Darwin y la teoría de la
evolución
Carlos A. Marmelada
carlosalbertomarmelada@yahoo.es
Febrero 2009
Ninguna teoría científica ha hecho correr tanta
tinta como la teoría de la evolución. Desde que en
1859 Charles Robert Darwin publicó su famoso libro titulado
El origen de las especies la polémica en torno al
alcance y los límites de esta teoría no ha dejado de
ser objeto de airado debate. Dentro de la ciencia
prácticamente nadie duda de la realidad del hecho evolutivo,
lo que se discute es cómo se produce la evolución,
cuáles son sus causas, de qué manera se ha ido
desarrollando, si ha sido de forma lenta y gradual o a
través de saltos bruscos que se han dado en momentos
puntuales. Pero las discusiones más agrias se han producido
más allá de la ciencia. No hay duda alguna de que en
la actualidad uno de los debates más intensos entre ciencia
y religión es el que hace referencia a la compatibilidad
entre la teoría científica de la evolución y
la doctrina religiosa de la creación. 150 años
después de la publicación de la citada obra de Darwin
los debates siguen tan abiertos como entonces; quizás,
incluso, con mayor vigor y con una vitalidad renovada.
Detrás de la obra está el autor. Pero ...
¿quién fue realmente Charles Darwin? Su teoría
científica fue utilizada bien pronto como arma arrojadiza
contra la religión. ¿Cuál fue su
intención? ¿Sólo aspiraba a establecer una
teoría científica alternativa al fijismo imperante o
también pensaba que estaba aportando pruebas
científicas a favor del ateísmo?
En 1809 Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet (1744-1829),
más conocido como el Caballero de Lamarck, publicaba el
libro en el expuso sus teorías evolucionistas: La
philosophie zoologique. El 12 de febrero de ese mismo
año nacía Charles Robert Darwin; y lo hacía en
el seno de una familia acomodada de Shrewsbury, capital del condado
de Shropshire, al oeste de Inglaterra y cerca del País de
Gales. Fue el quinto de seis hermanos, cuatro chicas y dos chicos.
Su padre, Robert Waring Darwin (1766-1848) era, un médico de
gran prestigio, lo mismo que su abuelo paterno Erasmus Darwin
(1731-1802), quien había escrito un poema en el que apostaba
por una visión evolutiva de la vida. Su madre, Susannah
Wedgwood (1765-1817), era hija de Josiah Wedgwood I, un ceramista
famoso de Maer que había triunfado con el inicio de la
revolución industrial.
Por voluntad expresa de su madre, para realizar los primeros
estudios ingresó en la escuela Unitaria del reverendo Case.
Pero la muerte prematura de Susannah Wedgwood en 1817 llevó
al señor Darwin a tomar la decisión de trasladar a su
hijo al internado del Dr. Butler. Darwin nunca fue un alumno
brillante. En la enseñanza básica sus notas fueron
normales y en su paso por la universidad tampoco logró
destacar académicamente. La realidad es que fue un
estudiante normal y corriente.
La ilusión del Sr. Darwin era que sus dos hijos fueran
médicos, por eso los envió a estudiar medicina a la
prestigiosa Universidad de Edimburgo. Charles se trasladó
allí a finales de 1825, su hermano había ido antes.
El joven Darwin se dio cuenta bien pronto que él no estaba
hecho para eso. Las clases le resultaban extremadamente aburridas;
pero lo peor era cuando tenía que asistir a alguna
operación; no hay que olvidar que en aquella época se
hacían sin anestesia. Tan solo asistió a dos, pero la
segunda le marcó definitivamente, se trataba del a
operación de un niño; esa experiencia le
resultó tan traumatizante que descartó de forma
definitiva esta profesión, aunque continuó en
Edimburgo el resto del curso. Sin embargo, no todo fue malgastar el
tiempo; allí conoció al naturalista Robert Edmond
Grant (1793-1874), un evolucionista seguidor de Lamarck que le
reavivó su pasión por la naturaleza
introduciéndole en diversas sociedades científicas de
Edimburgo. Fue por esas fechas cuando Darwin impartió su
primera conferencia científica en los sótanos de la
Sociedad Plineana.
