La filósofa británica Elizabeth Anscombe(1919-2001) es una de las figuras más importantes de la filosofía anglosajona del siglo XX. Estudió en la Universidad de Oxford y, en 1970, pasó a ocupar la Cátedra de Filosofía de Cambridge. Fue discípula predilecta y albacea testamentaria de Ludwig Wittgenstein (uno de los filósofos más influyentes en la filosofía del pasado siglo). Entre sus obras destacan Intention (1957) y los tres volúmenes de Collected Philosophical Papers (1982), que son buena muestra de la amplitud de sus intereses filosóficos y del rigor que le caracterizaron. Pensadora original y atenta a la realidad, participó activamente en los principales debates éticos y políticos de su tiempo. Fue profesora visitante en varias universidades, recibió numerosos premios y distinciones, entre ellos el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Navarra en 1989.
Pudo acompañar en sus últimos momentos a su maestro, Ludwig Wittgenstein. A punto de morir, éste le confesó: "Beth, he amado la verdad". Pero, temiendo que interpretara mal su afirmación añadió: "No quiero decir, cuando digo esto, que tenga la verdad".
A continuación encontrarás una semblanza de esta singular filósofa en la que se muestra cómo entendia ella que la filosofía consiste en orientar la propia vida hacia la búsqueda de la verdad. El texto se encuentra en un libro, editado en la Universidad de Navarra, que recoge las conferencias que, a lo largo de los años, Anscombe pronunció en nuestra Universidad.
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No es habitual encontrar un quehacer filosófico tan interesante como el que Elizabeth Anscombe desarrolló a lo largo de su vida. Tras su muerte, en 2001, son muchos los que la han reconocido como uno de los filósofos imprescindibles de la segunda mitad del siglo xx. Imprescindible no sólo por su imponente trabajo en la edición del legado de Ludwig Wittgenstein, sino principalmente por su contribución personal al desarrollo de la filosofía contemporánea.
Elizabeth Anscombe será recordada por su libro de 1957 Intention, que es considerado como el documento fundacional de la filosofía contemporánea de la acción —y del que Donald Davidson ha afirmado, tal vez con cierta exageración, que es “lo más importante que se ha dicho sobre la acción desde Aristóteles”—, su monografía de 1959 An Introduction to Wittgenstein's Tractatus y por muchos de los artículos compilados en sus tres volúmenes de Collected Philosophical Papers de 1981, que tuvieron un singular impacto en los círculos académicos. Entre ellos merece especial mención su trabajo “Modern Moral Philosophy” de 1958 —que aparece aquí por primera vez en traducción castellana—, puesto que jugó un papel muy significativo en la renovación del interés contemporáneo en la noción aristotélica de las virtudes y en la investigación sobre filosofía de lo mental.
El número de obituarios y artículos aparecidos tras la muerte de la profesora Anscombe, ponen de manifiesto lo relevante de su figura y pensamiento. También recientemente, el Royal Institute of Philosophy (Londres) ha dedicado su Annual Lecture Series del curso 2002-2003 precisamente al tema “Modern Moral Philosophy” en referencia a los debates suscitados por los escritos de Anscombe, en el que han intervenido filósofos como Joseph Raz, Philippa Foot, Anselm Müller, Michael Thompson, Onora O’Neil o Gavin Lawrence.
Elizabeth Anscombe estudió en Sydenham School y se graduó en St. Hugh's College (Oxford). En 1942 conoció a Wittgenstein en Cambridge y pronto se convirtió en uno de sus más fieles discípulos. Cuando en 1946-47 fue nombrada Research Fellow en Sommerville College (Oxford), Anscombe viajaba todas las semanas a Cambridge para asistir a las clases de Wittgenstein. Hasta 1951 colaboró con él en la preparación de las Investigaciones Filosóficas y, tras su muerte, emprendió junto con G. H. von Wright y Rush Rees la tarea de traducir y editar el legado póstumo. Entre 1970 y 1986, año en que se jubiló, estuvo ocupando la cátedra de filosofía de Cambridge.
