Gonzalo Herranz
Director del Departamento de Humanidades Biomédicas
Universidad de Navarra
I. Introducción
II. Las interpretaciones dominantes de la idea de
dignidad cuando se habla de dignidad de la muerte
- 1. La dignidad del morir en el contexto
pro-vida
- La tradición religiosa.
La cultura de los derechos humanos
La normativa ético-deontológica de
la medicina
La reflexión bioética
2. La universal condena del encarnizamiento
terapéutico, atentado a la dignidad del moribundo
3. Dignidad del morir en el contexto
pro-eutanasia
III. La peculiar dignidad humana en el trance
de la enfermedad terminal y en el proceso del morir.
El marco que impone el título general de estas Jornadas,
Bioética y Dignidad en una Sociedad Plural, obliga a tratar
de eutanasia y dignidad del morir desde las varias y encontradas
perspectivas que circulan por la sociedad éticamente
fragmentada de hoy. Se me ha encomendado la tarea de referir como
el concepto de dignidad se emplea en el intenso e interminable
debate en torno a la eutanasia.
La tarea no es fácil. En primer lugar, porque se ha
escrito mucho sobre el tema: en la base de datos Bioethicsline
(hasta final de 1998) se encuentran más de tres centenares
de referencias bibliográficas sobre eutanasia y dignidad. En
segundo lugar, porque el vocablo dignidad ha adquirido una especial
fuerza retórica en los debates sobre eutanasia o ayuda
médica al suicidio, y, lógicamente, ha sido usado con
propósito de persuadir tanto por quienes las promueven como
por quienes las rechazan: qué cosa sea la dignidad del morir
se ha convertido en la cuestión principal que enfrenta las
contrapuestas culturas de la vida y de la muerte 1. En tercer lugar, porque los
términos eutanasia y dignidad del morir son víctimas
ellos mismos de una polisemia dura y deliberada: significan, en los
distintos contextos, cosas diferentes y confusas 2 . Así pues, a
la abundancia del material disponible, se añaden la
confusión léxica y la polarización
dialéctica.
Y, sin embargo, estando tan ligada la equívoca idea de
morir con dignidad al tipo de conducta (paliativa o
eutanásica) del médico que atiende al paciente
terminal y al moribundo, se comprende que, desde el punto de vista
de la ética médica, estemos ante un tema capital. La
profesión médica no puede eludir una seria
discusión sobre la muerte y el morir en sus relaciones con
la dignidad humana.
Dado que, al comienzo de nuestra reunión, se ha hecho el
análisis de la noción de dignidad humana en el
contexto bioético, en lo que sigue me limitaré a
tratar de dos asuntos: uno es recoger, simplificando las cosas al
máximo en dos posiciones polares, lo esencial de las
interpretaciones que se hacen, en la sociedad plural de hoy, de la
dignidad del morir; el otro es ensayar una interpretación
personal de lo peculiar que la dignidad humana adquiere en el
trance de la enfermedad terminal y en el proceso del morir.
Las diversas actitudes que se dan hoy en torno a la
relación entre dignidad y muerte del hombre pueden reducirse
a dos posiciones polares.
La una proclama la dignidad intangible de toda vida humana,
incluso en el trance del morir: todas las vidas humanas, en toda su
duración, desde la concepción a la muerte natural,
están dotadas de una dignidad intrínseca, objetiva,
poseída por igual por todos: esa dignidad rodea de un aura
de nobleza y sacralidad inamisibles todos los momentos de la vida
del hombre.
La otra afirma que la vida humana es un bien precioso, dotado de
una dignidad excelente, que se reparte en medida desigual entre los
seres humanos, y que, en cada individuo, sufre fluctuaciones con el
transcurso del tiempo, hasta el punto de que puede extinguirse y
desaparecer: la dignidad consiste en calidad de vida, en fundada
aspiración a la excelencia. Cuando la calidad decae por
debajo de un nivel crítico, la vida pierde su dignidad y
deja de ser un bien altamente estimable. Sin dignidad, la vida del
hombre deja de ser verdaderamente humana y se hace dispensable: esa
vida ya no es vida 3 . Entonces, anticipar la muerte es la
solución apetecible cuando la vida pierde su dignidad.
Y, sin embargo, las actitudes pro-vida y pro-eutanasia coinciden
en un punto capital: la condena del encarnizamiento
terapéutico que, además de ser mala medicina, es un
grave atentado a la dignidad del moribundo.
Como se ha señalado antes, en la tradición
ética del respeto a la vida, la dignidad humana es
invariable: no se disminuye a causa de la enfermedad, el
sufrimiento, la malformación o la demencia. Más
aún, la adversidad biológica o psíquica puede
ser ocasión de ulterior ennoblecimiento: como afirma Juan
Pablo II, la gran dignidad del hombre se confirma de modo especial
en el sufrimiento4 . El hombre no vive en un paraíso de
ecología amistosa. Convive con el riesgo y la penuria, en un
ambiente natural, al cual está expuesto y en el cual se han
de integrar su vulnerabilidad y su fortaleza, su finitud y su
dignidad.
La dignidad del morir, en el contexto pro-vida, recibe apoyo de
la tradición religiosa, de la cultura de los derechos
humanos, de la ética profesional de la medicina, de la
reflexión bioética.
La tradición bíblico-cristiana proclama el respeto
a la vida, afirma que la dignidad humana es compartida por igual
por todos los hombres y asegura que esa dignidad no sucumbe al paso
de los años ni se degrada por la enfermedad y el proceso de
morir.
