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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 6. Derechos y deberes respecto de la verdad.

F. Ponz

b) LA BUSQUEDA DE LA VERDAD

Esfuerzo intelectual y rigor crítico

La satisfacción del afán humano de verdad rara vez se encuentra de inmediato. Algunas verdades pueden ser conocidas con la inmediación de lo evidente. Pero en la mayoría de los casos resulta al entendimiento humano más o menos costoso conocer la verdad, la debe descubrir a través de una búsqueda porfiada y trabajosa, con esfuerzo intelectual y rigor crítico.

Además, nuestro modo parcial y progresivo de conocer hace que, al alcanzar la verdad sobre algo, esa verdad no agote ni mucho menos toda la realidad que consideramos; aunque esa verdad enriquece al espíritu y satisface, abre enseguida nuevos interrogantes, aparecen nuevos aspectos que queremos conocer, nuevas verdades que la que hemos descubierto nos permite atisbar. Y esto se sucede una y otra vez, porque la inteligencia ansía conocer en plenitud. Limitaciones de tiempo o de medios obligan a renunciar a muchas búsquedas posibles de verdad, a recorrer el camino trabajoso y difícil que lleva a la verdad dejando de lado múltiples cuestiones, para ocuparnos de aquello que por diversas razones más nos interesa.

Es fácil comprender, en todo caso, que si cualquiera ha de poner esfuerzo intelectual y rigor crítico al buscar la verdad, tanto más deben exigirse esas cualidades en las personas de más cultivado talento, en los profesionales que se han formado en centros de educación superior, como ocurre con los universitarios, porque ese nivel educativo supone precisamente el desarrollo más alto de los hábitos intelectuales precisos para buscar y discernir la verdad y, en consecuencia, aumenta la responsabilidad.

El esfuerzo que es preciso poner para vencer las dificultades que se encuentran al buscar la verdad no debe ser motivo para renunciar a alcanzarla. El estudio, la reflexión, la experimentación cuidadosa y tenaz, por penosos que resulten, reciben siempre el premio de la satisfacción intelectual por el hallazgo de lo verdadero.

Unas veces por escasez de talento, otras por la escasez de tiempo para la debida consideración, en ocasiones por encerrarse exclusivamente en lo que se refiere a la propia especialidad, concediendo a lo más un interés superficial a las demás cuestiones, o incluso por la pura comodidad de no pensar, es, sin embargo, frecuente la ignorancia acerca de muchos temas que son de gran importancia para el hombre, o admitir sobre ellos errores fundamentales.

Es fácil observar que mucha gente se deja llevar de sus primeras impresiones, de las meras apariencias; que acepte, sin más, como bueno lo que oye decir a otro, lee en un periódico o escucha por la televisión, sin someterlo a ese mínimo personal que exige el más elemental rigor crítico. Un prejuicio, una conveniencia personal o la búsqueda inconfesable de una falsa justificación para alguna dudosa actuación, puede inclinar a que se tome por verdadero lo que no lo es. Todo esto supone una lamentable abdicación del derecho y deber de conocer la verdad. Porque el hombre responsable, más si tiene un nivel cultural superior, debe someter a crítica las afirmaciones que se hacen, las informaciones que se transmiten; ha de sopesarlas, examinar su congruencia interna, contrastarlas con la realidad, contemplar las cuestiones desde distintos puntos de vista, para adquirir una certeza razonable de las cosas.

En la investigación científica.- Todo esto, que tiene general vigencia, encuentra evidente aplicación en el campo concreto de la dedicación científico-profesional del biólogo. Puede servir de ejemplo el planteamiento de una investigación. Se desea abordar el conocimiento de algo que se ignora y que por algún motivo atrae el interés del investigador. Se quiere encontrar respuesta a un interrogante. Pero hay que averiguar antes de nada si ese interrogante ha recibido ya respuesta y la ignorancia es simplemente personal, porque otros han encontrado previamente la verdad que se desea conocer. Para eso, lo honrado será revisar la bibliografía, estudiar manuales, monografías, revistas científicas, para saber si el problema ha sido ya resuelto por otros, ya que actuar de otro modo puede conducir a descubrir mediterráneos, con notables pérdidas de tiempo y de dinero, y a tomar como hallazgo original lo que ha sido fruto del trabajo ajeno, con la consiguiente falta de ética.

