¿Dios en el cerebro?
Luis María Gonzalo Sanz
Publicado en Aceprensa, servicio 016/07, 14-02-2007.
http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=13393
De un tiempo a esta parte no es infrecuente encontrarse
artículos, tanto en revistas científicas como de
divulgación, con títulos como éstos:
-
God on the brain (Dios en el cerebro)1
The "God" part of the brain (Dios parte del cerebro)2
Neurotheology (Neuroteología)3
Biological basis of spirituality (Base biológica de la
espiritualidad)4
Tal como los títulos hacen suponer, los autores, basados
en observaciones clínicas y experimentales, suponen que
las experiencias religiosas, atribuidas por la gente al
diálogo con Dios, son debidas a fenómenos
neurológicos de nuestro cerebro. La conclusión que
suelen sacar es que no es Dios el autor de tales
fenómenos sino nuestro cerebro, en definitiva, que no es
Dios quien nos ha creado sino nosotros los que creamos a Dios.
Veamos cuales son las experiencias en que se basan.
Cerebro y experiencias religiosas
Los neurólogos vienen observando que los
epilépticos, con focos epileptógenos en el
lóbulo temporal, perciben escenas (en el aura que suele
preceder a los ataques) y alucinaciones, que reproducen de forma
más o menos distorsionada hechos vividos con
anterioridad. Es conocido el caso descrito por Penfield5. Se trataba de una
joven de 14 años, que padecía ataques
epilépticos. El aura más frecuente era una
alucinación, que le hacía revivir uan escena
ocurrida hacía 7 años. Era la siguiente: Un
día de primavera, iba andando con sus hermanos
pequeños por el campo. En un momento determinado, un
hombre se acercó por detrás, sin que ella lo
advirtiera, y le dijo: ¿quieres que te meta en este saco
con los caracoles? Ella se llevó un tremendo susto y
echó a correr, pidiendo auxilio. A partir de los 11
años en que comenzaron los ataques epilépticos.
éstos iban precedidos con gran frecuencia de la
alucinación descrita.
Como la epilepsia de esta muchacha respondía mal al
tratamiento farmacológico, se vio conveniente la
intervención neuroquirúrgica para extirpar el foco
epileptógeno (que la exploración
neurológica situaba en el lóbulo temporal
derecho). Penfield fue el encargado de la operación. Bajo
anestesia local, hizo una craniotomía temporal en el lado
derecho, incidió la duramadre y puso al descubierto una
serie de adherencias entre la aracnoides y la duramadre a nivel
de la primera circunvolución temporal. Eran restos de una
antigua hemorragia, que protruían y presionaban la
corteza temporal subyacente, y eran los responsables de los
ataques epilépticos. Como la muchacha estaba consciente y
podía referir las sensaciones y alucinaciones que
percibía, Penfield estimuló con un fino electrodo
las zonas próximas al foco epileptógeno y la
respuesta, en varios de los puntos estimulados, fue la
alucinación de los caracoles.
Michael Persinger6 es uno de los neurólogos, que ha
recogido de sus pacientes con epilepsia temporal relatos de
alucinaciones de tipo religioso. Dos de los relatos
frecuentemente aludidos son los de Rudi Affolter y de Gwen Tihe,
ambos padecían epilepsia temporal. Él es ateo y
cuenta que experimenta alucinaciones como si realmente se
estuviera muriendo. Ella es cristiana y la alucinación
que padece es que da a luz a Jesucristo.
Algunos han querido reproducir experimentalmente estas auras
epilépticas mediante estimulación de la corteza
temporal. Michael Persinger lo hacía con un campo
magnético de débil intensidad y los sujetos de
experimentación referían que notaban como si en la
habitación en que se encontraban hubiera algún ser
no corporal, experimentaban a veces una iluminación
repentina, o temor espiritual, pérdida de la
noción de tiempo, etc. Por su parte, un investigador
suizo, mediante "electric zaps" a la altura del gyrus angularis
(zona de confluencia del lóbulo temporal y el
lóbulo parietal), aplicados a una epiléptica,
ésta experimentaba la sensación de "fuera del
cuerpo" a la que enseguida me voy a referir.
Si la epilepsia temporal produce experiencias religiosas,
algunos autores han pensado que las experiencias místicas
de ciertos santos, como San Pablo, Juana de Arco, Santa Teresa
de Jesús, etc. posiblemente fueron provocadas por el
"pequeño mal" (ataques epilépticos
débiles), es decir que lo que se atribuye a una
unión mística con Dios se reduce, según
ellos, a una actividad patológica de la corteza cerebral.
Se cita el caso de Ellen White (nacida en 1827), quien a la edad
de 9 años padeció un traumatismo
craneoencefálico, que provocó un cambio de su
personalidad y comenzó a tener visiones religiosas.
Éstas le llevaron a fundar el Movimiento Adventista del
Séptimo Dia
Otra fuente de información, para conocer la
génesis de las experiencias religiosas, la ofrece la
neuroimagen, en sujetos que hacen meditación. La
neuroimagen, ya sea la PET (Positron Emission Tomography) o bien
la RMf (Resonancia Magnética funcional) permite conocer
cuales son las áreas o centros nerviosos que se activan
cuando realizamos actividades físicas o intelectuales.
