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La píldora del día siguiente: otra versión de los hechos

Creo que el mayor progreso que nos ha traído la ética médica en los últimos años ha sido la elevación del paciente a la dignidad de agente moral, al rango de persona a la que no se puede engañar, ni ofuscar, ni sustituir a la hora de tomar decisiones. Al contrario, el médico ha de informarle y contestar a sus preguntas; ha de dejarle tiempo para pensar y para que libremente decida.

Por eso sufro cuando veo que muchas informaciones que se dan sobre la píldora del día siguiente no informan, están sesgadas, y ocultan partes significativas de la realidad.

En concreto, se proclama que la píldora no es abortiva. Todavía lo leíamos ayer en Diario de Navarra: "la Organización Mundial de la Salud asegura que no tiene efectos abortivos". Es correcto, pero, para poder decirlo, la OMS ha tenido antes que torturar las palabras y hacerle confesar lo que no querían decir. Hace casi 30 años, encargó la OMS a un grupo de expertos que cambiara la definición de concepción. La cosa era necesaria para poder dejar el campo libre a la anticoncepción. Se sabía, y sobre todo se veía venir, que muchos anticonceptivos impiden la anidación de los embriones y, con ello, acababan con la vida de seres humanos ya concebidos. Los expertos hicieron un cambio muy sutil: dijeron que, en el futuro, concepción no sería ya lo mismo que fecundación, sino que el día primero de la existencia se retrasaba al momento de la implantación del blastocisto en el endometrio. Con el arreglillo, la vida y, con ella, el comienzo del embarazo se retrasaban del día 1 al 14. Y, como el aborto es la interrupción del embarazo, ya no podía haber abortos antes del día 14. Sería incorrecto, a partir de entonces, llamar aborto a la destrucción de embriones de menos de 14 días de edad. Unos hicieron caso, otros nos negamos a dejarnos engañar.

Y en esas andamos. En el nuevo lenguaje de la OMS no hay nombre "oficial" para designar la eliminación de los inocentes seres humanos de menos de 14 días. Eso es tabú. Para quienes el embrión humano carece de valor, la prestidigitación léxica de la OMS puede que les traiga sin cuidado. Pero para quienes consideramos, porque así se inició nuestra propia vida, que los seres humanos, por pequeños que sean, son desde el día 1 un bien inapreciable, el escamoteo de las palabras, aunque lo patrocine la OMS, tiene un poco de timo. Nadie se cree que la distancia de Pamplona a Tudela cambie porque unos bromistas le añadan un cero a las cifras de las placas kilométricas. Cambiarle el nombre o dejar sin nombre a una acción no le cambia la sustancia.

Estos días se ha hablado, con lenguaje muy técnico por cierto, de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio, pero se ha ocultado que, detrás de esas expresiones tan científicas, se esconde muchas veces, la eliminación intencionada de seres humanos. Eso es lo éticamente relevante. Hablar o no de aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente. Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la nueva píldora nunca pasa nada, en lo biológico y en lo ético, porque es inocua y no es abortiva, es una acción condenable, duramente paternalista. Es agraviar a las mujeres teniéndolas por incapaces de comprender lo que hacen y de asumir la responsabilidad de sus acciones. Para evitarles que se planteen y resuelvan un problema, que es sólo de ellas, se les limita su libertad, no se les da oportunidad de escoger. No es correcto ignorar que, en un tanto por ciento de ocasiones, por efecto de la píldora del día siguiente una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Esa es una situación seria, que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean o por prestigiosos que parezcan.

Gonzalo Herranz

Profesor de Ética Médica, Universidad de Navarra

Carta enviada al Diario de Navarra el 11-V-2001 y no publicada por decisión editorial.


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