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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 9. Conocimiento científico.

Parte II: Sentido y límites

N. López Moratalla y A. Ruiz Retegui

a) CIENTIFICISMO

Existe en el mundo científico una reticencia bastante generalizada y que en gran medida impregna nuestra cultura: la desconfianza, la inseguridad ante todo conocimiento, toda argumentación, ante todo aquello que por su propia naturaleza no es susceptible de un tratamiento científico-experimental; ante lo que de suyo no es verificable "midiéndolo o pesándolo". Es un deslumbramiento por las ciencias -cientifismo- que supone una corrupción del verdadero espíritu científico. Vemos, por ejemplo, con relativa frecuencia que prestigiar una idea, una opinión consiste sencillamente en añadirle el calificativo de "científica", con sus resonancias de rigor, o de declarar que lo afirma la Ciencia, o un determinado científico. Esto que ahora consideramos se refleja también en el auge reciente de la pedagogía "experimental", o de la psicología "experimental"...

A pesar de la obvia limitación de la metodologia científica que iniciara Galileo -la contrastación de las hipótesis mediante la experimentación-, este nuevo modo de conocer influyó de tal forma en la mentalidad de los hombres que la construcción del telescopio por Galileo se considera uno de los hechos fundamentales que marcan el comienzo de la Epoca Moderna y determinan su carácter. Señala Hannah Arendt (1) que el carácter específico que abre esta época es una inversión de la contemplación y la acción; esa inversión fue precisamente creer que la sed de conocimientos del hombre podría saciarse si confiaba en la inventiva de sus manos: "No se trataba de que la verdad y el conocimiento ya no fuera importante, sino de que sólo podría alcanzarse mediante la acción y no por la contemplación..." Sólo experimentando podríamos llegar a estar seguros.

El cientifismo, por diversos motivos, es para todos un peligro cercano. En buena parte, por el rigor con el que las ciencias llegan a alcanzar conclusiones; estamos acostumbrados, por ejemplo, a que se nos anuncie con toda precisión que tal cometa pasará a tal hora, por tal lugar del cielo y que efectivamente pase. Por otra parte, los conocimientos científicos tienen una gran validez intersubjetiva: el conocimiento de un ser vivo, el concepto de anabolismo, puede ser comunicado sin dificultad de época y mentalidad. Hay, por otra parte, un, podríamos decir, placer intelectual en resolver el tipo de problemas que plantean las ciencias. Habla Schumacher en su libro "Lo pequeño es hermoso" (2) de problemas abiertos, que agotan, y de problemas cerrados, que descansan. Los primeros corresponden a ese deseo de saber del hombre, que afecta a cuestiones humanas, de fondo; los segundos implican el deseo de la inteligencia de razonar, deseo que se satisface, por ejemplo, con la resolución de un crucigrama, de un problema lógico, etc. Por su propio ser "entretienen", y a veces constituyen el refugio tranquilo en la huida personal de los problemas abiertos que se plantean, incluso, a partir de esas cuestiones científicas. Al afán de saber del ser humano no le bastan de ordinario las respuestas de la ciencia empírica; es indudable, por citar algún ejemplo, que quien estudia unas teorías acerca del origen del universo o de los seres vivos se pregunte en algún momento por el origen a secas, por el origen "originario"; pero el atractivo de la labor científica misma consigue que se olviden tales cuestiones. Steve Weinberg expresa -en la última página de su libro "Los tres primeros minutos del universo" esta postura, inconsciente unas veces, premeditada otras, pero frecuente en el mundo científico: "Algunos cosmólogos se siente filosóficamente atraídos por el modelo de las oscilaciones, especialmente porque, como el modelo del estado estable, evita bien el problema del Génesis. Pero plantea una seria dificultad teórica...

