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Astrónomo medieval
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Grandes debates entre ciencia y religión

Mariano Artigas
Seminario del Grupo Interdisciplinar Ciencia, razón y fe (CRYF)
Pamplona, 3 de marzo de 2005
Texto inédito. (1)

Texto Índice de diapositivas Presentación completa

Índice

1. La tesis del conflicto: Draper y White
2. El caso Galileo
2.1. Los descubrimientos astronómicos y el viaje a Roma en 1611
2.2. La condena del Copernicanismo en 1616
2.3. Urbano VIII y el argumento de la omnipotencia divina
2.4. El proceso de 1633
3. El origen de la ciencia moderna
4. Ciencia y religión hoy: los oráculos de la ciencia
4.1. Stephen Jay Gould y NOMA
4.2. Edward O. Wilson y la unidad del conocimiento
4.3. Stephen Hawking y el origen del universo
4.4. Peter Atkins y los límites de la ciencia
4.5. Richard Dawkins y el capellán del diablo
4.6. Carl Sagan y el cosmos
4.7. Steven Weinberg y el problema del mal
5. Ciencia y religión en diálogo

Hasta el siglo 19 nadie se planteaba que hubiera un conflicto entre ciencia y religión. Los pioneros de la ciencia moderna eran personas religiosas, y el mismo Galileo siempre se consideró católico. El avance de ideologías de tipo cientificista y materialista en la segunda mitad del siglo 18 llevó a las ideologías anti-religiosas del siglo 19, entre las que destacaron el positivismo y el marxismo. En este ambiente se formuló la tesis del conflicto entre ciencia y religión.

1. La tesis del conflicto: Draper y White

Dos libros publicados en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo 19, y traducidos en todo el mundo, formularon y defendieron la tesis del conflicto, según la cual a lo largo de la historia ha existido un continuo conflicto entre ciencia y religión. El primer libro, más breve, de John Willian Draper, publicado en 1864 (2) , tuvo numerosas ediciones también en España. El segundo, más amplio, fue publicado por Andrew Dickson White en 1896 (3) . Ambos libros han sido muy influyentes y se siguen publicando en la actualidad, contribuyendo a la persistencia de la tesis del conflicto (4) .

La tesis del conflicto se difundió ampliamente, pero es falsa. Se puede comprobar viendo lo que Draper y White dicen sobre el caso Galileo, que sin duda es el caso más importante de colisión entre ciencia y religión. Tanto Draper como White tratan del caso Galileo. Draper comete serias inexactitudes: afirma que el libro de Copérnico demostró la verdad del heliocentrismo, lo cual es falso (5) ; que los descubrimientos astronómicos de Galileo fueron denunciados y atacados por la religión, cuando en realidad fueron aceptados y, en su viaje a Roma en 1611, Galileo fue homenajeado triunfalmente por esos descubrimientos por parte de los eclesiásticos (6) ; dice que los jueces de Galileo sabían que Galileo tenía razón, y que Galileo estuvo en prisión, todo lo cual es igualmente falso (7) . White presume de establecer sus afirmaciones sobre documentos recientemente publicados, pero también comete serios errores: presenta sin razón los descubrimientos astronómicos de Galileo como si hubieran provocado una seria reacción por parte de los eclesiásticos (8) , y, de nuevo falsamente, afirma que Galileo fue repetidamente amenazado con la tortura y estuvo en prisión (9) .

La tesis del conflicto sigue estando en el ambiente. Sin embargo, los estudiosos están de acuerdo en que es falsa y no corresponde a los hechos históricos. La relación entre ciencia y religión ha sido muy amplia, variada y compleja en las diversas épocas, y con frecuencia ha sido positiva. Puede verse, por ejemplo:

John H. Brooke, Science and Religion: Some Historical Perspectives (Cambridge: Cambridge University Press, 1991).

C. A. Russell, The Conflict of Science and Religion, en: Science and Religion. A Historical Introduction, editado por G. B. Ferngren (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2002), pp. 3-12.

