Lo
inteligente es perdonar
Autor: Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 13 de marzo de 2005
Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)
Me
conmovieron las palabras de Irene Villa que pude leer recientemente:
"Para poder vivir, lo más inteligente es perdonar".
Al releerlas ahora me siguen conmoviendo, no sólo porque
proceden de alguien que ha perdido las dos piernas en un terrible
atentado terrorista, sino sobre todo porque llegan hasta el
fondo del problema vital del perdón. La fuerza de estas
palabras no radica sólo en que muestran la grandeza de
un corazón capaz de perdonar a sus agresores; su fuerza
estriba -me parece- en su valiente apelación a la inteligencia:
lo más inteligente es perdonar. Como escribió
la Madre Teresa, "el perdón no es un sentimiento,
sino una decisión". El perdón no es sentimentalismo
edulcorado; es una condición indispensable para poder
vivir una vida plenamente humana.
En
contraste con esta afirmación no es difícil ver
a nuestro alrededor muchas personas que hacen del rencor el
doloroso centro de su vida y a veces incluso el principal motor
de su existencia. Cuántos hermanos que no se hablan,
vecinos que no se tratan, matrimonios que se separan entre violentas
recriminaciones. A esas situaciones extremas se llega casi siempre
porque se piensa ingenuamente que no hace falta hablar, que
no hace falta pedir perdón, que el tiempo solucionará
la afrenta. Sin embargo, todos tenemos comprobado que el paso
del tiempo en muchas ocasiones no hace más que enconar
las heridas y ensanchar el resentimiento. Como dice uno de los
personajes de Malcolm Lowry en su novela Bajo el volcán,
"el tiempo es un falso curandero". Lo que hace falta
no es dejar pasar el tiempo, sino aplicar la inteligencia para
limpiar bien la herida, para distinguir entre la agresión
y el agresor, entre la ofensa y la persona que la ha causado,
para descubrir el camino del perdón.En muchos entornos
la reacción casi instintiva ante la agresión -real
o quizá sólo posible- es precaverse construyendo
muros que protejan, delimitando muy bien las responsabilidades,
funciones y competencias de unos y de otros, y arbitrando unos
sistemas públicos de control. Todos tenemos experiencia
de que esta actitud es a la postre del todo insuficiente para
una convivencia humana de calidad, sea en una empresa, en una
comunidad de vecinos o en la sociedad en general. Indudablemente,
hay que ser prudentes y tomar medidas para que no pueda repetirse
la agresión, pero perdonar significa tomar la decisión
inteligente de derribar las vallas para construir puentes que
permitan a los demás acercarse.
La
experiencia humana muestra que mientras se identifica al agresor
con la ofensa, no es posible que cicatrice la herida ni es posible
el perdón. Más aún, si con el tiempo llega
finalmente a cicatrizar la herida, casi siempre queda como secuela
un sordo resentimiento contra el agresor capaz de reabrir la
herida -e incluso de llegar a ensancharla- cada vez que voluntaria
o involuntariamente reviva en la imaginación. Ese rencor
es capaz de llenar la vida de un ser humano incapacitándole
para el perdón. Estas personas -ha escrito J. Christoph
Arnold, autor de El arte perdido de perdonar- "constantemente
defienden su indignación: sienten que el hecho de haber
sido heridas tan profunda y frecuentemente les exime de la obligación
de perdonar, pero son quienes más lo necesitan".
No se trata de olvidar lo ocurrido o de resignarse, sino -prosigue
este autor- "de tomar una decisión consciente de
dejar de odiar, porque el odio no ayuda nunca. Como un cáncer,
el odio se extiende a través del alma hasta destruirla
por completo".
No
puede construirse una vida humana a partir del odio, ni siquiera
a partir del odio hacia quienes contra toda justicia nos hayan
agredido, engañado o defraudado. En el último
libro de Juan Pablo II Memoria e identidad se recoge una conversación
en la que el Papa y su secretario Mons. Dziwisz rememoran la
figura del asesino profesional Alí Agca, que en la tarde
del 13 de mayo de 1981 hirió gravísimamente al
Papa en la Plaza de San Pedro. "Fui testigo -recuerda Mons.
Dziwisz- de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la
cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente
ya en su primera alocución después del atentado.
Por parte del preso nunca le oí pronunciar las palabras
"Pido perdón". Le interesaba únicamente
el secreto de Fátima". Al parecer Alí Agca
no tenía interés alguno en el perdón, sólo
estaba interesado en descubrir cómo era posible que no
le hubiera salido bien el atentado: lo había preparado
muy concienzudamente y, para su sorpresa, la víctima
había escapado de la muerte, quizá gracias a una
fuerza superior a su poder de disparar y de matar. Me parece
que hay algo terriblemente inhumano en esa actitud.
El
filósofo francés André Glucksmann ha recordado
recientemente en una entrevista en La Nación de Buenos
Aires la tragedia clásica de Medea para denunciar las
supuestas razones de los terroristas. Al ser abandonada por
su marido Jasón y separada de sus hijos, Medea planea
una terrible venganza. "Medea se niega a toda negociación;
abre sus heridas en vez de dejarlas cicatrizar. Su dolor se
transforma en un dolor absoluto que le permite el furor absoluto.
Así llega a matar a sus hijos ante los ojos de Jasón
y le explica que si tuviera un tercer hijo en el vientre se
abriría las entrañas para matarlo también,
dándose de esta forma muerte a sí misma. Medea
se transforma en una bomba humana. Al vaciarse de toda humanidad,
el odio a sí misma le permite un odio apocalíptico:
la voluntad de terminar con el universo. Ese es el mecanismo
del odio: el otro no es un blanco por lo que hace, sino por
lo que es. Cuando se odia al otro por lo que es, no hay solución:
hay que hacerlo desaparecer". Séneca es, sin duda,
el gran dramaturgo clásico del odio.
Evocar
a Medea sirve para recordar que no puede crecer una vida humana
a partir de la semilla del odio, pero tampoco puede una sociedad
o un grupo social determinado alimentar su cohesión favoreciendo
el odio al extraño, al extranjero, al inmigrante o a
las demás personas excluidas de la sociedad. Una sociedad
realmente democrática sólo puede construirse donde
hay perdón, donde se olvidan los agravios y se perdona
a los agresores. Perdonar no es sólo acoger con los brazos
abiertos, es también tender puentes que permitan al otro
acercarse. Se dice a veces que somos bestias cuando matamos,
humanos cuando odiamos, pero que en cambio nos acercamos o igualamos
a Dios cuando perdonamos. Lo que aquí he querido decir
es algo bastante distinto: que no sólo somos bestias
cuando matamos, sino también cuando odiamos, y que en
cambio somos realmente humanos al perdonar porque lo realmente
inteligente -tal como decía Irene Villa- es perdonar.
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en esta página Web con autorización del autor.