raya
Astrónomo medieval
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El origen del universo

Carlos Pérez (diapositivas) y Héctor L. Mancini (texto)
Departamento de Física, Universidad de Navarra
Diapositivas de enero de 2003, texto de enero de 2006

Texto Índice de diapositivas Presentación completa

Indice

Prólogo
A. El origen del universo físico
El Universo estático
La relatividad general y los universos dinámicos
La evolución de la materia
Una visión actual del universo y su formación
En resumen
B. los origenes según la fe cristiana
Las ideas del Génesis
Definiciones más recientes
El fin del Universo

Nota: Los números rojos entre paréntesis son enlaces que permiten ver la diapositiva correspondiente al texto en una ventana aparte.

Volver al índicePrólogo

El siguiente escrito está dedicado a comentar las diapositivas que presentó el Prof. Carlos Pérez García en sus dos conferencias del seminario "Ciencia, Razón y Fe", que tuvo lugar en la primavera del año 2005.

Carlos Pérez dejó este trabajo inconcluso, sin texto, por causa del trágico accidente que sufrió el 31 de Julio de 2005 durante una excursión a la montaña. Aunque no tuve la fortuna de asistir a ese curso, las características universales de la ciencia contemporánea permiten que otra persona cualquiera, como quien escribe estos textos, pueda imaginar y completar aquello que esa secuencia de imágenes intenta narrar.

No he introducido modificaciones en el orden de las fotografías, procurando respetar la línea argumental que de ellas se deduce. En un solo caso he citado una diapositiva en un orden diferente, para lograr continuidad y claridad en el texto; las diferencias que esto introduce son didácticas y no afectan al contenido concreto, que espero haber respetado. Cualquier diferencia, error u omisión respecto del contenido de las conferencias, por supuesto, se debe a mi única responsabilidad y pido anticipadamente disculpas por ello.

A mi entender hay tres diapositivas donde se fija la línea argumental. La primera, presenta el tema de la conferencia bajo el único titulo de "El origen del universo", aunque luego en su desarrollo tendrá dos enfoques netamente diferenciados, uno puramente científico y el otro bajo la perspectiva de la fe. Luego la diapositiva número 22 está vacía y Carlos la denomina "de transición". Por fin la última, cierra la conferencia con la frase "El fin del universo". Nuevamente sin aclarar si es según la fe o según la ciencia, lo que también sugiere el planteamiento de un final común para ambas concepciones que, sin embargo, la diapositiva de transición intenta separar netamente.

No es extraño que un científico, un físico católico, tenga esta forma de pensar. Como científico, la búsqueda coherente de la verdad le impide tomar cualquier atajo que se aparte del camino que le proporcionan los fundamentos y la metodología de la ciencia. Pero como católico, sabe muy bien por la fe, que detrás de esa verdad empírica estará siempre Dios presente y que nunca lograremos en esta vida alcanzar la Verdad en plenitud. Esta dualidad, genera una tensión de superación y búsqueda permanente y nos hace ver el pensamiento científico como algo incompleto y en elaboración continua. Cada realidad escrutada, nos remite siempre a planos superiores del pensamiento con el convencimiento de que Dios está detrás de ella, y que es nuestra obligación analizar bajo qué forma se nos presenta.

Creo suponer que por esta razón Carlos no ha mezclado los discursos y los ha separado con una diapositiva sin contenido, neutra. Separa así dos discursos, manteniendo gran respeto y coherencia en cada uno de ellos, pero simultáneamente, preservando toda su identidad. Muchas veces la humanidad ha intentado mezclar las cosas o eliminar uno de los enfoques y normalmente, el resultado nunca ha sido demasiado bueno.

Hace ocho siglos Santo Tomás de Aquino nos decía por una parte, que no hay nada en nuestra mente que no haya pasado primero por los sentidos, lo que parece una adhesión completa al primer discurso, pero mantiene simultáneamente un discurso dual, una doble fuente en el plano del conocimiento al tratar la revelación. Esta postura fue confirmada en numerosas ocasiones y se mantiene viva en la Iglesia hasta la fecha. Como católico, también comparto esta perspectiva y por lo tanto, tampoco me gusta mezclar.

Antes de terminar, Carlos presenta una antigua y famosa fotografía tomada en 1933, en la que aparecen juntos tres científicos famosos: Robert Millikan, George Lemaître (creador del modelo del Big-Bang) y Albert Einstein. Como el segundo es un sacerdote, se ha considerado significativa su presencia junto a Einstein y en ocasiones, se la suele presentar como un ejemplo del diálogo entre ciencia y fe. Debemos señalar que esto es sólo parcialmente cierto.

Para comenzar, aunque uno era sacerdote y ambos creían en Dios, en la relación que tenían, ambos actuaban como científicos. Según algunos testigos, es sabido que se respetaron profundamente y se comprendieron muy bien. Sin embargo, sin abandonar ninguno la perspectiva científica, no lograron entenderse hasta el grado de compartir sus teorías sobre el universo físico, a pesar de cultivar la misma disciplina científica.

Por ello creemos que el llamado diálogo entre ciencia y fe no debe someterse a simplificaciones que lo menoscaben. Se trata de una tarea sumamente compleja en la que no se deben emplear argumentaciones sin pruebas fehacientes, expuestas al más alto nivel posible. Cuando faltan las evidencias experimentales, un diálogo de buena voluntad, aún manteniéndose dentro de una perspectiva puramente científica, solo permite la exposición respetuosa de cada punto de vista. Recordemos que detrás de muchos de los más grandes avances científicos hubo personas religiosas como Copérnico, Newton, Lemaître y el mismo Galileo, que no mezclaron su fe en sus realizaciones como científicos. También hubo y los hay, científicos de otras religiones y ateos, y cada uno expone la verdad científica desde su propia perspectiva.

No debe extrañar entonces que en el denominado "diálogo entre ciencia y fe", puedan existir opiniones distintas y discordantes. Muchas opiniones son sencillamente eso, opiniones, que para colmo de males en nuestra sociedad actual, suelen difundirse vulgarizadas en los medios de comunicación masivos. La mayor parte de los más sonados desencuentros, no pasa del nivel de discusiones estériles entre personas que no pueden confrontar evidencias y a las que les gusta opinar sobre cualquier ámbito de la ciencia, de la fe o de ambas. Cuando hay una demostración experimental, se acaban las disonancias.

Con esta idea como directriz, espero no haber tergiversado el pensamiento y el recuerdo de nuestro querido amigo Carlos Pérez García.

Héctor L. Mancini

Volver al índiceA. El origen del universo físico

La consideración rigurosamente científica del origen del universo (1) es un problema relativamente nuevo. Sin embargo, su incorporación al pensamiento humano puede considerarse como muy antigua (2). Aunque nuestros conocimientos sobre la historia humana oral y escrita tienen menos de 5.000 años, se desprende de distintos datos arqueológicos que el hombre tiene preocupación por el mundo en el que vive y se forma ideas sobre el universo como un todo, desde mucho antes. Podemos afirmar que los rastros se pierden en el tiempo.

Cuando el hombre se hizo agricultor, necesitó escrutar los cielos para regular mejor los períodos de siembra y cosecha y así conseguir mayor eficiencia en su nuevo modo de supervivencia. Entonces la observación de la naturaleza, y fundamentalmente del comportamiento cíclico en los movimientos de los cielos, se convirtió en una tarea importante. Esa ocupación le permitió coleccionar durante un par de milenios un conjunto de observaciones, que se acumularon paralelamente a las diferentes teorías que desarrolló para explicarlos.

Estas descripciones teóricas en ningún caso pueden ser consideradas como científicas, ni siquiera aquellas que contienen aciertos descriptivos. No son científicas porque faltan varios de los elementos que hoy consideramos básicos para formar ese discurso. De cualquier manera, le proporcionaron al hombre una visión de conjunto sobre lo que observaba y en algunos fenómenos claramente recurrentes, le permitieron incluso predecir futuras consecuencias, un objetivo básico de la ciencia actual.No es el caso desarrollar aquí una historia detallada de esos pasos iniciales. Las primeras interpretaciones que analizaban las regularidades observadas considerando las “esferas celestes” (homocéntricas) pensadas para ubicar las estrellas “fijas”, y la inclusión de los epiciclos y deferentes para explicar los movimientos planetarios, fueron un avance importante en la construcción de una primitiva “ciencia de la totalidad” o “cosmología”. Estas cosmologías primitivas se desarrollaron y progresaron en verdaderas escuelas de pensamiento que hoy se recuerdan junto a los nombres de Hiparco, Apolonio, Aristóteles o Claudio Ptolomeo.