D. B. Wilson, The Historiography of Science and Religion, in: Science and Religion. A Historical Introduction, editado por G. B. Ferngren (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2002), pp. 13-29.

2. El caso Galileo

El caso Galileo sigue siendo el ejemplo paradigmático de la presunta oposición entre ciencia y religión. Sin embargo, con demasiada frecuencia se presenta envuelto en serias inexactitudes, lo cual se explica porque se suele utilizar con motivaciones partidistas para atacar a la Iglesia, pero también porque se trata de un caso muy largo y complejo, que con frecuencia es mal conocido incluso por autores católicos. Se encuentra una exposición amplia y al mismo tiempo clara en el libro: William R. Shea y Mariano Artigas, Galileo en Roma (Ediciones Encuentro, Madrid), Galileo in Rome (Oxford University Press, New York) (están anunciadas próximas ediciones en italiano, alemán, japonés y coreano). Vamos a ver algunos aspectos centrales del caso.

2.1. Los descubrimientos astronómicos y el viaje a Roma en 1611

En 1609-1610 Galileo realizó los grandes descubrimientos astronómicos que le hicieron famoso, utilizando el telescopio. Tenía 45 años (10) . En 1611 hizo un viaje a Roma (11) , con objeto de conseguir que sus descubrimientos, publicados en su libro Sidereus Nuncius (El mensajero de los cielos) (12) , fueran reconocidos en la capital del catolicismo. Lo consiguió plenamente. Fue un viaje casi oficial. Como primer matemático y filósofo del Gran Duque de Toscana vivió en el Palazzo Firenze, donde vivía el embajador de Toscana en Roma (13) (14) (15) , tuvo muchas reniones con todo tipo de personajes para que observaran sus descubrimientos con el telescopio, recibió un homenaje público en el Colegio Romano de los jesuitas (16) (17) , y fue recibido por el Papa Paulo V.

Los descubrimientos de Galileo (irregularidades de la Luna, los cuatro satélites de Júpiter, la multitud de estrellas, las fases de Venus, el entorno de Saturno) planteaban serias dificultades al geocentrismo de Ptotomeo y Aristóteles, generalmente admitido en la época. Pero no demostraban la verdad del heliocentrismo de Copérnico. Cabía la solución intermedia de Tycho Brahe, que seguía colocando a la Tierra inmóvil en el centro del mundo, al Sol (y a la Luna) girando alrededor de la Tierra, y a los planetas girando alrededor del Sol. Pronto surgieron críticas, sobre todo por parte de profesores aristotélicos de la Universidad. Pronto, también, los adversarios de Galileo introdujeron argumentos teológicos, diciendo que el heliocentrismo contradecía la interpretación literal y tradicional de una serie de pasajes de la Sagrada Escritura.

2.2. La condena del copernicanismo en 1616

Sin embargo, pronto surgieron problemas, en parte debido a la oposición de algunos aristotélicos, y en parte porque se fue advirtiendo que Galileo utilizaba sus descubrimientos para argumentar a favor del heliocentrismo. Pronto, también, algunos de los oponentes de Galileo empezaron a utilizar argumentos sacados de la Escritura para oponerse al heliocentrismo (18) .

El primer oponente fue Ludovico delle Colombe, en Florencia, del que se sabe poco. Galileo no le hizo caso. Llamaron a su grupo los pichones, porque en italiano colomba (plural colombe) significa paloma. Este grupo se propuso involucrar a algún eclesiástico que se opusiera a Galileo, y parece que lo consiguieron. Primero el dominico Nicolò Lorini, profesor de historia, hizo comentarios críticos. Luego, el también dominico Tommaso Caccini predicó desde el púlpito de Santa Maria Novella, una de las principales iglesias de Florencia. Por fin, el 25 de febrero de 1615, Lorini envió una denuncia contra Galileo a Roma, y el Santo Oficio comenzó una investigación. Lorini adjuntó copia de una larga carta de Galileo a Benedetto Castelli, donde Galileo defendía que el copernicanismo era compatible con la doctrina católica. Caccini se presentó voluntariamente para declarar en el Santo Oficio de Roma.