Grant le expuso a Darwin las doctrinas evolucionistas de Lamarck
y le recordó que su abuelo Erasmus también
había sido evolucionista. Pero a Darwin no le
convencían los argumentos de ninguno de los dos. Por
entonces Charles Darwin era fijista, es decir, opinaba que Dios
había creado todas las especies tal como se conocían
entonces y que las había distribuido por la Tierra de la
forma más conveniente para ellas. Sin embargo, era una
situación que no podía mantenerse por mucho tiempo.
Sus hermanas le ayudaron explicándole al padre la falta de
vocación del joven Darwin, principalmente debido a lo mal
que lo pasaba en el quirófano. Aunque descontento el
señor Robert Waring no tuvo más remedio que aceptar
la situación. Preocupado por el futuro de su hijo,
temía que se disipara en una vida disoluta, decidió
que estudiara teología en Cambridge a fin de que se
convirtiera en un párroco rural anglicano. Después de
pensárselo Darwin aceptó; dos fueron las razones que
le impulsaron a ello. Por una parte no le desagradaba dedicarse a
atender las necesidades espirituales de la gente y por otra, esta
profesión le dejaría tiempo más que suficiente
como para poder cultivar su gran afición: ser un
naturalista.
Darwin estuvo tres años en Cambridge. En enero de 1828
ingresó en el Christ’s College. Tampoco destacó
allí por la brillantez de sus notas. Prefería cazar,
montar a caballo o divertirse con el grupo de amigos que formaba el
“Club de los Glotones” (el Glotton Club), antes
que estudiar teología. A principios de 1831 aprobó el
examen de graduación sacando una de las mejores
calificaciones entre el grupo de alumnos que se presentaron a la
prueba para los que no aspiraba a nota. Con la perspectiva que da
el tiempo no deja de ser paradójico que Charles Darwin, el
hombre cuyas teorías científicas serían
utilizadas por algunos como base para fundamentar el ateísmo
naturalista, tuviera como única titulación
académica la licenciatura en teología; o, para ser
más exactos, Bachiller en artes.
El paso por Cambridge fue decisivo en la vida de Darwin. En esta
ilustre ciudad universitaria conoció amistades que le
marcarían profundamente; entre ellas destaca la de John
Stevens Henslow (1796-1861), un pastor anglicano y profesor de
botánica. Este eminente sacerdote científico le
acogió en su círculo más íntimo. Los
viernes celebraba en su casa una reunión de alumnos a los
que invitaba a cenar y después establecían tertulias
científicas. Henslow supo ver bien pronto las grandes
cualidades que encerraba Darwin como naturalista y que en el futuro
habrían de caracterizar la personalidad pública del
eminente científico británico. Unas cualidades que
hasta ese momento todavía no habían aflorado, y que
permanecían ocultas incluso al propio Darwin.
Durante el verano de 1838 estuvo haciendo una excursión
geológica por el País de Gales con Grant. Cuando
regresó a su casa a finales de agosto de 1831 se
encontró con una carta que, a corto plazo, le
cambiaría la vida y a la larga haría que cambiara la
visión que la ciencia y la sociedad tenía del
hombre.
La Marina Real Británica había decidió
enviar a uno de sus buques, el H. M. S. Beagle, a las aguas
de Sudamérica y a la Tierra del Fuego, para cartografiar las
costas, estudiar el calado de las aguas, medir la longitud de la
Tierra y recopilar toda clase de información que permitiera
elaborar cartas marinas mejores que las ya existentes. La
expedición estaría bajo el mando del capitán
Robert Fitz Roy y de hecho fueron las cartas marinas que
elaboró las que se usaron en la Primera Guerra Mundial para
que la flota británica buscara al crucero alemán
Dresden, escondido en una ensenada de Tierra del Fuego. El segundo
oficial al mando del Dresden era el teniente de navío
Wilhelm Canaris, futuro almirante y jefe de los servicios de
contraespionaje del III Reich, que acabaría siendo ejecutado
por conspirar contra Hitler.
