Las tres explicaciones sobre el origen y la
evolución del universo
Juan Luis Lorda, Universidad de Navarra
Publicado en Actualidad catequética 225-226 (2011) 134-148.
- Introducción
- Tres explicaciones globales y
tres modelos de hombre
- La imagen cristiana del hombre
es un gran camino de evangelización
- Nota
bibliográfica
- Notas
Los dos libros de Dios
El Evangelio es una gran revelación de Dios, una luz
nueva para iluminar todas las cosas de este mundo. Nos habla de
Dios y del hombre y de su relación mutua. Desde el punto
de vista cristiano, la revelación del Evangelio es, en
realidad, la “segunda” revelación, porque Dios
ya ha hablado en la creación, cuando formó la
naturaleza: “Los cielos proclaman la gloria de Dios; y el
firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal 19,1)
Por eso, hay una vieja tradición de pensamiento
cristiana que habla de los “dos libros” de Dios: el
de la naturaleza y el de la revelación. Así lo dice
bellamente San Agustín: “Es libro para ti la Sagrada
Escritura, para que la oigas. Y es libro para ti el orbe de la
tierra, para que lo veas” 1.
Con esta imagen se expresa bien cuál es la mente
cristiana sobre los dos tipos de saberes que vienen de Dios: el
que encontramos en la naturaleza y el que nos llega con la
revelación.
Novedades en el libro de la naturaleza.
Sobre el origen del hombre y del mundo, antes sólo
teníamos el relato del Génesis y algunos mitos y
fábulas antiguos. Desde mediados del siglo XIX, tenemos
otro relato sobre el origen de las especies y del hombre, el que
inició Charles Darwin, que ha sido completado y perfilado
a medida que hemos conocido mejor la genética.
Y, desde mediados del siglo XX, tenemos también un
nuevo relato sobre el origen del mundo: el Big Bang, la gran
explosión. Según los indicios que tenemos, el
universo actual procede de la explosión de un punto
enormemente denso, y todavía está en
expansión.
Ambas teorías científicas son más que
hipótesis porque han acumulado pruebas en su favor. Esas
pruebas parecen suficientes para sostener que ambas
hipótesis conforman la historia de nuestro universo.
Aunque no conocemos todos los detalles ni podemos comprobarlos
perfectamente, por la enorme distancia de tiempo y la
imposibilidad de repetir estos procesos en un laboratorio.
En el caso de la evolución, el registro fósil es
algo así como un puzzle en el que faltan casi todas las
piezas y las que tenemos están rotas. Pero son
suficientemente significativas. Además, es probable que,
en los próximos años, alcancemos una mayor
confirmación genética de la forma en que se han
realizado los saltos entre las especies, en la medida en que se
conozcan más y se puedan comparar mejor los genomas de las
especies.
En el caso del Big Bang, los indicios también son muy
fuertes, pero se trata de un caso límite: porque en esa
explosión no sólo se originó todo el
universo que conocemos, sino también todas sus partes,
partículas y leyes, a partir del despliegue de un punto
original. Por eso, el momento original es como una especie de
límite de nuestro conocimiento físico y más
allá no podemos ir nada más que con la
imaginación.
Hay que tener en cuenta que la investigación
científica en estos campos es muy difícil y camina
paso a paso. Hay que estar bastante enterado para comprender
cuál es el significado de los pequeños avances, de
un hallazgo en el campo de la paleontología, de la
genética, de la astrofísica o de la física
de partículas. O de las nuevas hipótesis que se
formulan. Suele ser una información muy difícil de
transmitir. En estos temas hay una gran distancia entre la
investigación científica y lo que se puede
transmitir al público. Por eso, no hay que hacer demasiado
caso de las noticias sensacionalistas que salpican los medios de
comunicación a lo largo del año. Es mejor recurrir
a revistas especializadas de calidad, con criterio realmente
científico 2.
Un universo unificado
El hecho es que con estas lecturas del libro de la naturaleza,
nuestra idea del universo es muy distinta de la que podían
tener, por ejemplo, hace cien años. Hoy podemos contar una
historia del universo desde un momento original hasta el momento
actual. Podemos describir todo el despliegue de la materia con la
conformación del universo que conocemos, incluida la
tierra, que es un sistema bien curioso y sorprendente. Y toda la
evolución de la vida con su múltiple riqueza y,
también, sus muchas curiosidades y sorpresas. Ciertamente,
no podemos contar los detalles, y desconocemos muchas
transiciones, pero podemos contar las líneas
generales.
