La Iglesia y el evolucionismo: el caso de
Raffaello Caverni
Mariano Artigas (Universidad de Navarra, Pamplona)
Rafael Martínez (Pontificia Università della Santa
Croce, Roma)
Publicado en Scripta Theologica, 36 (2004), pp. 37-68.
Índice
-
Sumario
Los procedimientos de la Congregación del
Índice
Un peculiar cura de pueblo
Los nuevos estudios de filosofía
La reseña de «La Civiltà
Cattolica»
Un tratado en entregas
La denuncia del arzobispo
Un informe de lujo
El informe de Zigliara sobre el libro de
Caverni
Se propone prohibir el libro
La Congregación Preparatoria del 27 de
junio de 1878
La Congregación General del 1 de julio de
1878
La audiencia papal y la promulgación del
Decreto
Reacción de Caverni
El significado de la condena
«indirecta»
Notas
Resumen
En este artículo se sacan a la luz documentos
inéditos sobre un libro que fue condenado en 1878 por la
Congregación del Índice porque sostenía que
evolucionismo y cristianismo eran compatibles. Desde las
últimas décadas del siglo XIX hasta 1950 e incluso
después, estos temas se han expuesto de modo muy breve,
parcial y con frecuencia confuso en los manuales y en los libros y
artículos de historia. La apertura del archivo de la
Congregación para la Doctrina de la Fe en 1998 permite por
vez primera conocer con detalle el funcionamiento de la
Congregación del Índice y el caso concreto.
Palabras clave: Evolucionismo, Index, Caverni,
Teología
Abstract
In this essay we use documents unpublished until now on a book
that was condemned in 1878 by the Congregation of the Index because
it supported the idea that evolution and Christianity were
compatible. Since the last decades of the 19
th
century
until 1950 and even later, these subjects have been treated in the
textbooks and in the writings on history in a very brief, partial,
and often confused way. The opening of the Archives of the
Congregation of the Doctrine of the Faith in 1998 makes possible
for the first time to know in detail the work of the Congregation
of the Index and this particular affair.
Keywords: Evolution, Index, Caverni, Theology
Los procedimientos de la Congregación del Índice.
Un peculiar cura de pueblo. Los nuevos estudios de
filosofía. La reseña de «La Civiltà
Cattolica». Un tratado en entregas. La denuncia del
arzobispo. Un informe de lujo. El informe de Zigliara sobre el
libro de Caverni. Se propone prohibir el libro. La
Congregación Preparatoria del 27 de junio de 1878. La
Congregación General del 1 de julio de 1878. La audiencia
papal y la promulgación del Decreto. Reacción de
Caverni. El significado de la condena «indirecta»
En este artículo sacamos a la luz documentos
inéditos sobre un libro que fue condenado por la
Congregación del Índice porque sostenía que
evolucionismo y cristianismo eran compatibles. Es un caso que ha
permanecido en la penumbra hasta que los correspondientes
documentos de archivo fueron desclasificados hace pocos
años. Nuestro único objetivo es proporcionar datos
fiables sobre un caso que tiene cierta relevancia en la historia de
la actitud de la Iglesia católica ante el evolucionismo.
Generalmente se piensa que la Iglesia católica siempre se
ha opuesto al evolucionismo. Es cierto que el evolucionismo fue
percibido por no pocos católicos como no opuesto
necesariamente a la fe cristiana, y hubo desde el comienzo intentos
de conciliación entre evolucionismo y cristianismo. Sin
embargo, las autoridades de la Iglesia manifestaron en ocasiones,
de modo más o menos directo, sus reservas.
Los manuales más utilizados en los Seminarios y
Facultades de Teología desde las últimas
décadas del siglo XIX hasta 1950 e incluso después,
solían proponer una tesis según la cual Dios
formó directa o inmediatamente el cuerpo de Adán, y
en ese contexto incluían un examen del el evolucionismo y lo
descalificaban. La mayoría de los autores calificaban la
formación divina del cuerpo de Adán sin
intermediarios como «doctrina cierta» o
«común», y la tesis contraria era considerada
una opinión «temeraria» que, si bien no llegaba
a herejía, se debía evitar. La prueba principal que
se aducía era una interpretación muy literal de los
relatos de la creación del hombre que se encuentran en el
Génesis. La interpretación del Génesis se
confirmaba con las interpretaciones propuestas por la
mayoría de los Santos Padres. También se
insistía en la falta de pruebas a favor del evolucionismo. Y
en el apartado dedicado a las decisiones magisteriales de la
Iglesia se citaban, además del Concilio provincial de
Colonia de 1860, los casos del dominico francés Dalmace
Leroy, el sacerdote norteamericano John Zahm, de la
Congregación de Santa Cruz, y el obispo italiano Geremia
Bonomelli, para mostrar que la Santa Sede mantenía una
actitud contraria al evolucionismo
1
.
Pero apenas había datos sobre Leroy, Zahm y Bonomelli.
Leroy publicó en el diario parisino Le Monde
una
carta fechada en Roma el 26 de febrero de 1895 en la cual se
retractaba de la doctrina contenida en su libro La
evolución restringida a las especies orgánicas
(1891): «Ahora he sabido que mi tesis, examinada aquí,
en Roma, por la autoridad competente, ha sido juzgada insostenible,
sobre todo por lo que se refiere al cuerpo del hombre, por ser
incompatible tanto con los textos de la Escritura Santa como con
los principios de una sana filosofía»
2
. Zahm escribió una carta al traductor
italiano de su libro Evolución y dogma
(1896), en la
que decía: «He sabido por una autoridad incuestionable
que la Santa Sede se opone a la ulterior distribución deEvolución y dogma, y por tanto, le ruego que use toda
su influencia para que el libro se retire del mercado»
3
. Bonomelli se había hecho eco
positivo del libro de Zahm, y publicó una especie de
retractación en carta fechada el 22 de octubre de
1898
4
. La revista La Civiltà
Cattolica, dirigida por jesuitas y revisada por la Santa Sede,
reprodujo las tres cartas y, frente a John Hedley, obispo
inglés que ponía en duda la existencia de decisiones
de la Santa Sede al respecto porque La Civiltà
no
citaba ninguna en concreto, respondió asegurando que las
decisiones existían, y que si se dirigía en su
calidad de obispo a las autoridades de la Santa Sede se lo
confirmarían, quizás confidencialmente
5
.
Era una situación un tanto anómala,
tratándose de un tema doctrinal de cierta envergadura. La
apertura del archivo de la Congregación para la Doctrina de
la Fe en 1998 ha hecho posible, por vez primera, conocer
directamente la documentación relacionada con los casos
mencionados. Llevamos varios años trabajando en esta
línea y confiamos en publicar un libro con los resultados de
nuestra investigación en un futuro próximo. En este
artículo presentamos un caso que no es ninguno de los
mencionados y que no se suele citar al hablar de la Iglesia y el
evolucionismo, y que sin embargo es, hasta lo que permiten nuestros
conocimientos a fecha de hoy, el único caso en el que
realmente se produjo una actuación pública de las
autoridades vaticanas en relación directa con el
evolucionismo. Se trata del libro Sobre los nuevos estudios de
filosofía. Discurso a un joven estudiante, publicado el
sacerdote florentino Raffaello Caverni en 1877.
En este caso, el Vaticano condenó un libro que
defendía el evolucionismo y el motivo de la condena era su
defensa del evolucionismo, pero aparentemente casi nadie se dio por
enterado. Ni siquiera La Civiltà Cattolica, que entre
1897 y 1902 sacó todo el partido posible a simples cartas y
artículos favorables al evolucionismo, mencionó una
sola vez en esos años el libro de Caverni, que había
sido incluido en el Índice de libros prohibidos mediante un
decreto público de la Santa Sede en 1878.
¿Cómo se explica esto?, ¿es que ni siquieraLa Civiltà, tan atenta a estos temas, conocía
el libro de Caverni o su condena?
Para comprender esta extraña situación debemos
mencionar los peculiares procedimientos de la Congregación
del Índice. No nos referimos al secreto que guardaban sus
miembros con respecto a su trabajo; eso también
sucedía en otras Congregaciones, y respondía a la
lógica reserva con que debían llevarse asuntos que
afectaban a la fama de las personas. Lo relevante para nuestro
problema es el modo de hacer públicas las decisiones. La
decisión de incluir un libro en la lista de los libros
prohibidos era tomada por los cardenales miembros de la
Congregación del Índice y era sometida a la
aprobación del Papa, pero no tenía vigencia hasta que
no se promulgaba de modo público.
La publicación se hacía mediante un decreto
impreso, de tamaño grande, que se colocaba en los lugares
acostumbrados de Roma (Vaticano, Palacio de la Cancelleria, y
algunos otros). Todos los decretos de la época tenían
la misma estructura. En la parte superior se encontraba el escudo
del Papa, flanqueado a ambos lados por las imágenes de San
Pedro y San Pablo. El texto comenzaba con un párrafo
estereotipado, siempre el mismo, donde decía que los
Cardenales miembros de la Congregación se habían
reunido, para realizar la misión que tenían
encomendada por el Papa, en tal fecha concreta; en ese
párrafo sólo cambiaban las fechas correspondientes.
Después venía la lista de libros que se
prohibían mediante ese decreto; sólo se indicaba el
autor y los datos del libro (título, lugar y fecha de
publicación), y nada más: esto es extraordinariamente
importante, porque nada se decía sobre el motivo de la
prohibición del libro que, en algunos casos (como el que nos
ocupa ahora) ha quedado en la penumbra hasta nuestros días.