Las acusaciones no eran demasiado serias, y la investigación procedía lentamente. A pesar de ser secreta, Galileo supo que había sido denunciado, y fue a Roma con el propósito de defenderse y de evitar la condena del copernicanismo (19) . Más bien consiguió lo contrario. Mientras tanto, Galileo había ampliado su carta a Castelli, resultando la famosa carta a la Gran Duquesa Cristina de Lorena, madre del Gran Duque de Toscana, pero esa carta no fue publicada debido a las circunstancias.

Quizás temeroso de la actividad desplegada por Galileo en Roma, el Santo Oficio pidió la opinión de once teólogos, quienes unánimemente dictaminaron que el copernicanismo era una doctrina falsa y contraria a la doctrina católica. El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Índice publicó un decreto por el que se incluían en el Índice de libros prohibidos el libro de Copérnico y todos los libros que defendieran el copernicanismo, que era calificado como doctrina falsa y contraria a la Sagrada Escritura (no se llegaba a calificarla como herética). Previamente, el 26 de febrero, siguiendo instrucciones del Papa, el cardenal Roberto Belarmino comunicó a Galileo que debía abandonar esa doctrina. Galileo se mostró dispuesto, y fue recibido por el Papa Paulo V el 11 de marzo (20) . El 26 de mayo, a petición de Galileo, el cardenal Belarmino le proporcionó un escrito de su puño y letra explicando que Galileo no había tenido que abjurar nada, sino que solamente se le había comunicado la prohibición del copernicanismo.

2.3. Urbano VIII y el argumento de la omnipotencia divina

Desde 1616 Galileo se abstuvo de defender el copernicanismo. Pero en 1623 fue elegido Papa el cardenal Maffeo Barberini, amigo y admirador de Galileo. Según parece, junto con otro cardenal, se había opuesto con éxito en 1616 a que el copernicanismo fuera calificado como herético por la Congregación del Índice, y posiblemente Galileo lo sabía, aunque lo consideraba como una doctrina temeraria. Amante de las letras y las artes, el nuevo Papa Urbano VIII dejó amplia huella en la ciudad de Roma (21) (22) .

Urbano VIII tenía una idea propia sobre el valor del copernicanismo (23) . Pensaba que nunca nadie podría demostrar que es una teoría verdadera, porque Dios es infinitamente sabio y poderoso, y podría hacer que los mismos efectos que pretendemos explicar mediante el copernicanismo quizás sean en realidad efectos de otras causas que desconocemos. Si eso se niega, argumentaba, estaríamos negando la omnipotencia de Dios.

Se trata de un argumento estrictamente teológico. Sin embargo, tiene algún paralelismo con un argumento muy usado en la epistemología del siglo XX y en la actualidad: la indeterminación de las teorías por los hechos. Se argumenta actualmente que, por muchos hechos que parezcan confirmar una teoría, nunca podemos estar seguros de que la teoría sea verdadera, pues siempre es posible encontrar otras teorías que expliquen los mismos hechos. No se trata de colocar, como algunos han pretendido, a Urbano VIII como precursor de la epistemología moderna. Pero el argumento, en el fondo, es muy antiguo y se remonta a la Grecia antigua: tradicionalmente se consideraban las teorías astronómicas como instrumentos para salvar las apariencias (los fenómenos observables), aunque se dudaba que pudiera decirse que son verdaderas. El problema sigue siendo complejo. Por otra parte, en la actualidad sabemos que ni la Tierra ni el Sol están quietos ni en el centro del universo, y que sólo podemos observar y medir movimientos relativos de unos cuerpos con respecto a otros, aunque tiene sentido seguir diciendo que la Tierra no está quieta y que gira alrededor del Sol.

Con el nuevo Papa y varios amigos colocados en puestos influyentes cerca de él, Galileo se animó a escribir un libro en el que defendería el heliocentrismo, aunque lo presentaría en forma de un diálogo entre varios personajes donde se discutirían los argumentos a favor y en contra, dejando el problema sin resolver: el lector inteligente ya sabría hacia dónde decantarse.