Se trata de una única historia: una historia donde ha
surgido todo y donde todo está relacionado: todas las
estructuras de la materia y todos los organismos vivos. Todo se
ha hecho a partir de un punto original y todo está hecho
de lo mismo.
Nunca hemos tenido una idea tan unitaria de la realidad. Las
gentes de otras épocas vivían en un mundo lleno de
misterios aparentemente inconexos. Había muchas
explicaciones parciales y muchos misterios desconocidos. Hoy no
lo sabemos todo, pero sabemos que todo está relacionado.
Es un dato importante y en cierto modo nuevo en la historia del
pensamiento. Quizá uno de los datos más importantes
de la historia del pensamiento.
Las ciencias modernas han hecho estas importantes lecturas en
el libro de la naturaleza. El avance de la física, de la
química, de la biología y de la astrofísica
han llegado a la conclusión de que todo está hecho
de lo mismo, de lo mismos componentes elementales. Además
las dos grandes teorías que hemos comentado (de la
evolución y del Big Bang) nos dicen que todo forma parte
de una única historia. “Todo” quiere decir,
todo lo que podemos ver en el universo: todos los cuerpos del
espacio, todos los materiales de la tierra, todos los seres vivos
y el hombre. Todo forma parte de una misma historia.
Un mundo maravilloso
Si no hemos perdido la capacidad de asombro, fácilmente
nos daremos cuenta de que se trata de una afirmación
maravillosa. Hay mucha gente que ya no tiene capacidad
contemplativa, que no se admira de nada, que todo le parece
“normal”; porque se acostumbran a las cosas y
entonces ya no las admiran. Pero al que haya conservado estas
capacidades tan humanas, la historia del universo le
parecerá absolutamente fascinante. La historia más
maravillosa que se puede contar. Aquí ha emergido toda la
realidad conocida. En ese sentido, el progreso de las ciencias es
verdaderamente fascinante.
El relato sobre la historia del universo es mucho más
maravilloso que un cuento de hadas e incluso podría ser
contado como un cuento de hadas: “Érase una vez que
había un punto muy pequeño pero enormemente denso,
y, de repente, estalló irradiando una cantidad fabulosa de
energía. Y entonces...”.
Para un cristiano, esta historia es una manifestación
casi evidente del poder de Dios. Ver tanta inteligencia y tanta
maravilla le recuerdan las famosas frases del inicio d el salmo
19: “Los cielos proclaman la gloria de Dios; y el
firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal 19,1)
En cambio, para personas que tienen una visión
materialista, es un puro despliegue de “azar y
necesidad”, por usar este binomio que recuerda el
célebre libro de Monod, premio Nóbel de medicina y
representante moderno del materialismo biológico. Todo ha
sucedido sin sentido alguno y de una manera imprevista y absurda.
Y sigue sin tener sentido ninguno y siendo absurdo: desde la
primera explosión hasta la existencia humana. Esto choca
de una manera tan fuerte con nuestra sensibilidad que apenas
afecta a las personas normales. Pero hay muchos teóricos
que defienden que, efectivamente, el universo es fruto ciego del
azar y la necesidad. Y, por tanto, en el fondo, absurdo.
Tres modelos de explicación del universo
Como nuestra imagen científica moderna del universo se
ha hecho tan unitaria, se han reducido mucho las explicaciones
posibles. Es decir, la manera global de entender el mundo o de
representarse cómo es. Por eso, se puede decir que quedan
muy pocas cosmovisiones posibles, muy pocas visiones globales del
mundo. Y son las que vamos a presentar ahora para
compararlas.
De entrada, caben tres posibilidades:
- El mundo viene “de abajo”: no hay Dios
y el mundo se ha hecho solo a sí mismo, por
casualidades y por el surgimiento casual de leyes internas que
han dirigido el crecimiento. Entonces, en el fondo,
efectivamente, el mundo es absurdo. No puede tener ninguna
lógica. Es la tesis materialista, que es defendida por
mucha gente, incluido expertos científicos, aunque
quizá sin llegar a sus últimas consecuencias.
