Teoría de la Evolución
Santiago Collado González
Artículo reproducido de: Collado González, Santiago,
Teoría de la Evolución, en Fernández
Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés
(editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on
line, URL: http://www.philosophica.info/voces/evolucion/Evolucion.html
- El inicio de la teoría de
la evolución
- La teoría de la
evolución de Darwin/Wallace
- Debate en torno a la
teoría de Darwin
- Los principios de la
genética
- La teoría
sintética
- Biología molecular y
genética
- Algunas cuestiones
científicas debatidas en torno a la teoría de la
evolución
- Seleccionismo frente a
neutralismo
- Puntuacionismo frente a
gradualismo
- Noción de
especie
- Importancia de la
selección natural en la evolución
- Más sabemos, más
debates
- Reflexión
filosófica y teoría de la evolución
- Teoría de la
evolución y evolucionismo
- Evolución y
finalidad
- Bibliografía
1. El
inicio de la teoría de la evolución
Durante el siglo XVIII un grupo de investigadores, que fueron
llamados naturalistas, consiguieron reunir una gran cantidad de
información sobre la fauna y la flora en muy diversas zonas
de nuestro planeta. Un problema que planteó la
acumulación de tan notable volumen de información fue
su organización. La clasificación de los seres vivos
se realizó, en un primer momento, mediante amplias
descripciones de la morfología y procedencia de los
distintos individuos encontrados. Este tipo de descripciones no
constituían una verdadera ayuda para conseguir
clasificaciones que fueran suficientemente unívocas [Velázquez 2007:
131-142].
El sistema ideado y desarrollado por Linneo (1707-1778) supuso
una importante mejora en la organización de la
información disponible. Consistió en proponer una
serie de reglas para asignar a todos los seres vivos conocidos una
etiqueta de género y especie. Esta clasificación,
cuya primera edición fue publicada en 1735, se llamó
Sistema Naturae. Lógicamente, en ese momento, eran
las propiedades morfológicas de los distintos seres vivos
las que permitían asignar género y especie a un
individuo concreto. Aunque no está exento de
arbitrariedades, el trabajo realizado por Linneo simplificó
enormemente la tarea de clasificar animales y plantas. En
líneas generales, la estructura arborescente que
desarrolló sigue vigente en nuestros días, a pesar de
los cambios experimentados por la biología desde
entonces.
Para Linneo las especies identificadas constituían grupos
de seres bien diferenciados y sin ninguna relación de
procedencia. El criterio de parentesco, como hemos indicado, era
meramente morfológico. Esta perspectiva llamada fijista
consideraba que cada una de las especies estaba creada tal y como
era, y sus individuos no experimentaban cambios a lo largo del
tiempo.
No obstante, la acumulación de datos proporcionados por
los naturalistas, y los avances experimentados en su
organización, propiciaron la adopción de otros
enfoques bien diferentes al fijista. Pronto se fue abriendo paso la
idea de que unas especies provenían de otras y que, por
tanto, había que conseguir una clasificación que
reflejara las afinidades entre los distintos seres vivos desde
otras perspectivas: había que conseguir lo que se
llamó una clasificación natural.
Buffon (1707-1788) puso ya en entredicho el fijismo linneano
pero, propiamente, el primero en proponer una hipótesis
sobre el modo en que unas especies podían provenir de otras
fue el francés Jean Baptiste de Monet, caballero de Lamarck,
conocido sencillamente como Lamarck (1744-1829). En su
Filosofía zoológica, escrita en 1809, expuso
una descripción sistemática de la evolución de
los seres vivos.
Para Lamarck, las especies provienen unas de otras, de las
más simples a las más complejas. Los órganos
de cada especie se desarrollarían como consecuencia de la
reacción y adaptación al ambiente. Los cambios por
tanto serían paulatinos y se producirían a lo largo
de grandes periodos de tiempo. Lamarck pensaba que el fijismo era
absurdo porque los animales no hubieran podido sobrevivir, sin
evolucionar, a las cambiantes condiciones climáticas que en
algunos períodos de tiempo fueron muy agresivas.
La originalidad de la propuesta de Lamarck consiste en defender
que los cambios se producen por medio de la adaptación al
ambiente. Ciertos órganos se refuerzan con el uso que el
animal hace de ellos condicionado por el ambiente y, por otra
parte, otros órganos se atrofian y acaban
eliminándose por el desuso. Lamarck consideraba que dichas
modificaciones en los diversos órganos son trasmitidas por
herencia a los descendientes. Esto último es lo que se ha
llamado “herencia de los caracteres adquiridos”. En
realidad la idea que Lamarck estaba defendiendo era una
versión de “la función crea al
órgano”. Una consecuencia importante de la propuesta
lamarckiana era que la transformación de los organismos
debía ser necesaria, gradual, ascendente y continua. Es
decir, de los gusanos, por ejemplo, con el tiempo
llegaríamos a tener otra vez hombres.
Se puede decir, por tanto, que fue Lamarck el primero en
formular una hipótesis evolucionista en estricto sentido,
aunque entonces se reservaba la palabra evolución al
desarrollo del embrión, y su propuesta fuera denominada como
transformista. A diferencia de la propuesta de Darwin, el sujeto de
la evolución Lamarckiana es el individuo: es el individuo el
que experimenta la transformación por uso o desuso
adaptativo y dicha transformación es la que después
se trasmite a su descendencia.
La propuesta de Lamarck, aunque cosechó muchas adhesiones
y parecía explicar de una manera natural el aumento de
complejidad y la diversidad observada en la naturaleza,
también se encontró con la oposición de
científicos de la talla de Cuvier (1792-1832), profesor de
anatomía comparada, que empleando lo que Brentano
llamó más tarde el principio teleológico [Brentano 1979: 244], dio
las pautas para deducir unas formas animales a partir de otras del
mismo animal. Estas pautas han sido desarrolladas después
por la paleontología moderna.
Ciertamente, en los seres vivos, en particular en los animales
superiores, se pueden observar ligeras modificaciones de algunos
órganos como consecuencia de su uso y, sobre todo, es
más fácil de constatar la atrofia de aquellos
órganos que no se usan. Esto no permite afirmar que la
función crea el órgano, más bien se
podría decir que la funcionalidad del órgano puede
verse reforzada por su uso. Lo que la ciencia ha rechazado
contundentemente hasta el momento es la herencia de caracteres
adquiridos. No se ha encontrado ni la evidencia experimental ni
ningún mecanismo por el que los individuos puedan transmitir
las supuestas mejoras adquiridas en el curso de su vida. Los
principios que rigen la transformación de los caracteres
individuales, que son hoy comúnmente aceptados por la
ciencia, los establecieron por vez primera Darwin y Wallace. Por
otra parte, los principios que rigen la trasmisión o
herencia de dichos caracteres fueron establecidos en primer lugar
por Mendel.
2. La
teoría de la evolución de Darwin/Wallace
Como es bien conocido, Charles R. Darwin (1809-1882)
participó como naturalista en la expedición del
Beagle por América del sur y el Pacífico en el
año 1831. El viaje que comenzó cuando él
tenía sólo 22 años terminó cinco
años más tarde. Durante ese período Darwin
tuvo tiempo para realizar muchas observaciones, compilar
información y reflexionar sobre los datos que iba
recopilando y sobre algunos textos como el que lleva el nombre de
Principios de Geología de Charles Lyell, donde
encontró buenas síntesis de argumentos evolucionistas
como los defendidos por Lamarck. Todo esto le fue llevando a
abrazar una perspectiva transformista de la naturaleza. En los
años sucesivos a su viaje Darwin fue elaborando sus propias
ideas y recogiendo nuevos datos con los que realizar un trabajo en
el que quería exponer, de una manera ordenada, su
visión de la naturaleza. Quizá uno de los textos que
más influjo ejerció en la elaboración de sus
tesis fue el libro de Thomas R. Malthus (1766-1834) publicado por
primera vez en 1798: An Essay on the Principle of
Population. En este libro Malthus defendía la tesis de
que era necesaria la lucha por la supervivencia como consecuencia
de que la población tiende a crecer siguiendo una
progresión geométrica mientras que los alimentos lo
hacen siguiendo una progresión aritmética.
En el año 1858 Darwin recibió un paquete por
correo enviado desde una alejada isla del archipiélago
Malayo, la actual Indonesia. El paquete contenía un texto
que resumía los resultados de la investigación
llevada a cabo por Alfred Russel Wallace (1823-1913). El escrito
contenía una extraordinaria exposición de “la
teoría de la evolución por selección
natural”. Su claridad expositiva hace que todavía hoy
ese texto conserve gran valor pedagógico. Darwin llevaba dos
décadas elaborando una teoría equivalente a la de ese
escrito y estuvo a punto de abandonar su proyecto al leer el
trabajo. Fue precisamente Charles Lyell y el botánico Joseph
Dalton Hooker quienes intervinieron en favor de los intereses de su
amigo Darwin. El escrito de Wallace fue publicado en los
“Proceedings” de la prestigiosa Sociedad Linneana,
precedido de otra contribución de Darwin que contenía
algunos fragmentos de un ensayo de 1844 no publicado y una carta
escrita al botánico Asa Gray. Los escritos fueron publicados
en agosto de 1858 salvando así el derecho de Darwin a
reclamar la originalidad del trabajo que llevaba preparando durante
tanto tiempo y que todavía no había visto la luz. Fue
en el año siguiente, 1859, cuando Darwin publicó los
resultados del trabajo que había realizado durante los
años precedentes en un libro titulado “On the Origin
of Species by Means of Natural Selection”. El éxito de
este libro permite afirmar que fue en este momento cuando
nació la “teoría de la evolución por
medio de la selección natural”.
La estructura de la teoría de la evolución por
selección natural [Lewontin 1970; Sarkar 2007] tal como Darwin y Wallace la
expusieron en sus escritos se apoya en tres puntos
básicos:
1) Los descendientes heredan los caracteres de los progenitores
de generación en generación. Darwin, sin embargo, no
conocía las leyes de la herencia sobre las que se estaba
trabajando precisamente en los años en los que dio a conocer
su teoría. Las leyes de la herencia que hoy son aceptadas
científicamente y que fueron descubiertas por Mendel no se
conocieron hasta el comienzo del siglo XX. Las explicaciones
propuestas por Darwin para la herencia de los caracteres resultaron
erróneas y fueron pronto rechazadas. Estas explicaciones, no
obstante, no formaban parte del contenido del “Origen de las
especies”.