2.4. El proceso de 1633

En 1630 Galileo viajó a Roma con el manuscrito de su nuevo libro, el Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano, con objeto de conseguir permiso del Vaticano para imprimirlo en Roma. Después der largas y complejas gestiones, finalmente lo publicó en 1632 en Florencia. El Papa Urbano VIII daba por supuesto que Galileo se limitaba a argumentar de modo hipotético, o sea, sin atribuir un sentido realista al heliocentrismo.

En verano de 1632 llegaron noticias a Florencia de que el Papa estaba preocupado con el nuevo libro. Probablemente los adversarios de Galileo le habían convencido de que Galileo argumentaba a favor de la verdad del heliocentrismo (lo cual era cierto), y añadieron otras acusaciones, por ejemplo que Galileo presentaba el argumento de la omnipotencia divina al final del libro pero lo ponía en boca de Simplicio, el aristotélico que siempre quedaba en ridículo. Lo cierto es que Urbano VIII se enfadó mucho con Galileo. Nombró una comisión para que estudiara el caso, y finalmente el Santo Oficio llamó a Galileo a Roma.

Galileo llegó a Roma el 13 de febrero de 1633. Gracias a los buenos oficios del embajador de Toscana en nombre del Gran Duque, recibió un tratamiento especial. Se le permitió residir en Palazzo Firenze, la residencia del embajador. Fue llamado a declarar por vez primera el 12 de abril (24) . Pensaba defender su posición, pero el embajador le aconsejó que no lo hiciera, y que se sometiera al tribunal, mostrando la disposición de obedecer en todo. Asi lo hizo. El proceso se centró solamente en un punto: las órdenes que Galileo había recibido en 1616 de abandonar y no defender el heliocentrismo. Aconsejado por el tribunal a reconocer su culpa, Galileo admitio que, movido quizás por la vanidad, veía que había otorgado a los argumentos a favor del heliocentrismo más fuerza de la que en realidad tenían. El 16 de junio el Santo Oficio, bajo la presidencia del Papa, decidió condenar a Galileo a prisión, incluir su libro en el Índice de libros prohibidos, y que Galileo abjurara en presencia de los cardenales del Santo Oficio (los interrogatorios habían sido llevados solamente por el Comisario del Santo Oficio con dos ayudantes). La lectura de la sentencia (firmada por los cardenales, no por el Papa) y la abjuración delante de los cardenales tuvieron lugar en el convento de Santa Maria sopra Minerva, el 22 de junio.

Galileo no estuvo en la cárcel. Durante el proceso vivió en Palazzo Firenze. En los días en que debió permanecer en el Santo Oficio le fue asignada la estancia de uno de los oficiales. La condena a prisión fue conmutada inmediatamente por reclusión el la Villa Medici, una de las mejores villas de Roma, propiedad del Gran Duque de Toscana (25) (26) (27) . Al cabo de pocos días se le permitió trasladarse a Siena, donde estuvo hasta diciembre como huésped de su amigo el arzobispo de Siena. A finales de diciembre se le permitió trasladarse a la villa que poseía en las afueras de Florencia, donde permaneció en reclusión domiciliaria hasta su muerte.

Galileo no fue torturado. Después del proceso siguió trabajando, y publicó su obra más importante, los Discursos y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias, en 1638. Murió de muerte natural el 8 de enero de 1642, a los 78 años de edad.

En nuestra época, el caso Galileo ha sido repetidamente lamentado por las autoridades de la Iglesia. Dejando de lado interpretaciones demasiado unilaterales que echan la culpa a Galileo de lo sucedido (diciendo que no tenía pruebas concluyentes del heliocentrismo, lo cual es cierto, o que el conflicto se debió a su temperamento, lo cual es sólo cierto en parte), o que presentan a la Iglesia como perseguidora de la ciencia (lo cual carece de base), un examen detenido del caso Galileo muestra que es muy complejo, ya que en su desarrollo intervinieron muchas circunstancias diversas.