- El mundo viene “de arriba”: lo ha
hecho un ser inteligente, Dios. Por tanto, no viene “de
abajo”, sino “de arriba”. Y la
explicación de su orden interno, del surgimiento de
estructuras y de sus mismas leyes, es que ha sido pensado por un
ser inteligente. A Benedicto XVI le gusta pensar en la misma
“entraña matemática” del mundo 3. Galileo dijo que la
naturaleza tiene entraña matemática, pero ese orden
maravilloso merece una explicación.
- El mundo mismo es Dios o, por lo menos divino. Es la
tercera posibilidad. Aunque, de entrada, puede parecer
sorprendente, esta postura está bastante extendida. La
defienden algunos panteísmos antiguos o los
panteísmos orientales. Y es también la postura
insinuada por algunos importantes científicos modernos,
por ejemplo, el premio Nóbel de física
Schrödinger o el propio Einstein. Lo característico
de esta postura es transmitir al universo la
característica más importante que se puede hallar
en él, la conciencia humana. De tal manera que, aunque no
sea una persona, dan al todo una cierta conciencia o, por lo
menos, lo consideran con una cierta lógica global como el
fundamento de todas las conciencias. Al todo, se le puede llamar
“Dios”, aunque, generalmente, no piensan en un ser
personal. Es más algo que alguien.
Estas son las tres grandes posibilidades. Los materialistas
reducen la maravilla a la casualidad. Los
“panteístas” piensan que el mundo es un todo
maravilloso con todas las propiedades. Los creyentes pensamos en
un mundo maravilloso creado por un ser inteligente, que no se
confunde con el mundo. Estas son las posturas posibles. El
Catecismo de la Iglesia Católica las describe así :
“Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que
el mundo es Dios o que el devenir del mundo es el devenir de Dios
(panteísmo). (...) Otros finalmente no aceptan
ningún origen trascendente del mundo, sino que ven en
él el puro juego de una materia que ha existido siempre
(materialismo)” (CEC 285).
Tres modelos distintos de hombre
Las tres explicaciones globales dan lugar a tres modelos de
ser humano:
- Si el mundo es una casualidad sin sentido, el ser humano es
también una casualidad sin sentido. Y no vale más
que el resto. Esto tiene consecuencias prácticas
insostenibles. Nuestra cultura occidental y nuestras
instituciones democráticas están basadas en la idea
de que todo hombre tiene una especial dignidad que debe ser
respetada. Pero si es un poco de materia acumulada por casualidad
no se ve por qué hay que respetarla especialmente. Desde
luego, este materialismo científico o
“cientifista” está erosionando las bases de
nuestra cultura democrática, cuando hace perder dignidad a
las personas en condiciones límite (aborto, eutanasia,
quizá pronto eugenesia).
- Si el mundo lo ha hecho Dios, el hombre puede ser, como
defiende el mensaje bíblico, “imagen de Dios”.
Es persona a imagen de las personas divinas. Un ser inteligente y
libre, capaz de bien y de amor, y que se realiza amando, a imagen
de las personas divinas. La explicación radical de la
singularidad de la conciencia humana vendría de Dios. Si
no, sólo puede venir de la materia.
- Si el mundo mismo es Dios o una especie de todo divino, todo
es parte de lo mismo. Todo es divino o emanación unida a
lo divino. Entonces, el ser humano sólo puede ser un
chispazo transitorio del todo. Una parte que se ha separado
temporalmente y que manifiesta temporalmente una conciencia
personal, pero que está llamada a unirse y fundirse en el
Todo, como defienden los panteísmos orientales (se aprecia
en la tradición budista o hinduista). No puede haber una
identidad personal fuerte, sino transitoria. Por eso, es
frecuente encontrarse en estas posturas con la creencia en la
reencarnación o trasmigración de las
“almas”.
El problema de las
“mayúsculas”
Estamos acostumbrados a hablar de grandes dimensiones humanas,
como el amor, la justicia, la libertad y la belleza. Nos parecen
tan importantes que las podemos escribir con mayúsculas:
Amor, Justicia, Libertad, Belleza.
Pero si el mundo es azar y necesidad, estas dimensiones
humanas no pueden tener mucho fondo ni tener mucho sentido.
