El evolucionismo. Estado de la
cuestión
Seminario Ciencia, Razón y Fe
Antonio Pardo
Jueves, 10 de marzo de 2005, 12 am.
Salón de actos del Edificio de Humanidades
Índice
Introducción
1. Ideas marco
- 1.1. Qué se entiende
por evolución
1.2. Ha habido
evolución
1.3. Evolución es
distinto de darwinismo
2. Breve explicación del
darwinismo
- 2.1. Variaciones
espontáneas
2.2. Selección
natural
2.3. Acumulación de
variaciones
2.4. Otras ideas
2.5. Neodarwinismo
3. Algunas precisiones
- 3.1. Morfología y
especie
3.2. Morfología y
patrón
3.3. Origen y
selección
4. Darwinismo y
cientificismo
- 4.1. Sólo
ciencia
4.2. Expulsión de
Dios
4.3. Darwinismo y
fundamentalismo
4.4. Nuevo
conservadurismo
5. El darwinismo en
problemas
- 5.1. Equilibrio
puntuado
5.2. Especiación
alopátrica
5.3. Observando y
experimentando
6. Lo más actual
- 6.1. Premisas
básicas
6.2. Cosas indiscutibles y
problemas inexistentes
7. Errores de planteamiento
- 7.1. Paradigma
genético
7.2. Lucha por la vida
7.3. Complejidad de la
vida
7.4. Miopía del
darwinismo
8. Conclusión
Introducción
Resulta muy difícil plantear una visión de
conjunto medianamente completa de la evolución, debido a la
complejidad de todas las discusiones que están actualmente
en el mercado de las ideas. Debido a esta dificultad,
enfocaré esta intervención más bien haciendo
un elenco de las ideas más relevantes, que dan un marco
básico de por dónde se mueven las tesis
evolucionistas hoy. Al hilo de dicha exposición, se
irán haciendo algunas observaciones críticas cuando
sea necesario; por último, se darán algunos datos que
permitan un atisbo de por dónde puede ir una
explicación actualizada del fenómeno evolutivo.
1. Ideas marco
En primer lugar, se hace necesaria una aclaración
terminológica: muchas de las obras (tanto libros como
artículos) sobre evolución emplean los
términos corrientes en este campo con significados diversos;
es vital, por tanto, aclarar el significado que les vamos a dar en
esta exposición, para evitar caer en confusiones.
Entendemos por evolución, de un modo genérico, la
variación de las especies de los seres vivientes.
De un modo más específico, podemos distinguir dos
tipos de evolución: la macroevolución y la
microevolución.
Por macroevolución se entiende la aparición de
nuevas especies por generación a partir de otras
distintas.
Por microevolución se entiende la aparición de
variaciones morfológicas dentro de una misma especie, es
decir, la aparición de lo que se pueden denominar razas,
subespecies o variedades, pero que siguen siendo
inequívocamente de la misma especie.
En segundo lugar, hay que subrayar que la evolución de
las especies, en el sentido de macroevolución (que
será el que empleemos habitualmente aquí), no es una
realidad observada directamente, pero debe admitirse si se quiere
mantener un mínimo de coherencia con lo que se lleva
observado en múltiples disciplinas, y una lógica
coherente: es la única deducción posible ante la
evidencia de que existen fósiles de seres vivos que ahora no
viven, y de que ahora existen seres vivos de los que no se
encuentran fósiles; dado que ha quedado demostrado, fuera de
toda duda, que la generación espontánea, en las
circunstancias recientes del mundo, es imposible, la única
deducción válida es que, en tiempos
pretéritos, seres de una especie han dado lugar a seres de
otra especie por generación. Esto es lo que llamaremos
evolución.
Aparte de esta evidencia y deducción a partir de los
fósiles, existen otras muchas evidencias que apuntan en la
misma dirección: la constitución básicamente
igual de todos los seres vivos, compuestos de proteínas,
azúcares, información genética, membrana,
sistemas respiratorios, etc. Tales coincidencias,
abundantísimas, hablan de un origen común, y apoyan
la idea de la evolución, es decir, la aparición de
nuevas especies por generación.
Otra fuente de confusiones consiste en la asimilación del
proceso evolutivo con una de las explicaciones sobre él.
Concretamente, se suele confundir, en esta época de
predominio casi absoluto de la explicación darwinista,
evolución con darwinismo. Sin embargo, una cosa es que seres
de una especie hayan producido en el pasado seres de especies
distintas, y otra las distintas explicaciones que se puedan dar a
este fenómeno. El problema actual es que, dada la ausencia
virtualmente casi completa de otras explicaciones aparte de la
darwinista, todo el mundo viene a asimilar el fenómeno
evolutivo con la casi única explicación en el mercado
de las ideas.
Sin embargo, es evidente que es distinto un fenómeno que
se desea explicar, y la explicación científica que se
construye para dicho fenómeno. Cuestión distinta es
si dicha explicación científica está o no
razonablemente comprobada. Pero, independientemente de que
esté bien comprobada o no, siempre serán distintos el
fenómeno y su explicación.
Por este motivo, hay que mantener una clara separación
conceptual entre los términos “evolución”
y “darwinismo”. Consecuentemente, aceptar el
fenómeno evolutivo no implicará aceptar la
explicación darwinista; y criticar la explicación
darwinista no implicará negar el fenómeno
evolutivo.
Dada la predominancia de la explicación darwinista para
el fenómeno de la evolución de las especies, es
obligado proporcionar un breve resumen de sus ideas básicas.