Volver al índiceEl Universo estático

El primer modelo relativamente completo utilizado para predecir los movimientos celestes es el modelo geocéntrico que se recuerda asociado al nombre de Claudio Ptolomeo I, quien recopiló muchos datos de siglos anteriores. Este modelo presenta la antigua concepción de un universo con la Tierra en su centro y los planetas describiendo complicadas órbitas sobre un fondo de estrellas supuestamente fijas. El problema más importante que resolvió, fue la descripción del movimiento planetario, incluida la Luna. La palabra Planeta, que significa “errabundo”, nos permite dar una idea del grado de abstracción necesario y la dificultad del problema cuando es observado desde la Tierra.

Pese a esa dificultad, el problema fue resuelto y con esas teorías ya era posible comprender y predecir algunos fenómenos como los eclipses, hasta entonces considerados como acontecimientos misteriosos por los no iniciados. Reducido su alcance a los planetas entonces conocidos, las teorías explicaron o al menos describieron de manera bastante correcta los movimientos de los astros. El del movimiento es el primer problema que se debe resolver, y puede considerarse como el fundamento para conseguir una descripción física del universo. Durante casi dos milenios, la humanidad mantuvo la idea de independencia de causas para movimiento de los astros y el movimiento aquí, en la Tierra, una idea que, por ejemplo, puede encontrarse en Aristóteles y en otros pensadores de la Grecia Antigua.

Con esta idea de fondo, todas las teorías sobre el movimiento celeste invariablemente respaldaron la concepción de un universo globalmente estático, estable y por lo tanto inmutable y eterno.

La razón teórica que impone ubicar en el centro de la Tierra el sistema de referencia “absoluto” para estudiar los movimientos, es la existencia de la fuerza de “gravedad”. La falta de explicación para el origen de esta fuerza utilizando sólo el “sentido común”, mantendrá durante 18 siglos el modelo geocéntrico como la solución más lógica. El modelo heliocéntrico, que también había sido propuesto en épocas antiguas, carecía de una base de datos experimentales que motivaran su utilización de forma preferente y en este sistema, se debe considerar a la Tierra en movimiento. Esta ubicación preferente para el “centro del universo”, debió esperar para su respaldo general a la aparición del libro de Nicolás Copérnico en 1543, a las extraordinarias observaciones astronómicas de Tycho Brahe (1546-1601) y a su utilización por Johannes Kepler. Hasta entonces, el modelo heliocéntrico no presentaba ventajas evidentes y en cambio presentaba serias desventajas.

A pesar del avance que significó en el cálculo de las órbitas y fundamentalmente en la comprensión global del movimiento planetario, el modelo heliocéntrico tardó muchos años en ser aceptado (probablemente, por los problemas asociados a la explicación de la existencia de la fuerza de gravedad). Pero pocos años después, con los primeros pasos de la nueva ciencia experimental, el modelo heliocéntrico se fue imponiendo por su propia coherencia entre los científicos. Como se sabe, este modelo tuvo en Galileo Galilei a uno de sus más activos defensores. Es famosa la frase de su retractación: “E pur si muove...”. Es decir: ...sin embargo se mueve... (la Tierra).

El modelo heliocéntrico tenía soporte racional y observaciones experimentales adecuadas, pero hasta los trabajos de Isaac Newton (1642-1727) estos modelos no pueden considerarse dentro de lo que actualmente se denomina una “teoría científica”. Es Isaac Newton quien unifica la mecánica celeste y la mecánica sobre la Tierra mediante una explicación común. Es decir, algo que ya es una teoría física. En su trabajo, por primera vez se abandona la antigua idea de la dualidad de causas y se relacionan las observaciones astronómicas con las del movimiento terrestre.

Newton en primer lugar, justifica por qué cerca de superficie de la Tierra, todos los cuerpos caen con la misma aceleración; conocimiento que marca un hito fundamental en el nacimiento de la ciencia moderna. Esa conclusión, derivada de su audacia en postular la igualdad entre masa inercial y masa gravitatoria, le permiten adelantarse con un pronóstico que comprobará H. Cavendish en 1798, casi 100 años después, cuando mide la constante de gravitación universal.

Estos conocimientos ahora sistematizados significan un salto científico, que considerado cualitativamente, es el cambio más importante en el pensamiento teórico en más de 20 siglos. Y como suele ocurrir con estos cambios, esas ideas son seminales y darán lugar inmediatamente a reflexiones mucho más profundas sobre los conceptos de espacio y tiempo que las realizadas hasta entonces. A partir de esa declaración de principios que son las leyes de Newton del movimiento y de una explicación racional para la fuerza de gravedad, se cimentarán las bases de la ciencia moderna. Junto a Galileo, Newton mostrará un nuevo método para la reflexión científica que se impondrá en el futuro: en primer lugar, la expresión de toda teoría física o conocimiento aislado se hará en lenguaje matemático, un lenguaje que él mismo ayudó a crear. Y luego, esa teoría tendrá en el experimento o en la observación cuantitativa el criterio para verificar su validez. A su vez, cada nuevo experimento, para dar frutos, deberá insertarse en el marco general de la teoría y encontrar allí su justificación.

Para presentar su nueva dinámica, Newton ha introducido la antigua idea de espacio concebida por Euclides: un lugar vacío, isótropo y homogéneo, en el cual reside (o se agrega) la materia. Esta idea reemplaza la de un espacio con un lugar privilegiado para situar un sistema de referencia, sea éste el centro de la Tierra, el Sol o cualquier otro punto del universo. Para Newton, el espacio y el tiempo continúan desacoplados y el universo permanece infinito e inmutable, es decir, eterno. Este universo no tiene necesidad de un origen en el espacio o en el tiempo, aunque podría tenerlo. Un hipotético viajero que lo recorriera una dirección determinada, encontraría permanentemente nuevas regiones con nuevas estrellas y galaxias. Esta idea, aunque encierra alguna paradoja (p. ej. la “paradoja de Olbers”), parece muy adecuada como para unificar las teorías científicas en pocos axiomas.

Pero esta concepción del espacio no duraría tanto tiempo como la utilizada en la etapa anterior. Nuevos elementos de juicio modificarían esas ideas.

En 1905, Albert Einstein (1879-1955) presentó su teoría de la Relatividad Especial (o restringida), cuya simiente ya venía madurando dentro de la física, fundamentalmente con los trabajos de Georges FitzGerald (1851-1901) y Heindrik Lorentz (1853-1928) y los análisis sobre el resultado negativo del experimento de Michelson-Morley. Estos dos científicos llegaron independientemente y en el orden citado, a las conclusiones sobre la contracción del espacio, la constancia de la velocidad de luz en el vacío y la dilatación del tiempo. Lorentz, además, obtiene una ley sobre el aumento de la masa con la velocidad. Efectos que son muy notorios a velocidades cercanas a la de la luz, y que recibirán posteriormente su explicación integrados en el marco de la teoría de la relatividad especial. Sin embargo, ambos se quedaron ante las puertas de la teoría de la relatividad.

Es Albert Einstein (3) quien introduce en esa teoría las ideas sumamente novedosas sobre el espacio y el tiempo: un espacio que se contrae y un tiempo que se dilata cuando la velocidad aumenta. En esencia la teoría se refiere a la comparación entre las medidas realizadas en diferentes sistemas llamados inerciales, que se mueven con movimiento rectilíneo uniforme unos respecto de otros. Hasta entonces se consideraban válidas las conclusiones que se derivan de la relatividad de Galileo y de Newton. En ellas no se distingue entre un sistema en reposo y otro que se mueve con velocidad uniforme. Si no existe una fuerza externa, el sistema en ambos casos permanecerá indefinidamente en el estado en que se encuentra.

Einstein muestra, sin embargo, que observar desde un sistema de referencia en movimiento produce efectos novedosos. En particular, cuando se considera la propagación de ondas electromagnéticas como la luz, las ondas de radio o los rayos X en contra de la intuición, distintos observadores medirán la misma velocidad de propagación, aunque estén en movimiento.

