La
guerra de las ciencias
Carlos
Pérez García
Publicado en la revista española Quark, n. 10, enero-marzo
1998
«La
broma Sokal», ciertas columnas de la revista Physics
Today y el libro Higher superstition: the academic left and
its quarrels with science, de Paul Lewitt y Paul Gross, han servido al
autor para relatar, con singular ironía, una de las
contiendas más particulares y enriquecedoras que ha tenido
lugar en los últimos años entre la comunidad
científica y un grupo de pensadores denominado de Edimburgo.
Precisamente fueron las declaraciones de dos de los máximos
exponentes de este grupo, Pinch y Collins, en su libro The Golem: What
Everyone Should Know about Science, las que sirvieron como
detonante para la encarnizada «guerra» que se
desataría poco después.
Las guerras
no suelen comenzar de sopetón, sino precedidas de escarceos,
reyertas y disputas, de una escalada de crispación. No se
alarme el lector, pues el conflicto del que me propongo hablar no pasa
de batalla de merengues o de intercambio de platos de tarta como en el
cine mudo. Se viene hablando en algunos medios de la «guerra
de las ciencias» para referirse a un movido debate entre
integrantes de las llamadas dos culturas, cuyo punto de arranque se
halla en la suspicacia que levantan los saberes científicos
entre los humanistas.
Después
de un siglo de avances espectaculares, la ciencia se presenta hoy como
uno de los saberes más sólidos e indiscutidos,
sobre los que básicamente se llegan a poner de acuerdo
personas de muy distinta cultura, raza, religión, etc. De
ahí el prestigio de que goza y que han tratado de emular,
con éxito desigual, las denominadas
«ciencias» humanas y sociales, como la
sociología o la economía.
Desde estos
ámbitos, ayudados por la filosofía de la ciencia,
los expertos tratan de desentrañar los presupuestos y
métodos de las teorías científicas,
buscando algo similar para las «ciencias» humanas.
Por eso han surgido en los últimos años un
conjunto de instituciones dedicadas a los estudios sobre ciencia, casi
siempre al amparo de la sociología.
Primeras
escaramuzas
En este
contexto surge el conflicto. Una escuela concreta de
sociólogos, el llamado grupo de Edimburgo,
emprendió la tarea de desmitificar la ciencia afirmando que
ésta no es más que otro tipo de
«construcción» social
(término muy en boga entre los pensadores posmodernos) sobre
la que una comunidad ha alcanzado un consenso notable. Uno de los
exponentes más significativos es el libro de los
sociólogos Pinch y Collins, The Golem: what
everyone should know about science,1
en el que se da una peculiar visión de cómo se
llevan a cabo las grandes teorías científicas. El
golem es un personaje de la mitología hebrea, «un
tonto grandote que no es consciente de su fuerza ni de su torpeza e
ignorancia; no es una criatura malvada, sino simplemente
chiflada». Esta es la imagen que se propone para la ciencia
desde el título del libro. Simplificando mucho, sus autores
sostienen que la ciencia no es más que el resultado de la
admirable aquiescencia alcanzada por un colectivo o comunidad como otro
cualquiera, de modo que sus resultados no son fruto de una
comprensión más profunda de la
«realidad natural», sino simples construcciones
mentales intersubjetivas. En su libro, Pinch y Collins muestran
numerosos ejemplos de asentimiento que no se pueden considerar --dicen
ellos-- fruto de la verificación empírica. Una
construcción sociológica, eso sí, en
una comunidad con férreas reglas, que maneja un lenguaje
hermético e ingentes cantidades de dinero. No cabe duda que
esta visión tiene un atisbo de razón, pero al
tratar de meter la compleja realidad de la creación
científica por el tubo de los esquemas
«posmodernos» convierten un suculento solomillo en
una vulgar hamburguesa. Escrito con un estilo retórico y
desenfadado, salpicado de anécdotas, el libro resulta de
fácil lectura, pero a veces los autores incluyen
afirmaciones categóricas totalmente superficiales. No
recuerdo si es del libro, pero en un artículo leo que los
mismos autores afirman:
«Muchos
científicos son, evidentemente, fundamentalistas
científicos. Piensan que la ciencia es el camino real de
todo conocimiento. Piensan que pueden proporcionar el tipo de certeza
que antes daban los sacerdotes. Piensan en aquélla como un
una visión total del mundo, en una
cuasi-religión.»
