D. Alan Shewmon, MD
Profesor de Neurología Pediátrica.
Medical School UCLA, Los Angeles.
I. Saludo
II. Itinerario personal
- 1. Primera defensa de la muerte cerebral y de
la "muerte neocortical"
2. Primer punto de inflexión: el abandono
de la "muerte neocortical".
3. Segundo punto de inflexión: el abandono
de la "muerte de la totalidad del cerebro".
III. Evidencia empírica para un organismo
como un todo en la muerte cerebral
-
1. Falacia de la asístole
necesariamente inminente
2. Letanías de funciones
integradoras
3. Equivalencia fisiológica
somática con la transección del cordón espinal
alto.
IV. ¿Qué es, entonces, la
muerte?
V. ¿Qué diferencia hay?
Es un gran placer estar de vuelta en Pamplona una vez
más, para renovar las viejas amistades y hacer otras nuevas.
Mi sincero agradecimiento a los organizadores por esta
invitación.
Desde mi anterior visita aquí, en 1998, se ha discutido
mucho sobre el tema de esta conferencia. Intentaré resumir
brevemente mi itinerario conceptual brevemente, y después
centrarme en algunas consideraciones empíricas clave que, a
mi modo de ver, han arrojado serias dudas sobre esa idea de los
últimos treinta años de que la muerte del cerebro
equivale a la muerte del organismo humano y de la persona. En el
caso de que alguien pueda estar interesado, el componente
autobiográfico de esta conferencia ha sido publicado, con
mayor profundidad, en un artículo de 1997 en Linacre
Quarterly1 , y el resto de la conferencia está
adaptado de un artículo de 1998 aparecido en Issues in
Law & Medicine2 , derivado a su vez de una
presentación en el Simposio del vigésimo aniversario
del Linacre Centre for Health Care Ethics de
Londres3.
Siete años antes de mi primera visita aquí en
1998, completé mi formación clínica y
comencé mi carrera académica en neurología
pediátrica. Como neurólogo, recibía frecuentes
consultas de la U.C.I. para confirmar diagnósticos de
"muerte cerebral". Como católico consciente, con algunas
nociones de filosofía, yo estaba también interesado
en entender por qué la muerte del cerebro debía
igualarse a la muerte del paciente. En términos más
filosóficos, necesitaba comprender por qué la
destrucción de sólo el cerebro hacía
incompatible que el cuerpo estuviera informado por un alma
humana.
Probablemente sea justo decir que muchas, si no la
mayoría, de las personas que no son médicos (y esto
lo ejemplifican bien los periodistas) no creen realmente que la
muerte cerebral sea muerte, pero la consideran esencialmente como
una ficción legal útil, con la cual ellos
están conformes simplemente porque hay un fuerte consenso al
respecto entre los expertos4 . Para mí, una ficción
legal era una razón insuficiente para declarar a alguien
muerto. Más aún, se suponía que yo era uno
de esos expertos, y necesitaba comprender las bases del consenso
y no meramente su realidad sociológica. Como la historia
de la ciencia ha probado más de una vez, el consenso
unánime por parte de los expertos no tiene por qué
corresponder necesariamente con la verdad.
Así que emprendí un cuidadoso estudio de la
literatura médica y ética, y consulté a
numerosos médicos, filósofos y teólogos sobre
el tema. Sorprendentemente, encontré una inquietante
cantidad de confusión incluso entre los expertos. No es
infrecuente que los médicos, incluso aquellos que se dedican
a trasplantes, aunque nominalmente equiparen la noción de
muerte cerebral con muerte, dejan caer lapsus linguae que
revelan que realmente creen que esos pacientes están vivos,
aunque muriéndose, y, a todos los efectos,
prácticamente muertos. A pesar de varias décadas de
un esfuerzo educativo por parte de organizaciones médicas y
legales, esta confusión en torno a una noción tan
fundamental como la vida y la muerte permanece inamovible entre los
profesionales de la salud, la mayoría de los cuales no es
consciente de su propia confusión sobre la materia. Piensan
que comprenden la muerte cerebral, incluso que su equivalencia con
la muerte parece "obvia"; sin embargo, cuando son interrogados
socráticamente, son incapaces de articular una
explicación coherente. Este es incluso el caso de muchos
neurólogos, a los que normalmente se enseña
que la muerte cerebral es una muerte legal, pero no por
qué.
Incluso aunque pudiéramos diagnosticar con gran
precisión que el cerebro está muerto, si no podemos
explicar de un modo convincente por qué el paciente
está por ello muerto, proceder a tratar al paciente como a
un muerto, especialmente en el contexto de las donaciones de
órganos, supone un grave riesgo moral. Creo que las
siguientes palabras del Papa Juan Pablo II, de Evangelium
Vitae, se aplican a este tipo de confusión conceptual,
así como a casos más concretos de "apaño" en
los diagnósticos:
"No nos es lícito callar ante otras formas más
engañosas, pero no menos graves o reales, de eutanasia.
Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar
la disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a
la extracción de los órganos sin respetar los
criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del
donante"5
.
Si no podemos aducir un argumento moralmente cierto de que un
cerebro muerto equivale a un paciente muerto, no tenemos derecho a
extraer de estos pacientes corazones que laten
espontáneamente basándonos simplemente en que el
diagnóstico de que su cerebro está destruido es
médicamente preciso. Aunque estas palabras del Papa datan de
1995, yo era plenamente consciente de la importancia de este
problema al comienzo de mi carrera en los primeros años de
la década de los 80, y me interesaba ya enormemente
resolverlo para el bien de mi propia conciencia.
