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Capítulo 6. Derechos y deberes respecto de la verdad.

F. Ponz

a) EL AFAN HUMANO DE VERDAD

El hombre desea tener un conocimiento verdadero de la realidad, quiere conocer la verdad de las cosas. Cualquiera experimenta en sí mismo este afán de saber, como algo que deriva de su naturaleza. La inteligencia humana tiene hambre de verdad, desea encontrar respuesta válida a muchos interrogantes, está abierta a toda la verdad y a toda clase de verdades.

Es cierto que, de hecho, este afán universal por la verdad ha de dirigirse, conforme a las limitaciones personales, hacia aquellas verdades que más llaman la atención, o que afectan más directamente a cada uno. Pero toda verdad tiene en sí misma fuerza de atracción.

Al descubrir una verdad parece como si se encendiera una luz en la inteligencia, se obtiene mayor claridad y sosiego, se siente uno gozosamente enriquecido. Aunque después de cada verdad alcanzada se suelen abrir nuevos interrogantes que animan a continuar trabajando para conseguir adecuadas respuestas. Esto explica que el hombre busque aprender e incrementar sus conocimientos a lo largo de su vida, y que con la cooperación de muchos, a lo largo de la historia, se haya producido y continúe sin cesar el progreso científico y tecnológico, y se acrecienten y profundicen los saberes humanos. La realidad está continuamente bombardeando al hombre con su presencia y éste se siente incitado a conocerla cada vez más, a veces de un modo particularmente acuciante.

Este afán humano de verdad, que es propio de la naturaleza del hombre, constituye en sí mismo un bien, posee un alto valor ético, porque contribuye al desarrollo de la propia personalidad, supone un enriquecimiento intelectual que permite orientar la propia vida de un modo más conforme con la naturaleza de las cosas, y puede -y muchas veces debe- ponerse al servicio de los demás. Si se piensa un poco, se descubre enseguida, además, que no se trata sólo de un afán legítimo y bueno, sino que la búsqueda de la verdad implica en muchos casos un deber moral. El hombre, en efecto, tiene el deber de utilizar la inteligencia que posee, no puede renunciar a ella, no tiene derecho a arrumbarla en el baúl de los trastos inútiles; ha de ponerla en juego para conocer la verdad, para que en sus decisiones libres actúe con discernimiento y observe una conducta personal responsable, para que en el ejercicio de la profesión o actividad en que trabaje sea competente y eficaz; y también para contribuir, en la medida de sus posibilidades, al esfuerzo colectivo por acrecentar los conocimientos humanos, y por lograr que la sociedad se configure según principios y normas fundadas en la verdad.

El género de vida propio de nuestros días, la urgencia del sucederse mecánico de una a otra actividad, las facilidades que se ofrecen para el bienestar material y la apetencia con que se busca el confort, la satisfacción de la sensibilidad, lleva a que con no rara frecuencia el hombre viva casi sin pensar, como un autómata, se interrogue poco por las grandes cuestiones que le afectan más profundamente, acerca de su origen, su destino, la razón de su vida, su felicidad verdadera, su misión y responsabilidades ante los demás, etc., y limite su interés sólo a aquellas cuestiones que se pueden traducir de inmediato en una vida personal más cómoda, y con mayor holgura económica. Ese apagamiento del interés por las verdades trascendentes, lleva con facilidad a caer en el puro pragmatismo de quien sólo busca la supervivencia más placentera y a preferir una actitud agnóstica ante los temas más comprometedores. Paradójicamente, esa actitud suele acompañarse de la aceptación acrítica e indiscutida de los lugares comunes más difundidos y de los slogans más habitualmente reiterados. Y al propio tiempo, al buscarse en último término a sí mismo, la conciencia acerca de la rectitud ética de las acciones se deforma y oscurece, confundiendo con facilidad el bien con lo que proporciona placer, y el mal con lo enojoso y desagradable. Basta, no obstante, que surjan circunstancias imprevistas de cierta consideración, para sentir insatisfacción, para advertir la necesidad de deternerse y reflexionar con más hondura, para avivar el afán de encontrar respuestas verdaderas.


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