Capítulo 3. La ética del trabajo.A. Ruiz Reteguid) ELEMENTOS PARA UNA CONSIDERACION ETICA DEL TRABAJO La perspectiva que debemos adoptar para el tratamiento ético del trabajo no puede ser meramente mecánica, o económica, pues no nos interesa primeramente la articulación de las fuerzas físico-químicas que indudablemente son siempre involucradas en el trabajo humano, ni tampoco nos interesa directamente la productividad y las interrelaciones debidas o requeridas para una mayor eficacia. El tratamiento ético reclama una perspectiva desde la humanidad del hombre, es decir, nos interesa, según habíamos visto en el capítulo primero, poner de manifiesto de qué modo la humanidad del hombre está involucrada en las actividades denominadas trabajo, y, por tanto, de qué modo los diversos aspectos de esta actividad son materia de interpelación ética para la libertad humana. Principios antropológicos fundamentales para una ética del trabajo Frente a las abundantes filosofías del trabajo basadas en la productividad del hombre, hemos visto que lo que constituye al hombre en cuanto tal es su apertura a Dios. Sin esa apertura a la trascendencia absoluta, la peculiaridad de la persona humana se volatiliza, ya no hay modo de fundamentar adecuadamente ni la dignidad absoluta del hombre ni, por tanto, su radical trascendencia respecto a la naturaleza de la que también forma parte. La apertura del hombre a Dios, que es lo que constituye radicalmente su espiritualidad, se compone, como hemos visto, con una apertura a los demás hombres y al mundo. Una dirección a Dios que no acogiera la pluralidad humana, como hemos visto, reduciría la visión del hombre a la consideración de un ser "angélico" y acósmico. Estos presupuestos ya nos dicen que el fundamento de la articulación social de la pluralidad humana no se encuentra, como pensaban los teóricos de la sociedad en la primera modernidad, en la organización legal. Es decir, la sociedad humana no puede considerarse como un conjunto racionalmente organizado de elementos -las personas- que en sí mismas son indiferentes o incluso refractarias a la vinculación social: el fundamento de la sociedad no está en las leyes organizativas, sino en la misma persona. Esta observación es especialmente importante, pues la tendencia inmediata cuando se considera el problema de la recta ordenación de la sociedad, para que el trabajo resulte verdaderamente humano, suele ser la de plantearse la pregunta por la organización socio-laboral, y se convierte así en un problema que queda remitido automáticamente a los que tienen la responsabilidad de elaborar las leyes que organizan la sociedad. Los presupuestos antropológicos que hemos señalado nos marcan una dirección distinta: no será primariamente por la organización socio-laboral, sino por la autocomprensión del hombre. Podría tener esta forma: ¿cómo debe autocomprenderse el hombre para que su trabajo no se convierta en un obstáculo para su realización, sino que forme parte de su camino a la plenitud y contribuya a crear un mundo en el que la verdad del hombre sea respetada y proclamada? (3). Cada persona humana constituye, en virtud de la creación directa e individual de su alma por parte de Dios, un todo de sentido. Pero la pluralidad humana, y el mundo entero, constituye también, de modo distinto, pero que integra al anterior, un todo de sentido. El cosmos, y la historia entera, es un todo de sentido que incluye una multitud de elementos que son también, cada uno, un todo de sentido. Este principio es fundamental para rechazar el concepto vulgar de alienación, según el cual siempre que el hombre es desposeído o entrega el producto de sus manos, queda herido, vulnerado por alienación. El concepto de alienación que rige habitualmente en la actual cultura de masas -aunque más que un concepto definido es casi una palabra mágica de significado polivalente que se adscribe a cualquier situación que se trata de descalificar-, viene a ser una suposición, según la cual el hombre ha de alcanzar siempre todo el sentido y todo el alcance de lo que hace. En el fondo, esta idea hunde sus raíces en el presupuesto de que sólo el hombre, con su decisión incondicionada, puede dar sentido a lo que hace. De este modo, si él no alcanza todo el sentido de su acción y de