En esta tradición, el hombre, cada hombre, es un ser de
valor y dignidad intrínsecos, un agente moral, responsable y
libre, que, por ser imago Dei, es absolutamente resistente a la
degradación ontológica 5. En consecuencia, el respeto de la dignidad
intangible de toda vida humana se extiende también al tiempo
del morir: todas las vidas humanas en toda su duración desde
la concepción a la muerte natural están dotadas de
una dignidad intrínseca, objetiva, poseída por igual
por todos: esa dignidad rodea de un aura de sacralidad todos los
momentos de la vida del hombre.
Dios, misteriosamente, nos crea a su imagen y semejanza
también cuando nuestra apariencia y valor biológico
quedan decaídos por la enfermedad o la malformación.
Así, Yahweh dice a Moisés 6 : "¿Quién ha hecho la
boca del hombre? ¿Y quién le ha hecho mudo, o sordo,
o vidente o ciego? Acaso no he sido Yo, el Señor?"
Esta comprensión del hombre como imagen de Dios, aun a
pesar de sus minusvalías y deficiencias, concedió una
inmensa superioridad moral y una humanidad incomparable a la ley
mosaica, cuando se la compara con otras legislaciones de la
antigüedad. Lo distintivo de ella es que ya no es aceptable
marcar como indignos a los débiles, pobres y ciegos, a las
viudas y huérfanos, los esclavos y extranjeros.
Con Cristo y por su Encarnación, la humanidad queda
ulteriormente dignificada, pues, con la llamada a filiación
divina adoptiva, se refuerza la semejanza del hombre con Dios. No
es sólo imagen de Dios: el hombre es invitado a hacerse hijo
de Dios, una dignidad imposible de superar, pues ya no cabe
más nobleza, más valor. El reconocimiento del valor
de la debilidad humana es, en la tradición bíblica,
universal, pues Dios no hace acepción de personas
7. Todos los
miembros de la familia humana, los fuertes lo mismo que los
débiles, somos de igual valor delante de Dios: todos
poseemos idéntica dignidad. "No hay más que una
raza: la raza de los hijos de Dios", dijo el Beato José
María Escrivá en una síntesis que resume
toda la antropología de la dignidad, una dignidad que nos
viene de participar todos y cada uno, sin distinción y
misteriosamente, de la filiación divina 8.
La Encíclica Evangelium vitae, resalta, sobre fuentes
bíblicas, la dignidad de todo el recorrido temporal de cada
vida humana: nos habla de la dignidad del niño aún no
nacido y del halo de prestigio y veneración que rodea a la
vejez. La suprema debilidad de Cristo en la Cruz no sólo es
la plena revelación del Evangelio de la vida, sino que es
justamente el momento que revela su identidad de Hijo de Dios y que
manifiesta su gloria 9.
Conviene considerar por un momento lo que esta novedad
revolucionaria supuso para el mundo de entonces, pues los
movimientos modernos a favor de la eutanasia incorporan ideas, en
cierto modo, neo-paganas. La medicina antigua no fue ciega a la
dignidad del morir. La debilidad extrema, irreversible, no
parecía entonces digna de atención. La sentencia del
médico ante el desahuciado "ya nada hay que hacer" se
seguía en la antigüedad al pie de la letra. El
médico abandonaba al incurable. En la tradición
hipocrática, el médico se abstenía de
proporcionar un veneno a su paciente para que este pusiera fin a su
vida. Eso era todo: el médico no tenía medicinas, ni
heroicas ni eutanásicas, con que socorrerle. La inutilidad
terapéutica obligaba a respetar el curso natural de la
enfermedad intratable. Platón resume la actitud de la
medicina griega, incluida la escuela de Hipócrates, con
estas palabras: "Esculapio enseñó que la medicina era
para los de naturaleza saludable que estaban sufriendo una
enfermedad específica. Él les libraba de su mal y les
ordenaba vivir con normalidad. Pero a aquellos cuyos cuerpos
están siempre en un estado interno enfermizo, nunca les
prescribía un régimen que pudiera hacer de su vida
una miseria más prolongada. La medicina no era para ellos:
aunque fuesen más ricos que Midas, no deberían ser
tratados" 10.
Esa ceguera para la debilidad como atributo
específicamente humano sigue afectando hoy a gentes de mente
racionalista y pragmática, a los seguidores de las
filosofías de la eficiencia, el poder o la vitalidad.
Sienten ante la enfermedad incapacitante o ante la proximidad de la
muerte un disgusto instintivo: la vida, física o
intelectualmente empobrecida, les provoca mucha desazón y
una reacción de huida. Prefieren ignorarla o extinguirla.
Nietzsche llevó ese rechazo al extremo. Basado en las
exigencias de la razón, el sentimiento y el instinto, hizo
de la voluntad fundamental de estar sano el principio fundamental
de la dignidad humana. No es difícil encontrar una fibra
nietzscheana en el complejo tejido de la mentalidad pro-eutanasia
de hoy. La voluntad vital y segura del instinto no incita a
respetar al enfermo, a compadecerse del débil. Por el
contrario, impele al desprecio, incluso a la aniquilación,
pues ayudar a los débiles es propio de la moral de los
esclavos.
La dignidad humana nunca fue, en la antigüedad pagana, un
atributo humano universal. Había ciertamente entre los
clásicos un sentido de la dignidad, pero era la dignidad del
hombre excelente, virtuoso, que vivía en condiciones de
desarrollar sus virtudes, sus excelencias, humanas. El concepto
romano de humanitas se empleaba para describir la dignidad de una
personalidad equilibrada y educada, que se encontraba en exclusiva
entre los individuos más descollantes de la aristocracia
romana. La dignidad no era intrínseca, como tampoco lo eran
los derechos humanos. Extensos grupos sociales carecían de
ellos. La desigualdad era un rasgo natural de la sociedad. Se
aceptaba como una realidad inevitable que hubiera esclavos o
extranjeros, destinados a trabajos duros o degradantes, que
podían ser torturados o consumidos en labores productivas o
en diversiones. La plenitud física era elemento esencial de
esa aristocrática dignidad humana: los enfermos
crónicos, los tullidos o los deformes eran tenidos por
indignos y su muerte era propiciada por la exposición y el
abandono 11
.
