Lo que deberíamos saber
sobre Galileo
(1)
Mariano Artigas
Publicado en Scripta Theologica, 32 (2000), pp. 877-896.
Actualizado e ilustrado: enero 2006
Índice
1. ¿Cómo
murió Galileo?
2. ¿Por qué fue
condenado Galileo?
2.1. El proceso de 1616
2.2. El proceso de 1633
3. Interrogantes e
interpretaciones
Referencias
(Nota: Para ver las ilustraciones, pulsar sobre los
números entre paréntesis)
El caso Galileo suele ser utilizado para afirmar que la Iglesia
católica es enemiga del progreso científico. Por
tanto, me llama la atención que bastantes católicos,
incluidos sacerdotes, religiosos y otras personas que tienen
conocimientos teológicos, conozcan ese caso de un modo
bastante superficial y, en ocasiones, incluso equivocado.
Hace unos años me encontraba en Roma dando un curso de
doctorado. En una sesión hablé sobre el caso Galileo.
Al terminar, un sacerdote que estaba trabajando en su tesis
doctoral vino a hablar conmigo. Estaba muy enfadado y me
decía: ¿cómo es posible que yo, sacerdote
católico, que he pasado años en un Seminario y ahora
trabajo en mi tesis doctoral en Roma, me entere a fecha de hoy que
a Galileo no le mató la Inquisición? Tenía
toda la razón en sentirse desconcertado. Dado que tengo
experiencias similares con cierta frecuencia, he decidido escribir
este artículo, en el que pretendo resumir, muy brevemente,
los aspectos centrales del caso Galileo: qué sabemos con
seguridad que sucedió o no sucedió; qué temas
continúan siendo discutidos; cuál es, en definitiva,
el estado actual de la cuestión en sus dimensiones
principales.
Cuáles sean las causas de la ignorancia y la
confusión que existen en torno al caso Galileo es un tema
que merecería ser estudiado. En parte se puede deber al uso
demasiado partidista que muchas veces se ha hecho de este caso:
algunos, deseando atacar a la Iglesia, han acentuado excesivamente
lo que les interesaba o han deformado los hechos, y otros, al
defender a la Iglesia, a veces han utilizado una apologética
demasiado fácil, desconociendo las complejidades del caso.
En la actualidad existen muchos estudios rigurosos sobre Galileo,
de modo que se puede establecer con objetividad qué es lo
que sabemos y qué es lo que ignoramos. La Iglesia
católica ha mostrado, por medio de su máximo
representante, el Papa, un claro deseo de clarificar el tema, y no
ha tenido inconveniente en reconocer sin paliativos los errores que
sus representantes pudieron cometer con Galileo, pidiendo incluso
perdón por ello. Parece que estamos en un buen momento para
proponer un resumen desapasionado del famoso caso.
El primer punto que debería quedar claro es que a Galileo
no lo mató la Inquisición, ni nadie. Murió de
muerte natural
(2). Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564 en
Pisa, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su
casa, una villa en Arcetri, en las afueras de Florencia
(3). Por tanto, cuando murió tenía casi 78
años (es posible encontrar una diferencia de un año
incluso en documentos oficiales, porque entonces, en Florencia, los
años se empezaban a contar el 25 de marzo, fecha de la
Encarnación del Señor). Cuenta Vincenzo Viviani, un
joven discípulo de Galileo que permaneció
continuamente junto a él en los últimos treinta
meses, que su salud estaba muy agotada: tenía una grave
artritis desde los 30 años, y a esto se unía
“una irritación constante y casi insoportable en los
párpados” y “otros achaques que trae consigo una
edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho
estudio y vigilia”. Añade que, a pesar de todo,
seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin
“le asaltó una fiebre que le fue consumiendo
lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo
de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un
miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro
de la madrugada, murió con firmeza filosófica y
cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y
veinte días”. Por tanto, no existió la hoguera,
ni nada parecido.
Tampoco fue condenado a muerte. El único proceso en que
fue condenado tuvo lugar en 1633, y allí fue condenado a
prisión que, en vista de sus buenas disposiciones, fue
conmutada inmediatamente por arresto domiciliario, de modo que
nunca llegó a ingresar en la cárcel
(4). Según las normas comunes, durante el proceso
debería haber estado en la cárcel de la
Inquisición, pero de hecho no estuvo nunca ahí: antes
de empezar el proceso se alojó en la embajada de Toscana en
Roma, situada en Palazzo Firenze, donde vivía el embajador
(5); durante el proceso se le exigió en algunos momentos
alojarse en el edificio de la Inquisición, pero entonces se
le habilitaron unas estancias que estaban reservadas para los
eclesiásticos que trabajaban allí, permitiendo que le
llevaran la comida desde la embajada de Toscana
(6); y al acabar el proceso se le permitió estar alojado
en Villa Medici, una de las mejores villas de Roma, con
espléndidos jardines, que era propiedad del Gran Duque de
Toscana
(7). Todo esto se explica porque Galileo era oficialmente el
primer matemático y filósofo del Gran Duque de
Toscana, territorio importante (incluye Florencia, Pisa, Livorno,
Siena, etc.) y tradicionalmente bien relacionado con la Santa Sede,
y las autoridades de Toscana ejercieron sus buenos oficios para que
en Roma se tratara a Galileo lo mejor posible, como de hecho
sucedió. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini,
apreciaba muchísimo a Galileo, y puso todos los medios para
que sufriera lo menos posible con el proceso, y para que no
ingresara en prisión. Niccolini consiguió que, al
acabar el proceso, la pena de prisión que se le impuso fuera
conmutada por confinamiento en Villa Medici. Después de
pocos días se le permitió trasladarse a Siena, donde
se alojó en el palacio del arzobispo, monseñor
Ascanio Piccolomini
(8); éste era un gran admirador y amigo de Galileo, y le
trató espléndidamente durante los varios meses que
estuvo en su casa, de modo que allí se recuperó del
trauma que, sin duda, supuso para él el proceso (en 1633,
cuando tuvo lugar el proceso, Galileo tenía 69 años).
Después, se le permitió trasladarse a la casa que
tenía en las afueras de Florencia, y allí
permaneció hasta que murió, ya viejo, de muerte
natural. Acabó su obra más importante
(9), y la publicó, en 1638, después del proceso
(10).
En definitiva, Galileo no fue condenado a muerte, sino a una
prisión que no se llegó a ejecutar porque fue
conmutada: primero, por una estancia de varios días en Villa
Medici, en Roma; después, por una estancia de varios meses
en el palacio de su amigo el arzobispo de Siena; y a
continuación (finales de 1633), se le permitió
residir, en una especie de arresto domiciliario, en su propia casa,
la Villa del Gioiello, en Arcetri, en las afueras de Florencia,
donde vivió y trabajó hasta su muerte.
