Etica de la huelga sanitaria
Gonzalo Herranz
Departamento de Humanidades Biomédicas
Universidad de Navarra
Introducción
La huelga sanitaria es un fenómeno relativamente
reciente, que alcanza proporciones apreciables sólo en la
segunda mitad de nuestro siglo (31). Sólo entonces se reunieron
las necesarias condiciones políticas (reconocimiento por las
sociedades democráticas del derecho de huelga, desarrollo de los
sindicatos profesionales) y las circunstancias sociolaborales (amplia
implantación de la Medicina asalariada: médicos internos
y residentes, médicos contratados por hospitales públicos
o privados, y, sobre todo, el desarrollo masivo de los Servicios
Nacionales de Salud, que los convierte al Estado en un casi-monopolio
del empleo sanitario). En tiempos anteriores, la huelga médica
era casi impensable, algo extraño a la tradición
ética de la Medicina. Lo mismo sucedía en la
profesión de la Enfermería. Aunque básicamente
asalariada, había nacido, sin embargo, como una vocación
altruista y generosa, heredera de su fundadora, Florence Nightingale,
de un fuerte sentido de la jerarquía y de la disciplina
obediente, muy alejado de la moral contestataria de la
reivindicación huelguística o de la equiparación
feminista de los derechos de la mujer. No es de extrañar que, a
consecuencia de la pervivencia de las viejas tradiciones y de la
implantación de las actitudes nuevas, anden divididas las
opiniones de médicos y enfermeras acerca de la huelga y de
cómo actuar ante ella (2,3,4,9,19,20,30,36). La discrepancia
afecta, en primer lugar, a la cuestión básica de si es o
no éticamente aceptable el abandono organizado del trabajo en
ambulatorios y hospitales. Pero también, entre quienes no
rechazan la huelga, son hondos los desacuerdos acerca de algunos
problemas éticos subordinados como son, por ejemplo,
quién puede convocarla, qué motivos y circunstancias
pueden autorizarla, cuál ha de ser su intensidad y
duración, o qué papel han de jugar las partes en litigio
en la resolución o, preferiblemente, en la prevención de
los conflictos. En este artículo me propongo pasar revista a las
opiniones que se dan en torno a la ética de la huelga sanitaria,
para concluir que, aunque los médicos y enfermeras asalariados,
como todos los que trabajan por cuenta ajena, gozan, dentro del marco
que permite la ley, del derecho de suspender colectivamente su trabajo,
es ese un derecho del que, por razones deontológicas, no
deberían echar mano. La huelga de los sanitarios no parece ser
el recurso ideal, y ni siquiera eficaz, para resolver los
correspondientes conflictos, pues pone en juego y hace peligrar la vida
y la salud de los pacientes. La huelga sanitaria, en su forma extrema
de suspensión total e indefinida de los servicios, es
universalmente considerada como una violencia irracional, incompatible
tanto con la conciencia recta de médicos y enfermeras, como con
las normas administrativas sobre servicios mínimos (7). La
huelga, en sus variantes suaves y moderadas de suspensión
parcial y por tiempo breve del trabajo sanitario, resulta un
instrumento poco eficaz para forzar la concesión de las
reivindicaciones salariales u organizativas. Si la huelga se endurece
en su intensidad o se reitera una vez y otra, pierde apoyo popular,
pues se hacen mucho más patentes, a los ojos del público,
los daños reales que los beneficios futuros. La huelga sanitaria
está destinada en nuestros días a ser una acción
débil, a la que los empleadores, en especial el poderoso Estado
moderno, pueden resistir casi sin quebranto y por largo tiempo. Es
más un gesto retórico que un procedimiento de fuerza.
Este estudio concluye con una propuesta: que los actores interesados
-empleadores y empleados, pero también y de modo muy importante
los representantes de los pacientes, que no deberán permanecer
de brazos cruzados ante situaciones que les afectan de modo tan
inmediato- están moralmente obligados a diseñar un
sistema de arbitraje preventivo que, al asegurar las justas y
razonables condiciones del trabajo sanitario, haga innecesario el
recurso a la huelga.