Sin embargo todos estos problemas pueden resolverse, y sea cual fuere el modelo cosmológico correcto, no podemos hallar mucho consuelo en ninguno de ellos. Para los seres humanos, es casi irresistible el creer que tenemos alguna relación especial con el Universo, que la vida humana no es solamente el resultado más o menos absurdo de una cadena de accidentes que se remonta a los tres primeros minutos, sino que de algún modo formábamos parte de él desde el comienzo.... Es difícil darse cuenta de que todo esto sólo es una minúscula parte de un Universo abrumadoramente hostil. Aún más difícil es comprender que este Universo actual ha evolucionado desde una condición primitiva inefablemente extraña, y tiene ante sí una futura extinción en el frío eterno o el calor intolerable. Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido parece también.

Pero si no hay alivio en los frutos de nuestra investigación, hay al menos algún consuelo en la investigación misma. Los hombres no se contentan con consolarse mediante cuentos de dioses y gigantes, o limitando sus pensamientos a los asuntos cotidianos de la vida. También construyen telescopios, satélites y aceleradores, y se sientan en sus escritorios durante horas interminables tratando de discernir el significado de los datos que reúnen. El esfuerzo para comprender el Universo es una de las pocas cosas que eleva la vida humana sobre el nivel de la farsa y le imprime algo de la elevación de la tragedia".

Indudablemente, otro de los motivos que hacen tan cercano el cientifismo al hombre de Ciencia, y en general a los hombres, es el hecho de que el conocimiento que se alcanza con las ciencias experimentales es un saber "útil", lleno de posibilidades prácticas. De modo curioso, han sido precisamente las aplicaciones prácticas lo que han hecho tambalear e incluso perder algo de su prestigio a las ciencias. Actualmente, a la Biología le sucede, en cierta medida, lo que a la Física Nuclear en el periodo entre 1930-1970: abrió campos de conocimiento inéditos, prometió nuevas fuentes de energía, solución de múltiples problemas, prometió salud, -bomba de cobalto-; y los físicos alcanzaron gran prestigio: Einstein, Dirac, Schrödinger, Heisenberg, Oppenheimer, Fermi, Planck, Hahn... eran personajes conocidos y considerados glorias y benefactores de la humanidad. Pero en los años 60-70 ese prestigio decae poderosamente y da comienzo a la negación sistemática del uso de la energía nuclear.

Algo así sucede -y en un periodo mucho más breve- con la Biología. La Biología ha alcanzado un desarrollo sorprendente en los últimos años y su capacidad de transformación de la realidad se presenta actualmente de forma espectacular. En concreto, la Genética -junto a la Bioquímica y la Microbiología- ha abierto campos de manipulación e intervención hasta niveles insospechados. Y así como la Física Nuclear y la Ingeniería derivada ella sufrieron el clamor popular que abogaba por el freno de esas técnicas que indroducían en el mundo humano procesos cósmicos, y dieron ocasión al nacimiento de la Ecología y del ecologismo y de los movimientos extremistas correspondientes que luchan contra la tecnología nuclear, así también la Biología, con su propio progreso ha puesto de moda la Etica. Se puede decir que la Bioética es una Ciencia de moda: congresos, comités, comisiones legislativas, declaraciones de organismos científicos; muchas universidades empiezan a impartir cursos de Etica en las Facultades de Ciencias... Se clama pidiendo orientación para esas actividades; se pide, en definitiva, el establecimiento de fronteras en este tipo de investigaciones. Más adelante nos ocuparemos del tema de la naturaleza de las fronteras. Ahora solamente dejaremos apuntada esta cuestión: la investigación y el campo de descubrimientos y aplicaciones -que hacen de las ciencias un saber útil- de suyo no tienen límites.

Posiblemente la consecuencia más drástica del cientifismo sea que al prestigiar el método científico, hasta afirmarlo como único camino de alcanzar saberes seguros, el hombre queda profundamente desorientado: la mentalidad cientifista olvida el significado profundo y propio de la realidad.

La Ciencia, por su misma naturaleza, cuando se enfrenta con una realidad para conocerla se distancia de ella, y reduce las múltiples facetas que ésta presenta, abstrayendo aquellas que son susceptibles de tratamiento experimental. Si en los resultados de esa experimentación se buscase conocer las otras facetas de esa realidad, nos encontraríamos perdidos. De una obra de arte, un cuadro, por ejemplo, la Ciencia nos puede dar el más sofisticado análisis de la composición y distribución de materiales y colores, pero no se puede encontrar en ese análisis el sentido estético, ni el tema, ni el porqué del tema ni siquiera el porqué de esos materiales; no es posible hallar orientación para contemplarlo y gozar de él. El tratamiento científico, al poner tantas facetas entre paréntesis y quedarse sólo con un aspecto, puede arrastrar a un distanciamiento de la misma realidad.

