Las cuatro cosmovisiones
actuales
Juan Luis Lorda
Publicado en Para una idea cristiana del hombre, Rialp,
Madrid 2001 (2ª) 83-107.
Sumario
1. La
analogía y los niveles fundamentales de la
experiencia.
2. El materialismo constructivista
3. El naturalismo vitalista
4. El todo como espíritu
5. Un universo personal: Dios y los
hombres
6. La deriva de la mentalidad
ilustrada
1. La
analogía y los niveles fundamentales de la
experiencia.
Uno de los instrumentos más
importantes del conocimiento humano es la analogía.
Amplía enormemente nuestras capacidades y da una increible
plasticidad a nuestra inteligencia. Se utiliza
espontáneamente en todos los ámbitos del
conocimiento. Tendemos a trasladar nuestra experiencia de un campo
a otros, y así podemos afrontar situaciones y problemas
nuevos, aplicando analógicamente lo que sabemos. La
aplicación de analogías es un formidable instrumento
intelectual, aunque también es el origen de algunos
espejismos.
Todos los hombres tendemos a hacernos
una idea global del mundo, partiendo de nuestra experiencia
particular. Es una aspiración natural. Y en los
espíritus más poderosos y atrevidos, es casi una
necesidad la que conduce a formular las grandes cosmovisiones
teóricas. Simplificando un poco, se puede afirmar que cada
cosmovisión está construida desde una perspectiva,
desde una experiencia básica. Desde ella, se intenta
contemplar y explicar toda la realidad. Se le puede llamar, en
términos clásicos, el analogatum princeps; es
decir, el analogado principal, el punto de partida o referencia de
la analogía.
A continuación, vamos a intentar
mostrar que las principales cosmovisiones que están
actualmente vigentes proceden de ampliar analógicamente a
toda la realidad la experiencia de cuatro niveles fundamentales1.
a) - la materia
b) - la vida (el psiquismo inferior)
c) - la conciencia espiritual
d) - la revelación de lo
personal
Cada una de estas experiencias
básicas da lugar a una cosmovisión. En el pasado, han
existido otras, porque, por ejemplo, se tenía una idea
mitologizada de la naturaleza; o porque se pensaba que
existían muchos dioses (politeísmo). También
caben mezclas y derivados, que den lugar a cosmovisiones
híbridas. Pero en nuestro siglo, destacan estas cuatro
formas fundamentales, especialmente, cuando ha desaparecido el
marxismo que ha ejercido una inmensa distorsión del panorama
intelectual y político mundial.
Veremos que todas las cosmovisiones
tienen razón en lo que afirman: porque se puede contemplar
la realidad desde su nivel. Pero también veremos que se
equivocan cuando niegan que exista algo superior a su nivel, y
deciden encerrarse en el propio campo de experiencia al que
están acostumbrados. A este fenómeno, muy
común, se le llama reduccionismo, porque reduce la riqueza
de la realidad al desconocer los niveles superiores e intentar
explicarlos con las categorías que son válidas para
los inferiores.
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2. El
materialismo constructivista
Se puede considerar que esta
cosmovisión está muy extendida entre las personas que
tienen una formación científica. Consiste en ver toda
la realidad desde la experiencia de la bioquímica y la
física atómicas.
Casi todas las personas que tienen una
formación científica contemplan el mundo como si
fuera una inmensa construcción: un conglomerado material
íntimamente ordenado. Existía -y todavía
existe- un juego muy popular que se llama "Mecano". Es un juego de
construcción con piezas metálicas, que permite hacer
grúas, coches, puentes, etc. Muchas personas con mentalidad
científica tienden a contemplar el mundo como si fuera un
enorme "Mecano": un artefacto muy complicado construido con piezas
muy sencillas. Todo lo que se construye con él depende
absolutamente de las piezas con que se construye. No hay
más.
Desde hace dos siglos, las ciencias
modernas han descubierto, en sucesivos pasos, la composición
del mundo material: tanto de la materia inerte como de la materia
viva. Y han llegado a la conclusión de que todo está
compuesto de lo mismo. Esta idea ha sido reforzada por la
teoría del Big Bang, que habla de un origen común del
universo, y de un despliegue de toda la realidad visible a partir
de una enorme concentración de energía primitiva (S.