El difuso marco legal de la huelga sanitaria
El recurso a la huelga es un derecho humano fundamental
y un logro de la justicia social. Así lo reconoce el Catecismo
de la Iglesia Católica (8). Entre nosotros lo hace, al supremo
nivel legislativo, la Constitución Española, que confiere
ese derecho a todos los trabajadores para que puedan defender sus
intereses. Añade el artículo de nuestra carta magna que
el ejercicio del derecho a la huelga estará regulado por una ley
que establecerá las garantías precisas para asegurar el
mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad (10). Han
pasado ya muchos años y, tras los pocos y fallidos intentos
legislativos de años atrás, no se promulgado
todavía en España la Ley de Huelga que encarga la
Constitución. Unos Decretos y algunas sentencias de los
Tribunales, entre las que no faltan las del Constitucional, suplen
precariamente ese vacío legal. En consecuencia, la
regulación del derecho a la huelga en España, del que no
quedan excluidos los trabajadores sanitarios, se inserta en un espacio
legislativo mal definido. No faltan, sin embargo, unos pocos puntos de
referencia: la huelga no puede ser convocada sin que haya sido
anunciada en un plazo prefijado; la actividad sanitaria se cuenta entre
los servicios esenciales, por lo que no cabe legalmente su
suspensión absoluta, sino sólo su reducción; la
fijación del nivel de servicios mínimos que han de
prestarse por el colectivo en huelga corresponde a la autoridad
gubernativa. Para que ésta no se exceda en sus funciones, el
Tribunal Constitucional ha señalado que está obligada a
actuar según criterios racionales, fundamentados y objetivos,
que garanticen la atención imprescindible de la
población, pero que no restrinjan indebidamente el derecho a la
huelga reconocido por la Constitución. Así pues, la
intensidad y extensión de la huelga no son determinadas por los
profesionales sanitarios, sino que se les son impuestos desde fuera por
la Administración (14). La normativa legal resulta aquí,
lo mismo que en otros muchos campos de la práctica sanitaria, un
marco demasiado pobre para regular en una situación tan
crítica la conducta de médicos y enfermeras. La
ética de las profesiones sanitarias nos ofrece un panorama mucho
más rico de matices.
Actitudes éticas de los profesionales ante la huelga sanitaria
En torno al núcleo del unánime acuerdo en
rechazar la huelga sanitaria total, médicos y enfermeras
muestran actitudes discrepantes acerca de los motivos que justifican
éticamente la huelga sanitaria limitada y de las circunstancias
y modos de llevarla a cabo. La huelga tiende a presentarse como un
fenómeno colectivo, gregario, en el que la dinámica de
grupo tiende a prevalecer sobre la decisión individual. Se ha
estudiado poco el importante problema del papel relativo que en el
inicio y mantenimiento de la huelga sanitaria juegan las motivaciones
personales, el activismo sindical, la imposición de consignas
por parte de piquetes y la disuasión patronal: los pocos
estudios disponibles hacen pensar que pesan más las presiones de
grupo y las decisiones viscerales que la reflexión ética
profunda (25,35,38). Las actitudes ante la huelga han sido clasificadas
en ciertos modelos o categorías (38), que, en último
término, pueden reducirse a tres posiciones prototípicas:
a. la que declara que la huelga limitada nunca es permisible;
b. la que propone que la huelga limitada no repugna a la ética
profesional si se pretende con ella dignificar las condiciones
laborales o salariales del trabajador sanitario;
c. la que considera éticamente aceptable sólo la huelga
limitada que se convoca en favor de los intereses específicos de
los pacientes.
a. La huelga limitada nunca es conforme a la ética profesional.
Para algunos médicos y enfermeras, nunca está moralmente
justificada la huelga, pues la consideran incompatible con la
obligación de servir al enfermo, que es parte esencial de su
vocación. En una encuesta realizada entre médicos
residentes de los Estados Unidos, sólo el 8,6 por ciento era del
parecer de que nunca estaba justificada una huelga, cualesquiera que
fueran las circunstancias (38). Esta opinión tiene sus
raíces en la mentalidad hipocrática, muy fuertemente
centrada en la deontología de la atención responsable al
paciente individual y real, poco sensible a los compromisos
comunitarios del médico y ciega ante las consideraciones
consecuencialistas de posibles beneficios de hipotéticos
pacientes futuros (3,20,21). El compromiso fundamental del seguidor de
Hipócrates de servir puntual y fielmente al enfermo que tiene
delante y de proteger su vida y su salud prevalece como una
indeclinable obligación de conciencia tanto frente a la
reivindicación de mejores condiciones materiales o morales en
que sean atendidos los futuros pacientes, como frente a los salarios
indebidamente bajos que percibe el médico, o a la
recuperación de la deseable autonomía profesional perdida
o usurpada (16). El rechazo absoluto de la huelga ha alcanzado, en
algunos círculos profesionales, el rango de deber
estatutario-deontológico vinculante. Así, por ejemplo, un
Manual de ética ampliamente difundido en los Estados Unidos se
refiere a la huelga médica con estas palabras: "Es contrario a
la ética que los médicos suspendan sus servicios
médicos si los pacientes pueden sufrir daño o si la
huelga es para beneficio de los médicos. Individualmente o en
grupo, los médicos poseen posición social, conciencia
política, e iniciativa suficientes para encontrar otros modos de
resolver los problemas que justifican una acción social y
política tan drástica, y están, por ello,
obligados a agotar todas las posibles alternativas a la huelga" (1).
