Hoy
es el día grande de la fiesta. Llevo toda la noche de juerga
con unos americanos muy simpáticos que he conocido y estoy
acabado, pero, como he venido aquí a no perderme nada,
voy a ver la Procesión.
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Después
de recopilar todos los céntimos que tenía en el
bolsillo he conseguido comprarme un café. Tras tomármelo
me he ido a San
Lorenzo a ver la procesión. Cuando me he colocado en
la barrera humana que se había formado, he comenzado a
notar que decenas de ojos se posaban en mí. He bajado la
cabeza y he empezado a repasar mentalmente mi vestuario.
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Pantalones
con los bajos más negros que has visto en tu vida, camiseta
rosa (no me pude cambiar la ropa del Chupinazo), collares de bolitas
de colores, unos pendientes luminosos y en la cabeza un gorro
de paja rosa que me he encontrado en el suelo. No es que fuera
muy elegante, pero tampoco era para que cuchichearan así.
De hecho, ha llegado un momento en el que me he sentido muy incómodo,
sobre todo, cuando la mujer que tenía al lado se ha cambiado
de sitio.
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Por fin ha llegado el momento. Han pasado los gigantes, las autoridades
y luego el Santo y la banda
de música. Los pamploneses han comenzado a echarle piropos,
a tirarle pañuelos de San Fermín y flores. Algunos
incluso se han atrevida a cantar alguna que otra jota mientras pasaba
el paso. |
No
me lo imaginaba así, no me imaginaba el fervor religioso
en estas fiestas, pero sobre todo me ha sorprendido que el Santo
fuera negro, no lo sabía y me ha gustado mucho. Aquí
son originales en todo.
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