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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 4. Aspectos deontológicos del universitario.

F. Ponz

a) INTRODUCCION

Además de considerar los principios éticos que deben presidir la actuación profesional del biólogo en sus diversas dedicaciones específicas, parece conveniente tener en cuenta algunos otros de carácter más general, que se derivan de la condición concreta de ser una persona formada en una Universidad, es decir, de ser un universitario.

Los años de actividad intelectual y de convivencia humana transcurridos durante los estudios de una carrera, el modo de ser del ambiente y de la vida entera de una Universidad, dejan un poso que se manifiesta en rasgos difíciles de describir, que configuran en conjunto lo que se ha dado en llamar estilo, talante o espíritu universitario, algo no bien definible, pero fácilmente apreciable, que permite descubrir a quien ha cursado estudios superiores. Son rasgos de carácter intelectual y cultural en amplio sentido, que contribuyen a configurar la propia personalidad y que deben reflejarse en la conducta, poseen trascendencia ética.

Es sin duda motivo de satisfacción observar que durante los últimos decenios ha sido más amplia la personalidad entre los diferentes estratos sociales, en buena parte por la encomiable labor de los centros educativos, que ha producido un creciente acceso de toda clase de personas a los diversos niveles de enseñanza, incluido el de la Universidad. Hay, además, múltiples y variadas instituciones que están interesadas en procurar la elevación del nivel cultural de la sociedad, a lo que también contribuyen, a su modo, los diferentes medios de comunicación, prensa, radio, televisión, etc. Todo esto ha conseguido atenuar los exagerados contrastes que se daban en otras épocas según el ambiente familiar de procedencia y el nivel educativo que a cada uno le había sido posible alcanzar. No obstante esa atenuación, la Universidad sigue dejando huella en quien acude a sus aulas, una huella que se reconoce en el particular desarrollo de diversas cualidades que confieren especiales responsabilidades.

Estas cualidades del talante universitario pueden encontrarse por supuesto presentes en cualquier persona, porque pertenecen al ámbito de la personalidad humana. Lo que sucede es que en la Universidad se pueden ejercitar más intensamente. Pero hay que dejar bien claro, desde el principio, que ni son exclusivas del que ha estudiado en la Universidad, ni se dan necesariamente en todo los que han adquirido grados académicos superiores, pues no resultan infrecuentes los casos refractarios e impermeables al influjo de la Universidad.

Parece obvio, efectivamente, que la incorporación del espíritu universitario dependerá de muchas circunstancias personales y, en especial, del grado de inserción, comunicabilidad, sensibilidad y apertura con que se participe personalmente en la vida de la Universidad. Y también será dependiente, por otra parte, de cómo se entienda en la corporación Académica la función propia de la Universidad.

Por lo que se refiere a este último punto, hay general coincidencia en considerar que la Universidad debe ocuparse de la enseñanza superior y de la investigación científica. Y que en el aspecto docente se ha de tender a una transmisión dinámica de saberes, que despierte la participación activa y creadora del estudiante, de modo que al terminar la carrera haya adquirido un bagaje suficiente de los conocimientos básicos y específicos correspondientes a su especialidad, imprescindible para el ejercicio de su futura actividad profesional, así como hábitos de estudio, de trabajo intelectual, capacidad para el manejo de las fuentes, y cierta familiaridad con la adecuada metodología.

Las mayores diferencias aparecen al tratar del papel de la Universidad en la educación humana de los alumnos, en la responsabilidad que le pueda corresponder a la hora de arbitrar medios que favorezcan el integral desarrollo de la personalidad del estudiante, el interés por las diversas manifiestaciones de la cultura, la estimación de los valores del espíritu. Las discrepancias surgen cuando se trata de si la Universidad se ha de ocupar de algo más que de preparar al estudiante para el ejercicio "técnico" de su futura profesión; y, en caso de dar respuesta afirmativa, ante el concepto del hombre y de la vida que habría de informar esa actividad.

Entre las posturas extremas del "profesionalista", que sólo quiere atender a los conocimientos "técnicos" para la futura profesión, y la del que pone todo su esfuerzo en fomentar la educación de la persona, en formar personas cultivadas, con escasa dedicación a los conocimientos profesionales, caben muchas gradaciones. En todo caso, de la solución que una Universidad adopte dependerá en buena parte el talante univesitario que se adquiera. Resulta claro que si la Universidad está dominada por una idea pragmática y "profesionalista", en la que todo se ordena a la adquisición de conocimientos "utilitarios" para la profesión y cualquier otra actividad es tachada de pérdida de tiempo, será difícil que se adquiera espíritu universitario y en su lugar se dará salida hacia la sociedad a un "producto" todo lo cualificado que se quiera, que quizá será capaz de dar solución a las cuestiones técnicas que se le planteen, como podría hacerlo un robot altamente programado, pero que tendrá muy probablemente escaso criterio y personalidad, ignorando las cuestiones de mayor trascendencia para su propia vida y la de sus semejantes.

Parece por tanto más adecuado que la Universidad trate de proporcionar a la sociedad hombres que no sólo estén profesionalmente bien preparados, sino que sean a la vez personas cultivadas, con criterio, de mente abierta, capaces de hacer un recto uso de su profesión en servicio de los hombres y de participar libre y responsablemente en las diversas actividades de la convivencia social. Cuando se valoran estos objetivos y la Universidad no se desentiende de su misión educativa en el ámbito humano y espiritual, encuentra medios para estimular el desarrollo de la personalidad, despertar el interés hacia muy diversos temas de importancia para el hombre, avivar la iniciativa cultural y crear un ambiente apropiado para que surja con natural espontaneidad en cada uno el espíritu universitario. Desde el punto de vista ético, no cabe duda de que la Universidad, como institución educativa debe contribuir cuanto sea posible a que el estudiante llegue a ser un hombre de criterio, consciente de sus responsabilidades.

Por otra parte, hoy quizá más que en otros tiempos hacen falta en la sociedad hombres que tengan bien arraigados los rasgos propios del universitario. En la sociedad de nuestros días, como consecuencia del progreso científico y técnico, de la complejidad y alto nivel de interdependencia que se da entre diferentes sectores, se observan fuertes tendencias a la despersonalización, a la consideración del hombre como cosa, como número, elemento de una máquina, de una masa, de un colectivo de comportamiento global. Los grandes sistemas, las macroestructuras, los supuestos grandes objetivos colectivos, aprisionan, constriñen o aún desprecian al hombre singular, dando lugar a una contaminación ideológica y psíquica que asfixia al hombre en términos mucho más graves que la contaminación por factores físicos o químicos. Ante estas circunstancias, resulta vital para la sociedad que la Universidad sea capaz de exaltar la educación del hombre en cuanto hombre, de enaltecer y hacer que se desplieguen al máximo todos los valores inherentes a la persona humana, incluidos, desde luego, los principios éticos orientadores de su conducta moral. Hay que devolver al hombre la plena conciencia de su dignidad, su condición de ser señor de la Naturaleza, a la vez que el hondo sentido de responsabilidad para ejercer libremente ese señorío conforme a las más altas miras y en servicio de los demás hombres. Esto habría de ser el núcleo constitutivo e informador del espíritu universitario, que ninguna Universidad debería desatender. Si la Universidad hace lo más posible por avivar y fortalecer ese espíritu aportará a la sociedad una contribución de sumo valor, en la que difícilmente, podría ser sustituida.


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