Weinberg, Los tres primeros minutos del universo).
Gracias a un formidable empeño
científico, sabemos cómo está compuesto casi
todo el cosmos visible. Y es muy fácil caer en la
tentación de decir que el universo es sólo una
inmensa construcción hecha con las piezas elementales que
conocemos. Y que todo se puede explicar por las propiedades de esas
"piezas" elementales. Exáctamente lo mismo que
diríamos sobre un coche construido con el juego del
"Mecano". Podríamos asegurar que sólo es un conjunto
de piezas, y que las propiedades del coche se explican por las
propiedades de las piezas que lo componen. Pero conviene advertir
ya, de pasada, que esto supone una reducción sutil, porque
un coche no está hecho sólo con las "piezas" del
Mecano, sino también con una "idea" de lo que es un coche.
Un coche no es sólo un conjunto de piezas, por la misma
razón que el Quijote no es sólo un conjunto ordenado
de letras. Pero vayamos por partes.
En esta cosmovisión materialista,
el analogatum princeps desde el que se contempla toda la
realidad, es decir el punto de partida, son las partículas
subatómicas que componen los átomos y las
moléculas, tal como nos las describe la física. Se
quiere ver toda la realidad desde la física y se da por
supuesto que todo se puede explicar acudiendo a las propiedades
elementales con las que trabajamos en la física. Una roca,
una planta, un perro o un hombre son sólo, en definitiva, un
enorme compuesto físico-químico. Y las propiedades
del conjunto deben depender de las propiedades elementales.
Esta es la tesis de algunos conocidos
científicos que han divulgado sus ideas, como los premios
nobel Erwin Schrödinger (Qué es la vida) y
Jacques Monod (Azar y necesidad), y los astrofísicos
Stephen Hawking (Historia del tiempo) y Carl Sagan
(Cosmos). Aplican a todo el universo su conocimiento de la
composición de la materia, y lo reducen a lo que les resulta
más familiar. Todo lo ven desde algunas propiedades de la
materia.
Ciertamente, aportan algo cuando afirman
que todo lo visible está compuesto de lo mismo. Es una
verdad llena de interés. En cambio, son reductivistas cuando
dicen que toda la realidad es "sólo" una composición
material compleja.
Primero, olvidan la complejidad de la
realidad y, en particular, las ideas que dan la posibilidad y forma
de las cosas: "ideas" como la del "coche", sin la cual no se puede
explicar la posibilidad de la construcción. Se conforman con
una explicación "material", pero también la forma de
las cosas necesita una explicación. Es evidente que falta
algo cuando decimos que el Quijote es sólo un conjunto de
letras. También falta algo cuando decimos que un animal es
un compuesto físico-químico. Hoy tenemos,
además, otro acercamiento al problema, a medida que
conocemos mejor la composición de los códigos
genéticos. Es evidente que hay en ellos algún tipo de
leyes de reordenación; si no la evolución no hubiera
podido progresar de manera creciente. Con un Mecano se puede hacer
un coche, pero no un caballo, por más piezas que se
reúnan. Las piezas del Mecano no tienen las propiedades
necesarias para hacer un caballo. El coche está ya en unas
piezas que han sido preparadas pensando en el coche, pero el
caballo no.
En segundo lugar, al negar que pueda
haber algo no material en el universo, reducen todas las
dimensiones de la persona humana a fenómenos físicos,
aunque todavía -dicen- no podamos explicarlas. Una
versión particular de esta tendencia es el intenso debate
sobre la inteligencia artificial. Algunos científicos
piensan que la inteligencia humana es como la de un procesador
complejo (Marvin Mynsky), y que muy pronto todas sus funciones
podrán ser imitadas, aunque hoy aparezcan dificultades
notables. Esto les lleva a ver al hombre como un mecanismo complejo
y a desconocer, de hecho, las complejas funciones intelectuales que
se manifiestan en la conciencia. Dan por supuesto que dependen, en
definitiva, de la composición, aunque no puedan
demostrarlo.