2) En el proceso de la herencia ocurren variaciones
espontáneas que son por azar o ciegas. Se habla de
variaciones por azar o ciegas en un doble sentido. Por una parte no
se pueden determinar sus causas. Por otra parte, dichas variaciones
no están orientadas a una mejor adaptación del
organismo al medio, es decir, no hay ninguna orientación a
priori en ellas. En la primera edición del “Origen de
las especies” Darwin rechazaba explícitamente la
herencia de los caracteres adquiridos defendida por Lamarck.
Más tarde, sin embargo, matizó dicho rechazo.
3) Existe reproducción diferenciada en los individuos de
una población. El motivo es doble: o bien algunos individuos
poseen mayor fertilidad que otros, o bien están mejor
adaptados al medio. Mejor adaptación al entorno se
traducirá en una mayor supervivencia y, consiguientemente,
en una mayor descendencia.
El impacto de las ideas de Darwin/Wallace fue enorme. Muy poco
después de la publicación del “Origen de las
especies”, ya en la década de los 60, la
evolución basada en la selección natural defendida
por Darwin era, en la práctica, universalmente aceptada. No
obstante, muy pronto empezaron a plantearse las primeras objeciones
a su propuesta. Las objeciones a partir de los 60 no iban dirigidas
contra el hecho de que hubiera evolución, es decir, que las
diversas especies descendieran de otras comunes y anteriores en el
tiempo, sino que se dirigían directamente contra lo que
hacía original su propuesta, es decir, que el motor de la
evolución fuera las variaciones al azar y la
selección natural.
En relación con el desarrollo de la propuesta de Darwin
en los años sucesivos, y de las críticas que ha
recibido hasta nuestros días, hay que decir que Darwin
prestó gran atención a la posibilidad de explicar el
desarrollo de estructuras complejas sobre la base de las
variaciones por azar y la selección natural como causa
principal de dicho desarrollo. De hecho, aunque para Darwin dicha
teoría explicaba muchos aspectos de la evolución de
los seres vivos, incluido el origen de las especies, esto no
llegó a implicar que la evolución de los organismos
pudiera ser explicada únicamente por medio de la
selección natural. Darwin aceptaba la existencia de otros
mecanismos causantes del cambio evolutivo. Las razones que Darwin
tenía entonces para mantener su visión plural de las
causas de la evolución eran, no obstante, muy pobres o
erróneas si consideramos las cosas desde la perspectiva
actual.
Darwin se enfrentó personalmente con buena parte de las
objeciones que se han puesto hasta nuestros días a su
teoría de la evolución. Sus puntos de vista fueron
expuestos en sucesivas ediciones del “Origen de las
especies” [Darwin
2002: 183]. No solamente se centró en el problema del
origen y el incremento de la complejidad de los seres vivos, sino
también, por ejemplo, abordó problemas como el de la
escasez de registro fósil disponible de los supuestos seres
vivos que debían haber existido como consecuencia de una
evolución gradual como la defendida en su propuesta [Darwin 2002: 349].
3.
Debate en torno a la teoría de Darwin
El peso de las objeciones puestas a su teoría, junto con
el desconocimiento de las leyes de la genética llevaron a
Darwin, después de 1959, a restar importancia al mecanismo
de la selección natural e incluso a aceptar la existencia de
mecanismos de tipo lamarkiano como explicación de las
transformaciones en los seres vivos.
Una de las principales objeciones a la teoría de Darwin
en estos años fue puesta por William Thomson (Lord Kelvin).
Kelvin compartía con Darwin un modo de entender la
transmisión de los caracteres hereditarios que le llevaba a
concebir el proceso de evolución por selección
natural de una manera extraordinariamente lenta. No solamente los
cambios que servían de materia para la selección
natural eran diminutos y graduales sino que para transmitir los
caracteres a la descendencia sin ninguna perdida de
variación era necesario que la novedad apareciera en dos
individuos y que estos se aparearan entre sí. La
probabilidad de que ocurrieran las cosas de esta manera era tan
pequeña que para poder explicar la evolución y
variedad de la vida en la Tierra tal como se presenta a nuestra
experiencia era necesario que el proceso hubiera durado billones de
años.
El problema era que el tiempo estimado para la tierra era mucho
menor. Por entonces se pensaba que la energía que recibimos
del Sol procedía exclusivamente de la gravedad. Se
podía calcular la masa aproximada del Sol y la
energía que emitía. Con estos presupuestos los
cálculos de Kelvin predecían para el Sol un tiempo de
vida que no superaba unos cientos de millones de años.
Lógicamente la vida en la tierra no podía exceder ese
tiempo que era muy inferior al tiempo necesario estimado para el
desarrollo de la vida tal como la conocemos. La radioactividad,
verdadera fuente de la energía que recibimos del Sol, fue
descubierta en la década que comenzó en 1890. Estas
consideraciones debieron influir notablemente en los planteamientos
de Darwin que, como hemos señalado, quitó importancia
en sucesivas ediciones del Origen de las Especies a las
variaciones ciegas y se la dio a otros mecanismos como la herencia
de caracteres adquiridos inducidos por el ambiente.
A pesar de admitir una pluralidad de mecanismos como motor de la
evolución, para Darwin había una continuidad
evolutiva entre todas las especies, incluida la humana. Sin
embargo, Darwin no defendió que las facultades superiores
humanas fueran el resultado de la selección natural. Puede
decirse que Wallace era más estricto que Darwin en la
defensa del mecanismo de la selección natural. Su
panseleccionismo le llevaba a considerar a las variaciones
aleatorias y a la selección natural como la única
fuerza de la evolución biológica. No obstante,
Wallace admitía el influjo de otra fuerza distinta, de
carácter “espiritual”, cuando se trataba de
explicar el origen de la vida, la emergencia de la conciencia
propia de los animales y, principalmente, las facultades superiores
humanas como, por ejemplo, su capacidad para hacer
matemáticas o sus habilidades artísticas. Para
Wallace el mundo de la materia estaba claramente subordinado a ese
otro mundo del espíritu en el que no encajaba como
explicación la selección natural. Wallace era
más estricto en la defensa de la selección natural en
la evolución orgánica que Darwin, y también
más neto en su defensa de un ámbito
“espiritual” para el que la selección natural no
era una explicación [Sarkar 2007: 31-32].
Otro biólogo muy importante en el siglo XIX fue el
alemán August Weismann (1834-1914). Weismann, también
panseleccionista, rechazó completamente la posibilidad
admitida por Darwin de la existencia de mecanismos de tipo
lamarkiano. La distinción que estableció entre las
células germinales, aisladas de las influencias del entorno,
y las células somáticas, apunta hacía lo que
sería más tarde el marco general de la moderna
teoría de la evolución.
A pesar del éxito inicial de la teoría de Darwin,
y de los esfuerzos de biólogos como Weismann por defender la
selección natural y por restar crédito al lamarkismo,
en los años 90 se abre un período en el que el
mecanismo “variación ciega más
selección” pierde popularidad a favor de otros
mecanismos de tipo lamarkianos o los que también
podrían encuadrarse dentro de la denominada
ortogénesis (evolución con una dirección
determinada). Uno de los defensores del neolamarkismo de estos
años, Herbert Spencer, fue el que acuñó la
expresión de “supervivencia del más
adaptado”, que muchas veces se ha traducido como la
“supervivencia del más fuerte”, y que ha ayudado
tan poco en la recta comprensión de la teoría
propuesta por Darwin/Wallace.
Los motivos para que se produjera esa regresión de la
propuesta darwiniana son variados. Ya hemos mencionado las serias
dificultades que se derivaban de las consideraciones hechas por
Kelvin. Los argumentos probabilísticos no parecían
dar apoyo a la teoría inicialmente propuesta por Darwin. Fue
creciendo un cierto escepticismo acerca de la posibilidad de que la
selección natural, por sí sola, fuera capaz de
explicar la aparición de la diversidad de las especies. Este
escepticismo estaba alimentado por el desconocimiento de los
mecanismos de la genética y, también, por la falta de
datos experimentales cuantitativos que apoyaran las tesis del
“Origen de las especies”.
Por otra parte, ya en la filosofía clásica se
habían formulado argumentos que se basaban en la finalidad
para defender la existencia de un ser superior del que depende el
mundo. Hablar de un mecanismo que parecía robar la finalidad
a la naturaleza suscitaba y sigue suscitando los más vivos
debates.
Los recelos con respecto a la nueva teoría de la
evolución se agudizaban cuando lo que se destacaba era la
continuidad entre los animales y el hombre. Darwin defendía
explícitamente dicha continuidad en un libro publicado en
1871 que llevaba por título “The Descent of
Man”. La gradualidad en las facultades superiores humanas
(inteligencia y capacidad lingüística, por ejemplo)
respecto a las animales sí chocaba abiertamente, por
ejemplo, con la doctrina sostenida por todas las confesiones
cristianas sobre el modo de ser peculiar del ser humano. Darwin
propuso una explicación selectiva para ciertas cualidades
morales que se encuentran en el hombre y también, a su
manera, en los animales: cooperación grupal, defensa en
común, transmisión de conocimientos de padres a
hijos, por ejemplo. Pero las dificultades para apoyar la
evolución desde los animales de facultades como la
inteligencia o la capacidad lingüística humana
obligó a Darwin a recurrir al uso-herencia propio del
lamarkismo y a otras hipótesis que hoy son completamente
insostenibles. A lo que no renunció en ningún momento
Darwin fue a la continuidad entre los animales y el hombre, lo que
supuso reducir las dimensiones culturales humanas a pura
biología.
Tanto el neolamarkismo como la ortogénesis sirvieron en
la última década del siglo XIX como alternativa, o al
menos como complemento, a la teoría de Darwin y Wallace en
el modo de explicar lo que, ya en esos años, era admitido
por los científicos como un hecho cierto e incontrovertible:
el hecho de la evolución o descendencia de todos los seres
vivos de antecesores comunes, incluyendo las características
orgánicas humanas. Lo que se cuestionaba en estos
años, o incluso se negaba rotundamente, era la capacidad de
la selección natural, por sí sola, para generar la
diversidad de las especies y el grado de complejidad alcanzado por
los seres vivos.
El debate se situaría en un nuevo marco con el desarrollo
experimentado por la genética en los comienzos del siglo
XX.
