
Javier Aranguen es profesor de Filosofía en el Colegio Gaztelueta (Vizcaya) y antes fue Profesor en la Universidad de Navarra. Intelectual atento a la realidad, conversador infatigable, es un conferenciante de prestigio sobre temas de educación y antropología, y ha publicado numerosos libros, tanto estudios especializados, como manuales y ensayos.
Te recomendamos la lectura de algunos de sus libros:
• Los paraisos perdidos, Madrid, 2006
• Lo que pesa el humo, Madrid, 2001
• ¿Puedo estar seguro de algo?, Madrid, 1998
• Antropología filosófica. Una reflexión acerca del carácter excéntrico de lo humano, Madrid, 2004
• Fundamentos de Antropología. Un ideal de la existencia humana, Pamplona, 2003.
Y de sus artículos:
• "De hamburguesas y de amigos. (Sobre el sentimiento globalizado de amistad)"
• "Pero, ¿por qué buscamos? (Reflexiones acerca de la figura del héroe)"
• "Acerca de los ¿nuevos? mitos"
En la VII Jornada de Introducción a la Filosofía de la Universidad de Navarra pronunció la conferencia "Universitarios humanistas", que recogemos a continuación. [Texto en PDF]
17 de abril de 2010, Universidad de Navarra
Siempre es un placer venir a Pamplona, pues en cada estancia me torna la sensación de estar en casa. Con frecuencia, a la universidad en que uno ha estudiado se le da el nombre de ‘alma mater’ (la madre de la propia alma, el lugar donde uno ha empezado a ser quien es), en una expresión quizás un poco antigua. Pero que sea algo antiguo no importa, porque la idea de ‘antiguo’ (de ‘solera’) pertenece por definición a la institución universitaria, que siempre quiere algún edificio de piedra, salones de representación, trajes académicos más allá de las modas, el himno ‘Gaudeamus’ en latín, la deferencia hacia el catedrático (que, si todo va bien, será más por ser maestro que por ser autoridad) y, por encima de todo, la búsqueda del saber, de la verdad, del conocimiento.
Buscar la verdad es algo que tiene que ver con lo antiguo. ¿Por qué? Porque la formación que se ofrece en una universidad tiene que ser por principio independiente a modas, a imposiciones políticas o sociales, a intereses de partido o de oportunidad. Lo indicaba Spaemann al inicio de uno de sus libros: “Este ensayo de ética no contiene –así lo espero– nada fundamentalmente nuevo. Tratándose de cuestiones acerca de la vida recta, sólo lo falso podría ser realmente nuevo” (“Felicidad y benevolencia”, p. 25). La novedad no es una categoría significativa ni en filosofía ni en el mundo del conocimiento. En todo caso es útil para el entretenimiento (a Jack Bauer le tienen que ocurrir siempre peligros nuevos, sino nadie seguiría ’24’). En este sentido, se podría decir que la Universidad está por vocación fuera del tiempo, o por lo menos, fuera de la inmediatez, de la imposición de lo políticamente correcto, de lo que sale en la tele, de lo que se dice en el tablón de anuncios de Facebook.
O al menos esto sería la pretensión fundacional de esta institución. Por eso ella constituía un lugar peligroso para los Estados Totalitarios: donde dos, tres o más se reúnen para hablar con libertad sobre cualquier asunto (la libertad incluye también el tiempo: los problemas de agenda son para empresarios y políticos, no para estudiantes o maestros) no hay control que valga, a no ser que se pase a manipular o prostituir la misma institución, en cuyo caso conservará el nombre (Universidad) pero habrá perdido su esencia.
Recuerdo una viñeta de Forges. Supongo que de los últimos tiempos del franquismo o los primeros de la transición (entonces yo sólo era un niño). Un hombre, el típico burócrata de traje gris, temblaba en la marquesina donde esperaba un autobús pues a su lado se encontraba un joven, chaqueta de pana y bufanda al cuello, y para su interior se decía: “¡Cuidado, Pepe, un estudiante!”. Supongo que el tal Pepe compartiría conmigo lo que acabo de decir, aunque a él quizás no acabara de gustarle: es en la Universidad, en los denominados ‘estudios superiores’ donde la juventud alcanza las herramientas necesarias para pensar, decir y hablar por su cuenta, desde sí misma, más allá de las imposiciones del grupo o la tribu urbana, más allá de las modas o del programa de Ana Rosa.