A veces se añadía la frase «El autor, de modo
digno de alabanza, se ha sometido y ha reprobado su obra»,
cuando se trataba de autores católicos que habían
aceptado la decisión de la Congregación. Al final
venía la fecha del decreto, firmado por el cardenal Prefecto
y por el Secretario de la Congregación, y se indicaba la
fecha en que el decreto se había publicado en Roma,
fijándolo en los sitios previstos.
En el caso de Caverni, el decreto decía que la
reunión de los cardenales había tenido lugar el
martes 1 de julio de 1878 en el Vaticano. Estaba firmado por el
cardenal Antonino de Luca, Prefecto de la Congregación, y
por fray Jerónimo Pio Saccheri, dominico, Secretario. El
decreto estaba fechado en Roma, el 10 de julio de 1878, y al final
se decía que fue publicado el 31 de julio siguiente.
Incluía siete libros de seis autores. El primero era el de
Caverni, y ahí se leía:
Caverni Raffaello. De' nuovi studi
della Filosofia. Discorsi a un giovane studente. Firenze, 1877.Auctor laudabiliter se subiecit et opus reprobavit
[«Nuevos estudios de filosofía. Discursos a un joven
estudiante». Florencia, 1877. El autor, de modo digno de
alabanza, se ha sometido y ha reprobado su obra]
6
.
Salta a la vista que el decreto no dice por qué se ha
prohibido el libro, y que el título del libro ni siquiera
menciona el evolucionismo. Sólo los miembros de la
Congregación del Índice conocían los motivos
que habían llevado a la prohibición. Por tanto,
sólo ellos podían afirmar que el motivo de la condena
era el evolucionismo. Pero los miembros de la Congregación
jamás realizaban declaraciones sobre su trabajo: no
podían hacerlo.
Quien no formara parte de la Congregación (o sea, casi
todo el mundo) podía pensar que habían existido
diversos motivos para prohibir el libro. De hecho, en este caso
existían. Caverni defendía el evolucionismo, pero
también criticaba algunos aspectos del mundo
eclesiástico, tales como la formación de los alumnos
de los seminarios en Italia y el método escolástico
que se seguía en esas enseñanzas, y sus
críticas se dirigían especialmente contra los
jesuitas. Se podía pensar que eran esas críticas lo
que había provocado la prohibición del libro. No se
trata de una simple hipótesis. En una monografía
sobre Caverni publicada en el año 2001 se lee:
Los motivos por los cuales fue prohibido
el libro de Caverni no se encuentran en la hipótesis
evolucionista tal como la proponía Caverni, o al menos no
sólo en ella. En aquel libro Caverni criticaba de modo
áspero varios aspectos del mundo eclesiástico, y
sobre todo la cultura que éste proponía
7
.
Esta idea probablemente proviene de los estudios sobre Caverni
que, entre 1910 y 1920, publicó Giovanni Giovanozzi
(1860-1928). Según Giovanozzi, el libro de Caverni no fue
incluido en el Índice debido a su defensa del evolucionismo,
sino a sus cáusticos y agrios ataques a institutos,
métodos y personas del mundo eclesiástico. Esta idea
ha quedado recogida en el artículo dedicado a Caverni en elDizionario biografico degli italiani
8
. Veremos que tiene poco fundamento. No puede
descartarse que las críticas de Caverni al mundo
eclesiástico y a los jesuitas desempeñaran un papel
en la denuncia del libro. Sin embargo, los documentos del archivo
del Índice muestran que el evolucionismo fue el motivo
central de la prohibición. Vamos a centrarnos en esos
documentos, exponiendo antes, a modo de introducción,
algunos datos sobre Caverni y su obra
9
.
Raffaello Caverni nació el 12 de marzo de 1837 en San
Quirico di Montelupo, cerca de Florencia. Cuando tenía 13
años marchó a estudiar a Florencia. El 2 de junio de
1860 fue ordenado sacerdote. Durante diez años fue profesor
de física y matemática en el Seminario de Firenzuola,
y a partir de 1871 fue párroco del pueblo de Quarate, cuya
proximidad a Florencia le permitió simultanear sus deberes
eclesiásticos con una dedicación profunda al estudio
y a sus publicaciones.
Caverni publicó varios libros relacionados con las
ciencias. Su obra principal son los seis volúmenes tituladosHistoria del método experimental en Italia
10
, un trabajo de proporciones colosales
(unas 4.000 páginas) que recibió el premio de un
concurso convocado por el Real Instituto de Ciencias de Venecia.
Cinco volúmenes se publicaron en vida de Carverni, y un
sexto, incompleto, después de su muerte. No se trata de una
simple acumulación de datos. Contiene interpretaciones
personales, y entre ellas, algunas críticas a Galileo, que
provocaron el rechazo de la obra por parte de bastantes
especialistas. Caverni fue amigo de Antonio Favaro, quien
publicó la famosa edición nacional de las obras
completas de Galileo, y Favaro contribuyó a que la obra de
Caverni recibiera el premio mencionado, pero posteriormente ambos
se distanciaron
11
. Dentro de este polémico contexto,
Eugenio Garin ha afirmado que esta obra de Caverni ha sido
injustamente olvidada
12
.
Todos coinciden en que Caverni era un espíritu
independiente, poco amante de los convencionalismos sociales, lo
cual pudo influir en su rechazo de oportunidades para ocupar
puestos en la Universidad o en asociaciones científicas.
Desde 1868, Caverni se interesó por el evolucionismo y la
posibilidad de conciliarlo con la narración bíblica
de la creación y la doctrina católica. La
publicación de la obra de Darwin en Italia había
provocado fuertes discusiones, también en Florencia. Entre
1875 y 1876 Caverni publicó una serie de artículos en
la Rivista Universale
(que en 1878 se convirtió en laRassegna Nazionale), con el título Sobre la
filosofía de las ciencia naturales. Y en 1877
publicó esos artículos en forma de libro, con un
título diferente: Nuevos estudios de filosofía.
Discursos a un joven estudiante
13
. La idea central del libro era que se
podían conciliar el evolucionismo y el cristianismo.
Para conseguir esta conciliación, Caverni
introducía ciertas modificaciones en el evolucionismo tal
como se solía presentar. Por una parte, afirmaba la
necesidad de admitir la creación divina y la acción
de Dios que con su providencia guía los procesos naturales
para que lleguen al fin previsto. Además, el ser humano
quedaba fuera del proceso de la evolución. De este modo
Caverni quería evitar los inconvenientes principales que
presentaba el evolucionismo para un católico.
La primera dificultad que debía salvar Caverni era la
interpretación literal de los relatos bíblicos de la
creación, que era la que predominaba en aquella
época. Con este fin distinguía en la Sagrada
Escritura dos partes, una divina y otra humana: según
Caverni, la parte divina tiene por objeto las verdades de la fe y
es infalible, mientras que la parte humana tiene por objeto las
nociones adquiridas por el estudio y, como todo lo que se conoce
por la razón humana, pueden ser verdaderas o falsas. Caverni
citaba en su favor las ideas que Galileo había propuesto
para interpretar la Escritura, subrayando que no es
intención de la Escritura enseñarnos verdades
científicas, sino mostrarnos el camino que lleva al
cielo
14
.
Caverni sostenía que los creyentes nada tienen que temer
de la ciencia, a la que pueden dejar con libertad total para
investigar el origen de las especies vivientes. Pero también
afirmaba que las ciencias naturales tienen unos límites que
no pueden sobrepasar: en concreto, las ciencias se refieren a lo
material, pero no pueden decirnos nada acerca de lo
espiritual
15
. De este modo excluía al ser humano
del proceso evolutivo. Al mismo tiempo, Caverni excluía un
evolucionismo que negase la finalidad; afirmaba un evolucionismo
teísta y finalista donde se salvaban las ideas religiosas
básicas sobre la creación y la acción de Dios
en el mundo.
El libro de Caverni fue objeto de fuertes críticas por
parte de La Civiltà Cattolica. Seguramente hubiera
sucedido lo mismo en otras circunstancias cuando esa revista, como
casi siempre ha sucedido, se publicaba en Roma, pero en aquellos
años, debido a la compleja situación italiana, la
revista se publicaba precisamente en Florencia, centro de actividad
de Caverni y lugar donde se publicó su libro. Antes de que
el libro fuera condenado, La Civiltà
publicó
una amplia reseña del libro de Caverni, dividida en dos
partes, que fueron publicadas en dos números sucesivos de la
revista. El autor era el jesuita Francesco Salis Seewis
16
. Al comienzo de su reseña, alababa
la intención y los conocimientos de Caverni, y
advertía que Caverni dejaba al ser humano fuera del proceso
evolutivo, pero enseguida pasaba a una dura crítica, tanto
teológica como filosófica, de las ideas de
Caverni.
La primera parte de la reseña se centraba en los aspectos
teológicos, y concretamente en los criterios que Caverni
proponía para interpretar la Sagrada Escritura y armonizarla
con la ciencia. Caverni decía que debemos distinguir en la
Biblia una parte humana y otra divina, y afirmaba que los detalles
que narra el Génesis sobre la creación pertenecen a
la parte humana, que no es por tanto objeto de fe ni de la doctrina
católica. Su argumentación se basaba en la
concordancia de los textos de la Biblia con otros textos igualmente
antiguos de autores profanos. Salis Seewis respondía que
ahí se pueden ver las huellas de una revelación
primitiva, anterior a los textos sagrados y a los profanos, y
añadía que la aceptación de las ideas de
Caverni tendría consecuencias ruinosas, sobre todo por lo
que respecta a la infalibilidad de los libros inspirados, a su
origen divino, y a la fe que se les debe.