Aunque el tema no es tan sencillo como hablar simplemente de
“darwinismo”, pues desde la obra de Darwin ha pasado
casi siglo y medio y se han añadido y quitado muchas cosas a
sus tesis originales, seguiremos empleando este término como
denominación genérica, tanto para la obra de Darwin
como para todos sus derivados posteriores que admitan sus ideas
básicas. Éstos han recibido otros nombres, que
obviaremos en aras de la claridad expositiva.
El núcleo de la idea de Darwin, presentada en un
artículo junto con Wallace, pero popularizada por su obra
“El origen de las especies” (1859), consiste
básicamente en la unión de tres ideas:
variación, selección y acumulación.
La variación, más que una idea explicativa, es
propiamente una observación elemental de la naturaleza. En
una población de animales de una especie no hay dos
idénticos, sino que existen siempre pequeñas
variaciones entre los diversos ejemplares. Es una cuestión
que los ganaderos y quienes trabajan habitualmente con animales
conocen sobradamente, pues la familiaridad les permite distinguir
pequeñas diferencias que a un profano le pasan inadvertidas.
Las pequeñas diferencias morfológicas o funcionales
entre los diversos individuos son el punto de apoyo para toda la
tesis de Darwin.
La selección es una idea que Darwin toma de Malthus y
aplica a la naturaleza. Malthus, con su obra “Ensayo sobre la
población” (1798), hizo popular entre las clases
cultas inglesas la idea de que el ritmo de crecimiento de la
población sigue una progresión geométrica
mientras que la de los alimentos es aritmética. La
consecuencia era, automáticamente, el hambre para el futuro.
Dicho de otro modo: la vida del hombre era, según esa tesis,
dura competencia por la supervivencia, simplemente por la escasez
de alimento. En dicha tesis puede verse una proyección de la
competencia comercial de la Inglaterra de los comienzos de la
revolución industrial.
Darwin traslada esa consideración de la sociedad a la
naturaleza y considera que la supervivencia de los seres vivos es
algo difícil: se encuentran amenazados por múltiples
peligros y problemas: escasez de alimento, problemas que da el
clima, amenazas de los depredadores, etc. La vida es una dura lucha
por la supervivencia. En esa lucha, sólo los mejor dotados
están en condiciones de sobrevivir, y son los que
pasarán a las generaciones siguientes. La naturaleza, debido
a su carácter duro e implacable, criba las variaciones
espontáneas, y hace que las formas de los seres de una
especie varíen con el tiempo (por la eliminación de
las formas menos aptas para sobrevivir).
Por último, Darwin acepta que todo el proceso evolutivo
se ha dado por acumulación progresiva de las pequeñas
variaciones espontáneas que van siendo cribadas por la
dureza de la selección natural. En algunos momentos se
plantea abiertamente cómo han podido surgir, con un proceso
tan elemental, todas las formas vivas que se observan, y afirma
que, a pesar de sus dudas, se reafirma en su tesis, al pensar en el
larguísimo tiempo que ha tenido este proceso para ir
produciendo formas diversas.
La obra original de Darwin contiene muchas otras ideas y
sugerencias: no tiene rebozo en aceptar cuestiones como la herencia
de los caracteres adquiridos (que, por aquel entonces, tenía
cierto predicamento entre los biólogos) o las tesis
ortogenéticas, que pretenden una tendencia interna de los
seres vivos a ir variando.
Sin embargo, este eclecticismo no debe engañarnos: Darwin
afirma explícitamente que, si se niega el fenómeno de
la selección natural, toda su tesis se viene abajo. Lo cual
significa que los otros fenómenos que menciona sólo
ocupan un lugar marginal en su explicación de la
evolución. Lo básico son las variaciones, la
selección natural y la acumulación progresiva de los
resultados de dicha selección.
Como ya hemos mencionado, hablar de neodarwinismo así en
bloque es demasiado somero. Sin embargo, sí se puede resumir
que su principal aportación a Darwin (por medio de la
teoría sintética de Hugo de Vries) es la
adición de la teoría genética. Mientras que
Darwin, al hablar de variaciones, se refería solamente a la
constatación de una observación, el neodarwinismo
afirma haber hallado la causa de este hecho: las variaciones
azarosas de la información genética. En la
formación de esta tesis es decisiva la aparición, a
comienzos del siglo XX, de la teoría genética: aunque
la herencia de caracteres entre generaciones de seres vivos es
evidente, esta teoría los atribuye, por primera vez, a un
componente material concreto dentro de la célula,
inicialmente llamado el plasma germinal, posteriormente los genes,
de los que sólo mucho más tarde se supo su estructura
y su modo de llevar la información.
En esos comienzos, existía la tesis de que toda
característica del ser vivo corresponde a un gen que
determina de modo unívoco dicha característica. Por
tanto, la teoría sintética se limita a reunir la
observación de las variaciones y la explicación por
la nueva teoría genética: las variaciones
morfológicas o de otras características se deben a
variaciones de los genes. Y, como estas variaciones son
aparentemente erráticas, se corresponderían con
variaciones casuales de los genes. Cuando las tesis de la
genética se formalizan un poco más, esas variaciones
casuales se transforman en mutaciones al azar. Es el concepto que
hoy cualquier persona con conocimientos básicos de
biología ha aprendido desde su infancia.
Aunque, aparentemente, la explicación darwinista
dé razón de la evolución biológica de
un modo satisfactorio, encierra varios errores conceptuales y
malentendidos de los que raramente se habla, pero que son
básicos para entender su debilidad.
En primer lugar, la obra inicial de Darwin sólo muestra
la palabra “especie” en el título de su obra. No
aparece en todo el contenido del libro. De hecho, su
explicación sólo intenta dar una razón para el
cambio de morfología de los seres vivos, pero no de su
especie. La cuestión de en qué consiste el cambio de
especie por medio de acumulación de variaciones se ha
introducido en el darwinismo de modo muy tardío, con el
concepto de “especiación”: hay cambios
evolutivos, pero sólo algunos de ellos llevarían a
cambios de especie, a especiación.