Como ya se anticipó, fue la gran síntesis del electromagnetismo desarrollada por J. C. Maxwell (1831-1877) llevada de la mano de FitzGerald y Lorentz la teoría que introdujo las nuevas cuestiones relativas al espacio y al tiempo. Esa teoría había unificado la electricidad, el magnetismo y la óptica, creando el concepto de ondas electromagnéticas: campos electromagnéticos viajeros. Con todas las conclusiones anteriores, Einstein postuló que la constancia de la velocidad de luz se mantiene aún para emisores y observadores en movimiento relativo uniforme. Trabajando con esta hipótesis, Einstein comienza los estudios que lo llevan a plantear una transformación completa en la concepción del espacio y del tiempo. A bajas velocidades estos efectos no son importantes y se mantienen válidas las leyes de la física clásica, que ha quedado absorbida como un caso particular dentro de una teoría más general.

Einstein en su teoría plantea también la equivalencia entre masa y energía. En su ecuación más famosa: E = mc2, la masa m y la energía E, son dos caras de una misma realidad y se puede pasar de una forma a la otra simplemente multiplicando por una constante, la velocidad de la luz en el vacío c elevada al cuadrado.

Pocos años después, en 1916, el mismo Einstein completa su descripción incluyendo los sistemas de referencia acelerados (4), o sistemas “no inerciales”. Este nuevo avance teórico se conoce como “Teoría de la Relatividad General” y de hecho, es una teoría sobre la gravitación. Una teoría mucho más compleja y que a diferencia de la anterior, más limitada, tiene pocas situaciones en las que puede ser comprobada.

Basándonos en ella, ya no es posible concebir un universo como el de Newton, situado en un espacio infinito. La aceleración de la gravedad es una aceleración más y los problemas que produce su consideración en un espacio Euclídeo, isótropo y homogéneo, son transferidos ahora a las propiedades del espacio. La presencia de materia, cuya propiedad llamada masa es la causa de la atracción gravitatoria, en esta nueva concepción tiene un nuevo papel: “curva el espacio”. Es un espacio curvado quien causa la atracción de otras masas cercanas y lejanas (esta curvatura se puede imaginar como la que produciría una persona de gran peso parada sobre un colchón elástico que se deforma por esa presencia y atrae hacia sí a otras personas o cuerpos cercanos).

Casi 2000 años tardó la humanidad hasta que Newton, para describir el movimiento, pudo incorporar la idea de Euclides de un espacio isótropo y homogéneo. En menos de doscientos años, esa idea quedó reducida a un caso límite de un espacio más general (geometrías de Riemann y Lobachevsky). Nuevamente, la teoría anterior queda absorbida como caso límite. Por ejemplo, la suma de los ángulos interiores de un triángulo en la geometría de Euclides vale siempre 180º. En un espacio curvo ya no es así. Esa suma será mayor, pero siempre, cuando la curvatura es muy pequeña, el espacio podrá considerarse plano y recuperar su validez la geometría clásica. Esta absorción de las teorías precedentes en la nueva, es una constante dentro de la ciencia moderna. Las teorías anteriores son consideradas como lecturas válidas del mundo real, a su vez, las nuevas podrían ser absorbidas en el futuro, dentro de otra teoría más general. Pero en todos los casos, las precedentes conservan su validez dentro de su aproximación.

Nos da trabajo imaginar un espacio curvo. Aunque estamos dentro de él y contribuímos a su curvatura, a nuestra escala no nos resulta evidente y por ello, escapa a nuestro “sentido común”. Considerando el espacio como lo hace esta teoría, no es posible distinguir mediante un experimento una aceleración, de la curvatura del espacio o “gravedad”. Un campo gravitatorio homogéneo es completamente equivalente a un sistema de referencia acelerado. Esta es el llamado “Principio de Equivalencia” y en este espacio, las leyes de la física son las mismas bajo atracción gravitatoria que bajo aceleración.

Esta idea siempre le resultó difícil de comprender a los filósofos y más aún al común de las gentes. Por ello, la teoría de la relatividad es tan nombrada y comentada como escasamente comprendida. Pero con ella, Einstein explica en primer lugar (5) un fenómeno de muy pequeña amplitud y conocido desde tiempos antiguos: el exceso respecto de la teoría clásica en el movimiento de precesión del perihelio de Mercurio, el planeta más cercano al sol. El tema suena extraño, pero los astrónomos conocían su valor perfectamente (Leverrier en 1840 lo explicaba imaginando la existencia de un planeta más cercano al sol, que por supuesto, jamás fue observado). El valor de este efecto es aproximadamente de un grado cada 10.000 años, es decir 0,01º cada siglo. Un gran acierto para una teoría nueva, que debe remontar el enorme prestigio de Newton.

La teoría predecía otros fenómenos que no tardaron en ser comprobados. Por ejemplo, el valor de la desviación que se produce en un haz de luz al pasar cerca de una estrella de gran masa, una medición que realizó W. S. Adams por sugerencia de Arthur Eddington en 1919. Esta verificación tuvo una gran difusión y significó para Einstein una enorme fama y un éxito resonante. Otra predicción de la teoría es la dependencia de la frecuencia de los movimientos periódicos de un reloj atómico con la gravedad. En la actualidad, todos los sistemas GPS son corregidos por este efecto.

Luego de comprobadas estas predicciones, la confianza sobre la exactitud de la teoría general de la relatividad era tan grande, que obligaba a incluirla en cualquier modelo cosmológico, ya que la gravitación es una componente esencial. El mismo Einstein, en 1916 (6), planteó un modelo de universo en el cual incluía una distribución de masa isótropa y homogénea (considerada a gran escala), hipótesis que denominó “Principio Cosmológico”.

Al plantear su modelo, como la atracción gravitatoria tiene siempre el mismo signo (atractivo), Einstein se da cuenta que en algún momento se producirá el colapso del universo por causa de la gravedad. Ese efecto debía ser balanceado de alguna manera en las ecuaciones para evitarlo. Como los grandes científicos hasta ese momento, Einstein creía en la existencia de un universo estacionario y para lograrlo incluye en sus ecuaciones un término adecuado para que produjera el efecto contrario, es decir, un término repulsivo. Denominó a ese término “constante cosmológica” y ajustó su valor exactamente para obtener un universo estable. Cuando luego de algunos años se comprobó astronómicamente la expansión del universo, el propio Einstein consideró que introducir la constante cosmológica había sido “el mayor error de su vida”. Pero como se verá más adelante, en la actualidad ya no se considera un error.

Con la relatividad general quedaron firmemente sentadas las bases sobre las cuales deberían construirse los nuevos modelos cosmológicos. Einstein, como todos los grandes científicos anteriores, continuó creyendo en un universo estático e inmutable.

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Pronto comenzaron a aparecer modelos dinámicos del universo, fundamentalmente por parte de matemáticos. Willem de Sitter, que aparentemente fue el primero en interesarse seriamente en la teoría de la relatividad y le dio gran difusión en Inglaterra, no estaba de acuerdo con la concepción de Einstein del universo. Para Einstein, el universo es estático y en la nueva geometría introducida, su curvatura debería ser constante. De Sitter en 1917 plantea por primera vez, que la curvatura debe crecer, aunque cada vez menos, y que por lo tanto, el universo debería expandirse como lo hace una pompa de jabón. Al menos en la teoría, parece ser ésta la primera sugerencia sobre un universo dinámico y en expansión.

Siempre dentro del plano teórico, en 1922 y 1924, Alexander Friedmann publicaba dos artículos considerando soluciones dinámicas a las ecuaciones de Einstein. En efecto, si se abandona la hipótesis de un universo estático, el problema cosmológico relativista conduce a infinitas soluciones en las cuales el espacio varía en función del tiempo. Por lo tanto, surgen muchas posibilidades para considerar un universo en evolución y la literatura científica se enriqueció notablemente con estas consideraciones (7).

Descrito con trazos muy gruesos y según estas ecuaciones, el universo puede tomar una entre tres alternativas posibles: un universo cerrado, un universo abierto o un universo “plano”. Un universo cerrado tendrá un radio de curvatura que se comportará de forma oscilatoria con sucesivas expansiones y contracciones en el espacio. La expansión del universo progresa hasta un punto en el cual la gravedad comienza a imponerse y causará su retracción, o bien crecerá hasta alcanzar una dimensión constante, como en el caso previsto por Einstein. Si el universo es abierto, estará en expansión permanente, expansión que además, puede ser acelerada o no (8).