Conviene, sin embargo, señalar que la noción de la
universal dignidad del hombre y, en particular, la del hombre
moribundo, no es sólo religiosa: ha entrado a formar parte
también del derecho. Y así, por ejemplo, una
Recomendación de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de
Europa sobre los derechos de los enfermos y los moribundos invita a
los gobiernos a "definir con precisión y otorgar a todos el
derecho de los enfermos a la dignidad y la integridad" 12. La Asamblea
Parlamentaria ha reforzado recientemente su postura al
término de un reciente debate (junio de 1999) sobre la
protección de los derechos humanos y la dignidad de los
enfermos terminales y de los moribundos 13 , al reiterar la absoluta
prohibición de la eutanasia activa y afirmar que "el deseo
de morir de los pacientes terminales o dos moribundos no constituye
ningún derecho legal a morir a manos de otra persona". Es
más: el respeto de la vida y de la dignidad del hombre
constituye, según algunos, de un derecho que ha de ser
cumplido tanto más cuanto mayor es la debilidad del
moribundo. En efecto, el Comité Nacional de Ética
para las Ciencias de la Vida y de la Salud, de Francia,
señaló, en una declaración sobre la
práctica de experimentos en pacientes en estado vegetativo
crónico 14 , que "los pacientes en estado de coma vegetativo
crónico son seres humanos que tienen tanto más
derecho al respeto debido a la persona humana cuanto que se
encuentran en un estado de gran fragilidad". Queda ahí
expresado con precisión el concepto de la relación
proporcional directa entre debilidad y dignidad: a mayor debilidad
en su paciente, mayor respeto en el médico.
El precepto ético de no matar al paciente está
presente e íntegramente conservado en la ética
profesional del médicos desde su mismo origen en el
Juramento hipocrático. Un análisis comparado sobre
las normas sobre la atención médica al paciente
terminal recogidas en los códigos de ética y
deontología de 39 asociaciones médicas nacionales de
Europa y América, mostró la profunda unidad de la
tradición común: junto a la condena unánime de
la eutanasia y la ayuda médica al suicidio y del firme
rechazo del encarnizamiento terapéutico, se recomiendan los
cuidados paliativos de calidad como medida proporcionada a la
dignidad del moribundo. Justamente, muchos códigos invocan
la protección de la dignidad humana del paciente
crónico o terminal como razón fundamental para el
tratamiento diligente del dolor o del sufrimiento 15.
La argumentación a favor de la inextinguible dignidad de
todo hombre y, en concreto del moribundo, ha sido objeto de estudio
desde el nacimiento de la bioética. Más aún,
hay que reconocer que algunas de las reflexiones más
inspiradas y profundas se produjeron en los primeros años de
la joven disciplina.
Una de ellas se debe a Paul Ramsey. Desconfiado de los posibles
usos perversos del sintagma "morir con dignidad", como ideal y como
derecho, y desconsolado por la pérdida de dignidad humana
que es toda muerte, se rebela contra la idea de que haya una
dignidad intrínseca en la muerte y el morir del hombre, pues
tanto como acabamiento de la vida corporal, cuanto como fin de la
vida personal, la muerte es el Enemigo: el humanismo verdadero va
unido al temor de la muerte. Por ello, concluye Ramsey, es mejor
aceptar la indignidad de la muerte que tratar de dignificarla, pues
siempre cuidaremos mejor de los moribundos si, además de
aliviarles del dolor y del sufrimiento, reconocemos que la muerte
es un duelo que ningún recurso al alcance del hombre es
capaz de aliviar 16.
La respuesta que Kass 17 da a Ramsey, tanto por su análisis de la
noción de dignidad, como por la rehabilitación de la
conjunción muerte-dignidad en sus bases naturales y
bíblicas, es un punto de partida esencial para comprender el
sentido válido de la muerte con dignidad. Años
más tarde, en 1990, ya en tiempos de vigorosa propaganda a
favor de la eutanasia, Kass desarrolló ulteriormente sus
ideas al analizar la conexión entre santidad de vida y
dignidad del hombre y reanalizar a su luz las ideas de muerte con
dignidad que pululaban ya entonces 18. Es necesario apreciar, mediante la lectura
directa, la templada fuerza dialéctica de sus argumentos
contra las pretensiones de los promotores de la eutanasia, cuando
evalúa el riesgo de soberbia de la tecnología
médica moderna, la tentación de poner fin
tecnológico al fracaso de la muerte agresivamente , y de la
necesidad de acomodarse a convivir con la idea de mortalidad y
finitud. Arguye con vigor en favor de que, en presencia de la
enfermedad incurable y terminal, permanece siempre un residuo de
plenitud humana que, por precario que parezca, ha de ser cuidado.
Si queremos oponernos a la marea creciente que, empujada por la
mentalidad pro-eutanasia y la ética de la libre
elección, amenaza con sumergir las mejores esperanzas de
dignidad humana, hemos de aprender que la finitud humana no es
ninguna desgracia y que la dignidad del hombre ha de ser atendida y
cuidada hasta el final.
En tiempos más recientes, no han cesado de aparecer
análisis y profundizaciones del concepto morir con dignidad.
Son muchos los que tratan de arrebatarlo de las manos de los
promotores de la eutanasia que han tratado de apropiarse su uso en
exclusiva.