Una vez que se ha adquirido el convencimiento de que el problema no ha recibido todavía solución, resulta en general muy aconsejable, antes de iniciar una investigación, elaborar el correspondiente proyecto, tarea que tiene un considerable valor formativo y aumenta el rendimiento del trabajo. Obliga a plantear bien el problema que se desea resolver, definir bien sus términos, conocer los supuestos en que se basa, resaltar el interés de lo que se pretende averiguar. Concretando el objetivo, se formulan posibles hipótesis provisionales e interrogantes que podrían dar solución al problema. Se señalan métodos para comprobar la validez de esas hipótesis y las técnicas más apropiadas para realizar correctamente las pruebas que permitan confirmar o desechar las distintas posibilidades. Puede hacerse, asimismo, un programa de ejecución, con estimación del orden de sucesión de las diferentes etapas del proyecto y del tiempo que requerirá cada una de ellas, de conformidad con los métodos materiales y humanos disponibles. Todo esto requiere, sin duda, abundante estudio y reflexión, pero ahorra mucho trabajo experimental inútil.

Al realizar la investigación proyectada, se habrán de llevar a la práctica, con la precisión posible, los distintos experimentos, y se tendrán que analizar los resultados, evaluar su fiabilidad; se deberán interpretar sus causas, discutir su significación, hasta que de este modo se logre establecer si la hipótesis era o no correcta. No es bueno dejarse llevar por simples impresiones, hay que medir, contrastar, comprobar, hasta alcanzar suficiente convicción. Las intuiciones son valiosas para formular hipótesis, pero estas deben ser luego comprobadas.

La investigación reclama, por tanto, del biólogo una actividad intelectual esforzada y perseverante, en la cual ha de superarse el desaliento y la tentación de desviarse por líneas que parecen más cómodamente asequibles. Y a lo largo de toda ella, ha de estar presente como hábito bien enraizado el rigor crítico, el razonamiento lógico, la disciplina mental imprescindible para descubrir, contrastar y penetrar en la verdad.

En la función docente.- Otro ejemplo del deber de aplicar esfuerzo y rigor intelectual en la búsqueda de la verdad es el de la actividad docente a la que no pocos biólogos se dedican.

Enseñar supone hacer asequible al estudiante los principales conocimientos propios de una disciplina, que el profesor ha debido adquirir previamente. El saber correspondiente a esa disciplina se encuentra en libros y otras publicaciones científicas, que constituyen las fuentes en las que tiene que formarse el profesor. Dominar en grado suficiente un campo científico, conocer a fondo las principales verdades que han sido alcanzadas hasta el momento, requiere muchas horas de estudio. El acelerado progreso de la investigación reclama, además, seguir la producción científica para mantenerse al día. En toda esta labor, el profesor ha de formar su propio criterio sobre lo que lee, de acuerdo con la autoridad y crédito que le merece cada autor y con la coherencia y fundamentación científica de las interpretaciones que se ofrecen. Se precisa considerar la solidez o debilidad de los argumentos que se aportan, reflexionar sobre lo que se lee, formar convicciones personales de las cosas, es decir, hay que poner también, como para la investigación, mucho esfuerzo y rigor intelectual. Sólo cuando lo que leemos nos convence, lo hacemos verdaderamente nuestro. Por otra parte, al descubrir aspectos menos convincentes, la insuficiencia de una argumentación, la falta de base de determinadas conclusiones, surgen temas de posible investigación y deseos de un más profundo estudio.

Una vez que se domina personalmente una cuestión, se está en condiciones de seleccionar los puntos básicos que deben ser objeto de las explicaciones de clase, y de estructurar la exposición de forma que se haga asequible al alumno y suscite su interés. Es entonces cuando la clase adquiere viveza y no se convierte en pura y fría transmisión de conocimientos que no se han hecho propios.