De Wittgenstein, Anscombe heredó fundamentalmente el talante filosófico y un nuevo modo de abordar los problemas tradicionales de la filosofía. A lo largo de los años que pasó con él aprendió el valor del diálogo y la discusión, además del lugar que tiene el error en el camino hacia la verdad. Wittgenstein insistía con frecuencia en que no se debe tener miedo al error, porque equivocarse es el primer paso para poder rectificar. A propósito de esta idea, Philippa Foot recuerda el seminario del año 1947 en Oxford, al que invitaron a Wittgenstein. En él, uno de los asistentes comenzó a intervenir pero, al darse cuenta de que se iba a equivocar, se calló e intentó cambiar de tema. En ese instante, Wittgenstein interrumpió con fuerza y le pidió que no se callara lo que iba a decir, porque los pensamientos equivocados también son importantes, en la medida en que, desprendiéndonos del lastre del error, podemos llegar más lejos.
La amistad y el trato con Wittgenstein influyeron de modo decisivo en el estilo filosófico de Anscombe. Sin embargo, ella no compartía todas las opiniones de su maestro e, incluso, le criticó en algunos puntos y propuso suspropias soluciones. Peter Geach señala a este respecto que “tanto Elizabeth como yo nos habíamos esforzado en comprender el pensamiento de otros grandes filósofos antes de encontrarnos con Wittgenstein. Pienso que algunas personas fueron dañadas por Wittgenstein porque no habían hecho lo mismo que nosotros antes de conocerle; era como si no hubieran visto nunca antes una gran montaña y ahora estuvieran tan pegadas a una que el resto de montañas les resultaran invisibles”.
En cuanto profesora, Anscombe era tan admirada como temida, especialmente a la hora de las tutorías, porque nadie sabía qué podía suceder. Rosalind Hursthouse —en la actualidad profesora de la Open University— recuerda que cuando entraba en la habitación, entregaba a Anscombe el ensayo que había redactado y que, tras leerlo, le hacía algunas preguntas. A continuación, surgía una discusión que podía durar hasta tres o cuatro horas durante las cuales Anscombe se paraba con frecuencia a pensar por largo rato, prácticamente como si se hubiera olvidad de que su alumna seguía allí. Otra de las estudiantes de Anscombe, Jenny Teichman —ahora en New Hall College, Cambridge—, en cierta le presentó ocasión un ensayo que ella personalmente consideraba muy bueno. Anscombe lo leyó en voz alta y, al terminar, “se levantó de la silla, caminó por la habitación, se dio la vuelta y con una voz sepulcral dijo: ‘Siento decir que esta ‘cosa’ [stuff] no es en absoluto aceptable’”. A pesar de lo tajante de la expresión, a Jenny Teichman no le pareció que Anscombe pretendiera molestarla o que lo dijera con enfado, sino que le decía la verdad de lo que pensaba, tal y como —a su entender— deben hacer los buenos maestros. En cualquier caso, sus alumnos no recuerdan ninguna ocasión en que hubiera dejado al estudiante en mal lugar; al contrario, siempre se mostraba dispuesta a dedicarles todo el tiempo que fuera preciso hasta que la cuestión quedara resuelta. Lo único que sus alumnos debían temer era la falta de rigor intelectual.
Para hacer filosofía, Anscombe consideraba necesario contar con cierta resistencia y oposición, como las que encontró en sus frecuentes discusiones filosóficas con Philippa Foot durante los largos años que trabajaron juntas en Sommerville College. Anscombe solía plantear alguna de las cuestiones que estaba estudiando y Foot, sistemáticamente, se oponía a la solución propuesta. Con el tiempo, Foot descubrió que gran parte de los temas que Anscombe proponía tenía su origen en lo que estaba aprendiendo con Wittgenstein, aunque ella no le nombrara explícitamente. Por su parte, Anscombe disfrutaba con la oposición que Foot le presentaba, porque así surgía una discusión en la que se eliminaba lo superfluo o erróneo de la cuestión y resultaba más sencillo resolver el problema.
