Cómo hacerse millonario hablando de Dios
Paul Davies, premio Templeton 1995
Mariano Artigas
Publicado en Aceprensa, 90/95 (28 junio 1995)
El pasado 5 de mayo, Paul Davies
ha recibido el premio que la Fundación Templeton otorga cada
año a personas que han contribuido de modo significativo al
progreso de la religión. Davies ha publicado unos 15 libros, y
varios de ellos tratan acerca de las relaciones entre ciencia y
religión.
Existen muchas maneras de
hacerse rico. Una de ellas, aunque parezca mentira, es hacer algo en
favor de la religión. La Fundación Templeton otorga cada
año un premio de un millón de dólares a una
persona que haya realizado contribuciones importantes para el progreso
de la religión. A pesar de las fluctuaciones del dólar,
un millón de dólares es mucho dinero, y supera, en
concreto, a la dotación del premio Nobel.
Los premios Templeton y la
Fundación del mismo nombre fueron creados por Sir John
Templeton, quien está muy interesado en los problemas
religiosos, y de modo especial desea favorecer la colaboración
entre ciencia y religión. Entre los anteriormente galardonados
con el premio Templeton figuran personas tan diferentes como la Madre
Teresa de Calcuta, el reverendo Billy Graham, el profesor y escritor
Stanley Jaki, y el recientemente fallecido ex presidente norteamericano
Richard Nixon.
Cuando el premio se otorga a
alguien por sus publicaciones, se entiende que ha publicado bastantes
libros y que en ellos dice cosas interesantes acerca de la
religión. Este es el caso del recién mencionado Stanley
Jaki y también el de Paul Davies. Existe, sin embargo, una
diferencia importante entre estos dos personajes: Jaki es
católico y Davies, en cambio, no practica ninguna
religión desde que tenía 15 años (según las
noticias de prensa) y no parece admitir la existencia de un Dios
personal creador tal como la afirman los cristianos (según sus
publicaciones). En estas condiciones, ¿por qué le ha sido
concedido el premio a Davies?
Una personalidad polifacética
Paul Davies nació en
Inglaterra en 1946. A los 24 años se doctoró en
física en Londres. Trabajó en el Instituto de
Astronomía de Cambridge y enseñó
matemáticas aplicadas en Londres hasta 1980. Luego fue profesor
de física teórica en la Universidad de Newcastle upon
Tyne, y en 1990 se trasladó a Australia como profesor de
física matemática en la Universidad de Adelaida. En el
ámbito de la física, sus intereses se dirigen
especialmente hacia la gravedad cuántica, agujeros negros, y
física de la complejidad.
La capacidad de
organización y comunicación que posee Davies queda
reflejada en sus numerosos trabajos como jefe de departamento en la
Universidad, supervisor de escuelas y comisiones universitarias,
redactor y asesor de diarios y revistas de diferentes países,
director de programas de radio y televisión, y autor de
numerosos libros, tanto especializados como divulgativos. Es uno de los
principales autores de la divulgación científica actual.
Davies posee un indudable
talento como escritor, y una competencia científica que
está fuera de duda. Pero lo más notable es que,
escribiendo de modo asequible para el gran público, se adentra
en los problemas más difíciles que relacionan la ciencia,
la filosofía y la religión.
Una trayectoria en evolución
Con respecto a la
religión, las ideas de Davies han cambiado con los años.
Siempre ha sostenido que la ciencia proporciona un camino importante
para acercarse a Dios, pero son sus ideas sobre Dios las que han
evolucionado desde una especie de panteísmo hasta una
posición próxima a la teología del proceso.
Desde luego, ni el
panteísmo ni la teología del proceso son ideas religiosas
ortodoxas. El panteísmo identifica a Dios con la naturaleza. Y
la teología del proceso afirma un Dios que, siendo diferente de
la naturaleza, comparte de algún modo su destino y por eso se
encuentra en proceso y cambia. En la Europa de hace varios siglos,
tanto católica como protestante, Davies podía haber
acabado en la hoguera por defender esas ideas. Sin embargo, ahora
recibe un sustancioso premio. Evidentemente, las circunstancias han
cambiado, y en nuestro mundo secularizado resulta significativo que un
científico conocido, cuyos libros tienen éxito, afirme
que existen puentes entre la ciencia y la religión, aunque no
llegue a unas ideas muy claras acerca de Dios.
Tres fechas
La evolución de Davies se puede resumir en tres fechas: 1983, 1989 y 1992.