3. El origen de la ciencia moderna

El caso Galileo no puede ser considerado como paradigma de un conflicto que necesariamente debería producirse entre ciencia y religión. Por el contrario, muchos autores, como Alfred North Whitehead (28) , han puesto de relieve que el cristianismo actuó como factor positivo en el nacimiento de la ciencia moderna, que tuvo lugar en la Europa cristiana de los siglos XVI y XVII. Stanley Jaki ha tratado ampliamente este tema (29) . La tesis del conflicto ha sido criticada en nuestros días desde perspectivas tan diversas como la del agnóstico Stephen Jay Gould (30) .

4. Ciencia y religión hoy: los oráculos de la ciencia

A pesar de todo, la idea de que existe una oposición entre ciencia y religión sigue viva. Esto se explica en parte porque, si bien muchos científicos son personas religiosas, algunos sostienen ideas extremas que producen un gran impacto en la opinión pública. Esas ideas van acompañadas por un notable talento para la divulgación, lo cual convierte a esos científicos en una especie de oráculos de la ciencia, porque a los ojos de muchos representan lo que la ciencia, con toda su autoridad, dice sobre la religión hoy día. Veamos siete ejemplos, que muestran también la diversidad de posiciones que existen entre esos científicos cuando abordan los temas relacionados con la religión (31) .

4.1. Stephen Jay Gould y NOMA

Stephen Jay Gould fue uno de los científicos más populares de la segunda mitad de siglo veinte. Nació en 1941, y murió de cáncer en 2002. Publicó 25 libros, bastantes de los cuales fueron best sellers. Es una personalidad que no deja indiferente. No es fácil imaginar a un judío agnóstico, científico célebre y profesor de la Universidad de Harvard, cantando en un coro El Mesías de Händel. Esa persona era Gould. Cuando llegaba aquello de «caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos¼, pedía al director del coro que parara y le dejara hablar, y en medio minuto explicaba a sus compañeros que aquello molestaba a los judíos; después de esta aclaración, seguía cantando como uno más.

Gould sostiene que ciencia y religión son dos magisterios que no se superponen (NOMA: non overlapping magisteria) (32) . Pero, al mismo tiempo, desarrolla un programa darwinista en el que queda poco lugar para el espíritu y para Dios (33) (34) (35) (36) . Presenta la evolución como prueba de que no existe una finalidad, como si el ser humano fuera puro resultado casual de los procesos materiales, y, de acuerdo con Freud, como si el ser humano hubiera perdido definitivamente su lugar central en el mundo (37) . Es cierto que la pura biología no permite resolver estas cuestiones, pero Gould adopta una posición confusa porque parece involucrar también al plan divino en su esquema mental (38) . En realidad, no existe oposición entre la existencia de azar desde nuestro punto de vista y la existencia de un plan divino: Dios es la causa primera de todo lo que existe, y nada cae fuera de su acción (39) . A pesar de todo, Gould insiste en que ciencia y religión no se oponen (40) .

4.2. Edward O. Wilson y la unidad del conocimiento

Edward O. Wilson nació en los Estados Unidos en 1929. Se doctoró en biología por la Universidad de Harvard en 1955, y desde entonces siempre ha enseñado en esa Universidad. Ha ganado dos veces el premio Pulitzer, con sus libros Sobre la naturaleza humana (1978) y Las hormigas (1990). Su libro Sociobiología (1975) fue un hito importante en el desarrollo de esa disciplina científica que estudia la relación entre los genes y la conducta. Ha publicado otros seis libros. Ha recibido diversos títulos honoríficos y es considerado como una autoridad en el estudio de los insectos sociales (especialmente las hormigas), la sociobiología y el medio ambiente (biodiversidad). En 1998 publicó su libro Consilience. La unidad del conocimiento, que provocó muchas discusiones (41) .