De hecho, el propio Darwin reconoce su desesperación y
sus problemas, poco menos que insolubles, cuando intenta
determinar, entre una serie de ejemplares que está
describiendo, si se trata de especies distintas o se trata de
variedades de una misma especie. Tras escribir un artículo
científico en uno de los sentidos, no termina de verlo
claro, lo deja de lado y lo escribe en el otro sentido; para, a
continuación, volver a arrepentirse y volver al enfoque
original. Podemos extraer de esta perplejidad de Darwin una
lección muy clara: el cambio de especie no es un mero cambio
de morfología.
El problema de la determinación de la especie por medio
de criterios exclusivamente científicos o biológicos
es insoluble. De la especie hay evidencia intelectual: es la
naturaleza o esencia de un ser vivo. Pero, dada la naturaleza de
las evidencias que proporciona la ciencia, la ciencia sola no puede
aportar nada al respecto. Debe de vivir a expensas de la evidencia
ordinaria, y organizarse de acuerdo con ella, realizando un
razonamiento que le permita identificar las especies a partir de
sus evidencias científicas.
Cuando se aplica ese criterio de sentido común a la
cuestión de la especie, se llega a la conclusión que,
desde el punto de vista científico, una especie se
caracteriza por tener un patrón morfológico estable
(dentro de ciertas variaciones, más o menos grandes, que no
lo desdibujan). Con la generación, los cruces, etc.,
aparecen variaciones entre los distintos individuos que no rompen
con ese patrón estable.
Para explicar la evolución habría que explicar por
qué aparecen nuevos patrones morfológicos estables:
sería el único enfoque científicamente
aceptable, pues busca algo material con sus propios métodos.
Eso no se ha hecho nunca, ni tampoco se ha intentado seriamente (en
parte, por el desenfoque de la cuestión producido por el
propio darwinismo).
Por último, es evidente que las tesis darwinistas parten
de la evidencia de la variedad, pero no la explican. Con la llegada
de la genética, ya en pleno siglo XX, dicha variedad se
explica en términos de consecuencia de mutaciones al azar.
Pero, como es bien sabido, el azar como causa es muy pobre, y
difícilmente puede dar razón de nada; mucho menos de
la riqueza, cada vez más abrumadora conforme la
biología avanza en su descubrimiento, que muestra cualquier
ser vivo, incluso el más elemental.
Lo que sí explica el darwinismo, en teoría, es la
criba natural de las distintas formas (variaciones
espontáneas) que adoptan los seres vivos. Su punto fuerte es
la selección natural. De hecho, muchas personas, al
simplificar en exceso las tesis darwinistas, atribuyen a la propia
selección el origen de las formas adaptadas, lo cual es un
error: la selección se limitaría a eliminar las
formas no adaptadas, y a conservar las válidas. Pero,
¿de dónde salen esas formas adaptadas? Porque es
aplastante para cualquier persona con sentido común que
dichas formas no aparecen por casualidad.
Hemos esbozado, muy someramente, un cuadro del panorama actual
de la evolución, que es fundamentalmente visto desde una
perspectiva darwinista. Y ya han empezado a surgir algunas
cuestiones críticas. En este apartado y en los siguientes
intentaremos esta visión crítica centrada en unos
pocos puntos que nos han parecido de especial interés. Los
primeros versarán sobre el sesgo cientificista de la
explicación darwinista.
Uno de los atractivos que han hecho muy popular la
explicación darwinista en la época actual es la
pretensión de que se trata sólo de una
explicación científica. Cabría añadir
que la única, pues, por el momento, no han aparecido
explicaciones alternativas que se hayan hecho populares. Y el
darwinismo, más o menos evolucionado, reina de modo
indiscutido en el panorama actual.
Dentro de la cultura actual, que supone que la
explicación más válida para la realidad es la
explicación científica, disponer de una visión
pretendidamente sólo científica (no lo es) del
fenómeno evolutivo casa mucho con sus pretensiones globales
de explicación del mundo.
Junto con la simpatía con la mentalidad cientificista
actual, la explicación darwinista se presta al juego de las
ideologías materialistas y mecanicistas. Durante el siglo
XIX, las demás teorías sobre la evolución
tenían un fuerte componente filosófico, en el que,
junto con explicaciones que hoy denominaríamos
científicas, continuaban apareciendo cuestiones que se
podrían asimilar a la finalidad natural, tendencias
naturales en la evolución de los seres vivos, etc., temas
muy clásicos en los estudios de filosofía de la
naturaleza.
Junto con esos temas, y a partir de ellos, la reflexión
filosófica siempre había continuado sus razonamientos
para terminar llegando a Dios, cuya existencia justifica, desde el
punto de vista teórico, la existencia de esa finalidad,
tendencias, etc., de la naturaleza.
Con el darwinismo, desde el momento en que la explicación
se vuelve meramente científica y desaparecen esas
consideraciones filosóficas (que son pertinentes), Dios ya
no es necesario en el cuadro evolutivo (no pretendemos que Dios
cree la evolución, sino que la observación de la
naturaleza nos lleva, por reflexión, a considerar la
existencia de Dios como fundamento de la realidad observada,
evolución incluida). En suma, con el darwinismo, aparece la
posibilidad de expulsar a Dios de la visión de la naturaleza
en evolución, pues es una explicación
“puramente” mecánica o biológica. Cuando
los contemporáneos de Darwin le acusaron de ateo se daban
cuenta de este extremo.