Galileo tampoco fue nunca sometido a tortura o a malos tratos
físicos. Sin duda, hacerle ir a Roma desde Florencia para
ser juzgado, teniendo 69 años, supone mal trato, y lo mismo
puede decirse de la tensión psicológica que tuvo que
soportar durante el proceso y en la condena final, seguida de una
abjuración forzada. Es cierto. Desde el punto de vista
psicológico, con la repercusión que esto puede tener
en la salud, Galileo tuvo que sufrir por esos motivos y, de hecho,
cuando llegó a Siena después del proceso, se
encontraba en malas condiciones. Pero es igualmente cierto que no
fue objeto de ninguno de los malos tratos físicos
típicos de la época. Algún autor ha sostenido
que, durante el proceso, al final, en una ocasión fue
sometido a tortura; sin embargo, autores de todas las tendencias
están de acuerdo, con práctica unanimidad, que esto
realmente no sucedió. En la fase conclusiva del proceso, en
una ocasión, se encuentra una amenaza de tortura por parte
del tribunal, pero todos los datos disponibles están a favor
de que se trató de una pura formalidad que, debido a los
reglamentos de la Inquisición, el tribunal debía
mencionar, pero sin intención de llevar a la práctica
la tortura y sin que, de hecho, se realizara (consta,
además, que en Roma no se llevaba a cabo tortura con
personas de la edad de Galileo)
(11)
(12). Después de la condena, en Siena, Galileo se
recuperó. Luego sufrió diversas enfermedades, pero
eran las mismas que ya sufría habitualmente desde muchos
años antes, que se fueron agravando con la edad.
Llegó a quedarse completamente ciego, pero esto nada tuvo
que ver con el proceso.
Lo que más llama la atención no son los malos
tratos físicos que, como acabamos de ver, no existieron,
sino el hecho mismo de que Galileo fuera condenado, con las
tensiones y sufrimientos que esto implica. Desde luego, no era
homicida, ni ladrón, ni malhechor en ningún sentido
habitual de la palabra. Entonces, ¿por qué fue
condenado?, y ¿cuál fue la condena?
Se suele hablar de dos procesos contra Galileo: el primero en
1616, y el segundo en 1633. A veces sólo se habla del
segundo. El motivo es sencillo: el primer proceso realmente
existió, porque Galileo fue denunciado a la
Inquisición romana y el proceso fue adelante, pero no se
llegó a citar a Galileo delante del tribunal: el denunciado
se enteró de que existía la denuncia y el proceso a
través de comentarios de otras personas, pero el tribunal
nunca le dijo nada, ni le citó, ni le condenó. Por
eso, con frecuencia no se considera que se tratara de un
auténtico proceso, aunque de hecho la causa se abrió
y se desarrollaron algunas diligencias procesuales durante meses.
En cambio, el de 1633 fue un proceso en toda regla: Galileo fue
citado a comparecer ante el tribunal de la Inquisición de
Roma, tuvo que presentarse y declarar ante ese tribunal, y
finalmente fue condenado. Se trata de dos procesos muy diferentes,
separados por bastantes años; pero están
relacionados, porque lo que sucedió en el de 1616
condicionó en gran parte lo que sucedió en 1633
(13).
En 1616 se acusaba a Galileo de sostener el sistema
heliocéntrico propuesto en la antigüedad por los
pitagóricos y en la época moderna por
Copérnico: afirmaba que la Tierra no está quieta en
el centro del mundo, como generalmente se creía, sino que
gira sobre sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros
planetas del Sistema Solar. Esto parecía ir contra textos de
la Biblia donde se dice que la Tierra está quiera y el Sol
se mueve, de acuerdo con la experiencia; además, la
Tradición de la Iglesia así había interpretado
la Biblia durante siglos, y el Concilio de Trento había
insistido en que los católicos no debían admitir
interpretaciones de la Biblia que se aparten de las
interpretaciones unánimes de los Santos Padres.
Los hechos de 1616 acabaron con dos actos extra-judiciales. Por
una parte, se publicó un decreto de la Congregación
del Índice, fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se
incluyeron en el Índice de libros prohibidos tres libros:
Acerca de las revoluciones del canónigo polaco
Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde se
exponía la teoría heliocéntrica de modo
científico; un comentario del agustino español Diego
de Zúñiga, publicado en Toledo en 1584 y en Roma en
1591, donde se interpretaba algún pasaje de la Biblia de
acuerdo con el copernicanismo; y un opúsculo del carmelita
italiano Paolo Foscarini, publicado en 1615, donde se
defendía que el sistema de Copérnico no está
en contra de la Sagrada Escritura. Quedaba afectado por las mismas
censuras cualquier otro libro que enseñara las mismas
doctrinas. El motivo que se daba en el decreto para esas censuras
era que la doctrina que defiende que la Tierra se mueve y el Sol
está en reposo es falsa y completamente contraria a la
Sagrada Escritura. Por otra parte, se amonestó personalmente
a Galileo, para que abandonara la teoría
heliocéntrica y se abstuviera de defenderla.
El opúsculo de Foscarini fue prohibido absolutamente. En
cambio, los libros de Copérnico y de Zúñiga
solamente fueron suspendidos hasta que se corrigieran algunos
pasajes. En el caso de Zúñiga, lo que debería
modificarse era muy breve. En el caso de Copérnico se
trataba de diversos pasajes donde había que explicar que el
heliocentrismo no era una teoría verdadera, sino sólo
un artificio útil para los cálculos
astronómicos. De hecho, esas correcciones se prepararon y se
aprobaron al cabo de cuatro años, en 1620.
Nos podemos preguntar por qué se daba tanta importancia a
algo que, hoy día, parece sencillo: cuando la Biblia habla
de cuestiones científicas, con frecuencia adopta el modo de
hablar propio de la cultura, de la época o simplemente de la
experiencia ordinaria. De hecho, éste fue uno de los
argumentos que utilizó Galileo en su Carta a Benedetto
Castelli, que circuló en copias a mano (Castelli era un
benedictino, amigo y discípulo de Galileo, profesor de
matemáticas en la Universidad de Pisa), y con mayor
extensión en su Carta a la Gran Duquesa de Toscana, Cristina
de Lorena (madre de quien en aquellos momentos era Gran Duque de
Toscana, Cosme II), a quien habían llegado ecos de las
acusaciones bíblicas contra Galileo.
Para comprender el trasfondo del asunto hay que mencionar tres
problemas
(15). En primer lugar, Galileo se había hecho
célebre con sus descubrimientos astronómicos de
1609-1610. Utilizando el telescopio que él mismo
contribuyó de modo decisivo a perfeccionar, descubrió
que la Luna posee irregularidades como la Tierra, que alrededor de
Júpiter giran cuatro satélites, que Venus presenta
fases como la Luna, que en la superficie del Sol existen manchas
que cambian de lugar, y que existen muchas más estrellas de
las que se ven a simple vista. Galileo se basó en estos
descubrimientos para criticar la física aristotélica
y apoyar el heliocentrismo copernicano. Las profesores
aristotélicos, que eran muchos y poderosos, sentían
que los argumentos de Galileo contradecían su ciencia, y a
veces quedaban en ridículo. Estos profesores atacaron
seriamente a Galileo y, cuando se les acababan las respuestas,
algunos recurrieron a los argumentos teológicos (la
pretendida contradicción entre Copérnico y la
Biblia).
En segundo lugar, la Iglesia católica era en aquellos
momentos especialmente sensible ante quienes interpretaban por su
cuenta la Biblia, apartándose de la Tradición, porque
el enfrentamiento con el protestantismo era muy fuerte. Galileo se
defendió de quienes decían que el heliocentrismo era
contrario a la Biblia explicando por qué no lo era, pero al
hacer esto se ponía a hacer de teólogo, lo cual era
considerado entonces como algo peligroso, sobre todo cuando, como
en este caso, uno se apartaba de las interpretaciones
tradicionales. Galileo argumentó bastante bien como
teólogo, subrayando que la Biblia no pretende
enseñarnos ciencia y se acomoda a los conocimientos de cada
momento, e incluso mostró que en la Tradición de la
Iglesia se encontraban precedentes que permitían utilizar
argumentos como los que él proponía. Pero, en una
época de fuertes polémicas teológicas entre
católicos y protestantes, estaba muy mal visto que un
profano pretendiera dar lecciones a los teólogos,
proponiendo además novedades un tanto extrañas.
