Entender mejor la libertad: un enfoque interdisciplinar
entre Neurociencia y Filosofía
José Manuel Giménez Amaya
Catedrático de Anatomía y
Embriología, Universidad Autónoma de Madrid
josemanuel.gimenezamaya@uam.es
Publicado en: J.M. Giménez Amaya. Entender mejor la
libertad: un enfoque interdisciplinar entre Neurociencia y
Filosofía. En: C. Diosdado, F. Rodríguez Valls y J.
Arana (eds.). Neurofilosofía. Perspectivas
contemporáneas. Sevilla: Thémata / Plaza y
Valdés; 2010. p. 177-90.
Resumen: En la comunicación que presento aquí pretendo
ilustrar de forma sumaria algunos de los presupuestos
filosóficos que entiendo yo están influyendo en el
estudio neurocientífico de la libertad, así como
ciertos problemas que surgen desde la propia Neurociencia en su
comprensión global del funcionamiento cerebral, de las
propias redes neuronales y de la integración
neurobiológica de la atención, fenómenos
todos estos que se antojan de importancia crucial para un
entendimiento neurobiológico adecuado de la libertad. Sin
embargo, también hay aspectos de la vida humana que
afectan a nuestro actuar libre y que cuestionan una mirada
puramente reduccionista del libre albedrío como pretenden
hacer algunos neurocientíficos, y que exigiría por
su parte también una respuesta convincente, hasta ahora en
mi opinión ausente. Finalmente, apunto con brevedad unos
comentarios sobre el concepto moderno de libertad y la necesidad
de la interdisciplinaridad para abordar con fruto estas
cuestiones que entrelazan disciplinas experimentales y
sapienciales. Esto último está ilustrado tomando, a
modo de ejemplo, el hecho de una sutil persistencia del dualismo
en algunos de los planteamientos que estudian la libertad y la
recuperación del concepto de vida en nuestra
comprensión de la actividad humana.
Summary: I present in this note some philosophical background
influencing the neurobiological approach to free will. I also
stress certain problems emerging from the Neuroscience itself
about the understanding of the global functioning of the brain,
the neuronal networks and the neurobiological integration of the
attention, aspects that I consider crucial for an adequate
understanding of freedom. Moreover, there are other aspects of
the human life that affect our free will and that are challenging
a simply reductionistic outlook of it as presented by some
neuroscientist, which demands a convincing answer, absent in my
opinion. Finally, I suggest some comments about the modern
concept of freedom and the need of interdisciplinarity to
fruitfully tackle these questions that intertwine experimental
and sapiential disciplines. This last point is illustrated as an
example showing the persistence of a dualistic approach to
freedom as well as the recuperation of the concept of life in our
understanding of the human activity.
Esta nota sobre el abordaje interdisciplinar del concepto de
libertad entre la Neurociencia y la Filosofía será
breve. Y esto por dos razones. La primera, obvia, porque el tema
de la libertad es extensísimo y hacer una reflexión
seria sobre él desde el punto de vista filosófico
llevaría mucho espacio y tiempo, y debería ser
elaborado por alguien mucho más competente que yo en este
saber sapiencial. La segunda es más práctica: se
pretende sencillamente esbozar un posible lugar de encuentro
entre la Filosofía y la Neurociencia, dos disciplinas que
en los últimos años están acercándose
más de lo que uno hubiera podido suponer hace no mucho
tiempo; con la ventaja, además, de que la Neurociencia es
la ciencia experimental que más está buscando la
relación con otras materias al encontrarse con cuestiones
que no puede resolver exclusivamente con su propia
metodología experimental 1.
Esta última aseveración nos obliga a
preguntarnos: ¿por qué esto es así con la
Neurociencia? La respuesta es compleja y llevaría
también mucho espacio explicarla con detenimiento 2, sin embargo
aquí sí que me atrevo a señalar, al menos,
tres razones. Primera, porque es una disciplina biológica
que ha surgido de modo interdisciplinar en su mismo origen tanto
si se considera su nacimiento remoto en el siglo XVII con el
médico inglés Thomas Willis
—científico que está en permanente
diálogo con el saber filosófico de su
época— 3, como en su estructuración más
reciente en la década de los 60 del siglo pasado 4. Segunda, porque
los estudios neurobiológicos se han ido concentrando en
los últimos años en el análisis de las
denominadas funciones superiores del hombre, gracias, en gran
medida, a la introducción y desarrollo exponencial de las
técnicas de imagen cerebral, especialmente la resonancia
magnética funcional. Tercera, porque en su andar
experimental más actual la Neurociencia se encuentra con
datos que no pueden encuadrarse fácilmente como respuestas
claras a preguntas relativamente sencillas: ¿cómo
funciona nuestro cerebro de manera global?, ¿cómo
funciona nuestro sistema nervioso en su conjunto?
De ahí que adentrarnos en la búsqueda de una
“neurobiología” de la libertad no sea una
labor fácil. Es verdad que este tema ha sido objeto de un
intento de análisis neurocientífico detallado en
los últimos 30 años, pero a la postre la tarea ha
quedado en gran medida irresuelta. La frustración a mi
entender ha sido muy fructífera porque con ello se puede
entrever una rendija de luz que explique el fracaso del
sueño moderno de la ciencia experimental y ponderar como
muy necesaria la presencia de un saber que pueda integrar la
interdisciplinaridad en las grandes cuestiones que afectan al
hombre y al actuar humanos 5.
