En
Agosto de 1940, procedente de un campo de prisioneros de Prusia
Oriental, llegó a la estación de Mauthausen un tren
de transporte de ganado. Al abrirse las puertas de los vagones,
en lugar de animales, cientos de hombres extenuados por el calor,
se precipitaron al andén bajo los gritos de ¡Raus,
raus! (¡fuera!) ¡Schnell, schnell! (¡rápido!)
de los SS. Habían sido tres días de inhumano viaje
en esos abigarrados compartimentos, sin comer, sin beber, a oscuras,
viajando de noche para que la cruel imagen no fuera vista por las
poblaciones, y rodeados de cuerpos inertes por asfixia. A culatazos,
y entre mordiscos de perros alemanes, los 300 pasajeros del tren
de la muerte fueron conducidos a pie por una senda hacia un alcor
en el que se adivinaban unos muros de piedra blanca. No eran judíos,
no eran gitanos, ni tan siquiera alemanes contrarios a Hitler. Eran
españoles. Republicanos españoles. |