Sexo, naturalmente
Joseph B. Stanford
Publicado en
First Things 97 (November 1999): 28-33.
Copyright (c) Firts Things 1999
Traducción castellana: Charlie Paternina y Jokin de
Irala.
Cuando empecé mis estudios en la Facultad de Medicina de
la Universidad de Minesota en 1984, no sabía que 15
años más tarde, como médico de familia, me
dedicaría por completo a promover la comprensión de
la sexualidad humana y de la procreación desde un punto de
vista totalmente contrario a las opiniones más extendidas y
a las prácticas generalizadas de nuestra cultura
contemporánea.
He descubierto que la medicina está empapada de posturas
hacia la sexualidad y la fertilidad que son incompatibles con los
valores cristianos acerca del matrimonio, y la procreación.
Estas posturas reflejan y perpetúan la aproximación a
la sexualidad como recreo que se hallan en nuestra cultura
laica.
Basadas en experiencias personales, experiencias con pacientes,
mi propia investigación y las investigaciones y estudios de
otros, me llevan al convencimiento de que existe una postura
espiritualmente auténtica y científicamente correcta
frente a la sexualidad y la procreación humana, de la que
carece enormemente la medicina actual, pero que es esencial
recuperar para el auténtico respeto hacia la vida humana en
nuestra cultura.
Tal vez, mi primer encuentro directo con la doctrina laica de la
sexualidad en medicina fue un seminario universitario sobre
«replantearse la actitud frente a la sexualidad
humana». Parte de este curso incluía varias horas de
películas pornográficas agresivas, usadas para
“ampliar” las perspectivas de los estudiantes sobre la
sexualidad humana.
Mientras decidía si asistiría a este seminario,
recé y me dejé aconsejar por los líderes de mi
iglesia. Esta postura me ha ayudado a mantenerme en mi camino en
temas fundamentales desde entonces. Junto con otros
compañeros de clase, decidí no tomar parte en el
seminario, y escribí una artículo sobre mi postura
ante la sexualidad y de qué manera afectaría al
cuidado que yo daría a los pacientes que tuviesen posturas
distintas a la mía.
Esto me ayudó a clarificar mis ideas referentes a
cómo podía yo ser consecuente con mis creencias sobre
el valor sagrado de la sexualidad humana y el valor de la castidad,
al tiempo que proporcionaba un cuidado compasivo a los pacientes
que quizás no tuviesen estas ideas. Comencé a
aprender cómo tratar a todos los pacientes con total respeto
humano, incluyendo a aquellos que tomaban decisiones que yo
consideraba inmorales.
En las clases de farmacología en la Facultad de Medicina,
se nos enseñaba que la contracepción hormonal
(“la píldora” y otros métodos), que no
siempre impide la ovulación, altera el endometrio de forma
que se reduce la probabilidad de implantación en el vientre
de vidas humanas acabadas de formar. Un pequeño grupo de los
que estábamos en las clases, decidimos que no
prescribiríamos contraceptivos hormonales. Los que hicimos
este compromiso éramos una Católica, una Baptista y
yo, perteneciente a los Santos de los Últimos Días
(Mormones). No estoy seguro en lo que respecta a mis
compañeros, pero yo he sido fiel a mi decisión a lo
largo de mi preparación y mi práctica médica,
y esto me ha abierto el camino para darles a mis pacientes muchas
cosas que de otro modo no hubiese sido capaz de ofrecer.
El potencial de la contracepción hormonal para actuar
tras la concepción, ofrece un interesante estudio que
contrasta con la medicina moderna. A pesar de que está
reconocido en la mayor parte de documentos ginecológicos y
farmacológicos, la mayoría de ginecólogos lo
ignoran, y tampoco hace eco de ello la información escrita
que los pacientes reciben sobre la contracepción. La
evidencia de que la contracepción hormonal actúa de
esta forma no es definitiva, pero lo sugiere. Los pacientes
deberían ser informados sobre todo este tema como un
principio básico: las mujeres y sus maridos necesitan tener
la mejor información médica disponible para poder
tomar decisiones sobre planificación familiar que
estén de acuerdo con sus propios valores y su conciencia
moral.
Iba aprendiendo que la píldora podía actuar como
un abortivo, y esto fue el principio para cuestionarme el valor de
los contraceptivos. Durante el MIR en medicina familiar,
evité hacer ligaduras de trompas o vasectomías porque
los estatutos oficiales de los Santos de los Últimos
Días rechazan firmemente estos procedimientos. Al final, me
di cuenta de que la fertilidad forma parte de la salud, y no es una
enfermedad, y que hay algo fundamentalmente contradictorio en las
operaciones que buscan impedir una función saludable del
cuerpo.
