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Capítulo 7. Ciencia y vida humana en la sociedad tecnológica.

A. Llano

d) CIENCIA Y ETICA

A pesar de que en la sociedad actual se habla de una "crisis de legitimación de la Ciencia", hay que afirmar el derecho de la Ciencia, ya que la Ciencia es también, entre otros, un camino hacia lo verdadero: el conocimiento de la verdad - reconocimiento a ésta como un bien humano- lleva en sí mismo su propio sentido, su propia justificación.

El problema aparece, tal como se ha señalado antes, cuando se absolutiza al pensamiento científico, de lo que se deriva, inevitablemente, la crisis del individuo y de la sociedad, el profundo malestar del hombre contemporáneo.

Es evidente que el conocimiento científico puede ser utilizado, tanto para el bien, como para el mal: si se investigan los efectos de un veneno, se podrá emplear ese conocimiento para salvar o para matar; debe estar perfectamente claro el punto de referencia que haga distinguir el bien del mal. La ciencia técnica, orientada a la transformación del mundo, se justifica por su servicio al hombre y a la humanidad. Es necesario, pues, tener un criterio moral y ético que permita al hombre beneficiarse de las aplicaciones prácticas de la investigación científica. Es necesaria una Etica científica.

La Técnica sin la Etica corre el grave peligro de llevar al hombre donde no quiere ir. Así ocurre cuando, en un progreso unilateral, la Técnica es aplicada a fines bélicos, de hegemonías y de conquistas, donde el hombre mata al hombre, y una nación destruye a otra, privándola de la libertad o el derecho a existir. La Ciencia y la Tecnología se convierten entonces en esclavas de un tiránico "deseo de poder" político o económico, en lugar de orientarse decidida y sistemáticamente, con medios verdaderamente eficaces, a que desaparezcan de nuestro mundo las zonas del hambre, la miseria, el subdesarrollo, la enfermedad, el analfabetismo, la explotación, la dependencia económica y política, o las diversas formas de neocolonialismo, entre otras situaciones evidentemente injustas.

Para darle un sentido humano a la Ciencia, no basta con saber cómo funcionan los fenómenos estudiados, sino qué son en sí mismo. Es imprescindible superar el ámbito intracientífico y abrirse a la reflexión, a la contemplación, a lo que Heidegger llamaba "el pensar meditativo". Es necesario descubrir por qué el hombre -cualquiera que sea- tiene una dignidad extraordinaria; que el hombre -nacido o no nacido, anciano o en plenitud de edad, lúcido u oligofrénico- es intocable, no se puede manipular, nunca puede tratarse sólo como medio, sino siempre también como fin. Para afirmar esto, no hay ninguna razón de tipo funcional en la que basarse. No hay una explicación utilitaria, técnica, que pueda equiparar a un embrión de unos pocos milímetros, un hombre lleno de potencia creadora y un enfermo mental absolutamente dependiente de los que le rodean; ahí tiene que haber otro tipo de reflexión que afecte a lo que el hombre es; no sólo a cómo aparece o cómo funciona, sino a lo que es. Un modo de pensar humanista debe situar a la técnica en el lugar que le corresponde y apelar al inagotable recurso de la inteligencia y a la fuerza creadora de la libertad. Así será, tal vez, posible que el hombre de nuestro tipo aprenda a "dominar su propio dominio" y se resuelva a orientar el progreso técnico en un sentido no regresivo: hacia un fin que no desdiga de la dignidad humana.

Sin la convicción de la dignidad humana, el actual y positivo movimiento de defensa de tales derechos se queda en vacía retórica, compatible con las hirientes y continuas ofensas a la dignidad personal de millones de hombres. El que sabe lo que es el hombre, sabe por qué se le debe tratar como una intocable "res sacra", tal como lo consideró Séneca. En cambio, el que lo considera como un fragmento del cosmos, un simple factor sociológico o de rentabilidad económica, acabará por comportarse de modo humanamente regresivo y terminará por volver a la más primitiva barbarie.

En muchas ocasiones, todo esto equivale -sin que sea algo peyorativo para la Ciencia- a poner límites. La cuestión de los límites se ha ido planteando de manera muy cruda por diversos investigadores y organizaciones, entre otras la UNESCO. ¿Cuáles son los límites internos de la actividad científica, qué investigaciones -especialmente la experimentación humana- son éticamente inaceptables, qué es lo que no se puede hacer, qué peligros se derivan de los enormes logros técnicos que está alcanzando el hombre del siglo XX?

Estas cuestiones hay que abordarlas desde fuera de la propia Ciencia específica, pero contando con ella: es decir, la Técnica sin Etica es ciega; pero la Etica sin Técnica es vacía, es ineficaz, corre el peligro de quedarse en retórica moralizante, en buenos deseos. Para que la Etica se haga operativa, es preciso lograr su engarce con el sistema tecnológico para así llegar a "dominar nuestro propio dominio" (Marcel).

La crítica de la Técnica no es suficiente. Técnica ha habido y habrá siempre: pero es menester que, al usarla, el hombre no pierda el hábito natural de preguntarse por las cosas más sencillas: ¿Qué es ésto? ¿Qué somos? El hombre puede hacer cada vez más y mejor, pero es preciso que se detenga y se interrogue: ¿qué se trata de hacer con este hacer? Y ésta, aunque sea en germen, es ya una pregunta filosófica.

El gran reto ante el que se encuentran las nuevas generaciones de científicos consiste precisamente en proponer un nuevo sentido de la Ciencia, en redescubrir su entronque y su finalidad en la persona humana. La actual complejidad de nuestros conocimientos hace que se trate de una tarea larga y difícil, que ha de ser acometida en el marco de una amplia comunicación interdisciplinar. La Universidad es el ámbito más adecuado para ese diálogo. La rehabilitación ética y social de la Ciencia exige la rehabilitación de un saber humano -teórico y práctico- que se abra a toda la amplitud y profundidad de lo real.


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