981, pp. 161. G. Martín Vivaldi, Géneros periodísticos, Madrid, 1973, pps. 105 y ss.

[12] C.L. Alvarez, La propia creación cultural en el periodismo, Madrid, Paraninfo, 1979, pág. 53. La describe como una situación informativa "cuya instancia se agota en reflejar un mundo empírico y no interpretado que nos quita incluso la idea de que hay algo crucial que no sabemos".

[13] Ibid., pág.l 54.

[14] Un interesante análisis sobre el carácter paradójico de esta máxima de C.P. Snow puede verse en J.J. García Noblejas Información, cit., pp. 122-125.

[15] Vid. nota 6.

[16] El emotivismo, en sentido estricto, es una doctrina filosófica localizable, por ejemplo, en los siguientes autores: Moore, Stevenson y Carnap, por citar los más conocidos. Sin embargo, su alcance filosófico y cultural es mucho más amplio de lo que puede imaginarse. Incluso los pensadores que lo combaten teóricamente desde la filosofía analítica (Hare, Rawls, Gewirth) o desde otros planteamientos (Sartre, Nietzche), aceptan sus premisas básicas y no han logrado rebatirlo. Sobre el particular pueden verse en conjunto la obra de Macintyre ya citada y, en concreto, los capítulos 2 y 3.

[17] A. Macintyre, Tras..., cit., pág. 39.

[18] N. Bobbio, Il positivismo giuridico. Lezioni di filosofia el diritto, Turín, 1960, pp 165, cit. en J. Ballesteros, Sobre el sentido..., pág. 43. Esta proposición, como todas sus posibles variantes en el mismo sentido, pueden formularse en una más amplia del tipo "la única racionalidad es la racionalidad científica, es decir la que se ajusta al método científico". Pues bien, al margen de lo problemático del significado de "método científico" (vid. M. Putman, Razón..., cit., pp. 175 y ss.), cabe decir con este autor que "identificar la racionalidad con la racionalidad científica así descrita sería cometer una petición de principio con respecto al problema del status cognitivo de los juicios de valor. Sería decir que estos juicios no son racionalmente confirmables porque son juicios de valor, pues la racionalidad ha sido definida como si consistiese exclusivamente en observación pura y neutral y extracción de interferencias a partir de premisas de valor neutral. Pero; por qué hemos de aceptar tal definición?". Ibid., pág. 198.

[19] A. Macintyre, Tras la virtud, cit;, pp. 25 y ss.

[20] pág. 23.

[21] Ibid., pág. 28. Cita el ejemplo de Ryle en el que el maestro, para manifestar su enfado por el error aritmético cometido por su alumno, le grita: "¡Siete por siete igual a cuarenta y nueve!". Aquí uso y significado están separados.

[22] Una demostración logico-lingüística muy certera de cómo superar esa arbitraria y artificial separación, llevada a cabo por Searle puede verse recogida en J. Ballesteros, Sobre el sentido..., cit., pág. 86.

[23] J. González Bedoya, Manual de Deontología Informativa, Madrid, Alhambra, 1987, pág. 107.

[24] El ejemplo y la noción de funcionalidad están tomados de A. Macintyre, Tras..., cit., pp. 74 y ss.

[25] Análogamente, y haciendo las oportunas matizaciones al respecto, no podemos comprender lo que es un hombre sin hacer referencia a lo que es un buen hombre. "La presuposición que conlleva este uso de bueno es que cada tipo de sujeto que se pueda calificar apropiadamente de bueno o malo, incluidas las personas o las acciones, tiene de hecho algún propósito o función específicos dados". Ibid., pág. 84.-

[26] Esa distinción entre “juicio de valor” es ajena a la tradición aristotélica (E. Voegelin, Nueva ciencia..., cit., págs. 14 y ss) y deriva de la transposición del método de las ciencias naturales y exactas a las ciencias humanas: En esa tradición las proposiciones morales pueden ser designadas como verdaderas o falsas del mismo modo que las proposiciones factuales (A Macintyre, Tras..., cit., pp. 80 y ss.).