¿Qué sentido puede tener el amor o la justicia en
un mundo surgido de partículas elementales por casualidad?
En la física, existe la masa o la carga, pero no existe el
amor o la justicia. Si no son dimensiones de la materia, y no hay
más que materia, sólo pueden ser ilusiones del
espíritu. Algo ficticio. El amor no puede ser nada
más que instinto y, en el fondo, física. Y la
justicia sólo puede ser una ilusión humana que no
tiene ningún fundamento ni en la física, que
sólo sabe de atracciones y repulsiones, ni en la
biología, donde prima la ley de la selva. Ni en la
física ni en la biología, hay justicia. Es propio
de personas que se reconocen una dignidad y que se saben
distintas de la materia y de los animales.
Sólo si el mundo lo ha hecho Dios, estas dimensiones
tan humanas pueden ser reflejos de un Dios personal. Dios lo
tiene en plenitud. El hombre lo puede tener como imagen. No lo
puede tener en plenitud, pero lo puede tener realmente. Puede
existir en su vida algo que realmente sea amor y justicia y
libertad y belleza. Y no sólo apariencia, sino realidad.
Sólo ante el Dios personal, el ser humano puede ser
considerado persona y tener estas dimensiones personales. Para el
cristianismo, el ser humano es querido para siempre. Por eso
tiene un alma personal, espiritual e inmortal.
Es fácil hacer afirmaciones materialistas, pero es muy
difícil vivir como un materialista consecuente, porque
contradice las aspiraciones y los usos más elementales de
la condición humana. Todo materialista debería
cuestionarse seriamente si tiene sentido que quiera a sus hijos,
a su cónyuge, a sus padres o a sus a migos. ¿Tiene
sentido ese amor? ¿Es lógico querer más a un
hijo que a un mueble, si son lo mismo? Y otro tanto en
relación con sus aspiraciones o sus reclamaciones de
justicia: ¿Tienen sentido en un universo que es azar y
necesidad? ¿Por qué hay que aspirar al amor o
defender la justicia en lugar de aceptar el azar y la necesidad?
Pero, ¿cómo ser materialista y defender la
justicia?
Y si el materialismo, que parece tan serio, resulta tan
inhumano, ¿no habrá algún error de
planteamiento? Si partiendo de nuestra idea reductiva de la
materia acabamos negando lo humano ¿no será que nos
equivocamos de método? ¿No habrá que partir
de la existencia de estas dimensiones humanas, que son tan reales
por lo menos como las de la materia, para demostrar que el mundo
es más rico que la visión materialista ? ¿O
es que la justicia no existe porque no tenemos un
termómetro para medirla?
El problema de la libertad
El tema de la “mayúscula” de la libertad es
especial. La Libertad es una gran dimensión humana, muy
enaltecida en la historia de nuestro mundo moderno. Incluso se
han erigido importantes estatuas a la Libertad en París y,
sobre todo, en Nueva York (regalo del Estado francés)
.
Pero, si el mundo es sólo materia evolucionada por azar
y necesidad, no puede haber realmente libertad. Azar quiere decir
pura casualidad; y necesidad quiere decir determinación,
ausencia de libertad. Si la materia no es libre y el hombre es
sólo materia, en el hombre no hay libertad. Y entonces
toda la cultura moderna, incluso toda la cultura humana ha
caído en un error fundamental. Sigue viviendo en el mito y
no en la ciencia.
Claro es que también aquí es imposible ser
consecuentes. Si pensamos que la libertad no existe y que todo lo
que hacemos está dominado por el azar y la necesidad,
habría que cambiar muchas cosas. Pero todo intento de
tomarse en serio esta afirmación es una especie de chiste.
Porque si pensamos que el azar y la necesidad es la
explicación de todo, hay que pensar que lo pensamos por
puro azar y necesidad, no porque sea lógico. La materia no
es ni lógica ni no lógica. Es sólo azar y
necesidad. Y en consecuencia, el pensamiento y todo lo que
pensemos, sólo puede ser azar y necesidad, tanto si
pensamos una cosa como si pensamos la contraria.