En la comunicación que presento aquí pretendo
ilustrar de forma sumaria algunos de los presupuestos
filosóficos que entiendo yo están influyendo en el
estudio neurocientífico de la libertad, así como
algunos de los problemas que surgen desde la propia Neurociencia
en su comprensión global del funcionamiento cerebral, de
las redes neuronales y de la integración
neurobiológica de la atención, fenómenos
estos que se antojan de importancia crucial para un entendimiento
neurobiológico de la libertad de forma adecuada. Sin
embargo, también hay aspectos de la vida humana que
afectan a nuestro actuar libre cuestionando una mirada puramente
reduccionista del libre albedrío como pretenden hacer
algunos neurocientíficos y que exige también por su
parte una respuesta convincente, hasta ahora en mi opinión
ausente. Finalmente, apunto con brevedad unos comentarios sobre
el concepto moderno de libertad y la necesidad de la
interdisciplinaridad para abordar con fruto estas cuestiones que
entrelazan disciplinas experimentales y sapienciales. Esto
último está ilustrado tomando, a modo de ejemplo,
el hecho de la persistencia del dualismo en algunos de los
planteamientos que estudian la libertad y la recuperación
del concepto de vida en nuestra comprensión de la
actividad humana.
La aparición del pensamiento filosófico surge
del planteamiento de la búsqueda desinteresada sobre el
fundamento de la realidad que nos rodea 6. Es una realidad que se nos
avanza en presente y que nos explica éste. Desde su
nacimiento los dos grandes problemas filosóficos que se
nos ofrecen se pueden enunciar de la siguiente manera: primero,
la pregunta sobre qué es lo permanente y qué lo
pasajero en nuestro encuentro con la realidad; segundo, la
pregunta por lo uno y lo múltiple, la búsqueda por
el fundamento de la unidad. Para conocer y abarcar el saber
global de la realidad será necesario lo que se
denominó en la Grecia antigua como noús o
intelecto que permite acceder a la radicalidad del ser sin
quedarse propiamente en un saber fragmentario que es aquel que
nos proporcionan los sentidos.
Tras la dura batalla de ideas surgida entre Sócrates y
los sofistas, baste aquí considerar a grandes rasgos el
enfoque que se nos muestra en sus dos grandes continuadores:
Platón y Aristóteles. Para Platón, la
búsqueda de lo inmutable se centra en el mundo de las
ideas a las que considera separadas de las realidades sensibles y
que tienen una primacía en el plano ontológico.
Ello le lleva a comprender al hombre desde una perspectiva
dualista: el cuerpo es algo sensible (material) que es
añadido al alma, realidad inteligible y superior en cuanto
a que está destinada a la comprensión de la verdad
y del Bien. Este rasgo platónico se verá expuesto
en la historia de la Filosofía en numerosas ocasiones y es
de verdadera importancia en la comprensión de la libertad
a lo largo del tiempo. Sin embargo, todo ello aparecerá
más claro en el periodo llamado modernidad.
Aristóteles, por el contrario, extenderá el
patrimonio socrático incidiendo en las actividades
vitales. Entender al hombre como ser viviente aporta a nuestro
autor un soporte muy importante para afirmar la unidad existente
entre el alma (que actúa como principio vital del ser
humano) y su cuerpo. Estas consideraciones unitarias
proporcionarán una respuesta mucho más convincente
a las grandes preguntas planteadas por la Filosofía y
señaladas previamente en nuestro escrito.
El siguiente punto de inflexión que me interesa
destacar aquí en el estudio del hombre lo representa
Descartes. Para el pensador francés lo más radical
en el ser humano es la conciencia. La realidad la podemos dividir
así en la llamada res cogitans (sustancia pensante
o conciencia) y la res extensa (sustancia material). Este
dualismo que está firmemente anclado en el hombre, que es
a la vez sustancia material y conciencia, está
también en la base de muchas interpretaciones que afectan
a la ciencia experimental tal como se entiende en la modernidad.
Una modernidad que en cuanto concierne a nuestro breve itinerario
por la historia de la Filosofía, se va a ver culminada por
Kant que suma al racionalismo cartesiano, el empirismo y el
conocimiento ilustrado. En él encontramos de forma
admirablemente presente muchos de los problemas a los que se
enfrenta el pensamiento actual con respecto a la ciencia
experimental en general, y a la Neurociencia en particular:
solamente es aceptado como conocible lo que se nos viene dado por
la ciencia experimental pero, sin embargo, tiene que haber algo
más que nos explique al hombre aunque de ello poco podamos
decir con la fuerza de un conocimiento cierto. Comte en pleno
siglo XIX dará por sentenciada la instauración en
los dos últimos siglos de un conocimiento experimental que
es ahora, sencillamente, el único que cuenta.
La Neurociencia nos es ajena a esta situación de
entronamiento completo de la ciencia experimental. Sin embargo,
como indicábamos al principio presenta la
característica esencial entre las ciencias
biológicas de tener un historia interdisciplinar desde sus
orígenes. Ya hemos señalado antes a Willis. Ahora
nos interesa mencionar que antes de que se estrenase como una
ciencia per se (en los años 60 del siglo XX), los
estudios del cerebro se vieron influidos muy importantemente por
el análisis de las enfermedades mentales, por la
Psiquiatría en general. No es este ni el momento ni el
lugar para hacer una narrativa histórica de las relaciones
entre la Neurociencia y la Psiquiatría, o mejor de la
influencia de la Psiquiatría en el desarrollo de la
Neurociencia, pero señalaré lo que entiendo yo como
tres piedras miliares en el contexto de esta relación a lo
largo del siglo pasado. Primera, la influencia de Freud y del
psicoanálisis; segunda, el descubrimiento de la
psicofarmacología y la observación de que podemos
modificar las funciones superiores del hombre alterando la
composición molecular de su sistema nervioso 7; y, finalmente, el
impulso docente interdisciplinar de la Neurociencia desarrollado
por el Departamento de Psiquiatría de la Universidad
Columbia de New York 8. Me voy a detener en este momento
únicamente en la primera de ellas.