Con el tiempo y la experiencia adquirida con mis pacientes,
comencé a pensar que cualquier forma de contracepción
tenía efectos nocivos en los matrimonios e incluso en las
relaciones prematrimoniales, aunque no todos lo reconocían.
Cada vez más, tenía la seguridad de que la sexualidad
y la fertilidad están unidas al nivel más fundamental
tanto físicamente como espiritualmente. Comencé a ver
más claro lo que puede ocurrir cuando el hombre intenta
deshacer esta conexión.
La unión sexual en el matrimonio debería ser un
don perfecto de cada cónyuge hacia el otro, y cuando la
fertilidad (aunque sea en potencia) se excluye deliberadamente de
este don, estoy convencido de que algo valioso se pierde. El marido
puede comenzar a ver a su esposa como un objeto de placer sexual
que debe estar siempre disponible para su propia
satisfacción. Esta tendencia toma fuerza en la perspectiva
reinante de la sexualidad en nuestra sociedad, que idealiza la
erotización y la satisfacción sexual ilimitadas, pero
libres (al menos teóricamente) de cualquier posibilidad de
embarazo. La esterilización y los contraceptivos hormonales
alimentan especialmente esta perspectiva masculina tan común
y enormemente distorsionada (también adoptada por muchas
mujeres).
Las parejas pueden perder de vista fácilmente por
qué tomaron la decisión de evitar los embarazos, y no
tratar el tema durante meses e incluso años, teniendo
relaciones sexuales de manera muy alejada incluso de la idea de
procreación.
Existen también efectos secundarios de mayor o menor
naturaleza con cada contraceptivo. En un par de años,
llegué a la conclusión de que no prescribiría
en conciencia, contraceptivos de ningún tipo (abortivos o
no), porque sentía que de algún modo, toda
contracepción es perjudicial para el matrimonio y la salud
de los esposos.
No hubiese sido capaz de tomar esta decisión sobre la
prescripción de contraceptivos si no hubiese aprendido
simultáneamente, de forma efectiva, científicamente
correcta y espiritualmente saludable, sobre la planificación
familiar. Existen vías fáciles y precisas de
monitorizar e interpretar los signos de fertilidad en el cuerpo de
una mujer. Las parejas pueden aprender a utilizar estos signos de
fertilidad para planificar la concepción mediante el acto
sexual durante los periodos fértiles, o espaciar los
embarazos mediante la abstinencia sexual durante estos
periodos.
Los signos de fertilidad básicos son:
cambios en las secreciones vaginales durante los periodos de
ovulación, que corresponden a secreciones de la
cérvix uterina que permiten al esperma sobrevivir y
desplazarse
el aumento de la temperatura basal corporal, que es una
señal de que la ovulación ha tenido lugar.
Con la preparación adecuada, estos signos pueden ser
interpretados de modo fiable, independientemente del calendario, y
de si los ciclos de la mujer son regulares o no. De hecho, estos
fenómenos fisiológicos de la fertilidad humana tienen
aplicaciones que van más allá de un simple
método para planificar la familia
“naturalmente”, es decir, sin contraceptivos. Sin
embargo, como la expresión “planificación
familiar natural” (PFN) se ha usado mucho para describir
el conocimiento básico de los ciclos de fertilidad e
infertilidad del cuerpo de la mujer, además de su
aplicación para espaciar los embarazos, en este documento
nos referiremos a todas las aplicaciones que tiene el conocer estos
fenómenos.
Tres métodos modernos de PFN están respaldados por
un conjunto amplio de datos científicos:
el método sintotérmico, basado en las
observaciones de secreción vaginal y la temperatura basal
del cuerpo, combinada, en ocasiones, con otros síntomas
el método de la ovulación, también conocido
como el método de la ovulación Billings, de
los doctores John y Evelyn Billings, basado únicamente en
las observaciones de secreción vaginal
el Modelo Creighton, una adaptación del
método de la ovulación que estandarizó
protocolos para usarlo y enseñarlo, desarrollado en la
Universidad de Creighton.
Cada uno de estos métodos, tiene una base sólida
de estudios médicos que demuestran una alta efectividad para
evitar el embarazo.