[27] F. Fatorello, Introducción a la técnica social de la información, Caracas, 1969, pág. 58. El título es suficientemente elocuente de cuanto se viene diciendo: la información no es sino una actividad técnica y no práctica, por lo que los criterios morales son extrínsecos a la propia actividad, los pone el sujeto.

[28] Brajnovic la denomina "causa material" de la información (El ámbito científico de la información, Pamplona, Eunsa, 1979, pp. 59 a 76), mostrando que su conexión es tal que sin verdad no hay información. Desantes Guanter, que sostiene en el fondo la misma idea, al menos como punto de partida, (La verdad en la información, Valladolid Servicio de Publicaciones de La Diputación, 1976, pp. 11 a 21) insiste en que la verdad no es un límite impuesto desde la ley o la ética a la información (Ibid., pp. 12-14).

[29] Véase la recopilación de textos de los Códigos deontológicos seleccionados por J. Gonzáler Bedoya, en Manual de Deontología Informativa, Madrid, 1987, pp. 240 y ss. Otra recopilación de Códigos deontológicos, sin estructurar por temas, sino por ámbitos y áreas: P. Barroso Asenjo, Códigos deontológicos de los medios de comunicación, Madrid, Ed. Paulinas, 1984.

[30] “La objetividad es posible y exigible en la información que se refiere a hechos, es decir, aquella que es comprobable por otros sujetos... Por el contrario, si se trata de objetos internos al informador y, por tanto, si constatables ni verificables por otro, como son las ideas, opiniones y afectos en general, entonces no es exigible la objetividad, pero sí la veracidad y sinceridad". J. González Bedoya, Manual..., cit., pág. 107. En el mismo sentido, la distinción entre stories y comments aceptada por J.L. Martínez Albertos, Curso General, cit., pp. 51 y ss. a pesar de la inclusión de un nuevo tipo, el relato interpretativo, en páginas posteriores. En rigor, la interpretación, si se acepta la diferencia entre hecho y opinión, o es un "hecho ampliado" o es una "opinión pausible". No se ve la diferencia; de hecho, el propio Martínez Albertos vacila (pág. 355).

[31] J.M. Desantes Guanter, La verdad..., cit., pág. 35. La misma caracterización puede encontrarse en La comunicación de ideas religiosas, en "Persona y Derecho", vol. XI, Pamplona, 1984. pág. 35.

[32] Ibid., pág. 35.

[33] J.J. García Noblejas, Información..., cit., pág. 122. En el mismo sentido C. Martínez Thiem, Entre el mito y la ciencia: la información, Documento de trabajo n." 8 del ano III, U.N.S.T.A. Buenos Aires, 1986, y del mismo autor, "El mito como fuente informativa: algunas consideraciones sobre el contenido de los medios y su control", en Periodismo y Etica, II Encuentro Internacional del PGLA, Viña del Mar, 1985.

[34] A. Llano Cifuentes, Gnoseología, Pamplona, Eunsa, 1983, pág. 51. Esas dos dimensiones corresponden a los que otros denominan "dimensión semántica o de adecuación con la realidad y dimensión pragmática o juicio afirmativo relativo a esa adecuación del intelecto, que también es conocida como reflexión supositiva implícita. Vid., también del mismo autor, "Filosofía del lenguaje y comunicación", en Jorge Yarce (ed.), Filosofía de la comunicación, cit., pp. 90 y ss.

[35] A. Llano Cifuentes, Gnoseología, cit., pp. 52 y ss.