Con esta
perlita (de las que dan grima o urticaria) tenemos bastante por ahora.
Cualquier lector medianamente cultivado descubre enseguida las
estupideces que encierran afirmaciones como ésta, carentes
de un mínimo rigor intelectual, aunque -eso sí-
dichas con palabrería al uso. Evidentemente existe
algún científico que sostiene que sus modestos
cálculos acabarán por explicar todo lo que en el
universo acaece; evidentemente hay alucinados que creen a pie juntillas
en el mito cientifista. Pero de eso a afirmar que la ciencia
está hecha por fundamentalistas hay un salto irracional,
fruto del prejucio más que del análisis serio.
Insisten
Pinch y Collins una y otra vez en que la verdad objetiva sobre el mundo
natural que predicamos los científicos no es más
que el convencimiento poderoso fruto de la anuencia. Es decir, ustedes,
científicos, son fabricantes de mitos que nos quieren hacer
pasar por evidencias objetivas. Sus realidades, los hechos que quieren
demostrar no son ni más ni menos objetivos que lo que
sostiene cualquier echadora de cartas, cualquier astrólogo:
éstos alcanzan «su verdad», su mito, tan
respetable como el de ustedes. Como se puede deducir, admitiendo este
relativismo, todo vale.
Segundo round
Los
científicos no tardaron en lanzar el siguiente plato de
tarta, de la mano de Paul Lewitt, de la Universidad Rutgers, y Paul
Gross, antiguo director del Laboratorio de biología marina
del Instituto Woods Hole, al dar a la prensa su libro Higher
superstition: the academic left and its quarrels with science,2
en el que acusan al grupo de Edimburgo de haber orquestado un ataque
frontal contra la ciencia y la razón a todos los niveles:
«En
nombre de la democracia hacen una defensa truculenta de la Nueva Era,
de las sofisterías tradicionales y de la
charlatanería.»
Por
supuesto, estos autores discrepan radicalmente de los
sociocientíficos de aquel grupo. Aquellos
científicos denuncian que esa «extendida, poderosa
y corrosiva hostilidad hacia las ciencias», con esas posturas
antirracionalistas y relativistas hacen el caldo gordo a los
charlatanes, a los curanderos y, no sería la primera vez, a
las tiranías.
Los clamores
de protesta, los contraataques más virulentos llegaron desde
las filas de los físicos, destacando por su altura e
influencia los de David Mermin, desde las columnas de la revista Physics
Today de la American Physical Society, junto a otros de Kurt
Goddfried y Kenneth Wilson (premio Nobel de Física), los
tres de la Universidad de Cornell. Defienden éstos una
visión menos escéptica de la ciencia,
según la cual se llega a conclusiones a partir de
hipótesis parciales, intuiciones corroboradas por
experimentos, tentativas, inferencias analógicas,
discusiones que desvelan la coherencia lógica y
también estética, mediante un proceso que tiene
la complejidad de toda empresa verdaderamente humana.
El poder
predictivo de la teoría científica se pone a
prueba por medio de ulteriores experimentos hasta que alcanza carta de
naturaleza. Y como resultado, a diferencia de lo que hace la echadora
de cartas o el astrólogo, la ciencia predice con mucha
antelación un eclipse, por ejemplo, independientemente de
opiniones, ortodoxias o ideologías.
Particularmente
esclarecedor en este rifirrafe resultaron las réplicas y
contrarréplicas entre Collins y Pinch, de un lado, y Mermin,
del otro, que provocaron también un enriquecedor flujo de
cartas de los lectores en el Physics Today. Muchos
de los comentarios, reflexiones sobre la tarea del
científico, del proceso creador en ciencia, rayan a gran
altura si exceptuamos el siguiente comentario de los autores de The
Golem a los contragolpes de Mermin:
«No
entendemos por qué las afirmaciones [de nuestro libro]
despiertan estas inquisiciones religiosas, procesos de macartismo entre
los fundamentalistas científicos.»