Hay que decir que los ideales
materialistas y mecanicistas se han difuminado un poco en los
últimos veinte años por las consecuencias
epistemológicas del principio de indeterminación de
Heisemberg; por el problema de las condiciones de partida
(Arecchi); y por la aparición de la problemática del
caos (Ilya Prygoguine), que afecta a muchas disciplinas
científicas. Somos más conscientes que nunca de los
límites de nuestro conocimiento científico. Y ha
desaparecido la utopía mecanicista que pensaba que un
día podríamos conocer y controlar todo el universo
como si fuera un inmenso mecanismo. Basta pensar en las
dificultades habituales de los partes metereológicos...
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3. El naturalismo
vitalista
Esta segunda cosmovisión es muy
antigua, y siempre ha estado presente en la historia humana. Su
punto de referencia (su analogatum princeps) es el
fenómeno de la vida, especialmente, los impulsos vitales.
Percibe el mundo como algo vivo y en movimiento. El animismo
antiguo, que todavía pervive en muchas culturas primitivas,
ve vida y almas en todo lo que se mueve: los ríos, los
mares, los volcanes, la tierra, las nubes, los astros... Toda la
naturaleza en su conjunto y la tierra se nos presenta en
movimiento, y, por tanto, viva. Todo tiene alma. También,
las religiones telúricas, que divinizan la naturaleza, la
contemplan como un inmenso ser vivo: la diosa madre tierra es un
ser que todo lo abarca.
A finales del siglo XVIII y principios
del XIX surgieron algunas formas románticas de
carácter vitalista; con exaltación de la naturaleza y
cierto culto a los impulsos vitales o también a los
"sentimientos" nacionales, a veces, con recuperación de
formas paganas. Era una reacción contra el racionalismo
agobiante de la ilustración, defendiendo los derechos de los
sentimientos e impulsos vitales (Sturm und Drang).
Además de muchas expresiones literarias románticas,
esta corriente irracionalista llega a Nietzsche, que
defendió los derechos de Dionisos frente a Apolo. Pero hoy,
con la excepción de Nietzsche, son formas abandonadas por
ser consideradas ingenuas y socialmente improductivas.
Al aparecer la teoría de la
evolución, a mediados del siglo pasado, aparece una nueva
expresión del naturalismo vitalista, con un tono mucho
más sobrio y científico. La imagen de un movimiento
de crecimiento ascendente desde la materia hasta el hombre ha
cambiado la mentalidad de nuestra época. Para muchas
personas, ese movimiento ascendente expresa la entera historia del
cosmos. Piensan que hay un impulso interior en el conjunto de la
naturaleza que la empuja constantemente hacia arriba y que es la
explicación de todo lo que significa vida.
Esta idea encontró expresiones
filosóficas importantes en la primera mitad de este siglo,
como las de Bergson o, incluso, la del último Max Scheler;
también la de Ortega y Gasset, al que se le suele titular
"vitalista", aunque el término resulta bastante vago.
También tuvo expresiones de tipo histórico o
sociológico, como el famoso libro de Oswald Spengler, La
decadencia de occidente, que era una aplicación de la
idea de la evolución a la historia de las civilizaciones.
Este último tipo de aplicaciones político-culturales
cayeron, inevitablemente, en expresiones nacionalistas y racistas;
porque si la evolución es la ley fundamental presente en
todo, cabe pensar que algunas razas son superiores a otras. Quienes
defendían estas ideas (por ejemplo, los nazis, pero no
sólo ellos) se enfrentaron a la tradición ilustrada
liberal y a la cristiana; y quedaron totalmente desacreditados
después de la Segunda Guerra Mundial. En cierto modo, se
puede decir que perdieron la guerra y desaparecieron con ella del
espacio cultural, aunque no de todo el espacio
científico.
En el espacio cultural han surgido otras
formas del vitalismo más vagas. Existe un cierto vitalismo
ecologista que, legítimamente, quiere proteger la naturaleza
y, a veces, la trata como si fuera una totalidad viva, en
términos que recuerdan las antiguas religiones
telúricas. También existe la expresión algo
excéntrica, pero con algún fundamento, de James
Lovelock, que piensa que el planeta tierra se comporta, de hecho,
como un ser vivo, con movimientos homeostáticos, y lo llama
Gaia (Gaia's defense).