Este matiz ateo de las tesis darwinistas (que se acentúa
notablemente en muchos autores neodarwinistas posteriores)
provocó una reacción por parte de los creyentes
cristianos, que se ha prolongado, con diversas variantes, a lo
largo del siglo XX, especialmente en el ámbito
estadounidense. Básicamente, esa reacción supuso el
rechazo conjunto de la idea de evolución biológica y
de sus explicaciones darwinistas por su oposición, en su
versión materialista, a las verdades religiosas sobre la
creación y el mundo.
Así, aunque han tenido épocas de más
actividad, han durado hasta hace poco los pleitos en Estados Unidos
que pretendían que las escuelas públicas no
podían enseñar las tesis darwinistas (o
evolucionistas) más que como si se tratara de
hipótesis, y que debía dedicarse el mismo tiempo de
docencia a las tesis creacionistas, que debían plantearse
como una alternativa a la explicación científica.
Estos planteamientos se producen gracias a un confusionismo de
planos explicativos de la realidad (el científico y el
filosófico), así como por una simplificación
tanto de la postura científica (se reduce la
evolución a su explicación darwinista y sólo
se considera de ésta su versión materialista) como la
religiosa (la creación se reduce a la producción
directa por parte de Dios de todas las cosas al comienzo de su
existencia, sin diferenciar la causalidad trascendente de Dios y la
causalidad inmanente al mundo).
En los últimos años, este panorama de
“guerra entre ciencia y religión” ha tomado un
sesgo distinto, cuando, desde el propio campo de la ciencia, se han
levantado voces críticas serias contra el darwinismo, en la
escuela del intelligent design. Su idea de fondo es
relativamente sencilla: el mecanismo preconizado por el
neodarwinismo no es capaz de explicar la existencia de sistemas
irreductiblemente complejos, que no pueden proceder de otros
sistemas más sencillos por medio de ligeras variaciones,
porque los sistemas más sencillos no son funcionales; hay un
grado de simplificación máximo, más
allá del cual no hay funcionalidad. Y la naturaleza
está llena de ejemplos de esta complejidad irreductible,
cuyo origen no puede ser explicado mediante el darwinismo.
La salida de esta escuela para explicar estos sistemas
irreductiblemente complejos es afirmar que se trata de mecanismos
que responden a un diseño inteligente, pues su funcionalidad
tiene inserto un “para qué” evidente. Pero no
entran en mayores profundidades filosóficas en esta
explicación. Para más detalle sobre el intelligent
design, puede verse la exposición del profesor Collado
en este mismo curso, titulada Ciencia y trascendencia: Intelligent
design.
Como es obvio, esta oposición al darwinismo (que el
público y muchos biólogos interpretan como
oposición a la evolución) se hace sin oponerle una
visión religiosa de la vida. De este modo, la
discusión anterior entre ciencia y fe se ha convertido,
más bien, en una discusión entre liberales y
conservadores, no teniendo estos últimos un anclaje
explícito en ideas religiosas.
Como ya mencionamos anteriormente, en esta toma de actitudes
contra el darwinismo (y contra la evolución, en la
simplificación mencionada) ha influido decisivamente la
labor de difusión científica de los evolucionistas
materialistas y ateos, como pueden ser Sagan, Dawkins, etc. A base
de presionar para crear un clima de opinión materialista,
han conseguido una reacción, en parte visceral, en parte muy
fundada, por quien no se considera materialista o ateo, y han
vuelto a entrar en la explicación de la evolución
cuestiones claramente filosóficas, aunque actualmente no
lleven ese rótulo.
Centrándonos de nuevo en el darwinismo, no podemos dejar
de mencionar las dificultades de naturaleza exclusivamente
científica que se le han opuesto en las últimas
décadas. Sería demasiado largo intentar aducir
siquiera las principales que se han barajado desde los años
70. No pueden ser desdeñadas obras como la de Grassé,
que, desde su saber zoológico, apunta la insuficiencia
radical del darwinismo simplemente para explicar lo que pretende
explicar.
Por mostrar con cierta profundidad una de las dificultades
apuntadas en estas décadas, describiremos la cuestión
del equilibrio puntuado y la respuesta darwinista, la
especiación alopátrica. Terminaremos apuntando
brevemente otras dificultades de modo somero, para que se vea que
el reinado de las ideas darwinistas no es indiscutido, a pesar de
su predominio aplastante en la época actual.
Ya desde el siglo XIX era evidente que los restos fósiles
no seguían una gradación suave entre ellos.
Según la explicación de Darwin, sin embargo, toda la
evolución se ha dado por acumulación de variaciones
minúsculas; por tanto, debían haber quedado restos de
formas intermedias entre cualesquiera formas que sean claramente
diferenciables. ¿A qué se debía esta
disparidad?
En el siglo XIX se atribuyó a lo incompleto del registro
fósil: no todo ser vivo deja restos fosilizados, y los
restos que hubiera se estaban descubriendo, con lo que era
lógico que no se encontraran esas formas intermedias entre
los que estaban disponibles. Sin embargo, con el transcurrir de los
años, el cuadro no cambiaba, y no ha cambiado hoy: no
aparecen formas intermedias de transición entre otras formas
claramente diferentes. Los nuevos descubrimientos de fósiles
parecen venir a llenar un cuadro con escalones entre las distintas
formas, no a suavizar la transición entre las formas ya
conocidas.
El trabajo de Gould en los años 70 fue el que
consagró la expresión “equilibrio
puntuado” para este fenómeno: este autor, tras el
estudio de una serie especialmente clara de fósiles,
concluye que nuestra búsqueda de “eslabones
perdidos” será probablemente infructuosa siempre, y
que la evolución sólo ha dejado una huella a
escalones.
Pero esto plantea al darwinismo ortodoxo un problema muy serio,
pues no casaría con los hechos observados. La manera de
hacer compatibles estas observaciones con las tesis darwinistas fue
la hipótesis de la especiación alopátrica.