Por su parte, el Código de Conducta Profesional del Real Colegio
de Enfermería del Reino Unido señala que "...tanto la
disrupción de los servicios mediante la huelga, como la simple
amenaza de huelga, están en abierta contradicción con el
compromiso profesional de servir a los pacientes. Por ello, deben
rechazarse públicamente las huelgas llevadas a cabo por las
enfermeras mismas, lo mismo que las que realicen las otras profesiones
o estamentos implicados en la atención de salud" (33). En
tiempos recientes, sin embargo, las enfermeras británicas
discuten vivamente si esta cláusula de rechazo total a la huelga
debe mantenerse. Predomina la impresión de que sus días
están contados (12). La defensa de esta actitud de rechazo total
de la huelga, incluida la huelga limitada, se basa sobre todo en
argumentos que apelan a las virtudes y tradiciones de la
profesión, argumentos en buena parte deontologistas.
a) La huelga es rechazable porque quebranta el deber profesional
prioritario de no dañar, impuesto tanto por la tradición
clásica del primum non nocere, como por el moderno principio de
no-maleficencia. El abandono de los enfermos, implícito en toda
huelga, es difícilmente compatible con la cláusula del
Juramento de Hipócrates que obliga al médico a emplearse
exclusivamente en beneficio del paciente y a no infligirle daño
alguno. Nunca las profesiones sanitarias tendrán razones
laborales y técnicas para justificar el abandono unilateral de
los pacientes y defraudar así la confianza que éstos
habían depositado en ellas.
b) Decir que la huelga que busca la mejora de la atención
sanitaria no sólo no causa daños, sino que ofrece un
fuerte balance favorable, pues cambia unos días o semanas de
servicios mínimos por una situación duradera de servicios
más satisfactorios, es una contradicción cínica.
El deber primero del médico es tratar aquí y ahora a sus
pacientes reales, y no hacerles sufrir en aras del bienestar de
pacientes hipotéticos. Usar los sufrimientos del paciente o
incluso sus meras incomodidades como punto de apoyo para mejorar los
servicios para pacientes futuros, consiguiendo muchas veces de paso un
incremento salarial, equivale a tratar a esos pacientes reales como
medios para un fin, lo que es una conducta aborrecible y la
antítesis de tratarlos como personas. Ni médicos ni
enfermeras pueden sucumbir a la falacia de hacer el mal para conseguir
el bien.
c) Ni siquiera son admisibles las huelgas que los generosos
mínimos que suele marcar la ley reducen a un gesto
retórico. El mismo hecho de que los cuidados mínimos sean
algo menos de lo normal y debido, los hace insuficientes, pues
conllevan para los pacientes cuya atención se aplaza o se
disminuye sufrimientos gratuitos, atención menos que buena, e
incluso el riesgo ocasional de una minusvalía permanente o de
una muerte evitable. Considerar que la atención de
mínimos que se presta durante los días de huelga es
suficiente equivale a confesar implícitamente que la
práctica médica ordinaria tiene algo de derroche abusivo
(32).
d) Además, el trabajo sanitario ocupa un lugar singular,
distinto, entre los empleos remunerados. Todos hemos de resignarnos a
que otros trabajadores -ferroviarios o mineros, fontaneros o pilotos
aéreos, panaderos o empleados de gasolineras, incluso
policías y bomberos- vayan a la huelga y, para forzar a sus
empleadores a acceder a sus peticiones, nos causen inconvenientes
más o menos serios. Basta con que, encogiéndose de
hombros, nos digan "lo sentimos de verdad y les pedimos disculpas". Sin
embargo, quienes cuidan del bien precioso de la vida y la salud de los
demás, no pueden volverse indiferentes a los riesgos que con su
abstención laboral hacen correr a ese bien superior. Nunca puede
el médico encogerse de hombros y decir a su paciente "lo siento
mucho, le pido disculpas por los inconvenientes -el desamparo, la
angustia, el daño permanente o el temor de morir sin
atención- que le he causado" (15). Esta postura renuente procede
de una mentalidad deontologista fuerte, llena de altruismo y dignidad.
Algunos la consideran más propia de médicos y enfermeras
santos que de médicos y enfermeras comunes. Pero es una actitud
criticable, pues, si bien testimonia la pureza ética de quienes
la proclaman, no puede evitar la degradación social,
económica y técnica de las profesiones sanitarias. A este
efecto, se lee en el documento preparado por un Grupo de Trabajo
británico: "Los que sostienen que es siempre contrario a la
ética que un profesional suspenda sus servicios -lo cual, en
opinión de muchos es la única arma eficaz de que se
dispone cuando se rompe el diálogo- corren el peligro de aceptar
que los empleadores arrinconen a los médicos en una
posición de servidumbre, posición que les impide mantener
su dignidad. El deseo de no causar daños a sus pacientes
mediante la huelga puede traer como resultado el dañarlos mucho
más, al quedar impedidos de hacer por ellos lo necesario en el
futuro. Es irracional proponer que la profesión permanezca
cruzada de brazos mientras ve como se degradan los requisitos de
calidad, como disminuyen los presupuestos, o como se incrementa la
intervención de extraños en la relación
médico/paciente" (24). El rechazo de la huelga limitada es, en
el fondo, una actitud quijotesca, atractiva e idealista, pero ineficaz
en el contexto en que suelen desarrollarse hoy las relaciones
laborales, tanto en el contexto público de ministerios o
consejerías de salud arrastrados por un déficit
incontenible, como en el contexto privado de encarnizada lucha por
sobrevivir, mediante la reducción de los salarios y el
racionamiento encubierto.