Es obvio que no pretendo tampoco hacer en este momento un
resumen de las ideas vertidas por Freud en la historia del
pensamiento. Sencillamente quiero señalar tres de ellas
que, en mi opinión, han sido tremendamente influyentes en
el desarrollo de la Neurociencia y, en gran medida, en
cómo los neurocientíficos observan el cerebro y se
preguntan con perplejidad por las características
orgánicas de este tejido que permite realizar lo que
hacemos, en nuestro caso concreto también el ejercicio de
la libertad. Pueden ser enunciadas de la siguiente manera 9: (1) es notorio
que nosotros tenemos una mente inconsciente; (2) no sabemos
muchas veces aquello que nos impulsa a actuar de la manera que lo
hacemos; (3) los 5 primeros años de vida influyen mucho
más de lo que se pensaba en nuestra formación y
constitución psicológica de la vida adulta.
Es obvio, que con las premisas que acabamos de mencionar en
mente, el tema de la libertad está servido. Pero veamos, a
continuación, como se ha aproximado la Neurociencia al
tema de la libertad. Lo ha hecho de dos maneras fundamentalmente.
En primer lugar, a través de experimentos desarrollados
por Libet y su grupo de California en los últimos 30
años del siglo pasado 10 y en la actualidad por Haggard y
colaboradores en Londres 11; en todos estos estudios se pretende
analizar el fenómeno de que tenemos activado nuestro
sistema motor sin tener conciencia de ello. En segundo
término, a través de las poderosas técnicas
de imagen cerebral que han permitido un análisis detallado
de las activaciones y desactivaciones que se producen en el
cerebro ante paradigmas experimentales muy sofisticados de toma
de decisiones o de elección 12.
No voy a describir con detalle los experimentos de Libet y
colaboradores o la versión más reciente de los
mismos realizada por el grupo de Haggard o de Soon y colegas
13 que
ya hemos hecho en otros trabajos a los que remito al lector
14, o un
análisis detallado de los estudios de neuroimagen que
exploran aspectos relacionados con el libre albedrío. Pero
sí pienso que compensa decir algo de por qué estos
intentos de la Neurociencia cuestionan nuestra noción de
libertad.
La tesis que está detrás de los ensayos
científicos antes señalados es que las
órdenes motoras para el ejercicio de una actividad que
nosotros pensamos voluntaria están presentes en nuestro
cerebro a manera de activación de estructuras neurales
bastante tiempo antes de que seamos conscientes del movimiento en
sí mismo. La interpretación más palmaria
sería que podemos vernos atrapados por el espejismo de
sentirnos libres en el ejercicio motor voluntario cuando
realmente esos movimientos están organizados por nuestro
cerebro antes de que nos demos cuenta de que los estamos
realizando aparentemente porque queremos. Para algunos, la
posibilidad de lo que denominamos libertad estaría en que
en todo caso siempre existe la posibilidad de ejercer un veto
sobre esos movimientos en varias fases del desarrollo del
movimiento voluntario 15. En cuanto a los estudios de neuroimagen,
para algunos investigadores la aparición de activaciones y
desactivaciones cerebrales ante paradigmas de exploración
cognitivos y afectivos complejos sería la clara muestra de
que es nuestro cerebro el que controla el pensamiento y la
acción humana, y que la percepción de esos
fenómenos que se hacen conscientes no es más que
una muestra más de la propia neurobiología que los
sustenta.
Corresponde ahora por nuestra parte realizar alguna
reflexión sobre los resultados mencionados. La tesis que
pretendo defender es que negar la existencia de la libertad
utilizando la Neurociencia como punto de apoyo tiene muchos
problemas. Para desarrollar escuetamente esto me propongo hacerlo
de dos maneras: en primer lugar, haciendo referencia a un
entendimiento actualizado de cómo se organizan las redes
neuronales que regulan el movimiento voluntario y, como
corolario, con una aproximación al fenómeno de la
atención en el contexto neurobiológico de nuestra
activación cerebral global; en segundo lugar, con unos
comentarios sobre algunas ideas a tener en cuenta para
interpretar los resultados obtenidos por las técnicas de
neuroimagen.
Vayamos, por lo tanto, al primer punto referido. Cada vez
está más asumido que la organización del
sistema motor se sustenta en la implicación funcional de
amplias redes neuronales (desde las cortezas asociativas 16 hasta las
motoneuronas de la médula espinal) 17 que están en continua
activación 18, por lo que detectar actividad neural en
alguno de los puntos morfológicos de esas redes no implica
necesariamente que estén regidas de forma independiente de
lo que se suele entender como voluntad. En otras palabras, que no
entren dentro de nuestra “consciencia” no se sigue
que no sean controladas libremente por el sujeto. Interpretados
los experimentos que hemos mencionado antes en el contexto de una
falta de libre albedrío se encontrarían con una
clara insuficiencia en la discusión de este punto. Pero es
que siguiendo este camino de razonamiento sobre la
interpretación neurobiológica de la falta de
libertad, quizá, nos habla por sí mismo de una
deficiente comprensión de cómo se organiza nuestro
sistema nervioso en los procesos de atención y conciencia
19.