[36] J. González Bedoya, Manual, cir., pág. 106. No hace falta insitir en que, en este contexto, "verdad moral" es lo mismo que sinceridad (Ibid., pág. 100). Este concepto no equivale a certeza moral, que es la propia de los asuntos humanos, es decir de los asuntos que no están sometidos a la necesidad física, pues entre en juego la libertad. En este tipo de asuntos "bsta la certeza de que algo es verdadero en la mayoría de los casos, aunque falle en unos pocos" (Aristóteles, Etica a Nicómaco, I, 1094 b 13)  y es el tipo de certeza adecuada a las ciencias humanas.

[37] Desantes Guanter habla de la veracidad para las ideas y criterio para los juicios: La comunicación..., cit., pp. 249, 254 y ss.

[38] “Curiosamente se advierte y se confirma que la objetividad es una actitud del sujeto”. J.M. Desantes Guanter, La verdad..., cir., pág. 41, también pp. 38, 39, 60, etc.

[39] Curso General... cit., pág. 64. En términos similares: J. González Bedoya, Manual..., cit., pp. 108 y ss; E. Derieux, Cuestiones ético-jurídicas de la Información, Pamplona, Eunsa, 1983, pp. 151 y ss.

[40] Curso General..., cit., pág. 54.

[41] A través de la información general el periódico procura persuadir, arrimar el ascua a su sardina ideológica: y en tal sentido cabría afirmar que la información periodística es siempre tendenciosa, y tanto más cuanto mejor lo disimule". F. Ayala García-F. Duarte, La retórica del periodismo. "Discurso leído el 25 de noviembre de 1984 en su recepción pública como miembro de la Real Academia Española", pág. 24. Resulta casi superfluo añadir citas sobre esta opinión tan generalizada, me limito a recomendar la lectura de los textos de diversos autores (Fatorello, Alvarez, de Gregorio, Rivadeneira, Raul Calvo, Gomis, etc.) recogidos por J. Gutiérrez Palacio, en Periodismo de opinión, Madrid, Paraninfo, 1984, pp. 12 a 57 donde se manifiesta, más o menos abiertamente, la dificultad de superar la dialéctica objetividad-subjetividad en la información periodística.

[42] Manual..., cit., pág. 107. Entiendo que este autor refleja algunas confusiones, por lo demás habituales, acerca de lo que haya de entenderse por "verdad", "certeza" y "evidencia". Confusiones que, llevadas a sus extremos, negarían la misma posibilidad del periodismo. Así, por ejemplo, dice que los dos criterios fundamentales de verdad son la evidencia y la certeza (pág. 105) y, a continuación, señala que "la autoridad no es un criterio válido de verdad por ser externo a la verdad", Según eso no cabe certeza acerca de cualquier conocimiento de un suceso del que no hemos sido testigos, como sucede ejemplarmente en casi todos los que presentan los medios de comunicación. La confusión, inadvertida por el autor, consiste en identificar verdad con evidencia y certeza. La certeza primariamenre es algo subjetivo, un estado de la mente por el que se adhiere firmemente y sin temor a una verdad. Esa certeza puede proceder de la evidencia (inmediata o mediata) o de la confianza en la autoridad del testigo manifestada por la evidencia de su credibilidad.

[43] Para una Antropología de la objetividad, "Estudios de Metafísica", 3, 1971-72, pág. 95 y Gnoseología, cir., pp. 36 a 38.

[44] Ibid., pág. 37.

[45] Ibid. Una exposición más profunda de la intencionalidad Jel conocimiento: L. Polo, Curso de Teoría del Conocimiento, Pamplona, Eunsa, 1984, en especial pp. 140 y ss.

[46] Uso aquí el termino “informativos” en el sentido de no valorativos, ni siquiera interpretativos, es decir, como textos paradigmáticos concretos de la "objetividad" máxima alcanzable en la información periodística, tal como se admite usualmente. Entiendo aquí por información el tipo de género de las clasificaciones tradicionales "más escueto, más descamado, más fuertemente ceñido al puro esqueleto del hecho o acontecimiento que se quiere transmitir". J.L. Martínez Albertos, Curso general..., cit., pág. 2999. En términos similares, y salvadas las diferencias de matiz, C.N.Warren Géneros periodísticos informativos, Barcelona, 1975, pp. 95 y ss., G. Martín Vivaldi, Curso de Redacción, Madrid, 1974, pp. 345 y ss., AAVV, News Reporting and Writing, Nueva York, St. Martin's Press, 1980, pp. 69 y ss.