Entre esos análisis, merece la pena citar dos. Sulmasy
19 ,
después de concluir que la esencia de la dignidad humana es
nada más y nada menos que la estima y el honor que los seres
humanos merecen simplemente porque son humanos. Pretender prolongar
siempre y a toda costa la vida meramente biológica humana es
negar la verdad de la mortalidad humana y, por ello, actuar contra
la dignidad humana. Del mismo modo, dar muerte a un paciente, aun
cuando ya esté muriendo, viene a decir que la vida de ese
hombre ha perdido todo significado y valor: pero eso es actuar
contra la dignidad humana, pues esta no depende de la prestancia
social, la libertad o el placer, sino del hecho de ser hombre. La
dignidad humana no es algo subjetivo: nadie puede incrementar,
disminuir o aniquilar a capricho su propia dignidad, y tampoco
puede hacerlo con la dignidad de otro. Y lo mismo pasa con la
enfermedad y el morir: pueden humillar, disminuir la autoestima,
avergonzar e, incluso, crear un sentimiento de indignidad. Pero
esos asaltos no acaban con ella, no la merman: nos perturban
precisamente porque ponen en el tapete el problema de si la vida
humana tiene significado y valor, tiene dignidad.
Sulmasy describe cuan diferentes en la expresión de la
dignidad pueden ser las muertes de los pacientes: desde los que
enfrentan el morir con valor, esperanza y amor, a los que lo hacen
en el temor, la rebeldía, la desesperación o el
autodesprecio. A unos y otros hay que tratar con dedicación
y respeto. Es una tarea tremenda devolver a ciertos pacientes la fe
en la su propia dignidad y hacerles sentir, en la situación
terminal, totalmente carente a veces de estética, que su
vida sigue teniendo valor ya dignidad. Esa es una dura prueba para
el médico y la enfermera, pero en eso consiste atender al
moribundo. Como dice Sulmasy, "no habría asalto mayor a la
dignidad humana ni, en último término, sufrimiento
más grande que decir a uno de esos pacientes,
mirándole a la cara, 'Sí, tienes razón. Tu
vida carece de sentido y de valor. Te daré muerte, si te
quieres'". Los moribundos deben saber que, para sus médicos,
ellos nunca pierden su dignidad humana y que continúan en
posesión de todo su valor y estima: sus vidas conservan
siempre una medida bien colmada de significado y dignidad.
Stolberg 20 ,
tras llegar a la conclusión de que la noción de
dignidad humana no puede sustentarse sólo en la capacidad de
autogestión racional del kantiano, ni en la libertad que nos
persuade de que no somos meras cosas del existencialista, pues se
llegaría a la pesimista conclusión de que el
moribundo y el comatoso carecerían de dignidad humana. En
efecto, decir que la dignidad humana puede disminuir o perderse a
causa de la enfermedad y el sufrimiento equivale a decir que la
dignidad humana depende de la capacidad de controlar cosas
incontrolables como son el envejecimiento, la minusvalía o
la enfermedad terminal. Arguye Stolberg, analizando la
relación entre dignidad e igualdad humanas, que el hombre no
puede dejar de ser humano, lo que quiere decir que es parte de la
naturaleza. La idea de considerar los fenómenos naturales
como degradantes o demoledores de la dignidad humana se basa en el
falso dualismo que presenta como antagónicas dignidad y
naturaleza, que convierte lo natural en enemigo y destructor de lo
propiamente humano. Eso equivale a identificar dignidad con
bienestar fisiológico o, incluso, con la integridad
psíquica que hace posible el ejercicio pleno de la
racionalidad, la autonomía o la autoconciencia. Pero esas
cualidades están muy diferentemente repartidas en los que
van a morir, por lo que no pueden ser base para la igualdad de
derechos y dignidad en el trance de la muerte. Para restaurar un
fundamento verdaderamente realista e indisputable de la igualdad
radical de la dignidad humana, Stolberg acude a la idea de G.
Marcel de ir a buscar en la mortalidad y en la precariedad del
hombre el rasero de la común condición humana que
establece el nivel del valor igualitario y de la igualdad esencial.
De la confrontación con la finitud que a todos nos espera
brota la conciencia de que los hombres coincidimos en las
experiencias del dolor y las penas, la enfermedad, el
envejecimiento y la muerte, una experiencia que nos reúne en
la construcción de la dignidad común. Stolberg
concluye que es contradictorio sostener que esas experiencias
amenazan la dignidad humana, entendida como valor igualitario.
Apenas merece más que unas pocas líneas la
referencia obligada a la condena ética que ha recibido el
encarnizamiento terapéutico. La condena es universal: viene
de las instancias pro-vida, lo mismo que desde las filas de los
pro-eutanasia; de las organizaciones profesionales de
médicos y enfermeras lo mismo que de los comités,
nacionales o internacionales, de bioética. Lo notable del
caso es que todas esas condenas, vengan de donde vengan,
señalan que la obstinación terapéutica es un
atentado a la dignidad del morir.
Nadie duda hoy de que la obstinación terapéutica
constituye un error, médico y ético, muy
difícil de justificar. Todos comparten la idea de que
aplicar tratamientos deliberadamente inútiles cuando ya no
hay esperanza razonable de recuperación, en particular
cuando provocan dolor y aislamiento, quebranta la dignidad del
moribundo.
La bibliografía sobre la futilidad médica es hoy
inabarcable, pues se han multiplicado los comentarios sobre la
muerte dramática de ciertos personajes públicos,
sobre la jurisprudencia acerca de casos clínicos
particularmente complejos, y sobre la multitud de directrices
dictadas por diferentes organismos profesionales.