En noviembre de de 1914 la división naval que comandaba
el Almirante Graf Von Spee había derrotado a una flota naval
británica frente a las costas de Coronel, en Chile. Durante
su intento de alcanzar Alemania viniendo del Pacífico Spee
necesitaba abastecerse de carbón, por lo que decidió
apoderarse del que había en las Malvinas. Al llegar a Port
Stanley se dio cuenta de que Churchill había reforzado la
flota británica con dos acorazados recién entrados en
servicio y mucho más poderosos de los que él
podía oponer. Aunque Spee intentó huir le dieron caza
hundiendo todas sus naves excepto el crucero Dresde que pudo
escapar gracias a que era un poco más rápido que sus
rivales, pero falto de carbón era impensable que pudiera
llegar a Alemania, por lo que su capitán decidió
refugiarse en Tierra del Fuego, ocultándose durante meses en
los recovecos de sus ensenadas, acabó siendo hundido en 1915
frente a las costas de Chile. Hay una anécdota curiosa sobre
esta cuestión: durante los meses de búsqueda en
Tierra del Fuego unos lugareños informaron de la
posición exacta del navío alemán con la
finalidad de cobrar la recompensa; sin embargo el Almirantazgo
británico desestimó esta información porque en
sus cartas navales, elaboradas a partir de los datos recabados por
Fitz Roy, el crucero debería de estar en lo alto de un
montículo.
¿Cómo fue a parar Darwin al H. M. S.
Beagle? Fitz Roy había pedido al Almirantazgo que le
concediera la posibilidad de elegir un acompañante,
debería de tratarse de una persona educada y agradable en el
trato, pero también un científico que se dedicara a
recoger información de carácter naturalista. Fitz Roy
era un creyente ferviente y quería encontrar las pruebas
empíricas del diluvio universal. Su idea era publicar, al
regreso, la historia del viaje junto con el estudio
científico de las muestras recogidas. Darwin no sería
el naturalista oficial de la expedición, ese honor
recaía sobre el médico, pero los celos acabaron por
vencerle y decidió abandonar el barco a mediados de 1832,
con lo que Darwin se quedó como único naturalista.
¿Cuál fue la razón por la que Fitz Roy
solicitó poder embarcar un acompañante? Las normas de
la Marina británica impedían que el oficial al mando
pudiera entablar amistad con los oficiales bajo su mando; es
más, el trato se debía reducir exclusivamente a
despachar las cuestiones de gobierno de la nave y a todo aquello
que estuviera relacionado con su misión, no podía
haber ningún otro tipo de trato, ni siquiera podían
mantener una conversación informal sobre temas
intrascendentes y mucho menos intimar conversando sobre
confidencias. El reglamento era muy estricto en este punto.
Además, los viajes duraban años, por lo que la
situación del capitán de la nave no era envidiable.
En estas circunstancias la petición de Fitz Roy era muy
razonable.
Henslow se enteró de todo esto y escribió a Darwin
animándole a que aprovechara aquella oportunidad
única, siendo él quien le escribió la carta
que recibió a finales de agosto. En un primer momento el
padre de Darwin se opuso, porque consideraba que este viaje era
indigno de alguien que iba a ser un clérigo, pero su
tío Josiah Wedgwood II le ayudó al convencer a su
cuñado para que le dejara machar. A primeros de septiembre
Darwin se entrevistó con Fitz Roy en la capital inglesa.
Darwin le causó muy buena impresión por lo que Fitz
Roy lo eleigió como acompañante. El 27 de diciembre
de 1831 el Beagle abandonaba el puerto Plymouth rumbo a
Brasil. Estaba prevista una escala en Santa Cruz de Tenerife, algo
que le hacía muchísima ilusión a Darwin, pues
era uno de sus sueños desde que había leído a
Humboldt. Pero no pudo ser, ya que poco antes de partir se produjo
un brote de peste en Londres, con lo que las autoridades
españolas exigían una cuarentena de doce días
a todos los embarcados en el Beagle antes de poder poner pie
en tierra. Fitz Roy no aceptó y ordenó zarpar al
día siguiente. Así es como terminó la aventura
española de Darwin.
Sin embargo sí que pudo desembarcar en Cabo Verde, donde
pasó unos días recogiendo muestras. En San Salvador
de Bahía y Río de Janeiro pudo apreciar la
exuberancia de la fauna y la flora tropical, algo que
recordaría con sumo agrado toda su vida, no en vano desde su
casa en Río podía disfrutar de la majestuosidad del
Corcovado. En Montevideo vivió un intento de
revolución y tuvo que empuñar las armas para defender
un fuerte cercano al puerto, aunque no necesitó utilizarlas.