Al menos esa es la sensación que viene a mi memoria si rememoro mi entrada en el mundo universitario. Han pasado ya 23 años, de modo que quizás va siendo hora de que narre ese encuentro con cierto toque nostálgico, pues ya he vivido más del doble de la vida que tenía entonces.
Mi caso era curioso, como lo es siempre en la vocación de un humanista. Venía de un colegio de Madrid en el que la casi totalidad de mis compañeros serían abogados, economistas o ingenieros (Icade, Cunef y Complutense eran los nombres que más se escuchaban). Encima yo era de los buenos expedientes, y supongo que podría haber aspirado a realizar al menos los mismos estudios que mis amigos. Pero cierto gusanillo venía comiéndome la moral desde un tiempo antes. Toda mi infancia había transcurrido cerca de los libros: mañanas de sábado en la cama (habitación de tres hermanos), con la persiana entornada, pasando páginas bajo la clara luz de la Capital; algún breve y flojo intento de escribir; una gran atracción hacia la historia, el arte, algo la filosofía, muy poco el derecho, nada la matemática; la desazón que me causaba el convencimiento de que terminaría siendo un jurista y que solo en mis ratos libres me dedicaría a lo que me gustaba de veras hasta que un día, así, de sopetón, les comuniqué a mis padres mi decisión (supongo que todavía no inamovible, que tenía 16 años) de estudiar filosofía.
– ¿Y algo más de lo que comas? –me aconsejó pragmática mi madre. Mi padre permaneció en silencio, preocupado, supongo que diciéndose “¡Qué hijo!”.
Digamos, en breve, que me busqué algunos medios económicos (a base de llamar a distintas puertas siempre es factible que algo salga) y me aventuré en un camino que no tenía demasiado claro dónde podría conducirme. No puedo decir que fuera ya un profundo lector de filosofía. En absoluto: los textos de lo que llamaban COU, un par de libros que me prestó un amigo, y nada más. En realidad me llevó un tiempo descubrir que lo que sí tenía dentro era, llamémoslo así, la “presencia de lo perentorio”, un–no– sé–qué que me hacía ver que lo mío iba por ahí, por lo más raro.
Más tarde pude leer, en unos consejos de Rilke a un joven poeta, una referencia a lo que yo había vivido. No son sus palabras, sino lo que recuerdo todavía de ellas: “¿Que qué tiene que hacer para escribir?, ¿que cuándo ha llegado el momento de hacerlo? Muy sencillo, limítese a preguntarse, ¿qué pasaría si no escribiera?, ¿me moriría? Si la respuesta es afirmativa, entonces ha llegado el momento de escribir”.
Creo que eso es lo que me pasó a mí. Por lo menos, hoy en día lo sigo considerando la principal causa de mis estudios de humanidades: ¿que podría haber hecho si no? Técnicamente casi todo (bueno, no me veo ni de ingeniero ni de arquitecto, por incapacidad numérica y espacial), pero realmente solo me veía dedicando los mejores años de mi vida (que luego resulta que tampoco fueronesos, pues los de ahora mismo resultan extraordinarios, como aquellos lo fueron a su modo) a algo tan hermoso, desinteresado, artístico, absoluto, original, distinto, propio, verosímil y atractivo como la filosofía.
Bueno, quizás entonces no sería capaz de decir tanto, más teniendo en cuenta que –como he dicho– mi experiencia filosófica era nula. Pero la intuición tiene su peso en esta vida, y aunque no he triunfado en lo económico (digamos que de eso, lo normal) sí que puedo responder con una sonrisa a mis alumnos cuando me echan en cara que no hay derecho, “a usted le pagan por hacer lo que le gusta”, pues no les falta razón.
Al llegar a la universidad, a esta Universidad de Navarra, me encontré con un Campus algo más pequeño que el actual: faltaba la Biblioteca, Comunicación, Derecho, el Cima, media Clínica. El Edificio Central, ahora más dedicado a tareas administrativas, refugiaba a los 500 alumnos de 1º de Derecho. Nosotros, los filósofos, éramos 30, más algunas personas que aparecían en algunas asignaturas, aunque compartíamos dos materias con Pedagogía, que eran más de cien. Entre esos treinta conformé algunas de las amistades que marcan a lo largo de la vida. La razón ya la he señalado: nuestra relación se basaba en intereses comunes, que además coincidían en ser más o menos elevados. Un nutrido grupo de mis compañeros se entusiasmó con la lógica formal (nunca dejará de asombrarme lo variado que es el ser humano) y se pusieron mano con mano con el profesor Ángel d’Ors a leer a lógicos medievales o contemporáneos, desde Buridán a Frege. A lo tonto, el más listo (Manolo), acabó haciendo una tesis doctoral en Silicon Valley, CA, sobre lógica metacomputacional (no sé qué es eso), y es director ejecutivo de un Centro de Investigación en ‘software’ de la Comunidad de Madrid con presupuesto millonario.