las consecuencias de ésta, estará siendo objeto de la manipulación por alguien más poderoso, que lo ha expropiado de su acción para integrarla en el sentido que, en virtud de su situación de poder, puede crear. Además, el concepto vulgar de alienación que se atribuye a muchos trabajos realizados en conjunto, viene a ser un concepto negativo en virtud de una premisa no formulada pero implícitamente operativa. Esa premisa es el concepto de hombre de Marx, según el cual el hombre es en el fondo un ser-para-el-trabajo. Entonces sí es lógico que la idea de alienación, es decir, de entrega, o incluso de "venta", del propio trabajo resulte profundamente negativa: si el núcleo de lo humano está constituido por ser-para-el-trabajo, al despojarse el hombre de su obra, es decir, al alienarse de su trabajo, se aliena de sí mismo. La alienación no sólo tendrá un matiz negativo, sino que será la negatividad radical. La alienación se convierte en la forma de mal radical o fundamental de la antropología de Marx. Si ciertas ordenaciones sociales o económicas resultan inhumanas no es porque en ellas el hombre entregue el producto de su trabajo, sino porque en ellas no se respeta su dignidad, es decir, no se le trata según su verdad, y así se le maltrata. Pero la verdad del hombre no reclama que la persona no pueda ser considerada como medio. Ya Kant, el filósofo que puso como principio de su reflexión ética la afirmación del valor absoluto de la persona, no formuló la exigencia de este principio como prohibición de que el hombre fuera considerado como medio, sino como prohibición de que el hombre fuera considerado y tratado sólo como medio, es decir, totalmente funcionalizado. Kant se hacía cargo, de esta manera, de que el hombre es uno todo de sentido, pero que a la vez está integrado en una pluralidad de hombres, que son también cada uno un todo de sentido, y siendo, además, la totalidad un todo de sentido. En virtud de su condición de estar integrado en una pluralidad, el hombre puede entregar su trabajo, o incluso su vida entera, por los demás, sin que por eso pueda decirse que ha sido plenamente funcionalizado. Su dignidad no impide esta donación, ni tampoco reclama que se le dé un entendimiento pleno del conjunto en el que su donación de trabajo o de sí mismo se integra: a la dignidad humana le compete saber que de esa manera está contribuyendo al bien de todos. Es ilustrativo que en los ámbitos militares, donde cada persona resulta máximamente llamada a integrarse en un conjunto, cuya acción concreta o finalidad no puede o no debe conocer, e incluso donde frecuentemente debe exponerse a la entrega de la vida es donde se desarrolla máximamente el sentido del honor, de la dignidad personal. Podría afirmarse que lo radicalmente deshumanizador es inducir una autocomprensión del hombre como mero productor de objetos o, como suele decirse de un modo bastante eufemista, como creador de bienes. Por esto, la solución a las cuestiones del trabajo no puede ir en la línea de informar al obrero de todo lo que se hace en la empresa, lo cual puede interesarle en parte, pero en otra parte no le interesa nada, como no le interesa al usuario del autobús conocer todas las regulaciones de la compañía de transportes. Sólo un punto de vista radicalmente economicista podría pretender humanizar el trabajo de los obreros dando a conocer todas las actividades de la empresa, para que los obreros sintieran más propio el producto de su trabajo -a veces esto es estrictamente imposible-; tampoco se trataría, obviamente, de poner a los obreros en circunstancias mas cómodas técnicamente, con horarios más flexibles y sueldos más elevados..., y, mucho menos, de un mero aumentar su cultura "porque así producirán más y mejor", etc. La clave está en el principio antropológico de evitar el economicismo, es decir, el evitar la productividad como dimensión radical humana, y considerar, por lo tanto, que la sociedad humana no tiene su fundamento último y radical en el trabajo. Aunque la productividad sea una exigencia evidente, y que tiene sus leyes, -justamente las leyes económicas-, esta exigencia de productividad ha de ser considerada análogamente a las exigencias de realización que presentan las potencias operativas de la persona. Estos impulsos -los