The Religion and Science Debate Why Does
It Continue?
Reseña de
Harold W. Attridge (ed.), The Religion and Science Debate Why Does
It Continue?, Yale University Press, New Haven and London 2009.
Publicada en Anuario Filosófico 43/1 (2010), 185-187.
Javier Sánchez Cañizares, Universidad de Navarra
js.canizares@unav.es
El último volumen publicado por la fundación Dwight
Harrington Terry, con motivo de sus conferencias sobre religión
a la luz de la ciencia y la filosofía, ofrece la contribución
de diversos científicos y pensadores sobre las razones del
debate entre religión y ciencia en los Estados Unidos.
Todos los autores coinciden en que dicho debate tiene serias
consecuencias desde el punto de vista de la educación y la
discusión pública sobre la ciencia y la sociedad. Pero
los términos resultan muchas veces simplificados, o incluso
equívocos, a causa del interés periodístico en
avivar el enfrentamiento ante la opinión pública, dada
la visión conflictual y poliédrica del mundo que tienen
los media (pp. 128-129). A pesar de las controversias entre
ciencia y religión, sería equivocado describir sus
relaciones como una guerra (p. 50), siendo el mayor enemigo en esta
cuestión la ignorancia (p. 153).
Esta falta de conocimiento afectaría también al
antagonismo que se da entre los extremistas de uno y otro lado,
identificados en la actualidad con los defensores del intelligent
design (ID) y del evolucionismo filosófico. El biólogo
Kenneth Miller y el físico Lawrence Kraus critican
científicamente los argumentos de ID. Para el primero, el
argumento de la “complejidad irreducible” es simplemente
una versión sofisticada del recurso al “dios de los
agujeros”. Miller refuta los ejemplos de sistemas supuestamente
complejos aducidos por Michael Behe —uno de los máximos
exponentes de ID—, mostrando que la evolución
proporciona un mecanismo perfectamente natural para explicar la
apariencia de diseño de esos organismos. Filosóficamente,
mantiene que es posible creer en la existencia de un Ser supremo sin
adherirse a la posición de ID, que invocaría un diseño
en la naturaleza directamente creativo (pp. 81-82). Krauss es
aún más duro al calificar la estrategia de ID como
cerrada de mente, fraudulenta y desleal (p. 138); no pudiéndose
enseñar como teoría científica comparable al
darwinismo sencillamente porque es falsa (pp. 144-145).
Las pretensiones del evolucionismo filosófico son
desenmascaradas en la contribución del filósofo Alvin
Plantinga. Muchos científicos y filósofos consideran la
evolución como un proceso sin guía, pero dicha
afirmación resulta un añadido teológico o
metafísico a la teoría científica de la
evolución y no pertenece a ella (pp. 107 y 116). Esta
confusión o presunta conexión entre darwinismo y
“darwinismo sin guía” sería la fuente más
importante del conflicto continuo entre ciencia y religión (p.
115). La intervención de Plantinga es sin duda la de mayor
densidad filosófica de toda la obra. Mientras que el
“naturalismo metodológico” es el método de
la ciencia, hay que denunciar el absolutismo epistemológico de
dicho método como no científico. Desde el punto de
vista lógico, Plantinga descubre las falsedades de los
argumentos de evolucionistas filosóficos como Dawkins y
Dennett. Decir, por ejemplo, que una mutación es aleatoria
desde el punto de vista biológico, supone únicamente
decir que no surge de un plan de diseño de la criatura, al
cual se añade, y que no es una respuesta a sus necesidades de
adaptación al medio. Pero una mutación puede ser
aleatoria y causada (p. 117). No obstante, Plantinga no se detiene en
el razonamiento filosófico que muestra que las conclusiones de
Dawkins y Dennett no sólo están mal derivadas, sino que
no son verdaderas.
Podría parecer que el volumen se decanta en último
término por el pacífico enfoque de una ciencia que
explica el “cómo” y una religión que
explica el “porqué”. No obstante, ante un ingenuo
irenismo, el sociólogo Robert Wuthnow plantea
abiertamente la pregunta de porqué hay conflicto a pesar de
todo. Wuthnow explica que los dominios de la ciencia y la religión
no son estáticos ni están netamente definidos: tienden
a expandirse, lo cual favorece la continuación del debate (pp.
162-165). Mientras que la sociedad americana parece tener una
especial capacidad de unificar posiciones muy diversas, gracias a su
tolerancia, pero también a causa cierto relativismo,
eclecticismo y pragmatismo, Wuthnow pone en guardia para no negar
demasiado rápidamente las cuestiones y problemas que surgen
inevitablemente en las relaciones entre ciencia y religión.
Esta intervención apunta hacia una perspectiva de integración
entre ambas que, en general, está ausente en el volumen. Hay
que decir que la pretendida separación entre una realidad
natural (dominio de la ciencia) y una realidad espiritual (dominio de
la religión) no es tanto una separación material, sino
de niveles de comprensión, integración o unificación
de la realidad. La ciencia logra indudablemente un conocimiento
válido, pero necesitado de la reflexión filosófica
y teológica para lograr una visión completa del mundo.
Además, el mismo proyecto científico es ya un proyecto
espiritual.
Miller comenta con acierto que la solución para las personas
de fe sería no oponerse a la ciencia, sino proporcionar una
interpretación de la ciencia que esté en armonía
con sus creencias religiosas (p. 87). Pero habría que añadir
que no sólo los creyentes han de buscar la armonía. Los
no creyentes han de reconocer la existencia de realidades que no se
logran explicar con la teoría de la evolución —como,
por ejemplo, la existencia de personas que niegan dicha teoría,
algo que sólo puede deberse a la irreducible libertad humana,
pues sale fuera de la “lógica” del sistema.
Es difícil no estar de acuerdo con la teoría de la
evolución a partir de los datos de que dispone la ciencia
actual. Es difícil también aceptar las pretensiones
científicas de ID, puesto que lo que vemos en la naturaleza
no es directamente un diseño, sino algo que debe basarse en un
diseño (M. Rhonheimer, Teoria dell’evoluzione
neodarwinista, Intelligent Design e creazione. In dialogo con il Cardinal
Christoph Schönborn, “Acta Philosophica” 17
[2008/1] 87-132, pp. 91-92), inferencia indudablemente filosófica.
La cuestión central es, en nuestra opinión, la
existencia de procesos naturales aleatorios en cierto nivel de
nuestro conocimiento —es decir, sin causalidad y finalidad en
ese nivel— que, sin embargo, quedan integrados en la
providencia y gobierno divinos del mundo, porque la causalidad divina
y la causalidad creada difieren radicalmente y no entran en
competición.
Probablemente, la idea principal que nos transmite esta obra es que
no debería darse un conflicto entre ciencia y religión.
Si el enfrentamiento se da, a pesar de todo, es a causa de las
posiciones fundamentalistas de uno y otro lado, amplificadas ante la
opinión pública. Pero la interacción —añadimos
nosotros—, aun dentro de la autonomía metodológica,
habrá de mantenerse siempre, porque tanto la ciencia como la
religión se refieren a la única realidad.
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