La ilusión de la neutralidad moral
J. Budziszewski, Universidad de Austin, Texas
Publicado en First Things n° 35 (1993), pp. 32 y
ss.
Resumen elaborado por José Zafra.
1. La falsa tolerancia del neutralismo
Decía Nietzsche que, si los hombres tomasen a Dios en
serio, seguirían quemando herejes en la hoguera.
Según esto, cabría pensar también que, si los
hombres se adhieren realmente a una verdad moral, tendrán
que reprimir cuantas creencias consideren erróneas; y que,
si continúan aceptando la santidad del matrimonio,
volverán a marcar a fuego con una A a los adúlteros.
Cosas así piensan hoy dos clases de personas: los
fanáticos —que siguen existiendo— y cierta clase
de modernos reaccionarios que se hallan principalmente entre la
“élite cultural”. Si los primeros
querrían seguir quemando herejes, los segundos
suprimirían toda manifestación de la fe en Dios.
Estos reaccionarios dicen amar la tolerancia, pero,
entendiéndola mal, la estrangulan con sus abrazos. Creen
ellos que la intolerancia nace unida a toda confesión moral
pública; que la moralidad ha de quedar como un asunto
meramente “privado”; y que, para demostrar que la
tolerancia es buena, debemos abstenemos de declarar que tal o cual
cosa sea buena o mala. El dios de tales hombres es la Neutralidad,
que en ciertas áreas intelectuales lleva otros nombres, como
“Autonomía” o “Derechos”.
Encontramos este dios en conservadores como M. Oakeshott, para
quien la limitada acción de “gobierno” nada
tiene que ver con el Derecho natural o la moral. Pero
también lo hallamos en la izquierda filosófica, donde
liberales como Rawls y marxistas como Habermas inventan artificios
como el “velo de ignorancia” y la
“situación ideal de discurso” para convencemos
de que, si queremos entender bien los principios de justicia,
deberemos procurar olvidarnos, no sólo de quiénes
somos, sino igualmente de cualquier cosa que hayamos pensado sobre
lo bueno y lo malo. Encontramos ese dios en el mundo del Derecho,
donde muchos juristas consideran que hacer distinciones tales como
“familia” y “no—familia” significa
incurrir en “odiosas clasificaciones” que
privarían a algunos ciudadanos de una igual
protección jurídica. E igualmente lo hallamos en el
ámbito educativo, donde los niños de las escuelas
primarias reciben libros como La alcoba de papá, Heather
tiene dos mamás o Gloria se apunta al Orgullo
Gay.
Aunque podría explicarse a primera vista que los que
identifican tolerancia y neutralidad moral ridiculicen a los no
neutrales, la verdad es que ellos mismos tampoco lo son. “El
escándalo de la Neutralidad es que sus devotos no pueden
responder a la cuestión: “¿por qué hay
que ser neutral?”, sin hacer su propia confesión en
favor de ciertos bienes como la paz social, la
autorrealización, la autoestima, el orgullo étnico o
cualquier otro; con lo cual violan su propio desideratum de
neutralidad. Pero esto es solamente un síntoma de un
problema más profundo: que esa cosa llamada Neutralidad no
existe en absoluto”. No es que sea inalcanzable, sino que es
impensable. Pero muchos que advierten esto encuentran dificultad en
defender la verdadera tolerancia, porque temen que ésta sea,
como aquélla, un círculo cuadrado.
II. Esencia de la tolerancia
¿Qué es en rigor la tolerancia, y qué es lo
que nos exige? Tolerar algo es sobrellevarlo aunque nos sintamos
movidos a suprimirlo. Pero ¿qué cosas podemos
sentirnos movidos a suprimir? La respuesta es clara: todo lo que
estimemos equivocado, nocivo, incorrecto, doloroso, ofensivo o, en
general, indigno de aprobación. Y preguntémonos:
¿acaso no debemos eliminar las cosas que juzgamos
equivocadas, etc.? La respuesta es, que a veces sí, y a
veces no. No podemos, p. ej., tolerar el rapto; pero, en cambio,
haríamos bien soportando la expresión de opiniones
racionalmente argumentadas que estimamos erróneas.