Otra perlita
que muestra una superficialidad y estulticia dignas de mejor empresa y
que predisponen al más pintado en contra de estos
emancipadores de los grilletes científicos. Pero dejemos al
golem, ese personajillo de la mitología hebrea, y a sus
adláteres para revisar otro capítulo de la
reyerta, de mayor enjundia.
El misil
Sokal
En los
últimos conflictos bélicos hemos tenido la
desgracia de apreciar el poder destructivo de los misiles (los Exocet,
los Scud). Pues en la trifulca que venimos comentando el misil
más famoso es «la broma Sokal». Alan
Sokal, un físico teórico de la Universidad de
Nueva York, encorajinado por tanta pamema, decide dar una prueba de la
ligereza con que son juzgados los trabajos de los intelectuales
«posmodernos». Se empapa bien de los textos de los
principales epígonos de dicho movimiento, se hace con su
jerga y prepara un texto sobre un asunto científico,
preñado de afirmaciones delirantes, mezcladas con una
profusión de citas de aquellos pensadores,
aliñadas con algunas frases visceralmente izquierdosas, con
la pimienta de un feminismo sentimental, la sal de
sensiblerías ecologistas y el relleno de un abundante bla,
bla, bla. El título reza así:
«Towards a transformative hermeneutics of quantum
gravity». El autor logra colocarlo en un número
especial sobre «La guerra entre las ciencias» de la
revista Social Texts, tenida como el portavoz
más importante de la intelectualidad de izquierda en Estados
Unidos. En el prólogo de dicho número especial
los editores --para mayor abundamiento e inri-- añadieron un
comentario que los deja en cueros y los exime de cualquier otra
explicación: «Un intento serio de un
científico profesional de buscar a partir de la
filosofía posmoderna afirmaciones útiles para los
desarrollos de su especialidad».
A las pocas
semanas, Sokal desvela el carácter paródico de la
«broma» en la revista Lingua Franca,
explicando las barbaridades que su artículo contiene. La
noticia se esparce como una mancha de aceite por las redacciones (es
noticia en portada en The New York Times y en The
Times y es comentada en Newsweek y en los
principales periódicos europeos) aventando un conflicto que
hasta entonces se mantenía en un estricto ámbito
académico. Los editores de Social Texts
se lamentan de la infamia, pero lo cierto es que les llega la
penitencia por donde más abundó el pecado: el
misil que preparaban contra la ciencia les explota en plenas manos. No
pudieron o no quisieron darse cuenta de que palabras tan graves como
«gravedad cuántica» no quedan al albur
de opiniones promiscuas, de tarots o zodíacos, sino al
juicio de los expertos. Prudente hubiese sido hacer revisar el escrito
por algún especialista que inmediatamente hubiese desvelado
la engañifa, lo demencial de muchas de las afirmaciones
«científicas» que contiene. Ya en el
primer párrafo Sokal ridiculiza:
«…
el dogma impuesto por la larga hegemonía postiluminista
sobre el punto de vista intelectual en Occidente: que existe un mundo
exterior, cuyas propiedades son independientes de cualquier individuo
y, por tanto, de la humanidad como un todo; que esas propiedades
están codificadas en leyes físicas ‘eternas’, y
que los seres humanos pueden acceder a un conocimiento fiable, aunque
imperfecto y tentativo, de esas leyes mediante los procedimientos
objetivos y epistemológicamente exigentes prescritos por el
método científico.»
Cualquier
científico cabal suscribe sin reservas la
afirmación que sigue a los dos puntos. Un poco
más adelante Sokal añade sin ningún
género de prueba o argumentación:
«La
‘realidad’ física es, en el fondo, una
construcción lingüística y
social.»
No
sólo nuestras teorías, sino la misma realidad que
la física trata de elucidar. En tono de guasa Sokal invita a
los corifeos de esta doctrina, a los que piensan que las leyes de la
física son puras convenciones sociales, a:
«…
que traten de transgredir esas convenciones desde las ventanas de mi
apartamento. (Vivo en un vigesimoprimer piso.)»
Otras
afirmaciones que no hubiesen escapado a un científico son,
por ejemplo:
«El
concepto de campo morfogenético es la piedra de toque de la
teoría cuántica de la
gravitación.»