Mientras la Ciencia estaba poco desarrollada no se distanciaba demasiado y casi se identificaba con el conocimiento espontáneo; era, como ir en un pequeño helicóptero desde el que se ve más panorámica porque se eleva un poco, pero sin dejar de formar parte del ámbito propio del mundo del hombre. Los aviones se han perfeccionado, y permiten que el hombre se salga de su lugar, y sea capaz de saltarse las barreras naturales: las montañas, los oceanos... No porque las destruya, sino simplemente porque a esa altura las fronteras del mundo desaparecen. Quien está en tierra tiene orientaciones claras y fronteras naturales; advierte que cuando llega a la orilla del mar o al borde del desierto no puede seguir, porque no es un ámbito humano: es mortal, o inhóspito, y se da cuenta que para cruzarlo debe pertrecharse de algún modo: está orientado.

Pero quien viaja en un reactor está preparado para no encontrar fronteras y puede descender inesperadamente sobre un desierto, o ir a la luna, o acabar en parajes que no pueden acoger una vida humana.

De igual forma la Ciencia -el progreso científico- se ha elevado con un distanciamiento cada vez más radical del conocimiento de la totalidad; se ha encerrado en su lógica propia y cuando aterriza, cuando vuelve a la realidad, desconoce el significado propio de las cosas. Pendiente de lo cuantitativo, todo aquello que es cualitativo -significado, valor, sentido, ...- le resulta extraño; está perdido. Desconoce el camino para alcanzar otro saber: sólo aprendió a medir y a pesar, o, más aún, sólo confia en medir y pesar.

Parece obvio que para conocer la verdad del mundo físico no basta sólo con la ciencia empírica; hace falta ampliar y profundizar la experiencia con el conocimiento espontáneo y, sobre todo, con la metaciencia. Por lo general, el científico no pone en absoluto en tela de juicio lo que se refiere al mundo de la evidencia: que existe un mundo exterior al propio yo, que ese mundo existe independientemente de la percepción que tenga de él, que esas evidencias básicas que son absolutamente indemostrables, son medio para que todo lo demás pueda ser demostrado, etc. En cambio, sigue planteándose la cuestión en relación a la admisión de la meta-ciencia, a la posibilidad de profundizar o ampliar la experiencia en esa otra dirección. Es un recelo, pero un recelo que en su propio desarrollo aleja a las ciencias de la vida del "mundo de la vida".

Las Ciencias biológicas, tras una etapa de un predominio de descripción de los caracteres observables de los seres vivos y ordenación según sus similitudes, han pasado a un intento de explicar -lógicamente según modelos- la naturaleza de los fenómenos vitales. Para lograr esas explicaciones asumieron fundamentalmente conceptos de la Física y de la Química. Desde esta perspectiva se pierde el carácter unitario del ser vivo ya que sólo pueden explicarse los procesos que ocurren en unas determinadas condiciones.

Esto indudablemente aleja de los seres vivos tomados cada uno en su totalidad, aleja del mundo real. A este respecto son muy expresivas las palabras del profesor Sermonti (3): "Un hombre extraño a los estudios científicos no imagina qué profundo desprecio encuentran en el ánimo del científico de vanguardia objetos como las melenas del león, las flores de la primavera, las olas del mar, el rosado del atardecer; es decir, todas aquellas realidades que, por pertenecer a la experiencia común, se han vuelto inservibles como objeto del mundo aséptico de la Ciencia. Gozan, en cambio, de una especial dignidad, las fibras de la cola de los fagos, el movimiento de los electrones y la atmósfera del planeta Urano. Es decir, las realidades que la experiencia común no ha encontrado nunca, y cuya existencia está garantizada y verificada únicamente en el mundo de los especialistas".