Acepté como correcta la distinción, enfatizada por
Bernat y sus colegas6 , en tres niveles de discusión que a
menudo se confunden: primero, la definición de muerte
- una cuestión esencialmente filosófica -;
segundo, el criterio anatómico que concreta esta
definición: un híbrido de cuestiones
filosóficas y médicas; y tercero, los signos o tests
clínicos que determinan la efectiva aparición de ese
criterio anatómico en cada caso concreto: un tema puramente
médico. Aunque el Papa Pío XII dejó la
determinación del momento de la muerte a la competencia de
la profesión médica7 , se estaba refiriendo claramente
a los niveles segundo y tercero: los detalles clínicos
correspondientes a un correcto concepto fundamental de muerte. En
ningún caso pudo querer decir que era competencia de la
profesión médica el decidir que el concepto
filosófico de muerte era correcto conforme a las
enseñanzas del Magisterio sobre la naturaleza de la vida
humana.
Por tanto comencemos con el concepto fundamental de muerte;
después de todo, ¿qué habría de bueno
en un criterio clínico válido para un concepto
inválido? Tras revisar la extensa literatura sobre muerte
cerebral, las razones ofrecidas para explicar por qué la
muerte cerebral debía ser igualada a la muerte
parecían caer en tres categorías básicas que
se excluían mutuamente.
* La primera era sociológica: la pérdida de
la pertenencia reconocida a la sociedad humana: un constructo
social arbitrario, culturalmente relativo, que actualmente en los
países desarrollados, está basada en el cerebro.
* La segunda era psicológica: la pérdida de
las propiedades esenciales humanas o personalidad, independiente
del estado vital del cuerpo. Esto es específico de la
especie y se aplica a muchos seres humanos discapacitados
cognitivamente, aparte de a la muerte cerebral. Esto reduce la
personalidad a consciencia, reducida a su vez en parte por la
mayoría de los que la proponen (aunque no todos), a un
producto material o epifenómeno de la actividad
electroquímica del cerebro.
* La tercera era biológica: la pérdida de
la unidad integradora del cuerpo. Esto no es específico de
la especie y corresponde a la comprensión ordinaria de la
palabra "muerte".
Una variación de esta tercera explicación
podría llamarse psicosomática, según la
cual la muerte requiere tanto la pérdida irreversible
de consciencia como el cese del cuerpo como un todo. De esta
manera, en la medida en que la consciencia de una persona sea
mantenida por el funcionamiento del cerebro, dicha persona
está viva incluso aunque el resto del cuerpo esté
destruido (una posibilidad hipotética no contemplada por la
tercera razón). Por el contrario (y en contraste con la
segunda explicación reduccionista), una persona humana
permanece viva aunque esté inconsciente - incluso
permanente e irreversiblemente inconsciente -
en la medida en que su cuerpo se mantenga vivo como un organismo
biológico.
Me pareció claro en los primeros años de los 80
que tanto la explicación sociológica y culturalmente
relativa como la reduccionista de la personalidad, la
explicación psicológica, eran incompatibles con la
visión judeocristiana de la vida humana, y particularmente
incompatibles con la visión aristotélica-tomista del
alma como una forma sustancial o como un principio
vital de cualquier ser viviente. En los seres humanos el alma
tiene una dimensión espiritual, de forma que el principio de
la personalidad es también el principio de la unidad
sustancial del cuerpo. Esta visión
aristotélica-tomista contrasta marcadamente con el dualismo
platónico-cartesiano, que equipara el alma con la mente
consciente, sustancialmente distinta e inexplicablemente ligada al
cuerpo, que a su vez es considerado esencialmente (al menos por
Descartes) como una máquina, meramente compuesta de un
material orgánico en lugar de madera y metal.
La noción de alma como forma corporis fue incluso
definida como un dogma católico en 1312 en el Concilio de
Viena8 y
ha sido ratificada en pronunciamientos más recientes del
Magisterio. Fue también subrayada por el Papa Juan Pablo II
en su discurso para la Academia Pontificia de las Ciencias
en1989:
"(La muerte) se da cuando el principio espiritual que garantiza
la unidad del individuo no puede ejercitar más sus funciones
en y sobre el organismo, cuyos elementos, dejados por sí
solos, se desintegran"9 .
El mismo concepto ha sido expresado en el ámbito laico,
aunque sin el término "alma". Por ejemplo:
"Definimos muerte como el cese permanente del funcionamiento del
organismo como un todo ... (esto es,) de las actividades innatas y
espontáneas llevadas a cabo por la integración de
todos o la mayoría de sus subsistemas ... y de la respuesta
al menos limitada al ambiente"10 .
Acepté esta visión "ortodoxa" de la naturaleza de
la vida humana y me di cuenta de que conllevaba dos relevantes
consecuencias inmediatas con respecto al tema de la muerte cerebral
(en realidad, se trata de dos modos de decir lo mismo):
* primero, si hay un cuerpo humano vivo, hay ipso
facto una persona humana viva; y
* segundo, la inconsciencia per se, incluso la que
es irreversible, es ontológicamente una incapacidad
cognitiva, no la muerte.
A principios de los años 80, me parecía bastante
claro que la destrucción del cerebro era el criterio
anatómico correspondiente a tal concepto de muerte, porque
el cerebro era el órgano crítico tanto para la
consciencia como para la unidad integradora del cuerpo; por lo
tanto, la destrucción cerebral no dejaría ninguna
materia para ser informada por el alma, ocasionando por ello el
cambio sustancial que nosotros llamamos muerte.
Lo que me pareció entonces el argumento más
convincente en favor de esta conclusión era un experimento
mental que implicaba extraer el cerebro del cuerpo y conservar
ambos, al cerebro y al cuerpo descerebrado, mediante
tecnología médica. Pensaba que, como la persona
permanece consciente a través del cerebro, el cuerpo (en el
sentido técnico de materia informada por el alma de la
persona) en este escenario hipotético debería ser el
cerebro. El cuerpo descerebrado no es ya el cuerpo de una persona
y, al no ser informado por el alma, no debe ser realmente cuerpo,
estrictamente hablando. Mejor dicho, ha debido producirse un cambio
sustancial sea en un conjunto de órganos desunidos, o bien
hacia un organismo no humano de nivel inferior.