Atención y conciencia no representan en términos
neurobiológicos un binomio con una relación
directa. Baste para ello señalar algunos ejemplos. El
más clásico trata de un grupo de individuos a los
que se les instruye para que se pasen un balón entre ellos
fijando la atención en las personas elegidas para
enviárselo. Si durante el desarrollo del experimento
alguien que está vestido con un disfraz bien notorio pasa
por entre los jugadores, muchos de ellos no notarán su
presencia 20. Esto se comprueba también en los
llamados experimentos de enmascaramiento 21: al sujeto se le presenta
una imagen durante un tiempo corto y otra durante mucho
más tiempo, observándose que su reacción
(explorada por diferentes paradigmas experimentales) se basa
únicamente por la segunda aunque sepamos con certeza que
ha recibido la información de la primera y que podemos
poner de manifiesto con otros métodos exploratorios:
sencillamente, si pudiéramos hablar así, el sistema
nervioso interpreta el código temporal de presencia
perceptiva ajustado al de importancia de la propia
percepción. Finalmente es sabido como nos ha mostrado
Scheler que podemos diferenciar el valor o la belleza intuida en,
digamos, una obra de arte, del estado sentimental que se provoca
en el sujeto con ella 22.
En segundo lugar abordemos ahora los estudios de neuroimagen.
Aquí conviene no olvidar lo que ha observado Fuchs con
agudeza y determinación: la asociación de la
experiencia subjetiva a las imágenes que estas
técnicas proporcionan exige tener en cuenta algunos
presupuestos 23. En primer lugar, hay que aceptar que los
estudios de neuroimagen sólo ilustran un aspecto parcial
de los procesos biológicos que están sucediendo.
Vemos de modo estadístico, por ejemplo, qué zonas
cerebrales reciben más flujo sanguíneo cuando se da
cierto fenómeno, pero no sabemos si ese aumento es la
causa directa del fenómeno explorado o por el contrario su
efecto. En segundo lugar, la interpretación adecuada de
los resultados depende mucho del diseño experimental que
se adopte y de cuál sea el esquema seguido en la
exploración; muchas veces esto no se explica con detalle,
de modo que las conclusiones que sacan los no expertos son
demasiado simplistas 24. Y, por último, no hay que olvidar
que, en general, las actividades de la vida diaria son complejas
y no son fáciles de explorar sin someterlas a
simplificaciones que pueden desnaturalizarlas; de hecho, los
paradigmas exploratorios habituales en este tipo de experimentos
carecen del componente “global” que se da, por
ejemplo, en las interacciones sociales 25. Por todo esto, Fuchs
advierte con razón que las técnicas de neuroimagen
son excelentes para explorar el sistema nervioso humano, pero
sería muy aventurado depender exclusivamente de sus
resultados para sacar conclusiones unitarias acerca del actuar
del hombre 26.
Hasta aquí hemos intentado mostrar que negar la
libertad del hombre basándose en experimentos
neurocientíficos no es fácil. Ni siquiera desde el
punto de vista neurobiológico. Pero es que a la postre en
esta posición que intenta crear una
“neurobiología de la libertad” cerrada a la
inmaterialidad debemos incluir algunos factores adicionales que
nos pueden complicar más el cuadro general de nuestro
problema. Entre ellos me gustaría señalar los
siguientes: la presencia de la fortuna (tyche) 27, del
temperamento y del carácter, de los sentimientos y de las
emociones o del envejecimiento. Esto último nos habla de
la existencia de una indeterminación en la actividad
humana que se escapa, en gran medida, a una consideración
cerrada en favor exclusivamente de la biología cerebral.
Desarrollemos, aunque sólo sea brevemente, algunos
ejemplos sobre ello.
Aristóteles nos dice que la fortuna o suerte se
distingue del simple azar en que se refiere a objetos que
proceden de la acción humana o pueden influir en ella y,
de esta manera, en la prosperidad de quien está llevando a
cabo dicha acción 28. A pesar de que se encuentra muy presente en
nuestra existencia, la fortuna se escapa en gran medida a una
explicación lógica de la realidad que nos rodea. Y
además es incierta. Es, por tanto, una causa coincidental
en el repertorio de nuestras acciones libres o voluntarias. Como
dice acertadamente Llano: “Lo más inquietante de la
cuestión, sin embargo, estriba en que, no por carecer en
sí misma de explicación racional, la fortuna deja
de tener importancia ética” 29. La tragedia griega en esto
tiene múltiples ejemplos que lo atestiguan. Por lo tanto
encontramos aquí una cierta indeterminación en
nuestro actuar que difícilmente podremos anclar a la
constitución neurobiológica de nuestro ser.
Algo parecido podríamos decir también sobre los
sentimientos y las emociones. Para Aristóteles estos
aspectos de la vida humana son muy importantes para alcanzar una
vida plena, con influencia en la lucidez para detectar el bien o
el mal de nuestros actos 30. Pero también representan una
instancia volitiva que responde de forma muy
característica a la indeterminación y
accidentalidad en el mundo en que nos movemos.
Por último el envejecimiento. La libertad tiene una
relación no pequeña con esta característica
tan humana, al menos así ha sido puesto de manifiesto por
algunos pensadores de la tradición personalista y
fenómenologica 31. A medida que envejecemos de alguna manera
vamos perdiendo libertad. Y esto lo expresa certeramente el
filósofo alemán Landsberg en un interesante libro
titulado Essai sur l’expérience de la mort,
donde señala textualmente (trascribimos la
traducción realizada por Rodríguez Duplá
32):
“La estructura de nuestra vida cambia sensiblemente a cada
momento. La presión del pasado se acrecienta, mientras que
las posibilidades del porvenir disminuyen. El hombre se siente
cada vez menos libre; cada vez menos capaz de transformar el
sentido de su vida dando forma a su futuro. Al envejecer, no
sólo pierde el sentido de su libertad, sino que, en cierta
medida, pierde esa misma libertad. Esto es, sin duda,
terriblemente verdadero” 33.
