Éramos unos auténticos superficiales. Sólo preocupados por el aspecto, el dinero, la fama. Ni siquiera parecíamos querernos. Éramos simples complementos el uno del otro. Por eso Magritte nos castigó, cubriéndonos el rostro con una sábana blanca interminable, imposible de quitar de nuestras cabezas.

 

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