Otros teníamos una visión más cultural e inmediata de la filosofía y de la vida. Enseguida un pequeño grupo comenzó el desarrollo de actividades de tipo poético (con esas posturas que únicamente pueden adoptarse en la juventud: buscar un bar donde poder declamar tranquilos, editar una revista de poesía sin publicidad con papel de calidad y cara, alguno incluso se atrevió a transformar su nombre añadiéndole las iniciales de su poeta favorito…).
Yo, como he hecho casi siempre en la vida, miraba las cosas desde el margen, al tiempo que procuraba dedicar lo máximo de mi energía a la lectura, al estudio, la formación y a conversar. Por primera vez en mi vida me encontraba en un ambiente lleno de gente con la que poder hablar, de la que poder hablar, a la que poder hablar. No llegué al extremo de aquel amigo, Nacho, estudiante de filología, que un día abordó a nuestro admirado Miguel d’Ors (poeta, hermano del profesor de lógica, y que vivía en Granada pero venía mucho a esta su casa) y le dijo: “No sé si hacer la tesis doctoral con usted, o sobre usted”, pues en la lectura de esos poemas había encontrado razones suficientes para vivir (“pues no tengo otro oficio, que ya solo en amar es mi ejercicio”).
¿Se entiende el ambiente en que vivíamos? Quizás no muy conscientes del futuro, porque el presente resultaba lo suficientemente intenso como para dejar de lado por un tiempo lo urgente y centrarnos tan solo en lo importante. Quizás esto se entienda mejor si hablo de nuestra relación con los profesores. El momento mágico tenía lugar los sábados por la mañana (no importaba el horario, desde que te incorporabas al Campus –y más si vivías en él, como era mi caso– todo era universidad). Los sábados, decía, era el momento agradable de la ‘caza al profesor’: muchos de ellos se encontraban en el despacho disponibles, a la espera de quien quisiera estar con ellos. Y ante la figura de un alumno de primero, inseguro pero que iba de seguro, desplegaban una paciencia infinita para resolver dudas, aconsejar lecturas, centrar un poco la estrategia del partido (“Haz esto con latín, dedica un poco más a lo otro, de tal cosa olvídate”) y entablar fluidos debates sobre las cuestiones más azarosas supongo que se hayan planteado en los despachos del entonces llamado ‘Pasillo Filosófico’.
La paciencia de Alejandro Llano en esas conversaciones era infinita, la cercanía de Gorka Vicente completa, quien se dispuso (como también haría al año siguiente Rafael Alvira) a organizar un seminario para aquellos alumnos que queríamos más que las clases. Discutir sobre la muerte, leer el ‘Fedro’ de Platón de la mano de Alvira, ¿qué más se puede pedir a la vida con 19 años? De esas conversaciones recuerdo dos consejos que me han servido siempre desde entonces.
El primero, de Alejandro Llano, más o menos se podía formular así: “Sal de ti mismo. Si quieres ser un buen filósofo, que los demás sean el centro de tu mundo”. Supongo que de ahí viene mi querencia hacia el término ‘excentricidad’.
El segundo fue de Gorka:
–“Apoya tus pies sobre un suelo firme, y a partir de ahí podrás conocerlo todo”.
–“¿Y qué suelo crees que debería ser ese?”, le inquiría yo.
–“No lo dudes: Platón y Tomás de Aquino. Y léelos ahora, porque más adelante ya verás cómo no encuentras el tiempo”.
Y tenía razón en las dos cosas: Platón y Santo Tomás, “¡qué caña!”. Por otro lado: el tiempo se encuentra al principio. Luego, según se crece, lo importante va siendo tapado por lo urgente, y te urge más llegar a tiempo a la entrega de la corrección de un examen que contemplar las verdades eternas más allá de los estrechos muros de la caverna.