Y, en el ámbito
científico, ha aparecido la sociobiología, mucho
más modesta en sus planteamientos que las anteriores, pero
con gran fuerza seductora en medios científicos. Algunos
conspícuos representantes han obtenido un gran éxito
editorial difundiendo estas ideas, empezando por su fundador,
Edmund Wilson (La sociobiologìa, nueva
síntesis), y también otros, como Richard Dawkins
(El relojero ciego ; El gen egoísta), y R.
Foley (Humanos antes de la humanidad). Estos autores creen
que el impulso fundamental que gobierna la vida es el principio de
conservación del patrimonio genético. Este principio
explicaría todo el comportamiento animal y la
aparición de todas las formas de la vida, incluyendo la
inteligencia y todas las expresiones culturales. Y se esfuerzan en
elaborar relatos donde lo explican todo, desde la aparición
del bipedismo hasta la convivencia familiar y social, de una
manera, hay que decirlo, algo ingenua pero, por eso mismo, simple y
exitosa.
Se puede considerar "vitalistas" a estos
autores sólo en el sentido de que hablan de un "impulso"
biológico que no pertenece a las categorías de la
física o de la química. En todo lo demás
tienden al materialismo constructivista, y están muy
próximos a otros científicos divulgadores como
Hawking o Sagan.
Puede ser que muchos -incluso ellos
mismos- no perciban la importancia de esta distinción. Pero,
al reconocer la existencia de un "impulso" que no se puede expresar
en términos bioquímicos, están defendiendo la
existencia de un plano de la realidad que es superior al de la
física y la química. Están hablando de una
"propiedad" que no está en la física, sino que se
manifiesta sólo en los procesos de la vida. Si es
así, no hay razones para negar que pueda haber en el
universo otros planos superiores con otras propiedades
irreductibles. Este es el problema de las llamadas "propiedades
emergentes" que estudia la filosofía de la ciencia.
Indudablemente, los distintos vitalismos
expresan una gran verdad o, mejor dicho, muchas verdades: expresan
la unidad de la naturaleza, expresan el vigor de las fuerzas
naturales y la importancia del misterio de la evolución. En
cambio, son reduccionistas cuando consideran que en el universo
sólo hay fuerzas vitales ciegas y, en ese mismo sentido,
inhumanas.
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4. El todo como
espíritu
Frente a estas cosmovisiones tristes, en
la medida en que son inhumanas, existe otra forma muy antigua de
concebir el universo que proviene de las religiones orientales.
Está presente en el hinduismo y, de una manera casi
filosófica, caracteriza el budismo y el taoísmo. La
experiencia básica de esta cosmovisión es la
meditación trascendental. Es decir, la penetración en
las profundidades de la conciencia.
Cuando se vive esta experiencia, se
perciben, de alguna manera, las dimensiones inmensas del universo
espiritual, especialmente en la esfera cognoscitiva. Y se cree
entrar en contacto con el sustrato más profundo de la
realidad. Se percibe un fondo espiritual, que parece común a
todas las conciencias y a toda la realidad. Se tiende a afirmar que
ese todo (Atmen) es la conciencia universal, presente en
todas las conciencias; y la vida presente en todas las formas de
vida. Toda la realidad es presencia, emanación,
degradación o división del todo espiritual. Y anhela
integrarse, de nuevo, en él. Todo es, en el fondo lo mismo:
procede de lo mismo y vuelve a lo mismo. Pero aquí se trata
de un todo espiritual. Es un panteísmo espiritualista.
Esta intuición llega hasta la
filosofía griega a través del orfismo e influye en la
filosofía de Platón. Y, posteriormente, en toda la
tradición platónica, donde toma muchas formas,
especialmente en la medida en que entra en contacto con la
revelación bíblica (Filón de
Alejandría).