[47] En inglés Who, what, when, where, why. Poco interesa a los efectos de este trabajo la diquisición habitual en algunos autores sobre si debe incluirse el cómo (how), rompiendo así la establecida denominación habitual. No tiene particular interés, en la consideración que aquí se viene haciendo, añadir una W más o menos, ni dilucidar si el porqué conlleva el cómo. Trata de esta cuestión Martínez Albertos en Curso General..., cit., pág. 304.

[48] Critica Alvarez con acierto el empobrecimiento de la comprensión final del lector causado por "actitudes informacionistas" que generan no un aumento de cultura sino una acumulación de informaciones, pues "el porqué, que es una incalmable aspiración humana, desaparece y se pierde en el cómo de tantos hechos de los que se nos informa". La propia creación..., cit., pág. 54.

[49] La verdad semántica no se decide, propiamente, pues no se decide lo que ha sucedido. Lo que sí se decide es la verdad pragmática, es decir el juicio absolutorio, condenatorio o el aparentemente neutro. Y es que con la palabra no solo "decimos" sino que también "hacemos"; lo que sucede es que, como recuerda García Noblejas, "la verdad práctica, el 'hacer la verdad' no es algo que se deduce según mecanismos lógicos, sino algo que se decide, según criterios prudenciales, ante cada situación concreta". Información y..., cit., pág. 131.

[50] H.G. Gadamer, Verdad y método, Salamanca, Sígueme, 1984, pág. 467.

[51] J. Choza Unidad y diversidad del hombre. Antropología versus Metafísica, en "Revista Española de Pedagogía", n.º 158, 1982, pág. 15.

[52] P. Ricoeur, Tiempo y narración, Trad. de A. Neira, Madrid, Cristiandad, 1987, pág. 12.

[53] E. Terrasa Messuti, "Información, libertad y mundo común" en información y Derechos Humanos, Pamplona, Eunsa, 1987, pág. 192.

[54] A. Macintyre, Tras la virtud, cit., pág. 107.

[55] Se suelen señalar las siguientes causas: la aparición de semanarios con la fórmula del crimestyle que explicaran lo que no explicaban los diarios (C. Fagoaga, Periodismo interpretativo. El análisis de la noticia, Barcelona, Mitre, 198, pp. 15 y ss) y la competencia que planteó a los diarios el auge de la televisión a partir de los anos 50 "que obligó a la prensa escrita a replantearse la clásica estructura de la pirámide invertida y un poco tarde la aparición de la prensa underground" (M. Fontcuberta, La estructura..., cit., pp. 27 y 161).

[56] J.L. Martínez Albertos, Curso General..., cit., pág. 57. Igualmente G. Martin Vivaldi, Curso..., cit., pág. 375: "En realidad vamos comentando al ir narrando o describiendo".

[57] P. Ricoeur, Tiempo y narración, I. cit., pág. 299.

