Capítulo 6. Derechos y deberes respecto de la verdad.F. Ponzc) LA VERDAD, NORMA DEL PENSAMIENTO Y DE LA CONDUCTA La verdad compromete La verdad tiene fuerza de atracción y se convierte, una vez adquirida, en luz para la voluntad. La verdad cautiva y enamora, y al propio tiempo compromete. Quien posee una verdad con suficiente certeza, presta hacia ella consideración y respeto, queda adherido a ella, le guarda fidelidad. El amor a la verdad se revela en el afán por alcanzarla y en la fidelidad con que se la sirve personalmente. Cuando se sabe la verdad sobre algo, resulta imposible admitir el error sobre lo mismo. La verdad compromete. Si estamos convencidos de una verdad, no podemos falsearla, no la podemos cambiar ni por capricho, ni por debilidad. Ninguna razón de conveniencia, ni burlas, ni amenazas, serán capaces de separarnos de ella, ni nos permitirán distorsionarla o negarla. Otra cosa sería si descubriéramos lealmente que había error en lo que antes pensábamos que era verdad cierta. Entonces cambiaríamos de parecer ante otras razones, al convencernos con sinceridad de que no estábamos en la verdad, es decir, por convencimiento, pero no por coacción directa ni indirecta. La verdad no se vende a intereses personales. No es posible dar por bueno lo que se sabe es erróneo. Se debe tener respeto a quien opina de modo diferente y se ha de procurar comprender las razones que le asisten, porque siempre descubriremos en ellas al menos aspectos de verdad. Merece también respeto quien abiertamente yerra; pero no se puede ni se debe transigir con lo que con seguridad es error, y se ha de hacer lo posible para que quien está en el error pueda entender la verdad. La defensa de la verdad, por otra parte, aunque requiere muchas veces fortaleza, no se debe hacer con celo hiriente o desabrido, sino mostrándola a la contemplación para que pueda ser entendida. Por otra parte, además de la fidelidad en el pensamiento, la verdad reclama que se dé congruencia entre ella y la conducta. Haciendo mal uso de la libertad, podemos, sin duda, actuar contra lo que la verdad enseña, pero la verdad seguirá estando en la mente y acusará en la conciencia. Si conozco, por ejemplo, la verdad sobre el valor de la vida humana, esta verdad me exige no cooperar en un aborto, no contribuir a la muerte de un inocente, me reclama defender la vida; no debo, por falsas razones sentimentales, burlas o presiones, acceder a actuar contra lo que la verdad me manda. Actuar de otro modo, ceder contra la verdad, responsabiliza plenamente ante Dios, ante los demás hombres y ante uno mismo. Veracidad El deber de veracidad.- El amor a la verdad se muestra también en la veracidad, es decir, en el hábito de conformar las acciones exteriores con lo que interiormente se piensa, en ser fieles al manifestar los pensamiento y en decir siempre lo que se entiende que es verdad y manifestarse a los demás como interiormente se es. Ser veraces contribuye a que la verdad, que es en sí un bien a disposición de cualquiera, un bien general, reine en todas partes y presida las relaciones entre los hombres. La veracidad es un deber moral cuyo cumplimiento afecta a la dimensión social del hombre y facilita la convivencia humana. La veracidad viene a ser una disposición permanente de la voluntad para manifestar fielmente el conocimiento personal de la verdad, que viene exigida por la dignidad de la persona humana y por el deber de lealtad y bienestar que el hombre debe guardar con todos los demás hombres, sean como sean. La naturaleza humana se ennoblece por la inteligencia y la voluntad. La inteligencia, como ya se ha dicho, tiende a la verdad, y la voluntad de esforzarse en conseguirla constituye un importante deber para el hombre. Todo lo que sea manifestar la verdad y facilitar a los demás el acceso a la verdad, eleva al hombre. Y cuanto suponga inducir al error, faltar a la veracidad, dificulta el recto uso de la inteligencia, contradice el derecho natural que todo hombre tiene a conocer la verdad, a que se le diga la verdad; supone una ofensa y daño a la dignidad humana. La veracidad ocupa un lugar muy importante en la vida moral del hombre. No puede haber justicia sin amor y sin veracidad. Y la falta de veracidad es, además, una manifiesta falta de amor entre los hombres. Sin veracidad resulta imposible el orden moral en la vida social, porque ésta reclama la comunicación de ideas, sentimientos, noticias, etc., sobre la base de que todo ello responde a la verdad, al menos a lo que cada uno entiende honradamente que es verdadero. Sin esta condición, el recelo, la desconfianza, la inseguridad más radical domina las relaciones humanas y la sociedad se degrada en insolidaridad e injusticia, haciéndose insufrible y aun inviable. Veracidad y prudencia.