El conocimiento de la verdad
Mariano Artigas
Artículo inédito.
3 de octubre de 2005
Índice
- La crisis de la
verdad
- El sentido de la
ciencia: la búsqueda de la verdad
- La verdad
científica
- La ciencia al
servicio de la verdad
- La fe ayuda a la
ciencia
- Funcionalismo y
pragmatismo
- El
relativismo
- El
cientifismo
- Racionalidad
científica, saber metafísico y fe
cristiana
- Notas
Uno de los problemas principales que encontramos en la
actualidad es la desconfianza en el valor del
conocimiento humano. Sin duda, nuestro conocimiento es
muy limitado; pero, con frecuencia, se interpreta esa
limitación como si nunca pudiéramos estar
seguros acerca de nada. Ese escepticismo suele aplicarse,
sobre todo, a las verdades morales y religiosas, que se
interpretan, de acuerdo con una postura relativista, como
si fueran completamente subjetivas y nunca fuera posible
llegar a conclusiones ciertas.
Es grande el interés de la Iglesia en defender
que podemos alcanzar conocimientos verdaderos, tal como
lo afirma el Papa Juan Pablo II: «Para la Iglesia,
nada es más fundamental que conocer la verdad y
proclamarla. El porvenir de la cultura depende de esto.
Lo recordaba recientemente a las Universidades
católicas en la Constitución
apostólica “Ex Corde Ecclesiae” (1990,
n.4): “Nuestra época tiene una urgente
necesidad de esta forma de servicio desinteresado que
consiste en proclamar el sentido de la verdad,
valor fundamental sin el cual perecen la libertad, la
justicia y la dignidad del hombre”. Tal es la
misión primera de la Iglesia, porque es la sierva
de Aquél que se ha proclamado el Camino, la Verdad
y la Vida. La Iglesia hace constantemente de abogada del
hombre, capaz de acoger toda la verdad. También
anima la investigación que explora todos los
órdenes de verdades, convencida de que todos
convergen para la gloria del único Creador, que es
Él mismo la Verdad suprema y la luz de todos los
hombres, los de ayer y de hoy y del
mañana»1.
Juan Pablo II ha dedicado la encíclica Fides
et ratio a defender la capacidad humana de conocer la
verdad, y a afrontar las dificultades que el conocimiento
de la verdad encuentra en nuestra época2.
El problema de la verdad no es nuevo. Siempre se han
planteado dificultades acerca de la objetividad de la
verdad, tomando ocasión, por ejemplo, de la
disparidad de modos de ver las cosas que existen en las
diferentes sociedades e incluso dentro de cada sociedad,
y de los cambios que se dan, a veces, en las opiniones y
creencias en las diferentes épocas.
Pero también existen factores propios de cada
época. En la actualidad, entre los factores
más influyentes se cuentan los relacionados con
las ciencias naturales. El gran avance que estas ciencias
han experimentado en la época moderna ha suscitado
no pocos problemas, porque no existe un acuerdo
generalizado sobre el valor de los conocimientos que
proporcionan.
Estos problemas se remontan al nacimiento de la
ciencia experimental moderna en el siglo XVII. Se
trató de una verdadera revolución
conceptual y práctica, porque esa ciencia era
realmente nueva: aunque se apoyaba en los trabajos
realizados durante siglos, respondía a un
método que nunca se había aplicado de modo
sistemático y que se diferenciaba claramente de
los enfoques que hasta entonces se habían
utilizado para estudiar la naturaleza.
Así se explica el desafortunado proceso a
Galileo. De hecho, Galileo no sufrió ninguna pena
física y el progreso científico no se
interrumpió, pero el proceso puso de manifiesto
que, tanto por parte de Galileo como de sus jueces, no se
comprendía bien el método y el alcance de
la nueva ciencia. Posteriormente, la situación fue
cada vez peor; el mismo Newton, uno de los más
grandes científicos de la historia, expuso en su
principal obra unas reflexiones bastante confusas acerca
del método científico, y en adelante, la
ciencia progresó siempre mucho más deprisa
que la comprensión de su significado y
alcance.
