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Por
fin estoy en Pamplona. Llevo conduciendo toda la noche y tenía
unas ganas terribles de llegar. Soy de Cáceres
y, aunque he salido de noche, conducir tantas horas en un viejo
Ford
Fiesta sin aire acondicionado es bastante incómodo. |
Son
las nueve de la mañana y lo que necesito es un buen lugar
para aparcar mi coche. Quiero que esté céntrico, pero
que, a la vez, no tenga mucho ruido durante el día ya que
voy a dormir en mi coche. Pregunto a unos chavales que me encuentro
en el camino y me indican un descampado situado en Azpilagaña.
Aparco allí. Saco la mochila del maletero. Un par de pantalones
blancos, cuatro camisetas, ropa interior y una manta para dormir.
Salgo del coche y me pongo la ropa de sanfermines. Cojo un poco
de dinero y me voy hacia la Plaza del Ayuntamiento. ¡Qué
ganas! Me encuentro con una cuadrilla de jóvenes y me quedo
con ellos. Vamos a un supermercado y compramos varias botellas de
vino espumoso y unas cuantas docenas de huevos. De ahí, directamente
a la Plaza
del Ayuntamiento. |
¡Qué
sensación! Toda la Plaza llena
de gente vestida de blanco y rojo. Cantan, bailan y hacen guerra
de huevos. La ropa comienza a ser de todos los colores menos blanca,
pero da igual, nunca había visto algo así. A las doce,
cuando ya apenas podía coger aire para respirar, ha salido
una persona, que no tengo ni idea de quién es, y ha tirado
el Chupinazo. |
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¡Viva
San Fermín! Los corchos del vino espumoso saltaban por los
aires, mientras que el vino se derramaba por encima de las cabezas.
La banda de música ha comenzado a tocar y la gente ha ido
saliendo de la plaza detrás de ellos. Al pasar por las calles
los vecinos tiraban agua desde las ventanas. Cubos y cubos de agua
para todos los jóvenes que les gritábamos desde la
calle. Poco a poco hemos salido a un paseo y hemos desfilado delante
de la gente adulta que nos observaba con una mezcla de envidia y
reprobación. Estoy empapado, rosa y con unas ganas increíbles
de seguir viviendo estas fiestas. |
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