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Desde 1998, cuando el Ayuntamiento de la capital alavesa lo incluyó en el Anillo Verde, el bosque de Armentia constituye un corredor ecológico entre las áreas verdes periurbanas y los Montes de Vitoria. Estos cinco kilómetros de caminos están situados al suroeste de la ciudad, en las inmediaciones del pueblo de Armentia. Se encuentran rodeados de terrenos agrícolas y conectan en su vertiente sur con las laderas de los Montes de Vitoria. Su entorno cuenta con importantes atractivos histórico-artísticos como la Basílica de Armentia y el Castillo de Esquível.
Un muro de piedra y un par de anchos pivotes que nacen del suelo anuncian con letras de hierro negro la entrada al bosque. Una amplia pradera salpicada de mesas de pic-nic marca el comienzo del paseo. “Todas estas campas están desaprovechadas. La gente podría venir a merendar más a menudo“, comenta Florencio. Enseguida el camino de gravilla se sumerge en el quejigal. “Lo bueno de Armentia es que las rutas están muy bien señalizadas”. Arces, majuelos, endrinos, zarzamoras y otros muchos arbustos y matas comparten el bosque con los quejigos. Los tramos de mayor espesura dan paso a otros de arbolado más disperso y, en algunos lugares, se abren grandes claros donde crecen, al calor del sol, el brezo, el escobizo y el enebro. Los caminos peatonales se cruzan, de vez en cuando, con los destinados a paseos en bici o a caballo. Por esto es frecuente que algún jinete interrumpa el paseo de los visitantes para deleite de éstos. “¡Qué pelo tan precioso!”, exclama Consuelo.
La hermana de Florencio, Beni García, y su marido, Manuel Bayón, de 55 y 57 años, respectivamente, suelen acompañar al matrimonio en sus paseos por el Anillo Verde. Juntos superan la pequeña cuesta que les acerca un poco más al Cerro de Gometxa. A su paso dejan olmos, hayas, serbales y acebos. Con éstos comparten espacio los arces, avellanos y fresnos que crecen en las orillas de los tímidos arroyos que atraviesan el bosque.
“¡Mira! ¡Un pájaro!”. Manuel levanta la mirada atraído por la llamada del grito de un ave rapaz. Hasta treinta especies de pájaros como jilgueros, pinzones, petirrojos o carboneros animan la estancia en Armentia.
Una vez en la parte alta y final del bosque, los cuatro visitantes se paran un momento a observar el paisaje. Los campos de cultivo protagonizan la estampa. “Ése que se ve es el pueblo de Berroztegieta”, señala Florencio. Y Beni puntualiza: “O como yo lo llamo: el pueblo de los perros. No puedes pasear tranquila por las calles porque parece que en cualquier momento uno de los perros que guardan las casas van a salir a por ti. Los ladridos son insoportables”. Después del pequeño descanso descienden el quejigal por el camino que bordea el bosque, siguiendo la carretera que lleva a Esquível. Aquí la senda es más amplia y el bosque es más abierto, ya que está limpio de arbustos. Las mesas de pic-nic vuelven a aparecer ante ellos y varias familias con niños disfrutan del juego alrededor de la fuente de piedra y su pequeña laguna. El resto del recorrido transcurre por una estrecha carretera, sin apenas tráfico, que les devuelve a la urbanización del pueblo de Armentia.

Basílica de Armentia

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