Así lo argumentó muy simpáticamente el
Papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona: “Al
final, se presenta esta alternativa: ¿Qué hay en el
origen? O la Razón creadora, el Espíritu creador
que lo realiza todo y deja que se desarrolle, o la Irracionalidad
que, sin pensar y sin darse cuenta, produce un cosmos ordenado
matemáticamente, y también el hombre con su
razón. Pero entonces, la razón humana sería
un azar de la Evolución y, en el fondo, irracional”
( Homilía en Ratisbona, 12.IX.2006).
Pero vayamos al núcleo de la cuestión. Si el ser
humano es sólo materia, dominada por el azar y la
necesidad, no puede ser realmente libre. La única salida
materialista de este argumento (intentada por muchos) es
refugiarse en la mecánica cuántica. Resulta que
toda la física es determinista, menos la física de
las partículas subatómicas, la física
cuántica, donde no podemos determinar exactamente la
posición y velocidad de las partículas elementales
(electrones, fotones) ni tampoco su comportamiento (como onda o
como corpúsculo). Esto es, en definitiva, el principio de
indeterminación de Heisenberg. Según la
visión científica actual de las cosas, la materia
está totalmente determinada, menos en esa esfera. La
solución sería, entonces, intentar relacionar la
libertad humana con esa esfera de indeterminación. Es lo
que hace, por ejemplo, Penrose (La nueva mente del
emperador). Y le siguen otros.
Pero se trata de un trágico (o cómico)
malentendido. Indeterminación significa que no sabemos
determinar dónde está algo ni cómo se va a
comportar. Pero libertad es más que no poder prever lo que
va a pasar. Es, precisamente, decidir lo que va a pasar.
Ciertamente no podemos saber de qué manera se va a
comportar una persona, porque es libre. En eso el comportamiento
de las personas se parece al de las partículas
subatómicas: es imprevisible. Pero las personas libres
piensan lo que van a hacer y son capaces de hacer libremente
construcciones que son fruto de su espíritu, como la
catedral de Toledo, por ejemplo. Se puede decir que la catedral
de Toledo estaba indeterminada porque, antes de hacerla, nada
hacía suponer que en ese terreno habría una
catedral. Pero la catedral de Toledo no es el fruto de la
indeterminación, sino de la libertad humana, que
está llena de pensamiento, de proyecto, de
imaginación, de decisiones creativas. Cosa que no tienen
las partículas elementales ni ninguna otra esfera de la
materia.
Por eso, es casi un chiste intentar relacionar la libertad
humana con la mecánica cuántica. La libertad humana
está relacionada fundamentalmente con la inteligencia.
Somos libres porque somos inteligentes. Y la inteligencia es un
misterio casi tan grande como la libertad. Es la prueba
más evidente de que en el universo hay algo más que
materia. Que hay pensamiento, que hay libertad, que hay bondad,
que hay justicia, que hay amor. Y todas estas dimensiones de la
persona humana son las que los cristianos defendemos como parte
de la imagen de Dios. Como imagen de un Dios bueno, libre y
creador, tiene sentido un hombre libre y creativo, que quiere ser
bueno y justo. Y que considera un gran bien amar y ser amado.
Estas dimensiones son la prueba más clara de cómo
hay que contemplar el universo. Si sólo lo queremos
explicar desde la materia, desde la biología o desde las
realidades personales, la explicación no es tal.
Con lo que hemos dicho se ve hasta qué punto la
cosmovisión cristiana es coherente con la condición
y las aspiraciones de la persona humana. Mostrar esta
coincidencia es un gran camino de evangelización, como
señaló el Papa Juan Pablo II. En su discurso a los
teólogos españoles en Salamanca, decía que
el pensamiento cristiano “deberá buscar en las
estructuras esenciales de la existencia humana las dimensiones
trascendentes que constituyen la capacidad radical del hombre de
ser interpelado por el mensaje cristiano para comprenderlo como
salvífico, es decir, como respuesta de plenitud gratuita a
las cuestiones fundamentales de la vida humana. Este fue el
proceso de reflexión teológica seguido por el
Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et
Spes: la correlación entre los problemas hondos y
decisivos del hombre, y la luz nueva que irradia sobre ellos la
persona y el mensaje de Jesucristo” 4.
¿Compatible o incompatible?