Dado que en principio los hemisferios cerebrales pueden ser
mantenidos conscientes mediante estimulación
eléctrica del sistema reticular activador en su cruce con el
tronco del encéfalo11 , el experimento mental podría,
hipotéticamente, extenderse hasta el mantenimiento de
unos hemisferios cerebrales estimulados por un lado, y de un
cuerpo con un tronco cerebral pero sin hemisferios, por el otro.
De esta manera, me parecía que la razón más
convincente de que la muerte del cerebro completo es igual a la
muerte, implicaba lógicamente que lo que se denomina
"muerte neocortical" (una forma de estado vegetativo
persistente), también debía ser muerte, incluso
aunque el cuerpo dejado atrás fuera claramente un
organismo vivo, biológicamente hablando: el cambio
sustancial no era a una multiplicidad de células, sino a
un organismo de nivel inferior (con un alma subhumana).
Así, llegué hasta el mismo criterio
anatómico que defiende la segunda explicación,
aunque por medio de un camino lógico muy diferente y no
reduccionista, que me pareció perfectamente compatible
con la noción hilemórfica del alma humana
concebida como forma sustancial del cuerpo.
Con la prueba de ese experimento mental de que la muerte
cerebral era muerte, llevé a cabo mi entrada en la
literatura sobre muerte cerebral en 1985, en la revista
filosófica The Thomist 12 . Considerando la
extensión neocortical, intenté enfatizar la
distinción entre las conclusiones metafísicas de
un lado y las propuestas éticas de política
pública de otro. Aunque me parecía que la
explicación del cerebro entero era lógicamente
ampliable a la "muerte neocortical", (por lo tanto, compartiendo
la conclusión pero no la explicación de los
reduccionistas de la personalidad), estaba lejos de abogar por
que empezáramos a extirpar órganos de pacientes en
estado vegetativo persistente. Aunque objetivamente ellos
estuvieran verdaderamente muertos, muy poca gente sería
capaz de entenderlo, y si los especialistas en "muerte
neocortical" estuvieran dispuestos a actuar a partir de sus
convicciones, todos los demás se escandalizarían
seriamente, pensando que se estaba realizando y aprobando un
craso crimen utilitarista, y ese estado de acontecimientos
públicos sería mucho peor que los relativamente
pocos años de vida ampliada y no vivida por los
relativamente pocos receptores de esos órganos. Pero
también reconocía, que no había medios
clínicos seguros para diagnosticar la "muerte
neocortical", como los había para la "muerte cerebral
total".
La reacción ante el artículo en The Thomist
resultó ser una mezcla entre elogios y críticas,
incluso desde círculos del catolicismo ortodoxo. Yo deseaba
estar en el camino correcto, así que aproveché un
viaje a Europa en 1988 para pasar unos cuantos días
aquí en la Universidad de Navarra.
Dado que se habían realizado aquí trasplantes de
órganos en casos de donantes con muerte cerebral, supuse que
si existía una institución que tuviera una
explicación convincente y coherente, compatible con la
antropología católica, por la cual los donantes con
un corazón latente estaban muertos, dicha institución
sería la Universidad de Navarra. Aquellos tres días
fueron maravillosos, pero debo admitir que me sorprendió
descubrir que no había ningún marco conceptual de
trabajo unificado. Mejor dicho, parecía que los
médicos y los filósofos/expertos en ética
estaban trabajando en mundos totalmente distintos, paralelos, con
relativamente poca intercomunicación. El teólogo
más experto en la materia mantenía que los donantes
con un corazón que latía y que padecían muerte
cerebral no estaban muertos, aunque sostenía la licitud de
extraer órganos de ellos. Los médicos, por su parte,
simplemente daban por cierto que la muerte cerebral era muerte,
pero no presentaban ninguna explicación convincente en favor
de la equivalencia. Parecía haber un supuesto tácito
de que la competencia para diagnosticar la muerte pertenecía
exclusivamente a los médicos no a los filósofos o a
los teólogos; y si los que ejercían la
profesión médica estaban de acuerdo con que la muerte
del cerebro es la muerte del paciente, entonces así
debía ser. (Desconozco qué colaboraciones
interdisciplinares han tenido lugar desde entonces, aunque presumo
que se ha realizado una aproximación institucional
más unificada al problema).
Un poco después, en 1988, ocurrió un
acontecimiento significativo, que ocasionó que yo comenzara
a replantearme el tema por completo. Fui testigo de un par de casos
de niños que habían nacido sin hemisferios cerebrales
y, sin embargo, con el tronco cerebral intacto, una enfermedad
llamada hidroanencefalia. Toda la literatura relevante declaraba de
forma inequívoca que tales niños, necesariamente, se
mantienen en un estado vegetativo indefinidamente. Sin embargo,
estos dos niños eran bastante conscientes, al menos en el
sentido de su comportamiento de interacción adaptativa al
entorno. Ellos distinguían a las personas y la música
familiares de las que no lo eran, y mostraban respuestas
emocionales apropiadas hacia la música. Uno de ellos,
incluso, tenía visión funcional sin tener corteza
visual y podía arrastrarse sobre su espalda, empujando con
sus piernas, evitando visualmente cualquier colisión con los
objetos. Yo estaba tan sorprendido por el iconoclasma
neuropsicológico que, con permiso de los padres, hice una
visita especial a su casa para examinarles a los niños y
analizar sus historias médicas, y recogí sus
comportamientos conscientes en vídeo13 . Aquí hay uno de
ellos examinando un objeto e incluso mostrando fascinación
ante su propia imagen reflejada. Sucesivamente, me crucé con
varios casos semejantes más y recientemente publiqué
un artículo sobre el fenómeno y sus
implicaciones14 .