«Las
especulaciones psicoanalíticas de Lacan han sido
recientemente confirmadas por la teoría cuántica
de campos.»
«El
axioma de la igualdad de conjuntos (dos conjuntos son
idénticos si tienen los mismos elementos) refleja los
orígenes liberales decimonónicos de la
teoría matemática de los conjuntos.»
Al final del
artículo Sokal se desmelena sugiriendo que la
«liberación» de la ciencia pasa por una
subordinación a las estrategias políticas, que la
ciencia debe revisar el canon de las matemáticas, que se
encuentran señales de una nueva matemática
emancipatoria en la lógica no lineal de los sistemas
borrosos, pero esta nueva perspectiva está lastrada en su
origen por la crisis de las relaciones de producción
tardocapitalista, y un largo etcétera.
Algo
más que la simple broma de un quintacolumnista, se trata de
una prueba empírica de la superficialidad reinante en
ciertos foros intelectuales. Por supuesto, Sokal recibió
todo tipo de acusaciones (deshonesto, superficial, desconocido,
pretencioso, picajoso, aprovechado), pero lo cierto es que se
salió con la suya al desenmascarar la frivolidad de
planteamientos que, so capa de posmodernidad, quieren imbuirnos en una
nueva modalidad de alquimia o astrología. Resulta
descabellado pensar que alguno de esos sociólogos de la
ciencia lograse publicar en una revista del gremio
científico (Nature, Science,
The Lancet o Physical Review
Letters, pongamos por caso) una réplica
equivalente a la «broma Sokal». ¿Y saben
por qué? Pues porque esas revistas cuentan con censores
probados de los distintos temas (dos al menos para cada
artículo) que lo someten al más estricto juicio
crítico. Y aunque a esas revistas se les cuelan gazapos,
éstos no son como las trampas que se esconden tras la
ampulosa verborrea del artículo de Sokal.
Desde las
filas de los sociocientíficos se quiso ver estas reacciones
airadas de los científicos como una muestra de histerismo
frente a los recortes que la ciencia básica está
sufriendo en todo el mundo. Por eso, deberían llamar ahora
la atención de la sociedad para no perder los privilegios
adquiridos en este último medio siglo. Algo de esto
podría haber, aunque se trataría de algo marginal
que apenas afecta al núcleo de la cuestión:
¿objetividad o relativismo en la ciencia? Que haya quien
aproveche la disputa para hacerse publicidad no va contra ninguna
ética, que cada cual hace el márketing como puede
y le dejan.
Imposturas
intelectuales
No
contentándose con la broma en Social Texts,
Sokal, ayudado por su colega belga Jean Bricmont, acaba de publicar un
libro en francés titulado Impostures intellectuelles
en la editorial Odile Jacob especializada en libros de
divulgación científica. Sokal aprovecha las
lecturas posmodernas realizadas para perpetrar su broma, usadas como
pátina de autoridad a su artículo, para dar un
repaso a los principales representantes de ese movimiento
filosófico-literario, la mayor parte de los cuales son
franceses y publican en francés, que tanto han influido en
los ambientes intelectuales norteamericanos. El libro
apareció a principios de octubre y está siendo
objeto de una amplia polémica en Francia sirviendo para
amplificar la «guerra de las culturas».3
Los dos
físicos se propusieron con este libro, según
propias palabras, «aportar una contribución,
limitada pero original, a la crítica de la nebulosa
posmoderna. No pretendemos analizar ésta en general, sino
más bien llamar la atención sobre aspectos poco
conocidos, pero que alcanzan, al menos, el nivel de impostura, a saber,
el abuso reiterado de conceptos y términos provenientes de
las ciencias físico-matemáticas. Más
en concreto, analizaremos ciertas confusiones mentales, muy extendidas
en los escritos posmodernos, que conciernen a la vez al contenido del
discurso científico y a su filosofía».