4. Los
principios de la genética
En el recorrido que estamos haciendo de las ideas que conforman
la moderna teoría de la evolución hemos examinado uno
de los pilares que sirven de soporte a dicha teoría: las
ideas expuestas en el “Origen de las especies” sobre
las pequeñas variaciones y la selección natural. El
otro importante pilar son las ideas publicadas en 1866 por el monje
agustino nacido en Heinzendorf (entonces en territorio austriaco y
actualmente perteneciente a la republica Checa), Gregor Johann
Mendel (1822-1884). Aunque en su trabajo exponía los
principios fundamentales de la moderna genética, la
importancia de su contenido no se reconoció hasta principios
del siglo XX.
Mendel obtuvo los principios de la herencia experimentando con
determinadas plantas de guisantes que mostraban una serie de
caracteres bien determinados: tamaño y color de la flor,
forma y color de la semilla, etc. Realizó cruces entre
plantas con diferentes caracteres y cuantificó e
interpretó los resultados obtenidos en el cruce de varias
generaciones de plantas. Llegó a una serie de conclusiones
que fueron conocidas más tarde como las leyes de Mendel y
que mantienen hoy su vigencia.
Mendel distinguió entre carácter y factor. Los
caracteres eran las propiedades visibles que manifestaban las
plantas: color, forma, etc. La manifestación de los diversos
“caracteres” dependía de un conjunto de
“factores” independientes y discretos que estaban
presentes en las plantas [Curtis-Barnes 1996: 207 y ss.].
La primera ley de Mendel lleva por nombre “principio de
segregación” y establece la hipótesis de que
cada individuo lleva pares de factores para cada carácter, y
que los factores de cada pareja se segregan o separan el uno del
otro cuando se forman los gametos (las células germinales o
reproductoras). De esta manera, en la descendencia, al unirse los
gametos paterno y materno, un factor de la nueva pareja es heredado
de la planta padre y el otro de la planta madre. Más tarde,
estos factores fueron llamados genes, las unidades de la herencia,
y las variedades que presentaban dichos factores o genes se
llamaron alelos.
El resultado de los experimentos realizados por Mendel le
llevó a concluir que uno de los dos factores del par es
siempre “dominante” respecto del otro, que entonces se
llama recesivo. Es decir, cuando en la planta estaban presentes el
factor dominante y el recesivo, el carácter presentado por
la planta era siempre el de la variante del factor o alelo
dominante.
La segunda ley de Mendel se llama “principio de
transmisión independiente”. Dicho principio establece
que cuando se forman los gametos, los alelos de un gen se segregan
independientemente de los alelos de otro gen. Por tanto, las
combinaciones posibles de los distintos caracteres al cruzar
diversas plantas debían ser también independientes.
Es decir, el carácter color, por ejemplo, no estaba
vinculado al carácter tamaño sino que en la
reproducción se podían combinar independientemente
tamaños y colores.
Estas leyes eran la interpretación de la
distribución de caracteres que Mendel obtuvo al cruzar
experimentalmente las distintas plantas de guisantes. Dicha
interpretación conseguía cuantificar perfectamente
los resultados de las proporciones de caracteres obtenidos en los
experimentos.
Para algunos, el esquema propuesto por Mendel constituía
un logro para la Biología incluso de mayor importancia que
la misma propuesta de Darwin. Se puede decir que dicho esquema
introducía a la Biología en el ámbito de la
cuantificación, que constituye el ideal al que aspira toda
ciencia que pretende apoyarse en la experimentación.
Como hemos indicado, el trabajo de Mendel paso desapercibido
hasta que en el año 1900 fue redescubierto
simultáneamente por tres botánicos. Los tres
reconocieron la propuesta de Mendel como predecesora de sus propios
trabajos. En el comienzo de siglo el zoólogo William Bateson
(1861-1926) se erigió como el mayor defensor de las leyes de
Mendel. Bateson protagonizó una nueva polémica que le
enfrentó a evolucionistas darwinianos del momento como Karl
Pearson y, en especial, al zoólogo Walter Frank Raphael
Weldon (1860-1906).
Bateson pensaba que se ajustaba más al descubrimiento de
Mendel que las variaciones que daban lugar a la evolución
fueran discontinuas y no pequeñas variaciones como
hipotizaba la teoría darwinista. De hecho no creía
que la evolución tuviera lugar siguiendo el esquema
presentado por Darwin. Por otro lado Pearson y Weldon pensaban que
las leyes de Mendel sólo funcionaban en casos muy
excepcionales. También rechazaron la distinción entre
carácter y factor mendeliano y formularon un conjunto de
leyes que omitían esta distinción y se basaban
sólo en los caracteres externos presentados por los
individuos. Weldon intentó la construcción de una
teoría estadística de la evolución que se
ajustara a las ideas de Darwin. El enfrentamiento entre Bateson y
Weldon terminó con la muerte de Weldon en 1906, pero no
acabó la disputa entre los mendelianos y los llamados
“biometristas”. Los primeros destacaban, en contra de
la teoría de Darwin, la importancia de la discontinuidad en
los cambios transmitidos por herencia. Los segundos eran fieles a
la evolución de tipo darwinista que destacaba la gradualidad
en los cambios de los caracteres. Mendel contribuyó, por
tanto, a debilitar más aún la confianza en las tesis
darwinistas en los primeros años del siglo XX.
5. La
teoría sintética
El muro que separaba las posiciones de mendelianos y
biometristas comenzó a desmoronarse a partir de 1918. En
este año R. A. Fisher (1890-1962) pudo mostrar que las leyes
formuladas por los últimos podían ser explicadas
dentro del marco establecido por las leyes de Mendel. Esta
contribución junto con el trabajo de otros autores como John
Burdon Sanderson Haldane (1892-1964), permitió
construir una teoría de la selección natural basada
en el modelo mendeliano de la herencia. La teoría moderna de
la evolución tuvo su inicio en los trabajos de estos
años, que alcanzaron su madurez al principio de los
años 30.
En la construcción del nuevo marco teórico fue muy
importante la distinción acuñada por Wilhelm
Johannsen (1857-1927) en 1909 entre la noción de genotipo y
fenotipo. Este último está constituido por el
conjunto de características detectables en un organismo
(estructurales, fisiológicas o conductuales) que
están determinadas por la expresión en el ser vivo
del genotipo y por su interacción con el medio. Dicha
distinción actualizaba la que había sido propuesta
originalmente por Mendel entre carácter y factor. La
noción de gen, también acuñada por Johannsen,
era entonces postulada para conseguir una teoría consistente
con la experiencia pero, aunque ya se sabía bastante sobre
cómo participaban los genes en la herencia de los
caracteres, en realidad no se sabía en ese momento
qué era o en que consistía el material
genético.
Un punto que es clave en la unión de las dos perspectivas
competidoras de estos primeros años de siglo
consistió en asumir que el desarrollo de cada ser vivo,
desde el embrión hasta su edad adulta, es como una caja
negra, es decir, se omitía cualquier consideración
sobre cómo interaccionan los genes con el organismo y su
entorno. Esto es sin duda una simplificación muy importante,
pero hizo abordable dicha síntesis. En el nuevo esquema se
asumía que la selección natural podía ser
modelada en base a los cambios que se producían
únicamente en el genoma. Dicho de otra manera, solamente las
modificaciones en el genoma son las responsables del cambio
evolutivo, y dichas modificaciones no están condicionadas en
su producción ni por el fenotipo ni por el entorno, sino que
son modificaciones al azar, de acuerdo con las ideas de Darwin y
Wallace. La no influencia del fenotipo sobre el genotipo
está relacionada y puede considerarse equivalente a lo que
más tarde se llamó el dogma central de la
biología.
En los años 20, Haldane, Fisher y Wright ejercieron gran
influencia en el desarrollo de la Teoría de la
Evolución. Haldane publicó varios artículos en
los que hacía un tratamiento de la selección natural
desde la genética: analizaba una gran variedad de modelos
genéticos y, también, distintas formas en las que
podía darse la selección natural: débil o
intensa, constante, cíclica, etc. Una de las conclusiones a
las que llegó fue que el proceso de selección natural
actuando sobre variaciones ciegas era más rápido de
lo que se pensaba. El temor de que no hubiera tiempo suficiente
para que la selección natural diera lugar a modificaciones
evolutivas importantes no parecía estar justificado a la luz
de estos trabajos. Las teorías que competían con la
selección natural en los primeros años del siglo
—las que defendían la ortogénesis y las de tipo
neolamarkista— recibían con estos trabajos un duro
golpe. Estos tres autores son considerados hoy como los padres de
la genética de poblaciones, que sigue siendo el fundamento
para la actual teoría de la evolución.
Haldane se centró en el estudio de las consecuencias que
para la evolución tienen los diversos modelos
genéticos. Fisher y Wright trataron de ofrecer
teorías de carácter general que explicaran la
historia de la vida sobre la Tierra. Ambos mantuvieron algunas
diferencias en relación con el papel de la selección
natural en la evolución. Fisher era partidario de que la
mejor explicación de la evolución la proporciona la
selección natural actuando sobre pequeñas variaciones
que se producen en grandes poblaciones en las que sus individuos se
aparean de manera aleatoria. En cambio, Wright pensaba que en la
explicación de los cambios eran más importantes las
pequeñas poblaciones aisladas en las que se podían
producir importantes fluctuaciones debidas, precisamente, al
pequeño número de los individuos que las componen.
Esta hipótesis después ha sido conocida como la
“deriva genética”. El debate entre estas dos
posiciones ha sido relevante en el desarrollo de la moderna
teoría de la evolución.
La integración de los trabajos anteriores con el resto de
la biología fue tarea de Theodosius Grygorovych Dobzhansky
(1900-1975), que consiguió unificar los resultados
empíricos de poblaciones naturales con los modelos
teóricos de Haldane, Fisher y Wright. Su libro más
importante fue publicado en 1937 y llevó por título
“Genética y el Origen de las Especies”. Uno de
los temas que centró su interés fue el de la
especiación: la aparición de nuevas especies a partir
de otras ya existentes. Este es el problema que aparecía en
el título del famoso libro de Darwin y que, en realidad,
él no llegó a aclarar. Dobzhansky destacó la
importancia del aislamiento geográfico como una de las
causas más importantes para la aparición de una nueva
especie. Este tipo de especiación fue llamada
especiación alopátrida. Su estudio y, en general, el
estudio de la especiación, ha sido desarrollado
posteriormente, entre otros, por Ernst Mayr (1904-2005). Hoy en
día no se considera este tipo de especiación
más importante que la especiación simpátrida,
en la que la formación de especies no requiere el
aislamiento geográfico. Julian Huxley (1887-1975)
popularizó en 1942 el nuevo marco teórico alcanzado
por los autores citados en un libro que tuvo una gran
difusión y en cuyo título llamaba a la nueva
teoría de la evolución la “síntesis
moderna” [Huxley
1946]. Desde entonces dicha teoría ha sido conocida como
la “teoría sintética de la
evolución”.