En los asuntos humanos ordinarios.- El hábito intelectual de búsqueda de la verdad con esfuerzo y rigor crítico, consecuencia del deber que el hombre tiene de hacer uso de su inteligencia para orientar rectamente su conducta y servir a la sociedad, resulta del mayor interés no sólo en el ámbito deontológico del ejercicio profesional, sino en todos los restantes aspectos de la vida humana. Supone un elemento muy valioso para discernir, respecto de las más diversas temáticas y situaciones que surgen en el caminar del hombre, lo verdadero de lo erróneo.

Gracias a ese hábito se descubre con facilidad la insuficiencia de una argumentación, aunque se oculte con ropajes elegantes o expresiones sonoras; se percibe que una aseveración, por contundente que sea, puede estar falta de base, no ser una conclusión legítima. El ciudadano habituado al análisis crítico no es presa fácil del slogan que busca imponer algo a fuerza de reiterarlo de muchas formas y con manifiesta tenacidad; posee mayores defensas para resistir a la propaganda, no acepta irreflexivamente lo que le desean hacer creer. Quien sabe apreciar el error que se encierra en una afirmación, no lo aceptará como verdad por mucho que se la repitan, ni por muchos que sean quienes la compartan.

En el mismo orden de cosas, quien ha educado su inteligencia está mucho más protegido contra la manipulación, no se deja manejar instrumentalmente según el interés de otros, será mucho más difícil que se convierta en juguete de nadie. Actúa por convencimiento y sólo le convence la verdad. Por eso, sólo sigue a alguien cuando está convencido de la verdad que hay en él y de que merece ser seguido porque la verdad que dice es luz para su vida.

La riqueza de medios disponibles para influir en la opinión pública, para revocar estados de opinión circunstanciales y reacciones multitudinarias irreflexivas de determinado signo, representan una fuerte tentación para su utilización interesada por quienes ejercen dominio sobre ellos. Y el valladar más potente contra esos intentos de manejo de las gentes lo constituye el hábito reflexivo y riguroso en la búsqueda de la verdad. Se es tanto menos porción de una masa inerte, cuanto más se es uno mismo, cuanto más activo y fuerte es el yo, cuanto más se ejercita la inteligencia y de modo más libre y consciente decide la propia voluntad. Por esto, quien es verdaderamente persona y no elemento pasivo de una masa, no se deja manipular, no se deja arrastrar por lo que "se dice" o "se hace" a su alrededor, ni por actitudes o pareceres mayoritarios. El hombre intelectual, cultivado, ve con claridad que el hecho de que sean muchos los que se comportan de una determinada manera, no basta para avalar que sea eso lo que se deba hacer; entiende que por muchos que sean los que acepten el error como verdad, aquel error lo seguirá siendo; queda para él muy patente que la verdad radica en la conformidad con la realidad de las cosas y no es resultado de consensos humanos entre grupos, ni de refrendos mayoritarios.

En el vivir humano ordinario operan una serie de convicciones personales que informan decisivamente la conducta, que vienen a ser como raíces del comportamiento del hombre. Es un deber importante que esas convicciones estén rectamente formadas, correspondan a la verdad acerca del hombre y de las cosas. Errar en estas cuestiones tiene consecuencias nefastas para uno mismo y para los demás. Por eso, hay particular obligación de buscar la verdad acerca de ellas, con cuidadoso estudio y reflexión, con sincera actitud de comprometerse con ella, aunque implique no pocas veces renuncias costosas.

Rigor crítico ante el testimonio ajeno.- Muchas verdades, incluso de las que se refieren a la propia ciencia que se cultiva, se adquieren por certeza de fe, por el testimonio de otros que se nos manifiestas de un modo u otro, con gran frecuencia mediante los más variados tipos de publicaciones. También aquí se ha de aplicar el rigor crítico, tanto para advertir la congruencia interna de tales verdades y su adecuación con otras que nos sean conocidas, como para conceder garantías de credibilidad a quien las afirma, basadas en su talento, su seriedad científica, su autoridad en la materia, su honradez intelectual. Si en un autor observamos ligereza, superficialidad; si se deja llevar por prejuicios que distorsionan la realidad o los razonamientos; si parte de errores manifiestos, resulta poco objetivo, enjuicia con parcialidad los hechos, o dice las verdades a medias, no hay duda de que no se hará acreedor a nuestra confianza, no daremos valor a su testimonio.