de las potencias, para la persona, o los económicos, para la sociedad- no son éticamente indiferentes, pero no pueden ser los determinantes: han de ser realizados en función del bien de las personas. Evidentemente esto implica relativizar -no negar- la importancia del trabajo. La urgencia de esta rectificación de perspectiva se advierte de un modo muy directo en nuestra sociedad: las crisis de los trabajadores en paro, si no es por la penuria económica que origina, resulta ininteligible desde las premisas de la cultura de masas materialistas, pues según esa perspectiva los subvencionados por el erario público se encontrarían justamente en la situación de los privilegiados que viven a costa de otros. El aburrimiento y la frustración que se reconoce en los que no disponen de un trabajo, si no es -repito- por la angustia de medios materiales para subsistir, sólo sería explicable por una cuestión de pobreza espiritual de la persona, que no sabe encontrar otro sentido a su vida que el de la ocupación material en el trabajo. La verdad del hombre, y la dimensión humana de su actividad, por encima de su dimensión productiva o de su dimensión de realización de sus facultades, es de capital importancia para un real entendimiento de la verdadera importancia humana del trabajo. Sólo desde este entendimiento podrá evitarse asumir acríticamente diagnósticos sobre los problemas creados en la sociedad moderna en torno al trabajo. En concreto, es particularmente urgente evitar el diagnóstico que refiere las frustraciones de tantas personas al hecho de carecer de un trabajo donde poder desarrollar sus posibilidades creativas. El trabajo no es la salvación del hombre, sino el amor, la donación de sí. La concepción del hombre como productor de cosas se ha apartado radicalmente de la concepción clásica, según la cual la vida propiamente humana era la vida caracterizada por la amistad entre las personas, y por el diálogo o el discurso y la acción libre del hombre entre los demás. Algunas consecuencias prácticas a) El hombre ha de ejercitar en el trabajo las virtudes que constituyen la plenitud humana.- Si la llamada creadora se compone con la generación que es el principio de la pluralidad y de la mundanidad del hombre, su cumplimiento como persona debe inscribirse también en la relación con el mundo y, en concreto, en las actitudes que se denominan trabajo. Es decir, el ámbito del trabajo no puede ser cerrado y separado del ámbito propiamente humano. Afirmar una autonomía completa del trabajo, con sus leyes y lógica propia, y hacerlo impenetrable a los criterios propiamente humanos -servicio, justicia, lealtad, sumisión...-, sería, en el fondo, aceptar una dualidad en el hombre, según la cual lo propiamente constitutivo de la persona, es decir, la apertura a Dios, sería "asunto del alma", mientras que las cuestiones del trabajo, por ser asunto ligado a la materialidad, sería "asunto del cuerpo" (4). La tentación del dualismo, en cuanto separa al hombre de su verdad, es la auténtica tentación de alienación del hombre. Cuando cae en ella el hombre se autocomprende y se comporta de un modo ajeno a su propia verdad. b) En su trabajo el hombre ha de contribuir con los demás a constituir un "mundo humano".- Del principio antropológico fundamental de la condición de criatura del hombre, hemos deducido que la dimensión radical del hombre en cuanto tal, es decir, la dimensión ética es una dimensión de donación: el hombre se cumple, alcanza su plenitud, en la medida en que realiza la llamada al amor que le ha constituido. Pero al componerse esa llamada creadora con la generación, la pluralidad humana no es ajena a ese cumplimiento. Ya hemos visto que en virtud de la peculiar composición entre creación y generación, no es correcto contraponer naturaleza e historia o naturaleza y cultura. Ya decíamos que el hombre, para llegar a ser lo que es por naturaleza, necesita de la educación. Esta educación hay que tomarla en sentido amplio. Educan, en primer lugar, los padres, y derivadamente los maestros y las demás personas; pero también contribuyen de modo más o menos decisivo todos los elementos que constituyen lo que suele denominarse cultura. De esta forma, cada persona entra en una relación no sólo sincrónica sino también diacrónica