¿En qué radica la diferencia entre un caso y otro?
Veamos. Impidiendo el rapto, protegeríamos bienes como la
dignidad de la mujer y su bienestar físico y emocional, en
tanto que impidiendo las falsas opiniones actuaríamos en
favor del buen conocimiento de la verdad y el reconocimiento social
de ésta; y lo mismo sucede en cualquier otro caso. Las
personas pueden no estar de acuerdo sobre lo bueno y lo malo,
equivocarse en cuanto a lo uno y lo otro e inclusive llamar bueno a
lo malo y viceversa. Pero podemos estar seguros de que, siempre que
alguien quiere impedir o asegurar alguna cosa, pretende evitar algo
que, con o sin razón, considera malo, o bien proteger lo que
juzga bueno. ¿Dónde está, pues la razón
de que debamos a veces tolerar un mal o condescender con la ofensa
inferida a un bien?
La respuesta no es, como algunos creen, el escepticismo.
Pensemos en el caso de un debate, donde lo regular es tolerar el
mal de las falsas opiniones. Un escéptico total,
¿dirá acaso que, siendo todo dudoso, es necesario
escuchar todo? No, sino que dirá que tan dudosa es la bondad
de escuchar como la de hacer callar, y que no puede precisar lo que
se deba elegir. Un escéptico limitado dirá que no
cree en las discusiones, pero también quizá que,
siendo para él dudosa la verdad universal, la verdad en
sí es buena, y que es bueno discurrir para llegar a ella.
Por su parte, un no escéptico podrá decir que es cosa
mala soportar la falsedad, pero también que,
sintiéndose él seguro de todas las verdades, una de
ellas es que, refutando el error, se afirmarán las propias
convicciones y se hará por convencer a los oponentes. Como
se ve, únicamente el escéptico limitado y el no
escéptico son propicios a un debate: porque cada uno de
ellos lo acepta en razón de algo de lo cual no duda; cada
uno de ellos está dispuesto a tolerar la falsedad en
beneficio de la verdad.
Consecuencia de lo anterior: que, si en ocasiones toleramos o
soportamos males, es para prevenir mayores males o lograr bienes
mayores. Por tanto, cuando la supresión de un mal hubiese de
engendrar males iguales o superiores, deberemos soportar el
primero. Ahí está la base de la virtud de la
tolerancia. Si los dos bienes comparados son de distinta naturaleza
—p. ej., la verdad y la paz—, habrá que decidir
cuál de ellos es de orden superior. Si son de igual orden,
tendremos que hacer un juicio de gradación, aunque no
podamos pretender una exactitud matemática. Pero hay
ocasiones especialmente paradójicas, en que el bien a
proteger y el bien que se dañaría con la
supresión del mal son de la misma naturaleza. P. ej., en el
caso de una discusión donde todas las posturas son falsas.
Se puede proteger la verdad impidiendo la discusión, pero
también tolerándola para que los errores salgan a
relucir con ella. Aquí la tolerancia es un asunto de
prudencia en la elección de los mejores medios para un buen
fin. Esa prudencia se ejercerá siempre partiendo de este
criterio constante: que nunca se han de permitir medios que no
conduzcan al fin bueno deseable.
III. Dos tipos de intolerancia
“Si el elemento constante en la práctica de la
tolerancia es la rectitud de juicio en la protección de los
fines contra los medios equivocados, el elemento constante en la
intolerancia es el error de juicio en la protección de los
fines frente a los medios equivocados”. En esta línea,
podemos ver que la intolerancia puede manifestarse de dos modos:
bien como un exceso de indulgencia, en que el error en cuanto a los
medios es indicio de ligereza; o bien como un exceso de
rigidez, en que la resistencia frente al uso de los medios
convenientes es indicio de estrechez. Cada uno de esos
errores contrapuestos merece el nombre de intolerancia.
Lo anterior puede sonar extraño, porque nuestro lenguaje
viene reservando el nombre de intolerancia para la estrechez
mental. Pero la ligereza también lo es. Tanto sería
intolerancia, p. ej., desentenderse del rapto como impedir que se
expresen falsas opiniones de modo racional. La determinación
del punto exacto de la tolerancia frente a los dos errores
contrapuestos entre sí ha de hacerse caso por caso
considerando los bienes y los males que entren en juego. La
tolerancia es un justo medio entre la lenidad y la
intransigencia.
