|
Hola Isabel, ¿qué tal va todo? Supongo que has notado
que no te he llamado desde que discutimos el otro día. Lo
siento. Estoy encerrado en mi casa y no puedo salir de aquí.
Eres mi única esperanza. Nadie escucha mis lamentos. Te echo
de menos. ¿Por qué no vienes a salvarme? Te necesito.
Si estuvieras aquí no me sentiría solo.
Siento lo que pasó la otra tarde. Tenías razón,
tengo que ir al médico, te lo prometo: en cuanto salga de
aquí, iré. Pero antes tendrás que venir a ayudarme,
Isa, porque solo no puedo hacerlo. ¿Recuerdas las vacaciones
de hace dos veranos? Estuvimos cinco días en aquella tienda
de campaña y no sentíamos claustrofobia ni miedo.
Ahora me estoy ahogando. Si vinieras a hacerme compañía
todo sería diferente: charlaríamos y nos reiríamos,
y cuando ya no supiéramos de qué hablar, nos acurrucaríamos
en un rincón a dormir abrazados. Pero aquí estoy solo.
No te tengo y no aguanto más esta situación. Ven a
rescatarme, por favor. Necesito verte y abrazarte, sentir que tu
amor es tan grande como siempre. ¿Sabes qué se me
acaba de ocurrir? Cuando todo esto termine, quiero que nos vayamos
a algún sitio de vacaciones. Los dos solos, así nos
alejaremos de todo esto y seremos muy felices. Ya pensaremos algo,
¿vale?
No tardes. Te espero. Te quiero, Isa.
|