b. Es éticamente aceptable la huelga que busca el mero beneficio
del trabajador sanitario No cuenta con muchos defensores esta actitud,
al menos en su versión dura, que considera justificada la huelga
como medio de alcanzar reajustes salariales o la mejora de derechos
laborales. En la encuesta antes citada (38), sólo un 4 por
ciento de los médicos residentes opinaban que la huelga
está justificada para conseguir subidas salariales si, por
ejemplo, los emolumentos fueran moderadamente bajos o si, siendo
adecuados, fueran inferiores a los ofrecidos por otros hospitales, aun
cuando sea muy probable que a consecuencia de ella murieran varios
pacientes. Se basa esta postura en una visión meramente
monetaria del arriendo de servicios profesionales, en una mentalidad
mercenaria, insensible a la gratificación moral del servicio y
al valor humano de la vocación sanadora. Parece considerar el
trabajo sanitario como una mercadería que, según las
oportunidades del momento, se intercambia por la cantidad de dinero
máxima posible. Una huelga planteada sobre esas premisas incurre
en el riesgo de incumplir los requisitos éticos de la huelga
justa, en especial, en el de banalizar los motivos que la inducen. Por
fortuna, no suelen darse situaciones reales en las que la
reivindicación salarial se presente en estado puro. Los salarios
bajos o indignos suelen ser un ingrediente más de las
situaciones de carestía sanitaria, por lo que, en general, los
huelguistas incluyen en el mismo paquete reivindicativo, junto con la
elevación de los salarios y la dignificación de las
condiciones laborales, la mejora de la dotación material de los
servicios. No parece razonable pensar en hospitales donde coexista la
afluencia tecnológica con la pobreza de sueldos, o, a la
inversa, donde los salarios sean de lujo mientras se degradan
gravemente las instalaciones y los servicios. Lo improbable de la
huelga salarial pura y lo minoritario de la actitud favorable a ella
entre médicos y enfermeras, junto con la pobreza de su horizonte
moral y humano, excusan de analizarla con detalle. Lo ha hecho Daniels
en su fuerte crítica del sindicalismo sanitario (13). No faltan,
sin embargo, autores que justifican la pura reivindicación
laboral como manifestación humana y realista de las necesidades
y aspiraciones económicas del médico (5,30,34,36).
c. Es éticamente aceptable sólo la huelga limitada que se
convoca en defensa de intereses específicos de los pacientes. La
mayor parte de los médicos comparten esta postura. En la
encuesta de Zawacki, Kravitz y Linn, el 85 por ciento consideraba
justificada la huelga cuando la carencia de equipamiento de los
servicios sanitarios era grave, esto es, cuando faltaban los medios
necesarios para garantizar la seguridad de los pacientes, con tal de
que la huelga tuviera carácter limitado y que no fuera probable
que ningún paciente muriera a consecuencia de ella (38). Se han
ofrecido dos teorías éticas como fundamento de este tipo
de huelga (31). Ambas tropiezan con la dificultad de justificar la
paradoja de que la huelga que pretende favorecer a los pacientes tenga
primero que pasar por el cuestionable trance de convertirlos en
víctimas.
a) Según el parecer consecuencialista/utilitarista, los
daños totales que en la atención de su salud sufren los
pacientes durante la huelga importan mucho menos que los deficientes
cuidados que recibirán si persisten las deficiencias que la
huelga quiere corregir y que los beneficios que pueden empezar a
recibir los pacientes en la situación mejorada que la huelga
pretende instaurar. Es evidente que esta teoría prejuzga que los
huelguistas serán capaces de obtener pronto las mejoras que
buscan y de mantenerlas una vez conseguidas. Esta visión
consecuencialista ha sido calificada de desvergonzada pues considerar
tolerable el daño real presente en virtud del beneficio
hipotético futuro equivale a jugar con la gente enferma; es
traficar, con fines buenos con los medios perversos del dolor y la
insatisfacción provocados en terceros inocentes. Tal
práctica deshumaniza al paciente de ahora,
convirtiéndolo, en su porfía con los empleadores, en
medio para conseguir un fin, en un rehén con el que se negocia
(9).
b) La teoría deontologista se basa en la obligación moral
de oponerse activamente los trabajadores sanitarios a perpetuar unas
condiciones de atención a los pacientes tan degradadas que, en
conciencia, son incompatibles con el deber profesional de ofrecer
servicios que tengan, cuando menos, el nivel de calidad mínimo
permisible. Los profesionales no pueden seguir colaborando con una
situación que los hace cómplices de los empleadores en
contra de los pacientes. En casos así, la huelga no sólo
sería moralmente permisible; se hace moralmente obligada, pues
constituye un acto de responsabilidad (6). Como señala
Zacharias, permanecer pasivos ante el deterioro del sistema, poner la
otra mejilla para que los funcionarios ministeriales sigan tiranizando,
equivale a infligir un incalculable daño a largo plazo al
servicio nacional de salud (37). En la visión deontologista lo
que cuenta básicamente es la integridad ética de los
profesionales, entendida menos como una virtud personal de ellos y
ellas, que como un patrimonio moral de los pacientes: estos tienen
derecho a ser atendidos por médicos y enfermeras independientes
y que cuenten para su trabajo con los recursos mínimos
necesarios. Se encuentra la teoría deontologista enfrentada al
problema de justificar, en favor de la huelga, el conflicto de deberes
que, como hemos visto más arriba, los sanitarios refractarios a
la huelga, por razones igualmente deontologistas, han resuelto en
contra de ella. Para un número creciente de médicos y
enfermeras, la huelga no tiene otra salida que disolver el conflicto de
deberes no en una disyuntiva (o atención del enfermo o huelga),
sino en la opción conjunta y paradójica de una y otra:
suspensión y continuidad simultánea de los cuidados.