La implicación más importante para mí en
aquel momento fue que la base empírica para extrapolar el
experimento mental a la "muerte neocortical" había sido,
efectivamente, demolida. Por esto, en 1989 en el 2º Grupo de
Trabajo de la Academia Pontificia de las Ciencias para la
determinación del momento de la muerte, me retracté
de la extensión neocortical propuesta en mi artículo
anterior, sugiriendo en su lugar que la distribución
mínima de la destrucción cerebral necesaria y
suficiente para constituir la muerte, incluía al menos la
corteza, el diencéfalo y la formación reticular de un
tronco del encéfalo15 .
Fue en 1992 cuando ocurrió el segundo punto de
inflexión importante. Fue inducido al descubrir que,
así como sólo la corteza no era absolutamente
necesaria para la consciencia, el tronco del cerebro y el
hipotálamo tampoco lo eran para la unidad somática
del organismo como un todo (por razones que explicaré en
breve). Como partidario de la enseñanza de que el alma
humana es tanto la base espiritual de la personalidad
como la forma sustancial del cuerpo, consideraba la no
disociabilidad de la "persona humana" y el "organismo humano" como
un axioma fundamental, lógicamente más seguro que
cualquier conclusión de un hipotético experimento
mental. Me sentí forzado, por lo tanto, a abandonar la
noción de muerte cerebral como muerte.
Sólo mucho más tarde me percaté de que el
hipotético experimento mental realmente estaba dirigido a
una pregunta sutilmente distinta de la que yo creía que
estaba cuestionando. El experimento mental tenía que ver con
el problema de la enumeración y de la identidad de los
organismos en lugar del de la esencia de un organismo. En el
contexto de la muerte cerebral clínica, no hay dos entidades
físicamente distintas que exijan el mismo esfuerzo por
resolver la cuestión, ¿cuál de estos es Smith?
Hay sólo una entidad en cuestión, y si resulta que el
organismo es como un todo, entonces éste sólo
podrá ser Smith, un Smith inconsciente, discapacitado y muy
enfermo, quizá, pero no un Smith muerto todavía. Que
un cuerpo con muerte cerebral sea un organismo unitario es una
cuestión que no está contemplada por el experimento
mental; eso es algo que sólo puede decidirse al examinar las
propiedades biológicas de cuerpos concretos con muerte
cerebral, y viendo si semejantes propiedades se encuentran en un
nivel holístico o están todas, meramente, en el nivel
de los órganos y la células.
Esta es la cuestión sobre la que centraré el resto
de la conferencia.
Para desarrollar lo que sigue, aceptemos como premisa que la
pérdida de unidad somática integrativa (cese del
organismo como un todo) es el concepto apropiado de muerte y
examinemos si la destrucción total del cerebro se ajusta a
este concepto. Si no es así, entonces a fortiori
tampoco se ajustará la destrucción de la parte del
cerebro, como por ejemplo el tronco del encéfalo (como se
mantiene especialmente en Gran Bretaña).
Una línea importante de evidencia citada en defensa del
cerebro como la parte clínica integradora del cuerpo gira en
torno a la inestabilidad cardiovascular del cuerpo con muerte
cerebral. Como Christopher Pallis escribió hace 16
años16 :
"La asístole aparece inevitablemente (en
cuestión de pocos días)... Las razones por las que el
corazón se para en un breve espacio temporal ... son
complejas, pero el hecho empírico está establecido
más allá de toda duda".
De modo similar, la Comisión presidencial de los Estados
Unidos declaraba:
"Incluso con un cuidado médico extraordinario, estas
funciones (somáticas) no pueden ser sostenidas
indefinidamente, normalmente no más de
varios días"17 .
Podrían citarse declaraciones similares ad nauseam
extraídas de la literatura sobre la muerte cerebral.
Tales aserciones se reducen al siguiente silogismo
implícito:
* Todos los cuerpos sin una unidad integradora se deterioran
necesariamente de forma inexorable hasta un inminente colapso
cardiovascular a pesar de todas las medidas
terapéuticas.
* Todos los cuerpos con muerte cerebral se deterioran
necesariamente de modo inexorable hasta un inminente colapso
cardiovascular a pesar de todas las medidas
terapéuticas.
* Por lo tanto, todos los cuerpos con muerte cerebral carecen de
unidad integradora.
Este sería un buen argumento sólo si los hechos
fueran correctos y la lógica válida. Expresado
simbólicamente, esto sería:
* Todo X tiene la propiedad Y.
* Todo Z tiene la propiedad Y.
* Por lo tanto, todo Z es X.
Sin embargo, ni siquiera la premisa menor es verdadera. El
silogismo correcto realmente es:
* Todo X tiene la propiedad Y.
* No todo Z tiene la propiedad Y.
* Por lo tanto, al menos algunos Z no son X.
En un estudio recientemente publicado recogí
aproximadamente 175 casos con diagnóstico de muerte cerebral
que sobrevivieron más de una semana18 . La mayor parte fue
recogida de la literatura profesional, unos pocos de los medios de
comunicación, y otros pocos de la experiencia personal o de
las comunicaciones de otros neurólogos. Cincuenta y seis
casos cuentan con una información individual suficiente para
un meta-análisis estadístico.
Aquí está el registro de las curvas de
supervivencia para todo el grupo, así como para los dos
subgrupos distinguidos por el evento terminal: 37 casos
sobrevivieron hasta un paro cardíaco espontáneo y de
estos, a 19 se les suspendió el tratamiento. Más de
la mitad de los casos sobrevivieron más de un mes y un
tercio más de dos. Siete sobrevivieron más de seis
meses y cuatro más de un año, el récord
está siendo de 16 años y ... ¡todavía
vive!
