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Capítulo 8. Conocimiento Científico.

Parte I: Fiabilidad de la Ciencia

N. López Moratalla

b) CIENCIA Y VERDAD

Si las teorías científicas son construcciones y no el reflejo directo de la realidad, ¿podemos afirmar que con la metodología científica alcanzamos verdades? ¿cómo podemos estar seguros de que un modelo concuerda con la realidad? Es ésta una cuestión fundamental, y la respuesta afirmativa a esas preguntas abrió ya una fuerte polémica precisamente cuando se inicia este método; en el momento en que Galileo, intentando probar la hipótesis de que la Tierra gira alrededor del sol construye un telescopio para ver los astros, y adopta en ese momento el nuevo modo de razonar: la verdad se alcanza al contrastar las hipótesis con la experimentación.

La pregunta acerca de qué verdad alcanzamos con la Ciencia, qué fiabilidad tiene la metodología científica, es en definitiva una pregunta ética. Hay que señalar que no sólo existe una Etica de las costumbres, sino también una Etica del conocimiento. La Etica del conocimiento consiste en una objetiva captación de en qué situación se encuentra uno mismo en orden a la verdad. Se requiere, por tanto, una reflexión ética acerca del alcance y límites, acerca del significado de la metodología propia de las ciencias experimentales.

Un primer aspecto a tener en cuenta, cuando se trata de valorar desde el punto de vista deontológico el cultivo de unas ciencias, es que no se puede hacer Ciencia si no es a base de selección de datos, de abstraer de la realidad una series de aspectos (1). No hay quehacer científico si no se simplifica la realidad, porque no es posible establecer un sistema general de todo el universo que plasme la estructura de la realidad entera; los modelos, la búsqueda de una representación, suponen siempre simplificar: no hay un paralelismo estricto con la realidad que agote todos sus aspectos y la tenga en cuenta en su totalidad. Esta simplificación significa que muchos aspectos no pueden ser tomados en consideración, es decir, que el mundo físico trasciende siempre al modelo: el conocimiento científico no agota la realidad. Por tanto, sería falto de ética extrapolar los conocimientos científicos a fin de explicar aspectos de la realidad que caen fuera del ámbito de la experimentación. Significaría reducir la realidad por la pretensión de que aquello que es necesario para explicar un fenómeno físico, es suficiente para explicarla.

Si la realidad física transciende al modelo, las ciencias pueden progresar y deben, para ello, abandonar modelos, eliminar ciertos planteamientos y probar otros. Es decir, los modelos son modificables. La idea de un estatuto definitivo de la Ciencia es absurdo. Las teorías científicas tienen, por este motivo, un carácter provisional. Una teoría, un modelo es una aproximación a la realidad, que resulta suficiente mientras explica o representa los fenómenos conocidos, o los aspectos elegidos de la realidad; pero cuando se amplía el recinto de la realidad que se estudia y que se intenta captar con el modelo, éste se tiene necesariamente que complicar. El progreso de la Ciencia puede desarrollarse en este sentido de ampliación, haciendo más complejos los modelos, con lo cual se captan nuevos aspectos; y puede también el progreso producirse en el sentido de la simplificación, de la sencillez, de eliminación de lo que es superfluo, para conseguir el menor número de postulados, que, por su carácter más general, abarquen el mayor campo posible. En cualquier caso, carecería de ética que un modelo, una teoría, se impusiera como irrevocable, con carácter de dogma cerrado a su modificación ante nuevos hallazgos. La Etica del conocimiento científico exige la pregunta acerca de si los postulados manejados están suficientemente bien establecidos, o si, por el contrario, significan sólo un punto de partida, una mera hipótesis, o incluso si deberían ser rechazados.

La validez de las hipótesis

Como acabamos de ver, las hipótesis y teorías científicas son modelos, una representación de la realidad de suyo modificable. El progreso científico consiste, por tanto, en ir acercándose cada vez más al objetivo de un conocimiento del universo. Y puesto que el mundo tiene un orden, una coherencia racional, es posible lograr generalizaciones comprobadas; es decir, la verdad científica puede ser alcanzable.