Presenta algunas semejanzas con las
religiones telúricas ya mencionadas, que piensan la tierra
como la diosa madre. En ambas cosmovisiones podría hablarse
de un "alma" del mundo. Pero la diferencia es notable. En las
religiones telúricas, la experiencia básica es la de
las fuerzas de la vida (el psiquismo inferior), mientras que, en el
panteísmo espiritualista, la experiencia básica es la
de la autoconciencia (psiquismo superior). En las religiones
telúricas el alma es sólo vida, impulso y
animación ciega, mientras que en el panteísmo
espiritualista, es, sobre todo, conciencia.
Esta cosmovisión recuerda
también la filosofía hegeliana, cuando habla del
espíritu absoluto. Pero la filosofía hegeliana no
parte propiamente de una experiencia de la meditación
trascendental. Es un espiritualismo totalmente teórico. Su
experiencia básica es el dinamismo de la cultura como saber
objetivado; interpretado con las formas de una teología
cristiana secularizada. En Hegel no hay meditación
trascendental, sino sólo especulación. Su
espíritu es el espíritu objetivo de la cultura no el
de la conciencia.
Hoy la cosmovisión espiritualista
se sigue expresando principalmente en las religiones orientales y
en sus derivados. Y están más presentes que nunca en
Occidente. Desde hace un siglo, pero con más intensidad en
las últimas décadas, el budismo llega con nueva
vitalidad y se presenta como alternativa real para satisfacer las
necesidades y anhelos espirituales. Aunque se trata de un budismo,
o de un hinduismo, fuertemente depurado por su contacto con la
tradición cristiana, como sucede, por ejemplo, en la
religiosidad hindú de Gandhi, Tagore y también
Krishnamurti.
Al acercarse a Occidente, estas
religiones pierden en mucha parte la carga supersticiosa y
mitológica con que han sido revestidas por la historia. Y
tienden a convertirse en técnicas de autoayuda y
concentración, con una especie de metafísica
panteísta, pero sin una divinidad personal. Hay una
conciencia, pero no una persona; es un todo pero no un alguien; en
el fondo, son panteísmos sin Dios. No puede haber un
interlocutor personal y un diálogo, cuando todo es lo mismo
y está llamado a confundirse.
Estas religiones impregnan la mentalidad
de muchos nuevos movimientos religiosos, que acogen la
inspiración oriental. De manera destacada, el movimiento New
Age, que desea hacer una síntesis superadora y
ecuménica de todas las religiones, y pierde, por eso, la
referencia a un Dios personal. También está presente,
de algún modo, en algunas expresiones de la religión
islámica que se reciben en occidente, como la espiritualidad
sufí. Y, en general, impregna las diversas formas del
misticismo natural, que no perciben la alteridad de lo divino, es
decir la distinción entre Dios y el mundo.
La cosmovisión espiritualista -el
panteísmo espiritual- expresa una verdad, que es la profunda
impregnación de inteligencia que tiene el cosmos. Reconoce
la misteriosa comunión de todo lo que existe. Y sabe
descubrir la hondura de la conciencia humana. Pero, al diluirla en
el todo común, destruye el universo personal. Cada hombre es
sólo una partícula provisional llamada a disolverse
en el todo. Por eso, la historia carece de sentido y de relieve. No
tienen interés las personas ni las relaciones entre ellas.
No permanecen las distancias ni las diferencias, no destacan las
personalidades. Todo está llamado a juntarse. La
aspiración final es la confusión: que todo sea lo
mismo.
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5. Un universo
personal: Dios y los hombres
Mientras que las dos primeras
cosmovisiones reducen el ser del hombre a sustratos inferiores de
la naturaleza, la cosmovisión espiritualista lo difumina en
la totalidad espiritual. Para entender la idea de hombre que
transmite la cultura occidental es necesario recurrir a otra
cosmovisión que la ha inspirado y que todavía
está presente como una alternativa real: la
cosmovisión cristiana, que es una cosmovisión
profundamente personalista.
La cosmovisión cristiana no se
basa directamente en una experiencia, sino, según se
presenta, en una revelación divina. Se acepte o no la
existencia de esa revelación, hay que reconocer que ha
permitido mirar las realidades del universo con ojos nuevos. Y que
nuestra idea del universo personal, de lo que es el hombre y su
dignidad, y de lo que son las relaciones humanas se basa en ella.