Dado que la mayoría de estos casos son de dominio
público, es difícil entender cómo Pallis, tan
recientemente como 1996, podía afirmar con rostro
impasible:
"Estaba ya claramente establecido a principios de los
años 80 que ningún paciente en coma apneico al
que se le había declarado muerto cerebralmente de acuerdo
con los rigurosos criterios del código del Reino Unido
(…) había dejado de desarrollar una
asístole dentro de un periodo de tiempo
relativamente corto. Esa idea fundamental sigue
siendo tan válida hoy como hace veinte años, y
no sólo en el Reino Unido, sino en todo el
mundo"19 .
Un claro ejemplo de manipulación de los hechos para
encajar la teoría.
Si no se hubiera suspendido el tratamiento en el segundo
subgrupo, aquellas supervivencias se habrían incrementado en
cifras desconocidas. Una técnica estadística llamada
método Kaplan - Meier daba esta única curva
representando la probabilidad de supervivencia como una
función del tiempo (suponiendo un soporte vital continuado):
un indicador más fiel de la capacidad intrínseca de
supervivencia del cuerpo con muerte cerebral.
Un determinante importante de la capacidad de supervivencia
resultó ser la edad. He aquí una distribución
por edades en el momento de la muerte cerebral respecto a la
duración de la supervivencia en todos los 56 casos. Los que
más sobrevivieron (2,7 años, 5,1 años y 15
años) eran todos niños pequeños, y los 9
supervivientes de más de 4 meses tenían menos de 18
años. Por el contrario, los 17 pacientes que sobrepasaban
los 30 años sobrevivieron menos de 2 meses y medio. Las
curvas de supervivencia demostraban este efecto de la edad con
rigor estadístico. Los adultos jóvenes y los
niños tenían supervivencias relativamente largas, los
mayores tenían supervivencias más cortas y los
adultos de mediana edad tenían supervivencias
intermedias.
Otro determinante clave de la capacidad de supervivencia
resultaba ser la causa de la muerte cerebral. Las etiologías
estaban divididas en dos categorías: patología
cerebral primaria (tal como una hemorragia intracraneal
espontánea o una herida de bala en la cabeza), y un
daño difuso o multisistémico (tal como una parada
cardíaca o un accidente de automóvil). Que estos
últimos tengan una supervivencia más disminuida que
los primeros tiene sentido intuitivamente y es verificado por las
curvas respectivas de Kaplan-Meier.
Estos datos nos enseñan varias lecciones:
Primero, la muerte cerebral no lleva
necesariamente a un inminente paro cardíaco.
Segundo, la heterogeneidad de la duración de la
supervivencia se puede explicar en gran parte por factores no
cerebrales. Más aún, el proceso de daño
cerebral que conduce a la muerte del cerebro frecuentemente
induce daños secundarios al corazón y los pulmones.
Por lo tanto, la tendencia a un paro cardíaco precoz en la
mayoría de pacientes con muerte cerebral es más
atribuible a factores somáticos que a la mera
ausencia de función cerebral per se.
Tercero, las primeras semanas son especialmente
precarias. Pero aquellos que tienden a estabilizarse, no requieren
por más tiempo un soporte tecnológico sofisticado.
Algunos, incluso han sido mandados a casa con un respirador. Aunque
un materialista-reduccionista pudiera intentar argumentar (sobre la
base del coma irreversible) que estas no son personas
humanas, nadie puede afirmar con seriedad que no sean
organismos humanos vivos, seres humanos
vivos.
Permítanme presentarles a TK, un superviviente
récord. A la edad de 4 años, contrajo meningitis,
causándole una presión intracraneal tal que incluso
los huesos de su cráneo se partieron. En múltiples
tests las ondas cerebrales resultaron planas y no se observaron ni
respiración espontánea ni reflejos del tronco
cerebral durante los 16 años subsiguientes. Los
médicos sugirieron interrumpir el apoyo, pero su madre no lo
aceptó. Su primera etapa fue muy dura, pero finalmente fue
trasladado a casa, donde permanece con un respirador, asimila la
comida que se le administra por sonda, orina
espontáneamente, y requiere poco más que el cuidado
de una enfermera. Aunque está cerebralmente muerto,
él ha crecido, ha superado infecciones y curado heridas.
La madre de TK me dio permiso para examinarle y para documentar
todo fotográficamente. Aquí ven cómo su piel
se volvía moteada, asociado a una subida en la velocidad del
corazón y en la presión sanguínea, como
respuesta al pellizcarle partes de su cuerpo. Esta respuesta
nerviosa no podía ser obtenida en la cara, porque el
input sensorial es procesado en el tronco del cerebro, que
en él no existe.
Aunque las consideraciones éticas y logísticas me
impedían llevar a cabo un test formal de apnea, el hecho es
que cumplía todos los criterios clínicos para la
muerte cerebral salvo ese. Además de confirmar el
diagnóstico, los potenciales evocados no mostraban
respuestas corticales o del tronco del encéfalo, un
angiograma de resonancia magnética mostraba que no
había flujo sanguíneo intracraneal, y esta llamativa
exploración con MRI revelaba que el cerebro entero, incluido
el tronco cerebral, había sido reemplazado por membranas
desorganizadas y por fluidos proteínicos.
TK tiene mucho que enseñar sobre la necesidad del cerebro
para la unidad somática integradora. No hay ninguna duda de
que su cerebro murió a los 4 años. Ni tampoco hay
duda de que está todavía vivo a los 20.