Ya Darwin había reflexionado sobre las pocas
posibilidades que tiene una variación de transmitirse a la
descendencia en una población grande con libertad para
reproducirse entre sus diversos individuos: la
característica que puede ser ventajosa se diluye en la
población sin que tenga repercusión en la forma de
los individuos de esa especie.
Esta dificultad, que había sido vista desde los inicios
de la teoría sintética, fue explicada ya en los
años 40 sosteniendo que ese fenómeno de
dilución y desaparición de la nueva
característica no tiene por qué darse si ésta
aparece en una población pequeña, aislada de alguna
manera del resto de los individuos. Lo más sencillo es una
isla; de hecho, entre las plantas y animales que habitan en islas,
es muy frecuente encontrar flora y fauna endémica, cuya
existencia parece apoyar esta hipótesis.
Las observaciones de los años 80, con conchas de bivalvos
del lago Turkana, vinieron a subrayar la inexistencia de formas
intermedias con ese caso concreto bien analizado, planteando a la
vez un serio problema: en qué ha consistido el aislamiento
en esas circunstancias; y por qué en ocasiones hay saltos
evolutivos y en otras las especies permanecen estables. De hecho,
la revista Nature comentó estos hallazgos de comienzos de
los 80 con un artículo preguntándose
retóricamente si había caído la
explicación darwinista (para responder que por supuesto que
no, siguiendo su conocida línea editorial).
Aunque el problema es más complejo que el sucinto resumen
aquí realizado, la apariencia es que la hipótesis de
la especiación alopátrica es una explicación
ad hoc confeccionada para salvar simultáneamente la
explicación darwinista y los escalones en un registro
fósil sin fallos.
Obviamente, la cuestión de la evolución a saltos y
la salida darwinista de la especiación alopátrica es
sólo una de las dificultades que tiene planteadas la
hipótesis neodarwinista. A modo de ejemplo, podríamos
mencionar algunas más:
Aunque hemos mencionado que el aislamiento de una parte de la
población de una especie se postula como necesario para su
transformación en otra, nunca se ha podido relacionar un
aislamiento concreto con una especiación concreta. Todo son
solamente sospechas y datos sugestivos (como el de la fauna y flora
en las islas). En ningún caso se ha demostrado que una
determinada especie proviene de otra determinada por aislamiento en
unas circunstancias concretas. Esto es una cuestión distinta
de que no se haya demostrado tampoco ningún factor concreto
implicado en la selección de lo que luego ha sido alguna
especie concreta (cuestión también nada
desdeñable).
Se han efectuado experimentos para intentar remedar el mecanismo
de la selección natural actuando sobre la naturaleza y ver
si funciona. Uno de los más clásicos fue el
experimento de Kettlewell con la forma oscura de la mariposa
Biston betularia, la geómetra del abedul. Kettlewell
situó en un recinto cerrado troncos de abedul, mariposas y
pájaros, y observó si los pájaros se
comían más las formas claras u oscuras cuando los
troncos estaban tiznados de hollín; los pájaros se
comían con preferencia las más claras, que son
más visibles contra ese fondo. Aunque el caso parecía
incontrovertible, posteriormente se observó que, en la
naturaleza, las mariposas no se posan sobre los troncos, sino sobre
el envés de las hojas, donde no pueden ser vistas, sean
claras u oscuras (dejando aparte cuestiones como que sus
pájaros estaban hambrientos, o que las mariposas estaban
muertas y pegadas con pegamento).
Otra línea de experimentación ha consistido en
someter a condiciones ambientales forzadas a seres vivos de ciclo
vital muy rápido, como bacterias o moscas, en que
cabría conseguir alguna especiación en relativamente
poco tiempo. Todos los experimentos en esta línea han
resultado inútiles: sólo se han conseguido
variaciones con respecto al tipo silvestre, que es el que vuelve a
aparecer inexorablemente en cuanto cesa el factor externo de
selección que hemos introducido artificialmente. Lo que nos
lleva a otro problema: no está demostrado que la
evolución, como fenómeno global
(macroevolución), sea resultado de la acumulación de
pequeños cambios (microevolución); es sólo una
suposición a la que los darwinistas se aferran.
De todos modos, todos estos experimentos y observaciones
están hechos alrededor de la idea darwinista, para
comprobarla o refutarla. Pero el problema no es ese, sino explicar
el origen de las nuevas formas de los seres vivos. Desde ese punto
de vista, la cuestión de la selección no tiene nada
que aportar, todo está en lo que se diga sobre la causa del
origen de las nuevas formas (que, en todo caso, luego serán
seleccionadas). Pero el darwinismo no dice nada al respecto, se
limita a repetir que todo sucede por azar, aunque todos sabemos por
experiencia que el azar explica muy pocas cosas, no es una causa
que produzca sus efectos siempre o la mayor parte de las veces,
como las demás causas; al buscar la explicación de la
evolución, buscamos una causa auténtica, que explique
un proceso de modo claro, con una ley interna, y la respuesta de
atribuir el origen de las formas al azar es una salida por la
tangente.
El panorama del predominio neodarwinista absoluto, a pesar de
las debilidades internas, se ha visto confirmado el año 2003
con la aparición de La estructura de la
teoría de la evolución, obra
póstuma Stephen Jay Gould, parte de cuyo hilo argumental
resumiremos a continuación.
Se trata de una obra muy extensa (más de 1400
páginas), en la que cabría encontrar una
revisión y refutación de todas las críticas
que el darwinismo ha sufrido en las últimas décadas.
Gould, darwinista convencido de reconocido prestigio, plantea, sin
embargo, algo muy distinto.