con la pluralidad humana, pues la cultura, desde el lenguaje hasta las costumbres, son resultado de la tradición humana en que la persona ha nacido y vive. Es evidente que la forma cultural y la educación de una persona determina en gran parte su visión del mundo y su actitud respecto a las exigencias de su naturaleza. Por supuesto que esta determinación no es absoluta y de hecho, en la misma situación cultural se dan conductas sublimes y conductas abyectas. La libertad humana y la capacidad para captar la verdad de las cosas no queda completamente mediada por las formas culturales. Pero la influencia del "mundo" en la configuración de la mentalidad ha de tenerse muy en cuenta. Por esto, el trabajo humano no puede ser considerado únicamente en la perspectiva de lo que produce inmediatamente: el trabajo no es nunca una acción que termine en la producción de su efecto mecánico propio. Si consideramos el trabajo trascendiendo la simple perspectiva mecánica, hemos de ver la acción humana, de un modo más amplio, como configuradora del mundo humano. Por esto sería inadecuada una consideración ética del trabajo que considerara la bondad de la acción únicamente desde la perfección técnica del objeto producido. Decir que trabajar bien es realizar con perfección técnica los objetos o los actos según las leyes propias de la producción, sería no superar la visión economicista del trabajo. Este riesgo es muy vivo y puede disfrazarse reduciendo el efecto propio de configuración del mundo a la condición de efecto secundario. Este efecto de mayor amplitud, aunque también de mayor complejidad porque en él no interviene una sola persona, no puede ser ignorado. Sería inadmisible que alguien pretendiera haber trabajado humanamente bien, si lo que ha realizado con gran perfección es una cámara de gas, cuyo uso es, unívocamente, asesino. Análogamente no puede aprobarse humanamente el trabajo de una persona, que, aunque lo haya realizado con gran perfección técnica y con gran generosidad, contribuya a configurar un mundo que induzca conductas inhumanas. Este es un aspecto particularmente grave para quien trabaja en política o en los negocios o en las ciencias positivas. En este aspecto hay que recordar que un mundo humano no es aquel en que se disponen de más posibilidad de dominio sobre la naturaleza, o está más configurado según una planificación racional, sino aquel que induce actitudes propiamente humanas (5). Un mundo es más humano cuanto más favorece que las personas vivan en amor y en entrega. No cabe duda que una sociedad en que se forma a las personas para que "sepan defender sus derechos", antes incluso de enseñarles a tener intereses por los bienes humanos, engendra o tiende a engendrar un tipo humano insatisfecho, reclamador constante de nuevas comodidades, egoísta y desconfiado, crítico y desenraizado, en el cual difícilmente puede echar raíces el ideal del amor fiel y generoso, de la entrega verdaderamente humana que constituye la verdad de la persona. c) El hombre debe reconocer lo que debe a la tradición y a su entorno.- El principio antropológico que nos dice que el hombre para llegar a ser lo que es por naturaleza necesita de la pluralidad quizá en ningún ámbito se hace tan patente como en el del conocimiento. En efecto, cuando nos encontramos ante la realidad, nosotros aprendemos a organizar el inmenso cúmulo de afecciones que esa realidad nos provoca, según puntos de vista, ordenaciones, enfoques que hemos aprendido e incorporado de tal forma que casi nos parece que ese modo de ver deriva directamente de nuestra pura naturaleza. Esto se hace mucho más decisivo cuando se trata del conocimiento científico. La formación científica en una determinada especialidad y con una determinada escuela nos da no sólo el acceso a unos problema específicos, sino también el enfoque de su tratamiento y los principios de su solución. De hecho, el interés que algunos investigadores muestran por los problemas de su trabajo -interés que sin duda hay que considerar muy intenso y verdadero pues les dedican durante años sus mejores esfuerzos- sólo puede entenderse si se rebasa el puro ámbito del interés personal y el conocimiento personal. Podríamos decir que ese interés sólo es explicable si se considera al investigador inscrito