Se trataba de un problema muy discutido en aquella época.
Salis Seewis defendía la postura más tradicional y
rígida, según la cual cada sentencia de la Biblia,
interpretada en sentido literal estricto, debe ser verdadera porque
tiene a Dios por autor, sin tener en cuenta géneros
literarios ni otras consideraciones semejantes. En caso contrario,
añadía, se pondría a la palabra de Dios en
función de apreciaciones humanas. La última
consecuencia sería una devaluación del
carácter inspirado y divino de toda la Escritura: el
criterio de Caverni, que Salis Seewis califica como
«inaudito», conduciría a una conclusión
«sacrílega».
La segunda parte de la reseña está dedicada a los
aspectos científicos y filosóficos. Desde el
principio, Salis Seewis afirma que el darwinismo es un arbusto
nacido de mala semilla en una tierra salvaje, que ha crecido mal y
hasta ahora ha dado sólo frutos venenosos. Sigue diciendo
que Caverni intenta sanarlo, trasplantándolo al
ámbito de la filosofía, y añade que Caverni se
muestra partidario del darwinismo, ignorando tantas críticas
como se le han hecho. Según Salis Seewis:
el darwinismo es un germen de
incredulidad: nació de considerar la naturaleza sin Dios, y
de la tendencia a excluir a Dios de la ciencia. Todas las leyes
imaginadas por Darwin se dirigen a hacer superflua la acción
divina. Darwin apenas dejó trasparentar su plan y los
principios ateos y materialistas, que han sido profesados
después sin ninguna restricción por sus secuaces y
sucesores
17
.
Según Salis Seewis, Caverni se separa decididamente de su
maestro (Darwin), ya que afirma que la evolución y sus leyes
pueden aceptarse si se supone que han sido establecidas y reguladas
por la sabiduría infinita de Dios creador: así piensa
Caverni que puede sanar la infección de incredulidad que se
encuentra en la raíz del sistema.
Por otra parte, Salis Seewis recuerda que, según Darwin,
el origen del ser humano se explica del mismo modo que el origen
del resto de los vivientes: las dos hipótesis son como la
flor y el fruto. En cambio, Caverni se separa de nuevo de Darwin en
este punto y, si bien admite los argumentos darwinianos para los
demás vivientes, afirma que pierden todo valor cuando se
llega al hombre. Pero Salis Seewis critica los argumentos que
Caverni utiliza para mostrar que la evolución no puede dar
cuenta del origen de la fisiología humana, y reprocha a
Caverni que es poco consistente porque, cuando trata del
ámbito humano, niega el valor de los argumentos
fisiológicos que ha utilizado al hablar de la
evolución de los demás vivientes. Finalmente, Salis
Seewis también advierte serios defectos en los argumentos
que utiliza Caverni para establecer la superioridad mental del ser
humano con respecto a los demás animales. Y acaba
advirtiendo que las críticas de Caverni al mundo
eclesiástico no son apropiadas y pueden ser más bien
ocasión de escándalo.
En definitiva, son dos los problemas centrales que señala
Salis Seewis. El primero es el carácter ateo y materialista
del evolucionismo, que pretende explicar la naturaleza
prescindiendo de Dios. El segundo es que si se incluye al ser
humano dentro de las explicaciones evolucionistas, se cae en el
materialismo. Salis Seewis señala que Caverni intenta evitar
estas dos consecuencias, afirmando que Dios es el autor y
gobernador de las leyes naturales, y excluyendo el origen evolutivo
del ser humano. Pero considera insuficientes y contradictorios los
argumentos de Caverni.
La reacción de La Civiltà Cattolica
ante el
libro de Caverni fue inmediata y contundente. Pero hubo más.
En su recensión, Salis Seewis decía que en el espacio
permitido por una recensión no se podían tratar con
suficiente amplitud los problemas que planteaba el darwinismo, y
añadía que, para subsanar esa dificultad, en ese
mismo número de la revista comenzaba un estudio minucioso de
las doctrinas y pruebas del darwinismo, para discutir adecuadamente
qué hay de científico en «ese tejido de
suposiciones ridículas, de paralogismos intolerables, de
equívocos manifiestos»
18
.
En efecto, la segunda parte de la reseña de Salis Seewis
comenzaba en la página 65 del correspondiente
fascículo de La Civiltà Cattolica, y en la
página 64 finalizaba la primera entrega de un verdadero
tratado contra el darwinismo. El autor era el jesuita Pietro
Caterini. Escribió 37 entregas que fueron publicadas en
números sucesivos de la revista a lo largo de los
años 1878, 1879 y 1880
19
. En 1884, esos artículos fueron
reunidos y publicados en forma de libro, con un total de 383
páginas
20
.
El problema central, reflejado en el título, era el
origen del hombre. Caverni había dejado al ser humano fuera
del proceso evolutivo, destacando las peculiaridades que lo
diferencian del resto de los animales. Pero esa solución de
compromiso no parecía destinada a durar de modo permanente.
Los evolucionistas, comenzando por Darwin, veían la
evolución humana como simple prolongación de la
evolución de los demás vivientes.
Caterini abordaba los problemas del evolucionismo de acuerdo con
los conocimientos de la época, y siempre de modo
crítico, sin hacer concesiones al adversario. Era una guerra
sin cuartel, en la que se intentaba desacreditar al darwinismo
desde el punto de vista científico. La última parte
estaba dedicada a la oposición entre el darwinismo y el
cristianismo.
Caterini cita a Caverni en tres ocasiones. En la primera,
Caterini recuerda que, según los darwinistas, los animales
tienen alma y mente como los hombres, mientras que Caverni, para
salvar la superioridad esencial del hombre, niega que los animales
tengan un conocimiento propiamente dicho. En este punto Caterini da
la razón a los darwinistas contra Caverni: de acuerdo con la
filosofía tradicional, los animales sienten y conocen;
simplemente, el conocimiento sensitivo no sobrepasa lo singular,
concreto y material, y el conocimiento intelectual, en cambio,
sobrepasa ese nivel
21
. En la segunda ocasión, Caterini
aprueba las reflexiones de Caverni sobre la diferencia de los
órganos vocales de los animales y el hombre y de sus
respectivas funciones, de modo que no debería afirmarse que
el lenguaje humano es punto de llegada de una evolución a
partir de animales inferiores
22
. En la tercera ocasión, Caterini
lamenta que Caverni prodigue sus alabanzas al libro de Darwin, al
que no reconoce, ni de lejos, los méritos científicos
que Caverni le atribuye
23
. Las tres referencias se encuentran en
artículos publicados después de la condena del libro
de Caverni. Además de estas alusiones concretas, las ideas
de fondo de los artículos de Caterini son una dura
crítica de la conciliación entre evolucionismo y
cristianismo propuesta por Caverni.
En sus últimos tres artículos, Caterini intenta
mostrar que no se pueden conciliar el evolucionismo y el
cristianismo. La sección 39 está dedicada a probar la
tesis sobre el origen del cuerpo humano por acción inmediata
de Dios:
Es doctrina revelada que los primeros
padres del género humano fueron producidos por inmediata
operación de Dios, no sólo en cuanto al alma sino
también en cuanto al cuerpo
24
.
Para probar esta tesis, Caterini propone una
interpretación literal de los relatos del Génesis,
recurre a otros textos de la Sagrada Escritura, afirma que esa
tesis es aceptada unánimemente por los Santos Padres,
añade que los doctores y teólogos también
están de acuerdo, y remite especialmente a los tratados de
teología publicados en la época reciente por
Hettinger, Perrone, Palmieri, Mazzella, Hurter, Dupasquier y Berti.
Y en la conclusión a su largo estudio, afirma que las tesis
defendidas por el transformismo son absolutamente contradictorias
con lo que nos enseña la fe católica: por tanto, los
que pretenden que no existe tal oposición, o se
engañan o son engañados. Las doctrinas
transformistas, concluye Caterini, están llenas de errores
teológicos, y además, al examinarlas desde la
perspectiva de la ciencia y de la razón, se ve que son un
conjunto de absurdos filosóficos, conceptos confusos,
afirmaciones gratuitas, hechos exagerados y conclusiones falsas. En
definitiva, y estas son las frases que concluyen la larga serie de
artículos:
[El transformismo] consideradoteológicamente
es un basto y manifiesto error contra
la fe. Examinado filosóficamente
es una variante
evidentemente absurda del materialismo. Valoradocientíficamente, es un sueño
fantástico, un extrañísimo sistema a
priori, que tiene en contra suya las observaciones y los hechos
de la naturaleza
25
.
Éste era el escenario que llevó, primero a la
denuncia, y luego a la condena del libro de Caverni.