Las parejas que tienen una necesidad seria de espaciar los
embarazos o de evitarlos, pueden hacerlo de manera fiable
utilizando PFN. Muchas parejas afrontan estas situaciones durante
alguna época de su matrimonio. Si no existiera ninguna
alternativa efectiva a la contracepción (más que la
abstinencia total) estaríamos ante una difícil
situación.
La abstinencia periódica utilizada en la PFN para evitar
el embarazo, puede resultar un reto, a veces difícil, pero
une a los matrimonios, ya que los dos cónyuges ponen las
necesidades del otro (y del matrimonio) por delante de sus propias
necesidades. Se necesita fe para utilizar la PFN: si no Fe en Dios,
al menos fe en la fuerza del matrimonio, y en el buen augurio y la
capacidad de cada esposo de ceder a una disciplina de PFN para el
bien común de su matrimonio y su familia.
Esta fe se ve compensada con creces: existe un efecto profundo
de «cortejo - luna de miel» entre los
matrimonios que utilizan la PFN, incluso tras años de
matrimonio. La abstinencia del contacto genital durante el periodo
fértil evoca un sentido de “cortejo”
periódico, tras el cual, la pareja disfruta de una
“luna de miel” que aumenta el gozo y la capacidad de
apreciar la unión sexual.
Las investigaciones sugieren que la frecuencia de uniones
sexuales entre parejas que utilizan la PFN es similar a la de la
mayoría de parejas casadas que utilizan la
contracepción, pero que se distribuye de forma distinta. Yo
he conocido parejas durante mis años de práctica
médica que realizan el acto sexual por rutina diariamente,
pero que no experimentan la satisfacción de su “vida
sexual” con la profundidad que lo hacen aquellas parejas que
utilizan la PFN. Dicho de otro modo, la PFN mejora los matrimonios
de un modo que la contracepción no lo hace.
En mi opinión, las parejas que utilizan la PFN obtienen
los siguientes beneficios:
los esposos saben apreciar más profundamente la
fertilidad como un don de Dios más que como un
fenómeno biológico que se puede manipular o un mal
que hay que evitar
generalmente, consiguen consciente y rápidamente los
embarazos cuando ellos los eligen (los embarazos
“sorpresa” suceden muy raramente entre las parejas que
usan la PFN)
se replantean sus opciones sobre fertilidad periódica y
constantemente
en su relación íntima, cada esposo envía un
mensaje implícito y poderoso: «Te acepto
completamente, incluída tu fertilidad»
aprenden a asumir y a ejercer juntos la responsabilidad sobre su
fertilidad
aprenden que los periodos de abstinencia de contacto genital
pueden hacer una relación más sólida.
La mayoría de gente que empieza a usar la PFN no lo hace
porque espera experimentar los beneficios en su relación y
su espiritualidad que acabamos de describir. Las investigaciones
sugieren que, al principio, la mayoría están
interesados básicamente en los beneficios saludables: la
ausencia de efectos secundarios y el conocimiento del
funcionamiento normal del cuerpo. Otros comienzan a utilizar la PFN
por un compromiso religioso. Independientemente de la razón
por la cual se empieza a usar la PFN, las investigaciones han
demostrado que, comparado con otros métodos de
planificación familiar, una proporción relativamente
alta de usuarios continúa utilizándolo. Y
después de algunos meses de uso, la mayoría de ellos
te dicen que han notado algunos de los beneficios de los que
acabamos de hablar, en su relación.
La diferencia fundamental entre la PFN y la contracepción
resulta más clara cuando las parejas que utilizan la PFN
para evitar el embarazo intentan concebir una nueva vida. Para las
parejas que utilizan la contracepción, la elección de
concebir significa, normalmente, cortar con la contracepción
(o utilizarla de un modo dispar e inconsistente) y
“jugársela” o “ver qué pasa”.
Aunque algunas parejas que utilizan la PFN pueden ocasionalmente
utilizar estas expresiones, su experiencia es cualitativamente
distinta. De modo contrario a lo que hacen las parejas que utilizan
la contracepción, ellos saben perfectamente que
probablemente se producirá la concepción, aunque no
estén planeando deliberadamente hacerlo. Además,
conocen la fertilidad, con los beneficios y responsabilidades que
implica. Todo esto está fuera del alcance de la pareja que
confía en la contracepción para su
planificación familiar.