Muchos piensan que las ciencias sólo
proporcionan modelos que siempre están sujetos a
cambios, sin llegar nunca a conclusiones verdaderas. A la
vez, la ciencia experimental suele considerarse como el
conocimiento más fiable que poseemos, porque sus
modelos pueden someterse a control experimental y a
demostraciones intersubjetivas que son independientes de
las creencias personales. Al combinar estas ideas, se
concluye que, si no podemos alcanzar verdades definitivas
en las ciencias, que son consideradas como el mejor
conocimiento de que disponemos, mucho menos se
alcanzarán en otros ámbitos, como la
filosofía y la religión, en los que
influyen notablemente los factores personales y
sociales.
Ante esta situación, algunos reaccionan
criticando las pretensiones de la ciencia, para dejar
terreno libre a la fe; subrayan, por ejemplo, que los
conocimientos científicos siempre son
conjeturales, y que sólo en la fe encontramos
certezas. Sin embargo, este camino no parece ser el
más apropiado. En efecto, la fe se apoya en la
razón, y si se minusvalora la razón, es
fácil que la fe quede también
dañada. Sin duda, las ciencias no pueden resolver
todos los problemas y es importante mostrar sus
límites, pero esto nada tiene que ver con rebajar
los verdaderos logros científicos y la capacidad
racional que los hace posibles.
El Papa Juan Pablo II subraya que el objetivo de la
ciencia es la búsqueda de la verdad: «La
investigación de la verdad es la tarea de la
ciencia fundamental (...). La ciencia pura es un bien,
digno de ser muy amado, ya que es conocimiento y, por
tanto, perfección del hombre en su inteligencia.
Incluso antes de sus aplicaciones técnicas, debe
ser honrada por sí misma, como una parte
integrante de la cultura. La ciencia fundamental es un
bien universal, que todo pueblo debe poder cultivar en
plena libertad con respecto a cualquier forma de
servidumbre internacional o de colonialismo
intelectual»3.
Se dice que un conocimiento es verdadero cuando
expresa las cosas tal como son en la realidad. Por tanto,
la verdad no puede ser objeto de manipulación, no
depende de los gustos o intereses: las cosas son como
son, y nuestro conocimiento sólo es verdadero si
se ajusta a la realidad. Puede decirse, en consecuencia,
que la verdad tiene sus derechos propios, y Juan Pablo II
lo dice con palabras expresivas y claras, hablando en
concreto de la verdad científica: «Al igual
que todas las demás verdades, la verdad
científica no tiene que rendir cuentas más
que a sí misma y a la Verdad suprema que es Dios,
creador del hombre y de todas las cosas»4.
La ciencia tiene un doble compromiso. Por una parte,
el compromiso teórico de buscar la verdad:
«La ciencia sirve a la verdad, y la verdad al
hombre, y el hombre refleja como una imagen (cfr. Gen. I,
27) la Verdad eterna y trascendente que es
Dios»5. Y por otra, el compromiso
práctico de buscar, en sus aplicaciones, el
servicio al hombre: «No hay ningún motivo
para ver nuestra cultura técnica y
científica como algo contrario al mundo creado por
Dios. Es evidente que el conocimiento científico
puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal.
Quien investiga sobre los efectos del veneno podrá
emplear ese conocimiento bien para salvar o bien para
matar. Pero debe estar perfectamente claro el punto de
referencia al que debemos mirar para distinguir el bien
del mal. La ciencia técnica, orientada a la
transformación del mundo, se justifica por su
servicio al hombre y a la humanidad»6.
Además, el sentido práctico de las
aplicaciones científicas no es ajeno a la verdad,
porque el éxito de esas aplicaciones se fundamenta
en la verdad del conocimiento teórico.
En definitiva, la verdad ocupa un lugar central en la
vida humana, y la ciencia es un camino privilegiado para
buscar y encontrar la verdad.
