Si alguna vez existió alguna pasión en Roger Finley, ésta fue la de la lectura. A sus cincuenta años Roger se había convertido en un hombre solitario y reservado. Enamorado de sus libros, sólo vivía para ellos. Leía constantemente. Leía en su estudio, leía en la cama, leía entre plato y plato... y de vez en cuando también lo hacía de noche, al aire libre, a la luz de la luna.

Roger se aislaba cada vez más, ausentándose de casa durante largas horas para sumergirse en sus lecturas, hasta que un día no regresó. Nadie se preocupó en exceso, salvo su sobrino Dean, que vivía con él.

Tras su desaparición, le dieron por fallecido y enterraron un ataúd en el cementerio de la pequeña localidad de Zänsburg, bajo una lápida con su nombre. Lo único que quedó de él fue la biblioteca de su estudio, que su sobrino Dean conservó como si fuera un tesoro.