Este conocimiento tiene el potencial para hacer descubrir a la
pareja el poder divino de la procreación. Contrariamente a
lo que sucede con la contracepción, la PFN no lleva a desear
tener el menor número de descendencia posible. Más
bien al contrario. Al tiempo que capacita a las parejas a evitar
los embarazos de forma fiable, también anima a estas parejas
a tener tantos niños como razonablemente puedan cuidar.
Desde una perspectiva cristiana, esta es una ventaja de la PFN que
no comparte ningún otro método de
planificación familiar. La PFN es, por su propia naturaleza,
abierta a la vida.
No quiero decir con todo esto que las parejas casadas que
utilizan la contracepción han de tener, necesariamente,
problemas familiares o conyugales. Conozco muchas parejas
maravillosas que están abiertas a la vida, están
completamente comprometidas con su familia y sin embargo utilizan
la contracepción. Pero estoy convencido de que la
mayoría de estas parejas utilizarían la PFN si
tuvieran la oportunidad de entenderla y conocer las bendiciones que
conlleva.
Hay otras dos dimensiones de la PFN que sólo puedo
mencionar brevemente, pero que son de igual importancia por su
valor para espaciar los embarazos. El primero es la gran esperanza
que la PFN ofrece a las parejas que afrontan la infertilidad. La
PFN es el inicio de una postura frente a la infertilidad que se
basa en la regeneración de los procesos naturales —don
de Dios— de la reproducción humana para su
funcionamiento saludable. Esto está en contraste radical con
la mayoría de los esfuerzos que se desarrollan con
tecnología avanzada contra la infertilidad hoy en
día, y que tratan la vida humana como un objeto que se puede
manipular científicamente en lugar que una realidad sagrada.
Muchas parejas y muchos médicos utilizan la
fecundación in vitro y otros procedimientos semejantes por
su deseo de fertilidad, para al final encontrarse a ellos mismos
afrontando dilemas morales insospechados tales como qué
hacer con los embriones crio-conservados. La postura de la
«procreación natural» a la infertilidad, que
puede incluso incorporar técnicas médias y
quirúrgicas sofisticadas mientras se utilicen para devolver
la fisiología normal de fertilidad, se basa en el respeto a
los procesos de la procreación humana y a la vida humana en
sus estadios primeros.
Los datos precisos sobre la efectividad de los planteamientos de
la procreación natural (que no recibe apenas fondos para la
investigación, actualmente) todavía se han de
interpretar, pero los datos disponibles me convencen de que este
planteamiento demostrará ser, al menos, tan efectivo como
los que se están utilizando actualmente para tratar
médicamente la infertilidad. (El Instituto Pablo VI para el
Estudio de la Reproducción Humana, en Omaha, Nebraska,
lidera el desarrollo sobre la opción de la
«tecnología procreativa natural» para la
infertilidad). Esta aplicación de la PFN será
probablemente lo primero que entrará en el maremagnum de la
medicina reproductiva. Aún así, encontrará una
firme oposición de aquellos que invierten grandes sumas en
el sistema actual de tratamiento médico de la
infertilidad.
Otra contribución esencial de la PFN es la posibilidad
que ofrece para la salud ginecológica y reproductiva de las
mujeres. Conocer cuándo y si una mujer está ovulando,
y cuándo y si su sistema reproductor funciona normalmente,
es de gran valor para el diagnóstico y tratamiento de las
condiciones que están relacionadas con el sistema
reproductor, tales como el síndrome premenstrual,
hemorragias irregulares, endometriosis y los quistes de ovario.
La forma más común con diferencia, con la que los
médicos tratan todas estas condiciones —con
éxito variable en el control de los síntomas—
es prescribir a las mujeres las píldoras de control de la
natalidad u otros tratamientos hormonales que suprimen el
funcionamiento normal del sistema reproductor. Por contra, la PFN
ofrece la posibilidad de desarrollar tratamientos médicos
que devolverán el funcionamiento normal del sistema
reproductor. Más todavía: la PFN ayuda a la mujer a
entender mejor su cuerpo, permitiéndole conocer exactamente
en qué consiste el tratamiento médico. En mis
años de práctica médica, he visto una
diferencia cualitativa cuando he tratado a mujeres que padecen
estos problemas y que utilizan (o están comenzando a
utilizar) la PFN para entender sus ciclos, y aquellas que no los
utilizan. Las investigaciones aumentarán el potencial de
esta opción en el futuro.