en un conjunto humano que engendra sus intereses propios. Si no fuera por ese conjunto, y fuera de él, casi sería impensable que alguien se interesara por esas cuestiones. De hecho, cuando investigadores altamente especializados explican a los profanos el objeto de sus esfuerzos, los profanos sólo logran reconocer el interés de ese trabajo en virtud del interés general de la ciencia. Es sin duda muy curioso que tras largos siglos de estar estudiando la naturaleza, algunos descubrimientos trascendentales hayan tenido lugar simultáneamente por investigadores aparentemente no relacionados. Aún hay discrepancia sobre quien fue el verdadero fundador del cálculo diferencial: los ingleses siguen afirmando que fue Newton, mientras que los alemanes lo adjudican a Leibnitz. Leibnitz y Newton fueron sin duda dos talentos geniales, pero si admitimos que esa coincidencia no fue pura casualidad, hay que reconocer que la situación del pensamiento matemático, de la tradición en que ambos pensadores se formaron contribuyó en buena parte al descubrimiento. Sólo un iluso desconocedor de la realidad humana podría adjudicarse la paternidad exclusiva de su pensamiento y de sus, incluso geniales, enfoques en las nuevas resoluciones de los problemas. Cierto que esa falsa ilusión puede ser impulsada por la vanidad y el deseo de sobrevivir, pero entonces no estaría de más advertir que los verdaderos grandes talentos se han mostrado profundamente reconocidos a sus maestros, incluso en los casos en que hayan dado un giro trascendental a lo que aprendieron. Karl Barth habla de sus años de Marburgo donde estudió con Hermann, "el inolvidable maestro": "he absorbido Hermann por todos los poros" declararía años más tarde. A este respecto son estimulantes las declaraciones de los físicos de Gotinga en los años 20 que elaboraron la segunda generación de la mecánica cuántica, sobre lo que deben al ambiente de aquellos años. En este aspecto la sociedad actual se muestra paradójica: por una parte impulsa fuertemente al reconocimiento de la dependencia sincrónica, es decir, de la dependencia respecto a la sociedad actual; pero por otra parte induce un sentimiento de independencia respecto a la tradición. Ningún tiempo, como el nuestro se muestra tan reacio a reconocer su deuda de gratitud respecto a los mayores. Por grande que sea la genialidad de un investigador o un pensador, siempre debe reconocerse que la tradición es para él como un gigante que le permite subir más alto y ver más lejos. Un gran pensador de hace casi diez siglos lo dejó resumido gráficamente en esta expresión: "yo no soy más que un enano encaramado sobre los hombros de un gigante". d) El trabajo debe ser realizado con espíritu de servicio.- El saberse parte de un todo, debe conducir al hombre a una actitud de generosidad. Igual que él ha recibido un mundo de sus mayores, debe preocuparse del mundo que dejará a sus hijos. Así como el trabajo del hombre hunde sus raíces en la tarea que realizaron los que le precedieron, también los que vengan detrás recibirán el mundo que nosotros les dejemos. La responsabilidad de esta transmisión debe conducir a no transmitir un mundo constituido exclusivamente por nuestros hallazgos o por nuestros problemas. Nosotros hemos podido conseguir nuestros logros y hemos afrontado serenamente nuestros problemas desde la amplia base del conjunto que hemos recibido. Si sólo transmitiéramos nuestros problemas dejaríamos a las generaciones futuras en una situación mucho más precaria que la nuestra. Si nosotros hemos podido permitirnos determinadas veleidades, seguramente ha sido porque bajo nosotros sentíamos la protectora red de la tradición. Pero hay además un aspecto más próximo e inmediato por el que la condición humana reclama generosidad en el trabajo. Se trata del aspecto que Marx había denominado alienación y que él, en un esfuerzo intelectual poderosísimo trató de eliminar teóricamente. En realidad el aspecto del trabajo humano que Marx llamó alienación no es ajeno a la condición humana, ni es deshumanizante. Como hemos dicho ya, el que el hombre sea un todo de sentido no exige que él alcance siempre todo el sentido de lo que hace. Más bien le compete saber que él mismo y su actividad se integra en unidades de sentido mas amplias, sin, por