Concretamente
los abusos son del tipo: 1) profusión de
terminología científica de la que el
público general tendrá, a lo sumo, una idea muy
vaga; 2) trasvase de conceptos de las ciencias exactas a las ciencias
humanas sin la menor justificación empírica; 3)
una erudición superficial a base de usar palabras sabiondas
fuera de contexto, y 4) manipulación de frases desprovistas
de sentido y del sentido de vocablos científicos. Como es
obvio Sokal y Bricmont no desean (ni aunque quisieran
podrían) desautorizar ni las ciencias humanas, en general,
ni la filosofía en su conjunto, sino
«desconstruir» una reputación, un
prestigio de un modo de hacer en esas ramas del saber, que desdicen del
rigor que es marchamo de honestidad intelectual. Se proponen
«decir que el emperador está desnudo»
como el niño del cuento, propugnar una actitud
crítica entre las personas que se acercan a los escritos
posmodernos. Pasan revista a los escritos de autores como Jean
Baudrillard, Gilles Deleuze, Felix Guattari, Luce Irigaray, Julia
Kristeva, Bruno Latour, Jean-François Lyotard, Michel
Serres...
Se
podría aducir que Sokal y Bricmont se apoyan en
párrafos marginales de aquellas obras para hacer una caza de
brujas entre sus enemigos. Pero insisten en que no recogen simples
inexactitudes, sino errores, al escribir que «trataremos de
explicar, para cada uno de los autores, en qué consisten los
abusos cometidos en materia de ciencias exactas y por qué
éstos son sintomáticos de una falta de rigor y de
racionalidad en el conjunto de su discurso».
Para
hacernos una idea de los textos que se critican, ahí van
unas muestras (no voy a explicitar los autores, para no menoscabar la
curiosidad de los potenciales lectores del libro):
«La
constante de Einstein no es una constante, no es un centro. Es el
concepto auténtico de juego, de variabilidad... es,
finalmente, el concepto de juego. En otras palabras, no es el concepto
de algo... de un centro a partir del cual un observador puede manejar
el campo... sino el concepto de juego.»
«La
ecuación E =mc2
, ¿es sexuada? Puede que sí. Supongamos que lo es
en la medida en que privilegia la velocidad de la luz frente a otras
que nos son menos necesarias.»
«La
vida humana podría ser definida como un cálculo
en el que cero sería irracional... Cuando digo irracional me
refiero a lo que se conoce como número imaginario.»
«Las
guerras tienen lugar en espacio no euclídeos.»
Hasta
aquí, someramente, un espigueo de los argumentos que se
desarrollan en Impostures intellectuelles... En la
introducción del libro, Sokal y Bricmont salen al paso de
las posibles críticas («estos
científicos no comprenden las realidades
filosóficas profundas; no entienden el sentido de las
‘metáforas' y de las ‘analogías’; no distinguen
el uso poético de los términos; toman textos
marginales demasiado en serio»), argumentando contra cada una
de ellas de modo más o menos convincente.
En un
artículo posterior a la publicación del libro,
aparecido en el diario Liberation del 18-19 de
octubre de 1997, se lee:
«No
decimos de ninguna manera que esto [la utilización abusiva y
algo arbitraria de términos científicos] invalida
el resto de su obra, sobre cuya validez nos declaramos
agnósticos.»
Matizando la
afirmación recogida antes en la que arrojaban serias dudas
sobre la «racionalidad de su discurso» y hablaban
de «confusiones mentales». Como los propios Sokal y
Bricmont señalaban en el artículo que
publicó La Vanguardia el 17 de octubre
de 1997 (pág. 51):
«Contrastémoslo
con la obra de Newton: un 90 % de sus escritos sería fruto
del misticismo o de la alquimia. ¿Y? El resto
está basado en consideraciones empíricas y
racionales sólidas. Y eso es lo que sobrevive. Si puede
decirse lo mismo de los autores citados en nuestro libro, nuestras
críticas tienen una importancia marginal. Por el contrario,
si su rango de estrellas internacionales se debe a distintas razones
sociológicas y, en parte, a que son maestros del idioma,
capaces de impresionar a sus auditorios gracias a una
terminología sabionda, en ese caso, lo que hemos descubierto
puede ser útil.»