Así viene a proponerlo el código deontológico de
las enfermeras españolas, cuando dice: "Aun en el caso de
conflictos laborales y de suspensión organizada de los servicios
profesionales, la Enfermera/o tendrá presente que su primera
responsabilidad es atender a los intereses de los pacientes. La
Enfermera/o que participe en un conflicto laboral, tiene el deber de
coordinar y comunicar las medidas adoptadas para garantizar la
continuidad de los cuidados que necesitan sus pacientes" (27). El
Código de ética y Deontología Médica de la
Organización Médica Colegial es más tímido
en la propuesta: "En caso de huelga médica, el médico no
queda eximido de sus obligaciones éticas hacia los pacientes a
quienes debe asegurar los cuidados urgentes e inaplazables" (28). De
hecho, en muchas huelgas médicas recientes, un número
grande de médicos y enfermeras, al tiempo que inscriben su
nombre en la lista de huelguistas, van a trabajar al hospital.
Manifiestan así su adhesión a las reivindicaciones que
tratan de mejorar la atención de los pacientes, pero sin
abandonar sus deberes inmediatos hacia ellos. Es ésta una
actitud elogiable, pero que denuncia la tremenda debilidad de la huelga
sanitaria en cuanto instrumento para imponer las reivindicaciones de
los huelguistas (23). Una huelga planteada con esas premisas
sería una huelga justa. Zawacki, Kravitz y Linn han aplicado a
la huelga sanitaria los principios éticos de la guerra justa y
han delineado los requisitos que han de exigirse para convocar
(legítima autoridad, causa justa, finalidad pacífica,
carácter de último recurso, éxito probable) y para
llevar a cabo (uso de medios indispensables, proporcionados,
respetuosos de la ley, y protectores del inocente) para que la huelga
pueda ser tenida por justa (38). Las circunstancias de la huelga
sanitaria: Intensidad, duración, imagen pública Tan
importante como invocar a una causa justa es graduar la intensidad y la
duración de la huelga convocada y ofrecer al público, a
través de los medios de comunicación, una imagen sincera
y humana, de sus motivos y circunstancias. Intensidad. Es acuerdo
unánime que, para ser éticamente aceptable, la huelga ha
de ser limitada en su intensidad. No hay, sin embargo, un criterio
único acerca de la duración, indefinida o a plazo fijo,
de la huelga. La huelga, aun siendo limitada y de duración
determinada y breve, necesita ser enérgica. Exige colocar al
empleador en una situación -de riesgo económico en el
caso de una institución privada, de riesgo político, en
el caso de los servicios nacionales de salud- que obligue a la
convocatoria pronta de una mesa de negociación. El sanitario en
huelga justifica la firmeza de su conducta en lo selectivo de su
actuación: para minimizar el daño, atiende a los
pacientes urgentes y a aquellos con los que ha establecido una
relación cuya continuidad no puede suspenderse. Y aplaza lo
aplazable: las intervenciones electivas, que pueden hacerse o no, o
hacerse ahora o más tarde. Es evidente que el retraso de las
intervenciones sanitarias puede producir en los enfermos, junto a
menoscabos de salud difíciles de calcular, molestias, ansiedad o
irritación. Pero el sanitario en huelga concluye que esos
efectos indeseados tienen un costo ético aceptable. De hecho,
muchos pacientes retrasan por propia iniciativa el momento, previamente
acordado, de su ingreso en el hospital. Y, en el fondo, los pacientes
que requieren atención aplazable no pueden moralmente exigir del
médico o de la enfermera que renuncien a una huelga que busca el
beneficio y la seguridad de los mismos enfermos. Pero hay entre lo
urgente y lo aplazable una zona intermedia: una serie continua de
pacientes de evolución no definida todavía, que, por
efecto de muchas circunstancias, pueden decantarse hacia un lado u
otro, por lo que es necesario mantener ante ellos una actitud
expectante. Para que una huelga sanitaria merezca llamarse huelga ha de
causar necesariamente incomodidades y angustia. Pero es
obligación de médicos y enfermeras tratar de reducirlas
al mínimo. Duración. La huelga ha de durar un tiempo
limitado, lo que obliga a los convocantes a anunciar al público,
con la antelación exigida por la ley, el momento de su comienzo
y de su terminación. No parece éticamente aceptable que
la huelga sanitaria pueda tener una duración indefinida.