En los tres casos teóricos citados, cabe señalar una singularidad en el origen del tiempo. Considerando el flujo del tiempo hacia atrás, el universo actualmente en expansión, debió partir de una altísima densidad de masa y energía concentrada en un solo punto. Con esta idea, por primera vez, la ciencia comienza a considerar con su método el problema de la existencia de un “origen” para el universo; un problema que ya tenía una larga tradición en el pensamiento teológico y filosófico. Es de notar también, que ese origen coincide con el del tiempo y del espacio, que dejan de ser separables.

En las primeras dos décadas del siglo XX la calidad de los datos astronómicos aumentó notablemente gracias a la mejora en el diseño y construcción de los telescopios. Durante la década de 1920 a 1930 se realizaron importantes observaciones. Los telescopios, en particular el de Monte Wilson, permitían resolver las imágenes provenientes de las nebulosas más lejanas y analizar el desplazamiento al rojo de la radiación luminosa que llegaba desde ellas. Estos resultados fueron claves y contribuirían luego de manera muy importante a la consolidación de la teoría. En primer lugar porque se mejoró el cálculo de las distancias a las nebulosas lejanas: por primera vez se las situó correctamente, mucho más allá de la Vía Láctea. En consecuencia, el universo conocido aumentó sorprendentemente de tamaño y todas las teorías debían corregir ese dato.

Las primeras observaciones sobre el movimiento hacia el rojo de la luz proveniente de las nebulosas más lejanas se deben a Vesto Slipher y las realizó entre 1920 y 1930, pero no fue el único. En 1923, Edwin Hubble concluye que esas nebulosas lejanas en espiral, que por entonces se observaban en el límite de resolución, son en realidad conjuntos de estrellas, es decir, galaxias como nuestra Vía Láctea (12). Un hecho que clarificó enormemente el panorama de evidencias experimentales astronómicas.

El mismo Hubble mediante observaciones obtenidas con el telescopio de Monte Wilson en 1929, calculará mediante el efecto Doppler, la velocidad de alejamiento mutuo entre las Galaxias (13) y comprobará que ese desplazamiento es proporcional a la distancia. Esto se conoció como “la fuga de las Galaxias”. Al obtener esta ley, en particular al observar los astros más distantes, Hubble obtiene nada menos que la velocidad a la que se expande el universo. Pero hasta ese momento, no se conocía ninguna interpretación teórica sobre este fenómeno. Esa velocidad parecía crecer con la distancia.

Prosiguiendo con el desarrollo histórico de las ideas científicas, debemos remarcar que los datos astronómicos de la “fuga de las galaxias”, fueron rápidamente considerados como uno de los apoyos más evidentes a la teoría de la expansión del universo. El científico y sacerdote belga George Lemaître llevó las cosas más allá y anticipó que si el universo actual se está expandiendo, retrocediendo en el tiempo, como quien vuelve una película hacia atrás, el universo debió haber comenzado en un punto singular donde se concentraba toda la materia y la energía. Lo denominó: el “Átomo primitivo” y supuso un origen común para el tiempo y además para el espacio.

Bajo el punto de vista de la ciencia, considerar un origen simultáneo para el tiempo y el espacio significa considerar un tiempo cero a partir del cual el espacio nace, se va expandiendo y el universo aumenta de tamaño a medida que transcurre el tiempo. Según los distintos modelos, cuando se consideran los detalles, esa expansión tendrá distintos efectos y duraciones. Pero por encima de todos ellos, el dato concreto de la expansión ya se considera una evidencia experimental, que se puede determinar a partir del desplazamiento hacia el rojo de la radiación luminosa proveniente de espacio. En particular, de la radiación que proviene de los lugares más remotos donde ese efecto es mayor.

¿Pero en qué consiste ese desplazamiento?... Estudiando la luz blanca emitida aquí, en la Tierra, o la proveniente de estrellas muy lejanas, sabemos ya desde de Newton que está compuesta por diferentes colores, lo que en conjunto llamamos “espectro luminoso” (9). Si hacemos incidir un haz de luz blanca sobre un elemento que la dispersa, como pueden ser un prisma o una rejilla de difracción , observamos que la luz blanca se descompone en sus colores fundamentales (los colores del arco iris).

También sabemos científicamente desde Maxwell, que la luz es una onda electromagnética y que el ojo humano es nuestro detector. En la teoría de las ondas electromagnéticas, a cada color le corresponde una frecuencia y de todas las frecuencias que permanentemente cruzan el espacio, el ojo detecta sólo una pequeña región (10). Una propiedad de todas las ondas electromagnéticas que viajan en el vacío, es que el producto de su frecuencia por su longitud de onda es una constante. Esa constante es la velocidad de propagación de esas ondas de la luz (aproximadamente: 300.000 km/s). Conocida la frecuencia es inmediato calcular la longitud de onda (o viceversa), y mediante experimentos de óptica, es relativamente sencillo determinar la longitud de onda.

Cuando la fuente de luz está en movimiento (11), ocurre un desplazamiento de la frecuencia recibida que depende de la velocidad de la fuente y se conoce como “efecto Doppler”. Un efecto que se comprende más fácilmente con el sonido. Es de experiencia común que una fuente de sonido acercándose parece aumentar la frecuencia mientras que alejándose se escucha un desplazamiento hacia frecuencias más bajas. Este desplazamiento hacia frecuencias más bajas, en óptica se conoce como: “desplazamiento (o corrimiento) hacia el rojo”. Un acercamiento produciría el efecto contrario, es decir, un desplazamiento hacia las frecuencias más altas que son las de color azul-violeta del espectro.

Volviendo a la historia de las ideas, como ya se dijo, fue George Lemaître (15), el primero en relacionar el desplazamiento de las galaxias con las soluciones a las ecuaciones de Einstein en el caso dinámico. Y lo hizo antes de la publicación de los resultados de Hubble. Notable matemático, tras realizar estudios de posgrado en Inglaterra y Estados Unidos, regresó a Bélgica y fue designado profesor de la Universidad de Lovaina en 1927. Descubrió después de Alexander Friedman y de manera independiente de éste, que las ecuaciones de la relatividad general admiten esas soluciones cosmológicas dinámicas. Como su condición de cosmólogo teórico estaba acompañada por un fuerte interés en los resultados de las observaciones astronómicas, tomó en cuenta los datos de las observaciones norteamericanas sobre la velocidad de desplazamiento de las galaxias, les asignó un significado físico en su teoría, las consideró como un indicio evidente de la expansión del universo y anticipó teóricamente la Ley de Hubble.

Cuando formuló la atrevida hipótesis evolutiva del “atomo primitivo” introdujo dentro de la ciencia la idea más importante que tenemos hoy sobre la evolución del universo. Según esta teoría, el universo debió comenzar a partir de una especie de átomo elemental, extremadamente denso, y pequeño, que evolucionó mediante una gigantesca explosión y cuyos fraccionamientos y agrupamientos sucesivos constituyen el universo que observamos hoy.

Lemaître presentó esta idea en un artículo que publicó en 1931 y tuvo en sus comienzos una mala acogida por los físicos de la época. Probablemente, en parte debido a su condición de matemático teórico, pero probablemente también debido a su condición de religioso. Quizás estas sean las causas por las cuales surgieron las resistencias que suelen acompañar a los cambios profundos en el pensamiento. Este modelo evolutivo resultaba poco atractivo para algunos físicos, pues permitía a los filósofos remontarse a una “Causa Primera” para todo el Universo, a una “Creación”, lo que parecía sacar fuera de la física el problema del origen. La teoría se presentaba entonces como una alternativa poco convincente frente al modelo estacionario de Einstein, que fue enriquecido con algunas aportaciones posteriores.

En 1950 Lemaître presentó un libro condensando su pensamiento titulado “ La hipótesis del átomo primitivo: un ensayo de cosmogonía”, pero ya se había impuesto entre los científicos y ante el público en general una reedición de la teoría del estado estacionario, debida principalmente a Gold, Bondi y Fred Hoyle (17), elaborada además mediante estudios básicos sobre la formación de los elementos.

Fue un mal momento para la teoría del “átomo primitivo”. En un congreso en Pasadena, Fred Hoyle se burló de Lemaître presentándolo con las palabras “this is the big bang man”... (“este es el hombre de la gran explosión”). Pero no todo resultó negativo, a partir de ese momento, la teoría de Lemaître quedó bautizada como teoría del “Big Bang”, nombre que actualmente ha perdido su carácter peyorativo, tiene gran aceptación popular y es el nombre con el que se conoce la teoría actualmente. Para recuperar la novedad y interés iniciales, la teoría de la expansión a partir de una singularidad inicial, debió esperar una nueva evidencia experimental.