El
paralelismo que hacen Sokal y Bricmont entre los trabajos de Newton y
los de los posmodernos resulta bastante inadecuado. Una buena parte de
los escritos de Newton son, en efecto, sobre alquimia, escritos que hoy
no son citados ni por los eruditos, y que nos parecen
anacrónicos. ¿Se le podría llamar
falsario a Newton? ¿Se le puede llamar impostor? En
absoluto, pues aquellos escritos, sobresalientes en su
época, manifiestan la seriedad y la grandeza de una de las
mentes más elevadas de todos los tiempos. El
método científico estaba en mantillas y la
química tardaría un siglo más en echar
sus bases, pero no usaba metáforas de dudosa eficacia o
lenguaje poético para hacer alquimia, sino que mezclaba y
hacía reaccionar sustancias, es decir, se valía
de los métodos más rigurosos de entonces. Si bien
los trabajos de Newton en este terreno no son tan solventes como los
que escribió en mecánica y en óptica,
no mostraban errores crasos a los ojos de sus
contemporáneos. ¿Se puede decir lo mismo hoy de
los trabajos de los filósofos citados en el libro?
¿Se podrá algún día hacer
un paralelismo entre los trabajos de alquimia de Newton y los de
Baudrillard, Deleuze y demás? La autoridad de esos autores
posmodernos ¿cabe situarla en la filosofía?
¿Es más de índole literaria?
¿En la sociología?
Epílogo
Ahora
permítanme que explique mi propia opinión
respecto a todo este asunto. El lector habrá notado mi
inclinación por el bando científico, como no
podía ser menos, siendo un físico el que escribe.
Soy un realista convicto (y confeso) que no siente empacho al afirmar
que con la ciencia se alcanza una forma, no la única ni
quizá la mejor, de conocimiento objetivo de una realidad que
nos trasciende. Me lo pasé muy bien con la trifulca en el Physics
Today y leyendo el manicomial artículo de Sokal.
Lo que he leído de Impostures intellectuelles
también me ha divertido y me parece que aporta su granito de
arena en la clarificación de la humareda postmoderna. Pero
ese libro tiene, a mi juicio, un error de perspectiva, pues resulta
poco creíble el entredicho que lanzan contra la globalidad
de esos autores: no es posible que todos y todo sean condenables. Bien
está avivar el debate, suscitar la crítica,
denunciar los papanatismos o abusos y desenmascarar los fraudes, pero
nunca desde la arrogancia o a base de condenas inapelables, sino desde
el respeto mutuo y la modestia, escuchando también las
críticas adversas.
Finalmente
¿qué lecciones cabe sacar de esta
«guerra de las ciencias»? La más
importante, a mi juicio, es que los científicos
deberíamos reflexionar más a menudo sobre los
procesos internos de la ciencia, pues nadie que no esté
activamente involucrado en esas investigaciones podrá
arrojar tanta luz sobre ellos como los que la están llevando
a cabo. Y a la vez facilitar el diálogo con los humanistas
con una actitud de escucha atenta y respetuosa que enriquezca las
reflexiones en los campos respectivos, admitiendo, cuando las haya, las
críticas y las disparidades de puntos de vista. El
diálogo con los científicos es también
necesario para los humanistas, porque aquéllos proporcionan
con sus investigaciones, con sus sofisticados métodos de
observación, nuevos datos e interpretaciones de la realidad
que requieren también una elaboración
filosófica. Pensemos, por ejemplo, en las conversaciones de
Karl Popper con los mejores físicos de su época
(Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrodinger) o en la influencia que
están teniendo los escritos de Ilia Prigogine en la
filosofía actual. Con un diálogo, la
«guerra de las ciencias» se transformará
en «debate de culturas» que arrojará
luces en todos los ámbitos del saber, porque
ganará la verdad, que es lo que al fin cuenta.
Notas
(1) Pinch y
Collins: The Golem: what everyone should know about science,
Cambridge, Reino Unido, Cambridge University Press, 1993.
(2) Paul Lewitt
y Paul Gross: Higher superstition: the academic left and its
quarrels with science,Johns Hopkins University Press,
Baltimore, 1994.
(3) A este
respecto se pueden ver el informe preparado por La Vanguardia
en su edición del 17 de octubre de 1997 y el comentario de
José A. Marina en ABC Cultural del 24 de
octubre de 1997.
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