En tercer lugar, la cosmovisión tradicional, que colocaba
a la Tierra en el centro del mundo, parecía estar de acuerdo
con la experiencia ordinaria: vemos que se mueven el Sol, la Luna,
los planetas y las estrellas; en cambio, si la Tierra se moviera,
deberían suceder cosas que no suceden: proyectiles tirados
hacia arriba caerían atrás, no se sabe cómo
estarían las nubes unidas a la Tierra sin quedarse
también atrás, se debería notar un movimiento
tan rápido. Además, esa cosmovisión
tradicional parecía mucho más coherente con la
perspectiva cristiana de un mundo creado en vistas al hombre, y
también con la Encarnación y la Redención de
la humanidad a través de Jesucristo; de hecho, entre quienes
habían aceptado las ideas de Copérnico se contaba
Giordano Bruno, quien defendió que existen muchos mundos
habitados y acabó sosteniendo doctrinas más o menos
heréticas (Bruno fue quemado, como consecuencia de su
condena por la Inquisición romana, en 1600, aunque debe
señalarse, no como disculpa sino para mayor claridad, que no
era propiamente un científico, aunque utilizara el
copernicanismo como punto de partida).
Los sucesos de 1616 culminaron en un decreto de la
Congregación del Índice, fechado el 5 de marzo de
1616, por el que se prohibieron los libros mencionados, con los
matices ya señalados. El decreto se publicó en nombre
de la Congregación, y está firmado por el cardenal
prefecto y por el secretario de la Congregación, no por el
Papa. Desde luego, un acto de ese tipo se hacía con el
mandato o aprobación del Papa y, de algún modo,
comprometía la autoridad del Papa, pero de ninguna manera
puede ser considerado como un acto en el que se pone en juego la
infalibilidad del Papa: por una parte, porque ni está
firmado por el Papa y ni siquiera se le menciona; por otra, porque
se trata de un acto de gobierno de una Congregación, no de
un acto de magisterio; y además, porque no pretende definir
una doctrina de modo definitivo
(16). Eso se sabía perfectamente entonces, igual que
ahora; como prueba de ella se puede mencionar una carta de
Benedetto Castelli a Galileo, escrita el 2 de octubre de 1632,
cuando ya se había ordenado a Galileo que compareciera ante
la Inquisición de Roma. Castelli ha hablado con el Padre
Comisario del Santo Oficio, Vincenzo Maculano, y ha defendido la
ortodoxia de la posición de Copérnico y de Galileo,
añadiendo que varias veces ha hablado de todo ello con
teólogos piadosos y muy inteligentes, y no han visto ninguna
dificultad; añade que el mismo Maculano le ha dicho que
está de acuerdo y que, en su opinión, la
cuestión no debería zanjarse recurriendo a la Sagrada
Escritura. Es fácil advertir que estas opiniones, tratadas
en el mismo Comisario del Santo Oficio, no tendrían sentido
si el decreto del Índice de 1616 pudiera ser interpretado
como teniendo un alcance de magisterio infalible o definitivo.
En las deliberaciones de la Santa Sede, previas al decreto, se
pidió la opinión a once consultores del Santo Oficio,
quienes dictaminaron, el 24 de febrero de 1616, que decir que el
Sol está inmóvil en el centro del mundo es absurdo en
filosofía y además formalmente herético,
porque contradice muchos lugares de la Escritura tal como los
exponen los Santos Padres y los teólogos, y decir que la
Tierra se mueve es también absurdo en filosofía y al
menos erróneo en la fe. Con frecuencia se toma esta
opinión de los teólogos consultores como si fuera el
dictamen de la autoridad de la Iglesia, pero no lo es: fue
sólo la opinión de esas personas
(17). El único acto público de la autoridad de la
Iglesia fue el decreto de la Congregación del Índice,
y en ese decreto no se dice que la doctrina heliocentrista sea
herética: se dice que es falsa y que se opone a la Sagrada
Escritura. El matiz es importante, y cualquier entendido en
teología lo sabía entonces y lo sabe ahora. Nadie
consideró entonces, ni debería considerar ahora, que
se condenó el heliocentrismo como herejía, porque no
es cierto. Esto explica que Galileo y otras personas igualmente
católicas continuaran aceptando el heliocentrismo; Galileo
sabía (y era cierto) que él había mostrado, en
sus cartas a Castelli y a Cristina de Lorena, que el heliocentrismo
se podía compaginar con la Sagrada Escritura, utilizando
además principios que no eran nuevos, sino que tenían
apoyo en la Tradición de la Iglesia
(18).
La decisión de la autoridad de la Iglesia en 1616 fue
equivocada, aunque no calificó al heliocentrismo como
herejía. Galileo y sus amigos eclesiásticos se
propusieron conseguir que ese decreto fuera revocado. Podían
haberlo conseguido: se trataba de un decreto disciplinar que,
aunque iba acompañado por una valoración doctrinal,
no condenaba el heliocentrismo como herejía, ni era un acto
de magisterio infalible.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es que, aunque las
críticas de Galileo a la posición tradicional estaban
fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos momentos
argumentos para demostrar que la Tierra se mueve alrededor del Sol
(19). Esta afirmación parecía, más bien,
absurda, tal como la calificaron los teólogos del Santo
Oficio. En una famosa carta, el cardenal Roberto Belarmino, uno de
los teólogos más influyentes entonces, pedía
tanto a Foscarini como a Galileo que utilizaran el heliocentrismo
sólo como una hipótesis astronómica, sin
pretender que fuera verdadera ni meterse en argumentos
teológicos, en cuyo caso no habría ningún
problema
(20). Pero Galileo, para defenderse de acusaciones personales y
para intentar que la Iglesia no interviniera en el asunto, se
lanzó a una defensa fuerte del copernicanismo,
trasladándose a Roma e intentando influir en las
personalidades eclesiásticas; esto quizá tuvo el
efecto contrario, provocando que la autoridad de la Iglesia
interviniera para frenar la propaganda de Galileo que, al menos en
sus críticas, era bastante convincente
(21).
