|
Madrid: la fundación del Opus Dei
Completada la Licenciatura en Derecho, el deseo de continuar esos
estudios hasta la obtención del Doctorado -reservado entonces
a la Universidad de Madrid, que tenía la condición
de Universidad Central- le llevaron, unido a otros factores, a trasladarse,
junto con su familia, a la capital de España. En la primavera
de 1927 se instaló en Madrid, en donde desarrolló
una incansable labor sacerdotal de atención a pobres y desvalidos
de los barrios extremos, y en especial a los incurables y moribundos
de los hospitales de Madrid. Se hizo cargo de la capellanía
del Patronato de Enfermos, labor asistencial de las Damas Apostólicas
del Sagrado Corazón. La preparación de miles de niños
para la primera Confesión y la primera Comunión y
los recorridos por las barriadas populares de una Madrid en plena
expansión, con los problemas sociales consiguientes, le ocuparon
muchas horas en una intensa dedicación al ejercicio del ministerio.
La necesidad de allegar fondos para sostener a su familia -en situación
económica muy precaria-, le llevó a ser profesor en
una Academia universitaria, especializada en los estudios jurídicos.
Todo ello, unido a una oración, mortificación y penitencia
perseverantes, hizo que aquellos años constituyeran una verdadera
"prehistoria" del Opus Dei, es decir, un periodo de profundización
espiritual que le preparaba para acoger lo que Dios se disponía
a manifestarle.
El
2 de octubre de 1928, durante unos ejercicios espirituales, el Señor
le mostró con claridad lo que hasta ese momento había
solo barruntado. Nació así el Opus Dei, como realidad
marcada a fuego en el alma de un joven sacerdote que dedicó
desde entonces a ese fin todas sus energías. En un primer
momento, la natural humildad y una cierta prevención ante
el proliferar de fundaciones, le llevó a preguntarse si no
existiría ya una institución que realizara los ideales
que Dios le había mostrado. No obstante, desde el mismo 2
de octubre, comenzó a buscar quienes pudieran entenderlo.
Pronto percibió sin embargo que no había nada que
correspondiera a lo que Dios deseaba de él. Movido siempre
por el Señor, el 14 de febrero de 1930 comprendió
que debía extender el apostolado que Dios le había
dado a entender también entre las mujeres.
Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido
a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda
de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación
del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.
Fue también en 1930 cuando, el comentario incidental de una
de las personas con las que hablaba (¿cómo va esa
obra de Dios?) le llevó a pensar que ese podría ser
el nombre de la empresa apostólica que estaba llamado a promover.
La expresión "Obra de Dios" ponía de manifiesto,
de una parte, su profunda convicción de estar cumpliendo
un querer divino, a la par que expresaba muy bien su contenido:
vida ordinaria, trabajo profesional, convertido, por la oración
y la entrega personales, en obra de Dios, en Opus Dei, trabajo hecho
cara a Dios y en servicio de todos los hombres.
El núcleo del mensaje transmitido por el Fundador del Opus
Dei fue, sin duda, el anuncio de la llamada universal a la santidad
en el ejercicio del trabajo profesional ordinario. Treinta años
antes del Concilio Vaticano II, hablando de la plenitud de la vida
cristiana, formulaba con sobrenatural audacia este juicio: "Tienes
obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién
piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?
A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos,
como mi Padre Celestial es perfecto"" (Camino, n. 291).
La llamada universal a la santidad en el propio trabajo no supone
-lo repitió muchas veces- una disminución de las exigencias
y de los horizontes que evoca, en la conciencia cristiana, el vocablo
"santidad". Al contrario, implica recordar a todos y a
cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia que a todos ellos, estén
donde estén, sea cuales sean sus cualidades, les está
dirigidas las palabras del Evangelio, la invitación a seguir
a Cristo que deriva del Bautismo. La plenitud de vida cristiana
habrá de alcanzarla, por tanto, el fiel corriente en el lugar
y condición que tiene en la sociedad terrena, haciendo de
su trabajo ordinario -a imitación de la vida oculta de Cristo-
ocasión de santidad y de servicio a Dios y a sus hermanos.
Ese fue el mensaje que, desde el 2 de octubre de 1928, difundió
el Fundador del Opus Dei y el que fue atrayendo a su alrededor un
grupo de personas, pequeño en los primeros momentos, pero
destinado a crecer. Mientras tanto el contexto social en que desarrollaba
la vida de San Josemaría experimentaba cambios y tensiones.
La situación económica familiar siguió siendo
difícil. También cambiaron sus encargos pastorales.
En 1931 dejó el Patronato de Enfermos y asumió la
función, primero de capellán y después, en
1934, la de rector del Patronato de Santa Isabel. Allí, en
la sacristía de Santa Isabel, después de un oración
personal especialmente viva, puso por escrito lo que fue una de
sus primeras obras: unos comentarios a los misterios del Rosario,
que, con algunos retoques, fueron publicados, en 1934, con el titulo
de Santo Rosario. Desde muy pronto (1930) recogió en algunos
cuadernos conclusiones o retazos de su oración personal,
con experiencias surgidas de su labor apostólica. Reuniendo
algunos de esos apuntes íntimos, compuso en 1932 un colección
de pensamientos o puntos de meditación a los que puso por
título Consideraciones espirituales; publicados a multicopista
y posteriormente (1934) a imprenta, constituyeron un apoyo eficaz
para su apostolado y el de quienes le seguían. Revisados
y completados con otros, esos puntos de meditación dieron
lugar a una de sus obras más conocidas: Camino, que, publicada
por primera vez en 1939, ha sido traducida a numerosos idiomas,
alcanzado una tirada que supera los cuatro millones y medio de ejemplares.
|