El primer documento que encontramos en el archivo del
Índice es una carta muy breve (una página con
espacios amplios) del arzobispo de Florencia (Eugenio Cecconi),
fechada el 9 de noviembre de 1877. Está dirigida al dominico
padre Jerónimo Pio Saccheri, Secretario de la
Congregación del Índice (que ocupaba ese cargo desde
1873). No es la denuncia original. Es una carta en la que el
arzobispo de Florencia responde a una carta del Secretario del
Índice de dos días antes. En el cuerpo de la carta se
lee:
Tengo el honor de transmitir a Vuestra
paternidad Reverendísima una copia de los dos Votos
relativos al libro de Caverni, que usted, también en nombre
del Eminentísimo Señor Cardenal Prefecto de la
Sagrada Congregación del Índice, me pide en su
venerada carta del 7 de noviembre. Adjunto un ejemplar del libro, y
envío el que utilizó el primero de los Consultores,
porque su Voto remite a ciertos lugares de ese libro que él
mismo señaló en rojo
26
.
Parece claro que fue el propio arzobispo quien denunció
el libro de Caverni a la Congregación del Índice,
porque así se dice expresamente al comienzo del informe de
Zigliara que más adelante examinaremos. En la denuncia, el
arzobispo se debía referir a dos informes (votos) elaborados
en Florencia sobre el libro; el Secretario del Índice se los
pidió, y el arzobispo le envió una copia, junto con
la carta recién citada.
La copia de los dos informes hechos en Florencia, que el
arzobispo envió, está escrita por la misma mano y no
tiene nombres ni fechas (por tanto, no contiene indicación
alguna sobre quiénes son los autores de los informes).
También se conserva en el archivo del Índice
27
. El primer informe fue encargado por el
arzobispo (así se dice al comienzo). La copia de este
informe tiene 9 páginas. Allí se lee que el libro de
Caverni es pésimo tanto en el aspecto teológico como
en el filosófico, porque enseña un gravísimo
error en la fe, concretamente que la inspiración divina de
la Sagrada Escritura sólo se extiende a la fe y a la moral,
de modo que el resto del texto sagrado puede contener errores.
Además, el autor muestra no poco orgullo y un
espíritu poco eclesiástico. Caverni acepta el
darwinismo, sistema muy peligroso, aunque lo limite a las especies
inferiores al hombre. El examen de las pruebas del darwinismo ocupa
la primera parte del libro, y la segunda mitad se dedica a mostrar
que el hombre cae fuera del proceso de la evolución. Pero,
dice el informe, resulta extraño que un sacerdote defienda
unas ideas que han perdido prestigio incluso entre los
incrédulos; aquí el informe remite a La
Civiltà Cattolica, concretamente, a una reseña de
dos libros anti-darwinistas
28
. El informe lamenta que Caverni no recoge
los argumentos contrarios al darwinismo. El autor del informe
reconoce que, si se excluye al hombre de la evolución, no
hay ninguna definición de la Iglesia que condene el
evolucionismo como herético, pero le parece que es contrario
a la fe porque se opone a la Escritura, a los Padres y a la
tradición. Además, aunque Caverni excluya al ser
humano, lo más coherente con los principios que expone
sería admitir también el origen del hombre por
evolución. El informe también alude a los problemas
relacionados con la reducción que propone Caverni del animal
a una máquina. Y en definitiva, se plantea la necesidad de
elegir entre un darwinismo que niega el espíritu, o la
negación del darwinismo: no hace falta decir que el informe
conduce a negar la validez del darwinismo.
El segundo informe parece redactado por un religioso, porque se
dirige al obispo deseándole el bien para su diócesis,
cosa que no haría un sacerdote diocesano. La copia tiene 6
páginas. Tres de ellas se dedican a criticar los
erróneos criterios propuestos por Caverni para interpretar
la Escritura, y otras dos al darwinismo. El informe dice que
Caverni se detiene al llegar al hombre porque, en caso contrario,
chocaría contra la fe, que afirma que el hombre fue formado
inmediatamente por Dios también en cuanto al cuerpo.
Añade que el evolucionismo tiene en su contra las opiniones
más notables de la ciencia. Señala que la idea del
animal-máquina es extraña. Continúa diciendo
que era fácil criticar el materialismo de Darwin sin
recurrir, como lo hace Caverni, a la doctrina del ontologismo. Y
dice: «Son incivilizadas, como mínimo, las pedradas
lanzadas contra los jesuitas, como está ahora de
moda». Lamenta que Caverni critique en público la
educación que se da en los seminarios de Italia, y concluye
que a Caverni le falta más precisión en lo
teológico, tiene demasiado empeño por sus
preferencias filosóficas, y le sobra acidez en su celo.
La denuncia siguió el camino previsto en la
Congregación del Índice. El paso siguiente era el
examen del libro de Caverni por parte de un consultor de la
Congregación, designado por el Cardenal Prefecto o por el
Secretario. En este caso se trató de un consultor de lujo,
lo cual confiere un interés especial a su informe. Era el
dominico padre Zigliara, uno de los eclesiásticos más
importantes en la segunda mitad del siglo XIX.
El dominico Tommaso Maria Zigliara (1833-1893) fue uno de los
protagonistas del «neo-tomismo» promovido por el Papa
León XIII para renovar el pensamiento católico. Se
trataba de enfocar los estudios de filosofía y
teología siguiendo los principios del pensamiento de Santo
Tomás de Aquino. El neo-tomismo tomó gran impulso a
raíz de la publicación por León XIII, en 1879,
de la encíclica Aeterni Patris.
Zigliara concluyó sus estudios de teología y fue
ordenado sacerdote en 1856 en Perugia. Le ordenó el obispo
de Perugia, que era el futuro Papa León XIII. Más
tarde, Zigliara fue profesor de filosofía y teología
en el convento dominicano de Santa Maria sopra Minerva, en
Roma, y también fue rector del Colegio de Santo Tomás
dirigido por los dominicos en Roma, que más tarde se
convirtió en la Universidad del Angelicum
(del nombre
«Doctor Angélico» con que se conoce a Santo
Tomás). En 1879, el mismo año en que publicó
la mencionada encíclica, León XIII le nombró
cardenal. También fue nombrado presidente de la Pontificia
Academia de Santo Tomás (creada también en 1879), y
Cardenal Prefecto de la Congregación para los Estudios. Era
muy apreciado tanto por su categoría intelectual como por su
talante.
Entre las diversas publicaciones de Zigliara destaca su Suma
filosófica, publicada por vez primera en 1876, que
alcanzó 19 ediciones. Estaba escrita en latín, lengua
que entonces se utilizaba mucho en el mundo eclesiástico, y
durante años fue utilizada como libro de texto en los
seminarios de Europa y América.
El juicio que el evolucionismo merecía a Zigliara queda
claro en las seis páginas que le dedica en el volumen
segundo de la Suma filosófica
29
. Según Zigliara, el
transformismo es una doctrina materialista que sólo difiere
accidentalmente de los materialismos antiguos que pretendían
explicar todo mediante las interacciones casuales de los
átomos. Lamarck pretende explicar la evolución
recurriendo a la relación del organismo con las
circunstancias externas que provocan en el organismo nuevas
necesidades, las cuales, a su vez, provocan la aparición de
nuevos órganos. Darwin propone como principio explicativo la
selección natural, y el hombre no sería más
que el resultado de ese proceso. Pero ese tipo de doctrinas ya fue
refutado en la antigüedad por Aristóteles. Zigliara
expone diversos argumentos para mostrar que la teoría de la
evolución es metafísicamente absurda porque se basa
en principios falsos, es una hipótesis arbitraria e incluso
contradictoria, y además también es absurda desde el
punto de vista de la fisiología.
Hay que añadir que, en la Suma filosófica,
Zigliara habla expresamente de la «evolución
espontánea», que se realiza contando solamente con las
fuerzas propias de la naturaleza, y no contempla la posibilidad de
que, en la evolución, Dios actúe como causa primera a
través de las causas naturales. En cambio, contempla esa
posibilidad en otra de sus obras, una introducción a la
teología destinada también al uso escolar. Pero la
rechaza basándose en el relato del Génesis (consta
que Dios creó especies distintas desde el principio), y en
que el alma humana no puede provenir de la materia; y añade
que, dadas las características de la vida, no puede provenir
de la pura materia: cuando los escolásticos admitían
que la vida sensitiva y animal se podía educir de la
potencialidad de la materia, no se referían a una potencia o
capacidad activa, sino pasiva: se puede originar la vida a partir
de la materia si existe una causa agente proporcionada
30
.
Se podía prever, por tanto, que el informe de Zigliara
sobre el libro de Caverni sería negativo, como así
fue. El informe consta de 19 páginas impresas, y está
fechado el 25 de mayo de 1878
31
. La conclusión es clara: Zigliara
propone incluir el libro de Caverni en el Índice de libros
prohibidos, y que el arzobispo de Florencia procure no sólo
que Caverni acepte la condena, sino también que no publique
un segundo libro, sobre el origen del hombre, que anunciaba en el
Prefacio.
El informe de Zigliara es claro y ordenado. Consta de tres
partes. La primera (páginas 1-7) se dedica al darwinismo en
sí mismo, la segunda (páginas 7-12) trata del
darwinismo en relación con el Génesis, y la tercera
(páginas 12-18) se refiere al origen del hombre. En la parte
final (páginas 12-13) Zigliara expone un resumen y sus
conclusiones. Seguiremos este mismo orden.