El mensaje cristiano no tiene problemas ni con los datos ni
con la teoría de la evolución, ni tampoco con la
hipótesis del Big Bang. Al contrario: el relato
científico cada vez es más
“maravilloso”: hermoso, asombroso, misterioso... En
ese sentido, si no perdemos capacidad contemplativa, cada vez
está más cerca de la sensibilidad cristiana.
Después de dos siglos de profesores materialistas que
repetían que “la materia ni se crea ni se
destruye” y que tildaban de cuento absurdo la
creación cristiana, resulta que la visión
científica del universo, se parece cada vez más a
una creación de la nada. Aunque ésta no se puede
probar físicamente.
Lo que resulta incompatible con la fe cristiana es una
interpretación materialista o reduccionista que
defienda que toda esta maravilla viene “de abajo”,
que todo es materia, que, sin ningún sentido y por pura
casualidad ha ido creciendo. Esto contradice el sentido de fe.
Pero, según acabamos de ver, también contradice el
sentido común. Y nuestra experiencia directa de la
realidad: el orden y la estructura necesitan
explicación.
Hay que saber que en Estados Unidos hay un debate muy vivo
entre lo que se llama creacionismo y un evolucionismo, que no es
sólo ciencia sino ideología materialista.
Movimientos tradicionales cristianos, generalmente protestantes,
aspiran a que se enseñe en las escuelas una teoría
“creacionista” al mismo nivel con que se
enseña una teoría “evolucionista”, que,
muchas veces, no es sólo una visión
científica del mundo, sino también una
visión ideológica y materialista del mundo. Si
sólo explico los datos de la evolución, estoy en el
terreno de la ciencia. Si explico que el mundo se ha hecho por
pura casualidad, introduzco una posición ideológica
que no se puede demostrar en el laboratorio o estudiando
fósiles.
Llegar a la idea de un Dios creador está más
allá de los datos científicos. Pero es una
deducción posible, de naturaleza filosófica, al
contemplar el conjunto de la realidad. Para nosotros los
cristianos, esa deducción, viene reforzada por nuestra
fe.
En Estados Unidos, las posturas creacionistas están
sostenidas, a veces, por grupos fundamentalistas protestantes
que, a veces, defienden una interpretación puramente
literal de la Biblia, incluyendo cálculos de fechas sobre
la creación del mundo, que habría sido hace unos
5000 años. En cambio, la posición católica,
desde muy antiguo, entiende que el relato no trata de transmitir
datos físicos sobre la constitución y estructura
del mundo, sino el dato religioso de que ha sido hecho por
Dios.
Desde el punto de vista católico, Dios creó un
mundo que tiene sus leyes propias. No hay ningún problema
en que el universo se desarrolle según su propia
dinámica, contando también con
“casualidades”. Por eso, la fe cristiana es
perfectamente compatible con los “datos” que hoy
tenemos sobre el origen del universo y de las formas de vida,
incluido el hombre. Para nosotros la creación es una
maravilla del poder de Dios y todavía está en acto
en la historia de este mundo y, en particular, en cada ser humano
que nace.
El valor de las
“mayúsculas”
Como hemos dicho, todos los indicios nos hablan de que el
mundo también viene “de arriba”. Todo lo que
“parece más” que materia, para nosotros es un
signo de Dios, un camino hacia Dios; y una presentación
del cristianismo. Hemos mencionado algunas de las grandes
dimensiones humanas, que nos son más queridas, y que son
un gran testimonio de la trascendencia de la persona humana, de
la constitución del universo y de su origen divino.
En esta manera de contemplar la realidad humana coincidimos
con otras muchas personas, creyentes o no. Con muchas personas
que quizá no tienen una dimensión religiosa de la
vida o, al menos, una dimensión cristiana, pero captan
espontáneamente el valor de la realidad. Para esas
personas, la coincidencia entre lo que sienten y la doctrina
cristiana puede ser un gran camino de evangelización. El
cristianismo responde a las aspiraciones más profundas de
las personas. Vamos a repasarlas.
1) Los cristianos creemos en el valor de la Persona, en su
dignidad, porque no sólo es materia, sino “imagen de
Dios”. Todo el que crea en el valor de la persona, se
acerca a pensar el mundo “desde arriba”, se acerca a
la fe.
2) Creemos en el valor de la Justicia, que no es
aspiración de la materia, sino cualidad de Dios y del
mundo personal creado por Él. Todo el que “tiene
hambre y sed de Justicia”, tiene también hambre del
mundo personal de Dios. No es la ley de la materia ni la ley de
la selva.