Al igual que los métodos actuales son buenos para
identificar los periodos fértiles del ciclo menstrual, estoy
convencido de que en el futuro desarrollaremos prácticas
más completas y efectivas. Hay algunas parejas que
todavía tienen dificultades sustanciales para aprender e
interpretar sus signos de fertilidad. Sin embargo, he visto que
cuando las parejas que tienen estas dificultades reciben el mejor
apoyo médico y moral posible, normalmente permanecen en su
opción de utilizar la PFN, y son capaces de superar los
momentos difíciles con un matrimonio sólido.
Menos de un 1% de las parejas de los EE.UU. utiliza la PFN
moderna. ¿Por qué no hay más? Entre las causas
están la falta de conocimientos, la imposibilidad de acceder
a ella a distintos niveles, una cultura saturada de
contracepción, y temas intrínsecos de confianza.
Además, existe una minoría que percibe la PFN como
«contracepción natural» y que la rechazan al
igual que la contracepción.
En una cultura en la que, estadísticamente, es muy
improbable que alguien conozca a alguien que utiliza la PFN, es
difícil conseguir información adecuada sobre el tema,
y mucho menos apoyo social para usarla. Para usar con efectividad
la PFN se precisa de una instrucción adecuada que ha de dar
un monitor especializado. El número de profesores de PFN
disponibles varía geográficamente, pero es
todavía muy limitado en la mayoría de lugares. Las
compañías de seguros no cubren los gastos
médicos de las parejas que utilizan servicios de salud
relacionados con la PFN, aunque es impactante que sí que lo
hagan en temas como la contracepción o la
esterilización, aunque esto está cambiando
lentamente.
Los médicos y los profesionales de la salud están
muy poco informados (o mal informados) sobre la PFN moderna, y
normalmente ni comentan la opción con los pacientes. La
primera vez que aprendí sobre PFN no fue a través de
mis clases, sino mediante una serie de clases nocturnas optativas
organizadas por estudiantes de medicina para cubrir temas que no
constaban en el curriculum de nuestra Facultad de Medicina. La
mayoría de facultades de medicina y de programas de
educación médica, carecen de información
adecuada y precisa sobre la PFN.
La contracepción se ha convertido en una práctica
tan integrada en la práctica médica que es
difícil para aquellos estudiantes o médicos que
deciden no prescribirlo, que se les permita completar su
educación, y en el campo de obstetricia y ginecología
es casi imposible. Yo no atribuyo esto a ninguna
conspiración, sino a la aceptación cultural y la
promoción de la contracepción en los últimos
30 años.
Con respecto a esto, uno no debería subestimar la
influencia y el rol de las compañías
farmacéuticas en la práctica, tan ampliamente
aceptada, de la prescripción de contracepción por
profesionales de la salud, ya que quizás ellos son la
única fuente de fondos no estatales para continuar con el
estudio médico y las jornadas y congresos profesionales
sobre obstetricia y ginecología.
De todos modos, la falta de uso de la PFN no se debe a que la
mayoría de mujeres y de parejas están satisfechos con
los métodos contraceptivos modernos. Pocas mujeres disfrutan
realmente con la experiencia física de tomar la
píldora u otros contraceptivos hormonales y con sus efectos
secundarios típicos y atípicos. No he encontrado
ninguna mujer que disfrute realmente teniéndose que poner un
diafragma, ni ningún hombre que prefiera ponerse un
condón a la hora de practicar el sexo. Las investigaciones
han demostrado que muchas mujeres y muchos hombres buscan algo
mejor.
No intento juzgar a otros (en especial a mis pacientes) cuando
eligen usar contraceptivos. Sus opciones acerca de su potencial
reproductor están entre ellos y Dios, y están en su
derecho y responsabilidad para determinar por ellos mismos
qué hacer con su fertilidad. En conversaciones con mis
pacientes, hago un esfuerzo para mantener el equilibrio comentando
mis consejos médicos sobre los distintos métodos
contraceptivos.
Al mismo tiempo, sin entrar en juicios, intento transmitir a mis
pacientes (hasta el punto que ellos quieran escuchar) por
qué creo que existe una alternativa saludable y efectiva que
está en completa armonía con su fertilidad y con su
dignidad de personas humanas, como hijos de Dios. Les hago saber
claramente lo que puedo y no puedo hacer con mi propia conciencia,
y que tendrán que ir a otro sitio si eligen una
opción en la que yo no puedo participar. Casi todos mis
pacientes lo entienden. Aquellos que eligen que ya no se les
prescriban más contraceptivos, casi siempre vuelven conmigo
para el resto de sus cuidados médicos.