Es lógico que las condiciones requeridas para aceptar la verdad hayan de ser tanto más exigentes, cuando más importancia tenga esa verdad, cuanto más graves sean las consecuencias de admitirla o rechazarla. Por eso, las verdades que se refieren al destino eterno del hombre reclaman de quien nos las revela total autoridad, la imposibilidad de engañarse ni engañarnos que es exclusiva de Dios.

Verdades que deben ser conocidas

Aunque la inteligencia del hombre está en principio abierta a toda verdad, al conocimiento de toda realidad, no le es posible saberlo todo; es, como antes veíamos, muy limitada. Hay, no obstante, verdades que un hombre determinado tiene obligación de esforzarse en conocer, en razón de la actividad a que se dedica, o de sus circunstancias personales, y también hay verdades que todos deberían alcanzar.

Verdades relacionadas con la propia profesión.- El campo científico que corresponde a la dedicación profesional de cada uno ha de ser, evidentemente, objeto de la búsqueda concienzuda de la verdad. La vocación profesional supone en quien la posee un particular interés e inclinación hacia los conocimientos relacionados con ella y una especial satisfacción al adquirirlos, que es estímulo para un continuado mejoramiento en el ejercicio de la profesión. Tomar opción por una determinada clase de actividad implica, al mismo tiempo, comprometerse a orientar la capacidad de conocer, no exclusivamente, por supuesto, en una cierta dirección.

Pero, además, toda profesión tiene carácter de prestación de servicio a los demás hombres, de contribución a la sociedad. Y este servicio o contribución será tanto más valioso, cuanto mayor sea la competencia profesional de quien lo ejerce. Por falta de esfuerzo personal en adquirir la necesaria preparación profesional, o para mantenerla al día, se puede producir a otros daños manifiestos. Piénsese en un médico que por incompetencia yerra un diagnóstico o un tratamiento; o en un abogado que dé un mal consejo, o dé lugar a la pérdida de una causa judicial; o un obrero de la construcción que no atendiera bien el correcto fraguado de una estructura, o lo mismo sucede con el biólogo, cualquiera que sea la actividad a que se dedique, enseñanza, investigación, asesoramiento, etc. El deber de mejorar en los conocimientos de la propia profesión es claramente un deber de justicia con quien confía en los servicios del profesional.

Es cierto que no todos los que ejercen una profesión pueden alcanzar un mismo nivel de competencia en ella. Y también lo es que cuando uno acude libremente a uno u otro profesional determinado, lo suele hacer con algún conocimiento de que su competencia es adecuada para prestar el servicio que se le pide. Pero eso no disminuye el que cada uno, en su propia profesión y conforme a sus circunstancias personales, tenga el deber de adquirir la mejor preparación, el mayor grado de conocimientos, que le sea posible.

Por otra parte, en la sociedad se da un entretejido de relaciones mutuas por las que cada uno se beneficia de los otros y contribuye a los demás. La solidaridad social reclama de todos que aporten lo posible para el bien de los demás, para el mejoramiento de la entera sociedad. Quien no pone de su parte lo que puede, defrauda al resto de los hombres. Y no hay duda de que estos deberes de solidaridad obligan muy particularmente a que cada uno, en la actividad profesional que desempeña en la sociedad, procure la mayor calidad de servicio.

La adquisición de cultura.- El hombre no es un simple elemento de trabajo, que contribuye a la sociedad con la actividad profesional bien realizada. No podemos encerrarnos en el campo de la propia especialización, porque, además de profesionales, somos hombres. La mente humana está abierta a todas las realidades y se interesa por muy diversos valores de la cultura, del espíritu, que le atraen al margen de cualquier tipo de utilitarismo. Este noble interés no puede considerarse como algo a lo que se tiene derecho, un capricho que no debe ser impedido; sino que es natural consecuencia del ser del hombre, que implica cierta obligación de desarrollar, so pena de autorreducción a niveles infrahumanos.