En Argentina conoció al General Rosas, por aquel entonces
enfrascado en una campaña militar contra los indios de la
Pampa. Pocos años después de conocer a Darwin Rosas
llegaría a ser Presidente del país. Esta amistad le
sacó de un buen apuro cuando estalló una guerra civil
que le cogió entre dos fuegos a las puertas de Buenos Aires
y que le impedía regresar al Beagle. Un salvoconducto
expedido en nombre de Rosas le permitió entrar en la ciudad
e incorporarse a su navío.
Fue en Argentina donde descubrió esqueletos fosilizados
de animales prehistóricos gigantes en la misma zona en la
que existían otros similares pero de menor tamaño y
que luego serían aducidos como pruebas a favor de su
teoría de la evolución. Estos hallazgos realizados en
Bahía Blanca fueron, a corto plazo, más importantes
para su elaboración de la teoría de la
evolución que la posterior recolección de pinzones y
tortugas en las Galápagos.
El viaje de Darwin alrededor del mundo duró casi cinco
años. En Tierra del Fuego vivió un pequeño
tsunami, y su comportamiento heroico al arriesgar la vida para
salvar la barca que les permitiría salir de allí y
retornar al Beagle le valió la admiración del
capitán que, en agradecimiento, le puso su nombre a un monte
cercano a aquella playa. En Chile presenció un terremoto
espectacular que, junto a la expedición a los Andes, le
ayudó a comprender las transformaciones geológicas
que experimenta el relieve, algo que armonizaría con su
teoría de la evolución. Durante el regreso
pasaría por el archipiélago de las Galápagos,
en un principio no reparó en la variedad de especies de
pinzones y tortugas ubicadas cada una en islas diferentes, por lo
que no las empaquetó en cajas distintas. Sin embargo, las
diferencias entre los sinsontes sí que le llamaron la
atención.
Después de las Galápagos pasaron por numerosas
islas del Pacífico. A partir de su estudio lograría
elaborar una acertada teoría de la formación de los
atolones de coral. Algunos de los puntos en los que hicieron escala
fue Tahití, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica,
nuevamente Brasil y otra vez las Islas Azores. El destino del
Beagle era Londres, pero Darwin se moría de ganas de
ver a su familia lo más pronto posible; por lo que en cuanto
tocaron la costa británica Darwin puso pie en tierra, algo
que sucedió el 2 de octubre de 1836 (después de haber
dado la vuelta al mundo recorriendo más de 40.000 millas en
un viaje que había durado: cuatro años, nueve meses y
seis días). Cuando Darwin zarpó de Plymouth era un
joven de 22 que aspiraba a ser un científico respetable,
ahora regresaba un hombre de 27 años que antes de poner pie
en tierra ya se había ganado la fama y la admiración
de la comunidad científica británica al considerarlo
un geólogo reputado. Fue entonces cuando Darwin
descubrió que Henslow había estado leyendo
públicamente en diversas sociedades científicas las
cartas que le mandaba, con lo que la comunidad científica ya
estaba al corriente de sus descubrimientos en materia de
geología y también respecto a la gran labor
desarrollada a la hora de recomer miles de muestras de animales y
plantas de todo tipo.
Durante el viaje en el Beagle Darwin era fijista
así como un creyente devoto. Entonces ... ¿qué
es lo que le llevó a opinar que las especies se
transformaban dando lugar a otras nuevas? Como dijimos
anteriormente, durante su estancia en las Galápagos
recogió tortugas y pinzones sin anotar la isla de
procedencia, pensando que formaban grupos homogéneos; una
vez llegados a Londres estudiaron las muestras especialistas como
el ornitólogo John Gold o el paleontólogo y
anatomista Richard Owen quienes, a principios de 1837, le
aseguraron que en cada grupo había especies distintas.