Parece claro, por tanto, que todo intento que pretenda anclar
de forma definitiva y exclusiva nuestra libertad a los puros
mecanismos neurobiológicos que comandan las activaciones y
desactivaciones cerebrales está condenado a justificar de
manera no convincente muchos aspectos de nuestro actuar y de
nuestra propia biología que no presentan una
determinación segura y cerrada. Es notorio, por lo tanto,
que el fenómeno de la libertad reclama de nosotros un
estudio mucho más abierto e interdisciplinar. Regresemos
de este modo otra vez a la visión filosófica.
Y lo primero que surge es una pregunta sencilla: ¿pero
de qué libertad estamos hablando? Ciertamente, la libertad
se dice en muchos sentidos 34. Es ya muy conocido al hablar del libre
albedrío establecer la clásica la distinción
entre libertad exterior e interior. Gozamos de libertad interior
cuando nuestras decisiones no son un mero efecto de causas que
nosotros no dominamos. Libertad exterior, por el contrario, nos
habla de las posibilidades de llevar a cabo aquello que nos hemos
determinado a realizar. Sin embargo, la modernidad más
reciente y, en general, la sociedad actual ha recibido con un
mayor entusiasmo la distinción que se hace de libertad
positiva y negativa, especialmente después de que el
historiador de las ideas políticas Isaiah Berlin les
dedicó el célebre artículo titulado
“Dos conceptos de libertad” publicado en su conocido
libro Cuatro ensayos sobre la libertad 35. Veamos que significan estos
nuevos enfoques sobre la libertad.
Libertad positiva quiere decir autodeterminanción. Soy
libre si yo mismo soy el que tengo el comando de mi vida y de mis
acciones; si soy yo quien decide sobre mí mismo y mis
relaciones; si, en definitiva, soy el autor del camino de mi
existencia. Si alguien decide por mi, si mi vida se ve envuelta
en una suerte de manipulación de mis decisiones, con
razón se puede afirmar que no poseo libertad positiva.
Libertad negativa, por el contrario, quiere decir no
interferencia. Soy libre en este último sentido si puedo
disponer de un espacio en el que nadie me impide vivir y
desarrollarme como quiero o considero oportuno.
Uno podría pensar que la distinción que acabamos
de realizar entre libertad positiva y negativa como
autodeterminación y no interferencia es sustancialmente
irrelevante. Parece obvio que en la medida en que menos
interferencias tengamos en el ejercicio de nuestra conducta
más libre seremos. Pero si analizamos este asunto con algo
más de cuidado nos adentramos en situaciones curiosas; por
ejemplo, que alguien no sufra interferencia exterior de
ningún tipo y le falte libertad positiva, capacidad de
orientar su vida adecuadamente. En otras palabras,
podríamos decir que en este último caso
existiría una falta de congruencia entre el
“yo” fáctico, ese yo que realmente
somos, y el “yo” ideal, aquel al que tendemos
como nuestro mejor yo, ese que deberíamos ser 36.
Este último punto nos retrotrae bastantes siglos
atrás, concretamente en la antigua Grecia. Allí
Platón nos hacía ver el núcleo de este
debate que estamos entablando sobre el binomio libertad
positiva-negativa. Este filósofo griego siempre
exhortó a superar esa escisión entre el yo
empírico y el yo ideal intentando ser amigos de
nosotros mismos. Estamos hechos para el bien y nuestra voluntad
está tensada para lograr esa plenitud de nuestra
naturaleza. En su aclamado diálogo Gorgias expuso de forma
magistral e inolvidable esta escisión del yo en la
conducta del tirano 37.
Esta misma forma argumental ha sido propuesta más
recientemente por el filósofo moral de origen
escocés Alasdair MacIntyre tal como nos relata Oakes en su
interesante artículo sobre el pensamiento del pensador
anglosajón afincado en los Estados Unidos 38. Para MacIntyre el
binomio entre el yo ideal y el yo empírico
se puede enunciar de la siguiente manera:
man-as-he-could-be-if-he-realised-his-essential-nature
versus man-as-he-happens-to-be. La plena
realización del hombre se mide por lo adecuada de su
orientación al bien según su naturaleza
(teleología) en claro contraste con la situación
fáctica en que se encuentra en muchas ocasiones. La
plenitud de desarrollo conlleva también el máximo
grado de libertad. Libertad que tiene que ver con lo que
Aristóteles denominaba proaíresis y que se
ha traducido como “elección”. No es una suerte
de agente causal, sino más bien la capacidad de tomar
decisiones en el trasfondo de una vida 39.
Dos consideraciones finales para concluir este breve ensayo.
Una es constatar un peligro en el que nos movemos al tratar este
tipo de cuestiones y otra es un sugerencia para favorecer el
diálogo interdisciplinar. El peligro está en el
hecho de que el dualismo tal como lo entendemos comúnmente
sigue presente en muchos de los debates que abordan el llamado
problema mente-cerebro. Al dualismo podríamos aplicar las
también conocidas palabras de MacIntyre sobre el
relativismo o el escepticismo como una de esas doctrinas que han
sido refutadas demasiadas veces. Pero, continúa el
filósofo moral anglosajón, no hay señal
más cierta que una doctrina porta algo verdadero que no
debe ser olvidado que en el curso de la historia de la
Filosofía haya tenido que ser refutada una vez y otra. Las
doctrinas genuinamente refutables, concluye nuestro autor, lo son
una vez por siempre 40. Es interesante observar que en
términos más o menos análogos se manifiesta
otro filósofo de la mente de nuestros días
perteneciente a la tradición analítica: John
Searle. Para este autor estadounidense el dualismo está
incrustado de una manera singular en el modo en que enfocamos
nuestra manera de pensar en Occidente 41.