Otro argumento común para igualar la muerte cerebral a la
muerte es recitar una letanía de las funciones integradoras
medidas por el cerebro y exclamar: "¿Cómo puede un
cuerpo con el cerebro muerto ser de alguna manera un organismo
unificado sin todas ellas?". Tomen, por ejemplo, el siguiente
pasaje de Bernat20 :
"Es primordialmente el cerebro el responsable del funcionamiento
del organismo como un todo: la integración de los
subsistemas de órganos y tejidos por un control neural y
neuroendocrino de temperatura, fluidos y electrolitos,
nutrición, respiración, circulación,
respuestas apropiadas ante el peligro, entre otros. El paciente con
paro cardíaco y destrucción de la totalidad del
cerebro es simplemente una muestra de los subsistemas individuales
desintegrados, puesto que el organismo como un todo ha dejado de
funcionar".
Pero éste no es un enfoque científico a una
cuestión empírica. Para determinar si un determinado
cuerpo tiene unidad integradora, uno debe primero definir el
término operacionalmente, y después examinar ese
cuerpo en busca de las propiedades relevantes a la
definición. Sorprendentemente, esto no se ha hecho nunca.
Como un primer paso hacia ese objetivo, propuse en otro
artículo recientemente publicado (Shewmon, 1999a), los dos
siguientes criterios operacionales:
Criterio 1: La "unidad integradora" es poseída por
un determinado organismo (es decir, realmente es un organismo)
si éste posee al menos una propiedad de nivel
holístico y emergente. Una propiedad de un
compuesto se define como "emergente" si deriva de la mutua
interacción de las partes, y como "holística" si no
es predicable de ninguna parte o subconjunto de partes, sino
sólo del compuesto entero.
Los organismos vivos y sanos normalmente poseen muchas de tales
propiedades, mientras que los organismos enfermos podrían
poseer menos. Pero sólo una es suficiente para ser un
organismo, pues verdaderamente en el nivel del todo debe haber una
unidad de la que ésta se predica.
El segundo criterio operacional es un corolario:
Criterio 2: Ningún cuerpo requiere menos
asistencia tecnológica para mantener sus funciones vitales
que otro cuerpo similar, que es sin embargo un "todo viviente",
debe poseer al menos la misma fuerza de unidad integradora y, por
lo tanto, ser también un "todo viviente".
Claramente, muchos cuerpos con muerte cerebral en la Unidad de
cuidados intensivos requieren menos apoyo tecnológico que
muchos otros pacientes extremadamente enfermos o moribundos en esas
mismas unidades, que están, no obstante, vivos aún.
Ergo, esos pacientes con muerte cerebral, con
más integración incluso, deben estar vivos
también.
Pero volvamos a la letanía de las funciones integradoras
a la luz del criterio 1. En una inspección más
cercana, uno descubre que:
* la mayoría de las funciones integradoras mediadas
por el cerebro no son somáticamente integradoras;
y, a la inversa,
* la mayoría de funciones somáticamente
integradoras no están mediadas por el
cerebro.
Más aún, algunas "funciones integradoras" clave,
si se entienden como mediadas por el cerebro, no son
somáticamente integradoras, y si son
entendidas como somáticamente integradoras, no son
mediadas por el cerebro.
Consideren la respiración y la nutrición citadas
por Bernat. Si se entiende "respiración" como "el mover aire
hacia dentro y fuera de los pulmones", entonces la
respiración está coordinado por el tronco cerebral.
Sin embargo, si se entiende como "respiración" el sentido
técnico de intercambio de oxígeno y dióxido de
carbono (más relevante a la unidad integradora), entonces es
una función química de la mitocondria en cada una de
las células del cuerpo.
De forma similar, si "nutrición" se entiende como comer,
está con seguridad coordinada por el cerebro. Sin embargo,
si se entiende como la descomposición y asimilación
de nutrientes para obtención de la energía y para la
estructura corporal (el único sentido relevante a la
integración somática), entonces es una función
química de cada una de las células del cuerpo.
Otra ironía es la siguiente. Aunque los neurólogos
a menudo citan el colapso cardiovascular inminente para justificar
la equivalencia entre muerte cerebral y muerte, las más
recientes directrices para el diagnóstico de la Academia
Americana de Neurología establecen que "la presión
sanguínea normal sin soporte farmacológico" es
explícitamente "compatible con el
diagnóstico"21 .
Más aún, los cirujanos de trasplante de
corazón están de acuerdo en que a "la mayoría
de donantes puede serles retirado con éxito
el apoyo farmacológico administrándoles
expansores del plasma22 y que la estabilidad cardiovascular
es un requisito de segundo orden que deben
cumplir los donantes de corazón. Por tanto, la
característica destinada a asegurarnos que los donantes de
corazón están muertos, es en sí misma, una
contraindicación relativa a la donación del
corazón; y, a la inversa, los mejores corazones para
trasplantes provienen de donantes con una integración
somática intrínseca que no se deriva del cerebro.
Es más, aunque la explicación más
común para equiparar la muerte cerebral con la muerte sea la
pérdida de la unidad integradora, los criterios de
diagnóstico oficiales:
- no requieren la ausencia de una única
función cerebral somáticamente integradora, y
- explícitamente, permiten la preservación
de algunas funciones somáticamente integradoras, por
ejemplo:
a) función pituitaria posterior/hipotalámica
b) estabilidad cardiovascular
c) respuestas autónomas y endocrinas a la incisión
en la piel sin anestesia.
Más todavía, hay una impresionante letanía,
paralela de funciones integradoras somáticamente no mediadas
por el cerebro, la mayoría de las cuales (si no todas) son
propiedades del conjunto que cumplen el Criterio Operacional 1.