Fue en marzo de ese mismo año cuando empezó a
poner por escrito sus ideas sobre la transmutación de las
especies. Empezó por el cuaderno B, al que siguieron otros
(C, D, E, etc...), el A trataba de geología. En septiembre
del año siguiente cayó en sus manos el libro del
economista político Thomas Malthus: Ensayo sobre el
principio de la población, publicado por primera vez en
1798. En este ensayo Malthus exponía su convencimiento de
que la humanidad estaba abocada a una gran crisis debido al aumento
de la población; de seguir creciendo al ritmo que
venía haciéndolo Malthus preveía que en el
futuro no habría recursos alimenticios suficientes para
todos y entonces comenzaría la competencia por la
supervivencia. En opinión de Malthus los grandes
responsables de todo esto eran las clases más humildes
puesto que se reproducían de una forma incontrolada.
Ahora bien, el libro también hablaba de poblaciones
vegetales y animales, afirmándose que todas las especies
tienen la tendencia a procrear más allá de los
recursos disponibles, de forma que sólo una parte de la
descendencia puede sobrevivir. Darwin acogió estas ideas con
entusiasmo ya que encajaban perfectamente en la visión de la
naturaleza que estaba naciendo en su mente. El libro de Malthus,
junto con la observación del trabajo que hacían los
ganaderos y los granjeros al seleccionar de un modo artificial los
caracteres que querían transmitir a sus descendientes, le
habían dado la clave para explicar el motor de la
evolución, que según Darwin, no era otro que la
selección natural de aquellas variaciones producidas al azar
que favorecían la supervivencia a través de una mejor
adaptación al medio.
La lectura de Charles Lyell, el geólogo más
afamado del momento, y sus propias experiencias a lo largo del
viaje en el Beagle, le habían hecho comprender que en
el mundo de los seres vivos podía suceder lo mismo que en la
geología: podían existir cambios graduales que se
desarrollarían a lo largo de grandes periodos de tiempo. Los
ejemplares de las Galápagos eran una muestra de la
transformación de las especies por adaptación al
medio y la lectura de Malthus le había proporcionado la
clave para explicar esa transformación: la selección
natural sería el mecanismo propuesto por Darwin como causa
explicativa de la evolución. Darwin ya tenía, pues,
los elementos fundamentales que caracterizarían su
pensamiento. Entonces ... ¿Por qué no publicó
sus ideas en aquel momento?
En 1839, veinte años antes de la aparición de
El origen de las especies, Darwin ya tenía bien claro
cuáles eran las bases de su teoría de la
evolución; sin embargo no se quiso precipitar en la
publicación de sus ideas. Era plenamente consciente de la
hostilidad con la que serían recibidas y de lo mucho que
podía perder. No le cabía ninguna duda, un solo
desliz y su brillante y prometedora carrera como científico
se iría al traste. No fue fácil para Darwin llevar en
secreto su cambio de interpretación de la naturaleza y del
lugar que ocupaba el hombre en ella. Sus dudas en materia de
religión se iban haciendo cada vez mayores
¿cómo encajar el relato bíblico de la
creación según el Génesis con la nueva
teoría que estaba alumbrando? Su esposa Emma Wedgwood (prima
hermana suya con la que se caso en Maer el 29 de enero de 1839,
después de haber elaborado una lista de pros y contras del
matrimonio) era una mujer profundamente religiosa y Darwin no
quería herir sus sentimientos, aunque Emma estuvo al
corriente en todo momento de la travesía intelectual que
estaba emprendiendo su marido.
La mayoría de los historiadores y biógrafos de
Darwin concuerdan con la idea de que su convencimiento del rechazo
que recibirían sus ideas por parte de la Iglesia anglicana y
del establishment intelectual y político afín
no sólo fue lo que frenó en aquel momento la
publicación de sus ideas, sino que le generó una
preocupación que acabaría desembocando en la
enfermedad que le acompañaría hasta su muerte.