Wilson propone una unidad del conocimiento que, en último término, se basa en la reducción de todo a la biología (42) . Es una nueva versión del materialismo, que intenta explicar el espíritu humano, la religión, la ética, y todas las dimensiones espirituales de la vida humana, mediante las fuerzas que estudian las ciencias naturales. Ciertamente, la vida humana tiene una base biológica que siempre debe tenerse en cuenta. Pero una reflexión sobre el método científico y los resultados que produce permite advertir que no se puede reducir lo humano, ni siquiera la ciencia, a lo material: el progreso científico es una de las mejores pruebas de que poseemos capacidades que trascienden el mundo de la naturaleza material (43) . (Este argumento se encuentra ampliamente desarrollado en el libro: Mariano Artigas, La mente del universo, Pamplona, Eunsa; The Mind of the Universe, Philadelphia, Templeton Foundation Press).

4.3. Stephen Hawking y el origen del universo

Stephen Hawking es seguramente el científico más famoso de nuestra época, debido, en buena parte, a las circunstancias de su enfermedad. Se han editado millones de ejemplares de su libro Breve historia del tiempo.

En sus publicaciones, Hawking ha mezclado el estudio científico del origen del universo con el problema filosófico y teológico de la acción divina en el mundo, como si la física, al estudiar el origen del universo en el tiempo, tuviera implicaciones sobre el problema metafísico y religioso de la auto-suficiencia del universo o de su dependencia en el ser.

En realidad, Hawking no niega la existencia de Dios, y admite que Dios puede actuar de modos que nos resultan inaccesibles científicamente (44) . Pero a veces se expresa de modo confuso sobre estos temas. Como ya puso de relieve santo Tomás de Aquino hace siglos, el origen del universo en el tiempo es un problema diferente de su auto-suficiencia: el universo material no puede ser auto-suficiente, depende completamente en su ser de Dios y, en este sentido, es creado, pero esto poco tiene que ver con el origen en el tiempo, aunque la doctrina cristiana también afirma que el mundo ha tenido un origen en el tiempo (45) .

4.4. Peter Atkins y los límites de la ciencia

Profesor de química física en la Universidad de Oxford, Atkins adopta una posición de abierta hostilidad frente a la religión, como si la ciencia fuera incompatible con la religión (46) . Convierte las obvias diferencias que existen entre ciencia y religión en incompatibilidad (47) . Sostiene que todos los problemas, incluso la existencia misma del universo, se pueden solucionar mediante la ciencia, y niega valor a los argumentos religiosos (48) , considerando a la ciencia y a la religión como opuestas e irreconciliables (49) . Ha dedicado un libro entero a argumentar que es posible encontrar una explicación física de la creación del universo desde la nada, sin invocar la existencia de un Dios creador (50) , una idea que lleva a la ciencia más allá de lo que su método le permite estudiar. Atkins es un ejemplo del tipo de razonamientos que perpetúan en nuestra época la idea de que ciencia y religión son opuestas e incompatibles (51) .

4.5. Richard Dawkins y el capellán del diablo

Dawkins se ha hecho muy popular tanto por su talento para la divulgación científica como por su implacable crítica a la religión, que aparece como hecha en nombre de la ciencia. Después de haber enseñado biología, ocupa en la Universidad de Oxford una cátedra de comprensión pública de la ciencia, creada expresamente para él (52) .

Desde su primer libro El gen egoista, Dawkins intenta explicar la evolución y todos los aspectos importantes del mundo viviente en función de los genes. En esta línea, introdujo la idea de los memes, replicadores culturales que desempeñan en el mundo de la cultura un papel semejante al de los genes en la biología. Aplica esta idea a la religión que, según él, sería un meme especialmente eficaz que se transmite y se contagia, y dado que considera que la religión es un factor negativo en la vida humana, lo califica como virus de la mente (53) . No tiene inconveniente, al contrario, en presentarse como un enemigo de la religión, desempeñando en cierto modo el papel expresado en el título de uno de sus libros, el capellán del diablo (54) .

Es llamativo el modo superficial y siempre negativo con que Dawkins aborda los temas religiosos, y que se encuentra muy unido a un cientificismo de fondo según el cual la ciencia es la fuente de todo conocimiento válido (55) .