Pero no se trata sólo de un desvío del campo de interés; si así fuera, el mismo deseo de conocer a los seres que constituyen el rico ámbito de lo vivo mantendría en el científico la mirada por encima del nivel de las moléculas y los orgánulos. El problema se plantea -y el alejamiento de lo real se produce- cuando los fenómenos vitales se reducen a fenómenos físico-químicos, deterministas en su naturaleza, y el comportamiento de todo sistema complejo se explica como resultado aditivo del comportamiento de sus partes. Todo fenómeno vital no explicado hoy, lo será en un mañana más o menos lejano, sin necesidad de salirse de estas categorías, se afirma desde esa perspectiva.

Las ciencias biológicas exigen para el estudio de los fenómenos vitales categorías como finalidad, evolución, especialización, información, etc. que no son abarcables desde la Física o la Química. El ser vivo es una unidad de estructuras y funciones intimamente relacionadas que manifiestan un proyecto: mantener la vida. En los seres vivos todas las propiedades de sus estructuras tienen siempre una función útil. Señala Núñez de Castro (4) cómo es necesario tener en cuenta la categoría finalidad, la teleología, para construir toda Ciencia biológica, incluso la Bioquímica que supone el ámbito más próximo a la Química dentro de estas ciencias: "Martius y Knoop habían hecho el estudio de la degradación del citrato a oxalacetato y conocían que los intermediarios eran isocitrato, succinato y malato. Entonces, ¿por qué estos investigadores no llegaron a la formulación del ciclo de los ácidos tricarboxílicos? se pregunta A.H. Krebs, hablando del descubrimiento del ciclo del ácido cítrico. Según Krebs, no fue cuestión de suerte o azar. La mirada de Martius y Knoop era la de químicos orgánicos y no la de un fisiólogo. Krebs concluye que hasta que no se formuló la pregunta correcta ¿Cuál es el papel fisiológico de este paso metabólico?, el hecho conocido no pudo ser integrado dentro de una teoría consistente". El intento de reconstruir una Biología con expreso rechazo de todo tipo de explicación de las formas vitales en términos de causas finales -que protagonizara Monod y siguen algunos biólogos- supone una postura filosófica que no viene en absoluto impuesta por la Ciencia. La pretensión de evitar el uso de categorías metafísicas en las explicaciones biológicas cierra hasta tal punto el ámbito de las ciencias de la vida que el ser vivo no puede llegar a ser conocido.

Desde la perspectiva de la Etica del conocimiento, desde la cual estamos haciendo estas reflexiones es necesario destacar la necesidad de que el conocimiento científico se amplíe y se profundice mirando al mundo de la evidencia, de lo cotidiano y eliminando su recelo hacia la Metafísica. Y es de especial importancia tenerlo en cuela en la transmisión de la Ciencia biológica, en la docencia, que constituye para muchos de nosotros tarea profesional. La observación atenta, apasionada, comprometida con la realidad de la vida conduce a muchas pesonas a interesarse -e incluso a estudiar con la dedicación de todo su tiempo-, por los procesos que se dan en el rico mundo de la vida. Entonces, aunque se esté observando un proceso más mecánico o fisicoquímico, no se equipara -no se homogeneiza- cualquier realidad. Cuando el científico tiene esa atención a la realidad de la vida, cuando es una persona "completa" y no un hombre "unidireccional" (por utilizar la expresión de Marcuse) que incrusta todo su afán de conocer en el mundo de las fórmulas, entonces distingue y mantiene esa distinción a lo largo de toda su actividad. Su "simpatía" hacia toda forma de vida no le impide advertir la diferencia verdaderamente notable que existe entre una gramínea y un animal, entre una esponja y un caballo, o entre un óvulo y una neurona. No hace una falsa equiparación porque habría de dar un paso al que se resiste, ya que habría que prescindir justamente de la observación primera que le movió al deseo de conocerlas más. La visión del mundo, en estos casos, no parte del laboratorio, sino que lleva al laboratorio el conocimiento que recibe en lo que Mussel llamaba "el mundo de la vida".


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