Además del decreto de la Congregación del
Índice, las autoridades eclesiásticas tomaron otra
decisión que afectaba personalmente a Galileo y que
influyó decisivamente en su proceso, 17 años
más tarde. En concreto, por orden del Papa (Pablo V), el
cardenal Belarmino citó a Galileo (que se encontraba
entonces en Roma, dedicado a la propaganda del copernicanismo) y,
en la residencia del cardenal, el 26 de febrero de 1616, le
amonestó a abandonar la teoría copernicana. El Papa
había mandado que Belarmino hiciera esta
amonestación, añadiendo que, si Galileo no
quería abandonar la teoría, el Comisario del Santo
Oficio, delante de notario y testigos, le ordenara que no
enseñara, defendiera ni tratara esa doctrina, y que si se
negase a esto, se le encarcelase. Consta que Belarmino hizo la
amonestación. Pero entre los documentos que se han
conservado existe uno que ha dado lugar a discusiones sobre la
fuerza y el alcance de ese precepto: dice que, a
continuación de la amonestación de Belarmino, el
Padre Comisario del Santo Oficio (el dominico Michelangelo Segizzi)
le transmitió el precepto mencionado; pero ese documento
está sin firmar. Se han dado interpretaciones de todo tipo;
la más extrema es que se trata de un documento falseado
deliberadamente en 1616 o en 1633 para acabar con Galileo; pero
esto parece muy poco probable. Con los documentos que poseemos, es
muy difícil saber exactamente cómo se
desarrolló el encuentro entre Belarmino y Galileo. Pero
está claro que Galileo entendió perfectamente que, en
lo sucesivo, no podía argumentar a favor del copernicanismo,
y en efecto así lo hizo durante años. Precisamente,
el proceso a que fue sometido 17 años después, en
1633, fue motivado porque, aparentemente, Galileo
desobedeció a ese precepto.
Si el decreto de la Congregación del Índice en
1616 fue una equivocación, también lo fue prohibir a
Galileo tratar o defender el copernicanismo. Galileo lo
sabía. Sin embargo, obedeció. Siempre fue y quiso ser
buen católico. Pero sabía que la prohibición
de 1616 se basaba en una equivocación y quería
solucionar el equívoco. Incluso advertía el peligro
de escándalo que podría ocasionar esa
prohibición en el futuro, si se llegaba a demostrar con
certeza que la Tierra gira alrededor del Sol. Sus amigos estaban de
acuerdo con él.
En 1623 coincidieron unas circunstancias que parecían
favorecer una revisión de las decisiones de 1616, o por lo
menos hacer posible que se expusieran, aunque fuese con cuidado,
los argumentos a favor del copernicanismo. El factor principal fue
la elección como Papa del cardenal Maffeo Barberini, que
tomó el nombre de Urbano VIII
(23). Era, desde hacía años, un admirador de
Galileo, a quien incluso había dedicado una poesía
latina en la que alababa sus descubrimientos astronómicos.
Además, desde el primer momento tuvo en puestos de mucha
confianza a varios amigos y partidarios de Galileo. En 1624 Galileo
fue a Roma y el Papa le recibió seis veces, con gran
cordialidad. Pero Galileo comprobó, al tantear el asunto del
copernicanismo, que, si bien Urbano VIII no lo consideraba
herético (ya hemos visto que nunca fue declarado tal), lo
consideraba como una posición doctrinalmente temeraria y,
además, estaba convencido de que nunca se podría
demostrar: decía que los mismos efectos observables que se
explican con esa teoría, podrían deberse a otras
causas diferentes, pues en caso contrario estaríamos
limitando la omnipotencia de Dios. Se trataba de un argumento que,
aparentemente, tenía mucha fuerza, y parecía que
quien pretendiera haber demostrado el copernicanismo estaba
poniendo límites a la omnipotencia de Dios
(24).
A pesar de todo, el talante del nuevo Papa y la posición
estratégica de sus amigos llevaron a Galileo a embarcarse en
un viejo proyecto pendiente: escribir una gran obra discutiendo el
copernicanismo y, desde luego, argumentando en su favor.
Simplemente, la presentaría como un diálogo entre un
partidario del geocentrismo y otro del heliocentrismo, sin dejar
zanjada la cuestión. Y añadiría el argumento
del Papa. Pero el lector inteligente ya se daría cuenta de
quién tenía razón.
Además, Galileo pensaba que disponía de un
argumento nuevo que demostraba el movimiento de la Tierra: el
argumento de las mareas. Según Galileo, las mareas
sólo se podrían explicar suponiendo el movimiento de
la Tierra (y no aceptaba, como si sonara a astrología, que
se debieran a la influencia de la Luna). Incluso quería
titular su obra de ese modo, como un tratado sobre las mareas, pero
el Papa supo que pretendía utilizar ese título y,
como sonaba a demasiado realista (como en efecto lo era),
aconsejó poner otro título que no sonara a una prueba
del movimiento de la Tierra (desde luego, como sabemos, el
argumento de las mareas estaba equivocado). Galileo cambió
el título del libro, que se vino a llamar Dialogo en
torno a los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el
copernicano. Un título muy acertado debido, en parte, a
la ingerencia de un Papa que no quería que se tratara el
movimiento de la Tierra como algo real: pero, sin duda, ésa
era la intención principal de Galileo en su obra. Galileo
estaba dispuesto a conceder todo lo que fuera necesario, con tal de
publicar una obra donde se recogieran los argumentos en contra de
la posición tradicional y en favor del copernicanismo.
Galileo acabó de redactar el Diálogo en
1630, y lo llevó a Roma para obtener el permiso
eclesiástico para imprimirlo
(25). El permiso debía ser concedido por el Maestro del
Sagrado Palacio, el dominico Niccolò Riccardi, que no
sabía astronomía pero era admirador de Galileo y
siempre se había mostrado deseoso de ayudarle. Ahora
Riccardi se encontró en un compromiso. Dio a entender que no
habría problemas, aunque habría que ajustar una serie
de detalles. Galileo volvió a Florencia, la peste
estableció serias limitaciones al tráfico y correo
entre Florencia y Roma, y ahí comenzó una cadena de
equívocos que alargaron la concesión del permiso y
pusieron nervioso a Galileo. Al cabo de un año, Galileo
solicitó y obtuvo la intervención del Gran Duque de
Toscana y de su embajador en Roma para obtener el permiso.
Riccardi, que también era toscano y era pariente de la
esposa del embajador, fue sometido a una presión muy fuerte.
Finalmente concedió el permiso para que se imprimiera el
libro en Florencia, pero con una serie de condiciones que
hacía saber a Galileo y al Inquisidor de Florencia. Riccardi
sabía lo que el Papa pensaba: que sólo se
podía tratar el copernicanismo como una hipótesis
matemática, no como una representación de la
realidad; las condiciones y advertencias que dio se encaminaban a
garantizar esto, que no estaba nada claro en la obra de
Galileo.
Galileo introdujo cambios pero, seguramente, no todos los que
hubiera introducido Riccardi y hubiera deseado el Papa. En el
libro, Simplicio, el personaje que defiende la posición
tradicional de Aristóteles y Tolomeo, siempre sale
perdiendo. Simplicio fue uno de los más famosos comentadores
antiguos de Aristóteles, pero en la obra de Galileo daba la
impresión de que sus argumentos y su actitud
correspondían demasiado bien a su nombre. Por otra parte, el
argumento favorito del Papa aparecía al final de la obra:
después de haber expuesto todos los argumentos
físicos y filosóficos, Simplicio, precisamente
Simplicio, utilizaba ese argumento, y aunque Salviati, el defensor
de Copérnico (y Galileo) lo aprueba, el final es muy breve y
forzado
(26). Para mayor confusión, una Introducción
aprobada por Riccardi, en la que se explicaba que esa obra no
pretendía establecer el copernicanismo como teoría
verdadera, apareció impresa en un tipo diferente al del
resto de la obra, dando la impresión de un añadido
postizo.