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Unos años antes del suceso comentado, un antiguo estudiante de Friedmann, George Gamow, había puesto nuevamente la teoría de Lemaître en el escenario, precisando que aquel universo primitivo, además de ser más denso, debía haber sido mucho más caliente y predecía en sus cálculos la existencia de un resto de radiación enfriada, es decir, algo similar a un “fósil” proveniente de la etapa primitiva del universo, que debería estar presente en todos los rincones del universo. Esta radiación se conoce hoy como “radiación de fondo”.

Para aclarar un poco las cosas, recordemos que las leyes de la radiación del cuerpo negro permiten asociar una temperatura al color de la radiación emitida por un cuerpo caliente (16). Por ejemplo, un hierro calentado a poco más de 1000 ºC se ve de color rojo; si se calienta más se pone blanco. La distribución de intensidad para esos colores se conoce como Ley de Planck y se representa mediante una curva cuyo máximo se desplaza con la temperatura del cuerpo (Ley de Wien).

Dado el tiempo transcurrido en el universo desde la gran explosión original y a su gran expansión, esta radiación predicha por Gamow, debería corresponder a una temperatura muy baja. En resumen: al modelo de Lemaître le faltaba la Termodinámica y Gamow se la proporcionaba.

Cuando en 1965 dos científicos de la compañía Bell: Arno Penzias y Robert Wilson estaban midiendo una antena de recepción de un telescopio de microondas, encuentran un persistente ruido de fondo isotrópico, correspondiente a una temperatura muy baja (3 K), no sospecharon que ese ruido estaba relacionado con el origen del universo predicho por Gamow (17). Pero alguien recordó haber escuchado en 1964 en una conferencia de J. Peebles, un cosmólogo de Princeton, que esa radiación estaba predicha por Gamow y era compatible con los modelos dinámicos del universo. Así, casi por casualidad, se asocian ambos conceptos y aparece una de las pruebas más fehacientes a favor de la teoría de la gran explosión (18).

Muchas investigaciones más fueron preparadas para confirmar estos datos. En 1992, el satélite COBE realiza mediciones sobre la distribución de la radiación de fondo del universo y más recientemente, en el año 200l se logra la reconstrucción de su mapa completo, que viene a confirmar aún más, si cabe, la validez de este modelo.

En tanto el modelo se fue completando con los estudios de formación de la materia partiendo de la radiación del universo primitivo (19). Los procesos de fusión nuclear y formación a partir del Hidrógeno, el Helio y metales como el Litio, ya habían sido estudiados en 1948 por Alpher, H. Bethe y Gamow.

Cuando se comienzan a comprender los procesos de formación de núcleos más pesados, núcleos que se producen en las condiciones especiales de temperatura y presión que existen en el interior de las estrellas, se va reconstruyendo el resto de la historia. Estos procesos fueron estudiados por Burbidge, Burbidge, Fowler y también por Fred Hoyle, que a pesar de su ironía en Pasadena, contribuyó con estos trabajos a completar esa idea del Big-Bang a la cual se había opuesto anteriormente. El mundo de lo más pequeño: las partículas elementales y el de lo más grande, los objetos astronómicos, se unen para formar la teoría actual sobre la evolución del universo. Evolución de la que tenemos una descripción científica bastante completa, casi desde su origen.

Volver al índiceUna visión actual del universo y su formación

A grandes rasgos, hoy podemos decir que la materia visible del universo está formada en un 99 % por Hidrógeno y Helio. El 1% restante corresponde a los elementos más pesados a los cuales, en conjunto, los astrónomos designan como “metales”. Su abundancia relativa, temperatura de formación y el tiempo en el cuál se formaron se puede ver en la figura (20). Con los datos actuales y aceptando la hipótesis de la “inflación“, podemos resumir la historia del universo (21) de la manera siguiente:

En los instantes iniciales, durante el llamado “tiempo de Planck” (10-43 s), el universo estaba lleno de una energía muy densa, a una temperatura y presión correspondientes a ese estado. A continuación, rápidamente se expandió y enfrió, experimentando cambios de fase del tipo de los que ocurren durante la condensación de un vapor, pero referidos a partículas elementales. Aproximadamente a los 10-35 del primer segundo, el universo sufre un cambio de fase que provoca una etapa de expansión exponencial, conocida como “inflación cósmica”. Esta etapa de inflación produjo como resultado un plasma de partículas elementales llamadas “quarks” y “gluones”, con movimiento relativista.

El aumento de tamaño del espacio provoca más enfriamiento que continúa hasta que se produce otra transición de fase y ocurre la “bariogénesis”, la génesis de los componentes del núcleo atómico, de la cual todavía se sabe muy poco. Se estima que en esa época se formó la masa “bariónica del universo” y se produjo la asimetría entre materia y antimateria que se observa hoy. Es decir, en esa época los quarks y los gluones que hasta entonces eran libres, se combinaron para dar bariones como el protón o el neutrón, los componentes básicos del núcleo atómico.

Al continuar la expansión continúa el enfriamiento y nuevos cambios de fase siguen rompiendo la simetría inicial, dando la forma actual a las fuerzas de la física y a las partículas elementales. A partir de aquí, es más sencillo inferir que la unión de protones y neutrones dará lugar a la formación de los núcleos de Deuterio y de Helio, un proceso denominado “nucleosíntesis primordial”.

Después el enfriamiento hace que la materia deje de moverse de manera relativista y la densidad de energía comienza a dominar gravitacionalmente sobre la radiación. Pasados ya unos 300.000 años, los electrones y los núcleos se combinaron para formar los átomos (principalmente Hidrógeno). Por esta unión, la radiación se desacopló de los átomos y continuó viajando libremente por el espacio, es decir, el universo se volvió transparente. Esa radiación enfriada por la expansión, es el fondo de microondas que observamos hoy, en definitiva, un “fósil” del universo en aquel momento.

La descripción prosigue considerando que, en aquellas regiones donde la materia es ligeramente más densa, tiende a juntarse gravitacionalmente agrupándose en nubes, estrellas, galaxias y el resto de las estructuras que se observan actualmente. Para describir detalladamente los procesos de formación de esas estructuras es necesario conocer el tipo y la cantidad de materia del universo. Actualmente se estima que hay tres tipos de materia que son: la materia fría oscura, la materia oscura caliente y la materia “bariónica” observable, que es la que interactúa con los campos electromagnéticos.

La isotropía del fondo de microondas fue estudiada minuciosamente, tratando de encontrar rastros de aquellas anisotropías iniciales que dieron lugar a la formación de los primeros núcleos de condensación de materia. En 2003 se dieron a conocer los mejores datos disponibles obtenidos con el satélite WMAP (Wilkinson Microwave Anisotropy Probe, en castellano: Sonda Wilkinson de Anisotropías de Microondas). Esos datos confirman que la forma más común de materia es la materia fría oscura. Los tipos restantes llegarían al 20% de la materia del universo.

Los cosmólogos han podido calcular muchos parámetros del universo con estos datos, con los del telescopio espacial Hubble y los del satélite COBE de 1989. Esos datos han permitido establecer que el fondo de microondas es isotrópico hasta una parte en 100.000 (1/105) con una temperatura residual de 2,726 K).

Respecto de la teoría, la energía oscura toma la forma de una constante cosmológica como la que fue planteada en las ecuaciones de campo de Einstein y hay otros modelos, pero los detalles de esta ecuación de estado y su relación con el modelo estándar todavía están siendo investigados.

En las etapas iniciales del universo, las energías que tenían las partículas eran mayores que las que hoy se pueden alcanzar en un laboratorio (para alcanzarlas, suponiendo que fuera realizable, sería necesario construir un acelerador de una longitud comparable con la distancia al sol). Por lo tanto, no hay experimentación posible y no hay modelo físico convincente para los primeros (10-33 s) del universo, el tiempo anterior al cambio de fase que forma parte de la teoría de la “Gran Unificación” de las fuerzas (GUT).

Para el primer instante, la teoría gravitacional de Einstein predice una singularidad donde las densidades son infinitas. Para intentar resolver esta paradoja, hace falta una teoría cuántica de la gravedad. Uno de los problemas no resueltos, más grandes de la física.

Por supuesto, no sabemos nada sobre lo que había antes del Big-Bang aunque nunca faltan especulaciones teóricas. La posibilidad de existencia de universos paralelos ya había anticipada por el filósofo y matemático alemán I. Kant, actualmente diríamos “multiversos”, cada uno con su big-bang, con sus constantes cosmológicas y sus leyes de la física, pero por ahora, y parece que por mucho tiempo más, todas estas teorías son sólo eso: especulaciones.