Éstas incluyen:
* homeostasis de una variedad ilimitada de parámetros
fisiológicos y de sustancias químicas;
* asimilación de nutrientes;
* eliminación, detoxificación y reciclado de
desechos celulares;
* balance de energía;
* mantenimiento de la temperatura corporal (aunque por debajo de
lo normal);
* curación de heridas;
* lucha contra infecciones y cuerpos extraños;
* desarrollo de una respuesta febril a la infección
(aunque raramente);
* respuestas cardiovasculares y hormonales de stress a la
incisión para extirpar órganos;
* maduración sexual, como en 2 niños entre el
conjunto de supervivientes prolongados;
* gestación con éxito de un feto, como en 12
mujeres del conjunto;
* y crecimiento proporcional, como en 3 niños del
grupo;
Además de cumplir el Criterio Operacional 1, los
siguientes también cumplen el Criterio 2:
* recuperación y estabilización siguientes al paro
cardíaco y otras complicaciones;
* mejora espontánea en la salud general, tales como la
pérdida de necesidad de medicación vasopresora,
retorno a la movilidad gastrointestinal permitiendo la
alimentación por sonda, etc.
* capacidad para mantener el balance de fluidos y de los
electrolitos con supervisión y ajustes meramente
esporádicos;
* y la total capacidad para sobrevivir con una mínima
intervención médica fuera del hospital (como en 7 de
los casos que estudié).
¿fPor qué deberían todas estas funciones
que no requieren del cerebro ser selectivamente ignoradas, cuando
son verdaderamente más integradoras somáticamente que
las funciones con mediación del cerebro?
Lejos de constituir un integrador central, sin el cual el cuerpo
se reduce a un mero saco de órganos, el cerebro sirve como
modulador, buen sintonizador, optimizador, fortalecedor y protector
de una unidad somática implícitamente ya existente e
intrínsecamente mediada.
Podrían hacerse muchas más consideraciones pero el
tiempo no nos lo permite. Déjenme sólo mencionar, sin
embargo, una que considero como un argumento fisiológico
definitivo en el debate sobre la unidad somática en la
muerte cerebral. Esto ha sido también recientemente
publicado23 . La sección de la médula
espinal alta elimina en gran parte la influencia coordinadora del
cerebro sobre el cuerpo, manteniendo solamente la función
del nervio vago y de la glándula pituitaria. Algunas veces
la función del nervio vago tiene que ser
farmacológicamente suprimida para tratar la bradicardia, que
es común en las lesiones de la médula espinal en su
zona alta. E incluso podemos imaginar que la víctima es un
paciente endocrinológico con panhipopituitarismo compensado
médicamente. El efecto en la fisiología
somática de tal desconexión del cerebro podría
ser virtualmente idéntico al de la muerte cerebral. Si el
cerebro fuera el órgano integrador y unificador
crítico, el cuerpo debería desintegrarse en ausencia
de su influencia controladora, y el efecto sobre el cuerpo
debería ser el mismo si tal ausencia de control fuera debida
a la destrucción o simple desconexión del
cerebro.
Una detallada comparación entre los síntomas
clínicos somáticos de la muerte cerebral y la
lesiones cervicales altas, muestran que los cuerpos en muerte
cerebral son, en principio y clínicamente, tanto "organismo
como un todo" cuanto los cuerpos con sección de la
médula espinal. Por ello, cualquier definición que
decidamos dar a conceptos como "unidad integrativa" y
"organismo como un todo", si pueden ser apropiados para cuerpos con
sección de la médula espinal,
necesariamente deberían serlo para cuerpos en
muerte cerebral (la única diferencia es que uno es
consciente y el otro está en estado de coma, pero ya hemos
visto como esto no es un factor determinante para distinguir la
vida de la muerte).
Pero si la muerte cerebral no es muerte, ¿qué es?
Nos orientamos una vez más hacia los tres niveles
conceptuales: definición, criterio anatómico y tests
clínicos.
Ahora, la definición básica sigue siendo la
misma: la pérdida de la unidad somática
integradora.
El criterio anatómico, sin embargo, se convierte
en un grado crítico de daño a escala molecular por
todo el cuerpo, más allá de un "punto sin retorno"
termodinámico. La tendencia del cuerpo a un
automantenimiento activo está irreversiblemente perdida, y
los procesos físico-químicos siguen ahora el camino
de una creciente entropía característica de las cosas
inanimadas.
Ahora, una condición sine qua non de la
oposición a la entropía es la energía,
generada por la respiración química, y una
condición sine qua non de integración
somática es la circulación de la sangre, mediante los
cuales las partes del cuerpo interactúan mutuamente. Por
tanto, un indicador clínico para el "punto sin retorno" es
el cese mantenido de la circulación de sangre oxigenada. La
duración crítica depende de la temperatura corporal;
de ordinario, probablemente alrededor de los 20 ó 30
minutos.
Aunque "circulatorio-respiratorio" suene similar a la anticuada
"cardio-pulmonar", no son sinónimos. Ni el latido del
corazón espontáneo ni la respiración son
esenciales para la vida, pero la circulación y la
respiración química lo son. Por tanto, la
propuesta de un estándar circulatorio-respiratorio
representa, lejos de una regresión reaccionaria, realmente
un avance conceptual, poniendo nuestro criterio y nuestras pruebas
más en la línea del concepto básico.
Aunque la "muerte cerebral" sea una ficción legal,
ha producido mucho bien y ningún daño aparente.
Entonces ¿por qué combatirla? Veo cinco razones:
Primero, muchos profesionales en diversas partes del
mundo involucrados en trasplantes tienen ideas confusas acerca de
si los donantes con muerte cerebral estén muertos. Por
tanto, sus conciencias pueden estar subliminalmente comprometidas
por un sentido de participación en una muerte utilitarista.
