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Tanto la vid como el vino son conocidos desde antiguo
por sus propiedades beneficiosas para el organismo y existen testimonios
que datan de miles de años que así lo demuestran.
Pero no fue hasta los años 90, cuando La Paradoja
Francesa marcó un hito al evidenciar científicamente
la menor incidencia de enfermedades cardiovasculares en Francia
respecto a los países del Norte de Europa y los Estados Unidos
( todas ellas poblaciones con dietas muy ricas en colesterol y ácidos
grasos saturados como la mantequilla). Así, se dedujo que
los franceses tenían algún elemento diferencial en
su dieta que ejercía un efecto fisiológico cardioprotector:
el vino.
El vino contiene sustancias fenólicas (presentes en la piel
de la uva y en las semillas) en distinta concentración según
la variedad de la uva y otros muchos factores, aunque es la vid
roja, cuando está a punto de secarse y adquiere ese color
rojizo, la que contiene mayor cantidad de flavonoides.
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