En 1983, Davies publicó su libro God and the New Physics1.
Allí sostenía que la ciencia proporciona en la actualidad
un camino más seguro que las religiones tradicionales para
llegar a Dios. Claro está que el dios al que llegaba
poco tenía en común con el Dios personal creador del
cristianismo; se trataba más bien de una idea que presentaba
coincidencias con el panteísmo. Davies aludía al
panteísmo como si fuera una idea generalizada entre los
científicos; sería «la creencia vaga de
muchos científicos de que Dios es la naturaleza o Dios es el universo»
. Y sugería que, si el universo fuese el resultado de unas leyes
necesarias, podríamos prescindir de la idea de un Dios creador,
pero no de la idea de «una mente universal que exista como parte de ese único
universo físico: un Dios natural, en oposición al sobrenatural».
En 1989, Davies editó una
obra colectiva en la que se trataban los principales temas de
vanguardia de la física en la actualidad. En la
Introducción al libro, subrayaba que uno de los logros
principales de la física en nuestra época se refiere a
los fenómenos de auto-organización, en los cuales muchas
partículas cooperan en la formación de nuevas pautas. En
sus propias palabras: «Los sistemas complejos dejan de ser
meramente complicados cuando despliegan un comportamiento coherente que
implica la organización colectiva de un amplio número de
grados de libertad. Es uno de los milagros universales de la naturaleza
que enormes reuniones de partículas, que sólo
están sometidas a las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin
embargo son capaces de organizarse a sí mismas en
configuraciones (patterns) de actividad cooperativa»2.
La referencia a que se realizan en virtud de muestra el asombro de
Davies ante la naturaleza tal como nos la da a conocer la ciencia
actual.
En 1992 algo más había cambiado, tal como se reflejaba en un artículo publicado en una revista divulgativa3.
Davies afirmaba que el cristianismo tuvo una influencia positiva en el
nacimiento de la ciencia moderna, porque los pioneros de la ciencia
eran cristianos y, como tales, pensaban que la naturaleza es racional
como obra de Dios y que, por tanto, se puede investigar
científicamente. Y añadía que, según el
principio antrópico, las condiciones físicas que hacen
posible nuestra existenciia se encuentran tan enormemente ajustadas que
es difícil pensar que nuestra existencia sea un simple resultado
del azar o de fuerzas ciegas.
Sobre todo, Davies publicó en 1992 un nuevo libro titulado The Mind of God4, que merece un comentario aparte.
La mente de Dios
Este libro no es un modelo de
ortodoxia religiosa. Puede pensarse incluso que, si cae en las manos de
alguien que no tenga buenos conocimientos científicos y
religiosos, más bien le puede complicar bastante la vida. Pero
eso mismo lo hace especialmente significativo. En efecto, muestra
cómo un científico actual, que no pertenece a ninguna
religión y que hasta hace pocos años encontraba muchas
dificultades en la idea de un Dios personal, va avanzando hacia Dios
gracias a sus reflexiones sobre la ciencia.
Davies afirma que no pertenece a
ninguna religión institucional y que nunca ha tenido una
experiencia mística. Pero también afirma que la ciencia
no puede responder a los interrogantes últimos, y añade
que ese tipo de respuestas sólo pueden provenir de experiencias
místicas que trascienden el ámbito de la
especulación científica. Además, defiende la
existencia de algún plan superior capaz de explicar la vida
humana: según Davies, nuestra existencia no puede ser casual ni
el simple resultado de fuerzas ciegas.
Todo esto quizá pueda
parecer trivial, sobre todo a un creyente, pero no lo es cuando se
presenta como el resultado de un extenso análisis llevado a cabo
por una persona que, como Davies, no encuentra fácil afirmar la
existencia de un Dios personal creador. Davies es un científico
que intenta llevar la ciencia hasta sus límites, analizando en
concreto las variadísimas respuestas que se proponen en la
actualidad acerca de las cuestiones últimas, y tomando parte en
un verdadero combate intelectual en el que se discuten detalladamente
los argumentos en favor y en contra de las distintas soluciones.
Al igual que en otros libros
anteriores, los razonamientos de Davies pueden llevar al psiquiatra a
quien no posea una estructura mental sólida, ya que incluyen las
interpretaciones más insólitas. Se trata de reflexiones
en voz alta en las que Davies manifiesta sus perplejidades, que no son
pocas ni pequeñas. Su interés radica precisamente en que
muestran que un científico como Davies, nada comprometido con
posiciones religiosas convencionales y dispuesto a admitir la parte de
verdad que se encuentra en cualquier propuesta por extraña que
parezca, afirma ahora con pleno convencimiento que no resulta viable
atribuir la existencia humana al simple juego accidental de las fuerzas
naturales. Así puede entenderse que se le haya concedido el
premio Templeton.