El Diálogo se acabó de imprimir en
Florencia el 21 de febrero de 1632. Galileo envió enseguida
ejemplares por todas partes, también a sus amigos de otros
países de Europa. Todavía había problemas de
comunicación con Roma por la peste, de modo que los primeros
ejemplares no llegaron a Roma hasta mitad de mayo. Uno de ellos fue
entregado al cardenal Francesco Barberini, sobrino y mano derecha
del Papa, a quien Galileo había ayudado, hacía
años, a conseguir el doctorado, y a quien consideraba, al
igual que a su tío el Papa, como un gran amigo personal.
En 1632 la mayor preocupación del Papa no era
precisamente el movimiento del Sol y de la Tierra. Estaba en pleno
desarrollo la Guerra de los Treinta Años, que comenzó
en 1618 y no terminó hasta 1648, que enfrentaba a toda
Europa en dos mitades, los católicos y los protestantes. En
aquel momento había problemas muy complejos, porque la
católica Francia se encontraba más bien al lado de
los protestantes de Suecia y Alemania, enfrentada con las otras
potencias católicas, España y el Imperio. Urbano VIII
había sido cardenal legado en París y tendía a
alinearse con los franceses, temiendo, además, una excesiva
prepotencia de los españoles, e intentando no perder a
Francia. Se trataba de equilibrios muy difíciles. Los
problemas eran graves. El 8 de marzo de 1632, en una reunión
de cardenales con el Papa, el cardenal Gaspar Borgia, protector de
España y embajador del Rey Católico, acusó
abiertamente al Papa de no defender como era preciso la causa
católica. Se creó una situación
extraordinariamente violenta. En esas condiciones, Urbano VIII se
veía especialmente obligado a evitar cualquier cosa que
pudiera interpretarse como no defender la fe católica de
modo suficientemente claro.
Precisamente en esas circunstancias, a mitad de mayo, empezaron
a llegar a Roma los primeros ejemplares del Dialogo. En un
primer momento no sucedió nada. Pero al cabo de dos meses, a
mitad de julio, se supo que el Papa estaba muy enfadado con el
libro, que intentaba frenar su difusión, y que iba a crear
una comisión para estudiarlo y dictaminarlo
(27).
La documentación que poseemos no permite saber qué
provocó el enfado y la decisión del Papa. Galileo
siempre lo atribuyó a la actuación de sus enemigos
(que no eran pocos ni poco influyentes), que habrían
informado al Papa de modo tendencioso, predisponiéndole en
contra. Por ejemplo, además de denunciar que el libro
defendía el copernicanismo, en contra del decreto de 1616,
habrían puesto de relieve que uno de los tres personajes que
intervienen en el diálogo, Simplicio, que siempre lleva las
de perder, es quien expone el argumento preferido del Papa acerca
de la omnipotencia de Dios y los límites de nuestras
explicaciones. Esto podía parecer una burla deliberada, y
parece que así fue interpretado: varios años
después, Galileo todavía enviaba un mensaje al Papa,
desde su villa de Arcetri, haciéndole saber que jamás
había pasado por su mente tal cosa. Además, como se
ha señalado, las circunstancias personales de Urbano VIII en
aquel momento eran difíciles, y no podía tolerar que
se publicara un libro, que aparecía con los permisos
eclesiásticos de Roma y de Florencia, en el que se
defendía una teoría condenada por la
Congregación del Índice en 1616 como falsa y
contraria a la Sagrada Escritura.
El Papa estableció una comisión para examinar las
acusaciones contra Galileo, y se dictaminó que el asunto
debía ser enviado al Santo Oficio (o Inquisición
romana), desde donde se ordenó a Galileo, que vivía
en Florencia, que se presentara en Roma ante ese tribunal durante
el mes de octubre de 1632. Después de intentos dilatorios
que duraron varios meses, el 30 de diciembre de 1632, el Papa con
la Inquisición hizo saber que, si Galileo no se presentaba
en Roma, se enviaría quien se cerciorase de su salud y, si
se veía que podía ir a Roma, le llevarían
encadenado. El Papa aconsejó seriamente al Gran Duque que se
abstuviera de intervenir, porque el asunto era serio. Las
autoridades toscanas decidieron aconsejar a Galileo que fuese a
Roma. El embajador Niccolini, que conocía bien al Papa y
hablaba con él con frecuencia, advertía que discutir
con el Papa y llevarle la contraria era el camino mejor para
arruinar a Galileo. Cuando el Papa hablaba con Niccolini del
problema causado por Galileo, en varias ocasiones montó en
cólera. Todos advirtieron a Galileo que lo mejor era que
fuera a Roma y que se mostrara en todo momento dispuesto a obedecer
en lo que le dijeran, porque si tomaba otra actitud las
consecuencias serían perjudiciales para él.
Galileo llegó a Roma el domingo 13 de febrero de 1633, en
una litera facilitada por el Gran Duque, después de esperar
en la frontera de los Estados Pontificios a causa de la peste que
seguía en Florencia. El embajador de Toscana, Francesco
Niccolini, se portó maravillosamente con Galileo,
interviniendo continuamente en su favor ante las autoridades de
Roma, de acuerdo con las instrucciones del Gran Duque. Consiguieron
que Galileo no estuviera en la cárcel del Santo Oficio, como
exigían las normas. Desde su llegada a Roma hasta el 12 de
abril (dos meses), Galileo vivió en el Palacio de Florencia,
donde se encontraba la embajada de Toscana y la casa del embajador.
Las autoridades le recomendaron que evitara la vida social, de modo
que no salía de casa, pero gozaba de un trato exquisito por
parte del embajador y de su esposa. Niccolini pedía al Papa
que el asunto fuese lo más breve posible, pero se alargaba
porque la Inquisición todavía estaba deliberando
sobre el modo de actuar. Como se había descubierto en los
archivos del Santo Oficio el escrito de 1616 en el que se
prohibía Galileo tratar de cualquier modo el copernicanismo,
el proceso se centró completamente en una única
acusación: la de desobediencia a ese precepto de 1616.
Galileo fue llamado a deponer al Santo Oficio el martes 12 de
abril de 1633
(28). Su defensa nos puede parecer muy extraña:
negó que, en el Dialogo, defendiera el
copernicanismo. Galileo no sabía que el Santo Oficio
había pedido la opinión al respecto a tres
teólogos y que, el 17 de abril, los tres informes
concluían sin lugar a dudas (como de hecho así era)
que Galileo, en su libro, defendía el copernicanismo; en
este caso, los teólogos tenían razón. Esto
complicaba la situación, pues un acusado que no
reconocía un error comprobado debía ser tratado muy
severamente por el tribunal. Por otra parte, Galileo se
defendió mostrando una carta que, a petición suya, le
había escrito el cardenal Belarmino después de los
sucesos de 1616, para que pudiera defenderse frente a quienes le
calumniaban; en ese escrito, Belarmino daba fe de que Galileo no
había tenido que abjurar de nada y que simplemente se le
había notificado la prohibición de la
Congregación del Índice. Pero eso podía
interpretarse también contra Galileo si se mostraba, como
era el caso, que en su libro argumentaba en favor de la doctrina
condenada en 1616. El tribunal se centró en matices de la
prohibición hecha a Galileo en 1616, que Galileo
decía no recordar, porque había conservado el
documento de Belarmino y ahí no se incluían esos
matices. Desgraciadamente, Belarmino había muerto y no
podía aclarar la situación.
Esos días Galileo seguía en el Santo Oficio,
aunque tampoco entonces estuvo en la cárcel. Por deferencia
con el Gran Duque de Toscana y ante la insistencia del embajador,
Galileo fue instalado en unas habitaciones del fiscal de la
Inquisición, le traían las comidas desde la embajada
de Toscana, y podía pasear. Estuvo allí desde el
martes 12 de abril hasta el sábado 30 de abril: 17
días completos con sus colas.