Gorka también me aconsejó, junto con don Antonio Ruiz Retegui, la lectura de alguno de los libros que han sido importantes en mi vida. Uno de ellos, que cito por la referencia explícita a la vida universitaria durante la primera parte de su trama, fue “Retorno a Brideshead”, de Evelyn Waugh. Se cuenta en esa novela el deslumbramiento que produce en el protagonista, Charles Ryder, el encuentro con la familia Flyte, nobles millonarios y católicos en la Inglaterra de entre guerras. Ryder coincide en Oxford con Sebastian, el menor de los Flyte, un joven frívolo que vive de fiesta en fiesta, sin asistir a las lecciones, y que acabará teniendo que abandonar las aulas por falta de aprovechamiento, ya con un problema de alcoholismo y de falta de carácter más que grave.
La vida en Oxford es, en la novela y en mi imaginación, la Arcadia. Es decir, ese lugar fantástico donde todo resultaba equilibrado y hermoso, el lugar que no pasa, el espacio del diálogo infinito en el que basta estarse para ser. Pero el mayor problema de esa Arcadia es que los que la habitan no se dan cuenta de su carácter radicalmente fugaz. Por eso, para recordárselo a sí mismo, y a nosotros sus lectores, Sebastian guarda en su habitación una calavera humana en la que está grabada la expresión latina ‘Et in Arcadia ego…’, que podría traducirse como “y yo también estoy en la Arcadia”, siendo ese ‘yo’ la misma muerte.
La lectura de ‘Brideshead’ cambió en algunos de nosotros el modo de entender las cosas. Desde un punto de vista superficial, los hubo que empezaron a vestir chaqueta de tweed y a rechazar todo consumo alcohólico que no tuviera caldos de calidad (algo así como una reedición de ‘El banquete’ platónico). Desde un punto de vista más profundo, porque nos dimos cuenta del carácter fugaz de los asuntos humanos, y de que por tanto solo cabían dos opciones:
a) la primera, la actitud estúpida de quien no quiere verlo, y vive en la dimensión estética y juguetona del consumismo y una sobria irracionalidad (y cambia la vida propia e intensa por las vidas ajenas y memas que le oferta la televisión, por ejemplo; o el ser por el tener, y el triunfo como ser humano por la apariencia de triunfo en colecciones de coches, ropas y relojes);
b) la segunda, la actitud audaz de quien se decide a no hacer nada que no sea lo mejor, y siempre, sea cual sea la presión del ambiente que le rodea, la pequeñez de su entorno, la pobreza de ideas de la sociedad en la que le ha tocado vivir.
Nos ocurrió una experiencia similar a lo que narra Jenofonte cuando pone lo siguiente en boca de Sócrates: «Como lo son de otros un buen caballo, o un perro, o un ave, mucho más me deleito yo en tener buenos amigos; y, si algo bueno poseo, lo enseño y lo pongo a disposición de los que yo creo podrán aprovecharse de ello para la virtud. Y en cuanto a los tesoros que los antiguos varones sabios nos dejaron en sus libros, los despliego y recorro con mis amigos. Y, si algo bueno encontramos, lo recogemos cuidadosamente y tenemos por gran provecho sernos útiles unos a otros». Solo queríamos leer, discutir, dialogar, recorrer de un extremo a otro el Campus en una permanente actitud peripatética, porque nos dábamos cuenta de que nuestra Arcadia, nuestra Atenas, se encontraba en Pamplona y, lamentablemente, no duraría siempre.
Habla Shakespeare, poniéndolo en boca de Enrique V, de “esos felices y pocos hombres, esta banda de hermanos” que se aprestan a participar en la batalla de San Quintín, la que casi con seguridad les proporcionará la muerte, y de la que no se cambiarían por nadie pues “los caballeros que permanecen ahora en el lecho en Inglaterra, se considerarán como malditos por no haber estado aquí, y tendrán su nobleza como algo despreciable”. La vocación del humanista no es tan dramática, pero algo de ese ideal sí que tiene. Encima cuenta con salidas profesionales variadas, algunas estrechamente ligadas con lo que se ha visto en el aula (la docencia, la investigación, fundaciones, etc.), otras tan variadas como la totalidad del mercado laboral. Por poner algún ejemplo, en mi promoción tenemos una que trabaja en finanzas, otra ejecutiva de Zara, una funcionaria del Ministerio de Educación que reparte becas para alumnos de bachillerato, un director de sucursal bancaria, otro que montó una agencia de viajes por internet después de hacer un Master en Dirección de Empresas, varios somos profesores, universitarios o de enseñanzas medias, hay un actor de teatro, dos sacerdotes y uno, Vicente, que falleció joven en Guatemala mientras colaboraba en programas de desarrollo educativo entre los indígenas de ese país.