Los límites de la ciencia
Resulta muy significativo que
Davies reconozca expresamente que la ciencia no se encuentra en
condiciones de proporcionar respuestas a los problemas fundamentales de
la existencia humana.
Es significativo porque Davies
desearía poder solucionar todos los problemas ciencia en mano.
Escribe, en efecto: «Yo siempre he deseado creer que la ciencia
puede explicar todo, al menos en principio» (pág. 14).
Sin embargo, a
continuación se ve obligado a añadir: «pero incluso
si se descartan los sucesos sobrenaturales, no está claro, a
pesar de todo, que la ciencia pueda explicar todo en el universo
físico. Permanece el viejo problema acerca del final de la
cadena de explicaciones. Por mucho éxito que puedan tener
nuestras explicaciones científicas, siempre incluyen algunos
supuestos en su punto de partida... Por tanto, las cuestiones
'últimas' siempre permanecerán más allá del
alcance de la ciencia empírica» (pág. 15).
En esta línea, Davies
llega a señalar que más allá de la ciencia se
encuentra la metafísica, y que es en ese
ámbito donde se
plantean los interrogantes acerca de los fundamentos mismos de las
ciencias: «La tarea del científico es descubrir las pautas
en la naturaleza e intentar ajustarlas a esquemas matemáticos
simples. La cuestión de por qué hay pautas, y por
qué esos esquemas matemáticos son posibles, cae fuera del
alcance de la física, y pertenece al ámbito denominado
metafísica» (pág. 31).
La racionalidad de la naturaleza
Uno de los aspectos que Davies
subraya con mayor acierto es la racionalidad de la naturaleza,
indispensable para que la ciencia sea posible y progrese.
De acuerdo con una
posición genuinamente filosófica, Davies se asombra ante
el éxito de la ciencia, al que podemos estar acostumbrados:
«El éxito del método científico para
descubrir los secretos de la naturaleza es tan sorprendente que puede
impedirnos advertir el milagro mayor de todos: que la ciencia funciona.
Incluso los científicos normalmente dan por supuesto que vivimos
en un cosmos racional y ordenado, sujeto a leyes precisas que pueden
ser descubertas por el razonamiento humano. Sin embargo, por qué
esto es así continúa siendo un asombroso misterio»
(pág. 20).
En efecto, el hecho de que la
ciencia funcione, y funcione tan bien, apunta a algo profundamente
significativo acerca de la organización del cosmos: (pág.
24). «El éxito de la empresa científica
frecuentemente puede impedirnos ver el hecho asombroso de que la
ciencia funciona. Aunque la mayoría de la gente lo da por
supuesto, es a la vez increíblemente afortunado y misterioso que
seamos capaces de manejar las obras de la naturaleza usando el
método científico» (pág. 148).
La filosofía comienza con
el asombro. Cuando nos acostumbramos a algo y nos llega a parecer lo
más natural del mundo, difícilmente nos plantearemos
problemas filosóficos. En este caso, Davies tiene razón:
cuando se interpreta el éxito de la ciencia y de sus
aplicaciones tecnológicas como un progreso a costa de las
explicaciones metafísicas y religiosas, se comete una
equivocación, porque el progreso científico más
bien invita a plantear las cuestiones más profundas acerca de
sus condiciones de posibilidad, y esas condiciones se encuentran
más allá del dominio de la ciencia.
Por eso, davies escribe que la
ciencia se apoya en (pág. 162). Y añade: «Concedo
que no se puede probar que el mundo es racional. Ciertamente es posible
que, en su nivel más profundo, sea absurdo... Sin embargo, el
éxito de la ciencia es al menos una fuerte evidencia
circunstancial en favor de la racionalidad de la naturaleza»
(pág. 191).
El plan divino
Se ha repetido una vez y otra
que hoy día ya no se puede probar la existencia de Dios
basándose en el orden de la naturaleza, porque ese orden puede
explicarse mediante las leyes naturales. Incluso en el mundo de los
vivientes, donde existe una aparente finalidad innegable, todo
podría explicarse mediante las teorías de la
evolución, sin apelar a un plan divino.