Basten para muestra dos testimonios sobre la conexión
entre dignidad en el morir y mesura terapéutica, que vienen
de posiciones éticas antípodas. La Declaración
Iura et bona, de la Congregación para la Doctrina de la Fe
21 , lo
describía sucintamente así: "Es muy importante hoy
proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona
humana y la concepción cristiana de la vida contra un
tecnicismo que corre el riesgo de hacerse abusivo. De hecho,
algunos hablan de 'derecho a morir', expresión que no
designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte a
voluntad, sino el derecho a morir con serenidad, con dignidad
humana y cristiana". El crítico de la medicina, Richard
Taylor, se expresaba con dureza acerada acerca del abuso
terapéutico de las unidades de cuidados intensivos de los
años setenta, en estos términos: "Hileras de
preparados fisiológicos, conocidos también como seres
humanos, yacen rodeados de un número asombroso de artilugios
mecánicos ...] A través de innúmeros tubos se
inyectan o se drenan líquidos de mil colores. Los
respiradores artificiales impelen gases, los aparatos de
diálisis rezongan, los monitores disparan sus alarmas, el
oxígeno burbujea en los humectadores. Los desgraciados
prisioneros de la tecnología, ajenos afortunadamente a lo
que ocurre a su alrededor, a causa de los medicamentos o de su
enfermedad, yacen inermes, mientras se ejecuta el ritual de
profanación de su dignidad" 22.
No es fácil encontrar en las publicaciones de los
propugnadores de la eutanasia una doctrina articulada y coherente
sobre la dignidad del morir. La búsqueda en los glosarios
que los movimientos pro-eutanasia mantienen en Internet es
infructuosa: ni en el extenso glosario de la Sociedad Escocesa de
Eutanasia Voluntaria 23 , ni en el de ERGO, el brazo intelectual de Exit,
la poderosa agrupación norteamericana que dirige Derek
Humphry, se incluye la entrada Dignidad 24.
El uso, por parte de los promotores de la eutanasia, de la
expresión morir con dignidad tiene un propósito
más oportunista y retórico que sustantivo. Aunque el
morir y la muerte constituyen para muchos hombres de hoy un
tabú innominable, en la dinámica de los movimientos
pro-eutanasia pierden su significado negativo o lo transmutan,
cuando se combinan con dignidad, en otro nuevo y aceptable. Y
así resulta que muchas de las asociaciones que propugnan la
despenalización de la eutanasia y de la ayuda médica
al suicidio se han autodenominado con términos que combinan
muerte y dignidad 25. Y, curiosamente, la única ley vigente en
el mundo que autoriza la práctica del suicidio asistido por
el médico, aprobada en el Estado de Oregón, se llama,
por un manipulativo juego de palabras, la Ley de la Muerte con
Dignidad 26
.
El proyecto ideológico que subyace a la mentalidad de la
muerte con dignidad o del derecho a una muerte digna consiste en la
aceptación de que la dignidad humana es minada, o incluso
alevosamente destruida, por el sufrimiento, la debilidad, la
dependencia de otros y la enfermedad terminal. Se hace, por tanto,
necesario rescatar el proceso de morir de esas situaciones
degradantes mediante el recurso a la eutanasia o al suicidio
ayudado por el médico.
La decisión de evitar el deterioro final de la calidad de
vida y de mantener el control de sí mismo y de la propia
dignidad en los días últimos, es favorecida por lo
peculiar de las fuentes de información sobre la muerte de
que dispone la gente de hoy. Por un lado, muy pocos tienen
oportunidad de presenciar una muerte sosegada. La muerte de los
allegados, aparte de ser un fenómeno que cada uno tiene
ocasión de presenciar muy raras veces en su vida, suele
suceder hoy en el hospital, no en casa. La falta de intimidad
interpersonal que ello supone se agrava por la intensa
medicalización de la agonía. Por otro lado, los
medios de comunicación nos atiborran de relatos e
imágenes de mil formas de muertes gratuitas, violentas o
torturadas. Se crea así un rechazo colectivo a la muerte,
pues nadie quisiera jamás morir de ninguno de esos modos. Y
ya que hay que morir, todos, en principio y por instinto, queremos
hacerlo con dignidad y decorosamente, conservando la nobleza propia
del hombre.
Sobre este fondo, la mentalidad pro-eutanasia construye su
noción de morir con dignidad asignando al sufrimiento moral,
al dolor físico, a la incapacidad, a la dependencia de
otros, a la enfermedad terminal, un valor negativo, destructor de
la dignidad humana. La muerte digna es la única
solución para poner término a la permanente
indignidad de vivir esas vidas sobrecargadas de valores negativos,
carentes de valor vital.
Vivimos también en un tiempo en el que las decisiones
médicas se toman en función de la elección,
activa e informada, del paciente de los tratamientos que acepta o
rechaza. En consecuencia, el derecho de los pacientes a decidir,
junto con el temor a verse en una agonía dolorosa y
usurpadora del autocontrol, lleva a convertir el deseo de morir con
el máximo de confort y dominio de las circunstancias: es
decir, se crea un derecho a morir con dignidad 27.
El derecho a morir con dignidad se invoca como un derecho que
garantiza la posibilidad de vivir y morir con la inherente dignidad
de una persona humana, y como recurso para liberarse de la
agonía de vivir en un estado de miseria emocional o
psicológica. El decaimiento biológico, el no valerse
por uno mismo y depender de otros para las acciones y funciones
más comunes, son considerados, en la mentalidad de la muerte
con dignidad, como razón suficiente para reclamar el derecho
a morir a fin de impedir que la dignidad humana sea socavada y
arruinada por la invalidez extrema, la dependencia y el
sufrimiento.
Pero, ¿se pierde realmente la dignidad humana cuando una
está muy enfermo, muy debilitado, o no puede seguir viviendo
si no es con la ayuda de otros?
