ZETA
No, no es uno de los cortos que George Lucas pudo hacer en su infancia, y no tiene nada que ver con los famosetes Peta-Zeta que te metías en la boca como sustitutivo de la heroína (lo digo por la sensación de conquista que produce). No. Más bien es como me llaman algunos de mis amigos; y recalco algunos, pues no todos lo utilizan. Los amigos están para eso, para llamarte, sobre todo, por teléfono.
- Hey Zeta, ¿qué hay?
Preguntan.
- Mmm.
Respondes aún con la resaca del día anterior.
- Hay botellón en el piso de Josu a las 22:00. ¿Vendrás?
También están para hacerte disfrutar de sus días perfectos con Lou Reed de fondo.
- He cortado con Susana. (Pausa). Que se joda. (Pausa y trago). Y me llama paranoico, ¡Ella! (Pausa). De todas formas no hacía más que molestar. (Pausa y trago) Para qué necesito yo a esa tía. (Trago) ¿Qué hago? (Pausa, trago)
Ése es el instante en el que tú debes encaminar las cosas hacia su norte.
- Ya. (Pausa). Qué putada. (Trago sin pausa)
Aunque quién sabe dónde está el norte. Quizás yo difiera en muchas cosas de mis amigos, pero sobre todo estoy seguro que ninguno de ellos ve a su madre como yo veo a la mía. Más bien intento verla en todas partes. Busco rasgos de mi madre en todas las chicas que conozco. Mi madre y yo tenemos un carácter bastante parecido. Quizás, después de todo, cuando conocemos a una chica que nos atrae de primeras (es decir, el amor a primera vista, que te ahorra mucho) lo que hacemos es indagar en ella a ver si Zeta tiene realmente su lado femenino.
Desde un primer momento fui cautivado por las imágenes del cine, y pensaba que tarde o temprano todos acabaríamos viviendo una de esas historias atrapados tras una cortina. Pero, por fortuna o por faena, yo ya no soy aquél. Aquél terminó en el momento en que los demás se entrometieron en su vida. Y le convirtieron en otro.
A partir de ese momento te introduces en una especie de rutina multitudinaria, el pesimismo empieza a asolarte en cada rincón que visitas y te evades esperando el momento de poder elegir tu marca de televisor, te planteas si beber Coca-Cola normal, en 2 litros, light, sin cafeína o en botellín de plástico o si usar la compresa alada con la mitad de grosor y el doble de absorción. Tu mira telescópica capta al mismo tiempo imágenes de Ana Obregón retransmitiendo las doce campanadas con Ramón García, ¿o era Davor Suker? Y secuencias de una madre etíope con tifus buscando el cadáver de su bebé dentro de una fosa común, ¿o era la botella de Pepsi lo que buscaba? Más tarde entra en tu casa alguien a quien nunca has aguantado con Trainspotting bajo el brazo. Así que por la noche pruebas tu primer chute en busca de un papel de extra en la próxima película de Almodóvar.
De pronto, sin previo aviso, los momentos "felices" empiezan a bombardearte en pequeñas dosis. El Athletic gana la Champions League. Te enrollas con tu amor platónico. Amenábar vuelve a ganar el goya. Sin duda, Aquél está cambiando, y él lo sabe, consigue desembarazarse de muchos de los intrusos que habían abordado su vida y rescata gran parte de su verdadera identidad.
Y se da cuenta de que el cine español (en especial el vasco) no es tan malo como lo pintaban. Y si el cine español no era tan malo, ¿qué será del italiano, o del francés o del jamaicano? Y un frustado, o pringao, que se quedó sin pisar la escuela de bellas artes de Lejona empieza a darse cuenta que lo que está estudiando en Pamplona no se aleja tanto del concepto de arte (total por supuesto), pero como bien dijo el bueno de De la Rica: sin mayúscula inicial, para no hacerlo inalcanzable; puesto que por muchas lunas que podamos pinchar con banderitas, hombres mortales seguimos siendo, aunque algunos algo más por aquello de que somos de Bilbao.
BaSTeRMaN