Las dificultades de la verdad científica se
comprenden si tenemos en cuenta que, en muchas ramas de
la ciencia experimental, se utilizan modelos abstractos y
conceptos matemáticos que no son una simple
traducción o fotografía de la realidad.
Además, el método experimental exige que se
adopten estipulaciones que no vienen determinadas por la
naturaleza misma de las cosas. A todo ello se debe
añadir que, desde el punto de vista de la
lógica, no siempre es fácil conseguir
demostraciones concluyentes.
Sin embargo, en muchos casos se consiguen
conocimientos verdaderos. Se trata, sin duda, de una
verdad contextual y parcial, porque depende del lenguaje
utilizado (los conceptos propios de cada teoría) y
siempre está abierta a ulteriores precisiones.
Pero esta verdad puede ser, a la vez, auténtica.
En las ciencias encontramos una situación
semejante a la que se da en otras áreas. Por
ejemplo, el resultado de un encuentro deportivo es un
hecho indudable, aunque muchos aspectos relacionados con
el encuentro sean menos ciertos, opinables o muy
difíciles de conocer; algo semejante sucede en las
ciencias: los nuevos conocimientos solucionan unos
problemas pero abren otros nuevos, y no conocemos todo
con el mismo grado de certeza.
A veces, se supone que el conocimiento sólo
sería verdadero si pudiésemos demostrar su
verdad mediante la pura lógica y de modo
absolutamente cierto. Pero podemos alcanzar muchos
conocimientos auténticos mediante pruebas que, si
bien no son demostraciones puramente lógicas, son,
sin embargo, suficientemente convincentes. Que el
conocimiento sea limitado, parcial y perfectible no
significa que siempre sea hipotético o
conjetural.
Cuando se insiste en el carácter conjetural del
conocimiento, lo que con frecuencia se pretende es
subrayar que se debe adoptar una actitud abierta a
posteriores precisiones o rectificaciones, evitando un
dogmatismo cerril que puede impedir el ulterior progreso.
Pero esta actitud racional, siempre dispuesta a matizar
qué es lo que verdaderamente sabemos y la forma de
expresarlo, nada tiene que ver con una actitud
crítica a ultranza que niega la posibilidad de
alcanzar conocimientos verdaderos o de saber que los
poseemos.
Sin descender a detalles específicos de
filosofía de la ciencia, Juan Pablo II afirma la
estrecha conexión entre la ciencia y la verdad, y
subraya la continuidad de las enseñanzas de los
Papas acerca de esta cuestión: «Me siento
plenamente solidario con mi predecesor Pío XI y
con los que le han sucedido en la Cátedra de
Pedro, que invitó a los miembros de la Academia
Pontificia de Ciencias y, con ellos, a todos los
científicos, a hacer “progresar cada vez
más noble e intensamente las ciencias, sin
pedirles nada más; y ello porque en esta meta
excelente y en este trabajo noble consiste la
misión de servir a la verdad”: Pío
XI, In multis solaciis, 28.X.1936: AAS, 28 (1936),
p. 424»7.
La ciencia es un camino para avanzar hacia la verdad,
y posee, por tanto, una peculiar bondad. Así lo
afirma Juan Pablo II: «La ciencia, en sí
misma, es buena, toda vez que significa conocimiento del
mundo, que es bueno, creado y mirado por el Creador con
satisfacción, según dice el libro del
Génesis: “Dios vio todo lo que había
hecho, y era bueno” (Gen. I, 31). Me gusta mucho
este primer capítulo del Génesis. El pecado
original no ha alterado por completo esta bondad
primitiva. El conocimiento humano del mundo es un modo de
participar en la ciencia del Creador. Constituye, pues,
un primer nivel en la semejanza del hombre con Dios; un
acto de respeto hacia Él, puesto que todo lo que
descubrimos rinde un homenaje a la Verdad
primera»8.