Zigliara dice que la intención de Caverni es buena, pero
el resultado no lo es. Caverni lamenta la mala situación que
atraviesa la filosofía debido a su alejamiento de las
ciencias naturales, y propone como remedio centrar la
filosofía en el estudio del origen del hombre. Con este fin,
en la primera parte de su obra expone el darwinismo. Pero,
añade inmediatamente Zigliara, todos saben que el darwinismo
no es un sistema nuevo, sino que, dejando aparte a
Demócrito, Leucipo y Lucrecio (los antiguos materialistas),
es un perfeccionamiento del sistema de Lamarck. Enseña que,
a partir de la materia inorgánica, se formó una
primera célula viva, y a partir de ahí se originaron
los diferentes tipos de vivientes, mediante transformaciones que
responden a las circunstancias: para sobrevivir, se desarrollan
nuevos órganos y tendencias, o se pierden los inservibles.
Lamarck y Darwin parten del mismo principio: células
primitivas formadas por combinaciones químicas, y sucesivos
desarrollos que producen los diversos tipos de vivientes. Pero,
según Zigliara, que aquí cita al famoso Cuvier, ambos
puntos han sido rechazados por célebres
científicos.
Caverni piensa que el sistema de Darwin aparece como
probablemente verdadero a quien lo examina sin prejuicios, y que
viene avalado sobre todo por la embriología, ya que el
embrión de los mamíferos atraviesa por las mismas
fases que se supone ha atravesado el entero organismo durante la
historia de su evolución. De este modo, la naturaleza
realiza en pocos meses lo que la evolución ha realizado
durante muchos siglos. Aunque Zigliara no utiliza estos
términos, se trata de la famosa y discutida ley según
la cual la embriogénesis recapitula la filogénesis.
Pero aquí siguen las críticas. Zigliara dice que
precisamente ahí «se encuentra concentrado todo el
veneno del darwinismo», al que Zigliara considera como
«panteísmo materialista bajo forma
embriogénica». ¿Por qué este duro
juicio?
Quizás hubiera sido mejor para Caverni que su libro no
hubiera sido examinado por un experto tan famoso. Un teólogo
corriente hubiera tenido menos pretensiones, pero el prestigioso
Zigliara fue muy lejos. Citando a otros autores y utilizando un
razonamiento bastante audaz, afirma que el darwinismo se reduce, en
el fondo, a hegelianismo: de la célula primitiva salta a una
célula potencialmente universal, o sea, al absoluto de Hegel
que se va diferenciando en un proceso de devenir, al modo de
Heráclito. Zigliara reprocha a Caverni que no advierte esta
lógica. Sin embargo, el mismo Zigliara proporciona la
solución. Caverni afirma que una evolución que se
desarrolla de modo ciego en virtud de las puras fuerzas naturales
equivale a un cierto panteísmo (todo es de naturaleza
divina), pero afirma que los seres primitivos poseían la
capacidad de desarrollarse de modo gradual porque Dios la
había puesto en ellos. Si Dios crea la materia y le infunde
esa capacidad, y además guía su evolución
mediante su acción providente, la dificultad desaparece, y
la evolución no tiene nada que ver con el materialismo ni el
panteísmo: responde a un plan divino y es posible gracias a
la acción de Dios. Zigliara lo reconoce, pero reprocha a
Caverni que es imprudente porque concede a los darwinistas lo
fundamental de su tesis sobre la célula primitiva, y una vez
concedido esto, todo se reduce a evolución de pura materia.
¿No es esto, se pregunta Zigliara, un panteísmo, al
menos sui generis? La primera parte del informe acaba de un
modo un tanto incierto, porque, al menos a primera vista, Caverni
ha solucionado las dificultades que menciona Zigliara, como
éste mismo reconoce, aunque Zigliara sigue considerando que
la posición de Caverni es peligrosa.
En la segunda parte del informe, Zigliara examina el darwinismo
en relación con los relatos de la creación en la
Sagrada Escritura, concretamente en el libro del Génesis.
Zigliara critica los criterios que Caverni propone para interpretar
la Escritura, con su distinción entre una parte humana
falible y otra divina infalible, poniendo las cuestiones
científico-naturales en la parte falible. Es una
crítica muy dura, porque esta distinción,
según Zigliara, conduce a varios inconvenientes graves: lo
que es objeto de ciencia, por ejemplo la creación, que se
demuestra por la ciencia natural, no sería objeto de la fe;
la Iglesia no podría decir nada sobre las nociones de la
ciencia racional, y si dice algo, no sería infalible: y
éste sería el caso de las definiciones de la Iglesia
sobre la inmortalidad del alma humana, su unión con el
cuerpo, la creación de las almas, etcétera;
además, ¿quién delimita qué es objeto
de la ciencia y de la fe?; por fin, el Concilio Vaticano se
habría equivocado cuando afirmó que existen verdades
reveladas que pueden ser alcanzadas por la razón
natural.
Sin duda, estas objeciones son serias. La interpretación
de la Biblia llegó a ser un problema importante durante el
siglo XIX, y provocó intervenciones de los Papas que,
finalmente, llevaron a la Iglesia católica a admitir una
interpretación más matizada de los textos sagrados,
teniendo en cuenta los géneros literarios de los diferentes
escritos. Zigliara califica las ideas de Caverni como
«horrible teoría», que lleva a aceptar como
verdades reveladas en el Génesis solamente la
creación original del mundo, la conservación por
acción divina de los seres creados y otras cosas semejantes,
dejando fuera todo lo que se refiere a los modos particulares como
Dios ha formado el mundo. Zigliara muestra su disconformidad
más absoluta con la atribución de inexactitudes a
Moisés, y dice que esto «es un reproche impío
dirigido a Dios mismo». Zigliara abunda ampliamente en estos
reproches, dice que un niño podría responder a las
ideas de Caverni, y califica su método para interpretar la
Escritura como «horriblemente falso y escandaloso»,
diciendo que, no obstante, se encuentra en el meollo del libro de
Caverni. Los Santos Padres no están de acuerdo con la
interpretación propuesta por Caverni, pero es que,
según Caverni, en las cosas humanas estaban influidos por
las ideas de su época, incluidas las tradiciones paganas.
«Estas afirmaciones de Caverni, concluye Zigliara, son su
condena, y me dispensan de la tarea de refutar la insigne temeridad
de su exégesis».
Llegamos así a la tercera parte del informe, dedicada al
origen del hombre. Zigliara subraya que Caverni es darwinista a
medias: los argumentos de anatomía que le parecen
convincentes para establecer la relación genealógica
entre diversos tipos de animales, le parecen simples
analogías cuando se llega al ser humano. Pero Zigliara
piensa, probablemente con razón, que esto no es muy
convincente. ¿Por qué negar la continuidad de ambos
casos? Caverni se empeña en mostrar que del cerebro no sale
el pensamiento, pero se apoya, en buena parte, sobre la
filosofía del ontologismo. Se trataba de una doctrina
filosófica propuesta en aquella época por Gioberti y
por Rosmini, según la cual tenemos una intuición
general o indeterminada de Dios, que no surge del conocimiento de
los sentidos. Pero el ontologismo fue objeto de crítica
dentro de la Iglesia, de tal modo que, para Zigliara, era peor el
remedio que la enfermedad: tratando de evitar los inconvenientes
del materialismo, Caverni acababa en el ontologismo. Zigliara le
critica que sólo vea en el ontologismo la prueba del
carácter espiritual del ser humano, y califica esta postura
como «impertinencia e ignorancia».
Todavía queda la reducción del animal a una
máquina, cuyos mecanismos, advierte Caverni, nos son
desconocidos por el momento. Zigliara dice que este error es peor
todavía que el anterior, y lo critica severamente. Carverni
piensa que si se admite en los animales pasiones, alma y mente,
caería por tierra la distinción entre ellos y el ser
humano, y eso le lleva a afirmar que los animales son
autómatas, como máquinas. Pero de este modo, advierte
Zigliara, Caverni acaba en el materialismo, aunque no lo desee;
incluso la Escritura atribuye a los animales un alma viviente.
Además, esa doctrina se opone a los hechos más
evidentes, porque los animales tienen memoria, fantasía y
estimativa: y si todo esto se reduce a materia, ¿por
qué no se podría hacer lo mismo con la animalidad
humana? Parece claro que estos reproches de Zigliara están
bien fundados.
Caverni dice que no va a discutir con Darwin sobre el origen del
cuerpo humano, pero da a entender que la diferencia esencial entre
hombre y animal pudo provenir simplemente de un «fulgor de
luz vivísima», de origen divino, gracias al cual el
cerebro se convirtió en humano; quizás se
formó naturalmente un nuevo cerebro, o quizás el
cerebro del animal se convirtió en humano al recibir esa
luz: en cualquier caso, aunque parece que Caverni no quiere
discutir el origen del cuerpo del primer hombre, también
parece dar a entender que ese origen se debió a la
evolución. Zigliara reprocha a Caverni que se ha metido en
un verdadero laberinto al intentar explicar, con ninguna fortuna y
poca claridad, la diferencia entre el hombre y el animal:
«cuanto más cree que sale [del laberinto], más
se interna en el materialismo». Después de estas
críticas, sólo queda el resumen final y la
conclusión.
