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Capítulo 7. Ciencia y vida humana en la sociedad tecnológica.

A. Llano

a) NATURALEZA DE LA TECNICA

Esta profunda inquietud histórica está estrechamente vinculada a la conciencia de un desbordamiento de la técnica humana.

La técnica humana es muy diversa de la que podemos llamar "técnica animal". El hombre tiene la capacidad de objetivar, rasgo que no puede encontrarse en los animales. El hombre es capaz de enfrentarse con su entorno, no simplemente como entorno vital, sino como un conjunto de objetos, como realidades distintas de él mismo. Todos los etólogos, incluso los más reacios a destacar la especificidad de la conducta humana, Lorenz por ejemplo, señalan en el hombre la capacidad de objetivar, de considerar un estímulo no en cuanto que le afecta, sino en su propia realidad. Este hecho abre un mundo de posibilidades de acción. Un animal es capaz de usar un útil, de modificarlo incluso, pero lo que nunca es capaz es de fabricar un útil con otros útiles, precisamente porque no puede establecer entre ellos una relación objetiva, porque no es capaz de objetivar. El animal habita en un medio cerrado, biunívocamente relacionado con sus estructuras biológicas. El hombre se abre a un mundo de realidades objetivas, que puede modificar independientemente.

Es decir, el hombre no sólo tiene una capacidad de trabajar los objetos uno a uno -que esto sí lo hacen muchas especies animales-, estableciendo con los objetos una relación "longitudinal" biológicamente inmediata sino que, de manera privativa, puede utilizar esos objetos para suscitar otros: en este momento, hay capacidad de técnica y hay mente humana.

Esta relación transversal con la serie de objetos constituye una cadena progresiva: cada instrumento, cada nuevo objeto, abre posibilidades para fabricar otros -por ejemplo, la herramienta como instrumento para crear otros-, lo que hace que dicha serie sea, en principio, indefinida. Los productos técnicos pasan a formar parte del mundo y determinan en buena medida los cauces del progreso futuro. De esta suerte, se ha podido definir certeramente la técnica como un "sistema de productos objetivados con poder determinante".

Cuando la técnica moderna inventa la máquina, en la que ya hay un dinamismo propio, y, en un segundo estadio produce el ingenio cibernético, esos objetos alcanzan una creciente autonomía funcional. Por tanto, este proceso se va haciendo cada vez más completo y autónomo, y se va independizando de los sujetos que lo originaron.

Naturalmente, todo esto engrandece al hombre, pero tiene un tremendo riesgo: que el hombre quede atrapado por esa cadena objetiva. A medida que la complicadísima maquinaria técnica se va desarrollando más, parece que la acción del sujeto individual es menos relevante, hasta llegar a transformarse en un objeto más de esa cadena. El hombre se convierte, tan sólo, en un instrumento de producción; él mismo es transformado por ese proceso de posibilidades técnicas y pierde la especificidad de su propia naturaleza. ¿Qué importa ya lo que ese hombre piense, sienta o diga? Lo único que cuenta es la función que desempeñe en el proceso de producción objetiva. El hombre como sujeto, como persona única e irrepetible, ya no cuenta para nada.

Desde esta perspectiva, el conflicto entre humanismo y tecnología -tratado tantas veces de modo superficial- aparece en toda su crudeza. Efectivamente, el sistema de productos técnicos impone sus propias exigencias, sometidas a parámetros valorativos de índole material y cuantitativa. Los fines cualitativos del hombre mismo parecen carecer de fuerza, si se comparan con la implacable secuencia del progreso técnico. La decisiva cuestión del sentido del hombre, de su destino personal, se torna evanescente si nos atenemos sólo a esas exigencias del entorno técnicamente conformado. En la sociedad tecnológica, el hombre real y concreto -con su propia cultura, experiencias y aspiraciones, sufrimientos íntimos y legítimas esperanzas- se encuentra a la fría intemperie, perdido, desarraigado. Ya no sabe lo que pasa ni lo que debe querer. Se considera a sí mismo como una pieza de la gran maquinaria, que puede conducirle hacia cualquier parte.

En esta situación encaja perfectamente ese "nuevo fenómeno", de alguna manera característico de nuestra civilización actual, que se ha venido a llamar "neurosis del domingo". El hombre, la mujer, sometidos definitivamente a las exigencias de la sociedad industrial, se encuentran periódicamente ante unas horas vacías, en las que la ausencia de sentido de sus vidas se manifiesta claramente al cesar la actividad que les había adormecido durante el resto de la semana. A este respecto, un dato revelador es el mayor porcentaje de suicidios que se registran en esos días no laborales.


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