Ciencia y fe responden a dos perspectivas diferentes,
pero se complementan. El cultivo de una auténtica
mentalidad científica significa apertura a la
verdad, búsqueda sincera y objetiva, esfuerzo para
distinguir la verdad del error. Así se explica que
«cuando los científicos avanzan con humildad
en su investigación de los secretos de la
naturaleza, la mano de Dios los conduce hacia las alturas
del espíritu»9.
El positivismo del siglo XIX, y sus nuevas formas en
el siglo XX, presentan a la religión como un
obstáculo para el progreso científico, como
si la ciencia implicara una actitud incompatible con las
verdades de la fe. Para sostener esta tesis, con
frecuencia se magnifica el caso de Galileo, prescindiendo
del rigor histórico y de las circunstancias que
permiten comprenderlo; además, se presenta ese
caso como si fuese el exponente de una constante pugna
entre la ciencia y la fe, lo cual no es cierto.
Por el contrario, muchos especialistas reconocen que,
de hecho, la fe cristiana contribuyó al nacimiento
y consolidación de la ciencia experimental
moderna. De hecho, el nacimiento de la ciencia moderna se
produjo en una Europa que había sido impregnada,
durante siglos, por el cristianismo, y que poseía
una cultura en la cual desempeñaba un papel
importante la doctrina de la creación.
«La fe no ofrece recursos a la
investigación científica como tal, pero
anima al científico a proseguir su
investigación sabiendo que encuentra en la
naturaleza la presencia del Creador»10. Los
pioneros de la nueva ciencia, en torno al siglo XVII,
creían en la existencia de un Dios personal
creador que, siendo infinitamente inteligente y bueno, ha
creado el mundo para hacer participar su
perfección a las criaturas. Estaban convencidos,
por ese motivo, de que el mundo posee un orden natural y
racional, que, además, puede ser investigado por
el hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza. Estas
convicciones desempeñaron un papel importante en
el nacimiento de la nueva ciencia, cuando hacía
falta un gran empeño para levantar un edificio del
que apenas existían pequeños fragmentos.
Por el contrario, no es difícil advertir que las
cosmovisiones de tipo panteísta, o
politeísta, o fatalista, muy abundantes en la
antigüedad, no eran favorables para la
consolidación de la ciencia experimental.
Las objeciones contra la verdad no suelen provenir de
la ciencia misma, sino de interpretaciones poco acertadas
de sus métodos y resultados.
Así, con frecuencia, se intenta explicar la
ciencia prescindiendo de la verdad, como si el principal
o el único valor de la ciencia fuese la capacidad
de dominar la naturaleza, o sea, el éxito de sus
aplicaciones técnicas. Juan Pablo II afirma al
respecto: «Si la ciencia es entendida
fundamentalmente como “ciencia
técnica”, se la puede concebir como la
búsqueda de un sistema que conduzca a un
éxito técnico. Aquello que conduce al
éxito vale como “conocimiento” (...).
El concepto de verdad resulta superfluo; a veces se
prescinde expresamente de él. La razón
misma aparecerá finalmente como simple
función o como instrumento de un ser cuya
existencia encontraría su sentido fuera del
ámbito del conocimiento y de la ciencia, tal vez
en el simple hecho de vivir. Nuestra cultura está
impregnada en todos sus sectores de una ciencia que
procede de una perspectiva funcional»11.
La perspectiva funcionalista, que prescinde de la
verdad, se encuentra relacionada con el pragmatismo, que,
a veces, se denomina instrumentalismo: el conocimiento en
general, y la ciencia en particular, tendrían
únicamente un valor práctico, que
consistiría en hacer posible la previsión y
el dominio de las acciones.
Sin duda, nuestras acciones se basan sobre el
conocimiento y, en este sentido, todos somos pragmatistas
e instrumentalistas: buscamos el conocimiento como base
de nuestras acciones. Los equívocos surgen cuando
se niega la posibilidad de alcanzar la verdad o
simplemente se prescinde de ella, reduciendo el valor del
conocimiento a su utilidad práctica en
función de intereses que no pueden justificarse
apelando a la verdad.