Volver al índiceEn resumen

Los datos experimentales han confirmado que la expansión existe, es acelerada y pocos científicos piensan hoy en la posibilidad de un modelo estacionario para el universo. Por lo cual, la teoría de una regresión final (o “Big - Crunch”) tiene actualmente muy poca aceptación.

La evolución del universo como ha sido descripta (con la relatividad general junto con el “modelo standard” de partículas elementales), también es aceptada hoy por la mayoría de los científicos y especialistas.

Pero esto no debe hacer pensar que se sabe todo sobre el origen del universo y su futuro. Para estimar su evolución futura, se trabaja sobre prolongaciones analíticas de las teorías actuales. En estos casos de proyección a tan largo plazo, se sabe que la ciencia suele describir muy bien los procesos anteriores y la probable continuación de los mismos. Pero poco puede decir la ciencia frente a la posibilidad de nuevos fenómenos emergentes, nuevos descubrimientos o resultados inesperados en la observación, una situación que ha sido normal en su historia. Por ejemplo, hoy se piensa que la mayor parte de la materia que forma el universo es “materia oscura”, de la cual no se sabe nada. Tampoco se sabe nada de la energía oscura, aunque no faltan teorías para todos estos casos.

Sí sabemos, “a ciencia cierta”, que el universo visible se expande y se enfría, y que algunas etapas de la gran explosión inicial tienen una verificación experimental muy firme. El resto, como ya se dijo, por ahora son especulaciones (22).

Volver al índiceB. Los origenes según la fe cristiana

El panorama que hemos presentado hasta aquí se deriva del método científico. Según este método, las teorías son confirmadas o abandonadas si los resultados de los experimentos y observaciones sobre la realidad no verifican las conclusiones que se han anticipado. En ocasiones, esos mismos experimentos proporcionan datos novedosos que no encajan en las teorías existentes y que requieren nuevas formulaciones. En su conjunto, el desarrollo de este método implica un proceso interactivo donde teoría y experiencia se modifican mutuamente hasta lograr avances en nuestra cosmovisión, que recién cuando se logra la síntesis consideramos como segura. Una seguridad relativa, que se mantiene dentro del marco de validez en el cual las ideas han sido comprobadas.

El concepto de Universo que analizaremos en esta segunda parte proviene de fuentes muy distintas a la ciencia. En este caso, los conceptos sobre los cuales se debe razonar (y que como veremos, llaman a obrar en consecuencia), provienen de una experiencia espiritual en cuyo inicio se sitúa Dios mismo. Y Dios no es una idea filosófica. Para todos los monoteístas es una Persona. Es el Ser por excelencia, el único Ser Necesario, según el mismo se nos ha revelado: Dios es el que Es, es decir, el único ser que Es por sí mismo. Los demás somos seres contingentes, creados por Él.

Cuando afirmamos que somos seres contingentes, no introducimos ninguna novedad respecto de la visión anterior: para la ciencia, esto también es una evidencia. El hombre no ha creado el universo ni se ha creado a sí mismo, y por lo tanto, respecto de la naturaleza también somos contingentes. Pero en nuestra concepción religiosa hay una diferencia fundamental, Dios se sitúa por encima de la naturaleza, es tanto Creador de la naturaleza como Creador nuestro. En este sentido Dios es superior al destino, a diferencia de otras religiones de la antigüedad que, como la griega, suponían a sus dioses sometidos a éste.

El punto de partida, nuestra primera afirmación en este camino es, entonces, nuestro reconocimiento personal y la aceptación (al menos), de la posibilidad de existencia de ese Ser. Sin este paso no podemos avanzar ni entender la nueva concepción del universo que nos plantea la fe.

Ese paso de afirmación nunca es completo, no carece de dudas, ni es el único en la vida de un hombre. Podemos identificar y observar en otros seres humanos los avances y los retrocesos en el crecimiento de su relación con Dios. Una relación que se construye mediante la reflexión pero fundamentalmente, mediante experiencias espirituales en las cuales cada ser humano comienza a considerar por distintos caminos, que ese universo físico del cual él mismo forma parte, en el que se desarrolla y evoluciona, al cual se asoma con su pensamiento, tiene un sentido. Un sentido que como hombre puede llegar a comprender.

Entonces, la imagen que el hombre se forma a partir de la fe, no es la de un universo producto del azar ni de fuerzas ciegas y extrañas. Tiene un propósito establecido, una dirección de evolución hacia un fin determinado que lo justifica y lo trasciende. El hombre entiende que si bien él mismo es una criatura, una parte casi insignificante de la creación, su Creador se preocupa, gratuitamente, por su crecimiento y desarrollo dentro de ese sentido global que dio al universo.

La experiencia de la fe no es una experiencia fácil ni masiva. Se inicia personalmente, se desenvuelve persona a persona, a media luz y en voz baja. Dios se manifiesta mediante “un susurro” (Salmo 18, versículos 2-3), como una “leve brisa” (Elías) o se oculta “tras una nube” (Moisés). A nosotros nos llega por medio de un libro, la palabra de un amigo, una enfermedad,... por mil caminos que debemos aprender a transitar para reconocerle. Dios no fuerza la libertad humana, el hombre tiene en cada etapa de crecimiento personal la posibilidad de aceptarlo o de negarlo, de comprenderlo o rechazarlo.

Pero el crecimiento y la maduración del contenido de la fe, el dogma, no es tarea individual, fruto de un pensador solitario, sino que se deriva de una experiencia comunitaria desplegada a lo largo de una historia de milenios. Por ello, en el comienzo de esta segunda explicación del origen del universo, el ser humano no involucra sólo su raciocinio; necesita aceptar personalmente que Dios le confiere un sentido maravilloso a esa realidad que él, como hombre, observa, sufre y modifica. Asume también que ese sentido escapa a su voluntad y que sobrepasa a la razón y al conocimiento humanos. El hombre no es autor del proyecto de la creación, pero puede escrutar sus huellas y formular teorías, que siempre dependerán de la revelación. Al cambiar su cultura con los tiempos, ese sentido sobre su destino no se le manifiesta de manera inmutable, de una vez y para siempre. Su interpretación se desarrolla en la historia y evoluciona según progresan los conocimientos humanos. Su experiencia personal tiene sentido como una prolongación de la experiencia que tienen de Dios muchos otros hombres: un pueblo entero, el “pueblo de Dios”. Comunidad de fe a quien Dios elige no por mérito, sino gratuitamente, por amor. La fe no es nuestra fe, es la Fe de toda la Iglesia.

Detrás de cada interpretación científica sobre el universo que los hombres construimos, cada vez de manera más compleja y perfecta, resplandecerá ese sentido que Dios le ha dado y vendrá a iluminar el conocimiento que nos forjamos con la razón. Recién comprendemos completamente la naturaleza cuando además de observarla con los ojos de la ciencia, vemos su sentido con relación al plan de Dios. Entonces se vuelve transparente e inteligible, inteligibilidad que no es obra humana, nos viene de Dios, del hecho de compartir con el resto de la creación el carácter de criaturas.

Al conjunto de esa explicación en la historia la llamamos Revelación, (23) y es la base del contenido de nuestra fe. Esa fe nos permitirá interpretar lo que el universo significa para el hombre cuando se le dota de sentido histórico, trascendente y escatológico. La revelación es a la fe, lo que el conocimiento es a la razón.

Ese conocimiento reconoce dos fuentes concretas: la Tradición y las Sagradas Escrituras. La Tradición oral, es anterior a las Sagradas Escrituras. Las sagradas escrituras recogen la revelación, en primer lugar, la que Dios otorga al pueblo de Abraham y de Jacob por medio de sus profetas, y luego, ya definitivamente, por medio de su Palabra encarnada: el Logos, Jesucristro nuestro Señor. A través de los discípulos que Él eligió, llega al pueblo de Dios, y por su intermedio debe llegar a todo el resto de la especie humana.

Para los católicos, la Tradición se expresa por el Magisterio de la Iglesia, depositaria del contenido de ese Logos y responsable de su adecuación a cada momento histórico, de la adecuación a “los signos de los tiempos”. Esas son las dos fuentes inseparables que tiene la fe cristiana para interpretar el origen del universo: la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia.