eso, atacar o disminuir su dignidad personal. El hombre debe saber trabajar para otros, y debe ser generoso con su propia labor, saber entregar su propio trabajo para que el que tenga la misión de coordinar los trabajos complejos, integre la contribución de cada uno en la unidad conjunto. Análogamente, quien tiene la responsabilidad de esa coordinación debe tener en cuenta que los elementos que integra en su labor de coordinación, aunque deban ser partes de un todo, no son exclusivamente partes de un todo pues tienen su origen en la actividad de personas que son un todo de sentido y por tanto no completamente funcionalizables. Esta articulación no puede fundamentarse en otra cosa mas que en la virtud, en la forma de prudencia que se puede denominar prudencia política en sentido amplio. La prudencia política que debe poseer quien tenga la responsabilidad de coordinar trabajos personales es semejante a la prudencia del médico: así como el médico necesita amplios conocimientos técnicos sobre el funcionamiento del organismo humano, así también quien dirige a los hombres en sus trabajos debe tener suficientes conocimientos técnicos que permitan coordinar adecuada y eficazmente las contribuciones individuales en orden a la consecución del producto final. Pero así como el médico no se orienta en su trabajo exclusivamente por esos conocimientos científicos sino que los pone al servicio de la condición personal de sus pacientes, así también el director de un trabajo humano de conjunto debe evitar someter a las personas al despotismo de las leyes técnicas. Las leyes técnicas, como la ciencia médica, puede aprenderse estudiando los libros pero la realidad humana, sea de los enfermos o de los trabajadores, sólo puede ser tratada con justicia si se adquiere una connaturalidad con el valor de la persona. Esto no puede aprenderse estudiando. La virtud, que es la cualidad humana que expresa esa connaturalidad, sólo puede adquirirse por medio de un prolongado trato con ella y con una actitud atenta y abierta para que ese valor penetre y configure el propio corazón. En la medida en que se confía la humanización de los ámbitos de trabajo a las estructuras organizativas cada vez más perfectas, se produce un alejamiento del único principio que podría conducir a la deseada humanización, es decir, se está induciendo un tratamiento de la persona sólo como parte, y por lo tanto se la está separando -alienando- de su verdad. Es evidente que esta alienación no se evita procurando el mayor bienestar posible de los trabajadores. Procurar bienestar no puede confundirse con respeto a la dignidad personal. Mas bien hay que reconocer que la mayoría de esas concesiones de bienestar se parecen más al cuidado de los aparatos que también requieren un cierto trato especial para evitar deterioros. También la disposición de comodidades puede confiarse a expedientes técnicos. La consideración humana de las personas es por el contrario un asunto de la más solícita atención. Cualquier persona medianamente sensible distingue con claridad entre el hecho de que le sean concedidas o regaladas comodidades materiales, o incluso que le sean facilitadas posibilidades culturales y el hecho de que se trata como una persona. e) Las relaciones de trabajo deben ser relaciones propiamente humanas.- Si, como hemos visto las relaciones propias de la pluralidad humana, entre las que deben contarse las relaciones de trabajo, no son ajenas a la humanidad del hombre, sino que están íntimamente articuladas con ella, las relaciones de trabajo deben ser relaciones propiamente humanas. Este es uno de los aspectos sobre los que penden equívocos más graves, pues quizá sea en este aspecto donde mas violentamente inciden las consecuencias de considerar al hombre exclusivamente como un ser para el trabajo. Esta perspectiva está muy arraigada en la visión del mundo y del hombre de la cultura actual y tiene unas manifestaciones patentes en el ámbito de las relaciones humanas en dos líneas aparentemente paradójicas: La primera podríamos caracterizarla como llamada a la solidaridad, aunque el sentido de esta palabra es bastante ambiguo. Desde el punto de vista del laboralismo, es decir, la visión del hombre como ser para el trabajo, solidaridad viene a significar "conciencia