Juan Pablo II advierte que «Nuestra cultura
está impregnada en todos los campos por una
noción de ciencia ampliamente funcional,
según la cual lo decisivo es el éxito
técnico. El hecho de ser técnicamente capaz
de producir un resultado determinado es considerado por
muchos como motivo suficiente para no tener que
plantearse ulteriores cuestiones acerca de la legitimidad
del proceso que conduce a ese resultado, o incluso acerca
de la legitimidad del resultado en sí mismo.
Claramente, tal perspectiva no deja lugar para un valor
ético supremo ni incluso para la misma
noción de verdad»12. Las
consecuencias de esta situación son muy negativas,
porque se priva a la moral de su base, y se justifican
las acciones recurriendo al criterio de un éxito
práctico ajeno a las exigencias de la verdad
objetiva. Se comprende que el Magisterio de la Iglesia
haya debido exponer amplia y profundamente, en nuestra
época, cuáles son los fundamentos de la
moral cristiana, basada en criterios objetivos que entran
en crisis cuando se adoptan doctrinas funcionalistas,
pragmatistas o relativistas.
Estrechamente relacionado con el funcionalismo, el
relativismo considera que no existe una verdad objetiva,
o al menos que no podemos alcanzarla: sólo
existirían verdades relativas a los sujetos o
grupos, dependientes de las condiciones particulares de
su existencia. En sus versiones más radicales, el
relativismo prescinde también de la noción
misma de verdad.
Ciertamente, nuestro acceso a la verdad está
condicionado por circunstancias personales y sociales.
Además, la realidad es, en muchos casos, compleja,
y es preciso tener en cuenta diferentes perspectivas para
poder representarla de modo fidedigno. Sin embargo,
tenemos la capacidad de advertir esos condicionamientos
y, por tanto, de matizar nuestras afirmaciones teniendo
en cuenta nuestros límites. Si no se reconoce la
posibilidad de alcanzar conocimientos verdaderos, no
sería posible discusión alguna: ni siquiera
tendría sentido enunciar las tesis del
relativismo.
Para sostener el relativismo, con frecuencia se
recurre a una pretendida base científica, que
vendría proporcionada por dos teorías
físicas: la teoría de la relatividad, y la
mecánica cuántica. La teoría de la
relatividad significaría supuestamente el
abandono, por parte de la ciencia física
fundamental, de la pretensión de alcanzar
conocimientos absolutos: todo dependería de los
puntos de vista subjetivos. Y el principio de
indeterminación de la física
cuántica significaría la imposibilidad de
alcanzar conocimientos precisos y ciertos.
Sin embargo, ambas pretensiones se basan en
equívocos. La teoría de la relatividad
subraya la necesidad de tener en cuenta el marco de
referencia en el que se observan y miden los
fenómenos físicos; pero, una vez fijado ese
marco, los cálculos y mediciones tienen valores
precisos. Además, la teoría contiene
expresiones que son invariantes para cualquier sistema de
referencia. Por su parte, el principio de
indeterminación afirma que existen unos
límites en la precisión de las mediciones,
cuando se intenta medir a la vez determinadas magnitudes;
pero cada una de ellas puede medirse por separado con
gran precisión, y, en cualquier caso, la
existencia de límites en nuestro conocimiento no
significa, en modo alguno, que no podamos alcanzar la
verdad: sólo significa que la verdad de nuestro
conocimiento es contextual y parcial, pero al mismo
tiempo puede ser auténtica.
Las dificultades en torno a la verdad provienen, en
buena parte, de doctrinas cientifistas, según las
cuales las ciencias naturales serían el
único modo válido de conocer la realidad, o
al menos, el modelo que debería imitar cualquier
pretensión de conocimiento. Pero esa tesis no
puede ser probada por ninguna ciencia concreta, y por
tanto, el cientifismo es contradictorio: afirma lo mismo
que prohíbe.