4.6. Carl Sagan y el cosmos

Carl Sagan se hizo muy popular con su serie televisiva Cosmos, acompañada por el correspondiente libro. Se calcula que unos 500 millones de personas han visto esa serie. Al mismo tiempo, también fue famoso por su extraordinario interés en la búsqueda de inteligencias extraterrestres (56) .

Sagan también fue conocido por su ateísmo, y es citado frecuentemente en apoyo de las posiciones del humanismo secularista (57) .

Su tratamiento de la religión es bastante superficial. En los últimos años, antes de su muerte en 1996, movido por el deseo de unir fuerzas para afrontar los problemas globales del medio ambiente, suavizó su crítica a la religión, y tuvo actuaciones públicas junto con líderes religiosos.

4.7. Steven Weinberg y el problema del mal

Steven Weinberg (58) recibió el premio Nobel de física en 1979 por su trabajo en la unificación de la fuerza electrodébil. Autor de varios libros de amplia difusión, se manifiesta abiertamente hostil a la religión, llegando a presentar la ciencia como la actitud opuesta a la religión (59) .

Los argumentos de Weinberg en contra de la religión tienen, en buena parte, una componente ética: no comprende cómo Dios podría permitir desastres como el Holocausto, en el que perdieron la vida bastantes de sus parientes, o las enfermedades. Esto recuerda las dos objeciones que planteó Santo Tomás de Aquino al exponer, en la Suma Teológica, sus argumentos a favor de la existencia de Dios (60) . La primera objeción es que las explicaciones naturales bastan y Dios resulta superfluo. Esto se encuentra en los autores que, hoy día, presentan a la ciencia como capaz de explicar todo lo que se puede conocer, sin darse cuenta de que Dios y la ciencia se encuentran en niveles diferentes: es necesario admitir a Dios como fundamento último de todo lo que existe, el mundo no puede ser auto-suficiente, y la acción divina es compatible con la actividad de las causas creadas que estudia la ciencia, ya que Dios mismo da a las criaturas la capacidad de actuar según sus leyes propias y colabora para que actúen. La segunda objeción se basa en la existencia del mal, y nada tiene que ver con la ciencia. Santo Tomás responde que Dios sólo puede permitir males en vista de bienes mayores. Podemos pensar, por ejemplo, que los males físicos pueden servir para obtener bienes espirituales mucho mayores, y que la existencia de la libertad humana lleva consigo la posibilidad de utilizarla mal, lo cual es la causa de muchísimos de los mayores males que existen en el mundo.

5. Ciencia y religión en diálogo

El 5 de enero de 1982, el juez William R. Overton tuvo que juzgar un litigio entre los creacionistas y los evolucionistas, en el estado de Arkansas. Después de escuchar las declaraciones de una serie de científicos, en su larga sentencia incluyó una definición de la ciencia basada en cinco rasgos (61) . En definitiva, la ciencia experimental se caracteriza por buscar un conocimiento del mundo natural que se pueda someter a control experimental.

La ciencia natural es posible porque en la naturaleza existen muchas pautas, regularidades en el espacio y en el tiempo, que se pueden expresar mediante leyes generales (62) . Esto permite que la ciencia experimental tenga una peculiar fiabilidad que, en cambio, no se encuentra del mismo modo cuando se consideran aspectos más profundos de la exiestencia, que van unidos a la espiritualidad y a la libertad humanas. Por este motivo, la competencia en el campo científico no garantiza, en modo alguno, que la misma persona sea competente para juzgar adecuadamente las cuestiones filosóficas o religiosas.

Muchos científicos son personas religiosas, aunque con frecuencia, como sucede en otros ámbitos, quienes propugnan ideas más extremistas sean más conocidos en la opinión pública, y sus ideas se presenten como si estuvieran avaladas por la ciencia, cuando en realidad nada tienen que ver con ella.