Más aún, entre el público general, la
percepción difundida de que la sociedad apruebe el asesinato
de ciertos pacientes moribundos para una causa lo suficientemente
buena podría estar contribuyendo al daño del respeto
a la vida. La extracción de vísceras de pacientes
vivos con cerebros destruidos podría por tanto estar
causando un mal mucho mayor a los médicos, enfermeras y a la
sociedad que a los donantes de órganos mismos.
Segundo, la explicación tradicional de la muerte
cerebral ha ido volviéndose cada vez más
inverosímil. Pero como la muerte cerebral es considerada
falsamente como una vaca sagrada de la bioética que debe ser
preservada a toda costa, los teóricos han ido
agarrándose cada vez más al único argumento
coherente que queda, a saber, la de la pérdida de la
personalidad en un sentido reduccionista. Consecuentemente, la
praxis de la muerte cerebral está comenzando a evolucionar
en esa dirección y no en la línea de lo sagrado de la
vida humana. Por ejemplo, las propuestas de utilizar a niños
anencefálicos vivos o a pacientes en estado vegetativo como
fuentes de órganos, impensable sólo hace unos pocos
años, son ahora tomadas en serio entre los intelectuales y
en la literatura médica.
Tercero, la noción de "muerte cerebral" ha
inspirado la invención de su supuesta imagen especular
llamada "vida cerebral" para justificar el aborto y de la
experimentación con el embriones humanos. Aunque la idea de
"vida cerebral" es contradicha por la consideración de la
unidad integradora, se deriva
lógicamente de la aproximación reduccionista de la
consciencia de la personalidad, que se ha ido convirtiendo
gradualmente de facto en la explicación para la
muerte cerebral.
Cuarto, hay un serio problema de consentimiento
informado. La mayoría de los firmantes de las tarjetas de
donantes de órganos y de las familias que autorizan la
donación tienen muy poco conocimiento de la muerte cerebral
y de lo que realmente ocurre en las salas de operaciones. Cuando
leen la frase "después de mi muerte", muchos imaginan un
cadáver sin pulso y podrían horrorizarse al saber que
realmente significa "después de que yo esté en coma y
sin respiración pero todos mis otros órganos
estén funcionando bien", y que "yo seré eviscerado
mientras mi corazón esté todavía latiendo
espontáneamente". Más aún, nadie es informado
de que la explicación para equiparar muerte cerebral y
muerte sigue siendo controvertida ni de que la evidencia
empírica que se ha ido acumulando arroja serias dudas sobre
ella. Por tanto, información altamente relevante para la
decisión moral del donante potencial es
sistemáticamente ocultada.
Finalmente, que el Estado defina a alguien como
legalmente muerto de acuerdo con un criterio contrario a las
profundas convicciones de esa persona, viola la libertad de
religión y de otros derechos fundamentales (estoy pensando
particularmente en los judíos ortodoxos, pero también
en cualquiera que rechace la muerte cerebral por motivos no
religiosos). Solamente una definición
circulatorio-respiratoria legal puede ser aceptada de modo
universal.
Estas son, pues, mis razones para desafiar el dogma de la muerte
cerebral. Las consecuencias éticas del abandono del concepto
de muerte cerebral afectan principalmente el campo del trasplante
de órganos. No hay ningun problema moral en desconectar el
respirador de un paciente con el encéfalo totalmente
destruido. Mi estudio de casos de supervivencia prolongada tiene
como objetivo principal profundizar en la fisiología
somática de la muerte cerebral; en modo alguno representaba
una defensa implícita del "vitalismo". En ningún
contexto clínico es más evidente que el uso de
técnicas de life-support es moralmente
"extraordinario" o "desproporcionado".
Las implicaciones respecto al trasplante de órganos son
mucho más complejas de lo que a primera vista parece. Una
exposición detallada requeriría extendernos
más allá de lo razonable en esta conferencia. Baste
decir que no estoy en contra de los trasplantes de órganos
vitales y que creo sinceramente que hay otras vías, que no
necesariamente pasan por equiparar muerte cerebral con la muerte y
extraer el corazón cuando todavía está
latiendo, para darles una justificación moral y para
llevarlos a cabo en la práctica. En particular, el uso del
concepto de "donante con corazón no latente" no sólo
requiere dicha equiparación sino que incluso podría
hacer que muchos más órganos estuvieran disponibles
para el trasplante que en el caso de que requiriéramos que
todos los donantes potenciales presentaran muerte cerebral. De
hecho, en un contexto histórico, ésta fue la manera
en que los primeros trasplantes de corazón24 y de hígado25 fueron llevados
a cabo, mucho antes de que la muerte cerebral fuera elevada a los
altares legislativos. En la última década, de hecho,
hemos presenciado un resurgimiento del interés y,
consecuentemente, de la investigación en esta
línea26 . No hay tiempo para profundizar en este
tema, pero permítaseme enfatizar que creo que el trasplante
de órganos es en principio una práctica loable, y que
creo que hay maneras de realizarlo sin causar directamente la
muerte del donante, incluso si admitimos que la muerte cerebral no
es equivalente a la muerte. Ésta es sin duda un área
muy prometedora para la investigación, tanto técnica
como ética. En cualquier caso, estoy convencido de que la
sustitución de la muerte cerebral por un concepto
científicamente más creíble promovería
significativamente la respeto a la vida.
Notas
(1) D.A. Shewmon,
Recovery from brain death: A neurologist's Apologia, en
"Linacre Quarterly", 1997, 64, 30-96.
(2) D. A. Shewmon,
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critical revaluation of the purported evidence,
en "Issues in Law and Medicine", 1998, 14, 125-45.
(3) D.A. Shewmon,
Disputed question #1: Is it reasonable to use as basis for
diagnosing death the UK protocol for the clinical diagnosis of
"brain-stem death"?, in L. Gormally ed., Issues for a
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(4) D.A. Shewmon,
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