Es la única cosmovisión -entre las que hemos visto-
que permite fundamentar la personalidad humana y el universo de las
realidades personales. No hay que olvidar que la palabra "persona"
procede de la teología cristiana.
La cosmovisión cristiana se basa
en tres puntos fundamentales:
a) que Dios es creador, y que ha hecho
el mundo cuando ha querido
b) que Dios es Trino, es decir una
comunión vital de tres personas
c) que el hombre ha sido hecho a imagen
de Dios.
a) Que Dios es creador significa que
Dios es un ser personal, alguien y no algo que ha creado el mundo
libremente, y que no se confunde con el mundo sino que lo
trasciende. Por eso puede actuar en el mundo y en la historia,
cuando quiere y como quiere. Dios es el fundamento de todo, pero no
se confunde con el todo. Está en el fondo de todo lo que
existe, pero no es el fondo de todo lo que existe. Las cosas no son
parte de Dios y Dios no es una parte de las cosas. Entre Dios y las
cosas creadas hay una distancia, porque las ha creado con su
voluntad, no proceden de Él como si fueran los efluvios de
un gas caliente.
b) Que Dios es Trino es la gran
revelación que nos ha transmitido Jesucristo, al presentarse
como Hijo de Dios, lleno de su Espíritu Santo. Por
Jesucristo sabemos que en el misterio de Dios hay una
comunión de tres Personas. Esta verdad ilumina toda nuestra
idea del cosmos y especialmente nuestra idea del hombre, de su
capacidad de relación y de la vida social. En la
entraña de la realidad, el ser más importante de
todos los seres, Dios, resulta que contiene, que es, una
comunión de tres personas. Dios no es un ser inerte, ni un
espíritu gaseoso con una inteligencia inmutable y perpleja.
En el núcleo del misterio de Dios -lo sabemos por
Jesucristo- hay una comunión de tres personas.
c) La tercera gran afirmación es
que el hombre es imagen de Dios. Hecho a semejanza de Dios y con
una huella y parecido de Dios. Esto significa, entre otras cosas,
que podemos buscar en el hombre el reflejo de las dos afirmaciones
anteriores: que Dios es Creador y que es Trino. Si es verdad que el
hombre es imagen de Dios, es la imagen de un Dios creador y de un
Dios Trino. Esto tiene consecuencias antropológicas
importantísimas, que vamos a intentar mostrar.
- Que el hombre es imagen de un Dios
creador y trascendente significa que, a semejanza de Dios, es un
sujeto creador. Por un lado, un sujeto, es decir un actor. Por
otro, creador, con capacidad de hacer algo nuevo, con capacidades
creativas, en definitiva con libertad para poner en la realidad los
frutos de su inteligencia. Y precisamente porque hay algo de Dios
en cada hombre, los hombres, aunque están dentro del mundo,
no se reducen al mundo, lo trascienden. Hay en ellos algo que no
viene del mundo, que no es parte del mundo, que no se reduce al
mundo. Este es el fundamento de la peculiar dignidad del hombre, de
todo hombre, de todo lo que sea hombre.
- La comunión de personas de la
Trinidad tiene también una imagen. Se refleja, de
algún modo en las comunidades humanas. Es el modelo de las
comunidades humanas. Y el hecho de que cada persona divina -el
Padre, el Hijo, el Espíritu- exista en relación a las
otras, nos da una idea de lo que significa ser persona en Dios.
Cada persona de la Trinidad, en cuanto relación subsistente,
expresa la máxima realización personal. Y es el
modelo de realización de las personas creadas. Por eso, la
realización humana consiste "en la entrega sincera de
sí mismo a los demás", como ha querido recordar la
constitución Gaudium et Spes. La entrega mutua de las
personas divinas es el modelo de comportamiento de la persona
humana.
Cada hombre ha sido creado por Dios y
para Dios. Por eso, tiene, con respecto al creador, una
relación original que lo funda como persona, como ser
abierto al diálogo. Y en esa apertura funda su capacidad de
relación, de comunicación y amor con otras personas,
con otros hombres. A imitación de la Trinidad, los hombres,
son naturalmente sociables, y están llamados a comprenderse
y amarse.