Al inicio de la obra, con el estilo ensayístico que le
caracteriza, Gould compara la teoría de la evolución
con un árbol con una serie de puntos críticos que no
pueden fallar: tronco, cruz, ramas. Si falla alguno de estos
elementos, no tenemos posibilidad de que la estructura se
mantenga.
En la teoría de la evolución (en la versión
darwinista que él defiende) habría una serie de
elementos similares que tampoco pueden fallar sin que la
teoría se derrumbe. Concretamente se trataría de los
tres elementos siguientes: las variaciones espontáneas de
los seres vivos (debidas a variaciones genéticas al azar),
la selección natural, y la afirmación de que todo el
proceso evolutivo (macroevolución) se reduce a
acumulación de pequeñas variaciones
microevolutivas.
Cabría esperar que, a continuación, pasara a
defender estas tesis de las numerosas críticas que han
recibido. Concretamente, la reducción del origen de toda
novedad biológica a cambios al azar no resiste un
análisis medianamente serio, ni filosófico ni
biológico; la selección natural, con su
concepción de la naturaleza como una dura lucha por la
supervivencia, no casa con la observación espontánea,
en que la naturaleza parece más bien un derroche de vida con
muy pocas dificultades (dejando aparte que no se ha conseguido
concretar nunca qué significa la expresión
“selección natural”, pues cada autor da una
versión distinta, ninguna comprobada, por lo que al cambio
de especie se refiere); y, como dijimos, no está demostrado
que la macroevolución sea microevolución acumulada,
eso es una mera suposición.
Sin embargo, Gould no apunta ninguna defensa de estos puntos
clave. Simplemente afirma que, si no aceptamos esos puntos
básicos, nos quedamos sin una explicación para la
evolución. Paradójicamente, una cuestión tan
insustancial es el principal soporte actual para las tesis
darwinistas: no hay ninguna alternativa medianamente detallada que
dé razón de la evolución.
Se trata de un problema básicamente psicológico: a
nadie le agrada estar rodeado de datos brutos, para los que no
posee una clave interpretativa; y, ante esa tesitura, prefiere
agarrarse a una explicación coja (o, por mejor decirlo,
falsa, pues no se ajusta a los hechos observados) a quedarse con
los meros datos, en espera de que alguien con suficiente ingenio
apunte la dirección en la que debe ir una explicación
adecuada.
Luego de esta afirmación inicial, toda la obra se dedica
a perfilar cuestiones de detalle. Pero los problemas de fondo (azar
como causa de las formas, selección, macroevolución
como microevolución acumulada) se barren debajo de la
alfombra. Esta actitud, que sería lógico encontrar en
algún otro biólogo, o incluso experto en
evolución, no deja de llamar la atención en Gould, en
quien se habría supuesto una visión científica
más crítica así como conocimientos suficientes
como para apuntar alternativas serias a algunos puntos clave del
darwinismo. ¿Fijación ideológica a las tesis
darwinistas? Es una hipótesis plausible.
De todos modos, esta crítica, que sí puede ser
válida en el caso de Gould, poseedor de un saber
enciclopédico en estos temas, no lo sería en la
mayoría de los demás autores darwinistas, debido a
una serie de ideas preconcebidas en biología, excesivamente
difundidas, que dificultan extraordinariamente a los
biólogos ver otra solución distinta al darwinismo.
Veamos los que me parece que son los principales de esos
prejuicios, aunque podríamos sacar más a
colación.
Como ya mencionamos, cuando Darwin escribió El origen
de las especies, tomaba como parte de su explicación sus
observaciones sobre la variación espontánea: no todos
los ejemplares de una especie son iguales. Pero Darwin no apunta
una causa para esa variedad morfológica, pues la
biología no tiene explicación para ella en esa
época.
Hay que esperar a Weisman, a comienzo del siglo XX, para
encontrar una formulación de una explicación a este
fenómeno. Weisman apunta la idea del “plasma
germinal”, es decir, de una parte del contenido
líquido de la célula (“plasma”) que
sería la encargada de la transmisión de los
caracteres hereditarios y otra parte que no tendría esa
característica de transmitir caracteres a la descendencia.
Ese “plasma germinal” sería el determinante de
las características del individuo, y no el resto. Con el
tiempo, esa noción fue perfilándose, con la de genes
(las unidades de información), se supo que ese material
informativo se encontraba en el núcleo de la célula,
y, más tarde, su composición química y el modo
de codificar la información (años 50).
De estos inicios quedó para la biología el
paradigma genético: un carácter del individuo
responde a un gen que lo codifica. Y, de acuerdo con esta idea
inicial, se ha desarrollado la mentalidad de que los genes de los
seres vivos tienen la clave para poder entender y dominar la
biología. De hecho, la investigación biológica
de las últimas décadas se ha volcado en ese terreno,
movida en parte por esta presunción, que es mentalidad
común en nuestra época.
Con esta idea en la mente de los biólogos se pudo
desarrollar la teoría sintética, pues aportaba una
explicación muy inmediata a la observación de Darwin
de las variaciones entre los individuos de una población: si
la forma está causada de modo unívoco por los genes,
las variaciones de la forma se deberán a variaciones de los
genes. Y si esas variaciones son aparentemente aleatorias, otro
tanto cabría decir de las variaciones genéticas que
las causan.
Este paradigma, que ha permitido el florecer
contemporáneo de la genética, es actualmente
insostenible, si se tienen en cuenta los avances en los
conocimientos biológicos. Veremos en un apartado posterior
esta cuestión con algo más de detalle.
Otro segundo prejuicio que ha arraigado entre los
biólogos, en buena medida por el reinado indiscutido durante
más de medio siglo de las tesis darwinistas y su
enseñanza desde edades tempranas, es la selección
natural, que va asociado a la concepción de la naturaleza
como un lugar de dura lucha por la supervivencia.