En junio de 1842 había llegado al convencimiento de que
su teoría estaba lo suficientemente elaborada como para
escribir un breve esbozo de uso privado. En la primavera de 1844 el
texto había crecido hasta convertirse en un ensayo, en
donde, de una forma totalmente deliberada, Darwin evitó
cualquier referencia al origen del hombre y a la acción del
Creador. El libro se podría haber publicado, pero no quiso
hacerlo. Se lo confió a su esposa Emma junto con una carta
en la que le pedía que, en caso de fallecer, hiciera todo lo
posible por publicarlo, convencido de que su contenido sería
un gran bien para la ciencia. ¿Por qué no
publicó Darwin su ensayo en 1844? Estaba totalmente
convencido del rechazo social que experimentarían sus ideas
evolucionistas. Prueba de ello era que ese mismo año se
publicó un libro anónimo (luego se supo que el autor
era Robert Chambers, un periodista escocés interesado en
cuestiones científicas) titulado: Vestiges of the Natural
History of Creation, en el que se hacía una
apología del evolucionismo. Su contenido científico
era flojo y algunos de los mecanismos propuestos para explicar el
cambio evolutivo resultaban irrisorios. La geología y la
zoología de Vestiges le decepcionaron profundamente a
Darwin, aunque lo que más le sorprendió fue la
virulencia con la que se atacó esta obra. En líneas
generales las ideas expresadas en Vestiges eran parecidas a
las que sostenía Darwin, pero las de Vestige
adolecían de una base empírica sólida. Darwin
pasaría los siguientes quine años, entre otras cosas,
cultivando orquídeas y criando palomas para encontrar
más pruebas a favor de su teoría de la
transformación de las especies a través de la
selección natural de las variaciones aleatorias surgidas en
la descendencia con modificación.
En septiembre de 1855, el joven naturalista Alfred Russel
Wallace publicó un artículo en el que hablaba de la
transformación de las especies. A Darwin no le
inquietó. Pese a la insistencia de sus amigos Lyell
(geólogo) y Hooker (botánico), Darwin continuaba
siendo remiso a la publicación de un libro en el que
expusiera sus ideas. La situación cambió radicalmente
el 18 de junio de 1858. Ese día Darwin recibió un
breve manuscrito de Wallace (que entonces estaba trabajando en
Indonesia) acompañado de una carta. El manuscrito
contenía la exposición de la teoría de la
evolución por selección natural. Se le habían
adelantado. La cuestión se solventó con la
publicación conjunta de un artículo sobre el tema. A
continuación Darwin se puso a escribir a toda prisa un libro
en el que plasmó sus ideas aportando una gran cantidad de
datos a su favor. Había nacido El origen de las
especies.
La obra tuvo buena acogida; pero levantó una fuerte
polémica. Pese a que no hablaba del origen del hombre, a
nadie se le escapó que éste no era una
excepción en la naturaleza y que, según la
teoría propuesta por Darwin, los seres humanos
también deberían ser el fruto de la selección
natural y no el resultado de una creación divina. En este
sentido fue famoso el enfrentamiento que tuvieron en 1860 el obispo
Wilberforce y Thomas Henry Huxley (popularmente conocido como el
bulldog de Darwin). En 1871 Darwin publicó El origen del
hombre. En este libro se deja de remilgos y aplica su idea de
que la selección natural es la causa de la aparición
del hombre, al igual que lo ha sido de los demás vivientes.
También expone que los humanos no ocupan un lugar especial
en la naturaleza y que las facultades espirituales procedían
de la materia por evolución gradual. Paradójicamente
este libro no causó tanto revuelo como el de 1859. La
noción de una evolución en el reino viviente se
había ido imponiendo. Aunque Darwin creía que todo lo
que hay en nosotros tiene un origen biológico evolutivo
otros evolucionistas, y muy buenos amigos suyos, como Henslow, Asa
Gray o Wallace, opinaban que la inteligencia humana
respondía a un acto creativo de Dios.
