Recensión a El camino a la
realidad
Roger Penrose, El camino a la
realidad. Una guía completa a las leyes del universo,
Debate, Barcelona 2006, 1471 pp., 15 x 23, ISBN 10 84-8306-681-5
Recensión elaborada por Javier Sánchez Cañizares,
Universidad de Navarra
js.canizares@unav.es
Publicada en Anuario Filosófico 41/2 (2008), 501-504
Aparece la traducción española de The Road to
Reality, la obra más extensa del autor de La nueva
mente del emperador. El matemático inglés no nos
conduce en esta ocasión por los intrincados problemas de las
relaciones mente-cerebro, sino al punto exacto de nuestro actual
conocimiento de la realidad a partir de las matemáticas y la
física.
Penrose es un platónico, convencido de la existencia de
las verdades matemáticas independientemente de sus
descubridores. En este trabajo realiza un recorrido desde las
matemáticas más básicas hasta las más
complejas (caps. 1-16), para acabar mostrando la sutil y admirable
correspondencia de este mundo con las teorías físicas
que intentan explicar la realidad desde sus niveles más
fundamentales (caps. 17-34). El libro será especialmente
saboreado por quien posea familiaridad con la materia, pero no se
trata de una obra para expertos. Cualquier lector interesado por el
conocimiento de la realidad física que actualmente nos
brindan las teorías más avanzadas puede hacerse una
idea lo suficientemente sólida al respecto después de
acompañar al autor hasta el final.
Desde el punto de vista científico, Penrose no se deja
influir por las modas en la investigación y nos advierte de
sus riesgos. En los capítulos finales del libro se aleja de
las teorías de supercuerdas, consideradas como el
mainstream de la física básica actual, para
indicarnos por dónde debería discurrir una
investigación que pretenda unificar las perspectivas de la
física cuántica y de la relatividad (teoría de
los twistores). Con anterioridad (cap. 29), muestra
magistralmente la incompletitud de las teorías que pretenden
dar una interpretación del problema de la medida en
mecánica cuántica y nos recuerda su propuesta acerca
del papel esencial que jugaría en él la
interacción gravitatoria: "mi punto de vista con respecto a
la reducción del estado cuántico es que se trata
realmente de un proceso objetivo, y que es siempre un
fenómeno gravitatorio" (p. 1144). En estrecha
relación con ello se encontraría el problema de la
singularidad termodinámica del big bang (cf. pp. 975-982),
debido al diferente comportamiento termodinámico de la
gravedad.
El autor es crítico con una física concebida como
teoría de la realidad experimentalmente accesible, guiada
únicamente por las matemáticas, con déficit de
confrontación experimental (cap. 34): ¿hasta
qué punto el criterio de belleza o coherencia
matemática nos asegura la relevancia física de las
nuevas teorías? No obstante, es también consciente de
las limitaciones intrínsecas del criterio de falsabilidad de
Popper en el caso de la ciencia básica contemporánea,
debido a la imposibilidad práctica de realizar experimentos
de refutación.
Desde un punto de vista más filosófico, a lo largo
del libro se hallan diseminados algunos comentarios que recogen la
visión de fondo que ha ido madurando en el científico
a lo largo de sus años de investigación. Resulta
digno de mención cómo a partir de la verdad objetiva
del mundo de las matemáticas, se pregunta por la objetividad
del mundo de la belleza y la moral. Se muestra ligeramente
favorable a dicha existencia objetiva, aunque sin entrar en la
discusión. Reconoce no obstante que "en la cultura
tecnológica de hoy día, es más importante que
nunca que las cuestiones científicas no se separen de sus
implicaciones morales" (p. 67).
En línea con sus obras anteriores, Penrose es
también crítico con las ingenuas teorías
emergentistas de la conciencia y con el funcionalismo
computacional. La conciencia no sería la última
responsable del proceso de reducción (R) de la
función de onda, siendo ella misma dependiente de la
existencia de dicho proceso (cf. pp. 1378-1383). Amén de
alejarse de toda sombra de idealismo, su postura es en nuestra
opinión compatible con un origen espiritual de la
conciencia, como él mismo parece dar a entender en el mismo
epígrafe: "es un proceso R físicamente real el que es
(parcialmente) responsable de la propia consciencia" (p. 1381).
Resulta espléndida su discusión sobre la
insuficiencia de la teoría de la evolución y del
principio antrópico, desde el punto de vista
estadístico, para dar razón del origen de la vida y
de la singularidad del big bang: "la vida en la Tierra no necesita
directamente la radiación de fondo de microondas. De hecho,
¡ni siquiera necesitamos la evolución darwiniana!
Habría sido mucho más ‘barato’, en
términos de ‘probabilidades’, producir vida
sintiente a partir de la unión aleatoria de gas y
radiación […]. Todo esto refuerza simplemente el
argumento de que es erróneo buscar razones del tipo
anterior, donde se supone que las condiciones adecuadas del
universo han resultado de algún tipo de elección
inicial aleatoria. Había algo muy especial en el punto de
partida del universo" (pp. 1024-1025). Sin embargo, sus
últimas reflexiones aún parecen ser deudoras de
cierta concepción dialéctica entre actitud
científica y actitud creyente: "me parece que hay dos rutas
posibles para abordar esta cuestión. La diferencia entre
ambas es una cuestión de actitud científica.
Podríamos adoptar la postura de que la elección
inicial fue un ‘acto divino’ […] o
podríamos buscar alguna teoría
científico-matemática para explicar la naturaleza
extraordinariamente especial del big bang" (p. 1025, cf.,
también, p. 1011). Estas citas manifiestan la existencia de
un problema de fondo sin resolver en la ciencia actual, con
connotaciones claramente metafísicas, a la par que presentan
una dialéctica artificial entre una (eventual)
solución científica y el actuar divino. ¿Por
qué no mantener conjuntamente las dos actitudes y
caminos?
En resumen, nos hallamos ante una gran obra, de difícil
lectura, pero indispensable para quienes quieran conocer de cerca
la situación actual de nuestro conocimiento
científico de la realidad, así como el papel
fundamental que en ello juegan las matemáticas. Las
cuestiones científicas suscitan en Penrose reflexiones
filosóficas no siempre acertadas, pero tremendamente
honestas. Esto añade una motivación extra para todos
aquellos que apuestan por un estrecho diálogo entre ciencia
y filosofía, y desean mantener una visión unitaria
del saber humano.
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