Zigliara resume todo lo que ha dicho a lo largo de su informe en
tres puntos, que considera como la sustancia del libro de Caverni,
y que reproducimos textualmente:
a. Caverni defiende el sistema
darwiniano sobre las células primitivas y su sucesiva
evolución y transformación en las especies de los
animales brutos, mediante el principio de selección natural;
y la evolución darwiniana, como bien dice Vera, no es
más que la parte material del evolucionismo absoluto, que es
el panteísmo hegeliano.
b. Son absurdos los criterios
exegéticos de Caverni sobre la Sagrada Escritura, quitando a
la inspiración divina, y por tanto a la infalibilidad, todo
lo que en ella puede ser objeto de la ciencia natural. De
ahí resulta el corolario de que se admita el darwinismo u
otro sistema fisiológico, geológico, etc., aunque sea
manifiestamente opuesto a la Sagrada Escritura. Y cuando, a pesar
de todo, Caverni intenta reducir el Génesis de Moisés
al génesis darwiniano, él mismo confiesa que se
encuentra en desacuerdo con la interpretación común
de los exégetas y de los Santos Padres.
c. Cuando después
[Caverni] intenta salvar al hombre de la embriogenia darwiniana,
hace esfuerzos inútiles, porque ha concedido las premisas
darwinianas; dice que el darwinismo sólo se puede refutar
con el ontologismo; se ve obligado a negar la vida animal a los
brutos; y admite que el alma humana pueda ser, y que de hecho
quizás lo es, una irradiación divina sobre el cerebro
de los brutos. En suma Caverni, en mi opinión, va con sus
doctrinas derecho hacia el materialismo, no porque ésa sea
su intención, ya que incluso intenta refutar el
materialismo, sino por la realidad de su doctrina
32
.
Evidentemente, las consecuencias prácticas de este juicio
no podían ser demasiado positivas. Ésta es su
transcripción literal
33
:
Éstos [los que se acaban de
recoger] son los puntos sustanciales del libro de Caverni. Se
podrían hacer notar otros puntos que, en comparación
con éstos, diría que son secundarios, pero no hay
necesidad de transcribirlos, porque los primeros me parecen
suficientes para concluir que el libro, a pesar de sus partes
buenas, merece ser incluido en el Índice de libros
prohibidos. Está escrito con un estilo imaginativo y
poético, lo cual lo hace todavía más
peligroso. Además me parece dificilísimo, si no
imposible, pensar en corregirlo, tal como se ve por el examen que
acabo de hacer. No sé si sería conveniente procurar
que el arzobispo de Florencia diera algún paso con el autor,
no sólo para procurar su sometimiento, sino también
para persuadirle de que no publique, sin que se examine
previamente, el otro trabajo sobre El origen del hombre
que
promete en el Prefacio y que no sé si lo ha mandado a la
imprenta. Tal como he dicho, Caverni tiene ingenio, y estando
versado, como realmente lo está, en los estudios
fisiológicos, podría, si toma una dirección
correcta, aportar no pocas ventajas a la ciencia.
Al someter ésta humilde
opinión mía al sabio juicio de Sus Excelencias
Reverendísimas, beso la Sagrada púrpura y me
reafirmo
De Sus Excelencias
Reverendísimas
Roma, 25 de mayo de 1878
Muy Humilde, Devoto y Seguro Servidor
Fray Tommaso M. Zigliara, dominico
Consultor
Caverni había topado con un hueso duro, que no
temía ir hasta el final de los argumentos. La parte
filosófica del informe podía parecer opinable, pero
la crítica de los cánones exegéticos de
Caverni, en aquella época, era importante, y lo referente al
origen del hombre era un aspecto bastante débil del libro de
Caverni.
Como establecían las normas habituales, el informe se
imprimía y se discutía en dos reuniones sucesivas. En
la «Congregación Preparatoria» estaban presentes
los consultores con el Secretario de la Congregación. El
resultado de esa reunión era discutido posteriormente por
los cardenales miembros de la Congregación en la
«Congregación General».
El correspondiente impreso conservado en el archivo de la
Congregación notificaba que la Congregación
Preparatoria en que se discutió el libro de Caverni se
celebró el jueves 27 de junio de 1878, en la casa del
Secretario (situada en Roma, via Sudario número 40).
Estuvieron presentes el Secretario y 13 consultores, cuyos nombres
se citan
34
. Entre esos consultores se encontraban
Zigliara, autor del informe sobre el libro de Caverni, y Tripepi,
quien intervino años más tarde en otro caso
relacionado con el evolucionismo. Tanto Zigliara como Tripepi
fueron elevados al cardenalato posteriormente.
Como de costumbre, se señalaba un orden en los libros que
se debían examinar, orden que se mantenía
posteriormente en la Congregación General. Así se
simplificaban los trámites: bastaba referirse al
número correspondiente, y así se hacía. En
este caso se examinaron 6 libros y un opúsculo, y el de
Caverni ocupaba el número 5.
El impreso resumen de la Congregación Preparatoria
indica, como de costumbre, solamente el resultado del examen. Sobre
el libro 1 todos estuvieron de acuerdo en proponer que se
prohibiera. Sobre el número 2, todos los consultores excepto
dos estuvieron de acuerdo con la propuesta del consultor que
había elaborado el informe. Sobre el número 3, ocho
pensaban que debía prohibirse, y los demás que
debía «despreciarse» (por tanto, no tomar
ninguna medida). Como se ve en estos casos y en los demás
que se examinaron en esa reunión, el examen de cada libro
terminaba con una votación, cuyo resultado se reflejaba por
escrito, para que se tuviera en cuenta en los pasos siguientes.
Sobre el número 5, que era el libro de Caverni, leemos:
«Dijeron que debía prohibirse, añadiendo: que
se oiga al autor antes de que se publique el Decreto». Por
tanto, hubo unanimidad. El deseo de oír al autor era
habitual cuando el autor era, como en este caso, un sacerdote; se
le comunicaba la decisión para que pudiera aceptarla, en
cuyo caso, al publicar el Decreto, se añadía la
cláusula «el autor laudablemente se ha sometido y ha
reprobado la obra», lo cual se interpretaba como una alabanza
del autor, porque manifestaba sus buenas disposiciones y su
intención de obedecer a lo dispuesto por las autoridades de
la Iglesia.
El resultado de la Congregación preparatoria pasaba a ser
examinado por la Congregación de los cardenales o
Congregación General, que solía celebrarse pocos
días después.
La Congregación General del Índice tuvo lugar en
el Palacio Apostólico Vaticano, el lunes 1 de julio de
1878
35
. Esta reunión se encontraba en otro
nivel. Los cardenales escuchaban los informes preparados por los
relatores, contaban con el resultado de la Congregación
Preparatoria, y después, ellos solos, discutían cada
libro y se realizaba una votación final para establecer una
decisión que sería transmitida después por el
Secretario de la Congregación al Papa.
Lo normal era que el Secretario escribiera una síntesis,
bastante amplia, de las discusiones y de la votación final,
indicando los motivos principales que se alegaban. Ese escrito, en
el que se encontraban de nuevo los libros en el mismo orden seguido
en las Congregaciones, era utilizado por el Secretario para
informar al Papa, de modo que el Papa pudiera decidir con
conocimiento de causa si aprobaba la decisión de los
cardenales. Lo habitual era que la aprobara.
Conocemos la decisión de los cardenales, porque se
conserva en el archivo la relación manuscrita de la
Congregación General del 1 de julio de 1878
36
. Allí se recogen los nombres de los
nueve cardenales que estuvieron presentes en la reunión.
Aunque a veces hubiera discusiones largas y fuertes (y de ello hay
constancia en diversos informes de otras reuniones), la
relación final solía contener solamente una
síntesis breve de lo tratado en la reunión. De todos
modos, la parte referente al libro de Caverni es bastante extensa y
ocupa más de una página escrita con letra apretada.
Éste es el texto:
De' nuovi studi della filosofia.
Discorsi di Raffaello Caverni a un giovane studente. Esta obra
merece una grave y especial atención. En la misma se expone
y en parte se aprueba el darwinismo, [diciendo] que tiene muchos
puntos de contacto con la doctrina religiosa, especialmente con el
Génesis y con otros libros de la Biblia. Hasta ahora la
Santa Sede no ha emitido ninguna decisión sobre el
mencionado sistema. Por tanto, si se condena la obra de Caverni,
como conviene hacerlo, se condenaría indirectamente el
darwinismo. Ciertamente se gritará contra esta
decisión; se alegará el ejemplo de Galileo; se
dirá que esta Sagrada Congregación no es un tribunal
competente para sentenciar sobre doctrinas fisiológicas,
paleontológicas o dinámicas. Pero no se debe hacer
caso de estos probables alborotos. Con su sistema, Darwin destroza
los fundamentos de la revelación y enseña
manifiestamente el panteísmo y un abyecto materialismo. Por
tanto, no sólo es cosa útil, sino incluso necesaria,
la condena indirecta de Darwin, y junto con él de Caverni,
que es su defensor y propagador entre la juventud italiana.
No menos reprobables son los
cánones exegéticos sobre la Sagrada Escritura del
mismo Caverni, como sabiamente advierte el consultor padre Zigliara
en su voto, ya que la inspiración divina de la Sagrada
Escritura se quiere limitar a los dogmas revelados y a la moral,
dejando fuera de la infalibilidad todo lo que los escritores
sagrados pudieran aprender con el estudio de las ciencias
naturales. Este sistema exegético ha sido recientemente
reprobado por esta Sagrada Congregación en el examen y en
las observaciones sobre la obra del canónigo Wies.
Así como fue unánime el
parecer de los consultores, también lo fue el de los
Eminentísimos Cardenales; o sea, que se proscriba la obra,
junto con dos advertencias acerca de la interpelación que se
ha de hacer al autor para obtener la sumisión y para
inducirle a desistir de su plan de publicar impreso su trabajo
sobre el origen del hombre.
Sabemos, por tanto, que hubo unanimidad en la decisión,
tanto por parte de los consultores (Congregación
Preparatoria) como de los cardenales (Congregación General).