Dicho de otro modo: todos estudiamos lo mismo y cada uno nos hemos dedicado a lo que nos gustaba. Y antes de eso compartimos un tiempo juntos, un tiempo de estudio y conversación acerca de temas altamente significativos, que no cambiaríamos por nada. Vivir bien, disfrutar con lo que haces, labrar un futuro en el que puede ir incluida la posibilidad de dedicarse a educar, descubrir lo interesante y fundar tus amistades en esos temas interesantes y no en banalidades. Eso, en estos ‘tiempos de oscuridad’, hace de la dedicación a las Humanidades una urgencia, un bien necesario.
Nuestra pregunta guía puede haber sido “¿por qué estudiar humanidades?, ¿qué aporta eso a mi educación?”. La respuesta principal era “porque no puedo hacer otra cosa, sin esto me moriría”. Pero ni siquiera esta es la más importante. La razón ya nos la propuso Platón en su añeja alegoría de la Caverna: hay que optar, entre permanecer atado al fondo de un agujero que no se sabe ni siquiera que es un agujero, o levantar el vuelo (esa segunda navegación) que nos permita ver la realidad por nosotros mismos y, en consecuencia, pensar por nosotros mismos.
Me sirven para eso dos textos, recogidos ambos en las reflexiones de Alejandro Llano sobre el papel de la universidad. El primero es, precisamente, de un rector de Oxford, que ya defendía las Humanidades de sus crisis en torno a 1870. El segundo, de Fernando Inciarte, un maestro, y un gran hablador.
«Los abogados de la cultura profesional se sonreirán cuando les digamos que la facultad que deseamos estimular en nuestros alumnos es sencillamente la de hablar correcto inglés, sin multa ni retribución, en la conversación ordinaria. Se sonreirán si insistimos en ello, pero en realidad no es asunto tan trivial como imaginan. Mirad en las chozas de los salvajes y ved, dado que poco puede escucharse en ellas, el triste espacio vacío de sus estúpidas horas de silencio. Han acabado sus invocaciones profesionales de guerra y caza, y sin nada más que hacer, nada tienen que decir». Por el contrario, «uno de los mejores interlocutores es el hombre que a la precisión y detalle de una profesión ha unido la familiaridad ágil con un saber variado, del que ha sabido asimilar un espíritu de observación general». ¿Por qué estudiar Humanidades? Para tener algo que decir, para no ser un títere en manos de las corrientes de poder o del grupo, para hablar desde uno mismo y poder pensar por uno mismo. Basta con asomarse un poco al desolador panorama de nuestra televisión para darse rápida cuenta de quién ha escogido la mejor de las partes.
Inciarte reflexionaba sobre lo que aportan las Humanidades en estos términos: «No mucho, pero algo. (...) Apenas nada. ‘Apenas’, porque en el fondo lo único que iban a aprender era sólo esto: que cuando los demás, la gente –en cualquier circunstancia de la vida (política o como fuera)– se pusieran a hablar, ellos habrían aprendido por lo menos a discernir si aquellas personas tenían algo que decir o no tenían nada que decir”. Y concluía modestamente: “después de todo, es lo más importante que se puede aprender en la vida, o para la vida».
Humanidades para tener algo que decir y para saber si los demás realmente me están diciendo algo: para evitar la manipulación, señalar con claridad a los reyes que estén desnudos, para no aceptar algo por la simple razón de que sea la ‘posición oficial’ o la decidida por la mayoría democrática, sino únicamente porque es verdad.
Son muchos otros los que coinciden con estas dos ideas. Derrick describe al estudiante de inquietudes humanistas con una sola frase: “será alguien con el que valga la pena hablar”. Y por eso mismo propone una serie de actitudes básicas: los estudios humanísticos son aquellos que se consideran interesantes de emprender por sí mismos, y que se pueden estropear o corromper si se toman por un motivo diferente.
Al universitario lo que le mueve es la convicción profunda de lo deseable que resulta ser una mujer o un hombre así: abierto al diálogo y crítico con lo que dicen los demás, capaz de distanciarse y de apreciar a los que de verdad tienen algo que aportar. Al menos eso es lo que yo me encontré en este Campus en 1987 y es lo que hoy, pasados ya 23 años, todavía sigo agradeciendo.