Esta visión de la naturaleza es, obviamente, una
interpretación de las realidades observadas, que son mucho
más modestas, y pienso que difícilmente pueden ser
interpretadas de dicho modo. Con esto no quiero decir que la vida
de los seres vivos carezca de problemas: toda actividad vital
intenta mantener la propia individualidad y el medio no ayuda a
ello, sino que debe mantenerse con esfuerzo por parte del ser
viviente. Así, la homeostasis, sin ir más lejos,
precisa procesos activos que mantengan el medio interno en unas
condiciones razonablemente estables, independientemente de la
situación exterior. Pero interpretar esa realidad elemental
de los procesos vitales como “lucha por la vida”, y
afirmar que esa es una descripción adecuada de la escena de
la naturaleza, es muy exagerado.
De todos modos, la extrapolación incorrecta creo que
tiene otro origen: la observación de la depredación
de unos seres vivos por otros. Se observan escenas de caza o de
alimentación en que unos seres vivos dependen de la muerte
de otros para vivir, y se extrapola que la vida de ambos es una
lucha por la supervivencia, del depredador para conseguir su
nutrición, y del depredado por escapar y sobrevivir. Puede
que, para el individuo concreto, esta afirmación sea
verdadera; pero una golondrina no hace verano: de la
observación de una escena de caza no se puede deducir ni que
la especie del depredador está en las últimas, ni que
el depredado esté en peligro de extinción. Eso
sólo puede afirmarse tras una observación de dichas
especies de modo global.
Así, muchas especies que participan en escenas de caza,
como pueden ser las sardinas y los bonitos, o las libélulas
y las efímeras, no tienen el más mínimo
problema para seguir existiendo durante generaciones. Su vida
individual puede verse amenazada por un depredador concreto, pero
eso no significa nada para la especie en su conjunto. Plantear la
escena de la especie en conjunto, o la de la naturaleza en
conjunto, como una dura lucha por la vida y la supervivencia a
partir de unas cuantas observaciones de caza es una
afirmación claramente desenfocada.
De hecho, las escenas de caza han sido observadas por el hombre
desde hace miles de años y, sin embargo, sólo muy
recientemente, tras la aparición de las tesis darwinistas,
se ha interpretado la naturaleza como lucha por la vida. La
interpretación de siempre, que es mucho más coherente
con la realidad, es que el mundo es un conjunto
armónicamente ordenado; en él se dan escenas de
violencia, pero esto no implica que esa visión general de la
naturaleza como orden deba ser modificada.
Se podrían aportar muchas observaciones en sentido
contrario a la interpretación del mundo como lucha: los
pájaros, cuando están en celo, lucen sus plumas
más coloristas, se ponen muchas veces en un lugar bien
visible y se ponen a cantar. Si su vida estuviera tan pendiente de
un hilo, esas conductas serían inviables. En suma, el mundo
es lugar básicamente pacífico. Que se lo pregunten a
los periodistas que intentan filmar escenas de caza en la
naturaleza y casi desesperan para lograrlo.
Otro de los prejuicios frecuentes de ver en biología se
deriva del empleo del método científico
analítico, que termina creando mentalidad de mecanismo para
interpretar la realidad biológica. Como el método
científico, para estudiar una cuestión, la
aísla artificialmente del conjunto, y establece cómo
funciona, quienes se han iniciado en ese tipo de estudios termina
pensando que el ser vivo es una simple suma de tales mecanismos
elementales que el estudio científico va descubriendo. Eso
es un error de planteamiento.
Veamos, como ejemplo, la relación genes–forma: hoy
está suficientemente claro que, aunque la expresión
de algunos genes influye de modo decisivo en la aparición de
las formas de los seres vivos, la forma no se relaciona de modo
directo con la información genética. Su
relación es muy indirecta: en la forma influye,
indudablemente, la expresión de los genes durante el
desarrollo; pero no sólo de unos pocos genes que determinan
y gobiernan el desarrollo, sino de todos los genes que se expresan,
así como de la interacción correcta de todos los
elementos que componen el ser vivo y de los factores externos
correspondientes.
La forma es el resultado de la interacción compleja de
todos los elementos del ser vivo durante su desarrollo, y no la
simple transcripción de una especie de plantilla contenida
en la información genética (que sería ese
mecanismo elemental que parecen buscar muchos biólogos): a
fin de cuentas, los seres vivos son realidades complejas,
unitarias, en las que todo tiene que ver con todo en mayor o menor
medida, y la separación del factor genético no deja
de ser una deformación derivada de la aplicación del
método científico analítico; la realidad es la
complejidad orgánica del ser vivo.
Por tanto, considerar que los cambios en un ser vivo se derivan
simplemente de mutaciones al azar es, como mínimo, una
simplificación excesiva. Si se ha de buscar el origen de las
variaciones interindividuales de los seres vivos, habrá que
fijarse en el desarrollo embrionario y buscar en él los
factores reales (genéticos –algunos– y no
genéticos –muchos–) que intervienen en la
producción de la forma del ser vivo. Y habrá que
separar, para su estudio y consideración, los distintos
niveles posibles de acceso a la realidad: el mecanismo elemental
(los genes y su expresión), interacciones bioquímicas
de nivel superior (las proteínas producidas entre sí,
y con los genes y demás sustancias presentes en la
célula), e interacciones de otro tipo (de las células
entre sí, de los tejidos entre sí). Reducir esta
maraña al factor elemental de la expresión de los
genes es un error de perspectiva.