En la actualidad suele reconocerse, al menos en el
ámbito de los especialistas, que la ciencia
natural, aunque sea muy importante y represente el
único camino para conocer con detalle los procesos
naturales, no es el único conocimiento
válido. La realidad es compleja, y existen
diferentes niveles de problemas que deben ser abordados
de acuerdo con perspectivas adecuadas. Ninguna
perspectiva particular agota la realidad.
Las ciencias naturales delimitan de modo preciso el
ámbito de sus objetos, construyen modelos cuya
validez intentan comprobar mediante experimentos, y de
este modo consiguen muchos conocimientos válidos
acerca de la naturaleza material. Al adoptar esa
perspectiva, se asegura un estudio riguroso, pero al
mismo tiempo se dejan fuera muchos otros problemas: por
ejemplo, los que se refieren al significado de la
naturaleza y de la vida humana.
No se trata de poner límites a las ciencias de
modo arbitrario; simplemente, la ciencia experimental no
puede estudiar las dimensiones de la realidad que no
puedan ser sometidas, de algún modo, al control
experimental, o sea, a experimentos repetibles. Se ha
comparado esta situación con la de un pescador que
utilizase, en el mar, redes cuya malla estuviera formada
por cuadrados de un metro de lado; si ese pescador,
incluso después de emplear grandes esfuerzos y
obtener buenos resultados en la pesca, afirmase que en el
mar no existen peces que midan menos de un metro,
habría que recordarle que su conclusión es
falsa: en efecto, aunque existieran muchísimos, no
podría atraparlos con su red.
Existen problemas que no pueden ser tratados con los
métodos de las ciencias naturales. Por ejemplo,
las investigaciones científicas sobre los
orígenes de los seres naturales tienen gran
interés, pero ello se debe, en buena parte, a que
suelen mezclarse con «una cuestión de otro
orden, y que supera el dominio propio de las ciencias
naturales. No se trata sólo de saber cuándo
y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni
cuándo apareció el hombre, sino más
bien de descubrir cuál es el sentido de tal
origen: si está gobernado por el azar, un destino
ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser
trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el
mundo procede de la sabiduría y de la bondad de
Dios, ¿por qué existe el mal?, ¿de
dónde viene?, ¿quién es responsable
de él?, ¿dónde está la
posibilidad de liberarse del mal?»13.
La ciencia experimental goza de una autonomía
propia, y sus resultados deben ser valorados utilizando
los cánones científicos. Pero esa ciencia
no es independiente de otras perspectivas. Puede
afirmarse, por ejemplo, que se apoya en unos supuestos
filosóficos, tales como el realismo
ontológico y gnoseológico: la existencia de
un orden natural y la capacidad humana para conocerlo.
Sin esos supuestos, la ciencia no podría existir y
ni siquiera tendría sentido; pero el estudio de
tales supuestos es una tarea filosófica, ya que
exige adoptar una perspectiva diferente de la
científica.
La filosofía se apoya, en parte, sobre los
conocimientos adquiridos a través de las ciencias,
y aporta, sobre todo en el nivel de la metafísica,
un saber que llega a los principios más generales
de la realidad y al significado de la vida. «La
ciencia sola es incapaz de proporcionar una respuesta
completa al problema del significado básico de la
vida y actividad humanas. Ese significado se revela
cuando la razón, yendo más allá de
los datos físicos, usa métodos
metafísicos para alcanzar la contemplación
de las “causas finales” y ahí descubre
las explicaciones supremas que pueden arrojar luz sobre
los sucesos humanos y darles sentido»14.
La reflexión filosófica es necesaria
para conseguir una síntesis de los saberes,
superando la fragmentación de la cultura, tan
característica de nuestra época. Existe el
peligro de quedarse con una gran cantidad de
conocimientos especializados, pero sin una
síntesis que permita encontrar su sentido. La
perspectiva filosófica contempla los problemas en
sus raíces, y se encuentra en condiciones de
proponer una síntesis integradora de las
diferentes perspectivas parciales.