3) Creemos en el valor del Amor, que no es una propiedad de la
materia, sino de Dios. Todo el que tiene una idea alta del amor
personal y una aspiración de comunión entre las
personas y de paz entre los hombres, está deseando a Dios
y se acerca al punto de vista cristiano.
4) Creemos en el valor de la Verdad (y del Saber y de Sentido
de la Vida), todo lo creado contiene la mente del Creador, por
eso puede ser pensado. Y la vida humana tiene sentido. La idea
misma de verdad nos habla de la inteligencia divina. Porque el
fruto de la casualidad es el absurdo. Todo el que ama la verdad y
busca el sentido de la vida está suponiendo que existe y
se acerca a la fe.
5) Creemos en el valor de la Belleza, física, moral y
espiritual, reflejo de Dios en el mundo y en las personas y en lo
más bello de las personas (la justicia, el amor y la
verdad: “Sólo la belleza salvará el
mundo”, según la famosa frase de Dostoievsky (que
inspiró el célebre discurso del Premio Nóbel
Solzhenitsyn -1972-).
El beneficio de la catequesis sobre la
creación
Los cristianos vemos el mundo “desde arriba” y
“desde abajo”, según los dos libros que se nos
han dado para leer: el de la naturaleza y el de la fe. Los vemos
compatibles, aunque no conozcamos todos los detalles. Y nos
maravillamos de su belleza, del amor creador de Dios.
La catequesis sobre la creación es proporcionar la luz
con la que hay que mirar el mundo. Es hablar del otro libro, que
permite levantar la mirada y ver la “maravilla” del
relato científico, además de explicar el sentido de
la vida humana en el mundo creado por Dios. Con su verdad, su
belleza, su amor y su justicia. Con el valor eterno de cada
persona. También con el valor de la naturaleza, llena de
azar y necesidad, y de maravillosas dimensiones creadas por Dios
y reflejo de Dios. Con un despliegue formidable y asombroso que
nos llena de admiración y de devoción.
Sobre los “dos libros”, de la naturaleza
y de la revelación
G. Tanzella-Nitti, The two Books prior to the Scientific
Revolution, en “Annales Theologici” 18
(2004) 51-83; J. Seibold S. J., Liber naturae et liber
Scripturae. Doctrina patrística medieval, su
interpretación moderna y su perspectiva actual, en
Stromata (Univ. San Miguel el Salvador) 40 (1984/I-II) 59-85. El
tema está en San Agustín, en San Buenaventura y en
muchos autores medievales. Es famoso el Liber creaturarum,
de Ramón Sibiuda. También Galileo usó este
tema al defender su postura, en su carta a Cristina de
Lorena.
Sobre las cosmovisiones
Este tema ya lo había abordado en Las cuatro
cosmovisiones, recogido en mi libro Para una idea
cristiana del hombre, Rialp, Madrid 2010. El materialismo es
una forma de pensamiento que atraviesa toda la historia. El
“panteísmo” tiene versiones religiosas
antiguas (budismo, hinduísmo, sintoísmo...);
modernas (New age) y versiones no religiosas sino más bien
filosóficas: unas antiguas (Spinoza) y otras más
recientes (Schrödinger). En Einstein era más bien una
especie de mentalidad, más que una doctrina construida y
no tenía una particular connotación religiosa, sino
de admiración por el universo.
Recientemente, hay que notar un nuevo
“biologicismo”, que es más que materialismo
porque intenta explicar toda la realidad humana a partir de una
ley biológica elemental: la ley de conservación del
patrimonio genético. Con esto intentan explicar todo el
desarrollo de la evolución, con el crecimiento de la
complejidad y todas las características de la cultura
humana. Es la posición de Richard Dawkins, desde su libro
El gen egoísta y El relojero ciego. Es un
importante divulgador científico visceralmente
anticristiano, con mucha presencia en los medios. Se diferencia
del materialismo puro y duro en que no se remite a las
propiedades de la materia, sino a una ley biológica.
Aparte de que no son admisibles muchas de sus simplificaciones,
cabe hacer una consideración general: si se admite una ley
biológica que no hay modo de reducir conceptualmente a las
leyes de la física, ¿cómo se explica la
existencia de esa ley fundamental? Y ¿por qué no va
a haber otras leyes superiores si existe esa?