Se suele admitir en la actualidad que ciencia y religión ocupan ámbitos diferentes, pero existen relaciones entre ambas. En en libro ya mencionado La mente del universo he examinado un tipo de relaciones que me parecen especialmente interesantes para mostrar la coherencia entre ciencia y religión, respetando sus diferencias y evitando el naturalismo que pretende reducir todo a la ciencia (63) . Se trata de un análisis de los supuestos e implicaciones generales del progreso científico. Existen tres tipos de tales supuestos. El primero se refiere a la inteligibilidad o racionalidad de la naturaleza; puede ser denominado ontológico, y se encuentra estrechamente relacionado con el orden de la naturaleza. El segundo se refiere a la capacidad humana para conocer el orden de la naturaleza; puede ser denominado epistemológico, e incluye las diferentes modalidades de la argumentación científica. El tercero se refiere a los valores implicados por la actividad científica; puede ser denominado ético, e incluye la búsqueda de la verdad, el rigor, la objetividad, la modestia intelectual, el servicio a los demás, la cooperación, y otros valores relacionados con éstos.

Además, el progreso científico ejerce una retroacción sobre esos supuestos, ya que los retro-justifica, los enriquece, y los precisa. Dado que esos supuestos son condiciones necesarias para la existencia de la ciencia, el progreso científico es una condición suficiente para su existencia y nos permite determinar su alcance. Visto a la luz de esa retroacción, el análisis de cada uno de esos supuestos puede proporcionar una clave para comprender el significado del progreso científico y, por tanto, su alcance teológico. Ese análisis puede ser utilizado para comprender que entre ciencia y religión no sólo no hay oposición, sino que, como es lógico, existe una coherencia que posibilita un diálogo dentro del respeto a la recíproca diversidad.

Índice de diapositivas

Portada
La tesis del conflicto: Draper
La tesis del conflicto: White
El conflicto según Draper
Draper sobre Galileo (1)
Draper sobre Galileo (2)
Draper sobre Galileo (3)
White sobre Galileo (1)
White sobre Galileo (2)
El caso Galileo (1) Salto a la fama 1609-1610
El caso Galileo (1) viaje a Roma 1611
Portada del Sidereus Nuncius
Palazzo Firenze (1)
Palazzo Firenze (2)
Palazzo Firenze (3)
Collegio Romano (1)
Collegio Romano (2)
El caso Galileo (2) Primera fase de los problemas: antecedentes
El caso Galileo (2) viaje a Roma y condena del copernicanismo: 1616
Pablo V: fachada de San Pedro
Piazza Barberini (Tritone Bernini)
Palazzo Barberini
Urbano VIII y el argumento de la omnipotencia divina
El caso Galileo (3) proceso 1633
Villa Medici (1)
Villa Medici (2)
Villa Medici (3)
Whitehead y el origen de la ciencia moderna
Stanley Jaki sobre el origen de la ciencia moderna
Una valoración actual de la tesis del conflicto
RELACIONES CIENCIA-RELIGIÓN HOY. LOS ORÁCULOS DE LA CIENCIA
Stephen Jay Gould (Harvard). NOMA (Non-Overlapping Magisteria)
Programa Darwinista de Gould (1)
Programa Darwinista de Gould (2)
Programa Darwinista de Gould (3)
Programa Darwinista de Gould (4)
Gould y Freud
Gould y la providencia divina
Providencia divina y evolución
Gould sobre científicos y religión (examen 27 noviembre 1981)
Edward O. Wilson (Harvard)
Edward O. Wilson (1998)
Sociobiología y naturaleza humana
Stephen Hawking
Creación y origen temporal
Peter Atkins (1)
Peter Atkins (2)
Peter Atkins (3)
Peter Atkins (4)
Peter Atkins: La creación
¿Ciencia contra religión?
Richard Dawkins (1941- )
Dawkins: genes, memes y virus
Dawkins: un capellán del diablo
McGrath sobre Dawkins
Carl Sagan (1)
Carl Sagan (2). Introducción a Hawking (Historia del tiempo)
Steven Weinberg
Plantar cara
Weinberg: motivos filosóficos y razones éticas
Overton sobre ciencia (5 enero 1982). McLean vs Arkansas
Entre Templeton y los Oráculos
Una propuesta para el diálogo

Presentación completa

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