De Dios se dice que "es amor" (1 Jn
4,8). Por eso, la palabra "amor" es la más importante del
universo personal: expresa lo que tiene que ser la comunión
entre personas. Las comunidades humanas están llamadas a
reflejar la comunión divina. Y, para eso, necesitan
participar de algún modo en el Misterio de la Trinidad. La
idea cristiana del amor no parte de la experiencia de la amistad o
del amor conyugal, sino de la revelación del amor
divino.
De esta manera la revelación
cristiana permite fundamentar el universo personal: sustentar
auténticamente la personalidad de cada hombre, con su propia
intimidad y creatividad, y expresar en qué consiste la
plenitud de sus relaciones. Esta cosmovisión aporta un ideal
de realización y responde a los anhelos de trascendencia y
plenitud (plenitud de realización y de amor), del ser
humano. La connaturalidad de esos ideales con los anhelos humanos
es un indicio de su verdad, pero no es suficiente para demostrarla.
La cosmovisión cristiana parte de la fe y sólo se
entra en ella cuando se acepta a Jesucristo como Hijo y revelador
de Dios Padre, y redentor del hombre, porque nos ha dado su
Espíritu.
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6. La deriva de
la mentalidad ilustrada
Hemos expuesto las cuatro cosmovisiones
fundamentales presentes en occidente. Si extendiéramos
nuestro análisis a todo el universo, tendríamos que
tener en cuenta otras, sobre todo, la que supone el Islam, aunque
en mucha parte depende de la revelación judeocristiana. Nos
hemos limitado a lo que tiene vigencia actual en nuestra
cultura.
Las dos primeras cosmovisiones se
presentan hoy como expresiones científicas (aunque su
reduccionismo no puede basarse en la ciencia). Las dos segundas
cosmovisiones son religiosas: la impersonal (el todo divino) y la
personal (un Dios creador y trinitario).
Pero las posiciones intelectuales no se
definen sólo por las adhesiones, sino también por los
prejuicios y aversiones. Por eso, si queremos tener en cuenta las
opciones intelectuales vigentes en Occidente, es preciso decir algo
más. Desde hace tres siglos, existe una fuerte corriente de
reacción y emancipación frente al mensaje cristiano,
especialmente en los países sociológicamente
católicos. Es el movimiento ilustrado o, por lo menos, una
parte de él. Sería necesario hacer delicados
análisis para advertir hasta qué punto sus quejas y
también sus logros pueden ser admitidos. También
habría que hacer muchas distinciones para identificar la
multiplicidad de sus manifestaciones. Pero no es el momento de
intentar un juicio tan complejo. Bastan unas breves pinceladas
históricas.
En su inicio, la tradición
ilustrada asumió el universo personal creado por la fe
cristiana, convirtiéndolo, hasta donde era posible, en
filosofía. Era el proyecto racionalista: quería
apoyarse en la razón y en la ciencia que parecía el
fruto mejor de la razón. De la cultura política
inglesa, incorporó los ideales de la democracia
parlamentaria y de tolerancia cívica. De la francesa, su
amor por el derecho. Desde Kant, una parte considerable de las
élites ilustradas asumió el agnosticismo como postura
vital, perdió la metafísica, y se sintió
liberada de la necesidad de optar por las diversas cosmovisiones.
Entonces, se redefinió como una cultura laica, ética
y política, sosteniendo todavía valores cristianos,
sobre todo éticos, como la dignidad de la persona, la
igualdad fundamental de los hombres, la libertad personal, la
racionalidad de la ética y de las relaciones de justicia, y
la noción de bien común. En los países de
tradición católica, sobre todo en Francia, ha tenido
una veta laicista y fuertemente crítica frente a la Iglesia.
En otros, se ha mantenido en un agnosticismo moderado.