Para desbloquear la situación, el Padre Comisario propuso
a los Cardenales del Santo Oficio algo insólito: visitar a
Galileo en sus habitaciones e intentar convencerle para que
reconociera su error. Lo consiguió después de una
larga charla con Galileo el 27 de abril. Al día siguiente,
sin comunicarlo a nadie más, escribió lo que
había hecho y el resultado al cardenal sobrino del Papa, que
se encontraba esos días en Castelgandolfo con el Papa; a
través de esa carta se ve claro que esa actuación
estaba aprobada por el Papa: de ese modo, el tribunal podría
salvar su honor condenando a Galileo, y luego se podría usar
clemencia con Galileo dejándole recluido en su casa, tal
como (dice el Padre Comisario) sugirió Vuestra Excelencia
(el cardenal Francesco Barberini).
En efecto, el sábado 30 de abril Galileo reconoció
ante el tribunal que, al volver a leer ahora su libro, que
había acabado hacía tiempo, se daba cuenta de que,
debido no a mala fe, sino a vanagloria y al deseo de mostrarse
más ingenioso que el resto de los mortales, había
expuesto los argumentos en favor del copernicanismo con una fuerza
que él mismo no creía que tuvieran. A partir de
ahí, las cosas se desarrollaron como el Comisario
había previsto. Ese mismo día se permitió a
Galileo volver al palacio de Florencia, a la casa del embajador. El
martes 10 de mayo se le llamó al Santo Oficio para que
presentara su defensa; presentó el original de la carta del
cardenal Belarmino, y reiteró que había actuado con
recta intención. Seguía encerrado en el palazzo
Firenze; el embajador consiguió que le permitieran ir a
pasear a Villa Medici, e incluso a Castelgandolfo, porque le
sentaba mal no hacer ningún tipo de ejercicio. Mientras
tanto, la peste seguía azotando a Florencia, y en alguna
carta le decían que, en medio de su desgracia, era una
suerte que no estuviera entonces en Florencia.
El jueves 16 de junio, la Congregación del Santo Oficio
tenía, como cada semana, su reunión con el Papa. En
esta ocasión se celebró en el palacio del Quirinal.
Estaban presentes 6 de los 10 Cardenales de la Inquisición,
además del Comisario y del Asesor (en los interrogatorios y,
en general, en todas las sesiones que se han mencionado hasta
ahora, no estaban presentes los Cardenales: estaban los oficiales
del Santo Oficio que transmitían las actas a la
Congregación de los Cardenales, y éstos, con el Papa,
tomaban las decisiones). Ese día el Papa decidió que
Galileo fuera examinado acerca de su intención con amenaza
de tortura (en este caso se trataba de una amenaza puramente
formal, que ya se sabía de antemano que no se iba a
realizar). Después, Galileo debía abjurar de la
sospecha de herejía ante la Congregación en pleno.
Sería condenado a cárcel al arbitrio de la
Congregación, se le prohibiría que en el futuro
tratara de cualquier modo el tema del movimiento de la Tierra, se
prohibiría el Diálogo, y se enviaría
copia de la sentencia a los nuncios e inquisidores, sobre todo al
de Florencia, para que la leyera públicamente en una
reunión en la que procuraría que se encontraran los
profesores de matemática y de filosofía. El Papa
comunicó esta decisión al embajador Niccolini el 19
de junio. Niccolini pidió clemencia, y el Papa, manifestando
algo que, como se ha señalado, estaba ya decidido de
antemano, le respondió que, después de la sentencia,
volvería a ver al embajador para ver cómo se
podría arreglar que Galileo no estuviera en la
cárcel. De acuerdo con el Papa, Niccolini comunicó a
Galileo que la causa se acabaría enseguida y el libro se
prohibiría, sin decirle nada acerca de lo que tocaba a su
persona, para no causarle más aflicción.
Desde el martes 21 de junio hasta el viernes 24 de junio,
Galileo estuvo de nuevo en el Santo Oficio. El miércoles
día 22 Galileo fue llevado al convento de Santa María
sopra Minerva
(29)
(30); se le leyó la sentencia (firmada por 7 de los 10
Cardenales del Santo Oficio) y abjuró de su opinión
acerca del movimiento de la Tierra delante de la
Congregación. Fue, para Galileo, lo más desagradable
de todo el proceso, porque afectaba directamente a su persona y se
desarrolló en público de modo humillante. El jueves
23 el Papa, con la Congregación del Santo oficio reunida en
el Quirinal, concedió a Galileo que la cárcel fuera
conmutada por arresto en Villa Medici, a donde se trasladó
el viernes día 24. El jueves día 30 se
permitió a Galileo abandonar Roma y trasladarse a Siena, en
Toscana, al palacio del Arzobispo. Galileo dejó Roma el
miércoles 6 de julio y llegó a Siena el sábado
9 de julio. Había acabado la pesadilla romana
(31).
La sentencia de la Inquisición comienza con los nombres
de los 10 cardenales de la Inquisición, y acaba con las
firmas de 7 de ellos. El Papa, junto con la Congregación,
decidió que se condenase a Galileo y que abjurase de su
opinión, pero en el texto de la sentencia no aparece en
ningún momento citado el Papa; por tanto, ese documento no
puede ser considerado como un acto de magisterio pontificio, y
menos aún como un acto de magisterio infalible ni
definitivo. En el texto de la abjuración se lee
“maldigo y detesto los mencionados errores y
herejías”, pero no se trata de una doctrina definida
como herejía por el magisterio de la Iglesia: en el texto de
la abjuración se dice, como así es, que esa doctrina
fue declarada contraria a la Sagrada Escritura, y, como sabemos,
esta declaración se hizo mediante un decreto de la
Congregación del Índice, que no constituyó un
acto de magisterio infalible ni definitivo.
El Arzobispo de Siena, Ascanio Piccolomini, era un antiguo
discípulo, admirador y gran amigo de Galileo. Se
había ofrecido varias veces para alojarle en su casa,
teniendo en cuenta, además, que estaba relativamente cerca
de Florencia y que en Florencia todavía existían
ramalazos de la peste. En Siena, Galileo fue tratado
espléndidamente y se recuperó de la tensión de
los meses precedentes. A petición del Gran Duque de Toscana,
el Papa, junto con el Santo Oficio, concedió el 1 de
diciembre de 1633 a Galileo que pudiera volver a su casa en las
afueras de Florencia, la Villa del Gioiello, con tal que
permaneciera como en arresto domiciliario, sin moverse de
allí ni hacer vida social. Consta que el 17 de diciembre
Galileo ya estaba en su casa, y allí siguió hasta su
muerte en 1642.
En Arcetri Galileo siguió trabajando. Allí
acabó sus Discursos y demostraciones en torno a dos
nuevas ciencias, obra que se publicó en 1638 en Holanda.
Se trata de su obra más importante, donde expone los
fundamentos de la nueva ciencia de la mecánica, que se
desarrollará en ese siglo hasta alcanzar 50 años
más tarde, con los Principios matemáticos de la
filosofía natural de Newton, obra publicada en 1687, la
formulación que marca el nacimiento definitivo de la ciencia
experimental moderna.