Finalmente, la sugerencia se encamina a proponer la
recuperación de la noción de vida en estos estudios
interdisciplinares entre Neurociencia y Filosofía. Este
concepto ha sido desarrollado muy agudamente por algunos
filósofos alemanes a lo largo del siglo pasado 42. No pretendo
hacer un resumen detallado de todo ese concepto sino
sencillamente apuntar algunas características que
diferencian al hombre de los animales y que le posibilita las
actividades que realiza 43.
Los animales a diferencia del hombre tienen una
posición central en sus posibilidades relacionales con el
mundo circundante (Umwelt). Tienen, en primer lugar, el
mundo que advierten perceptivamente (Merkwelt);
también tienen además el mundo circundante al que
tienden (Wirkwelt). Aquí se mueve en ambos casos su
ámbito de acción. El hombre, por el contrario, en
los estados perceptivos y tendenciales se muestra mucho
más abierto y amplio. De alguna manera se puede decir que
el ser humano ha dejado de lado ese “centramiento” de
su vida relacional característico de la vida animal. Y
como señala Spaemann repetidamente, este descentramiento
acontece con el paso decisivo del descubrimiento del Otro, que es
simultáneo al descubrimiento de sí mismo y que
constituye el fundamento primero de su vida social 44. De esta manera,
el hombre no tiene propiamente Umwelt, mundo circundante,
sino que tiene Welt, mundo relacional, apertura al mundo.
Max Scheler nos ha dejado constancia en palabras inolvidables de
esa apertura humana: “Pero, ¿qué es este
‘espíritu’, este nuevo principio tan
decisivo? Pocas veces se han cometido tantos desafueros con una
palabra —una palabra bajo la cual sólo pocos piensan
algo preciso. Si colocamos en el ápice del concepto de
espíritu una función particular de conocimiento,
una clase de saber que sólo el espíritu puede dar,
entonces la propiedad fundamental de un ser
‘espiritual’ en su independencia, libertad o
autonomía existencial —o la del centro de su
existencia— frente a los lazos y a la presión de
lo orgánico, de la ‘vida’, de todo
lo que pertenece a la ‘vida’ y por ende
también a la inteligencia impulsiva propia de ésta.
Semejante ser ‘espiritual’ ya no está
vinculado a sus impulsos, ni al mundo circundante
(Umwelt), sino que es ‘libre frente al mundo
circundante’, está abierto al mundo
(weltgeöffnet), según expresión que nos
place usar. Semejante ser espiritual tiene ‘mundo’
(Welt)” 45.
Notas
(1) Giménez
Amaya, J.M., Sánchez-Migallón, S., De la
Neurociencia a la Neuroética. Narrativa histórica y
reflexión filosófica, Eunsa, Pamplona 2010.
Cfr. Sánchez-Migallón, S., Giménez Amaya, J.
M., “Neuroética”, en Fernández
Labastida, F., Mercado, J. A. (eds.), Philosophica:
Enciclopedia filosófica on line:
http://www.philosophica.info/archivo/2009/voces/neuroetica/Neuroetica.html
(2) Remito al
lector interesado a nuestros trabajos: Giménez-Amaya,
J.M., Murillo, J.I., “Mente y cerebro en la neurociencia
contemporánea. Una aproximación a su estudio
interdisciplinar”, Scripta Theologica 39 (2007), pp.
607-635; Giménez-Amaya, J.M., Murillo, J.I.,
“Neurociencia y libertad: una aproximación
interdisciplinar”, Scripta Theologica, 41 (2009),
pp. 13-46.
(3) Cfr. Molnar,
Z., “Thomas Willis (1621-1675), the founder of clinical
neuroscience”, Nature Reviews Neuroscience 5 (2004),
pp. 329-335; Potter, R., The Greatest Benefit to Mankind. A
Medical History of Humanity from Antiquity to the Present,
Fontana Press, London 1997, pp. 241-244.
(4) Cfr. Rosell,
A., De las Heras, S., Giménez-Amaya, J.M.,
“Neurociencia: ejemplo del abordaje multidisciplinar como
estrategia eficaz en la investigación
científica”, Revista de Neurología, 27
(1998), pp. 1071-1073.
(5) Cfr.
MacIntyre, A., God, Philosophy, Universities: A Selective
History of the Catholic Philosophical Tradition, Rowman &
Littlefield Publishers Inc., Lanham, Maryland 2009, pp.
173-180.
(6) En esta breve
exposición filosófica introductoria sigo a Murillo,
J.M., voz “Antropología”, en Izquierdo, C.,
Burgraff, J., Arocena, F.M. (eds.) , Diccionario de
Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 29-49.
(7) Cfr.
Giménez-Amaya, J. M., Murillo, J. I., “Mente y
cerebro ...”.
(8) Cfr.
Giménez Amaya, J. M., Sánchez-Migallón, S.,
De la Neurociencia...
(9) Sigo en esto
al Profesor James J. Gray del Department of Psychology de la
American University en Washington, D.C.