- Esto no significa que cualquier verdad que uno conoce deba ser manifestada a cualquiera. Como enseguida se verá, hay circunstancias en las que manifestar una verdad determinada produciría daño, por lo que debe evitarse hacerlo; y en ocasiones, aunque no produzca daño, no resulta obligado dar a conocer algo. Por esto ha de aclararse que hay obligación de decir la verdad, de descubrir y manifestar la verdad, salvo que se den circunstancias prudenciales en las que esa obligación cesa, o aun hay obligación de no dar a conocer una verdad determinada. En cambio, hay siempre obligación de no faltar a la verdad, de no manifestarse en contra del propio pensamiento, de no mentir nunca a nadie. La veracidad prudente debe encontrar el punto medio entre dos actitudes equivocadas: la de quien piensa que todo lo que uno sabe ha de ser comunicado a todos, y la de quien oculta conscientemente la verdad a quien tiene derecho a conocerla, o aun engaña a otro a sabiendas. Sería a veces grave error admitir que todos se hallan capacitados para entender bien y hacer recto uso de cualquier información. Hay cuestiones que uno conoce por confidencias personales, como consecuencia de una íntima relación de amistad y que sería impropio, injusto o aún infamante, divulgar; o que han sido conocidas en razón del ejercicio de la propia actividad profesional de abogado, médico, profesor, etc., en general de cualquiera otra, con la única finalidad de hacer de ese conocimiento el uso profesional que se solicita; o que son interioridades familiares, o de la empresa o entidad en que uno trabaja, que no tienen por qué conocerlas los demás; o que se refieren a sistemas o procedimientos valiosos, conseguidos con más o menos esfuerzo, cuya utilización por otros puede requerir una legítima autorización y compensación económica y que sería injusto desvelar. Por otra parte, toda persona, como cualquier entidad o corporación, tiene derecho a que no se invada su intimidad, por lo que está perfectamente legitimada para negarse a responder a preguntas, fruto de la curiosidad impertinente o de una intencionalidad insidiosa. El derecho a manifestar la verdad, la libertad de expresión, encuentra su límite cuando produce un perjuicio al prójimo, al bien común o a sus fundamentos, o encierra grave peligro porque atenta contra los derechos humanos y la dignidad de la persona. La virtud de la veracidad, bien entendida, ha de saber armonizar el deber de decir la verdad, con la obligación de guardar reserva, o aún secreto, de ciertos conocimientos y con el derecho a no informar de algo a quien no tiene por qué saberlo. La necesaria sinceridad en las relaciones humanas se ha de cohonestar con la importante virtud, y a veces grave deber, de saber callar determinadas verdades. Hay, además, situaciones en las que manifestar abiertamente las propias convicciones puede resultar inconveniente o contraproducente. Y otras, en que ocultarlas puede dar lugar a escándalo o inducir a error o engaño. La prudencia, la cortesía, el afecto y el respeto contribuyen a saber manifestar las convicciones personales en el lugar y momento y en la medida más adecuados. Obligaciones positivas de la veracidad.- En relación con la veracidad está el deber ya mencionado de aspirar al conocimiento de las verdades que son necesarias al hombre para alcanzar su fin último, en grado correspondiente a su formación profesional, y de las verdades referentes al campo de la profesión que se ejerce en la sociedad. También se debe respetar, al menos, la tarea de investigación de la verdad en las ciencias matemáticas, físicas y naturales, en las ciencias humanas y sociales, y en general cualquiera de las áreas del saber, y reconocer el positivo valor moral de los avances del conocimiento verdadero y del progreso tecnológico, si se utilizan al servicio del hombre y conforme a su dignidad. Se debe guardar veracidad, en primer término, consigo mismo, en el sentido de ser hombre de criterio, con convicciones, y de ser fiel en la conducta a esas