Volver al índiceLas ideas del Génesis

Si queremos comenzar el análisis de las fuentes que provienen de la Sagrada Escritura, debemos recurrir a la tradición escrita en el Antiguo Testamento que recibimos del pueblo de Israel (24). Las referencias al origen del universo en la Sagrada Escritura están al comienzo de su primer libro, “El Génesis”. En su capítulo I, primer versículo, la Biblia dice: “Bereshit bara Elhoim…”, es decir: “Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra…”.

Dios: el Ser necesario, el que es por Sí Mismo, como le dirá luego a Moisés desde la zarza ardiendo, creó cuanto conocemos. Nadie en la Tierra podrá asignar a Dios un nombre humano, lo mejor que podemos decir de Él, nos lo ha revelado Él mismo: Soy el que soy. Nos ha creado y nosotros no podemos salvar ese abismo, y es Él quien toma la iniciativa.

É9l ha creado el “átomo primigenio”. Ha creado la Tierra que estaba antes que nosotros, el Universo que estaba antes que la Tierra, y Él es antes que el Universo, el tiempo y el espacio. Esta idea de Dios, trascendente a toda idea, materia o energía que podamos pensar, está diseminada en toda la concepción bíblica vetero-testamentaria. Dios trasciende todo lo natural. Los textos de la revelación se multiplican: El Génesis II, 5-25, Los Salmos, 2 Macabeos VII, 28…

Esa concepción pasa completa al Nuevo Testamento. “De muchas maneras habló Dios a los hombres, hasta que envió a su propio Hijo”..., a su Palabra [S. Pablo]. Dios envía su Palabra a la Tierra (25). Pero su Palabra, ya existía desde antes de la creación.

Nos dice San Juan Evangelista en el siglo II (DC): En el Principio era el Verbo…[Jn. 1,1]. La palabra de Dios, el Cristo, era anterior al universo y Cristo es el prototipo del ser humano, el nuevo Adán. Esta revelación alcanza una dimensión que trasciende todo pensamiento: por una parte, Dios toma forma humana y asume esta naturaleza, pero por otra el hombre, encuentra su origen como naturaleza, antes de la creación.

La posibilidad que tenemos de entender ese sentido que para nosotros tiene el mundo natural, nos viene de la Palabra de Dios, que ya existía antes de la creación. Si hubo evolución, Dios conocía su resultado antes de su comienzo. Por lo tanto los hombres, nosotros mismos, fuimos pensados por Dios antes de la existencia del tiempo y estamos destinados aquí, en esta Tierra, al encuentro con Él.

Naturalmente, la Revelación no dice por que procedimiento fuimos creados, ni nos comunica datos científicos, tenemos la libertad para averiguarlo. La Revelación da sentido a nuestra vida y nos indica cómo debemos vivirla, porque simultáneamente, la libertad que Dios nos dio, nos fuerza a elegir en cada momento: podemos asumir nuestro destino y llenar nuestra vida de sentido o rechazarlo y vaciarnos de Él.

Después la Tradición de la Iglesia, ya sin la presencia viva de la Palabra Encarnada, pero asistida por el Espíritu de Dios, recordará, reforzará y purificará el concepto que se ha forjado de la creación, a partir de la propia enseñanza de Cristo. Por ejemplo, leemos en S. Justino (100-160 dc) (26): ...“Es la doctrina que nos enseña a dar culto al Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el principio es hacedor y artífice de toda la creación visible e invisible”.

Fórmula que al final, ya destilada, se incorporará en el Credo o Símbolo Apostólico (s. III): “Creo en Dios Padre…creador del cielo y de la tierra”…, y sería perfeccionada en los concilios posteriores (27) de Nicea (a.325) y de Constantinopla (a. 381), donde aparece en el llamado Símbolo “Niceno-Constantinopolitano” con la fórmula: “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible…”.

En 1215, en el IV Concilio de Letrán (28), se establece el decreto “Firmiter” que contiene importantes principios como: la unidad del principio creador (Dios es Uno e indivisible, no tiene partes) la distinción entre Dios y el mundo, la creación del universo de la nada (ex nihilo), la naturaleza temporal de la creación (Dios crea también el tiempo) y la extensión de la creación a todos los seres vivos, a la naturaleza entera.

Santo Tomás de Aquino (1212-1274). (29), en la Summa Theol. q. 46, a. 2 comenta que el comienzo temporal del mundo es un dato de fe. Y que la creación de la nada, ex-nihilo, se puede probar con la razón.

Durante siglos, el tema es aceptado así entre los cristianos y deja de ocupar un lugar central en las discusiones doctrinarias. No es central, a pesar de la discusión referente al sistema heliocéntrico en el siglo XVII, ya que considerado bajo la perspectiva de la fe, no afecta demasiado a lo que nos ocupa. En realidad, no se discutió allí sobre el origen del universo y la creación.

Más recientemente, durante el Concilio Vaticano I se vuelve a tratar el tema en profundidad (30), y se establece entre otras cosas que: … “el universo es la obra excelente de un Dios bueno y sabio, que hizo todas las cosas con voluntad absolutamente libre”. Es decir, Dios no ha tenido necesidad de crearlo, la creación es una expresión libre del Amor Divino.

Había surgido una nueva visión científica que ponía en discusión la perspectiva religiosa sobre la creación del hombre, esta vez desde el naturalismo, contraponiéndola con la posibilidad de una continuidad evolutiva a partir de especies más simples, sometidas a procesos de selección natural (Darwinismo).

Rápidamente esta nueva propuesta científica fue considerada una demostración de que la consideración de la existencia de un creador, era totalmente superflua. Frente a la pretensión de anular la visión religiosa de la creación del hombre y del universo, la Iglesia se reafirma sobre los contenidos de la Revelación.

Es prudente destacar, que si bien desde sectores del evolucionismo se consideran ideas sobre el origen del hombre, en realidad no se habla del origen del universo. Y aún más, mucho más que del origen de la vida en el planeta, se trata de una teoría sobre la transformación de formas elementales de vida en formas más complejas. Pero este tema merece una consideración particular, mucho más extensa y detallada, por lo cual se remite a la bibliografía pertinente (que puede encontrarse en la página web citada).

Volver al índiceDefiniciones más recientes

El Concilio Vaticano I define que: “Dios sostiene y gobierna todo lo creado mediante su Providencia”. La aclaración resultó necesaria frente a la reducción mecanicista que se desplegó desde las ciencias físicas durante el siglo XIX, a partir del desarrollo de la “Mecánica Racional” (de Laplace a Mach) y de la Termodinámica. Según estas concepciones reduccionistas, se podría llegar a admitir, válidamente para la razón científica, la existencia de un dios creador, que pone en marcha su creación del universo y luego la abandona a su suerte. O bien la de un panteísmo natural, un dios “relojero” universal que controla y participa en todos los movimientos del universo, es decir, lo que llamamos naturaleza.

Un judío, un cristiano o un musulmán responderían que imposible elevar una oración a un dios así. La idea que nos forjamos de Dios los que creemos en Él, es mucho más trascendente que ésta y a la vez, sorprendentemente, más cercana. Con la formula citada, el Magisterio aclara la concepción cristiana de un Dios personal y providente.

El Vaticano I es prolífico respecto del tema, en la “ Constitución Dogmática sobre la Fe Católica” aclara que … “este único, verdadero Dios, por virtud de su bondad y omnipotencia, no por aumentar su gloria o por adquirirla”…. “hizo el mundo para comunicar su bondad y sus perfecciones”. Dedica un capítulo para especificar las relaciones entre fe y razón declarando que …”hay un doble orden de conocimientos, distinto no solamente por su principio, sino también por su objeto” …[35]. No hace sino confirmar lo que ya exponía Santo Tomás 600 años antes.

Pero el gran documento del siglo XX es el Concilio Vaticano II. La cantidad de temas discutidos fue tan amplia y tan completa que no podían faltar las referencias a la creación del universo (31). La doctrina secular de la Iglesia hasta aquí expuesta aparece reflejada en numerosos trabajos discutidos por los padres conciliares que luego fueron publicados en distintos documentos particulares.

Son un ejemplo las constituciones conciliares tituladas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum” y “Gaudium et Spes”. En ellas se remarcan: el misterio de la creación, la visión cristocéntrica de la misma, la colaboración del hombre, criatura singular de Dios, que actúa como continuador de la obra creada, o la relación existente entre la creación y el fin de los tiempos.