Así lo señalaba, en 1980, un escrito difundido, por orden
de la Asamblea General de la Organización Médica Colegial
de España, en que se decía que "una huelga o paro
realizado por Médicos no podrá tener un carácter
total y/o indefinido como acontece en los Sectores de la Industria o
los Servicios" (29). Hay, al menos, dos argumentos en favor de ello. El
primero razona así: convocar una huelga sanitaria de
duración indefinida podría parecer, a primera vista, una
señal de la firme determinación de los huelguistas de
conseguir sus objetivos a toda costa, pues pretenden así
intimidar al empleador, reblandecer su resistencia y obligarle a
negociar de inmediato. Pero, si éste resiste, la huelga
indefinida se convierte en una tremenda abdicación moral de los
huelguistas, que, por haber perdido todo su capital de
negociación al primer envite, quedan a merced del empleador. Su
fuerte apuesta inicial transfiere al empleador la capacidad de decidir
el momento de terminar el conflicto. Pero nunca los médicos
pueden abandonar en manos de terceros su intransferible derecho-deber
de atender a sus pacientes. Las autoridades, que juegan un
importantísimo papel en la fijación de los servicios
mínimos, pueden hacer hoy frente a la huelga de duración
indefinida o muy larga con muy poco desgaste de prestigio, mientras que
lo contrario suele suceder a los médicos. Además, de cara
a la comunidad, las huelgas de duración indefinida implican
riesgos muy elevados. Dado su carácter duro, cruel y prepotente,
son vistas con muy poca simpatía por parte de la gente.
Curiosamente, el fuerte impacto inicial que sobre la opinión
pública opera la huelga indefinida se amortigua en pocos
días y es sustituido por una impresión general de que la
conducta de los huelguistas es inflexible y poco inteligente, a lo que
contribuyen los medios de comunicación que tratan la huelga
indefinida con displicencia, pues en unos pocos días deja de ser
"noticia". Es quizás mucho más eficaz, ante el
público general, los medios de opinión y las autoridades
sanitarias, una sucesión bien programada de periodos breves de
suspensión o reducción del trabajo. El segundo argumento
contra la huelga sanitaria de duración indefinida es de
naturaleza ética y psicológica. El largo estar mano sobre
mano no sólo encallece la conciencia del huelguista, que pierde
sensibilidad para las necesidades de los pacientes, y favorece la
rutina de la desatención, sino que causa también un
descenso de la competencia profesional y del hábito de trabajo,
en especial en el caso de los médicos y enfermeras en
formación. Es curioso que en castellano, la misma palabra, paro,
sirve para designar la huelga y la situación de desempleo.
Imagen pública. El objetivo prioritario del huelguista es
ganarse el apoyo del público. Ha de atraer su atención
hacia las dramáticas circunstancias que motivan y justifican la
huelga. La cosa exige habilidad para manejar la opinión social,
pues no es fácil provocar al público inconvenientes, a
veces muy serios, y, al mismo tiempo, ganarse su simpatía.
Quienes convocan la huelga, y también quienes participan en
ella, tienen la obligación de dar un enfoque ético a sus
relaciones con el público y con los pacientes: más que de
denigrar a sus oponentes han de esforzarse por justificar su conducta;
procurarán sentir y mostrar una pena sincera por los
inconvenientes que provocan, al tiempo que manifiestan con hechos que
no abandonarán a los pacientes que necesiten sus cuidados;
hablarán de su empeño por alcanzar lo antes posible una
solución justa, aun a costa de concesiones generosas. Es muy
importante que en sus declaraciones haya sinceridad y racionalidad.