Es obvio que con el método científico se produce una cierta separación de la realidad; hay un distanciamiento al entrar en el entramado de los modelos que representan esa realidad. Como señala Hannah Arendt (2) "los científicos formulan sus hipótesis para disparar sus experimentos, para comprobar sus hipótesis, durante toda esta actividad está claro que tratan con una naturaleza hipotética". Y por ello, como señalaba el Cardenal Belarmino a Galileo "probar que la hipótesis salva las apariencias no es en modo alguno lo mismo que demostrar la realidad del movimiento de la Tierra". Efectivamente, mostrar que los datos concuerdan con un modelo no es igual que mostrar que el modelo concuerda con la realidad.

El método científico establece con pleno rigor qué apoyo experimental tiene una determinada teoría. "Lo que Galileo hizo, y que nadie había hecho, antes fue emplear el telescopio de tal manera que los secretos del universo se entregaban a la cognición humana, -con la certerza de la percepción de los sentidos-, es decir, puso al alcance de la criatura atada a la Tierra y de su cuerpo sujeto a los sentidos lo que siempre había parecido estar más allá de sus posibilidades abierto a lo sumo a las inseguridades de la especulación e imaginación... Al "confirmar" a sus predecesores Galileo estableció un hecho demostrable donde antes hubo inspiradas especulaciones" (3). Y al mismo tiempo, con ese método -y esto era lo que intentaba mostrar Galileo- se puede llegar a establecer que un modelo, que una visión del mundo es más plausible que otra, es una mejor representación y por ello es más verdadera que otra. Es decir, existen criterios para juzgar la validez de la hipótesis. El criterio de validez no es simplemente la cuantitativa acumulación de pruebas, sino que pueden señalarse como criterios los siguientes (4): en primer lugar, el poder explicativo y el poder predictivo del modelo. Un ejemplo paradigmático lo constituyó el modelo del doble helicoide para la estructura del DNA que plantearon Watson y Crick en 1953. No había pruebas empíricas, pero pudo ser aceptado mucho antes de que aparecieran datos concluyentes porque explicaba la conservación del mensaje genético y la fidelidad de su transmisión al predecir el proceso replicativo de este material genético.

La validez de una teoría puede ser juzgada también en función de la exactitud de sus predicciones, por la convergencia de pruebas diferentes e independientes entre sí, y también si puede ser utilizada como una explicación de un ámbito diferente de la realidad física de la que intentaba ser modelo.

Hay que tener en cuenta que la afirmación acerca de la validez de una teoría es muy diferente si se basa en la directa observación de un proceso -aun cuando por ello se requiera el uso de instrumentos técnicos- que si supone la representación modélica de un proceso inobservable. Por ejemplo, procede de una observación directa, que la digestión de un determinado azucar se inicia con las enzimas presentes en la saliva; en cambio, al intentar establecer el mecanismo según el cual se produce su transporte a través de una determinada membrana, sólo podemos comprobar las consecuencias observables de ese transporte. Por otra parte, los fenómenos observables, los datos experimentales, tienen siempre su validez aun cuando estén disponibles a nuevas explicaciones.

A través de esas comprobaciones van surgiendo leyes experimentales que relacionan los datos observados, que se pueden demostrar con un cierto grado de aproximación y que se cumplen siempre en unas condiciones definidas. Se construyen también principios generales, relaciones entre conceptos, que pueden ser comprobados en función de sus aplicaciones a casos concretos.

Cabe, pues, afirmar que las teorías científicas, aun cuando mantienen un carácter hipotético, pueden ser juzgadas en cuanto a su fiabilidad. Es decir, el método científico permite alcanzar conocimientos de un ámbito de la realidad que siendo verdaderos son aproximativos, y, por tanto, abiertos a modificaciones que les hagan más precisos; siempre las ciencias tienen un desarrollo que es helicoidal. Al mismo tiempo, las ciencias experimentales tienen un sentido que va más allá de la mera capacidad de dominio del universo que confieren al hombre, ya que le permiten un conocimiento del mundo físico que es verdadero, aunque limitado; explican el comportamiento de esa realidad y tienen un cierto carácter de provisionalidad.

En esta reflexión acerca de la "verdad científica" parece necesario añadir un breve análisis de dos posturas que han tenido -y tienen- gran influencia en la atmósfera intelectual de las últimos decenios: el positivismo lógico y el relativismo científico. Desde ambas, aunque por motivos bien diferentes, se oscurece el sentido de las ciencias como vía de acceso al conocimiento de la realidad física.


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