6.
Biología molecular y genética
Otro hito importante en la configuración de la
teoría de la evolución tuvo lugar con el
diseño de Watson y Crick en 1953 del modelo en doble
hélice de la molécula de ADN. Desde los
años 40 se sabía que en las moléculas de ADN
(Acido desoxirribonucleico) estaba contenida la información
genética. En 1953 se determinó la estructura de dicha
información. Se descubrió que las moléculas de
ADN codifican la información genética a lo largo de
secuencias lineales de 4 bases nitrogenadas o nucleótidos
llamados Adenina, Citosina, Guanina y Timina. Estas bases
constituyen las cuatro letras de un alfabeto con el que se escribe
en el genoma la información que es expresada en el
desarrollo del ser vivo.
La distinción entre genotipo y fenotipo quedaba
sólidamente establecida de esta manera. El nivel más
básico del fenotipo serían las proteínas:
macromoléculas compuestas por aminoácidos que
constituyen la parte estructural fundamental de los diversos
organismos vivos. Se conoce la correspondencia entre las distintas
secuencias de bases del ADN con cada uno de los 20 tipos de
aminoácidos distintos existentes. Concretamente cada uno de
los aminoácidos es codificado por tres de las letras
básicas del código genético. Cada grupo de
tres letras que codifica un aminoácido se denomina
“codón”. No todo el ADN es codificante.
Además hay aminoácidos que están asociados con
codones distintos. Por esto se dice que el código
genético es degenerado. A su vez, los 20 aminoácidos
dan lugar por composición a una gran variedad de
proteínas que desempeñan multitud de funciones en el
organismo a muy distintos niveles y formando parte de una gran
diversidad de sistemas orgánicos.
Exponemos a continuación de una forma breve algunas de
las nociones más importantes que quedaron establecidas por
la genética que se desarrolló a partir de los
años 50 y que son determinantes en el modo en que se
entiende hoy en día la Evolución [Ayala 2006a: 223 y ss.].
El ADN es, como hemos indicado, la molécula donde
se encuentra codificada la información genética. Se
trata de una molécula larga en forma de hélice y que
puede representarse como dos largos filamentos moleculares
enrollados y unidos por las bases o nucleótidos. Hay cuatro
tipos de bases y cada filamento está unido al otro por las
bases complementarias del otro.
Las moléculas de ADN se encuentran empaquetadas asociadas
a proteínas en unos cuerpos densos que se llaman
cromosomas. Cada especie tiene un número determinado
de cromosomas. La especie humana tiene concretamente 46. En este
caso, que es de reproducción sexuada, 23 cromosomas
corresponden al padre y los otros 23 a la madre. Tenemos 23 parejas
de cromosomas homólogos.
El gen es la unidad discreta de herencia que fue
identificada por primera vez por Mendel. En el paradigma actual
cada gen se corresponde con una característica
morfológica del organismo, por ejemplo, el color de alguna
parte del cuerpo como el pelo o los ojos. El gen es un segmento del
cromosoma que está en un lugar concreto que se llama
locus. Cada cromosoma puede tener muchos miles de loci
génicos. Los loci están en ambos cromosomas
homólogos. Cada gen en un locus concreto puede presentar
formas variantes que se llaman alelos. Eso significa que
genes alelos varían en una o varias partes de su secuencia
de nucleótidos. Los genes se presentan por tanto en parejas
uno en un cromosoma materno y el otro en el correspondiente paterno
o cromosoma homólogo. Los dos genes homólogos ocupan
un locus en cada uno de los cromosomas homólogos. La
existencia de alelos es el prerrequisito para que pueda haber
evolución. Se ha comprobado que existe una gran diversidad
genética, es decir, una gran diversidad de alelos dentro de
las diferentes poblaciones. La selección artificial es una
muestra de que existe una amplia variabilidad genética en
las poblaciones naturales.
Una noción clave en la teoría de la
evolución es la de especie. En la
“síntesis moderna” la noción de especie
biológica fue caracterizada por Dobzhansky y por Mayr, para
los organismos de reproducción sexual, como «grupos de
poblaciones naturales interfértiles que están
aislados reproductivamente de otros grupos» [Ayala 2006b: 258]. Esta
noción es la que cuenta con mayor aceptación en la
actualidad a pesar de sus evidentes limitaciones como, por ejemplo,
el hecho de que sea valida sólo para grupos que se
reproducen sexualmente o, también, que su aplicación
no sea posible para especies que ya están extinguidas. La
noción es importante, entre otras razones, porque definida
de esta manera, cada especie constituye una unidad evolutiva
discreta e independiente (no hay intercambios de genes entre
especies diferentes). Se ha escrito mucho sobre los mecanismos que
llevan a la formación de una especie. En todo lo escrito se
destaca la importancia que tienen los mecanismos de aislamiento
reproductor de los que hay identificados varios tipos.
Los descubrimientos de los años 50 en genética y
bioquímica han dado lugar a innumerables estudios e
investigaciones realizadas desde el nuevo marco teórico y se
han cosechado ya resultados prácticos concretos. Estos
estudios han dado como fruto, por ejemplo, la culminación
del Proyecto Genoma Humano en el año 2003. Durante los 13
años que duró el proyecto se consiguieron identificar
los aproximadamente 20.000-25.000 genes que posee nuestro ADN y se
determinó la secuencia de los tres mil millones de bases que
componen el ADN. Además, la teoría de la
evolución se ha podido refinar notablemente. Actualmente,
por ejemplo, se pueden abordar taxonomías de los seres vivos
basadas en el patrimonio genético de cada especie y no en
aspectos morfológicos externos que resultan más
arbitrarios. Ahora se sabe, entre otras cosas, lo que no se
conocía cuando se formuló por primera vez la
teoría sintética: en qué consiste el material
genético. Se van comprendiendo poco a poco, es una tarea
para años que está apenas comenzada, el significado
mismo de la información genética, lo cual tiene que
ver con su expresión en el organismo vivo. Todos estos
conocimientos han abierto muchas expectativas, por ejemplo, dentro
de la medicina y, también, en la biología
teórica en general. Pero, por otra parte, también se
ha puesto de manifiesto la extraordinaria complejidad que se
esconde en los seres vivos. En cuanto al proceso de la
evolución, los avances señalados han resuelto
antiguos interrogantes, pero también han abierto otros
nuevos que se erigen como desafíos para la ciencia que son
aún más arduos que los antiguos.
Se puede decir en definitiva que existe un marco común
aceptado por la mayoría de los científicos en el que
están incluidos, entre otros, los ingredientes que hemos ido
describiendo anteriormente. El núcleo esencial sobre el que
existe común acuerdo entre toda la comunidad
científica se podría resumir diciendo que «la
evolución se produce mediante la actuación de
mecanismos como la selección natural sobre, primariamente,
pequeñas variaciones ciegas que ocurren en el nivel
genético» [Sarkar
2007: 69]. Pero dentro de ese marco hay cuestiones que siguen
siendo objeto de vivos debates. Se mantienen también
cuestiones ya planteadas en los inicios de la formulación de
las teorías evolucionistas pero ahora vistas desde la nueva
perspectiva y, por tanto, desde una mejor comprensión de su
complejidad.
También hemos visto que, desde su inicio, la
teoría de la evolución que nació y se ha
desarrollado a partir de las ideas de Darwin no ha tenido una
aceptación pacífica. Se han mencionado ya algunas de
las controversias suscitadas en los años finales del siglo
XIX y sus raíces. Fuera del ámbito científico
las controversias no han sido menores. Uno de los movimientos que
más resistencia ha ofrecido a las ideas de Darwin ha sido el
Creacionismo. Los enfrentamientos con la teoría de la
evolución, que llegan hasta nuestros días, dan la
posibilidad de trazar una historia de la que incluso un simple
esbozo queda fuera del alcance de esta voz [véase la voz Diseño
inteligente].
A continuación se indican brevemente algunas de las
cuestiones científicas más importantes que han sido
objeto de controversia en los últimos años en
relación con la teoría de la evolución. Se
recogen aquí porque entenderlas permite también
comprender mejor la teoría de la evolución y su
alcance. Por otra parte el debate filosófico, al que se
dedica la última parte de esta voz, no es ajeno al debate
científico.
7.
Algunas cuestiones científicas debatidas en torno a la
teoría de la evolución
7.1.
Seleccionismo frente a neutralismo
En los años 60 se comenzó a utilizar una nueva
técnica, la electroforesis en gel, con la que se pudo
comprobar con bastante precisión el grado de
variación genética de las poblaciones. Los estudios
realizados con esta técnica, y otras también
sencillas de realizar en el laboratorio, llevaron a determinar que
la proporción de loci heterocigóticos, es decir,
aquellos que presentan alelos distintos en los cromosomas
homólogos, oscila entre el 5 y el 20 por ciento. Teniendo en
cuenta que la técnica empleada detecta las variaciones en
las proteínas y que la codificación de las mismas por
el ADN es degenerada, era razonable pensar que el grado de
variación genética era aún mayor que esos
porcentajes [Ayala 2006c:
280].
El grado de variación que resultaba de dichos
experimentos era muy superior al que se esperaba. Una
explicación de este fenómeno fue propuesta por el
genetista japonés Motoo Kimura en 1968. Para este
científico, y los que como él defienden la llamada
“teoría neutralista”, la mayoría de las
diferencias genéticas ni favorecen ni dificultan la
supervivencia de los organismos lo cual les lleva a concluir que el
hecho de que sobrevivan o sean eliminados de una población
es simplemente un problema de azar. Los neutralistas dicen que si
la mayoría de las diferencias genéticas estuvieran
sometidas a selección natural, la variación
sería mucho más reducida y, por tanto, la
selección natural no tendría la incidencia en la
evolución que sugiere la teoría sintética.