Hasta aquí he intentado exponer los datos básicos
del proceso a Galileo. A partir de este momento me ocuparé
de la valoración de esos datos. Dada la perspectiva que he
adoptado, solamente aludiré brevemente a algunos aspectos
que considero especialmente interesantes.
En primer lugar, ¿podemos decir que sabemos lo
fundamental acerca del proceso a Galileo?, ¿es posible que
existan datos importantes desconocidos? La respuesta es que los
documentos que se conservan permiten reconstruir casi todos los
aspectos del proceso con gran fiabilidad
(33). Poseemos los interrogatorios y declaraciones de Galileo
en su totalidad, así como las decisiones del Papa y de la
Congregación del Santo Oficio. En este terreno, no es
plausible que aparezcan nuevos documentos que afecten
sustancialmente a lo que ya sabemos. Seguramente existen huecos;
uno de ellos, bastante importante, se refiere a los acontecimientos
del verano de 1632, desde que el Diálogo llega a Roma
hasta que el Papa convoca la congregación de teólogos
para decidir qué se hace. ¿Quién y cómo
informó al Papa? Galileo siempre consideró su proceso
como consecuencia de las informaciones tendenciosas de sus
enemigos. Es posible que existan documentos sobre esos
acontecimientos, cuyo conocimiento permitiría comprender
mejor por qué se desarrollaron del modo que lo hicieron.
Podríamos saber, quizás, hasta qué punto las
cosas podían haber sucedido de otra manera. De todos modos,
eso no cambiaría los hechos ya conocidos, entre los cuales
se cuenta que Galileo llevó adelante, durante años,
su programa copernicano, aunque exteriormente pareciera haber
renunciado a él, y que Urbano VIII quedó muy afectado
cuando advirtió que su admirado amigo estaba, en realidad,
haciendo un juego diferente del que él pensaba
(34).
Esto no significa que Galileo mintiera deliberadamente. Pero no
hay duda de que consideró el copernicanismo como una
teoría verdadera, también después del proceso.
En su Carta a Cristina de Lorena había explicado ampliamente
cómo se podía solucionar la aparente
contradicción entre copernicanismo y Biblia; tenía
razón y lo sabía: por este motivo podía
admitir, con conciencia tranquila, el copernicanismo, incluso
después de las condenas de 1616 y 1633. Lo mismo
sucedía con sus amigos y con otras personas suficientemente
informadas. Lo cual nos lleva a preguntarnos por qué las
autoridades eclesiásticas condenaron una teoría que,
si bien no estaba completamente demostrada en aquel momento,
podía demostrarse y, de hecho, recibió nuevas
confirmaciones en los años siguientes.
Para responder a ese interrogante hemos de advertir que la
ciencia experimental moderna, tal como la conocemos ahora, estaba
naciendo y se encontraba todavía en un estado embrionario.
Precisamente fue Galileo uno de sus padres fundadores. Pero el
Galileo que veían las autoridades era muy diferente del que
vemos ahora, a la luz del desarrollo de la física durante
casi cuatro siglos. Galileo había realizado unos
descubrimientos astronómicos importantes y se le
habían reconocido. Pero no podía probar el movimiento
de la Tierra. La ciencia moderna prácticamente no
existía: las contribuciones más importantes de
Galileo a esa ciencia fueron las publicadas, en los
Discursos, después del proceso. Los
eclesiásticos (Belarmino, Urbano VIII y muchos otros), al
igual que la mayoría de los profesores universitarios,
pensaban que el movimiento de la Tierra era absurdo, porque
contradice a muchas experiencias ciertas y, si existiera,
debería tener consecuencias que de hecho no se observan. No
era fácil tomarse en serio el copernicanismo. Los
teólogos que valoraron en 1616 la quietud del Sol y el
movimiento de la Tierra dijeron, en primer lugar, que ambos eran
absurdos en filosofía. Además parecían
contrarios a la Biblia. Belarmino, y otros eclesiásticos,
advirtieron que si se llegaba a demostrar el movimiento de la
Tierra, habría que interpretar una serie de pasajes de la
Biblia de modo no literal; sabían que eso podría
hacerse, pero pensaban que el movimiento de la Tierra nunca se
demostraría y que era absurdo. Esto no justifica toda su
actuación, pero permite situarla en su contexto
histórico real y hacerla comprensible.
El proceso de Galileo no debería entenderse como un
enfrentamiento entre ciencia y religión
(35). Galileo siempre se consideró católico e
intento mostrar que el copernicanismo no se oponía a la
doctrina católica. Por su parte, los eclesiásticos no
se oponían al progreso de la ciencia; durante su viaje a
Roma en 1611, se tributó a Galileo un gran homenaje
público en un acto celebrado en el Colegio Romano de los
jesuitas, por sus descubrimientos astronómicos. El problema
es que no consideraban que el movimiento de la Tierra fuera una
verdad científica, e incluso algunos (entre ellos, el Papa
Urbano VIII) estaban convencidos de que nunca se podría
demostrar.
Los enemigos de Galileo desempeñaron, probablemente, un
papel importante para desencadenar el proceso
(36). El temperamento muy vivo de Galileo no contribuía
a apaciguar las numerosas disputas que originó su trabajo
desde 1610. Además, él mismo se procuró
enemistades de modo innecesario, de tal modo que, cuando el
Diálogo se publicó en 1632, es fácil
imaginar que sus enemigos en Roma pudieran presentar al Papa las
cosas de tal manera que, teniendo en cuenta además las
difíciles circunstancias por las que atravesaba Urbano VIII,
éste se considerara ofendido por Galileo y viera necesario
intervenir con fuerza. El temperamento de Urbano VIII
también desempeñó un papel: tenía un
carácter fuerte y pensó que Galileo había
traicionado a su amistad sincera; repitió varias veces al
embajador Niccolini que Galileo se había burlado de
él. Consta que, al hablar de este tema con Niccolini, Urbano
VIII se encolerizaba. Galileo seguramente no pretendió, en
modo alguno, burlarse del Papa, pero es probable que los enemigos
de Galileo, en el verano de 1632, convencieran al Papa de lo
contrario, y que esto influyera seriamente en el desarrollo de los
acontecimientos.
No hay que pensar sólo en enemigos personales de Galileo.
El movimiento de la Tierra podía fácilmente ser visto
como causa de dificultades importantes para el cristianismo
(37). Si la Tierra se convertía en un planeta
más, y si existían muchas más estrellas de las
que se ven a simple vista, ¿no podría esto
interpretarse en la línea de Giordano Bruno
(38), quien afirmó que existen muchos mundos como el
nuestro, con sus estrellas y planetas habitados? En ese caso,
¿qué significado tendría la Encarnación
y la Redención de Jesucristo?, ¿qué
sucedería con la salvación de posibles seres
inteligentes que podrían vivir en otros lugares del
universo? Son preguntas que, en la actualidad, se plantean
todavía con más fuerza que entonces, ante la
posibilidad, remota pero real, de que se llegue a saber que existe
vida en otros lugares del universo. En realidad, no es
difícil advertir que la revelación cristiana se
refiere directamente a lo que sucede con nosotros y, por tanto, no
hay dificultad en principio para integrar dentro de ella a otros
seres inteligentes. Además, la Iglesia enseña que los
frutos de la Redención se aplican también a personas
que han vivido antes de la Encarnación, o que viven
después de ella y no conocen, sin culpa suya, la verdad del
cristianismo. Pero se comprende que estos problemas pudieran
influir en aquellos momentos. La asociación del
copernicanismo con Bruno no podía favorecer a Galileo. Se
puede recordar que dos personas clave en la condena del
copernicanismo en 1616 fueron el Papa Pablo V y el cardenal
Belarmino; ambos eran Cardenales de la Inquisición cuando,
en 1600, el proceso de Bruno llegó a su final, y se puede
suponer que, al pensar en el copernicanismo, lo verían, por
así decirlo, asociado a los errores teológicos de
Bruno
(39)
(40).