También parece que la autoridad de Zigliara
desempeñó un papel importante, ya que en el resumen
final se le cita nominalmente y se aceptan sus razonamientos,
incluso el que podría parecer más drástico, o
sea, acusar al darwinismo de ser un panteísmo materialista.
Es digno de notarse asimismo la importancia que se otorga al
problema de la interpretación de la Sagrada Escritura. Se
afirma que el darwinismo choca con los fundamentos de la
revelación cristiana, y esto, junto con sus consecuencias
(lleva al panteísmo materialista), es lo que lleva a
condenar el libro de Caverni.
Además, esa relación manuscrita reviste especial
importancia por el significado que se pretende dar a la
decisión de la Congregación. Se dice, y es un dato
importante, que hasta ese momento (1 de julio de 1878), la Santa
Sede no se ha pronunciado sobre el darwinismo. Es un hecho. Y se
afirma que la prohibición del libro de Caverni
significaría una «condena indirecta» del
darwinismo. ¿Qué significa esto?
Según esa relación manuscrita, la
Congregación del Índice deseaba condenar el
darwinismo. Pero su competencia se limitaba ordinariamente a
examinar publicaciones y a determinar si se incluían o no en
el Índice de libros prohibidos. Por eso se habla de una
«condena indirecta»: si se condena un libro que
defiende el darwinismo, se condena directamente el libro, pero
indirectamente se condena la doctrina que contiene. Sin embargo,
teniendo en cuenta que el Decreto de condena era lo único
que se hacía público, y que ahí no se
especificaba los motivos de la condena, ni siquiera podría
hablarse propiamente de una condena indirecta del darwinismo. La
única decisión que se hacía pública era
la condena del libro. Se podía pensar, como de hecho hemos
visto que sucedió, que se condenaba el libro por sus
críticas al mundo eclesiástico, o por los criterios
que proponía para interpretar la Sagrada Escritura, que,
como hemos visto, influyeron mucho en la condena.
Todavía quedaba el paso final. La decisión de los
cardenales no adquiría categoría de decisión
oficial hasta que era aprobada por el Papa y se promulgaba de modo
público.
La aprobación del Papa tenía lugar en el curso de
una audiencia en la que el Papa recibía al Secretario de la
Congregación del Índice, quien transmitía al
Papa la decisión de los cardenales. Probablemente le
leería en voz alta los resúmenes que había
preparado por escrito para preparar la audiencia. En nuestro caso,
le leería, además de los resúmenes de las
deliberaciones referentes a los otros libros, el resumen sobre el
libro de Caverni que acabamos de reproducir.
Ordinariamente el Papa aprobaba lo que habían decidido
los cardenales. La audiencia solía tener lugar poco
después de que se celebrara la Congregación de los
cardenales. En este caso, el Papa León XIII, que era Papa
desde hacía pocos meses, recibió al Secretario del
Índice el 10 de julio de 1878, y aprobó el Decreto
previsto
37
. El libro de Caverni se incluiría
en el Índice de libros prohibidos, oyendo primero a Caverni
para intentar que se retractara y para disuadirle de que publicara
el nuevo libro sobre el origen del hombre.
Pocos meses después de que su libro fuera publicado,
llegaron a Caverni rumores adversos. Según hemos visto, el 9
de noviembre de 1877 su libro ya había sido denunciado al
Índice. Aunque la denuncia se hiciera de modo reservado,
corrió la voz. Consta que los rumores se extendieron por
Montelupo, el pueblo natal de Caverni, porque el 29 de noviembre de
1877 Caverni escribió una larga carta al párroco de
Montelupo. Le enviaba un ejemplar del libro para que pudiera
comprobar por sí mismo qué había de cierto en
las murmuraciones, y atribuía la denuncia del libro y las
murmuraciones a «algunos curas fanáticos muy
ignorantes». Entre otras cosas decía:
Acompaño con esta carta a mi
libro, dedicándolo primero a usted, y después a mis
paisanos que quieran o sepan leerlo. Todo el principio de tanta
guerra se deriva de algunas frases con las que yo quizás
intenté abiertamente retraer al clero secular y
especialmente a los párrocos del yugo que me parece han
querido ponerles en el cuello los frailes y particularmente los
jesuitas y digo que sería más útil leer la
Escritura y los Padres que La Civiltà Cattolica. Los curas
que se han sentido golpeados han rugido como fieras irritadas en la
herida abierta y buscando un camino para la venganza han hurgado
dentro de mi libro...
Sepa usted por tanto que en las actuales
controversias entre la ciencia y la fe, yo me he querido entrometer
un poco como pacificador y a propósito de Darwin he dicho
que una vez demostrado que el hombre no puede provenir del mono,
poco importa a la religión admitir para las otras especies
animales el sistema darwiniano de la transformación de las
especies.
Esta es en conclusión la
sustancia de todas mis herejías...
Los ignorantes fanáticos que han
esparcido en su pueblo el escándalo se alegran porque dicen
que mi opinión será condenada... Me parece que es
verdad que en Roma se está examinando este libro, pero por
ahora no sé que se haya condenado. Pero de todos modos si se
me mostrase que me he equivocado y yo confesara mi error no creo
merecer los insultos de esa gente...
38
.
Como hemos visto, la condena del libro no se decidió
hasta el 10 de julio de 1878. Al cabo de dos días, el 12 de
julio, Caverni fue llamado por monseñor Amerigo Barsi,
vicario general de la diócesis de Florencia, que siempre le
trató amigablemente. Barsi le comunicó la condena, y
también que se le pedía que no publicase su nuevo
libro sobre el origen del hombre. Se supone que también le
indicó la conveniencia de mostrar su sometimiento a la
decisión de la Congregación del Índice. El 13
de julio Caverni escribió al arzobispo de Florencia, que
estaba en Roma, diciendo que pensaba someterse, aunque le
extrañaba lo referente al otro libro, que en buena parte
sólo estaba todavía en su mente. El arzobispo le
mostró su satisfacción en nombre propio, de la
Congregación y del mismo Papa, y el 31 de agosto Caverni le
escribió de nuevo, agradeciendo que le hubiera enviado el
original de la carta del Secretario de la Congregación del
Índice sobre la condena de su libro, y manifestando sus
buenas disposiciones
39
.
Una vez que Caverni mostró su aceptación de la
condena, el Decreto que incluía la prohibición de su
libro, y de otros cinco, fue publicado el 31 de julio de 1878.
Tres años después, Caverni publicó su libro
sobre el origen del hombre
40
. No consta que tuviera ningún
problema, lo cual resulta lógico porque sostenía que
los datos científicos disponibles eran inciertos y no
permitían asentar ninguna hipótesis sobre la
antigüedad del origen del hombre. Caverni afirmaba que los
creyentes podían asistir sin ningún temor a los
debates de los científicos sobre este problema, porque la
ciencia no se encontraba en condiciones de contradecir lo que Dios
nos ha querido revelar.
Sólo más adelante escribió y publicó
Caverni su gran obra sobre la historia del método
experimental en Italia, con la que logró un puesto en la
historiografía de la ciencia. Siempre se mantuvo fiel a sus
deberes eclesiásticos.
Para valorar el alcance de la condena del libro de Caverni hemos
de volver al problema que plantea la «condena
indirecta» del darwinismo que se pretendía realizar en
la Congregación del Índice.
Hemos visto que el Secretario de la Congregación, en su
resumen para la audiencia con el Papa, atribuía a la
prohibición del libro de Caverni el valor de una
«condena indirecta» del darwinismo. Pero la condena era
tan indirecta que, quien no estuviera metido en el asunto, ni
siquiera sospecharía que se quería condenar el
darwinismo. Ni el evolucionismo ni el darwinismo eran mencionados
en el título del libro. El decreto de la Congregación
del Índice no daba ninguna explicación, simplemente
hacía pública la prohibición del libro sin
explicar los motivos. El mismo Caverni atribuyó la condena
al fanatismo ignorante de quienes se sentían criticados por
él, y esa opinión ha durado hasta nuestros
días. Nadie cita a Caverni cuando se habla de acciones de la
Iglesia en contra del evolucionismo, y esto es lógico si se
tienen en cuenta las circunstancias que acabamos de mencionar.
Años más tarde, en la década de 1890, hubo
varios actos de la Santa Sede con respecto al evolucionismo que
trascendieron al público en general. La Civiltà
Cattolica
les hizo todo el eco posible, pero ni siquiera
entonces mencionó el caso de Caverni. ¿Es que
pasó desapercibido incluso a La Civiltà?
Sabemos que no. El libro de Caverni provocó, cuando fue
publicado en 1877, una doble reseña muy crítica del
jesuita Salis Seewis. Este mismo jesuita publicó en la misma
revista, en 1897, otra recensión no menos crítica de
un libro de John Zahm, que, como Caverni, pretendía
conciliar evolucionismo y cristianismo. Sin embargo, ni en esa
ocasión, ni en los otros artículos que publicó
entonces contra el evolucionismo, se refirió La
Civiltà
a la condena del libro de Caverni, que
podía ser útil para su argumentación.
¿Por qué esa omisión, importante y sin duda
voluntaria? Sólo podemos conjeturar los motivos. La
explicación más sencilla es que el único dato
público sobre la condena del libro de Caverni era el Decreto
de prohibición, donde, como hemos visto, no se especificaban
los motivos de la condena, que podían no estar relacionados,
o estarlo sólo en parte, con el evolucionismo. Ni siquiera
los jesuitas de La Civiltà Cattolica
podían ir
más allá.