Davies subraya que, en este
amabiente, resulta significativo que un buen número de
científicos estén resucitando ahora la prueba de la
existencia de Dios basada en el orden: «Los teólogos
abandonaron más o menos completamente el argumento del
diseño, debido a las severas críticas de Hume, Darwin y
otros. Es muy curioso, por tanto, que haya sido resucitado
recientemente por un número de científicos. En su nueva
forma el argumento no se dirige hacia los objetos materiales del
universo como tal, sino a las leyes subyacentes, donde es inmune frente
a los ataques darwinistas» (pág. 203).
Precisamente, Davies concluye su discusión al respecto con estas palabras: (pág. 213).
A continuación, Davies se
adentra en una de sus típicas disquisiciones. Según el
cristianismo, la racionalidad de la naturaleza se debe al plan de Dios;
pero, añade Davies, esto se acepta, la pregunta siguiente es:
¿con qué fin ha producido Dios este plan?... Esto
significaría que nuestra propia existencia en el universo
formaba una parte central del plan de Dios. Y sigue: «EnThe Cosmic Blueprint,
escribí que el universo aparece como si se desarrollara de
acuerdo con algún plan o bosquejo... Esas reglas parecen como si
fuesen el producto de un plan inteligente. No veo cómo puede
negarse esto. Que prefiramos creer que han sido planeadas realmente
así, y en ese caso por qué tipo de ser, debe permanecer
una materia de gusto personal... se podría concebir a Dios
meramente como una personificación mítica de esas
cualidades creativas, más que como un agente independiente. Por
supuesto, esto difícilmente satisfaría a cualquiera que
siente que tiene una relación personal con Dios»
(págs. 123-125).
Es evidente que Davies no
está defendiendo la existencia de un plan divino tal como lo
afirma el cristianismo. En este caso, como en tantos otros, su
pensamiento llega incluso a chocar con la ortodoxia cristiana. Pero,
por eso mismo, resulta significativa la evolución de su
pensamiento hacia posiciones cada vez más próximas al
teísmo.
Antropocentrismo
¿Puede afirmarse todavía en la actualidad que el hombre ocupa un lugar privilegiado en el plan divino?
Davies, con todas las
limitaciones que ya he señalado, se inclina por la respuesta
afirmativa y, lo que es más, presenta sus ideas como el
resultado de su reflexión sobre la ciencia. Éstas son las
palabras finales de su libro: «No puedo creer que nuestra
existencia en este universo es un mero episodio del destino, un
accidente de la historia, algo incidental en el gran drama
cósmico... A través de los seres conscientes, en el
universo ha aparecido la auto-conciencia. Esto no puede ser un detalle
trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito.
Realmente está previsto que estemos aquí»
(pág. 232).
Al comienzo del libro, Davies
había escrito: «La revolución comenzada con
Copérnico y terminada con Darwin tuvo el efecto de marginar e
incluso trivializar a los seres humanos... En los capítulos que
siguen presentaré una visión de la ciencia completamente
diferente. Lejos de considerar a los seres humanos como productos
incidentales de fuerzas físicas ciegas, la ciencia sugiere que
la existencia de organismos conscientes es un rasgo fundamental del
universo. Estamos inscritos en las leyes de la naturaleza en un sentido
profundo y, según me parece, lleno de significado»
(págs. 20-21).
En definitiva, las reflexiones
de Davies le han llevado a una perspectiva que reconoce un nivel de
explicación más profundo que la ciencia:
«Pertenezco al grupo de científicos que no suscriben
ninguna religión convencional y, sin embargo, niegan que el
universo sea un accidente sin significado. Por medio de mi trabajo
científico he llegado a creer cada vez con más fuerza que
el universo físico está coordinado con una sencillez tan
asombrosa que no puedo aceptarla meramente como un simple hecho. Me
parece que debe existir una explicación de nivel más
profundo» (pág. 16).
Notas
(1) Paul Davies. God and the New Physics. Dent, Londres 1983. Me ocupé de ese libro en: Mariano Artigas,Aceprensa, servicio 65/87 (6 mayo 1987).
(2) Paul Davies (editor). The New Physics. Cambridge University Press, Cambridge 1989, págs. 4-5.
(3) Paul Davies, en Muy interesante,
nº 131, abril 1992, pp. 6-14. Me ocupé de ese
artículo y de la evolución que reflejaba en el
pensamiento de Davies en: Mariano Artigas, Aceprensa, servicio 109/92 (2 septiembre 1992).
(4) Paul Davies. The Mind of God. Simon & Schuster, Londres 1992.
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