En el fondo, con la noción de dignidad propia de la
mentalidad eutanásica es totalmente ajena al concepto de
dignidad de la mentalidad pro-vida. Este tiene una base
ontológica: la dignidad es intrínseca, universal,
inalienable, inmune a las influencias de fortuna o de gracia,
refractaria al proceso de morir. Aquella, aunque importante, es
accidental. La dignidad social es una variable dependiente de
numerosas circunstancias: el paso del tiempo, la posesión de
dinero, influencia, prestancia física, clase o
títulos; se tiene, pero puede disminuir por debajo de un
valor crítico hasta llegar a perderse. Es especialmente
sensible a influencias sociales y estéticas.
Ese carácter sumiso a las influencias sociales y
subjetivas es la razón de que la dignidad del morir siga
siendo invocada como un derecho en un tiempo en que los progresos
de la medicina paliativa han provocado el ocaso de la noción
de eutanasia como liberación del dolor insoportable. Los
movimientos pro-eutanasia se han visto obligados, por ello, a dejar
en segundo plano y como cosa del pasado el paradigma del matar por
compasión al que sufre de modo intolerable, para tomar una
dirección nueva: la de presentar la dignidad del morir como
un derecho que expresa el dominio absoluto de uno sobre su propia
vida, o como un signo de decoro personal. En el nuevo contexto, el
enemigo no es ya la enfermedad avanzada, la cual, a través
del dolor, el sufrimiento o la debilidad total de la caquexia, pone
cerco a la dignidad humana: el nuevo enemigo es la pérdida
de la autosuficiencia, el no poder vivir independiente de los
otros, el tener que morir abdicando de la imagen social hasta
entonces prestigiosa y estética.
La enfermedad terminal puede herir muy duramente a la dignidad
social, a la imagen de uno ante los otros. No es extraño,
por eso, que, en años recientes, los movimientos
pro-eutanasia tiendan a presentar la reivindicación del
derecho a morir dignamente como la coronación del progreso
ético, propio personas clarividentes y de ideas avanzadas,
que forman una elite cultural, una minoría emancipada de
prejuicios y supersticiones.
Algunas encuestas han mostrado que hay una estrecha
correlación entre clase social y grado de autoestima
intelectual, por un lado, y adhesión al activismo
pro-eutanasia por otro. En la literatura panfletaria y en las
páginas de Internet, los promotores de la eutanasia se
presentan a sí mismos como la levadura en la masa, como
líderes y liberadores que transformarán la sociedad.
Los argumentos y los ejemplos desplegados por los promotores de la
eutanasia, ordinariamente sobrecargados de retórica fuerte,
siguen siendo, tanto en la sociedad como en las profesiones
sanitarias, patrimonio de una minoría. Desde instancias
profesionales de la medicina, se ha señalado un riesgo grave
de esta actitud elitista: el de poner en peligro, mediante una
hábil manipulación de los sentimientos en favor de la
eutanasia de una pequeña elite, la atención paliativa
de grupos enteros de personas (ancianos, incapaces, pacientes
terminales). En fin de cuentas, la mentalidad pro-eutanasia
pretende obligar a la sociedad a escoger entre la muerte provocada
e indolora, como pretendido medio de preservar la dignidad humana,
y la atención y cuidado de los enfermos terminales, con las
vicisitudes y precariedades de la vida que se apaga 28.
Por ello, no es sorprendente, aunque sí reconfortante,
saber que, en comparación con la población general,
la adhesión a la eutanasia es notablemente inferior (50%)
entre los afectados por deficiencias funcionales, los que se
sienten una carga para la familia o los que ven su vida como
inútil. En Estados Unidos, el apoyo al suicidio ayudado por
el médico es marcadamente más bajo entre los
ancianos, los afroamericanos, los pobres y los que practican la
religión 29.
Los activistas pro-eutanasia repiten hasta la saciedad que la
opción de morir con dignidad está estrechamente
vinculada al derecho a escoger el tiempo y el modo de la propia
muerte según los criterios de una ética hedonista.
Tal como señalaba de modo paradigmático el Alegato a
favor de la Eutanasia Beneficiente, cuando la vida carece de
dignidad, hermosura, promesa y significado, y la muerte se retrasa
con periodos interminables de agonía y degradación
vital, no se puede decir que eso sea la vida de un ser humano,
porque tolerar o aceptar el sufrimiento innecesario es inmoral
30. Por
desgracia, no son pocos los médicos que, por ignorancia de
los avances del tratamiento del dolor y de los cuidados paliativos,
pueden convertirse en provocadores o cómplices de la
petición de eutanasia 31.
La arrogancia elitista y la fascinación con la muerte
32 de la
mentalidad pro-eutanasia podrían, en caso de que la
eutanasia alcanzara sanción legal, privar a muchos pacientes
de los beneficios y dignidad de la atención paliativa, una
rama humilde pero inmensamente humana de la medicina y la
enfermería. Sólo se puede hablar de verdadera
libertad de elección cuando la medicina paliativa es
practicada con competencia y ofrecida a todos los que la
necesitan.
Esta segunda parte del artículo se dedica a presentar
algunas consideraciones acerca de la dignidad humana
específica del paciente terminal.
Los enfermos desahuciados y los moribundos se presentan como un
acertijo para allegados y extraños, para médicos y
enfermeras. Son muchas veces un enigma, porque nos imponen la
difícil tarea de descubrir y reconocer, bajo su apariencia
decrépita, toda la dignidad de un ser humano.
Para una mirada que sólo ve las apariencias, la
enfermedad terminal, tan acompañada en ocasiones de dolor,
angustia y ansiedad, tiende a eclipsar la dignidad del enfermo: la
oculta, incluso parece haberla destruido. Porque si, en cierto
modo, la salud nos da la capacidad de alcanzar una cierta medida de
plenitud humana, estar gravemente enfermo limita, de modos y en
grados diferentes, esa importante dimensión de la dignidad,
en cuanto nobleza, que es la capacidad de desarrollar el proyecto
de hombre que cada uno de nosotros acaricia.