Nunca los líderes sindicales sanitarios deberían
presentarse ante los medios de comunicación como perdonavidas,
con gestos altaneros o palabras amenazantes. Ni los médicos y
enfermeras en huelga podrán manifestarse en los hospitales o sus
aledaños como indiferentes a los problemas que están
creando. Es un espectáculo penoso el que a veces ofrecen
televisiones y prensa, que presenta a médicos y enfermeras
sonrientes y gesticulantes, incluso jubilosos, exhibiendo pancartas de
un ingenio horteril. Estoy persuadido que ese es un lenguaje
éticamente inaceptable. Son mucho más elocuentes y
más compatibles con la dignidad profesional de los sanitarios
las manifestaciones silenciosas. El deber moral de diseñar
mecanismos preventivos de la huelga En opinión de sus
protagonistas, la huelga sanitaria es un último recurso del que
se echa mano sólo cuando las negociaciones, de ordinario muy
tensas y duras, han llegado a un callejón sin salida. Pero
ocurre que, paradójicamente, las huelgas tienen por objeto
principal forzar la reanudación de las negociaciones rotas: se
supone que el violento lenguaje de la huelga, la presión social
y económica inducida por ella, habrá reblandecido las
posturas de los empleadores, que se verán obligados a acudir de
nuevo a la mesa de negociación, para volver a empezar. La huelga
es en el fondo una broma macabra, un escándalo, un doloroso
viaje de ida y vuelta cuyo éxito se cifra en reanudar las
conversaciones rotas. Prevenir la huelga es, por ello, una grave
obligación moral de todos los implicados. Se habla con fuerza y
frecuencia crecientes de la necesidad de crear y mantener en el
ámbito sanitario unas condiciones laborales que protejan
permanentemente la paz laboral, mediante un sistema de arbitraje
preventivo, justo, efectivo, independiente y sensible a la coyuntura
económica y social del momento, cuyas decisiones han de ser
aceptadas por todos. Entre quienes han reflexionado sobre la
ética de la huelga sanitaria es lo habitual proponer como
solución la creación de esos comités de arbitraje
preventivo. Fox lo expresa de modo muy radical, a concluir que la
huelga sanitaria no debería producirse nunca, sino prevenirse
siempre, pues decidir los conflictos por la fuerza en lugar de hacerlo
con la razón se ha de tener siempre, en el campo de la salud y
la vida humana, por destructivo e inmoral (18). La prevención,
en opinión de Muyskens, es una tarea permanente, que comienza
por la decisión sincera de las partes de evitar las causas que
puedan conducir a la aparición de conflictos: en esa
decisión se incluye necesariamente el compromiso de aceptar de
antemano las partes en conflicto la decisión vinculante de un
árbitro mutuamente aceptable (26). Según el parecer de la
Asociación de Colegios Médicos de Estados Unidos incumbe
a la sociedad diseñar un procedimiento limpio para prevenir y
resolver los problemas económicos y organizativos que influyen
sobre la calidad de la atención médica y el bienestar de
la profesión (11). Un documento británico muy
representativo de la opinión dominante entre los médicos
concluye que la responsabilidad pública de médicos y
autoridades sanitarias queda incumplida si unos y otras no se
comprometen a evitar las causas de conflicto y no ponen en marcha una
maquinaria de conciliación rápida y efectiva (24). Un
editorial de Lancet que comentaba ese documento remachaba la idea de
que la prevención de los conflictos es el objetivo ideal (17).
En Israel, tras una grave y prolongada huelga, se clamaba por un cuerpo
independiente que establezca los salarios y las condiciones de trabajo,
de modo que los médicos pudieran dedicarse plenamente a proteger
los mejores intereses de sus pacientes. De ese modo,
desaparecería la necesidad de las huelgas (22). Y Glick
proponía que los médicos, como líderes sociales,
deberían diseñar los procedimientos éticos
aceptables para resolver las disputas laborales de un modo equitativo.
Tales procedimientos podrían consistir en un arbitraje
vinculante, o en el dictamen de comités legislativos o
judiciales especiales, que podrían servir además de
ejemplo para otros empleados públicos (20). Esos mecanismos de
conciliación preventiva no deberían parecer un
desiderátum imposible de alcanzar. Deberían más
bien ser el resultado natural de asumir los protagonistas del conflicto
sus responsabilidades con inteligencia y sinceridad. La responsabilidad
del gobierno y los administradores, de los médicos y las
enfermeras es manifiesta: todos ellos estarían
públicamente comprometidos a aceptar las medidas preventivas de
la huelga propuestas por ese comité de arbitraje, pues todos se
han concertado en llevar adelante, como estandarte del progreso social,
un sistema nacional de salud verdaderamente humano. No puede el Estado
abusar de su poder y obligar a los sanitarios a trabajar en condiciones
que debilitan la competencia o la humanidad de su servicio a los
pacientes. Sería contradictorio que el Estado castigara, a
través de su brazo judicial, a los sanitarios que tratan
negligentemente a sus pacientes y que, al mismo tiempo, impusiera en su
servicio nacional de salud unas condiciones de trabajo que equivalen a
una negligencia institucionalizada. Por su parte, los médicos y
enfermeras que trabajan en el servicio nacional de salud han de estar
convencidos de que su empleo no puede desempeñarse sin una
específica generosidad social, sin el orgullo de saber que dan
mucho más de lo que reciben. No pueden tener la
psicología de meros empleados, de mercenarios indiferentes a los
valores de la empresa en que trabajan. Estimo que también los
pacientes deberían tener un lugar en esos comités de
arbitraje. Ya que son quienes más sufren en el curso de una
huelga, deben estar vitalmente interesados en adquirir protagonismo en
su prevención. Han estado hasta ahora sistemática
reducidos a la condición de sufridos sujetos pasivos, convidados
de piedra en las mesas de negociación. Hay razones para
sospechar que la participación de los representantes de los
pacientes podría ayudar a la prevención efectiva, o a la
rápida solución, de los conflictos. Los pacientes y sus
familias no pueden limitar su influencia en la programación de
la cosa sanitaria a su efímero papel de ciudadanos que votan en
las elecciones. Las campañas electorales son operaciones de
ofuscación colectiva, donde no suele tratarse en serio de los
problemas verdaderamente importantes. Es necesario crear canales a
través de los cuales los pacientes puedan intervenir
efectivamente en la política sanitaria. Uno de ellos
podría ser la presencia de alguien que represente sus intereses
en esos esperanzadores comités de arbitraje que prevengan las
huelgas sanitarias.