Podemos añadir que la biología no está
todavía en condiciones para poder dar una visión de
conjunto del ser vivo en que se tengan en cuenta los principales
niveles de interacción a la vez, pues tiene todavía
enormes lagunas en sus conocimientos.
Por último, aunque está relacionado con la
visión cientificista que acabamos de mencionar, creo que se
puede ver como algo independiente el peculiar enfoque que el
darwinismo hace de la evolución, y que tiene mucho de
visión incorrecta de la realidad.
Las tesis darwinistas apuntan como explicación
biológica de la evolución la combinación, ya
mencionada, de variaciones y selección natural. Aunque esta
solución tiene, como hemos visto, numerosas dificultades,
tiene la virtud de ser una explicación muy sencilla que, en
primera instancia, parece dar razón de los hechos
observados. Sin embargo, cuando se intenta profundizar en ella, la
cuestión se complica, los significados heterogéneos o
contradictorios de las expresiones se multiplican, y el panorama se
vuelve bastante inextricable.
Precisamente en la aparente sencillez (factor que ha favorecido
su triunfo) radica una de sus dificultades: el darwinismo, a
raíz del “descubrimiento” de ese mecanismo,
anuncia que explica la evolución. Extrapola así, a
partir de un factor que puede que exista realmente, y afirma que
todo en la evolución se reduce a lo que se deriva de ese
mecanismo propuesto. Todos los demás posibles factores
causales pasan a segundo plano o son considerados sin importancia;
de hecho, en la enseñanza básica de la
explicación biológica de la evolución,
sencillamente desaparecen, lo que indica que son elementos
relativamente accesorios.
Sin embargo, un estudio científico que pretenda ser serio
no puede limitarse a asumir uno de los elementos que descubre en la
realidad. Ésta es compleja, se puede observar a diversos
niveles, y cada uno de ellos debe tener sus propias leyes y
explicaciones. El darwinismo ha esquivado esta necesidad
sencillamente expandiendo el mecanismo de selección a todos
los niveles de observación posibles. Así, mientras
que Darwin afirmaba que la selección criba individuos menos
aptos, ahora se admite selección genética, de
individuos, reproductiva, de poblaciones ... muchas de ellas
afirmadas tan gratuitamente como la selección de individuos,
a partir de pequeñas observaciones interpretadas como
comportamientos globales de los sistemas estudiados.
Si se quiere responder la pregunta sobre el porqué de la
evolución, es necesario abandonar esta actitud simplista,
que sólo organiza una huida hacia delante, en vez de fijarse
en los hechos, a todos los niveles (genético,
embriológico, metabólico, de poblaciones, etc.), para
a continuación establecer una visión sintética
que explique razonablemente la realidad. Esto está
aún por hacer, y la biología no se encuentra en
condiciones de hacerlo ni ahora ni por mucho tiempo. Mientras, el
darwinismo repite su cantinela: variaciones al azar y
selección.
Llegados a este punto, se plantea la pregunta: si la
explicación darwinista o neodarwinista no es cierta,
¿cómo se explica la evolución? Y la respuesta
es sumamente sencilla: todavía no lo sabemos.
Con esta afirmación no se quiere significar que no
tengamos ni la más remota idea de por dónde puede ir
la explicación. De hecho, sabemos ya muchos datos sueltos,
no sólo de tipo paleontológico, sino también
de cuestiones de genética, parentescos entre diversas
especies, paleometabolismo, etc. Aunque no tengamos todavía
una explicación global que los aglutine formando un cuerpo
coherente, no puede decirse que no sepamos nada.
También sabemos con bastante certeza que la
explicación darwinista no es verdadera y las dificultades de
método y las observaciones que nos hacen rechazarla. Aunque
pueda parecer que se trata de una afirmación que nos deja en
el vacío, no es así, pues no es lo mismo que no saber
nada: es saber, y bastante, pues no todo biólogo está
en condiciones de llegar a ese conocimiento, bien porque no sea su
campo de trabajo, bien por errores de método como los
mencionados antes, bien por otras razones. Y este conocimiento es
orientador de futuras investigaciones, no es una simple puerta
cerrada delante de nosotros.
Lo que está claro es que el miedo a quedarnos sin un
marco de ideas en el que insertar los datos que poseemos no nos
debe frenar en el rechazo al darwinismo, pues su aceptación
desorienta la investigación posterior a cuestiones de
dinámica de poblaciones, a la importancia de factores
diversos como agentes selectivos, o hacia algunas cuestiones de
genética, siempre bajo el paradigma darwinista del azar como
causa. Es decir, el neodarwinismo enfocará todo su trabajo a
saber lo que hacen los genes para generar la forma de los seres
vivos (visión parcial), y las interacciones del ambiente que
influyen en que una especie lo pase mejor o peor, o que ciertas
conductas se vean favorecidas y otras perjudicadas.
Quedará así sin investigar la cuestión
básica: ¿por qué aparecen patrones
morfológicos nuevos en los seres vivos? Estos nuevos
patrones morfológicos son lo que se puede verificar de una
nueva especie desde el punto de vista científico. Y este
punto clave es el que se abandona al azar como causa en el modelo
darwinista, quedando así sin estudiar. Evidentemente, esto
plantea muchas investigaciones en embriología y en otras
disciplinas: el rechazo del darwinismo no sólo cierra
puertas, también las abre.
Una vez establecida la explicación del origen de las
nuevas formas de los seres vivientes, podremos plantearnos la causa
de la desaparición de unas y de la supervivencia de otras.
Pero esto es una cuestión de la criba posterior de formas
que ya existen, criba que no explica, de ninguna manera, la
existencia de las formas mismas. Y lo que nos interesa saber al
estudiar la evolución es el origen de las formas. Sobre ese
origen, el darwinismo no ha dicho nada en siglo y medio.
|