[58] Lester Markel, Pour et contre l'interpretacion, en Cahiers de L'llP (International Press Institute), n.º 2, junio 1953, pág. 40. Es interesante destacar el enunciado final de la cita: la interpretación, "por encima de todo, revela el significado de un hecho". Menos afortunado es el ejemplo propuesto por Markel como paradigma para mostrar la diferencia entre información, interpretación y opinión: "Relatar que el Kremlim lanza una ofensiva de paz es una información (o noócia directa). Explicar por qué el Kremlim se comporta así en este momento es una interpretación. Decir que toda oferta de paz de Kremlim debe ser categóricamente rechazada, es expresión de una opinión". Ibid., pág. 3. Este ejemplo es recogido en numerosos manuales de periodismo (C. Fragoaga, Periodismo..., cir., pág. 18; J. Hohenberg, El periodista profesional, México, 196, pág. 31; J.L. Martínez Albertos, Curso general, cit., pág. 219, etc.). Así como la cita de Markel sobre el significado de la interpretación es válida en términos generales, pienso que no cabe decir lo mismo del ejemplo: "explicar por qué se comporta así el Kremlim" es una información ampliada y documentada si es verdadera; puede ser una opinión fundada – lo más probable – si no consta fehacientemente su verdad, y decir "que toda oferta de paz del Kremlim debe ser categóricamente rechazada" es una opinión infundada, al menos tal como está formulada, es decir no razonada, de ahí que "ofrezca" al lector mayor margen de libertad para su adhesión.

[59] El modelo de texto propugnado para este cipo de periodismo es el denominado reportaje interpretativo cuyas características no es tarea de esta investigación estudiarlas. Vid. N. Copple. Un nuevo concepto del Periodismo. Reportajes interpretacivos, México, Pax-México, 1968, J.L. Martínez Albertos, Curso General..., cit., pp. 343 y ss., C. Fagoaga, Periodismo interpretativo..., cit., que incluye numerosos ejemplos de "mensajes interpretativos", y la bibliografía citada por esta autora.

[60] C. Fagoaga, Periodismo..., cit., pág. 15.

[61] Ibid., pág. 69.

[62] lbid., pp. 77 y ss. Pero, de hecho, tal como la autora reconoce a renglón seguido, las únicas diferencias entre valorar y editorializar son de lenguaje. Frases como "resulta inadmisible que...", "no estamos de acuerdo con...", "pedimos una actuación clara...", serían las propias del propósito editorialisca, mientras que el autor del mensaje interpretativo "evita recomendar lo que debe ser hecho". La cuestión se reduce entonces a una alternativa de estilo retórico, es decir a la mayor o menor explicitación del juicio recomendatorio o condenatorio o de alabanza.

[63] Ibid., pág. 70. Por back-ground se entiende el conjunto de datos antecedentes y de contexto del acontecimiento.

[64] Curso General..., cit., pp. 350 y ss.

[65] G. Martín Vivaldi, G., Géneros periodísticos, cit., pág. 105.

[66] Ibid., pág. 105. Una clarificación del sentido que tiene para este autor opinar exigiría una exposición más detallada de su pensamiento. El ejemplo que ofrece en las págs. siguientes basta, sin embargo, para ello: no hay diferencia alguna, aunque el caso sea distinto, al propuesto por Lester Markel que ya ha sido examinado en las páginas anteriores del trabajo (vid. nota 58).

[67] Ibid.

[68] J.L. Martínez Albertos, Curso General..., cit., pp. 218-220, 287 y ss. 343 y. ss. 355 y 356. En síntesis, expone que hay tres modos de tratar periodísticamente la noticia: la información, la interpretación y el comentario. Los tres tratamientos – continúa – son esenciales para la existencia de un periodismo adecuado a los tiempos en que vivimos: el reportaje obejetivo, el reportaje  interpretativo y el comentario. Y – añade – "hay que deslindar interpretación de opinión".

[69] Ibid., pág. 289.

[70] Ibid., pág. 288.

[71] Ibid., pág. 220.

[72] En este sentido, vid. pp. 354 y ss, también pp. 283, 288 y 351, etc.

[73] Ibid., pág. 350.

[74] L. Gomis, El medio media: la función política de la prensa, Madrid, Seminario y Ediciones, pág. 13.

[75] M. Fontcuberta, Estructura..., cit., pp. 161 y ss: P.V. Sheehan, Repertorial Writing, Nueva York, 1972; W. Fox, Writing the News: Print Journalism, in the Electronic Age, Nueva York, 1977.