De todo ello se deducen las siguientes conclusiones: 1) la
tolerancia no puede ser neutral respecto al bien, porque con ella
se desea conseguir bienes y evitar males; 2) la tolerancia es una
virtud en sentido aristotélico, es decir, un justo medio
entre dos extremos erróneos; 3) el elemento circunstancial
en la práctica de la tolerancia es el juicio prudencial en
la protección de los fines superiores frente a los
inferiores, y más concretamente los fines buenos frente a
los medios equivocados.
IV. Tolerancia y moral total
Desarrollando esa idea de la tolerancia como virtud, hay que
afirmar primeramente que todas las virtudes morales son
interdependientes: porque, según demostrara Santo
Tomás, todas giran alrededor de la prudencia
(practical wisdom) y, a su vez, la prudencia
es afectada por las restantes virtudes. Podemos comparar la
prudencia con el cubo de una bicicleta, y las demás virtudes
con los radios. Si la rueda está deformada, es imposible
ponerla en regla enderezando únicamente un radio. Por
consiguiente, siendo la tolerancia una virtud, está
interconectada con todas las demás. No se la puede
enseñar debidamente si no se enseñan igualmente las
restantes. Jamás compensaremos el colapso de nuestras
virtudes enseñando la tolerancia y descuidando las
demás, según lo que parecen pensar algunos educadores
y críticos sociales. La única forma de curar el
colapso moral es renovar la moralidad, y ello en todos los frentes
a la vez. Con estas almas nuestras, siempre deformadas como la
rueda de una bicicleta, no sabemos de qué forma encontrar
una perfecta regulación. Tenemos necesidad, más que
de educación, de redención. Conseguir todas las
virtudes es asunto dificilísimo. No se las puede inculcar
únicamente estimulando tales o cuales sentimientos o
desarrollando estas o aquellas capacidades: porque los sentimientos
y las capacidades son únicamente instrumentos de las
virtudes, pero no su realización.
V. Tolerancia religiosa
Pensemos ahora concretamente en la tolerancia religiosa. Y
¿qué es la religión? Algunos dicen que toda
religión es un asunto de fe, mientras que todo secularismo
se funda en la razón. Pero, tal como dijera Chesterton en
La ortodoxia, “es necedad contraponer, sin más,
razón y fe: porque la misma razón es un asunto de fe.
Acto de fe es aseverar que nuestros pensamientos tienen alguna
correspondencia con la realidad”. A juicio de otros, todas
las religiones creen en Dios, a diferencia del secularismo. Y unos
terceros entienden que el distintivo de la religión son las
cuestiones últimas, que exigen una fidelidad
incondicional. Aquí está el verdadero quid. A este
respecto es de notar que también el secularismo implica una
referencia a valores últimos. Esto se advierte, p. ej.,
cuando decimos de un avaro que “su dios es el dinero” y
lo calificamos de “idólatra”. De alguna forma,
todos los secularistas especulan sobre cuestiones últimas.
El mismo Stuart Mill, que nunca decidió cuál pueda
ser, entre “los intereses permanentes del hombre como un ser
progresivo”, el que merezca una fidelidad incondicional,
estaba bien seguro de una cosa: que el Mesías no figuraba
entre ellos.
De lo anterior se desprende que el contraste
religión—secularismo es una falsa dicotomía.
Más bien habría que hablar de una tricotomía:
de una parte, las religiones reconocidas como tales; de otra, las
no reconocidas como tales por quienes las practican: p. ej., el
leninismo; finalmente, esas incompletas religiones que, como la
doctrina de Stuart Mill, no acaban de establecer una
jerarquía de valores. Estas terceras sólo pueden
vivir en la esfera nebulosa del pensamiento: porque, a la luz del
día, tienen que completarse o perecer. Llega un momento en
que aparece algo ante lo cual toda persona hinca la rodilla. Eso es
el dios de la persona. En teoría, bien se podrá negar
que exista algo merecedor de una valoración máxima;
pero en la práctica nadie se libra de otorgar ese valor
supremo a alguna cosa, aunque pueda no merecerlo. En pocas
palabras: toda persona tiene un dios o está en camino de
tenerlo.