convicciones y a los principios morales que se reconocen cuando no se sufre el embate del apasionamiento. Veracidad consigo mismo significa una actitud habitual de rechazo a los engaños que en situaciones determinadas pretenden imponer la fantasía, la pasión o aún la cobardía, para encontrar fácil justificación a lo que sin ellas se aprecia como inconveniente. Vivir conforme se piensa, vivir de acuerdo con la verdad que se posee, es vivir en verdad, es ser auténtico con uno mismo. No se puede ser auténtico si la vida se basa en la irrealidad o en la mentira; sólo se puede tener autenticidad cuando se poseen convicciones ciertas, firmes, fundadas en la verdad, que den consistencia y sentido real a la vida. Hay también obligación de propagar la verdad, de hacer llegar la verdad que es bien común, a los demás hombres. Instruir al que es ignorante, enseñar al que no sabe, es una obra excelente consecuencia del amor a la verdad y de la fraternidad humana. Este deber alcanza muy especialmente a las verdades que ilustran acerca de la naturaleza y fin del hombre, sobre su destino eterno y los medios para alcanzar la verdadera felicidad. En este sentido, el creyente tiene no sólo el derecho, sino también el deber de dar a conocer las verdades religiosas que entiende conducen a la salvación del hombre. Es asimismo un deber, de acuerdo con las circunstancias personales, difundir y defender las verdades en que se funda el bien común, la dignidad de la persona, los derechos humanos, los principios morales, la convivencia social. No es difícil encontrar aplicaciones del deber de veracidad peculiares de la actividad profesional del universitario y del biólogo. Piénsese por ejemplo, en la investigación científica, por la que se busca llegar hasta el fondo del conocimiento de los seres vivos, para comprender su origen, su vida, sus relaciones, para aprovecharlos también legítimamente en servicio del hombre, aspiraciones y actividad que, si están rectamente orientadas, ennoblecen al hombre. La honradez y fidelidad, propias del científico serio, son incompatibles con la distorsión o manipulación de los datos de observación o de los resultados experimentales, exigen objetividad, veracidad, saber superar cualquier tentación de falseamiento para adecuarlos a la comprobación de una hipótesis preconcebida, o simplemente para evitar un estudio más concienzudo y la reiteración de experimentos. Faltaría también a la veracidad quien al publicar un trabajo científico ocultara a conciencia referencias de resultados previos similares alcanzados por otros autores, con el fin de atribuirse la originalidad de un hallazgo, o quien quisiera aparecer como autor de una investigación en la que realmente no hubiera participado; o quien, por prejuicios de escuela o de nacionalismo, desdeñara citar las contribuciones de interés realizadas por determinados investigadores; o quien por no someter a suficiente discusión crítica los resultados obtenidos, publicara conclusiones no fundamentadas, o diera por confirmado lo que es una simple especulación. A lo largo de la actividad docente, la veracidad ha de ser una constante en el trato académico y personal con los alumnos. Una concienzuda preparación de las clases ha de hacer posible una enseñanza verdadera y actualizada. Sería intolerable, más aún por la autoridad de que goza el profesor, tergiversar intencionadamente la verdad en las explicaciones, en favor de una opinión personal científica, política, o de cualquier otro tipo. No se debe faltar a la verdad con nadie, y se ha de tener la valentía y sencillez de reconocer un error propio antes que encastillarse, por falso prestigio, en la defensa de una aseveración desacertada, o una confusión cometida. Tampoco es lícito, por no parecer ignorante, contestar a una pregunta de forma que se pueda inducir al error. Ni es correcto ocultar las fuentes bibliográficas más directas de las explicaciones de clase, dando en su lugar otras menos adecuadas. La mentira.