[76] M. Fontcuberta, Estructura..., cit., pág. 169. Considero que no existe diferencia sustancial entre lo que estos autores llaman noticia de situación y la especie concreta de artículo que se ha venido denominando en el uso profesional crónica, "que comprende una exposición, modo y desenlace al tratar un problema, un aspecto de la vida o cualquier hecho noticiable" (L. Brajnovic, Deontología..., cit., pág. 292).

[77] E. Terrasa, Información..., cit., pág. 188. Como ya vio Aristóteles, "la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, y es exclusivo del hombre, frente a los demás animales, el tener, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la ciudad". Política, 1253 a 18.

[78] P.Ricoeur, Tiempo y narración, tomo II, cit., pág. 127.

[79] Sin referirse, ni de intento, al periodismo interpretativo, Juan Pablo II describía así la actividad creadora de artistas y publicistas (publicistas en el contexto citado equivale a periodistas): "Vuestra misión comporta una vocación creativa. Vosotros dais a la realidad y a la materia del mundo forma y fi gura... intentáis 'conformar' la realidad del hombre y de su mundo, en el sentido original de la palabra. Vosotros queréis por medio de la palabra, del sonido, de la imagen y de la forma dejar entrever y hacer percibir algo de la verdad y de la profundidad del mundo y del hombre, a la que también pertenecen los abismos del hombre". Discurso a los artistas y publicistas en la "HerkulesSaal der Residenz" de Munich (19-X1-1980).

[80] Esto sucede cuando la denuncia no persigue producir un mejoramiento, entonces "la denuncia se dirige contra la propia existencia y contra el mundo, contra el mismo ser humano. Y la acusación es el mismo tiempo absolución". J. Ratzinger, en "L'Osservatore Romano" (ed. española), 12-02-1984, pág. l 1. No es mejor esta tesitura que la presentación neutra del mal, pero es más clara y coherente. Cabe, desde luego, presentar lo terrible como terrible y esta mostración del mal como mal no es una hipoteca moral del artista, sino una consecuencia de la lógica interna del mismo arte.

[81] L. Brajnovic, Deontología Periodística, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1978, pp. 179 y ss. Esa caracterización y su explicación, aunque menos desarrollada que en la actual edición, se encuentra ya en la primera, de 1969.

[82] Entiende Brajnovic por periodismo activo aquel que: "Desde el punto de vista formal, además de reunir las noticias y divulgarlas, se dedica a su búsqueda, tanto para descubrirlas por su propio esfuerzo como para investigar sus causas, sus antecedentes y su contenido intrínseco. Desde el punto de vista material, el periodismo activo necesita una honrada selección informativa, no para ocultar tendenciosamente lo que tiene interés en sí mismo y para la sociedad, sino para hacer público lo más interesante y necesario, hecho que exige una atenta reflexión. Desde el punto de vista eficiente este periodismo es una dignificación del medio, puesto que con él se manifiesta la capacidad del profesional, su responsabilidad y su conocimiento y, al mismo tiempo, la seriedad del medio. Y desde el punto de vista de la causa final... contribuye al mejoramiento cultural y moral del público". Ibid., pp. 186-87.

[83] E. Terrasa, Información..., cit., pág. 192.

[84] Gonzalez Ruiz, cit. en G. Martín Vivaldi, Curso..., cit;, pág. 380.

[85] Isak Dinesen, cit. por H. Arendt, en La condición Humana. Barcelona, Seix Barral, 1974, pág. 233. O, como recuerda el propio Ricoeur con un cierto acento dramático explicando la necesidad que sentimos de salvar la historia de los vencidos y de los perdedores, ""toda la historia del sufrimiento clama venganza y pide narración". Tiempo, tomo 1, cit., pág. 150,

[86] A. Macintyre, Tras la virtud, cit., pp. 254 y ss.

[87] Ibid., pág. 256.