Anscombe, al igual que su maestro —y a diferencia de su marido— huyó siempre de las exposiciones sistemáticas y de los planteamientos globales. En una breve autobiografía intelectual, Peter Geach compara su propio estilo con el de su mujer y apunta que, mientras él procedía habitualmente por pasos lentos que requerían multitud de comprobaciones, ejemplos y objeciones, ella, en cambio, avanzaba con gran libertad, por así decir, a saltos, captando a primera vista el núcleo de la cuestión y dirigiéndose directamente a él. Pese a compartir la misma profesión y hogar, cada uno mantenía su propio ámbito de intereses y, aunque con frecuencia hablaran de ellos, no necesariamente coincidían ni en los enfoques ni en las soluciones. A lo largo de su vida, eso sí, ambos intentaron evitar los dos vicios intelectuales a los que Geach se refiere: “ir cambiando de opinión por frivolidad y adherirse a tesis del pasado meramente por el deseo de haber estado en lo correcto más que por estarlo ahora”.
Para exponer su pensamiento, el género literario que Anscombe prefería era el de lo que los británicos denominan “papers”. Su extraordinaria agudeza y claridad mental, su originalidad y rapidez, parecían tener su lugar natural en los textos breves, que leía —como se ha recordado en algún obituario— con una voz bellísima que contrastaba con su apariencia personal a veces algo descuidada. En sus textos evita todo lugar común, se ahorra la repetición cansina de doctrinas ya consabidas, dibuja rápida y certeramente el núcleo del problema como si antes nadie se lo hubiera planteado, y —tras su argumentación— caen unos cuantos tópicos en los que todos creíamos o se abren perspectivas del todo imprevistas. Por eso resulta tan difícil de resumir su aportación a la filosofía contemporánea: no hay un cuerpo de doctrina, un planteamiento global o una intuición básica que —después— se aplique a las diversas cuestiones; no hay un “resolvedor universal de problemas filosóficos”. Y, justo por ello, por semejante ausencia de prejuicios, su tratamiento de los problemas es siempre fresco y genuino, tal y como se muestra en los textos que componen este libro.
Elizabeth Anscombe realizó desde su juventud el ideal filosófico de orientar toda la vida hacia la verdad. Fue siempre una pensadora original y a menudo a contracorriente de las mayorías o de las conveniencias políticas. Por ejemplo, cuando la Universidad de Oxford se propuso conferir el doctorado honoris causa al presidente americano Harry S. Truman, ella se opuso enérgicamente junto con otros dos colegas por la responsabilidad de Truman en las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. “Elegir matar al inocente como medio de alcanzar tus fines es siempre asesinato”, sostuvo con firmeza Anscombe a este respecto. De manera análoga, en múltiples ocasiones escribió brillantemente sobre la sexualidad, la natalidad, la protección del no nacido y tantos otros temas de actualidad, escandalizando a muchos colegas británicos más acomodaticios con las modas.
La profesora Anscombe viajó mucho, dando clases y conferencias en varios países europeos y americanos. En España visitó muy frecuentemente la Universidad de Navarra a la que fue invitada —junto con su marido, Peter Geach— en numerosas ocasiones para participar en las Reuniones Filosóficas o impartir algún seminario. Durante sus estancias en la Universidad, profesores y alumnos se beneficiaron de su estimulante magisterio y amable orientación. En reconocimiento a esta labor y a la relevancia de su carrera académica, la Universidad decidió honrarla en 1989 con la máxima distinción, el doctorado honoris causa" (Escrito por José María Torralba y Jaime Nubiola. Publicado en Anscombe, G.E.M., La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre. Lecciones en la Universidad de Navarra, Eunsa, Pamplona, 2205, pp. 9-17).
¿Sabías que Elizabeth Anscombe estaba casada con otro conocido filósofo? Era Peter Geach, quien también visitó con frecuencia la Universidad de Navarra y fue el Profesor de Lógica en uno de los cursos.
Aquí aparece Anscombe vestida con el traje académico, leyendo su discurso en el Aula Magna de la Universidad en la ceremonia del Doctorado honoris causa. Puedes encontrar más información sobre Elizabeth Anscombe en esta página web.