- Si la veracidad supone expresarse conforme a lo que interiormente se piensa, mentir es manifestarse de modo contrario a lo que está en el propio pensamiento. La mentira es una locución contra la propia mente, dicha advertidamente, con la intención de que quien escucha piense que es verdad lo que quien miente sabe que es falso, es decir, con voluntad de engaño. A veces se distingue como mentira material la expresión de un error, cuando quien lo dice piensa que aquello es verdadero; y como mentira formal, el decir a otros como verdadero algo que se tiene como falso. En rigor, la mentira material no es éticamente mentira, aunque se puede inducir -involuntariamente- al propio error. La mentira es intrínsecamente mala, nunca es lícita, va siempre contra el recto orden moral, como fácilmente se comprende. El lenguaje oral o escrito, como los gestos expresivos equivalentes, es un medio de comunicación del propio pensamiento, es instrumento de apertura del espíritu, que por su propia naturaleza exige que las palabras concuerden con lo que verdaderamente se piensa, sean vehículo de verdad y no de engaño. Mentir significa traicionar la función de la palabra, violentar el orden natural de las cosas, ir en contra de la dignidad de la persona humana propia y ajena. Es una aberración que el lenguaje, atributo del hombre para transmitir su pensamiento y sentimientos, para servir a la verdad, se utilice para engendrar el engaño, para provocar el error, para dañar al prójimo en su interés por conocer la verdad. La naturaleza del hombre reclama hablar en verdad. El hombre es un ser sociable, vive de ordinario en sociedad, se relaciona con muchos otros con un complejo de interacciones que suponen servicios y demandas recíprocas. La convivencia social sólo es posible si se basa en la confianza mutua, en la veracidad de unos y otros. Quien posee la verdad no debe alterarla, desfigurarla o falsearla, por exigencias del bien social de la humanidad. Utilizar la mentira en las relaciones entre los hombres destruye la imprescindible confianza, genera el recelo, el no saber nunca a qué atenerse; hace imposible la cooperación, la ordenación de la sociedad, la misma existencia humana. La verdad es superior al interés del individuo, nadie tiene derecho a disponer de ella a su antojo, a manipularla o falsearla. Ningún fin puede justificar la mentira; usar de la mentira como arma dialéctica, o para provocar una reacción determinada, o simplemente para engañar, resulta siempre execrable, jamás puede tener justificación. Además, quien se habitúa a mentir, acaba perdiendo la conciencia moral, provoca una ruptura en la propia personalidad, hasta el punto de que no pocas veces da lugar a neurosis difícilmente superables. Otras formas de faltar a la veracidad La simulación es el aparentar con acciones que se hace algo distinto de lo que realmente se hace y, por tanto, es una forma de mentira. Simula, por ejemplo, quien aparente que trabaja, sólo cuando se siente vigilado, o quien hace como si prestara atención, cuando de hecho esta pensando en otras cosas. La hipocresía es también contraria a la sinceridad y a la franqueza. Consiste en querer aparentar que se es como en realidad no se es, como quien finge apreciar a otro, cuando la verdad es que le odia, o quien se muestra externamente celoso por la conducta justa y honrada, siendo de hecho injusto y defraudador. La jactancia contradice también la veracidad al atribuirse unas cualidades de excelencia por encima de lo que realmente se posee; alardear, por ejemplo, de tener conocimiento y capacidades superiores a los verdaderos. Engañar en las múltiples formas de fraude, estafa, trampas, etc., la falsificación de documentos, y otras acciones similares son asimismo variados modos de mentir. Se actúa también contra la veracidad cuando se adultera intencionadamente la verdad de los hechos; al silenciar determinados aspectos mientras se subrayan otros, de modo que se induce a formarse una falsa idea de una situación o una conducta; al difundir como muy probable lo que sólo es sospecha poco o nada fundada. Licitud del ocultamiento de la verdad.- Como se ha dicho anteriormente al tratar de la veracidad en relación con la prudencia, hay circunstancias en que decir la verdad puede producir daños, y otras en las que se tiene perfecto derecho, o aún obligación, de reservar el propio pensamiento. En todos estos casos puede o debe ocultarse la verdad, pero no se debe mentir. Hay múltiples formas de conseguirlo, como el simple silencio, la evasiva, la negativa rotunda a contestar, o expresiones que todo el mundo entiende significan que no se tiene derecho a saber lo que se pregunta, o fórmulas de cortesía que manifiesten que no se considera oportuno acceder a lo que se pretende. 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