Los temas tratados en los documentos conciliares, por iniciativa del mismo papa que convocó el concilio, Juan XXIII, se discutieron en años posteriores para elaborar con ellos un catecismo que los pusiera al alcance de todos los fieles. De esta forma se incorporaron al pensamiento católico general y al Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo, es un documento cuya redacción fue inicialmente recomendada durante el concilio, concretada durante el Sínodo de Obispos de 1985 y que conoció la luz bajo el Pontificado de Juan Pablo II, 30 años después de haber sido inaugurado el concilio (32).

En su primera parte, el Catecismo analiza la Profesión de Fe o “Credo”. Desde su primer capítulo proclama que el hombre es “capaz” de Dios y en el segundo, que es Dios quien viene al encuentro del hombre. Entre los puntos 279 y 301 analiza los orígenes del universo y destaca la importancia de una buena catequesis sobre estos temas.

La sucesión de los pontífices desde el concilio: Juan XXIII, Pablo VI o Juan Pablo II (33), en varios discursos a la Pontificia Academia de las Ciencias, precisaron los detalles de la doctrina de la Iglesia como lo habían hecho todos los papas anteriores.

También el papa Juan Pablo II, pidió perdón por los errores que pudieran haberse cometido en el denominado “caso Galileo”, como un acto de buena voluntad dirigido al mundo de la ciencia, para reafirmar la importancia que la Iglesia siempre le dado a esta actividad de la razón humana.

En 1998 Juan Pablo II publicó la encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón), donde se plantea para esta relación el doble objetivo del diálogo y la autonomía que destacamos al comienzo de este artículo, que aclarara Santo Tomás y que reafirma lo establecido en el Concilio Vaticano I.

Las siguientes palabras de su santidad J. Pablo II destacan estos objetivos:

“Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos pioneros de la investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el cuál los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e imprescindible de la persona humana. El científico es muy consciente de que la búsqueda de la verdad… no termina nunca, remite a algo que está por encima del objeto inmediato de los estudios a los interrogantes que abren el acceso al Misterio”.

Desde el mundo católico, siempre ha existido una apertura a la ciencia, estableciendo los puentes necesarios para una comunicación serena y profunda de la verdad que cita su santidad Juan Pablo II en el apartado anterior. A pesar de algunos desencuentros, como el que se suscitó en torno al caso Galileo, la actitud normal entre los católicos fue intentar comprender la ciencia en sus detalles más profundos para encontrarse con el Misterio. En remontar la realidad física hasta la trascendente.

La relación entre la Religión y la Ciencia es muy importante para nosotros, los católicos y los religiosos en general. Algunos de los avances más significativos en la comprensión del universo como el heliocentrismo o la la teoría del Big Bang, se deben a personas de conocida religiosidad. El mismo Galileo, a pesar de lo que se diga en algunos ambientes o en los medios de comunicación, era un católico práctico. Son muchos también los encuentros y diálogos entre grandes científicos con diferentes convicciones religiosas o bien ateos y científicos católicos. Lo normal ha sido siempre el encuentro personal (34), más allá de sus convicciones religiosas, y debería bastar para demostrarlo con observar juntos en esa foto de Albert Einstein y Robert Millikan flanqueando al creador del modelo del Big- Bang, George Lamaître, en 1933.

Pocos años antes de esa fotografía se había establecido la ley de Hubble, Lemaître era un convencido del modelo dinámico, había introducido la hipótesis del átomo primordial en 1931, y Einstein no compartía esa visión científica. Sin embargo allí están juntos. Einstein, que muchas veces alabó el talento matemático del sacerdote y éste, que utilizó las ecuaciones de Einstein para desarrollar su modelo dinámico. Un modelo que incluye el origen del tiempo junto al universo, coincidiendo con la definición de Santo Tomás de Aquino, 700 años antes.

Estas relaciones entre ciencia y fe, dentro del catolicismo, van mucho más allá: el propio Vaticano tiene una Academia Pontificia de las Ciencias donde muchos de los más importantes científicos son invitados a exponer sus teorías. El mismo papa Pío XII fue uno de los más entusiastas seguidores del modelo del Big-Bang, desde antes de su aceptación generalizada por la comunidad científica. Nada más ajeno ni más injusto entonces, que esa acusación de oscurantismo que le llueve a la Iglesia desde determinados ambientes del ateísmo.

Volver al índiceEl fin del Universo

Hemos llegado a la diapositiva final (35) y nos preguntamos: ¿Cuál es el fin del Universo? Podríamos hablar de algunas recientes opiniones científicas en las que se extrapola la “muerte térmica” para un universo en expansión, hacer consideraciones sobre posibles alternativas, analizar la posibilidad de existencia de universos simultáneos, cada uno con sus constantes fundamentales y su Big-Bang, temas sobre los que también especula la teoría.

No parece ser esta la idea buscada por Carlos Pérez para el cierre de una exposición como la preparada en la serie de diapositivas que presentó. A mi entender, el mensaje final que procuran dejarnos estas dos conferencias, es que el fin del Universo, ocurra lo que ocurra físicamente, será la apertura completa a la trascendencia. No se trata de un fin, sino de una finalidad.

Para un hombre de fe, el fin trascenderá todo lo material. No importa el cómo. Desde la ciencia, aunque se especule con hermosas construcciones matemáticas, tampoco se sabe cómo será y mucho menos por qué. Sin embargo, desde la escatología cristiana, sí sabemos que el fin del universo será la realización plena de ese sentido que hoy adivinamos, en el que creemos y que nos permite obrar en consecuencia, para bien de todos nuestros hermanos, los hombres.

Según nuestra concepción, en el final de los tiempos terminará nuestro conocimiento parcial y veremos a Dios tal cual es (1 Cor. 13,12). Dios entonces habrá conducido su creación hasta el reposo definitivo y la gloria para la cual ha creado el Universo, con nuestro Cielo, con la Tierra y con todos nosotros en la cumbre de la creación, permitiéndonos comprenderla y colaborar con ella (Catecismo, 314).

En la ciencia, para explicar la evolución del universo, es necesario unir nuestros conocimientos sobre lo más pequeño, las partículas elementales y sobre lo más grande, los cuerpos de la astrofísica: planetas, estrellas y galaxias. Para explicar el sentido de la evolución de la vida inteligente sobre la Tierra, vemos aquí, que también necesitamos unir lo más grande y lo más pequeño: Dios y el hombre. El hombre carece de sentido sin Dios, queda reducido a una fluctuación sin razón en el universo.

Ocupamos un lugar privilegiado en el Universo: el planeta Tierra. Muchos analizan desde la ciencia misma la causa y justificación de ese privilegio, tratando de calcular la probabilidad de aparición de vida inteligente en otros rincones del universo. Esa probabilidad, al parecer, es bastante baja. La tierra es un planeta habitable, al borde de un brazo de una galaxia, parte de un universo con sus constantes cosmológicas finamente ajustadas para la vida. Y es a la vez, un atalaya que permite observar su sistema planetario, la forma de su galaxia y hasta “los bordes” del universo. Es decir, con las bases para formar en su inteligencia, una cosmovisión científica. Una visión bastante ajustada de la totalidad.

Pero desde la perspectiva que estamos analizando aquí, la razón de ese privilegio trasciende lo físico y lo natural, porque este lugar donde vivimos, es el lugar del encuentro del hombre con su Creador. Aquí el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros. Él establece nuestra dignidad como criaturas. Porque al principio, antes de la Creación, el Verbo ya era.

Esa es nuestra fe.

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El origen del universo
Breve historia de las teorías cosmológicas
La relatividad especial.
La relatividad general.
Comprobación de la relatividad.
Relatividad general y cosmología.
Universos dinámicos
Posibles modelos del universo en expansión
Espectro de la luz.
Espectro de las ondas EM.
El efecto Doppler.
Astrofísica observacional.
La expansión del universo.
Edad del universo.
La gran explosión (Big Bang).
Radiación del cuerpo negro
Luz (radiación) fósil
Mapas de la radiación de fondo del universo
Formación de la materia (Nucleosíntesis)
Reacciones nucleares y abundancia relativa de los átomos
Historia del universo
Diapositiva de transición
B. Los orígenes según la fe.
Sagrada Escritura
Nuevo Testamento
Tradición
Primeros concilios
Concilio IV de Letrán (1215)
Santo Tomás de Aquino (1224-1274)
Concilio Vaticano I
Concilio Vaticano II 1962-1965
Catecismo de la Iglesia Católica 1994
Pío XII,... Pablo VI,... Juan Pablo II
Diálogo entre ciencia y fe
El fin del universo

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