de clase". No se trata tanto de saber mirar a cada persona, con sus circunstancias y necesidades, como un ser absolutamente digno, cuanto de sentir la pertenencia a la misma colectividad homogénea, es decir, sentirse unos y otros como puntos de condensación donde una clase o un "colectivo" se hace consciente. No es conciencia personal, sino conciencia de clase: lo que se hace consciente no es la persona irreductible, sino la clase. Esta forma de solidaridad tiene su lugar propio en el movimiento de masas o en la asamblea general, y sabe poco de la solidaridad entre personas singulares. Más aun es refractaria y considera indeseables las relaciones humanas profundas y densas. Además, por paradójico que parezca, esta forma de solidaridad es plenamente compatible con un fuerte egoísmo individualista. La segunda línea a que me refería es la de competitividad visceral y despiadada. Cuando el hombre es presentado como un ser que se agota en su ser para el trabajo, la pelea por el "puesto de trabajo" tiende a hacerse total. Puesto que el trabajo le define, todo lo que conduzca al trabajo está por sí mismo legitimado: el trabajo es el bien supremo y consecuentemente, principio fundamentador de la moral. El resultado es que "todo vale": desde la enemistad declarada hasta la zancadilla oculta. Las relaciones entre las personas se hace tensa y egoísta, y llena de recelos porque se ve en el colega no una ayuda sino un competidor: las cualidades ajenas ya no son un bien sino una amenaza para la propia preeminencia. El mundo del trabajo se convierte así en un mundo inhumano, áspero, duro, agotador, lleno de recelos, agravios y críticas inmisericordes. En estas circunstancias urge reconquistar el sentido humano de las relaciones entre las personas, que han de ser fundamentalmente relaciones de amor y de donación. Evidentemente, esto no puede ser conseguido por disposiciones legales o por recursos técnicos, sino por el ejercicio de la virtud. Y la virtud no puede inducirse por medios mecánicos, sino por connaturalidad con los valores humanos. Es muy expresivo que, incluso en las sociedades mas pretendidamente técnicas y racionalistas se trate de instaurar "fiestas" que fomenten la connaturalidad de los ciudadanos con la Constitución, con la libertad, la democracia, etc. La cuestión es que mientras la socialidad humana no se fundamente en la virtud que supone la connaturalidad con una visión de la persona -y con los valores que ésta funda-, y se mantenga en una diluida e indiferente afirmación de la libertad y de la pura autodecisión de las personas, no puede fundar una sociedad humana verdadera. El camino de la virtud es arduo y, aunque pueda ser afectado por el entorno cultural, es irreductiblemente personal. Requiere, en este ámbito en que nos movemos, ayuda mutua, y esto supone la búsqueda de la excelencia del prójimo, aun a costa del propio tiempo, de los propios recursos. Requiere aprender a mirar a las personas como verdaderamente son, es decir, como un bien en sí mismas; se requiere querer a las personas por sí mismas y no sólo por lo que saben o producen, o por la ayuda que puedan prestarnos, aunque también se vean así. Por ejemplo, un enfermo no puede ser nunca sólo un caso interesante para la publicación de un artículo, aunque también lo sea; la piedra de toque será el tratamiento que se de al enfermo dolorosamente afectado por una enfermedad vulgar. Todo esto implica el empeño por establecer relaciones humanas que trascienden la pura comunicación laboral, para comunicar en otros aspectos mas radicalmente humanos: visión de la vida, amores, ilusiones, preocupaciones, etc. De esta manera, las relaciones entre colegas o compañeros van mas allá de lo estrictamente profesional y se hacen relaciones de amistad en las que la comunicación alcanza a las dimensiones humanas más verdaderamente radicales, y, de este modo, se dignifican. La prohibición, que rige en algunos ambientes, de tratar los problemas humanos mas hondos -como los religiosos- no se debe tanto al deseo de proteger la intimidad, cuanto al principio de que la socialidad es segura y firme cuando sus fundamentos son estrictamente técnicos, y salvo trivialidades no se permite sacar lo personal de la más recóndita intimidad. f) En el trabajo hacer justicia a la realidad implica ejercicio de fortaleza y templanza.