La «condena indirecta» del darwinismo fue bastante
poco eficaz. El título del libro de Caverni no mencionaba el
evolucionismo, y el decreto por el que fue incluido en el elenco de
los libros prohibidos no especificaba los motivos de la condena,
que han quedado ocultos en los archivos de la Congregación
hasta que ha sido posible sacudir el polvo de los documentos y
comprobar los motivos y la intención de aquella
prohibición. Al citar actuaciones de la Santa Sede
contrarias al evolucionismo, el caso de Caverni no suele citarse, y
ha permanecido en la penumbra hasta nuestros días.
(1)
C. Pesch, Praelectiones dogmaticae quas in
Collegio Ditton-Hall habebat, tomo III, De Deo creante et
elevante. De Deo fine ultimo, 3ª ed. (Freiburg: Herder,
1908), pp. 58-59; A. Tanquerey, Synopsis Theologiae Dogmaticae
Specialis, vol. 1, de Fide, de Deo Uno et trino, de Deo
Creante et Elevante, de Verbo Incarnato, 13ª ed.
(Roma-Tournai-Paris: Desclée, 1911), pp. 504-505; B. Beraza,Tractatus de Deo creante
(Bilbao: Elexpuru, 1921), pp.
467-476; C. Boyer, Tractatus de Deo creante et elevante,
ed.3ª (Roma: Universidad Gregoriana, 1940), p. 186; K. Rahner,De Deo creante et elevante et de peccato originali, pro
manuscripto (apuntes) (Innsbruck, 1953), p. 76; P. Parente,Collectio theologica romana, vol. IV: De creatione
universali, 4ª ed. (Torino: Marietti, 1959), p. 73.
(2)
La carta de Leroy, publicada originalmente enLe Monde, fue reproducida en: S. Brandi, “Evoluzione e
domma”, La Civiltà Cattolica, serie 17, vol. 5,
1899, p. 49
(3)
La carta de Zahm, publicada originalmente en laGazzetta di Malta, fue reproducida en la sección
“Cronaca contemporanea” de La Civiltà
Cattolica, serie 17, vol. 7, 1899, p. 125.
(4)
La carta de Bonomelli, publicada originalmente
en La Lega Lombarda, fue reproducida, con una breve
introducción, en la sección “Cronaca
contemporanea” de La Civiltà Cattolica, serie
17, vol. 4, 1898, pp. 362-363.
(5)
S. Brandi, “Evoluzione e domma. Erronee
informazioni di un inglese”, La Civiltà
Cattolica, serie 18, vol. 6, 1902, pp. 75-77.
(6)
Acta Sanctae Saedis, 11 (1878), p. 204
(reimpresión de Johnson Reprint Corporation, 1968, que a su
vez reproduce la edición del Vaticano de 1916).
(7)
S. Pagnini, Profilo di Raffaello Caverni
(1837-1900) con appendice documentaria
(Firenze: Pagnini e
Martinelli, 2001), p. 43.
(8)
V. Cappelletti y F. di Trocchio,
“Caverni, Raffaello”, Dizionario biografico degli
italiani, vol. 23 (Roma: Società Grafica Romana, 1979),
p. 86.
(9)
Utilizamos como fuentes los escritos ya citados
de Pagnini y Cappelletti-di Trocchio, y también:Raffaello Caverni, 1837-1900. Antologia di scritti, a cura
di Umberto Betti. Note biografiche, storico-genealigiche di Gian
Piero Pagnini (Firenze: Giampiero Pagnini, 1991).
(10)
R. Caverni, Storia del metodo sperimentale
in Italia, 6 volúmenes (Firenze: Civelli, 1891-1910).
Reimpresión anastática: Bologna, Forni, 1970 y New
York, Johnson Reprint Corporation, 1972.
(11)
Se encuentra una apreciación
interesante de Caverni en: G. Castagnetti y M. Camerota,
“Raffaello Caverni and his «History of the Experimental
Method in Italy»”, en: J. Renn (editor), Galileo in
Context
(Cambridge: Cambridge University Press, 2001), pp.
327-339.
(12)
E. Garin, Ciencia y vida civil en el
Renacimiento italiano
(Madrid: Taurus, 1982), pp. 74-75.
(13)
R. Caverni, De' nuovi studi della
Filosofia. Discorsi a un giovane studente
(Firenze:
Carnesecchi, 1877).
(14)
Ibid., pp. 24-28.
(15)
Ibid., p. 172.
(16)
F. Salis Seewis, reseña de «De'
nuovi studi della Filosofia. Discorsi di Raffaello Caverni a un
giovane studente», La Civiltà Cattolica: (I)
serie 10, vol. 4, 1877, pp. 570-580; (II) serie 10, vol. 5, 1878,
pp. 65-76.
(17)
Ibid. (II), p. 66.
(18)
Ibid., p. 67.
(19)
Los artículos, que comprendían
41 secciones, fueron publicados en: La Civiltà
Cattolica, serie 10, vol. 5, 1878, pp. 52-64, 160-173, 288-297,
527-539; serie 10, vol. 6, 1878, pp. 17-34, 269-278, 685-696; serie
10, vol. 7, 1878, pp. 166-176, 432-443, 674,691; serie 10, vol. 8,
1878, pp. 158-171, 397-410, 670-682; serie 10, vol. 9, 1879, pp.
158-170, 324-334, 556, 569; serie 10, vol. 10, 1879, pp. 35-45,
291-301, 542-555; serie 10, vol. 11, 1879, pp. 19-28, 174-182,
284-294, 579-589; serie 10, vol. 12, 1879, pp. 33-48, 291-300,
548-559; serie 11, vol. 1, 1880, pp. 142-154, 411-423; serie 11,
vol. 2, 1880, pp. 34-44, 272-284, 560-571; serie 11, vol. 3, 1880,
pp. 40-56, 273-283, 538-552, 680-695; serie 11, vol. 4, 1880, pp.
38-51, 159-171. Las referencias de esta serie de artículos
no se encuentran completas ni siquiera en los Índices
publicados por La Civiltà Cattolica.
(20)
P. Caterini, Dell'Origine dell'Uomo
secondo il Trasformismo. Esame Scientifico, Filosofico,
Teologico
(Prato: Giachetti, 1884). Puede verse
recensión del libro en: La Civiltà Cattolica,
serie 12, vol. 6, 1884, pp. 73-76.
(21)
P. Caterini, “La scienza e l'uomo
bestia”, XXXIV: La Civiltà Cattolica, serie 11,
vol. 2, 1880, pp. 274-277.
(22)
P. Caterini, “La scienza e l'uomo
bestia”, XXXV: La Civiltà Cattolica, serie 11,
vol. 2, 1880, pp. 564-565.
(23)
P. Caterini, “D'alcuni principii
filosofici rispetto al trasformismo”, XXXVII: La
Civiltà Cattolica, serie 11, vol. 3, 1880, pp.
279-280.
(24)
P. Caterini, “Come entrino la fede e la
teologia nella questione trasformistica”, XXXIX, La
Civiltà Cattolica, serie 11, vol. 3, 1880, p. 681.
(25)
P. Caterini, “Come entrino la fede e la
teologia nella questione trasformistica”, XLI, La
Civiltà Cattolica, serie 11, vol. 4, 1880, p. 171.
(26)
ACDF, Index, Protocolli 1875-1878,
folio 342.
(27)
ACDF, Index, Atti e documenti
1878-1885, folio 4.
(28)
F. Salis Seewis, reseñas de: C. James,
«Du Darwinisme, ou l'Homme Singe» (Paris: Plon, 1877),
y E. de Hartmann, «Le Darwinisme. Ce qu'il y a de vrai et de
faux dans cette théorie» (Paris: Guéroult,
1877), La Civiltà Cattolica, serie 10, vol. 2, 1877,
pp. 449-458.
(29)
T. Zigliara, Summa philosophica in usum
scholarum, 8ª edición (París y Lyon:
Delhomme et Briguet, 1891), volumen II, pp. 148-153.
(30)
T. Zigliara, Propaedeutica ad Sacram
theologiam in usum scholarum, 4ª edición (Roma:
Tipografía de la S. C. de Propaganda Fide, 1897), pp.
27-28.
(31)
ACDF, Index, Protocolli 1878-1881,
fol. 71.
(32)
Ibid., p. 18.
(33)
Ibid., pp. 18-19.
(34)
Ibid., fol. 66. Véase
también: ACDF, Index, Diari, I, 20 (vol. XX:
1866-1889), p. 202.
(35)
ACDF, Diari, I, 20 (vol. XX:
1866-1889), p. 203.
(36)
ACDF, Index, Protocolli 1878-1881,
fol. 73.
(37)
ACDF, Index, Diari, I, 20 (vol. XX:
1866-1889), p. 204. Un ejemplar del decreto se encuentra en: ACDF,
Index, Protocolli 1878-1881, fol. 76.
(38)
La carta se encuentra en el Archivo Caverni,
y está reproducida en: S. Pagnini, Profilo di Raffaello
Caverni (1837-1900) con appendice documentaria
(Firenze:
Pagnini e Martinelli, 2001), pp. 40-41.
(39)
Ibid., pp. 41-43.
(40)
R. Caverni, Dell'antichità
dell'uomo secondo la scienza moderna
(Firenze: Cellini,
1881).
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