Si llegas a la capital holandesa en tren, tendrás la suerte de contemplar su inmensa estación de color rojo. El edificio eleva dos torres que soportan un reloj dorado que marca el tiempo a la ciudad. Su arquitectura majestuosa aguanta el ir y venir de los ciudadanos y turista que buscan los secretos de Ámsterdam.
Al salir de las puertas de la estación imaginas que vas a escuchar el ruido ajetreado del tráfico, y a las personas que camina ajetreadas por la calle. Pero, en vez de ello, te sorprendes porque lo que encuentras es una inmensa calle solitaria cuyo silencio sólo se ve roto por el paso del tranvía y la bocina de alguna bicicleta. Nos espera contemplar una ciudad muy curiosa.