No es difícil para el médico cooperar a la
restauración de la salud de su paciente mientras hay
esperanza de alcanzarla. Pero es muy arduo hoy para muchos
médicos, fuera de los que son competentes en atención
paliativa, reconocer el valor de su trabajo cuando, en el trance de
la enfermedad terminal y del proceso del morir, no hay ya lugar a
aquella esperanza. Cuesta mucho reconocer, en el ambiente de la
medicina de hoy, interesada en resultados de curación y en
costos por procesos, que la enfermedad seria, incapacitante,
dolorosa y, en mayor grado todavía, la enfermedad terminal,
pueda tener interés. Dominados por una cultura
fisiopatológica, cuesta a muchos médicos comprender
que la enfermedad terminal no consiste sólo en trastornos
moleculares o celulares que ya no tienen arreglo, sino
también en un problema humano en el que el respeto a la
dignidad del paciente impone el deber de cuidar de la dignidad de
su morir.
La enfermedad terminal tampoco se limita, por encima de lo
meramente biológico, a un recorrido vivencial de unas
determinadas etapas que van marcando las reacciones
psicológicas del enfermo ante la muerte anunciada e
ineluctable, reacciones que necesitan comprensión, apoyo y
acompañamiento 33.
La situación terminal constituye, por encima de todo eso,
una amenaza a la integridad del hombre, a su dignidad personal, que
pone a prueba al enfermo y a los que le atienden. Y cuando esto se
comprende, los resultados no se hacen esperar. Uno de los grandes
promotores de los cuidados paliativos, ese modo tan
–profesionalmente médico de respetar la dignidad de
los que van a morir, afirmaba que, a su juicio, uno de los
argumentos más fuertes contra la eutanasia es el buen uso
que él había visto hacer a muchos pacientes, y a sus
familias, de los días finales de su existencia ,
después de que el dolor hubiera sido mitigado y antes de que
llegara la muerte. Eliminar, mediante un acto de muerte compasiva,
esa oportunidad dignificante equivaldría a privar a la
familia y a la sociedad de ese valor y dignidad únicos que
se concentra en el tramo final de la vida humana 34.
Conviene señalar que el papel de los profesionales de la
salud es sopesar el valor, eficacia y proporcionalidad de los
medios de que disponen, no de juzgar el valor de las vidas que les
son confiadas. Y, sin embargo, algunos médicos y enfermeras,
en los que ha calado profundamente una idea radical de la calidad
de vida, consideran que hay vidas tan carentes de calidad y
dignidad, que no son merecedoras de atención médica y
que son tributarias de la muerte compasiva.
Tal actitud subvierte la tradición ética de las
profesiones sanitarias, uno de cuyos elementos más fecundos
y positivos, tanto del progreso de la Medicina como en el de la
sociedad, consiste en comprender que los débiles son
importantes, que poseen plenamente la dignidad de todo hombre
35. Esta idea,
no es difícil intuirlo, estuvo presente en el inicio del
proceso civilizador y en el nacimiento de la Medicina. Ser
débil era en la tradición deontológica
título suficiente para hacerse acreedor de respeto y
protección. Incluso, el ser débil
económicamente dejó de ser marca de
discriminación para la atención médica. La
socialización de la medicina constituye uno de los esfuerzos
históricos de mayor porte en homenaje a la dignidad humana
de todos. Y hoy, sin embargo, ese esfuerzo parece afectado de una
intensa fatiga ética y se habla abiertamente de reducir los
costos, ciertamente gigantescos, de la atención de salud. Se
está hablando abiertamente de racionar la atención
médica y de estratificar los cuidados, no según su
coeficiente de beneficio/costo, sino según las condiciones
socio-económicas (edad, capacidad de pagar, estado de salud)
de los pacientes. Se introduce así una discriminación
que afecta a lo más medular de las relaciones entre
médicos y paciente: estos ya no están investidos de
la única y suprema dignidad del hombre, sino que pueden
distinguirse en diversas categorías: los débiles
serán discriminados.
La Medicina corre así el riesgo de convertirse en un
instrumento de ingeniería social. Pero esa es una idea
totalmente extraña a la ética de la atención
de salud. Lo específico de médicos y enfermeras es
ayudar, con su conocimiento y habilidades, a los enfermos y
débiles, a seres humanos que viven la crisis de estar
perdiendo su vigor físico, sus facultades mentales, su vida.
El respeto por la dignidad del hombre, toma en Medicina, una forma
peculiar y específica: el respeto a la vida debilitada. En
la Medicina paliativa, el respeto a la vida está
condicionado de forma casi constante por la presencia de la
vulnerabilidad esencial, por la fragilidad extrema del hombre, por
el reconocimiento de lo inevitable y próximo de la muerte.
El respeto ético de médicos y enfermeras que
administran cuidados paliativos es respeto a la vida declinante; su
trabajo consiste en cuidar de gentes en el grado extremo de
debilidad.
Res sacra miser. Con esta denominación de origen
cristiano-estoico, recuperada por Vogelsanger 36 , se expresa de
modo magnífico la especial situación de la humanidad
del enfermo en el campo de tensiones de la enfermedad terminal.
Traduce de maravilla la coexistencia de lo sagrado e
indeclinablemente digno de toda vida humana con la miseria causada
por la enfermedad. Cuando al enfermo se le considera a esta luz,
como algo a la vez digno y miserable, podemos reconocer su
condición a la vez inviolable y necesitada. Este es el
fundamento ético de la atención terminal que se debe
a todo paciente, la justificación moral de los cuidados
paliativos.