Otro de los fenómenos esgrimidos por los neutralistas
para defender su propuesta es la constancia del ritmo de cambio
genético experimentado a lo largo de las generaciones. Se
han realizado diferentes estudios que relacionan la historia
evolutiva común a varias especies y el número de las
diferencias en las respectivas secuencias de ADN. Los resultados
sugieren que los genes pueden considerarse como relojes moleculares
ya que el ritmo de cambio experimentado es relativamente constante
durante largos períodos de tiempo y, además, esos
valores son semejantes en diferentes especies. Si la
selección natural actuase como propone la teoría
sintética, dicen los neutralistas, los ritmos en los cambios
serían más variables como consecuencia de las
diferentes presiones selectivas que se suceden en el tiempo y en
las distintas especies.
Esta propuesta ha sido quizá la que ha suscitado en el
mundo de la biología más ásperos debates desde
que se formuló la teoría sintética hasta
nuestros días. De hecho, en 1969 los neutralistas King y
Jukes anunciaron, de una manera algo provocativa, el nacimiento de
un modelo de evolución en el que la deriva según
alelos neutrales había reemplazado a la selección
como fuerza evolutiva.
En realidad los debates en torno al neutralismo-seleccionismo no
han cesado todavía. Autores como Ayala o Sarkar piensan que,
actualmente, en dicho debate no se trata de determinar el
éxito de una de las propuestas y la exclusión de la
otra. Se trataría más bien de determinar en que
medida actúa la selección y en qué medida es
valido y ayuda a entender la evolución el neutralismo. De
hecho, el mismo Kimura aceptó que la selección
natural es la fuerza evolutiva determinante a escala
morfológica y que el neutralismo en el nivel molecular
presenta problemas cuando se tratan de explicar las diferencias
adaptativas que se ponen de manifiesto en niveles superiores de
organización. Ayala afirma, además, que la
teoría sintética no obliga a que el ritmo de
evolución sea tan irregular como suponen los neutralistas.
Los enormes intervalos de tiempo a lo largo de los cuales se
produce la evolución molecular hacen que las fluctuaciones
se compensen entre sí dando la impresión de que
ocurren a un ritmo constante. Se han formulado incluso modelos
matemáticos en los que se hace compatible el reloj molecular
con la evolución regida por selección natural.
También se ha propuesto la llamada teoría
“casi neutral” en la que se trata de mantener la
consistencia de las tesis neutralistas con muchos datos que indican
la actuación de la selección natural. La
mayoría de los biólogos todavía creen en la
importancia de la selección natural como uno de los motores
de la evolución, pero este debate sigue vivo y muchos
confían en que los datos que se están obteniendo de
los proyectos de secuenciación de diferentes genomas
ayudará a determinar el peso que las aportaciones de ambas
propuestas tiene en el marco general de la teoría de la
evolución [Sarkar
2007: 65-67].
7.2.
Puntuacionismo frente a gradualismo
Una de las distinciones clásicas que subyace en algunos
de los debates en torno a la evolución ha sido la de
microevolución frente a macroevolución. La
genética actual ha introducido una equivocidad en estos
términos que conviene tener presente. Se puede entender la
microevolución como la evolución que ocurre como
consecuencia de pequeñas variaciones observables dentro de
la misma especie. La macroevolución sería, en cambio,
la que lleva consigo grandes cambios como la diversificación
de especies en largos periodos de tiempo. El nuevo marco
teórico lleva a entender estas nociones con un sentido
distinto, aunque relacionado. La microevolución es ahora la
que podemos constatar a nivel bioquímico: una
modificación en un par de bases de un gen, una
mutación, sería el hecho más elemental de la
microevolución. Este tipo de modificaciones a nivel
genético, con su repercusión a nivel del fenotipo,
nadie las pone en duda: se pueden provocar, observar y experimentar
directamente con ellas.
Como consecuencia de la influencia de las tesis gradualistas
defendidas por el darwinismo, se suele defender que la diferencia
entre la microevolución y la macroevolución es
sólo una cuestión de tiempo: la macroevolución
no sería otra cosa que la acumulación de cambios
microevolutivos. Este supuesto ha sido objeto de matices y
discusiones incluso entre los mismos darwinistas. No se pone en
duda que en la base de los cambios macroevolutivos están los
microevolutivos. Lo que se discute es la reductibilidad de unos a
los otros, es decir, que la explicación de las leyes y
mecanismos de la microevolución lleve a una
explicación completa de los propios de la
macroevolución. Dicho de otra manera, se pone en duda o se
niega que las leyes de la macroevolución que podemos llegar
a establecer sean derivables de las establecidas para la
microevolución. Ayala, por ejemplo, afirma lo siguiente:
«la macroevolución es un campo autónomo del
estudio evolutivo y, en este importante sentido
epistemológico, la macroevolución está
desacoplada de la microevolución» [Ayala 2006b: 268].
Estrechamente relacionado con la diferencia entre micro y
macroevolución discurre uno de los debates más
importantes surgidos en el seno de la comunidad científica y
que, inicialmente, parecía romper con los mismos fundamentos
del marco teórico de la síntesis moderna. Se trata
del enfrentamiento entre el gradualismo propio de la teoría
sintética con lo que se ha llamado puntuacionismo o
saltacionismo. Este nombre deriva del recibido por la teoría
propuesta por Niels Elredge (1943-) y Stephen Jay Gould (1941-2002)
en 1972 a la que este último denominó
“Equilibrio puntado”.
El problema que está detrás del origen de esta
propuesta es el contraste entre el gradualismo que parece derivarse
de la teoría sintética y los saltos existentes en el
registro fósil existente, que distan mucho de ser una
continuidad gradual. Hasta que el equilibrio puntuado vio la luz,
la manera más común, aunque no la única, de
justificar la existencia de esos agujeros del registro fósil
era la más fácil y directa: no han quedado
fosilizados todos los vivientes que han existido, o bien,
todavía no hemos descubierto muchos de los fósiles
que nos permitirán ir llenando los huecos existentes. Mayr,
en cambio, se adelantó en cierta manera al saltacionismo en
1954 defendiendo que la existencia de los huecos en el registro
fósil era consecuencia de que «las poblaciones
fundadoras en proceso de especiación están muy
restringidas en el espacio y en el tiempo y, por lo tanto, es muy
improbable que lleguen a aparecer nunca en el registro
fósil» [Mayr
2005: 212]. El hecho es que la acumulación de nuevos
fósiles no parecía respaldar la solución
fácil, y que había motivos para dudar de la
compatibilidad de la ortodoxia gradualista con los datos aportados
por la paleontología.
Gould y Eldredge sostuvieron en sus trabajos que el registro
fósil mostraba positivamente que en la evolución
había cortos periodos en los que los cambios evolutivos se
producían muy rápidamente, y que estos eran seguidos
por otros largos periodos de estasis en los que las distintas
formas permanecían estables. Dicho de otra manera, la
evolución parecía dar saltos de unas especies a otras
sin que hubiera especies intermedias. No es que no
tuviéramos los fósiles de los eslabones intermedios
–eslabones perdidos- sino que, sencillamente, dichos
eslabones no habían existido.
Inicialmente el equilibrio puntuado pareció a algunos una
teoría alternativa a la síntesis moderna,
recibió muchas críticas y suscitó un debate
muy vivo. Pronto se vio que el esquema puntuacionista o
saltacionista no era una dificultad real para seguir sosteniendo
los principios de la síntesis darwinista moderna. Los mismos
autores de la teoría explicaron que el problema radica en
que se está jugando con dos escalas de tiempo diversas. Por
una parte hemos de considerar el tiempo en el que se produce la
evolución siguiendo un modelo de cambios pequeños y
graduales y, por otra parte, el tiempo que es relevante para el
registro fósil denominado tiempo geológico, cuya
escala es mucho mayor que la del primero. Con palabras de Gould:
« Lo que intenta explicar la teoría del equilibrio
puntuado es el papel macroevolutivo de las especies y la
especiación tal como se expresa en el tiempo
geológico. Sus enunciados sobre rapidez y estabilidad
describen la historia de las especies individuales, y sus
afirmaciones sobre ritmos y estilos de cambio tratan del trazado de
estas historias individuales en el dominio no familiar del tiempo
geológico, donde la duración de una vida humana
está por debajo de cualquier posible apreciación, y
la historia entera de la civilización humana es a la
duración de la filogenia primate como un parpadeo a una vida
humana» [Gould 2004:
797].
Muchos biólogos han señalado que los patrones
macroevolutivos de estasis y saltos podrían ser producidos
por modelos basados en la microevolución. También
parece haberse mostrado en las últimas décadas que se
pueden producir rápidos cambios morfológicos en
poblaciones naturales. Parece pues confirmarse que aunque el
saltacionismo fuera el patrón predominante del cambio
macroevolutivo, los procesos implicados permanecen dentro del marco
de la síntesis moderna.
El mismo Gould ha defendido la compatibilidad de su propuesta
con las tesis de la teoría sintética actual:
«El equilibrio puntuado tampoco intenta redefinir o criticar
los mecanismos microevolutivos convencionales en absoluto (porque
surge como la expresión anticipada, tras cambio de escala,
de las teorías microevolutivas sobre la especiación
en el dominio radicalmente distinto del tiempo
geológico)» [Gould
2004: 812]. No obstante Gould defiende que su propuesta es
original, y dicha originalidad radica en el cambio de perspectiva
con la que se observa la evolución. Para Gould, en la escala
de tiempo geológico, el sujeto de la selección
evolutiva no sería ya el individuo de una población
sino que sería la misma especie. Así lo expresa
Gould: «Pero el meollo de la novedad potencial del equilibrio
puntuado para la teoría biológica es que estos
mecanismos microevolutivos clásicos no tienen la exclusiva
de la explicación evolucionista, y que su dominio de
acción debe restringirse (o al menos compartirse) al nivel
de la pauta macroevolutiva a escala geológica, porque el
equilibrio puntuado ratifica una mecánica macroevolutiva
efectiva basada en el reconocimiento de las especies como
individuos darwinianos. En otras palabras, la principal
contribución del equilibrio puntuado a la teoría
macroevolutiva no es la revisión de la mecánica
microevolutiva, sino la individuación de las especies (lo
que establece la base para un dominio teórico macroevolutivo
independiente) [Gould 2004:
812].
Por tanto, según este autor, se podría ver el
saltacionismo como una ampliación de la teoría
sintética en la que se reafirman sus principios pero en un
dominio teórico diferente. Estas afirmaciones
señalan, como también hemos visto que hace Ayala, un
cierto nivel de independencia entre la macro y la
microevolución, pero siempre dentro del marco común
de la teoría sintética.