Sobre la compatibilidad de la visión cristiana con
la visión científica del mundo
No siempre es fácil encontrar literatura de
divulgación equilibrada y que reúna un buen
conocimiento del estado de las ciencias y suficiente sentido
cristiano. Por una parte se necesita buena información
científica: por otra parte hay que saber distinguir lo que
es ciencia de lo que es ideología.
En este campo ha hecho una gran labor Mariano Artigas,
físico y teólogo, con muchas obras sobre la
evolución Las fronteras del evolucionismo (Palabra
2004); las relaciones Ciencia y fe. Nuevas perspectivas
(Eunsa 1992); Ciencia, razón y fe (Palabra 1992);
como ensayo más global, La mente del universo
(Eunsa 2000). Está pendiente de traducción sus
Oráculos de la ciencia, donde describe y juzga las
posiciones de algunos grandes científicos y divulgadores
de la ciencia. Y junto con el genetista Daniel Turbón,
Origen del hombre. Ciencia, Filosofía y
Religión (Eunsa 2007).
También merece atención la obra de
Agustín Udías, catedrático de
geofísica de la Universidad Complutense de Madrid, El
universo, la ciencia y Dios (PPC, 2001). Siempre he guardado
veneración por el pequeño y lúcido libro del
matemático y físico alemán Pacual Jordan,
Creación y misterio (Eunsa, 1978 ), aunque necesita
unos mínimos conocimientos científicos y
matemáticos (estadísticos) para entenderlo.
También vale la pena mencionar la obra de Stanley Jaki,
Física y religión en perspectiva (Rialp,
1990). Jaki fue un gran estudioso de la filosofía de la
ciencia y de su relación con la religión y
defendía que el desarrollo de la ciencia occidental se
debe, en gran medida, a que la fe cristiana
“desencantó” el mundo y le dio al hombre el
mandato de dominarlo: The road of science and the ways to
God (Univ. de Chicago, 1978).
Por su parte, A. Fernández-Rañada, en Los
científicos y Dios (Trotta, 2002) muestra la fe
cristiana y el impulso cristiano de muchos grandes
científicos. En ese sentido también J. M. Riaza,
La Iglesia en la historia de la ciencia (BAC, 1999).
Es particularmente interesante el testimonio de Francis
Collins, director del National Human Genome Research Institute,
que ha realizado la investigación sobre el genoma humano.
Su libro ¿Cómo habla Dios? (Temas de hoy,
2007) es un libro muy inteligente y matizado sobre estas
cuestiones, con sentido cristiano. También es interesante
el libro de Diego Martínez Caro, Génesis. El
origen del universo, de la vida y del hombre (Homolegens
2008), que, además, de hacer una buena presentación
científica, plantea, al final, las preguntas de la fe.
Sobre todos estos temas, existe información en
línea en las páginas web del grupo de trabajo CRYF
de la Universidad de Navarra. Se puede hallar fácilmente
en cualquier buscador de Internet.
(1) “Liber tibi sit
pagina divina, ut haec audias; liber tibi sit orbis terrarum, ut
haec videas” Enarrationes in Psalmos 45, 7 (PL 36,
518).
(2) Internacionalmente son
conocidas Science, Nature, etc.; en España,
Investigación y Ciencia
(3) “Me parece casi
increíble que coincidan una invención del intelecto
humano y la estructura del universo: la matemática
inventada por nosotros nos da realmente acceso a la naturaleza
del universo y nos permite utilizarlo. Por tanto, coinciden la
estructura intelectual del sujeto humano y la estructura objetiva
de la realidad: la razón subjetiva y la razón
objetivada en la naturaleza son idénticas. Creo que esta
coincidencia entre lo que nosotros hemos pensado y el modo como
se realiza y se comporta la naturaleza son un enigma y un gran
desafío, porque vemos que, en definitiva, es ‘una
razón’ la razón que las une a ambas: nuestra
razón no podría descubrir la otra si no hubiera una
idéntica razón en la raíz de ambas”
(respuesta en el encuentro con los jóvenes de Roma y del
Lazio, IV 2006, tomada de Zenit).
(4) Ibidem
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