Las aficiones y circunstancias personales harán que este desarrollo cultural se oriente más en unas direcciones que en otras, alcance mayor o menor grado, pero todos debemos interesarnos por muy diversas cuestiones que nos afectan como hombres. Las distintas manifestaciones de la creación artística, como la música, la literatura, las artes plásticas, etc.; los rasgos principales de la historia de la humanidad, de la evolución de la sociedad, del pensamiento humano; las maravillas que ofrece la naturaleza, las formaciones geográficas, la flora, la fauna; y tantos otros campos de conocimiento intelectual y de contemplación estética, pueden y deben atraer, aunque variablemente, el interés del hombre.

La verdad sobre el hombre.- Hay otros temas, por último, que afectan al hombre de un modo muy personal y decisivo, de los que no le es lícito desentenderse; son cuestiones que se refieren al origen y fin del mismo hombre, al sentido de la vida, al valor que tienen los demás hombres, al significado de cualquier realidad; conocer la verdad acerca de todo esto, al menos en lo más fundamental, es deber que a todos incumbe. La luz que arrojan estas verdades trascendentes resulta esencial para establecer los principios básicos que han de orientar la conducta humana, el orden de valores que es razonable atender, los derechos y deberes fundamentales que deben presidir la organización de la sociedad. El error en esos temas, inconsciente o libremente preferido, da lugar a las más grandes aberraciones personales o colectivas.

Para alcanzar estas verdades se debe penetrar en la naturaleza de las cosas y en la propia conciencia del hombre. Son verdades naturales, que la inteligencia rectamente ordenada puede alcanzar, pero que son intensamente iluminadas desde la verdad religiosa; pertenecen tanto a la esfera natural como a la religiosa, orientan a las relaciones con Dios y con los hombres, afectan al núcleo mismo del ser personal de cada uno; el hombre, en ellas, se juega su verdadera felicidad y su destino eterno, no puede permanecer indiferente ante verdades que se refieren a su fin y al orden a que ha sido llamado.

Las mismas verdades reveladas por Dios para la salvación del hombre son para éste de vital interés, por lo que debe, en proporción a su capacidad, procurar investigar su autenticidad y estar dispuesto a aceptarlas si se le aparecen como dignas de crédito. No son invenciones de filósofos ni de teólogos, sino que son verdades objetivas sobre el hombre, que no dejan de serlo porque se ignoren, responden como todas a la realidad, son verdades incondicionales, que existen con independencia de que el hombre sepa o no dar con ellas, las admita o las rechace, le satisfagan o le disgusten. No son, por tanto, fruto del parecer humano, ni de los gustos de los hombres, sino que corresponden a la realidad objetiva que el hombre no puede alterar, que debe esforzarse en conocer.

Su evidente trascendencia convierte la búsqueda de estos conocimientos en un deber para todo hombre, que reclama la mayor atención. No dejaría de resultar absurdo proponerse ser un excelente experto en un determinado campo científico y despreocuparse de saber el sentido que debe tener la vida, la finalidad última que ha de presidir cualquier actuación, los móviles rectos que deben orientar el empleo de los conocimientos científicos adquiridos. Por ese camino, los más espectaculares logros del progreso científico y técnico podrían ser utilizados al servicio de la injusticia, en apoyo de la ambición y el despotismo.

La vida humana se valora por el uso que se hace de la libertad, por la alteza de miras con que la voluntad se mueve, por la dignidad de los bienes que se buscan, por el servicio que se quiere prestar a los demás. De aquí la gran importancia que tiene -y el deber imperioso que es- adquirir la verdad sobre el hombre, una verdad que no puede reducirse a los valores materiales y económicos, ni siquiera a los que satisfacen el simple bienestar, sino que incluye con mucha mayor relevancia la dimensión espiritual, los desvelos y la dignidad que corresponden a la persona humana, los valores del espíritu, la necesidad que el hombre tiene de encontrar justicia, amistad y amor.

Vivir de espaldas a todo esto, desdeñar la verdad sobre el hombre, sería, en último término, animalizarse, renunciar a las más nobles y distintivas cualidades.


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