Esta discusión sirve para aludir a un debate que tiene
también resonancias en los estudios filosóficos sobre
la evolución: la determinación de cual es la unidad
de selección. Se han propuesto como unidades selectivas el
gen, el individuo y otros grupos poblacionales como son la especie.
Los genetistas, y más en concreto los neutralistas, son
más proclives a considerar al gen como unidad o blanco de la
selección. Mayr considera que «dado que ningún
gen está directamente expuesto a la selección, sino
sólo en el contexto del genotipo completo, y dado que un gen
puede tener diferentes valores selectivos en diferentes genotipos,
no parece nada adecuado considerarlo el blanco de la
selección» [Mayr
2005: 218]. Este autor piensa que es el individuo el blanco
principal de la selección, aunque también admite la
posibilidad de que exista la llamada selección de grupo
como, por ejemplo, la selección de especies.
7.3.
Noción de especie
Ya se ha mencionado que una noción clave, como se
desprende de todo lo visto hasta ahora, es la noción de
especie. En cualquier trabajo sobre la teoría de la
evolución, como éste por ejemplo, es una de las
palabras más empleadas. La noción ha sido objeto de
importantes debates desde el inicio de la teoría de la
evolución. El debate sobre esta noción tiene
además especiales connotaciones filosóficas y por
esto es también importante tratarlo aquí aunque sea
de una manera muy breve.
El problema debatido se podría expresar de una manera
sencilla como una alternativa: ¿tienen las especies una
existencia real o son por el contrario un producto de nuestra mente
que simplemente nos facilita la organización de nuestros
conocimientos sobre la naturaleza? El gradualismo darwinista
difumina sus contornos se opone a una noción de especie
concebida como algo perfectamente determinado morfológica y
temporalmente. Si una especie deriva de otra por evolución
gradual ¿dónde poner el límite entre las dos
especies? O bien, ¿qué diferencias tiene que haber
entre dos individuos para ser considerados como pertenecientes a
distintas especies? Darwin, por ejemplo, afirmó:
«considero el término especie como dado
arbitrariamente, por razón de conveniencia, a un grupo de
individuos muy semejantes y que no difiere esencialmente del
término variedad, que se da a formas menos precisas y
más fluctuantes» [Darwin 2002: 104]. Para Haldane el concepto de
especie era una concesión a nuestros hábitos
lingüísticos y mecanismos neurológicos [Sarkar 2007: 70].
Las dificultades para dar una definición de especie que
no presente algún problema o limitación parecen
respaldar estas opiniones y restar realidad, o más bien
realismo, a la noción de especie. No obstante, a pesar de
sus limitaciones, sí se ha concedido mucha importancia a la
ya definida anteriormente noción de especie
biológica. En realidad dicha noción es útil
dentro del esquema conceptual que sirve para explicar la misma
evolución y, como hemos visto, en algunos autores como
Gould, incluso se convierte en blanco de la selección
darwiniana, es decir, en sujeto darwinista. Esta noción de
especie biológica es clara y define con nitidez lo que es
una especie, pero no evita por completo el problema general de la
falta de delimitación entre especies cuando se acepta la
gradualidad en la evolución.
Actualmente este debate sigue abierto. La definición de
especie biológica es vista por algunos como insuficiente.
Por ejemplo, el ámbito de la microbiología ofrece una
diversidad mayor que el que estamos acostumbrados a contemplar
ordinariamente y que ha sido el objeto de las propuestas
taxonómicas más usuales. En dicho ámbito la
definición de especie biología es inútil
puesto que el tipo de reproducción mayoritaria no es sexual.
A pesar de las dificultades se siguen buscando criterios
taxonómicos que sean útiles para hacer
clasificaciones y reduzcan todo lo posible las insuficiencias de
los ya existentes. Lo que parece claro para todos los
biólogos es la necesidad de contar con un criterio para
diferenciar especies, aunque no siempre se pongan de acuerdo para
establecer el más adecuado. Por encima de los desacuerdos,
en lo que sí parece haber coincidencia es en que la realidad
de la especie está relacionada con la existencia de unidades
poblacionales agrupadas en nichos ecológicos en las que la
selección natural evita que haya confusión entre
ellas. Se admite también que puede que no haya una
caracterización única y óptima para la
especie, sino que habría que emplear una u otra según
el nivel o la rama en el árbol de la naturaleza que se
esté estudiando [Zimmer
2008: 72-73].
En realidad, las mayores dificultades en este punto surgen,
sobre todo, para los que defienden propuestas de tipo creacionista
o de tipo fijista. En realidad, dicha fijación pertenece
sólo a nuestro modo de pensar los seres naturales, es decir,
pertenece a la objetivación que nosotros hacemos de ellos.
No es fácil pensar objetivamente el movimiento propio de la
vida. Un movimiento que, como ocurre en el caso de la
evolución, implica periodos de tiempo que escapan
completamente a las magnitudes que captan nuestro conocimiento
ordinario.
7.4.
Importancia de la selección natural en la
evolución
El grado de intervención de la selección natural
en el proceso evolutivo ha sido también un constante objeto
de debate desde la formulación de la teoría de
Darwin. La controversia sigue abierta en el ámbito puramente
científico. Hay que tener en cuenta que a este mecanismo se
le ha dado siempre un papel central dentro de la ortodoxia de la
teoría sintética. En él se apoya gran parte de
la originalidad de la propuesta de Darwin.
No obstante, actualmente se aducen razones para atenuar su
importancia en la evolución, como las que presentan los ya
mencionados neutralistas. También siguen ofreciéndose
importantes razones para destacar su importancia. Un argumento
empleado con frecuencia en su defensa consiste en la
constatación, sobre todo en el ámbito de la
macroevolución, de la existencia de la
“evolución convergente”: hay seres vivos muy
alejados desde el punto de vista filético, o que han
evolucionado de una manera aislada, pero que han desarrollado
organismos similares y han alcanzado soluciones funcionales
extraordinariamente parecidas.
El problema de la importancia de la selección natural es
paralelo al problema del grado de contingencia de la
evolución. La dificultad que se plantea es el siguiente: si
la historia evolutiva comenzara de nuevo ¿tendríamos
un panorama en la naturaleza semejante al que nos encontramos en la
actualidad? Si se admite que lo que genera variedad son las
mutaciones, y que estas son ciegas, la respuesta a la pregunta
tiene que ver con lo fuerte o débil que sea el papel de la
selección natural en la evolución. La respuesta a la
pregunta ha enfrentado a diversos científicos. Gould, por
ejemplo, ha hecho de la contingencia uno de los puntos centrales de
sus tesis. Simon Conway Morris, por el contrario, ha enfatizado de
una manera especial la convergencia. En general parece que entre
los biólogos hay acuerdo en que existe tanto una como la
otra, y dan cabida a la contingencia y a la convergencia dentro de
la moderna teoría sintética. Algunos
científicos incluso han formulado la acción de la
selección natural en forma de teorema, precisando cuales son
las premisas necesarias que deben cumplirse para que la
selección natural actúe o no [Meléndez-Hevia 2001: 18]. Estas
formulaciones tratan de explicar el por qué de los
contrastes señalados dentro del marco de la teoría
sintética y ofrecer una perspectiva lo más ajustada
posible de la importancia de la acción de la
selección natural en la evolución.
7.5.
Más sabemos, más debates
No son las anteriores, ni mucho menos, las únicas
cuestiones debatidas. En cualquier caso, ninguno de los autores
importantes del siglo XX que han contribuido en el asentamiento de
la teoría sintética piensa que este gran
número de controversias ponga en peligro por el momento la
validez de la teoría sintética moderna. Mayr dice a
este respecto: «para muchos problemas evolutivos existen
múltiples soluciones posibles. Aunque todas ellas son
compatibles con el paradigma darwiniano. La lección que nos
enseña este pluralismo es que, en biología evolutiva,
las generalizaciones casi nunca son correctas. Incluso cuando algo
ocurre “por lo general”, esto no quiere decir que tenga
que ocurrir siempre» [Mayr
2005: 223].
La realidad es que hay muchas cuestiones en debate. El
pluralismo al que se refiere Mayr puede parecer excesivo para
algunos que se plantean la necesidad de alcanzar una mayor unidad y
simplicidad, quizá con la formulación de una nueva
síntesis. Esta nueva síntesis
“postmoderna”, como es calificada con cierta
aprensión en un artículo de Nature [Whitfield 2008], debería
poder explicar lo que ocurre en ámbitos de la
biología que todavía no se han conseguido integrar
satisfactoriamente con la teoría sintética. Uno de
estos ámbitos es, por ejemplo, la biología del
desarrollo, sobre la que la genética está aportando
en nuestros días gran cantidad de información. La
disciplina emergente llamada “evo-devo”
(evolución y desarrollo) trata precisamente de unir estos
dos ámbitos de la biología, pero se encuentra
todavía lejos de la madurez. En este ámbito de la
biología hay muchos misterios que desvelar, y los datos que
se van acumulando llevan a plantearse, por ejemplo, la necesidad de
asumir una relación más rica que la aceptada por la
teoría sintética entre genotipo y fenotipo. Dicha
relación no debería ser, por ejemplo, tan
unidireccional como establece el mencionado dogma central de la
biología. O, al menos, debería admitir una influencia
del ambiente que no se redujera exclusivamente a una función
selectiva.
Todo lo dicho hasta el momento puede llevar a pensar que el
marco conceptual de la moderna teoría sintética
explica mucho, pero que todavía es insuficiente para dar
verdadera unidad a todos los fenómenos de los que somos
testigos en el mundo biológico. En cualquier caso, lo que si
ponen claramente de manifiesto estos debates es que la vida, en su
aparente simplicidad y sencillez, presenta una gran complejidad
cuando se la analiza desde el punto de vista científico. La
biología no es física y no parece que se deje atrapar
por las redes de un método perfectamente unificado, definido
y terminado. En realidad la física, aunque sea más
dócil a las matemáticas, tampoco parece que lo
permita. En cualquier caso, la gran cantidad de conocimiento
científico que tenemos sobre la biología, y en
particular sobre la evolución, hace posible y a la vez
invita enérgicamente a hacer una reflexión de
carácter filosófico.
8.