Newberg y col.7
han registrado las áreas cerebrales que se activaban en
14 monjes budistas tibetanos y en M. Baime (que desde los 14
años hace meditación zen). Algo parecido ha hecho
Austin8
valiéndose asimismo de monjes tibetanos. En todos estos
casos se vio que se activaba el lóbulo temporal mientras
que en el lóbulo parietal disminuía la actividad.
Como el lóbulo parietal tiene que ver con la
orientación espacio-temporal, concluyen que la
sensación de levitación, de estar fuera del
espacio y del tiempo, que suelen experimentar los
místicos, se debe a la falta de actividad de este
lóbulo.
El Gen de Dios
En 2004, Dean Hamer publicó (ed. Double Day) un libro
titulado: "The God gene", libro, que a finales de 2006, la
editorial Esfera de los Libros, lo ha publicado en
español. El núcleo del libro lo constituye el
trabajo experimental que Hamer y colaboradores hicieron con un
grupo de sujetos. Buscaron si en aquellos que mostraban mayor
inclinación a la "self transcendence", al misticismo (en
la significación que Hamer da a este término:
facilidad para salir de sí mismo, sensación de
estar en conexión con un amplio universo y con una mente
abierta a sucesos no fácilmente explicables) alguna
modificación genética en alguno de los 10 genes
que investigaron. El resultado fue que en los individuos con
mayor tendencia al misticismo aparecía, con más
frecuencia que en los demás, una variante en el gen VMAT2
(variante 3305). Esa variante implicaba un aumento en el
número de receptores monoaminérgicos, alguno de
los cuales favorece la "self transcendence". A ese gen es al que
ha denominado el "gen de Dios". A pesar de que la propaganda del
libro hace notar que el autor es uno de los más
prestigiosos genetistas mundiales, una lectura objetiva de lo
que Hamer nos cuenta, no puede menos de detectar graves lagunas
e imprecisiones. En primer lugar, que cualquier función
cerebral, aunque sea de escasa importancia, está
controlada por bastantes genes y el "Gen de Dios" no va a ser
único que interviene en esa importante misión. En
segundo lugar, los neurotransmisores a los que alude
desempeñan múltiples funciones según el
centro nervioso en el que se liberan y, desde luego, no se puede
hablar de que produzcan experiencias místicas. Con
más propiedad que "gen de Dios" se podría hablar
de "drogas de Dios" pues hay varias sustancias
psicodélicas que producen la sensación de la "self
transcendece" de la que habla Hamer.
Este genetista, ya publicó en 1993 un trabajo
sensacionalista hablando del gen de la gaycidad. Según
él, en los gays se encuentra con frecuencia una variante
en el gen Xg28, localizada en el brazo largo del cromosoma X.
Tales resultados los quisieron replicar varios genetistas (entre
otros George Ebers, de la Unirersidad Western de Ontario y N.
Rish) y no pudieron confirmar los resultados de Hamer, que tuvo
que decir que los suyos eran preliminares y que el componente
genético sólo representaba entre un 5 y un 8% en
la inclinación hacia la homosexualidad.
En este último trabajo se cura en salud diciendo que
además de su gen, posiblemente habrá otros
más, que también influyan en la personalidad "self
transcedent" y que al hablar del "Gen de Dios" no niega la
existencia de Dios. Más bien podría probarla en
cuanto que hay un gen que favorece la inclinación a las
cosas trascendentes.
Cómo se explican, neurológicamente, las
experiencias religiosas.
En la meditación (me voy a referir a la cristiana, que
entre los occidentales es la habitual) siempre se parte de la
consideración de escenas de la vida de nuestro
Señor, o de experiencias vividas. Tal
consideración supone la activación de los centros
de la memoria (cara medial del lóbulo temporal), y esos
recuerdos activan a su vez las áreas de la corteza
prefrontal y de la amígdala, relacionadas con el mundo
afectivo-emotivo. Estas activaciones son las que observan los
que han registran la actividad cerebral durante la
meditación. Naturalmente, la intensidad de
activación de todos esos centros corticales varía
según la fuerza con que se viven las escenas que han sido
traídas a la memoria. Es lo mismo que ocurre
cuándo, en vez de considerar motivos religiosos, se
recuerdan hechos de la vida pasada. En ello no hay nada
extraordinario y es que "la experiencia religiosa" entra en la
categoría de los fenómenos de la vida ordinaria.
Algo distinto es el caso de los místicos, que no por
esfuerzo personal sino porque son arrebatados por Dios, llegan
al estado unitivo con nuestro Creador. Estos éxtasis,
lógicamente, no los experimentan todos aquellos que hacen
meditación sino muy pocos, los que Dios se lo concede
cuando quiere. Los místicos, desde luego, no se
prestarían a que registraran su actividad cerebral con
alguno de los métodos de neuroimagen. No lo
harían, por un lado, por humildad y, en segundo, porque
nadie sabe cuando pueden tener lugar. Además, por ocurrir
fuera del cuerpo, no se registraría ningún cambio
en la actividad bioeléctrica del cerebro. De aquí
que atribuir los éxtasis de algunos santos, como los
antes mencionados, al "pequeño mal", es querer explicar
todo bajo el punto de vista de la pura materia, negando a
priori cualquier hecho o intervención sobrenatural.