(10) Como
trabajos interesantes a consultar de Libet y su grupo se pueden
ver los siguientes: Libet., B., Whright, E.W., Gleason, C.A.,
“Readiness potentials preceding unrestricted spontaneous
pre-planned voluntary acts”, Electroencephalography
& Clinical Neurophysiology, 54 (1982), pp. 322-325.;
Libet, B., Gleason, C.A., Whright, E.W., Pearl, D.K., “Time
of conscious intention to act in relation to onset of cerebral
activity (readiness-potential). The unconscious initiative of a
freely voluntary action”, Brain, 106 (1983), pp.
623-642; Libet, B., Whright, E.W., Gleason, C.A.,
“Preparation or intention-to-act, in relation to pre-event
potentials recorded at the vertex”,
Electroencephalography & Clinical Neurophysiology, 56
(1983), pp. 367-72. En torno a este tema, Libet ha publicado
también otros artículos posteriores, como por
ejemplo: Libet, B., “Unconscious cerebral initiative and
the role of conscious will in voluntary action”,
Behavioral and Brain Sciences, 8 (1985), pp. 529-566;
Libet, B., “Do We Have Free Will?”, Journal of
Consciousness Studies, 6 (1999), pp. 47-57.
(11) Como
trabajos interesantes a consultar de Haggard y su grupo se pueden
ver los siguientes: Haggard, P., Eimer, M., “On the
relation between brain potentials and the awareness of voluntary
movements”, Experimental Brain Research, 126 (1999),
pp. 128-133; Haggard, P., “Conscious intention and motor
cognition”, Trends in Cognitive Scence, 9 (2005),
pp. 290-295; Haggard, P., “Human volition: towards a
neuroscience of will”, Nature Reviews Neuroscience,
9 (2008), pp. 934-946.
(12) Para
algunos ejemplos muy actuales se pueden consultar los siguientes
trabajos: Koten, J.W. Jr., Wood, G., Hagoort, P., Goebel, R.,
Propping, P., Willmes, K., Boomsma, D.I., “Genetic
contribution to variation in cognitive function: an FMRI study in
twins”, Science 323 (2009), pp. 1737-1740.; Canessa,
N., Motterlini, M., Di Dio, C., Perani, D., Scifo, P., Cappa,
S.F., Rizzolatti, G., “Understanding Others’ Regret:
A fMRI Study”, PLoS ONE, 4 (2009), e0007402.
doi:10.1371/journal.pone.0007402; Harris, S., Kaplan, J.T.,
Curiel, A., Bookheimer, S.Y., Iacoboni, M., Cohen, M.S.,
“The Neural Correlates of Religious and Nonreligious
Belief”, PLoS ONE, 4 (2009), e0007272.
doi:10.1371/journal.pone.0007272.
(13) Cfr. Soon,
C.S., Brass, M., Heinze, H. J, Haynes, J.D, “Unconscious
determinants of free decisions in the human brain”,
Nature Neuroscience, 11 (2008), pp. 543-545.
(14) 29 de
abril de 2008; Murillo, J.I., Giménez-Amaya, J.M.,
“Tiempo, conciencia y libertad: consideraciones en torno a
los experimentos de B. Libet y colaboradores”, Acta
Philosophica, 17 (2008), pp. 291-306. Cfr. Giménez
Amaya, J.M., Murillo, J.I., “Libertad anticipada”, en
Acienciacierta, http://www.unav.es/acienciacierta.
(15) Cfr.
Haggard, P., “Human volition: ...”.
(16) Las
cortezas cerebrales asociativas multimodales son aquellas
porciones de la corteza cerebral que integran información
sensorial de varias modalidades: visión, audición,
somatosensorial ... Son las más desarrolladas en la especie
humana.
(17) Cfr.
Benninghoff, A., Drenckhahn, D., Anatomie (Band II),
Elsevier, München 2004, pp. 538-546.
(18) Cfr.
Kilner, J.M., Vargas, C., Duval, S., Blakemore, S.J., Sirigu, A.,
“Motor activation prior to observation of a predicted
movement”, Nature Neuroscience, 7 (2004), pp. 1299-1301.
Según estos autores: “Previous research has shown
that some of the same motor regions are activated both when
performing and when observing a movement. Here we demonstrate in
human subjects that such motor activity also occurs prior to
observing someone else’s action. This suggests that the
mere knowledge of an upcoming movement is sufficient to excite
one’s own motor system, enabling people to anticipate,
rather than react to, others’ actions”. El
subrayado es mio.
(19) Cfr.
Baars, B.J., Gage, N.M., Cognition, Brain, and Consciousness.
Introduction to Cognitive Neuroscience, Elsevier, San Diego
2007, pp. 225-253.
(20) Cfr.
Baars, B.J., Gage, N.M., Cognition, Brain,... p. 242.
(21) Cfr.
Baars, B.J., Gage, N.M., Cognition, Brain,... p. 242.
(22) Cfr.
Scheler, M., Formalism in ethics and non-formal ethics of
values, section II, Northwestern University Press, 1985.
(23) Cfr.
Fuchs, T., “Ethical issues in neuroscience”, Current Opinion in
Psychiatry, 19 (2006), pp. 600-607.
(24) Cfr.
Illes, J., Racine, E., “Imaging or imagining? A neuroethics
challenge informed bygenetics”, American Journal of
Bioethics, 5 (2005), pp. 5-18.
(25) Cfr.
Lieberman, M. D., Williams K. D., “Does rejection hurt? An
fMRI study of social exclusion”, Science, 302
(2003), pp. 290-292.
(26) Cfr.
Fuchs, T., “Ethical issues in ...”, p. 601; y
también en esa misma línea argumental véase
O’Shea, M., The Brain. A Very Short Introduction,
Oxford University Press, New York 2005, pp. 122-124.