Reflexión filosófica y teoría de la
evolución
La filosofía es una disciplina que busca alcanzar una
perspectiva global frente a la realidad. No hay nada que pueda
escapar a la mirada de la filosofía en su intento de
encontrar la síntesis o conexión con la globalidad de
lo real, es decir, cómo cada porción de lo real
encaja en el amplio paisaje de la realidad [Polo 1995: 21].
Por este motivo, la filosofía trasciende siempre el
ámbito de la parcela sobre la cual detiene su
atención. Su vocación es enfrentarse con las
preguntas más radicales. La filosofía es una
disciplina que busca los principios o causas primeras de la
realidad. Esta es la manera más exigente de adoptar una
perspectiva global. Decir que la filosofía trata de alcanzar
los principios de la realidad de la que se ocupa equivale a decir
que lo que se espera de la filosofía es que ofrezca
respuestas últimas sobre los problemas que se plantea, que
no es lo mismo que decir que se espera de ella respuestas
definitivas.
Lo anterior no significa que la filosofía sea una especie
de disciplina independiente o al margen de lo que el conocimiento
ordinario o científico ofrecen a nuestro entendimiento. No
existe una filosofía pura e incontaminada con cuestiones que
son consideradas de menor importancia o superficiales. Toda
filosofía auténtica debe estar bien enraizada en lo
que se sabe, sea cual sea el método o la vía por la
que se nos ha hecho presente dicho saber.
Por tanto, la peculiaridad y también dificultad del
conocimiento filosófico consiste en su aspiración a
conseguir una perspectiva global. Dicha aspiración hace que
la filosofía no siempre se pueda discernir con facilidad de
doctrinas a las que podríamos llamar
pseudofilosofías. También se podría hablar de
la existencia de pseudociencias. Dichas pseudo-doctrinas tienen
como verdadero punto de apoyo y se alimentan en gran parte de
ideologías a las que sirven de portavoz. Es normal que la
pseudofilosofía y la pseudociencia aprovechen las
limitaciones propias del conocimiento científico para tratar
de llenar sus huecos con consideraciones que, con frecuencia,
encierran una componente ideológica. La biología, con
su complejidad, sus temas y su grado actual de desarrollo, es un
campo abonado para este tipo de pseudodoctrinas.
Por otra parte, no hace falta justificar la necesidad de hacer
una filosofía de la biología. Es suficiente constatar
que dicha filosofía es inevitable, como lo prueban las
numerosas publicaciones y los trabajos realizados en esta
disciplina.
Aquí no se va a tratar el problema fundamental de la
filosofía de la biología, que es la vida. Solamente
se abordarán, y de manera muy breve, algunas de las
cuestiones filosóficas que ha suscitado la teoría de
la evolución. Algunas de ellas comparecen de manera
implícita, o a veces explícitamente, sustentando los
debates a los que se ha hecho referencia anteriormente.
8.1.
Teoría de la evolución y evolucionismo
Es importante distinguir entre Teoría de la
evolución, que aquí hemos presentado como una
teoría de carácter estrictamente científico, y
el Evolucionismo.
Toda ciencia se encuentra asociada a un método que puede
ser más o menos explícito o definido. El
método no consiste simplemente en un conjunto de reglas
operativas sino que incluye elementos de muy distinto tipo y
alcanza una gran complejidad en la ciencia real. En todos los
casos, el uso de un método siempre comporta una
reducción en el ámbito abarcado de la realidad
estudiada. Esta reducción es especialmente necesaria si se
quiere alcanzar uno de los objetivos que persigue la ciencia
empírica y que consiste en controlar, de alguna manera, la
realidad: ciencia empírica es «aquella actividad
humana en la que se busca un conocimiento de la naturaleza que
permita obtener un dominio controlado de la misma» [Artigas 1999: 15].
La reducción metódica que determina el modo en que
contemplamos con esa ciencia la realidad, lo que observamos y lo
que dejamos fuera de nuestra consideración, es completamente
necesaria para alcanzar los objetivos de la actividad
científica. Los problemas surgen cuando se olvida que
emplear un método implica reducción o, simplemente,
se afirma de una manera positiva que sólo es real aquello
que se hace presente a través de un método
particular, por muy complejo que sea. Esa afirmación, en
realidad, lo que hace es otorgar un carácter global, que es
propio de la filosofía, a una ciencia particular. El
problema radica en que este modo de proceder deja fuera de la
realidad, de una manera arbitraria, aspectos que son reales pero no
capturables por dicho método. Como esos aspectos omitidos o
negados pertenecen a la realidad, antes o después
reclamarán su presencia en nuestro conocimiento y, entonces,
se ofrecerán para ellos explicaciones inadecuadas por que no
se ajustan al método con el que se explican. También
se creará una situación propicia para que se ofrezcan
respuestas ideológicas a los problemas que surgen como
consecuencia del mencionado desajuste. La disciplina que trata de
abarcar la totalidad desde su método particular se desliza
por la pendiente del reduccionismo y, entonces, con propiedad se le
puede añadir al nombre de dicha disciplina el sufijo
“ismo”.
Evolucionismo significaría, en este contexto, una
cosmovisión en la cual el mundo natural se contempla y
explica en su totalidad a través del método
desarrollado por la teoría de la evolución. Esta
pretensión, que puede constatarse en algunos autores
actuales, no es en absoluto legítima [Artigas-Giberson 2007]. La
situación es paralela, aunque con sus propias
características, a la que se derivó del nacimiento de
la mecánica. La física del siglo XVII
constituyó una verdadera novedad en el modo de entender la
realidad natural y trajo consigo multitud de beneficios para la
humanidad. Pero junto con la disciplina científica
también se desarrolló un modo de pensar globalizante,
y por tanto de carácter filosófico, que
recibió el nombre de mecanicismo o filosofía
mecánica. El nacimiento de una nueva ciencia en la que se
ofrecen resultados satisfactorios y respuestas a problemas antes no
resueltos, y en la que se abren perspectivas de alcanzar nuevos e
importantes conocimientos, constituye siempre una ocasión
para incurrir en un reduccionismo. La ocasión será
tanto más tentadora cuanto más poderoso sea el
método y más espectaculares sean los resultados
alcanzados con la nueva ciencia.
El mecanicismo ejerció una gran influencia en el
pensamiento durante tres largos siglos. Entró en crisis como
consecuencia del avance de la misma ciencia física. El
evolucionismo, como reduccionismo, también ejerce en la
actualidad gran influencia en muy diversos ámbitos y
está presente en los escritos de algunos divulgadores
científicos que han conseguido hoy en día gran
audiencia.
Incurriría en un reduccionismo evolucionista, por tanto,
el que quisiera explicar toda la realidad desde los elementos
metódicos que emplea la teoría de la
evolución. Pretender explicar con la teoría de la
evolución todos los fenómenos de nuestra experiencia,
incluyendo realidades tan humanas como el amor, por ejemplo, la
realidad de Dios, la moral, etc., sería constituir a dicha
teoría en una especie de filosofía en la que
necesariamente habría que introducir elementos ajenos a la
misma. La experiencia de la mecánica es muy ilustrativa de
lo que entraña la pretensión de abarcar toda la
realidad con un método científico. En el caso de la
mecánica no sólo se vio que era insuficiente para
asumir un papel que es propio de la filosofía, sino que ni
siquiera sirvió para explicar toda la realidad de su propio
tema: la del movimiento físico.
La confusión de la teoría de la evolución
con el evolucionismo es frecuente y ha dado lugar a controversias
como la que ha enfrentado el darwinismo con el creacionismo o,
más recientemente, con el “Diseño
Inteligente”. Las pugnas de este tipo no llegan nunca a
ningún puerto porque, ordinariamente, la discusión se
centra en aspectos de ámbito filosófico. Este es
precisamente el ámbito que los contendientes no pueden
alcanzar al pretender mantenerse dentro de la ciencia. El recurso a
ideologías, al menos implícito, hace el acuerdo
imposible.
La distinción anterior guarda relación con la
acusación dirigida por algunos contra la teoría de la
evolución de que no es propiamente ciencia sino
filosofía. Esta acusación no equivale a lo que
señalan autores como Artigas cuando dicen que toda ciencia
tiene una serie de presupuestos filosóficos. Lo que en
realidad dicen es que las afirmaciones que caen dentro del tema de
dicha ciencia son de ámbito filosófico y no
están sustentadas por un método propiamente
científico. En la base de esta acusación está
el no tener suficientemente en cuenta la distinción que
estamos comentando y entender por teoría de la
evolución alguna de las formas de evolucionismo.
Los problemas con los que se tuvo que enfrentar la
filosofía, especialmente durante la primera mitad del siglo
XX, en relación con el llamado “problema de la
demarcación”, es decir, el problema de la
determinación de si algo es ciencia o no lo es, ha llevado a
adoptar criterios más bien amplios y llenos de matices en la
delimitación de lo que constituye a una disciplina como
ciencia. Si se exigiera por ejemplo que una teoría, para que
fuera científica, tuviera que poseer capacidad predictiva,
como ocurre con la Física, entonces efectivamente
habría que poner entre paréntesis o negar la
cientificidad de la teoría de la evolución. El mismo
Dobzhansky afirma: «Los que pretenden que la predicibilidad
es esencial para una teoría científica pueden
burlarse de la teoría de la evolución por
considerarla anticientífica» [Dobzhansky 1983: 405-406]. Hoy se pone
más bien el énfasis en la sistematicidad como
peculiaridad de la ciencia [Hoyningen-Huene 2008], y no se pretende
establecer una demarcación de sus límites tan precisa
que se niegue la consideración científica a
disciplinas que sí lo son, aunque su método no
responda a un paradigma tan neto y bien establecido como el de las
matemáticas o la física, por ejemplo.
El debate sobre el naturalismo surge también en este
contexto. El naturalismo, en su acepción más
común y fuerte, defiende que toda la realidad se resuelve y
se explica por leyes naturales: naturalismo ontológico.
Algunos críticos de la teoría de la evolución
la han acusado de ser naturalista. También en este caso
parece que es mas justo acusar de naturalismo, en este sentido
fuerte, al evolucionismo. Por otra parte parece justificado
defender que sólo se puede recurrir a leyes naturales cuando
se quieren explicar fenómenos que no se salen del
ámbito de la naturaleza material. Defender esto
último sería defender lo que podría llamarse
naturalismo metodológico. La ciencia es legítimamente
naturalista en este último sentido, es decir, cuando no se
erige a sí misma como un conocimiento de carácter
global, lo cual es específico de la filosofía.