Desde la muerte de Darwin, acaecida el 19 de abril de 1882,
hasta principios del siglo XX el darwinismo fue apagándose
lentamente. El no poder explicar los mecanismos de la herencia
parecía que condenaban a la teoría a su propia
extinción intelectual. Sin embargo el redescubrimiento de
los trabajos de Mendel, por parte de tres investigadores que
trabajaban independientemente: Hugo de Vries, Carl Correns y Erich
von Tschermak permitió crear la Genética moderna,
posibilitó a medio plazo, la resurrección del
darwinismo (aunque en un primer término pareció que
apoyaba al fijismo). Hugo de Vries propuso una nueva teoría
de la evolución, conocida como mutacionismo, que
esencialmente elimina a la selección natural como el proceso
principal en la evolución. El mutacionismo propuesto por de
Vries fue rechazado por muchos naturalistas contemporáneos y
también por los llamados biometristas. Según
éstos, la selección natural es la causa principal de
la evolución, a través de los efectos acumulativos de
variaciones pequeñas y continuas. Mutacionistas y
biometristas se enzarzaron, durante las dos primeras décadas
del siglo XX, en una agria polémica, centrada en la
cuestión de si las especies aparecen de forma repentina por
mutaciones importantes (cualitativas), o de manera gradual por
acumulación de variaciones pequeñas
(cuantitativas).
Hubo que esperar hasta la década de los treinta para que
se elaborara una teoría de la evolución que integrara
la aportación esencial de Darwin, la selección
natural como motor de la evolución, con la recién
descubierta herencia mendeliana. Los principales científicos
que llevaron a cabo la teoría sintética de la
evolución fueron: Theodosius Dobzhansky, George G.
Simpson y Ernst Mayr. En la teoría sintética,
también conocida como neodarwinismo, la
interrelación de la mutación, la recombinación
genética del ADN, la deriva genética, la
migración y la selección natural eran los factores
que daban pie a los cambios evolutivos en los seres vivos.
Pero la teoría sintética tendría que
hacer frente a ciertas objeciones; por un lado, en los años
sesenta, algunos matemáticos objetaban que no había
habido tiempo suficiente para que la evolución se hubiera
producido siguiendo los mecanismos descritos por Darwin, y, por
otro, el registro fósil presentaba unas discontinuidades que
no podían ser explicadas desde el gradualismo, por ello en
los años setenta del siglo pasado John Eldredge y Stephen
Jay Gould propusieron la teoría del equilibrio
puntuado. Según estos autores la evolución se
caracterizaría por largos periodos de tiempo estables,
estasis, alternados por breves lapsos (unos pocos milenios)
en los que los cambios se producirían de forma abrupta.
Según ellos esto casaría más con el registro
fósil. En la actualidad el debate entre el
gradualismo neodarwinista y el saltacionismo de Gould
y Eldredge sigue siendo objeto de discusión.
150 años después de su propuesta la teoría
de Darwin se ha convertido en el gran pilar de las ciencias de la
vida. Actualmente, y tal como decía Theodosius Dobzhansky,
en biología no hay nada que tenga sentido si no es a la luz
de la evolución. Algo que podría extenderse a las
ciencias biomédicas. Hoy en día la evolución
como hecho es aceptada por la inmensa mayoría de los
científicos. Lo que se cuestiona es si la selección
natural darwiniana tiene tanta incidencia en el hecho evolutivo
como suponía el naturalista inglés, hay quienes no
están de acuerdo en que la selección natural tenga un
papel tan determinante en el proceso evolutivo. Por esto, algunos
piden una nueva teoría de la evolución, una nueva
síntesis, que vaya más allá de la
propuesta por los neodarwinistas. Otros aducen que la
bioquímica presenta retos insalvables al darwinismo y abogan
por la existencia de un diseño inteligente en la naturaleza
capaz de ser descrito por los métodos de la ciencia, una
propuesta que está levantando debates muy acalorados. La
idea de que la vida se ha desplegado a lo largo del tiempo a
través de un proceso evolutivo es una conquista de la
ciencia que ya no tiene marcha atrás, como sucede con el big
bang en cosmología y el heliocentrismo en astronomía.
El mérito de Darwin consistió en ser el principal
artífice de que esta idea se impusiera con tanto vigor. De
todos modos la teoría de la evolución continúa
teniendo grandes retos que resolver. Aún no sabemos
cómo se originó la vida, cómo se pasó
de la célula procariota a la eucariota, El origen de los
reinos continúa siendo hipotético, y el que se hayan
desarrollado a partir de formas determinadas de vida primitiva no
pasa de ser una suposición más o menos coherente. Lo
mismo sucede al nivel siguiente, el de los filum. Los
orígenes de estos planes básicos de
organización de la vida son oscuros, y no vienen
garantizados por el registro fósil tal como lo entiende el
gradualismo.
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