(27) Conviene
recordar aquí las palabras de M. Nussbaum en La
fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la
filosofía griega, Visor, Madrid 1995, p. 343:
“La cuestión fundamental que nos hemos planteado es
en qué medida y de qué modo el mundo nos afecta (o
debe afectarnos) en nuestro intento de vivir una vida
valiosa”.
(28) Sigo en
esto a Llano, A., “El ser coincidental en la ética
de Aristóteles”, Tópicos, 30 (2006),
pp.55-80.
(29) Cfr.
Llano, A., “El ser coincidental ...”, p. 60.
(30) Cfr.
Llano, A., “El ser coincidental ...”, p. 63.
(31) Cfr.
Rodríguez Duplá, L., “Mors certa.
Sobre la teoría scheleriana de la muerte”, en
Cordovilla, A., Sánchez Caro, J.M., Del Cura, S. (Dirs.),
Dios y el hombre en Cristo. Homenaje al Prof. Dr. Olegario
González de Cardedal, Sígueme, Salamanca 2006,
pp.585-606.
(32) Cfr.
Rodríguez Duplá, L., “Mors certa
...”, p. 595.
(33) Cfr.
Landsberg, P.L., Essai su l’expérience de la mort,
Desclée de Brouwer, París 1936, p. 13. El subrayado
es nuestro.
(34) En la
exposición sobre la libertad que realizo a
continuación soy muy deudor del trabajo de
Rodríguez Duplá, L., “Sobre el sentido
cristiano de la libertad”, Collectanea Scientifica
Compostellana, 24 (2007), pp.327-341.
(35) Cfr.
Berlin, I., Cuatro ensayos sobre la libertad, Alianza,
Madrid 1988.
(36) Cfr.
Scheler, M., Ordo Amoris, Caparrós Editores, Madrid
1996.
(37) Cfr.
Platón, Diálogos II, Gredos, Madrid 1983. En
nuestro trabajo Giménez-Amaya, J.M., Murillo, J.I.,
“Neurociencia y libertad ...” decíamos:
“Uno de los pasajes más memorables de la historia de
la Filosofía es la discusión entre Sócrates
y un joven llamado Polo en el Gorgias de Platón.
Éste último está convencido que nadie puede
ser más envidiado que el tirano, porque sólo
él puede hacer lo que le viene en gana. Sin embargo,
sorprendentemente, Sócrates señala que el tirano no
es en realidad poderoso, porque aunque hace lo que se le antoja
no hace lo que realmente quiere. Y, como comenta muy
acertadamente Rodríguez Duplá, a todos no es
conocida la experiencia de dejar de querer algo por haber
descubierto cosas nuevas que antes se ignoraban: en otras
palabras, podemos querer cosas que, de estar mejor informados, no
querríamos de ninguna manera. Y esto es lo que en
opinión de Sócrates le ocurre al tirano. El tirano
es un pobre ignorante; y por eso quiere aparentemente lo que no
quiere de verdad: en realidad no se da cuenta que cometer una
injusticia es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. Todo ello
es una monumental desgracia del infortunado tirano, que de
haberlo sabido lo intentaría evitar a toda
costa”.
(38) Cfr.
Oakes, E.T., “The achievement of Alasdair MacIntyre”,
First Things, 65 (1996), pp. 22-26.
(39) Cfr.
Murillo, J.I., Giménez-Amaya, J.M., “Tiempo,
conciencia ...”.
(40) El texto
inglés esta atribuido a Alasdair MacIntyre y es citado por
N. Fearn, Philosophy. The latest answers to the oldest
questions, Atlantic Books, London 2006, p. 131. La cita en
inglés es como sigue: “(Relativism, like
skepticism), is one of those doctrines that have by now been
refuted a number of times too often. Nothing is perhaps a surer
sign that a doctrine embodies some not-to-be neglected truth than
that in the course of the history of philosophy it should have
been refuted again and again. Genuinely refutable doctrines only
need to be refuted once”.
(41) Cfr.
Searle, J.R., “Towards a Science of
Consciousness”. Conferencia impartida en 2006 en el
Center for Consciousness de la Universidad de Arizona en Tucson,
Arizona, Estados Unidos. Recogida en el programa “The
Philosopher’s Zone” de la ABC National Radio de
Australia el 20 de enero de 2007. La transcripción del
texto realizada por la propia emisora australiana es como sigue:
“(...) dualism is more pervasive than I had realised. I
always thought that it was a peculiar feature of our intellectual
tradition (...). But in any case, I thought Cartesianism is more
widespread; it does seem to come very naturally to people to
think that they are both a mind and a body”.
(42)
Véase, por ejemplo, Jonas, H., El principio vida: hacia
una biología filosófica, Editorial Trotta,
Madrid 2000; Spaemann, R., Lo natural y lo racional: ensayos
de antropología, Rialp, Madrid 1987; Scheler, M.,
El puesto del hombre en el cosmos, Alba, Barcelona
2000.
(43) Soy deudor
en la exposición que sigue del trabajo de Palacios, J.M.,
“Sobre la esencia de la libertad humana”, Torre de
los Lujanes 32 (1996), pp. 27-35.
(44) Cfr.
Spaemann, R., Personas: acerca de la distinción entre
“algo” y “alguien”, Eunsa, Pamplona
2000; Rodríguez Duplá, L., “Los fundamentos
del ser social”, Pérez de Laborda, A. (ed.), Dios
para pensar, Publicaciones de la Facultad de Teología
San Dámaso, Madrid 2002, pp. 49-69.
(45) Cfr.
Scheler, M., El puesto del hombre en el cosmos, II (GW 9, 31-32)
(trad. Juan Miguel Palacios).
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