8.2.
Evolución y finalidad
La teoría de la evolución ha sido un incentivo
poderoso para la reflexión filosófica desde sus
primeras formulaciones. Hoy en día se publican numerosos
estudios que llevan la etiqueta de filosóficos y que se
centran en el ámbito de la biología. Gran parte de
ellos, directa o indirectamente, abordan temas relacionados con la
evolución. Por una parte están los problemas
epistemológicos relacionados con la teoría, de los
que ya se ha hecho mención en el apartado anterior y que
tienen que ver con la consideración de su estatuto
científico. También en el ámbito
epistemológico comparece el problema de la reductibiliad de
la teoría de la evolución, y de la biología en
general, a otras disciplinas como la física. Este tema
también tiene implicaciones ontológicas. La
adaptación, el papel de la selección natural y su
legitimidad como noción no tautológica, el azar, la
noción de función, cuáles son las unidades de
selección, la emergencia de propiedades, el concepto de
progreso en biología y la continuidad evolutiva del hombre
respecto al resto de los animales, son algunas de las otras muchas
cuestiones relacionadas con la evolución que son objeto de
la reflexión filosófica en la actualidad. No nos es
posible abordarlas en este escrito de carácter
enciclopédico. Sí es oportuno considerar aquí,
aunque sea brevemente, el hecho que el trasfondo de la
mayoría de las cuestiones planteadas gira en torno a la
reflexión sobre las causas de la evolución.
La reflexión sobre las causas, especialmente cuando se
centra en las causas más radicales o primeras de cualquier
realidad, es genuinamente filosófica y obliga a adoptar un
enfoque que es global, el propio de la filosofía. Un peligro
que, directa o indirectamente, está presente en la
consideración de las causas de la evolución es
pretender ofrecer soluciones que deben darse desde una perspectiva
global, esto es filosófica, con elementos propios del
método científico y que, por tanto, no tienen ese
alcance. Por ejemplo, la afirmación del azar como principio
motor de la evolución, en la manera en que lo propone Monod
[Monod 1987], por ejemplo,
incurre en una reducción de este tipo. En realidad, el azar
forma parte de un mecanismo que, por sí sólo, no es
capaz de dar explicación de la evolución desde un
enfoque global.
Este tipo de reduccionismos son con frecuencia contestados desde
la misma ciencia. El mismo Dobzhansky afirma: «No pienso que
la teoría biológica moderna de la evolución se
base en el “azar” hasta el grado que lo teme Auden o
que lo afirma Monod. Lo conocido y lo desconocido de esta
cuestión merecen una consideración detallada»
[Dobzhansky 1983:
394-395]. En el mismo documento afirma lo siguiente: «La
adaptabilidad mediante la cultura y el lenguaje simbólico
transmitido de forma extragénica se ha desarrollado en una
única especie —el hombre. Llamar a esto
“azar” es una solución sin sentido. El
atribuirlo a la predestinación es incompatible con todo lo
que se conoce acerca de las causas que producen la
evolución. La analogía con la creatividad
artística es, por lo menos descriptivamente, más
adecuada, ya que no se oponen diferencias obvias a lo
contrario» [Dobzhansky 1983: 422-423]. La búsqueda
de las causas más profundas conduce la reflexión que
lleva a Dobzhansky a ver la analogía con la creatividad
artística la mejor manera de expresar sus ideas sobre las
causas de la evolución. Pero la misma noción de
creatividad que él emplea tiene grandes limitaciones y
presenta problemas cuando se atribuye a la selección
natural. La sinceridad que mueve su reflexión queda patente
en las siguientes palabras: «Ni aparecimos por azar ni
estábamos predestinados a aparecer. En evolución, el
azar y el destino no son alternativas. Tenemos aquí una
ocasión en la teoría científica, en la que
debemos invocar algún tipo de dialéctica hegeliana o
marxista. Precisamos de una síntesis de la
«tesis» del azar y de la «antitesis» de la
predestinación. Mi competencia filosófica es
insuficiente para esta tarea. Imploro la ayuda de colegas
filósofos» [Dobzhansky 1983: 419].
El debate sobre las causas en la naturaleza es tan antiguo como
la filosofía. Las reflexiones acerca del movimiento centran
las reflexiones de los primeros filósofos griegos. Los
frutos más maduros de esta reflexión se encuentran en
la doctrina Aristotélica de las cuatro causas: material,
formal, eficiente y final. La evolución del pensamiento
posterior a Aristóteles incide de una manera u otra en el
modo en que dichas causas son entendidas. La ciencia experimental,
desde su nacimiento, ha tenido una importante repercusión en
esta comprensión. En el ámbito de la biología
tiene una importancia particular el modo en que se ha entendido la
causa final. La finalidad, su modo peculiar de causar o su
inexistencia como causa es una constante en la reflexión
filosófica. El nacimiento de la mecánica, por
ejemplo, modificó de una manera sustancial el modo de
entender las cuatro causas y, de una manera particular, la causa
final. El efecto de esta modificación es importante tenerlo
en cuenta para entender la orientación que han seguido
muchos de los debates de carácter filosófico en torno
a la teoría de la evolución.
El cambio más importante introducido por la
mecánica respecto de la causa final radica en que se
empezó a contemplarla como causa externa a la naturaleza.
Para Aristóteles la finalidad está en la naturaleza
de las cosas, lo cual era para él especialmente patente en
los seres vivos. Esta perspectiva se mantiene en los grandes
maestros medievales que ven en la finalidad una vía para
acceder a la existencia de Dios: el argumento de la finalidad. El
cambio de perspectiva introducido por la mecánica
llevó también a una reformulación apenas
perceptible del argumento de la finalidad. El argumento de la
quinta vía de Santo Tomás, el de la finalidad, ya no
es el argumento teleológico empleado por Paley (1743-1805)
para demostrar la existencia de Dios. Ambos entienden de manera
distinta la naturaleza y sus causas. El argumento de Paley lleva a
afirmar la existencia de un Dios que es la explicación de la
complejidad de los seres vivos, pero que causa desde fuera. El
ejemplo que emplea de complejidad es la que ostenta un reloj: el
orden que manifiestan sus piezas no puede ser explicado por
“causas naturales”. Las causas del argumento de Paley
ya no son las causas aristotélicas. En particular es
distinta la causa final. La finalidad del reloj es externa o
extrínseca al mismo reloj: una concepción diferente
de la entendida por Aristóteles y la tradición
tomista para la complejidad que presenta cualquier ser vivo. En
ella es muy importante la noción de naturaleza, en la cual
se da una unidad, que podríamos llamar intrínseca,
entre la causa formal y la final.
Antes de Darwin el argumento de Paley parecía ser
convincente como argumento para acceder a Dios. La filosofía
mecánica cumplía de esta manera un papel
apologético. Los problemas surgen con Darwin porque su
propuesta parece dejar sin fundamento el argumento de la finalidad.
Lo que se debe destacar es que el argumento que directamente se ve
afectado por la propuesta de Darwin es el sostenido desde la
filosofía mecánica. La teoría de la
evolución parece ofrecer un modo de explicar la complejidad
sin necesidad de recurrir a agentes externos que tengan que
diseñar u ordenar los diversos organismos. Esto es
inmediatamente interpretado por muchos como una eliminación
de la finalidad como causa de la naturaleza. La mecánica
pareció borrar la finalidad del mundo inanimado y Darwin,
para muchos, consiguió hacer lo mismo en el mundo vivo. Pero
eliminar la finalidad es dejar sin base uno de los argumentos
más importantes de acceso a Dios. La ciencia, se afirma
desde estas posiciones, ha ido arrebatando el papel causal de
agentes sobrenaturales a favor de la ciencia. Ayala, por ejemplo,
afirma: «Los avances científicos de los siglos XVI y
XVII habían llevado los fenómenos de la materia
inanimada —los movimientos de los planetas en el cielo y de
los objetos físicos sobre la Tierra— al terreno de la
ciencia: explicación por medio de leyes naturales. Del mismo
modo la selección natural proporcionaba una
explicación científica del diseño y la
diversidad de los organismos, algo que había sido omitido
por la revolución copernicana. Con Darwin, todos los
fenómenos naturales, inanimados o vivos, se convirtieron en
tema de investigación científica» [Ayala 2007: 24-25].
Las palabras de Ayala no presuponen explícitamente la
expulsión de Dios de la racionalidad pero pueden dar pie a
pensar que Dios queda recluido al mundo de lo subjetivo y que, por
tanto, en el mejor de los casos, no hay incompatibilidad entre Dios
y la ciencia porque pertenecen a ámbitos que no tienen
puntos en común: la tesis del doble magisterio que defiende
Ayala y también Gould, por ejemplo.
Estos peligros se derivan de una visión finalista pasada
por el filtro del mecanicismo. Es suficiente leer un texto de
Tomás de Aquino para constatar que en su propuesta la
finalidad no explica la complejidad de una manera externa sino
desde la propia naturaleza y, por tanto, a través de las
leyes naturales: «La naturaleza es, precisamente, el plan de
un cierto arte (concretamente, el arte divino), impreso en las
cosas, por el cual las cosas mismas se mueven hacia un fin
determinado: como si el artífice que fabrica una nave
pudiera otorgar a los leños que se moviesen por sí
mismos para formar la estructura de la nave» [S. Tomás
de Aquino, Comentario a la Física de
Aristóteles, libro II, lectio 14, n.8]. Tomás de
Aquino no se opone a un naturalismo metodológico.
El pluralismo causal de la tradición realista es
más rico que el que se deriva de la filosofía
mecánica y sobre el que se apoyan todavía muchos de
los debates que tienen que ver con la finalidad y las causas en
general. El pluralismo causal se enfrenta a los monismos de diverso
signo que han sido propuestos como explicación causal de la
evolución, los más importantes de tipo materialista.
La propuesta de la tradición realista no se enfrenta a un
naturalismo metodológico como el que es patente en las
palabras de Ayala citadas anteriormente. La filosofía de la
tradición realista asume todo lo que la ciencia puede decir
en su ámbito, pero encuadra la finalidad, como causa, en un
contexto más amplio del que corresponde al método
científico. Esto implica que el tema de Dios no deja de ser
un tema plenamente racional y que el ámbito
científico contribuye necesariamente a la reflexión
filosófica: la ciencia, a la que pertenece la teoría
de la evolución, a través de la filosofía,
tiene que ver con Dios.
9.
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