En esa tarea integradora y de descubrir el sentido, la
filosofía recibe una gran ayuda de la fe
cristiana, que posee las respuestas a los principales
interrogantes de la vida humana. La teología
reflexiona sobre la fe y, ayudada por la
filosofía, considera todos los problemas a la luz
de los planes de Dios. «La búsqueda de un
significado fundamental es complicada por naturaleza y
está expuesta al peligro del error, y el hombre
permanecería a menudo buscando a tientas en la
oscuridad si no fuera por la ayuda de la luz de la
fe»15.
El cristiano tiene una gran tarea por delante, para
conseguir integrar los diferentes aspectos de su vida
personal y para proponer soluciones que sirvan
también a otras personas e incluso a la entera
sociedad. Refiriéndose a la crisis
ideológica de nuestra época, Juan Pablo II
afirma: «Esa crisis común afecta igualmente
al científico creyente. Tendrá que
preguntarse por el espíritu y la
orientación en que él mismo desarrolla su
ciencia. Tendrá que proponerse, inmediata o
mediatamente, la tarea de revisar continuamente el
método y la finalidad de la ciencia bajo el
aspecto del problema relativo al sentido de las cosas.
Todos nosotros somos responsables de esta cultura y se
nos exige nuestra colaboración para que la crisis
sea superada. En esta situación, la Iglesia no
aconseja prudencia y precaución, sino valor y
decisión. Ninguna razón hay para no ponerse
de parte de la verdad o para adoptar ante ella una
actitud de temor. La verdad y todo lo que es verdadero
constituye un gran bien, al que nosotros debemos tender
con amor y alegría. La ciencia es también
un camino hacia lo verdadero, pues en ella se desarrolla
la razón, esa razón dada por Dios que, por
su propia naturaleza, no está determinada hacia el
error, sino hacia la verdad del
conocimiento»16.
(1)
Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de
Ciencias, 29.X.1990: Insegnamenti, XIII, 2 (1990),
p. 964.
(2)
Véase: Mariano Artigas, “El diálogo
ciencia-fe en la encíclica Fides et
ratio”, Anuario Filosófico, 32
(1999), pp. 611-639.
(3)
Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de
Ciencias, 10.XI.1979, n. 2: Insegnamenti, II, 2
(1979), p. 1108. En ese texto, el Papa habla de
«ciencia fundamental» o «ciencia
pura» para designar el conocimiento
científico, distinguiéndola de lo que
más adelante denomina «ciencia
aplicada», que se refiere a las aplicaciones
tecnológicas.
(4)
Ibid.
(5)
Juan Pablo II, Discurso a un grupo de premios Nobel,
22.XII.1980, n. 2: Insegnamenti, III, 2 (1980),
pp. 1781.
(6)
Juan Pablo II, Discurso a científicos y
estudiantes en la Catedral de Colonia, n. 4, 15.XI.1980:
Insegnamenti, III, 2 (1980), p. 1206.
(7)
Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de
Ciencias, 10.XI.1979, n. 1: Insegnamenti, II, 2
(1979), pp. 1107-1108.
(8)
Juan Pablo II, Discurso a la “European Physical
Society”, 31.III.1979: Insegnamenti, II, 1
(1979), pp. 748.
(9)
Ibid., p. 750.
(10)
Ibid.
(11)
Juan Pablo II, Discurso a científicos y
estudiantes en la Catedral de Colonia, n. 3, 15.XI.1980:
Insegnamenti, III, 2 (1980), p. 1204.
(12)
Juan Pablo II, Discurso a un grupo de premios Nobel,
22.XII.1980, n. 3: Insegnamenti, III, 2 (1980), p.
1782.
(13)
Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
283-284.
(14)
Juan Pablo II, Discurso a un grupo de premios Nobel,
22.XII.1980, n. 3: Insegnamenti, III, 2 (1980),
pp. 1782-1783.
(15)
Ibid., p. 1783.
(16)
Juan Pablo II, Discurso a científicos y
estudiantes en la Catedral de Colonia, nn. 3-4,
15.XI.1980: Insegnamenti, III, 2 (1980), p.
1205-1206.
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