A la vista de esto, ¿cómo puede existir una
tolerancia religiosa? La respuesta es la siguiente: que no puede
existir, a menos que nos la exijan nuestros valores últimos,
o por lo menos la permitan. Porque sólo en estas condiciones
la tolerancia hacia quienes tienen otros valores últimos
implica de nuestra parte fidelidad a los propios. Recordemos a San
Hilario de Poitiers: “Dios no quiere que se le rinda un culto
desganado, ni exige un arrepentimiento arrancado por la
fuerza”. Aunque Dios pide y merece nuestra incondicional
fidelidad, Él es de tal naturaleza, que de nada le sirve lo
que se haya logrado con amenazas: porque quiere hijos e hijas, no
esclavos.
Pero advirtamos bien una cosa: el mismo fuego que por mor de
sí mismo exige la tolerancia, establece por mor de sí
mismo los límites de lo que haya de tolerarse. Si la
doctrina de San Hilario implica que se ha de permitir la creencia
en otros dioses, no significa que se deba consentir cualquier acto
de culto a tales dioses. No podrá dar por bueno, p. ej.,
que, invocándose a Dios o a cualquier dios, se pretenda
justificar un homicidio. “La defensa de la revolución,
la Gran Divinidad del Universo, la pureza de la raza, el hambre de
Moloch o el derecho a disponer del propio cuerpo: ningún
valor de estos o cualquier otro que pretenda ultimidad podrá
ser aceptado como justificación del sacrificio de
inocentes”. El Dios de San Hilario le ordenará que
tolere a los demás honrar en la intimidad a sus propios
dioses, pero jamás le permitirá consentir en
daños que ese Dios aborrece.
Se ha tomado un ejemplo cristiano porque el autor del
artículo es cristiano; pero la misma lógica se puede
aplicar a otras “religiones”. Así, p. ej., el
utilitarismo de Stuart Mill practicará una tolerancia
limitada y exigida por los “intereses permanentes” del
hombre como un “ser progresivo”. Podría parecer
que dicha lógica vale sólo para los llamados credos
teleológicos, de los que se dice dan prioridad a la
consecución del bien frente a la rectitud en el hacer. Pero
no es así. Nadie como Rawls ha insistido tanto en esa
prioridad de los justo respecto a lo bueno; pero incluso él
se atiene a un valor último, que en su caso es la
“autonomía”, cuya efectividad se supone ha de
venir dada por una serie de opciones que se hagan tras un
“velo de ignorancia” que suspenda la memoria personal.
La conclusión es obvia: para Rawls y seguidores la
tolerancia religiosa está prescrita y limitada por aquello
que puedan desear las personas que hayan perdido toda memoria del
amor a Dios.
VI. Conclusión
¿Y qué resulta de todo lo anterior? En el fondo,
que la neutralidad es, respecto al tema de la tolerancia religiosa,
tan incoherente como respecto a cualquier otra forma de tolerancia.
Lo que uno puede tolerar es cosa que gira siempre sobre los propios
valores últimos. Y dado que los diversos valores
últimos ordenan diferentes zonas de tolerancia, sólo
es posible un consenso social respecto a los espacios de
coincidencia entre tales zonas. Pero si la disparidad de los
valores alcanza un cierto grado, desaparece el espacio de
coincidencia y el consenso se desvanece.
Por este camino vamos actualmente. Cuando se habla hoy de
“guerra cultural”, no se utiliza un término
provocativo: simplemente se retrata la realidad. “Y es de
temer que esa situación de guerra vaya empeorando. La
razón es ésta: que nuestros varios dioses prescriben,
no solamente zonas de tolerancia diferentes, sino también
reglas dispares para zanjar las disputas entre ellas. La verdadera
tolerancia no está hoy bien tolerada: porque, si el Dios de
algunos contendientes les ordena amar y persuadir a sus
adversarios, los dioses de algunos otros les ordenan que no lo
hagan”.
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