Notas
(1) Juan Pablo II.
Carta Encíclica Evangelium vitae, Librería
Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1995.
(2) P.R.S.
Johnson, An analysis of "dignity", "Theor Med Bioethics",
1998, 19, 337-352.
(3) J. Hersch,
La vie à son juste prix, "Schweiz med Wschr", 1982,
112(Supl 13), 29-30.
(4) Juan Pablo II.
Carta apostólica Salvifici doloris, Librería
Editrice vaticana, Ciudad del Vaticano, 1984.
(5) G.B. Ferngren,
The Imago Dei and the sanctity of life: the origins of an
idea, en R.C. McMillan, H.T. Engelhardt jr, S.F. Spicker,
Euthanasia and the newborn, Reidel, Dordrecht,
1987, 23-45.
(6)
Éx 4, 11.
(7) Rom 2,
11.
(8) J.M.
Escrivá de Balaguer, Surco, Rialp, Madrid, 1986,
punto 303.
(9) Juan Pablo II,
Carta Encíclica Evangelium vitae, LEV, Ciudad del
Vaticano, 1995, puntos 44, 46, 50 y 51.
(10)
Platón, La República.
(11) Ferngren,
loc. cit., 34-38.
(12)
Parliamentary Assembly of the Council of Europe,
Recommendation 779 (1976) on the rights of the
sick and dying, en Recommandations
adoptées par le Conseil des Ministres et l'Assemblée
parlementaire du Conseil de l'Europe sur les
problèmes de bioéthique, Conseil de l'Europe,
Direction des affaires juridiques, Strasbourg, 1989, 19-21.
(13) C.
Dennemeyer, Assembly in favour of absolute prohibition on active
euthanasia, Council of Europe Press Service. http://www.coe.fr/cp/99/370a(99).htm.
(14)
Comité Consultatif National d'Éthique pour les
Sciences de la Vie et de la Santé, Avis sur les
experimentations sur des malades en état
végétatif chronique (24 Février 1986), en
Avis 1984-1986, Centre de Documentation et d'Information
d'Éthique des Sciences de la Vie et de la Santé,
Paris, 1986, 17.
(15) G.
Herranz, Deontología médica y vida terminal.
Eutanasia y medicina paliativa en los códigos de
ética y deontología médica de Europa y
América, en "Med Mor", 1998, 48,
91-118.
(16) P. Ramsey,
The indignity of 'death with dignity', en "Hastings Cent
Stud", 1974, 2(2), 47-62.
(17) L.R. Kass,
Averting one's eyes or facing the music? On dignity in
death, en "Hastings Cent Stud", 1974, 2(2), 67-80.
(18) L.R. Kass,
Death with dignity and the sanctity of life.
Commentary, 1990, 98, 3, 33-43. Reproducido en
"Hum Life Rev" 1990, 16, 2, 18-40.
(19) D.P.
Sulmassy, Death and human dignity, "Linacre Quart", 1994,
61(4), 27-36.
(20) S.D.
Stolberg, Human dignity and disease, disability, suffering: A
philosophical contribution to the euthanasia and assisted suicide
debate, "Humane Med", 1995, 11, 144-146.
(21)
Congregación para la Doctrina de la Fe,
Declaración sobre la eutanasia, Conferencia Episcopal
Española, Secretariado de la Comisión Episcopal para
la Doctrina de la Fe, Madrid, 1981, 145-163.
(22) R. Taylor,
Medicine out of control: The anatomy of a malignant
technology, Sun Books, Melbourne, 1979.
(23) Voluntary
Euthanasia Society of Scotland. Index and Glossary. En: http://www.euthanasia.org/a_z.html.
Visitado el 10 de octubre de 1998.
(24) ERGO,
Euthanasia Research and Guidance Organisation. Gl o sary. Accesible
a través de http://www2.privatei.com/hemlock/geninfo.html.
(25) Voluntary
Euthanasia Society Scotland. http://www.euthanasia.org/wfmap.html.
Visitada el 8 de octubre de 1998.
(26) R.L.
Marker, J.J.M. Smith, Words, words, words. Words used in
assisted suicide debate. International Anti-Euthanasia Task
Force Web Site: http://www.iaetf.org/fctwww.htm.
(27) T.E.
Quill, Death and dignity: A case of individualized decision
making, "N Engl J Med", 1991, 324, 691-694.
(28) A. Rodway,
Pro-euthanasia lobby represents the minority view in Britain
, "BMJ", 1995, 310, 1466.
(29) K.
Faber-Langendoen, Death by request. Assisted suicide and the
Oncolo gist , "Cancer", 1998, 82, 35-41.
(30) American
Humanist Association. Plea for Beneficent Euthan a
sia.1974.
http://www.infidels.org/org/aha/documents/euthanasia.html. A c
cedido el 11 de noviembre de 1998.
(31) R. Sloan,
Doctors may be ignorant of treatments for intractable
symptoms, "BMJ", 1995, 10, 1466.
(32) H. Hendin,
Seduced by death. Doctors, patients, and assisted suicide,
(Revised and updated), W.W. Norton, New York, 1998.
(33) E.
Kübler-Ross, On death and dying. What the dying have to
teach doctors, nurses, clergy and their own families,
MacMillan, New York, 1969.
(34) T.S. West,
Good care or bad law?, "J Roy Soc Med", 1979, 72,
461-464.
(35) R.
Crawshaw, Humanism in medicine. The rudimentary
process, "N Engl J Med", 1975, 293,
1320-1322.
(36) P.
Vogelsanger, Die Würde des Patienten, "Bull Schweiz
Akad med Wiss", 1980, 36, 249-58.

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