He visto que aproximadamente una cuarta parte de mis pacientes
que no ha utilizado la PFN la eligen tras una conversación
conmigo sobre el asunto. (Muchos pacientes me visitan porque
están buscando un médico que les ayude en su
opción inicial de usar la PFN). Además de muchos
médicos de familia, existe un creciente número de
profesionales en obstetricia y ginecología que ha tomado la
decisión de prescribir sólo la PFN para espaciar los
embarazos, para tratar la infertilidad, y casi todo el resto de
aspectos relacionados con la salud reproductiva. Estoy muy metido
en el trabajo que realiza la Academia Americana de
Planificación Familiar Natural, una organización
comprometida dedicada al servicio y la investigación dentro
de un marco de trabajo de total respeto por la vida y la
procreación. He estado como director del Comité de
Ciencia e Investigación, y recientemente como presidente.
Que yo sea uno de los pocos miembros no católicos de la
organización no ha dificultado mi profunda amistad y
propósito común con estos profesionales de la
salud.
Es posible que una pareja utilice la PFN de un modo inadecuado,
para limitar su familia egoístamente, pero creo que es mucho
menos probable que suceda con la PFN que con el uso de
métodos artificiales de contracepción.
Desde luego, estoy familiarizado con la perspectiva
católica sobre estos temas. He leído y releído
la Humanae Vitae, la encíclica de 1968 del Papa Pablo VI.
Aunque existen algunos puntos teológicos en los que
discrepo, comulgo totalmente con la visión fundamental de la
sexualidad humana y la vida familiar que la encíclica define
de un modo precioso. Creo que las ideas de la encíclica
sólo pueden venir por inspiración divina. De forma
similar, aunque no estoy de acuerdo con todos los puntos descritos
por el Papa Juan Pablo II en la Evangelium Vitae, encuentro esta
visión de la batalla entre la Cultura de la Vida y la
cultura de la Muerte, muy iluminadora.
La resistencia más fuerte a la PFN permanecerá
concentrada probablemente entre aquellos que creen que el control
de la población es el tema más crítico de
nuestro tiempo, porque advierten —sin equivocarse— que
la PFN no es tan “fiable” como muchos métodos de
contracepción desde la perspectiva de animar a la gente a no
tener hijos. Como he dicho, los primeros pasos de la PFN dentro del
gran caudal de la medicina, vendrá probablemente al
principio por su potencial para ayudar a las parejas en la
infertilidad.
Al final, espero ver a la mayoría de profesionales de la
salud de los EE.UU. aceptando la PFN como una opción que
debería estar disponible para todas las mujeres y las
parejas. Incluso aquellos que están metidos en la
contracepción y en contra del aborto podrían apoyar
esta “opción” adicional.
Existe un número creciente de profesionales de la salud
que promueven los beneficios de la PFN aunque ven la PFN
básicamente como uno entre tantos otros métodos de
contracepción, cualesquiera sean sus ventajas. Muchos de
estos promueven una versión de precaución ante la
fertilidad que anima al uso de métodos de
contracepción de barrera (u otras variaciones como el sexo
oral) durante los periodos fértiles —una
versión que mantiene algunos beneficios de salud de la PFN
pero que pierde sus beneficios espirituales.
El valor último de la PFN lo encontrarán aquellos
que aúnen sexualidad y fe. Se darán cuenta de que la
PFN difiere fundamentalmente de la contracepción en que
coopera con el don divino de la fertilidad, más que buscar
suprimirla o destruirla, y que cooperar con el don divino de la
fertilidad trae bendiciones espirituales al tiempo que beneficios
médicos. La PFN devuelve la conexión entre sexo y
procreación, mejora el matrimonio y ayuda a la virtud de la
castidad. Ayuda a los esposos a ver al otro como personas y
creadores de personas de forma apropiada, ya que es en la
procreación donde la gente percibe su dignidad de hijos
hechos a imagen de su Padre.
Joseph B. Stanford, M.D., es Profesor Adjunto de medicina
Preventiva y de Familia en la Universidad de Utah. Ha sido
Presidente de la Academia Americana de Planificación
Familiar Natural, del Comité Asesor de Medicina Reproductiva
de la United States Food and Drug Administration y, en la
actualidad, es Miembro del Consejo de Administración del
Instituto Internacional de Medicina Reproductiva Restaurativa.
Algunas partes de este trabajo están adaptadas de un trabajo
que apareció en “Physicians Healed (One More
Soul)”.
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