- El mundo con el que, de un modo u otro, se relaciona el hombre en su trabajo no es mero producto de la capacidad humana de producir, ni constituye tampoco un almacén de materias primas para el dominio del hombre. El mundo ha sido entregado por Dios al hombre para que lo custodie y lo gobierne, pero no para que le imponga un despotismo desconocedor de cualquier significado natural. En la época clásica el hombre entendió su relación de dominio sobre la naturaleza en términos de simbiosis, es decir, el hombre debía aprender a conducir las realidades naturales según la propia naturaleza de esas realidades de modo que pudiera servirse de ellas sin violentarla (cfr. capítulo 14). Esta perspectiva estaba fomentada por la propia resistencia de la naturaleza y la debilidad de los recursos técnicos que el hombre podía usar para su dominio. Por esto, decíamos al comienzo de este capítulo que la vida de trabajo tenía en la época premoderna un significado predominantemente negativo: el aspecto de tenacidad o esfuerzo en la intervención sobre la naturaleza primaba sobre el aspecto de eficacia. El moderno desarrollo de la técnica ha invertido la situación y abre perspectivas en las que el aspecto de resistencia puede ser casi completamente eliminado. Paralelamente las ciencias biológicas y farmacológicas han alcanzado tal desarrollo que casi puede evitarse el dolor físico, incluso en los ámbitos de la intervención médica que tradicionalmente eran más inevitablemente dolorosos. La paralela pérdida de sentido de lo que constituye la vida humana y la correspondiente caída hacia el hedonismo ha provocado un desarrollo de la técnica dirigido sobre todo a evitar el dolor para tener un dominio del mundo que, en la pretensión, no tiene límites, ni por la penalidad que supone para el hombre, ni por esa naturaleza de las cosas. El temible riesgo de este proceso es que induzca un gobierno sobre el mundo que no sea reconocedor de la realidad sino despótico, cuya medida no sea la persona sino el capricho. El mundo, vencida ya toda inercia natural por el poder técnico, no presenta resistencias para un hombre que se ha hecho ciego y sordo al quejido de la naturaleza. En consecuencia surge un tipo humano que reclama siempre más facilidades y se niega ante el esfuerzo. El dominador despótico quiere que sus deseos se cumplan de inmediato. Ante el cansancio, el dolor, el hombre ya no está pertrechado por la virtud, sino sólo estimulado a encontrar soluciones para esos males. Así observamos una auténtica estampida de lo que pueda suponer dolor o contrariedad. Frente a esta situación urge la recuperación del sentido humano del trabajo como dominio de un mundo que no es obra propia, y que por tanto no puede plegarse plenamente a los dominios del hombre. Podría decirse que es necesaria una recuperación del sentido del trabajo en su aspecto de penalidad. No, ciertamente, porque aceptemos la perspectiva de los estoicos, o porque afirmemos que el dolor y el cansancio son bienes que deban ser protegidos, sino porque nos recuerdan que nuestro dominio del mundo no es absoluto. Ante el peligro de disolución hedonista de la persona, la templanza y la sobriedad se alzan como virtudes del hombre de nuestro tiempo técnico y racionalista. La moderación del placer, según el criterio de la verdad humana, se nos muestra así como una exigencia conforme a la verdad del ser del hombre en el mundo. Lo pertrecha frente al peligro de desconocer la realidad. Le da esa importantísima forma de humanidad que es la aceptación de la realidad como es, y no como le gustaría que fuera. El sometimiento al tiempo que constituye la virtud de la paciencia es particularmente necesario cuando estamos tentados de desearlo todo y enseguida. La pasión por la velocidad y la comodidad ha conseguido logros sorprendentes, pero ha desarraigado al hombre de su mundo. Por supuesto sería ridículo tratar de reconquistar con excursiones turísticas lo que hemos perdido viajando en avión o en velocísimos y confortables trenes y coches. La antigua y venerable obra de misericordia que pedía "dar posada al peregrino" resulta hoy casi ininteligible. Anterior Siguiente Indice
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