El movimiento de la Tierra parecía afectar al
cristianismo desde otro punto de vista. El Diálogo de
Galileo contenía críticas muy fuertes contra la
filosofía de Aristóteles, que se venía usando,
al menos desde el siglo XIII, como ayuda para la teología.
En esa filosofía se admitía, por ejemplo, que en el
mundo existe finalidad, y que las cualidades sensibles existen
objetivamente y forman la base del conocimiento humano. Estas ideas
parecían arruinarse con la nueva filosofía
matemática y mecanicista de Galileo. La nueva ciencia
nacía en polémica con la filosofía natural
antigua, y no parecía poder llenar el hueco que ésta
dejaba. Aunque las críticas de Galileo al aristotelismo se
redujeran a aspectos concretos de la física que,
ciertamente, debían abandonarse, parecía que la nueva
ciencia pretendía arrojar fuera, como suele decirse, al
niño junto con la bañera. Este problema sigue siendo
actual. Incluso puede decirse que el progreso científico de
los últimos siglos lo ha hecho cada vez más agudo.
Son muchas las voces que piden un serio esfuerzo para integrar el
progreso científico dentro de una visión más
amplia que incluya las dimensiones metafísicas y
éticas de la vida humana. En este sentido, los que
veían en la nueva ciencia una fuente de dificultades no
estaban completamente equivocados. Por supuesto, el problema no es
de la ciencia en sí misma, de cuya legitimidad sería
absurdo dudar. El progreso científico es ambivalente y el
hecho de que pueda utilizarse mal no significa que deba castigarse
a la ciencia. Simplemente intento subrayar que, en el fondo del
caso Galileo, se encuentran algunos problemas que son reales,
siguen siendo actuales, y esperan todavía una
solución. Cuál sea el alcance del conocimiento
científico es uno de esos problemas.
Consta que hubo un intento de denunciar a Galileo ante la Santa
Sede por su filosofía atomista, expuesta brevemente en su
obra, de 1623, Il Saggiatore, argumentando que Galileo
negaba la objetividad de las cualidades sensibles (colores, olores,
sabores) y que esto contradice la doctrina del Concilio de Trento
sobre la Eucaristía, según la cual, después de
la consagración, se encuentran las especies sacramentales
(accidentes del pan, como por ejemplo las cualidades sensibles) sin
su sujeto natural. Se ha llegado a decir que el motivo más
profundo de la acusación contra Galileo en 1632 era
éste, y que el Papa consiguió que el proceso se
centrara en torno al movimiento de la Tierra, porque en el otro
caso las consecuencias hubieran sido mucho peores. La denuncia
mencionada existió, pero parece demasiado exagerado centrar
ahí los problemas de Galileo. Esta cuestión pone de
manifiesto, sin embargo, que la nueva física venía
acompañada por una filosofía mecanicista que, en
parte, chocaba con la filosofía y la teología
generalmente admitidas, y es cierto que este problema
continuó vivo durante mucho tiempo e incluso sigue vivo, en
parte, en la actualidad.
El caso Galileo no afectó seriamente al progreso de la
ciencia
(41). La semilla que Galileo plantó dio fruto
inmediatamente, también en Italia. Al cabo de pocas
décadas, Newton llevó la física moderna hasta
su nacimiento definitivo, y el trabajo de Galileo quedó bien
asentado.
Por fin, es interesante señalar que no ha existido
ningún otro caso semejante al de Galileo
(42). El caso Galileo no es un caso entre otros del mismo tipo.
El caso más semejante es el del evolucionismo, pero la
teoría de la evolución, dentro de su ámbito
científico, nunca ha sido condenada por ningún
organismo de la Iglesia universal. Si se intenta poner en el mismo
nivel que el caso Galileo asuntos como el aborto, la eutanasia, la
bioética, etc., debe advertirse que, si bien esos problemas
incluyen componentes relacionados con la ciencia, no son problemas
propiamente científicos, sino, como máximo, de
aplicación de los conocimientos científicos. Pero
esto exigiría una reflexión específica que va
más allá de los objetivos que aquí me he
propuesto.
Los datos de este artículo están tomados, en su
mayoría, de la Edición Nacional de las obras de
Galileo, preparada por Antonio Favaro: Le Opere di Galileo
Galilei, 20 volúmenes, reimpresión, G.
Barbèra Editore, Firenze 1968. Los documentos del proceso se
encuentran en el tomo XIX, pp. 272-421, y también han sido
editados por Sergio Pagano: I documenti del processo di Galileo
Galilei, Pontificia Academia Scientiarum, Ciudad del Vaticano
1984.
Índice de
diapositivas
-
Título
Cuándo, dónde, y cómo murió
Galileo
Villa del Gioiello (Arcetri, Florencia)
Galileo no estuvo en la cárcel
Palazzo Firenze (Roma)
Palacio del Santo Oficio (Vaticano)
Villa Medici (vista desde el Gianicolo)
Palacio arzobispal de Siena, junto a la catedral
Galileo publicó su obra más importante, los
Discorsi, en 1638, después del proceso
Portada de los Discorsi de 1638
Galileo no fue torturado
Firma de Galileo en su declaración del 21 de junio de
1633
Dos fases del caso Galileo: 1616 y 1633
El proceso de 1616
Tres motivos para condenar el copernicanismo
La condena del copernicanismo no comprometió la
infalibilidad de la Iglesia
La opinión de los 11 teólogos del Santo
Oficio
El copernicanismo y la Biblia
Los argumentos de la nueva ciencia
San Roberto Belarmino
Las polémicas de Galileo
El proceso de 1633
El doble juego de Galileo
Urbano VIII y el argumento de la omnipotencia divina
El permiso para publicar el Diálogo
El Diálogo de Galileo y Simplicio (portada del
Diálogo con los tres personajes)
Factores del proceso contra Galileo: protagonismo del Papa Urbano
VIII
4 comparecencias de Galileo ante el Santo Oficio en el proceso de
1633
Santa Maria sopra Minerva
Elefante de Bernini delante de Santa Maria sopra Minerva
Fase final del proceso de 1633
Interrogantes e interpretaciones
¿Conocemos los datos del caso Galileo?
¿Tuvo Galileo la culpa de su desgracia?
¿Era inevitable el enfrentamiento entre ciencia y
religión?
¿Qué papel desempeñaron los enemigos de
Galileo?
¿Por qué se pensó que el copernicanismo creaba
dificultades al cristianismo?
El fantasma de Giordano Bruno
Giordano Bruno discutiendo con los doctores de Oxford
Giordano Bruno en la hoguera
El caso Galileo no afectó al progreso de la ciencia
No ha existido ningún caso semejante al de Galileo
Presentación completa
Nota: Animación Flash de más de 1 Mb.
Para pasar las diapositivas, haga clic con el ratón sobre
la imagen.
|