Desde finales del siglo pasado,
perdió la iniciativa cultural y fue en parte subsumida por
las utopías políticas socialistas, especialmente el
marxismo, que también representaba una alternativa fuerte
frente al cristianismo. En este final de siglo, al desaparecer el
marxismo, se advierte, en todo el Occidente, una curiosa
regresión hacia las formas de pensamiento ilustrado. La
ilustración de corte laicista es la mentalidad más
extendida entre las élites cultas que se resisten a ser
cristianas. Se expresa a través de importantes
órganos de opinión pública en todos los
países de Europa, especialmente en los de mayoría
católica. Frente al cristianismo, sostiene una
crítica histórica y una ridiculización de su
moral, especialmente de la moral sexual. Mientras intenta
recuperar, por todos los medios, una ética civil y laica,
que sea capaz de sustituir a la cristiana, para configurar la vida
ciudadana y dar sentido a las viejas abstracciones (libertad,
tolerancia, igualdad, etc.).
Pero no es fácil dar marcha
atrás en la historia. El movimiento ilustrado tropieza hoy
con la fuerza del reduccionismo materialista o naturalista. Muchos
ilustrados con mentalidad científica han optado por alguna
de las dos primeras cosmovisiones, materialismo constructivista o
naturalismo biológico, y ya no pueden sostener
intelectualmente los valores éticos que mantenía la
ilustración. Aunque son una minoría, porque es
difícil vivir de una manera coherente con esas
cosmovisiones.
En cambio, los ilustrados con mentalidad
humanista, después de la desaparición del marxismo,
parecen haber perdido el vigor de su racionalismo crítico y
de su laicismo, y se acercan a la visión espiritualista de
las religiones orientales. El budismo o el hinduísmo
depurados pueden ser la tentación intelectual del porvenir
para las élites de la cultura occidental que son
críticas frente al cristianismo. Aparte de otras
alternativas folclóricas, como el politeísmo pagano;
o religiosas, como el Islam, que son minoritarias.
Florece también, muy debilitado,
un nuevo agnosticismo, que no se atreve a afirmar ni a negar nada.
Está cansado de los "grandes relatos" y de las
utopías; es decir de toda teoría general sobre el
mundo, y también de todo proyecto demasiado grande para
cambiarlo. Se conforma con observaciones parciales y con
pequeños experimentos entretenidos. Se define como
"pensamiento débil" y es una de las expresiones de lo que se
ha dado en llamar "posmodernidad". Pero su misma debilidad hace que
su vida sea lánguida. No puede suscitar entusiasmos, ni
sumar consensos porque no está claro, ni es constante en lo
que afirma y lo que niega. Resulta demasiado dependiente de algunas
figuras indecisas.
En este contexto cultural, se ofrece la
oportunidad de presentar con nuevo vigor la cosmovisión
cristiana, que es profundamente coherente con el universo personal
que consideramos uno de los grandes tesoros de Occidente. No tiene
sentido presentarla en polémica con otras opciones, porque
la desgastaría inútilmente. Debe presentarse como
plenitud de lo que en otros lugares está incoado. El
cristianismo como fe religiosa es capaz de asumir lo que hay de
verdadero en otras cosmovisiones y en otras visiones parciales de
la realidad. Éste es el enfoque que conviene a una
apologética moderna, que ha asumido en profundidad la idea
de un Dios creador y redentor para todo el universo. Todo lo
naturalmente valioso tiene un lugar en la obra de la
redención y consumación en Cristo. Por eso, frente a
cada cosmovisión, plena o parcial, es necesario discernir
para poner de manifiesto sus reduccionismos y aceptar lo que tiene
de válido.
La fuerza de la oferta cristiana se basa
en la belleza del universo personal: en su idea de persona y de
intimidad, de libertad y de realización humana, de las
relaciones personales, de entrega y del amor, de la felicidad y de
Dios. Todo este universo no tiene dónde apoyarse en las
demás cosmovisiones. Ha nacido de la cultura cristiana y se
sostiene sólo dentro de ella. Hay que esforzarse en mostrar
su atractivo, que es un signo de su verdad. Pero, como hemos dicho
antes, la belleza es sólo un indicio para vencer prejuicios;
la puerta de entrada a esta cosmovisión es la fe en Cristo
resucitado.
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Notas
(1)
El análisis de los niveles de la realidad se puede encontrar
ya en el famoso libro de Max Scheler, El puesto del hombre en el
cosmos. O también, en el menos famoso, pero
también estupendo libro, de Romano Guardini, Mundo y
persona. Aunque esta reflexión procede de los
años veinte, no ha perdido vigencia.
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