Bibliografía
1. American College of Physicians. Position Paper.
American College of Physicians Ethics Manual. Third edition. Ann Intern
Med 1992;117:947-960.
2. Baeltz P. The Right to Strike by the Caring Professions. J Med Ethics 1977;3:150.
3. Bleich D. Interns and Residents on Strike. Hastings Cent Rep 1975;5(6):8-9.
4. Brecher E. Striking Responsibilities. J Med Ethics 1985; 11:66-69.
5. Brecher E. Health Workers' Strikes. A Rejoinder Rejected. J Med Ethics 1986;12:40-42.
6. British Medical Association. The Handbook of Medical Ethics, 3rd impr. London: British Medical Association, 1986;65-66.
7. British Medical Association. Philosophy & Practice of Medical Ethics. London: British Medical Association, 1988;93-94.
8. Catecismo de la Iglesia Católica. Madrid: Asociación de Editores del Catecismo, 1993; punto 2435.
9. Colfer H. On the Physician's right to strike. En: Basson MD, ed.
Ethics, Humanism, and Medicine. New York: Alan R. Liss, 1980; 303-307.
10. Constitución Española. Boletín Oficial del
Estado, núm. 311-1, de 29-12-1978: artículo 28.2. 11.
Cooper JA. The Withholding of Medical Care by Physicians. J Med Educ
1979;54:122-123.
12. Court C. Nurses to vote on no-strike rule. BMJ 1995; 310:1158.
13. Daniels N. On the Picket Line: Are Doctors' Strikes Ethical? Hastings Cent Rep 1978;8(1):24-29.
14. De Lorenzo R. El derecho a la huelga y los servicios
mínimos. Noticias Médicas, 9-7-1986:6. 15. Dworkin G.
Strikes and the National Health Service: Some Legal and Ethical Issues.
J Med Ethics 1977;3:76-82.
16. Editorial. Strikes in the National Health Service. J Med Ethics 1977;3:55-56.
17. Editorial. The Patient Comes First. Lancet 1977;1:180-181.
18. Fox TF. Indistrial action, the National Health Service, and the Medical Profession. Lancet 1976;2:892-895.
19. Garty M. Physicians' Strikes. Second Thoughts. J Med Ethics 1986;12:104-105.
20. Glick SM. Physicians' Strikes. A Rejoinder. J Med Ethics 1985;11:196-197.
21. Glick SM. Health Workers' Strikes: A Further Rejoinder. J Med Ethics 1986;12:43-44.
22. Grosskopf I, Buckman G, Garty M. Ethical Dilemmas of the Doctors' Strike in Israel. J Med Ethics 1985;11:70-71.
23. Herranz G. La ética no hace huelga. Diario Médico, 12-5-1995:6.
24. Joint Working Party of the Conference of Medical Royal Colleges and
Their Faculties in the UK and the British Medical Association.
Discussion document on ethical responsibilities of doctors practising
in National Health Service. BMJ 1977;1:157-159.
25. Linn R, Linn S. Notes on the Morality of Strike Within the Medical Profession. J Clin Ethics 1991;2:17-18
26. Muyskens JL. Nurses' collective responsibility and the strike weapon. J Med Phil 1982;7:101-112.
27. Organización Colegial de Enfermería. Código
Deontológico de la Enfermería Española. Madrid:
Consejo General de Colegios de Diplomados de Enfermería, 1989;
Artículos 78 y 79.
28. Organización Médica Colegial. Código de
ética y Deontología Médica. Madrid:
Organización Médica Colegial, 1990; Artículo 6.
29. Piñal JL. Ética Profesional y Huelga Médica. Informativo Médico 1981, Junio:4.
30. Railton P. Health Care Personnel and the Right to Strike: A Social
Perspective. En: Basson MD, ed. Ethics, Humanism, and Medicine. New
York: Alan R. Liss, 1980:291-302.
31. Reitemeier P.J. Strikes by health professionals. En: Reich WT, ed.
Encyclopedia of Bioethics. Revised edition. New York: Simon &
Schuster Macmillan, 1995:2410-2413.
32. Ribera Casado JM. Por qué no hago huelga. Noticias Médicas, 6-5-1987:7.
33. Royal College of Nursing. Rcn Code of Professional Conduct: A Discussion Document. J Med Ethics 1977;3:115-123
34. Sachdev PS. Ethical Issues in a Doctors' Strike. J Med Ethics 1986;12:53.
35. Thomasma DC. Philosophical Methodology and Strikes. J Clin Ethics 1991;2:16-17.
36. Veatch RM. Interns and Residents on Strike. Hastings Cent Rep 1975;5(6):7-8.
37. Zacharias P. Should Doctors Strike? A Personal View. J Med Ethics 1977;3:83-84.
38. Zawacki BE, Krawitz R, Linn L. Ethical Counselling for House Staff considering a Strike. J Clin Ethics 1991;2:10-15.
|