Explica, esta manera reduccionista de entender la vida, que los
científicos materialistas piensen que los que meditan o
rezan, procurando dirigirse a Dios, atribuyan a Dios lo que no
es más que un fenómeno natural. De ahí que
titulen algunos trabajos como mencionábamos al inicio de
este artículo: Dios en el cerebro, o Dios parte del
cerebro, y que mencionen este tipo de estudios como
Neuroteología, nombre que ya propuso Aldous Huxley en su
novela "Island".
Otro fenómeno que algunos relacionan con experiencias
religiosas es lo que se viene denominando "Out body experience"
(experiencia de fuera del cuerpo) al que brevemente me voy a
referir a continuación.
Sensación de "fuera del cuerpo"
La sensación de fuera del cuerpo la suelen describir los
que la han experimentado, como si su yo, o su alma, hubiera
salido del cuerpo, y que ven y observan las cosas, incluso el
propio cuerpo, desde fuera de él. También suele
ser corriente que describan la visión de una luz potente,
de vagar por el cosmos, de sentir una gran paz, etc. Susana
Blackmore9, que
ha estudiado este fenómeno, lo achaca a que, por la
razón que sea, no llegan a las áreas sensoriales
del cerebro los correspondientes impulsos, por lo que al faltar
la información de nuestro cuerpo y mantenerse la
capacidad de imaginar, de recordar, etc. se experimenta el "yo"
descorporeizado y como vagando en el espacio. Tales sensaciones
de "fuera del cuerpo" se dan con más frecuencia en los
epilépticos que en los sujetos normales, así como
en los que se encuentran en trance próximo a la muerte,
también los cardíacos, que fueron resucitados de
muerte clínica, lo suelen experimentar en un 12% de las
casos, según un estudio holandés.
Experiencias parecidas a "fuera del cuerpo" se tienen, a veces
durante el sueño REM, fase en que la relajación
muscular es máxima, y en la transición del estado
de duermevela al primer estadio del sueño. En todas estas
situaciones de relajación muscular, al llegar muy escasas
sensaciones propioceptivas al córtex de la sensibilidad
general, y, por otra parte, las sensaciones visuales,
acústicas, etc. están muy reducidas, se crea una
situación propicia para llegar a la sensación de
incorporeidad.
Lo que es falso es admitir, como algunos han hecho, que en
ciertos casos de "experiencia de fuera del cuerpo" haya habido
una muerte real y por tanto una separación alma-cuerpo.
A manera de conclusión
Los neurocientíficos ateos, al no admitir la existencia
de Dios, ni que el hombre sea un ser dotado de alma espiritual,
se ven obligados a una interpretación sesgada de los
hechos que trascienden la materia: tienen que explicar las
experiencias religiosas y el estado místico como simple
actividad del cerebro. Son, pues, según ellos, los que
meditan y los místicos quienes, a partir de unos simples
fenómenos neurobiológicos, crean a Dios. Es
habitual que los reduccionistas no se planteen si su postura es
acientífica, al admitir como única realidad la
materia, más bien sucede lo contrario, toman a los que,
además de la "fisis", piensan que existe lo
metafísico, como acientíficos, incluso de forma
velada los llegan a considerar retrasados mentales. No quieren
darse cuenta de que, para que fueran admitidas como
científicas sus conclusiones, tienen que demostrarlas
experimentalmente10, y son numerosos los hechos, no
sólo en lo que respecta a la actividad mental sino
también en la evolución, que no son capaces de
demostrarlos ni lo podrán demostrar desde su
visión reduccionista.
Notas
(1) Tucker L. God on the
brain. BBC, 2, Horizons, 20 marzo, 2003.
(2) Alper M. The "God"
part of the brain. Rogue Press 2001.
(3) Ford Ch.
Neurotheology: Which came first, God or the brain. Biology, 103,
Serendip, 1991.
(4) Ashbrook JB,
Albright R. The humanizing brain: Where Religion and
Neuroscience meet. Pilgrim, 1999.
(5) Penfield W. The
excitable cortex in conscious man. Liberpool Univ. Press,
1958.
(6) Persinger M.
Neuropsychological basis of God beliefs. Praeger Publishers,
1987.
(7) Newberg A,
d’Aquili E, Rause V. Why God won’t go away: Brain,
Science and Biology of Belief. Ballantine Books, 2001.
(8) Austin JH. Zen and
the brain: Toward an understanding of meditation and
consciousness. MIT Press, 1999.
(9) Blackmore S.
Near-death experiences: in or out of the body. Skeptical
Inquirer 1991; 16: 34-45.
(10) Popper K. The
logic of scientific discovery. Nueva York, Harper & Row,
1968.
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