[88] Ibid., pág. 261. Vid. en las páginas siguientes la réplica al argumento contrario, que afirma que las historias no se viven sino que se cuentan. El concepto de un "yo narrativo" implica los correlativos de inteligibilidad, responsabilidad e identidad personal, conceptos que se presuponen mutuamente (pp. 266-269) .

[89] Ibid., capítulo 8 y pp. 266 y ss.

[90] Así, por ejemplo, explica Choza que el interés infantil por los cuentos, es un interés por lo realmente real: "Blancanieves", "Pulgarcito", "La Cenicienta", etc., no son solamente ficciones educativas, sino, más esencialmente, exposiciones de los ámbitos más profundos de la existencia humana... en ellos se expone la dialéctica entre la ingenuidad y la astucia, entre la belleza y la envidia, la desesperanza ante la tarea desproporcionada e imposible, el mal que se esconde bajo la hermosura, etc. Es decir, se expone la verdad del hombre, esa que es su verdad siempre y en todo lugar, otra especie de Diké homérica que el hombre necesita para entenderse a sí mismo" Unidad y diversidad..., cit., pág. 23.

[91] J.M. Martínez Doral, Sobre algunos aspectos no desdeñables de la comunicación de masas, en Jorge Yarce (ed.), Filosofía..., cit., pp. 167-174.

[92] Uso aquí la noción de relato de ficción en su aceptación común, es decir, los relatos que no tienen pretensión de verdad histórica. No se refieren directamente a la realidad, aunque configuren su propia verdad artística, y ésta tenga mucho que ver con la realidad.

[93] P. Ricoeur, Tiempo y narración, Tomo II, cit., pág. 159.

[94] G. Martín Vivladi, Curso..., cit., pág. 354.

[95] Por ejemplo El Jarama de Sánchez Ferlosio.

[96] Véase el conocido artículo de Janet Cook, El mundo de Jimmy publicado por "The Washington Post" y ganador del premio Pulitzer. El descubrimiento del carácter ficticio del artículo desató una agria polémica en Estados Unidos sobre el secreto profesional periodístico.

[97] M. Fontcuberta, Estructura..., cit., pp. 83 y ss.

[98] P. Ricoeur, Tiempo..., cit., pág. 30. En este sentido, el relato periodístico apunta a un quién narrativo implícito, pues los lectores saben, más o menos, según su grado de información, una parte de la historia de esa persona. La identificación del quién por parte del lector es la identificación en su memoria de la narración histórica parcial de esa persona, si es que la tiene. Si no la tiene, esa noticia tendrá menos interés para él o buscará el modo de conocerla. En cualquier caso, se convertirá en un episodio de la "historia narrativa" de esa persona cuya trama pasa a formar parte suya por el conocimiento y que puede actualizar ante cualquier nueva acción de esa persona.

[99] No existe una información de ficción – no sería tal información – ; pero sí puede existir, y existe de hecho, el periodismo de ficción. Por ejemplo, en una sátira política periodística alusiva a la realidad puede haber elementos creativos propios de la ficción artística y que serán legítimos siempre que el lector, oyente o espectador sepa de antemano, o por el contexto, que lo que lee, oye o ve es ficción alusiva a la realidad. Entre los numerosos ejemplos que pueden encontrarse en los textos periodísticos, una caricatura es, en este sentido, periodismo gráfico de ficción.

[100] “Una acción, aunque tenga la mayor importancia practica, es siempre una abstracción potencialmente equívoca. Una acción es siempre un momento en una historia real o posible o en numerosas historias. La noción de historia es tan fundamental como la noción de acción. La una exige la otra". A. Macintye, Tras la virtud, cit., pág. 264.

[101] Hay que decir, aunque sólo sea de paso, que nuestro tercer cantero es el que verdaderamente sabe lo que hace. Realiza los mismos movimientos físicos que los otros, también se cansa como el primero, pero no "sufre", mantiene a su familia como el segundo y, sobre todo, construye una catedral. Posee el fin de su acción. Asume los demás papeles y los trasciende: es un artista constructor de catedrales.


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