
Atenas. Aproximadamente el año 500 a. de C. Dos
griegos meditabundos en el centro de un enorme anfiteatro vacío.
Crepúsculo. Uno es ACTOR; el otro, el AUTOR. Ambos
están pensativos y desconcertados. Deberían ser
interpretados por dos payasos buenos y vulgares
ACTOR:
Nada
sencillamente nada
AUTOR: ¿Qué?
ACTOR: No tiene sentido.
Es vacío.
AUTOR: El final.
ACTOR: Naturalmente.
¿Qué estamos discutiendo? Estamos
discutiendo el final.
AUTOR: Siempre estamos
discutiendo el final.
ACTOR: Porque es
imposible.
AUTOR: Reconozco que es
poco satisfactorio.
ACTOR: ¿¡Poco
satisfactorio!? Ni siquiera resulta creíble. Cuando
se escribe una obra el truco está en empezar por el final.
Se busca un final sólido y bueno, y luego se escribe hacia atrás.
AUTOR: Ya intenté eso.
Me salió una obra que no tenía principio.
ACTOR: Eso es absurdo.
AUTOR: ¿Absurdo? ¿Qué
es absurdo?
ACTOR: Toda obra ha de
tener un principio, un centro y un final.
AUTOR: ¿Por qué?
ACTOR: Porque todo en la
naturaleza posee un principio, un centro y un final.
AUTOR: ¿Y un círculo?
ACTOR: Esta bien
Un círculo no
tiene principio, centro, ni final
pero tampoco tiene nada
de gracioso.
AUTOR: Diabetes, piensa
un final. Estrenamos dentro de tres días.
ACTOR: Yo no.
No voy a estrenar este rábano. Tengo una reputación como
actor, unos seguidores
Mi público espera verme en algo
digno de mí.
AUTOR: Me permito
recordarte que eres un actor hambriento y sin trabajo, a quien
generosamente consiento que salga en mi obra para apoyar su
reaparición.
ACTOR: Hambriento, sí
sin trabajo, quizá
Que busca una reaparición, tal vez
pero, ¿borracho?
AUTOR: Yo no he dicho que
fueras un borracho
ACTOR: No, pero también
soy un borracho